tres rondas con ZZ y al día siguiente estás K.O
mayo 24, 2011 Comentarios desactivados en tres rondas con ZZ y al día siguiente estás K.O
Sin duda, cabe algo así como una tipología de los diferentes modos de ser. El eneagrama sería un buen intento (http://www.eneagrama.com/; http://www.cosmograma.com/). Así, con trazo grueso podríamos distinguir, por ejemplo, entre el entusiasta, el calculador, el generoso, el espiritual… Ahora bien, una tipología no se limita simplemente a clasificar. Su hipótesis implícita es que los diferentes compartimentos no admiten tránsfugas: que podemos, ciertamente, modularnos, pues cada tipo posee sus luces y sus sombras, pero no cambiar nuestro modo de ser; que resulta ridículo decirle a quien está centrado en triunfar que debería ser como aquel chico tan espiritual. Aun cuando socialmente podamos destacar un determinado modo de ser como preferible o, incluso, admirable, no podemos aspirar sensatamente a que todos seamos como ese tipo ideal. Desde esta óptica, no tiene sentido pretender que todos fuésemos, pongamos por caso, unos sensibles por las cosas del espíritu, sino, en cualquier caso, que cada uno pudiera ofrecer el lado luminoso de su típico modo de ser. Por eso me parece tan verdadero lo que encontramos en tantos pasajes bíblicos, a saber, que la relación con el Dios vivo —el único que te saca de tus casillas—, contra lo que suponen las diferentes espiritualidades, no se decide con respecto a una particular manera de ser. Como sabemos, lo decisivo aquí es la respuesta al mandato de Dios, es decir, a la demanda insatisfacible que nace de la garganta de las víctimas. Ahora bien esa respuesta —y los relatos bíblicos insisten casi obsesivamente en este asunto— solo es posible tras la quiebra de nuestra personalidad. En verdad, la vida que nos espera más allá de nuestra muerte anímica es la vida de quien responde a un Dios que se identifica con el pobre… una vida que, con todo, nadie puede sensatamente preferir. Mal iríamos si la relación con las últimas palabras dependiera de que fuéramos o hubiéramos llegado a ser de un determinado modo. Dificílmente podríamos decir que YWHW —ese Dios imposible— es el Dios de todos los hombres, el único que nos iguala, aunque sea, ciertamente, por abajo.
cuestión de tamaño
mayo 24, 2011 Comentarios desactivados en cuestión de tamaño
Hay muchos, la mayoría, que quisieran hacer grandes cosas, pero su espíritu es pequeño. Sin embargo, quien posee un gran espíritu no suele encontrar sitio donde reposar su cabeza. Los enanos nos encargaremos de recordarle con machacona insistencia que no tiene derecho a ser como es. No debería extrañarnos, pues, que acabara a latigazos con los mercaderes del Templo.
hay jueves que terminan con un café en «la Torre» (y 2)
mayo 24, 2011 Comentarios desactivados en hay jueves que terminan con un café en «la Torre» (y 2)
Podemos hablar, por ejemplo, del amor si queremos ver por dónde van los tiros. La mayoría entiende que hay amor cuando los amantes se sienten íntimamente conectados. No es mala cosa, ciertamente. Las conexiones, de hecho, existen. La cuestión es qué ocurrirá después, cuando se alcance, en el mejor de los casos, el equilibrio térmico, la distribución uniforme de la energía o, en su defecto, la falla, el décalage. Algunos creemos que es entonces cuando el amor se hace en verdad posible. Como si el amor solo pudiera darse como última palabra y, por tanto, como el abrazo de los náufragos. En el primer caso, el amor es sobre todo algo emocionante. De hecho ¿quién no se siente feliz cuando las piezas parecen encajar? En cambio, el amor se revela, en el segundo, como el encuentro de quienes, a su pesar, no alcanzan a fundirse. En el primero, el amor reposa como encarnación de las relaciones arquetípicas. En el segundo, el amor se da, precisamente tras el hundimiento del mito, como historia de amor. El primero tiene lugar entre tipos. El segundo entre individuos, literalmente, entre separados. Así pues: o conexión o relato. Dos posibilidades, dos modos de enfrentarse a la existencia, en el fondo, dos cuestiones: o bien nos preguntamos qué hemos de hacer para lograr una feliz coincidencia; o bien qué vida podemos esperar después de la muerte.
(Solo hay que sustituir la palabra «amor» por la palabra «Dios» y tendremos, una vez más, la diferencia entre las religiones y las tradiciones bíblicas.)
libra con acuario
mayo 23, 2011 Comentarios desactivados en libra con acuario
Quién quiera comprender que significaba originariamente la religión que le eche un vistazo a la sección de astrología de los periódicos: fácilmente verá que lo decisivo de una sensibilidad religiosa es el sentimiento de formar parte de un orden más amplio. Para quien posee dicha sensibilidad es evidente que no hemos sido simplemente arrojados a un mundo que no quiere saber nada de nosotros. Y, por contraste, quizá comprenderemos también que encontrarse sometido a la voluntad de un Dios invisible —esa que nos obliga a ponernos en manos del pobre— es, ciertamente, otra cosa. De hecho, si nos encontramos verdaderamente bajo esa voluntad es porque no hay orden que ampare nuestra existencia.
a veces
mayo 23, 2011 Comentarios desactivados en a veces
A veces pienso que estamos forzados a tratarnos como si tan solo fuéramos cosas, pues ¿quién podría resistirse a la desinhibida irrupción de los cuerpos que proceden del más allá? Una mirada es, ciertamente, irresistible (a menos que ella tenga bigote, of course).
hay jueves que terminan con un café en «la Torre» (1)
mayo 23, 2011 Comentarios desactivados en hay jueves que terminan con un café en «la Torre» (1)
Un creyente es aquel que permanece vinculado a un más allá en el que no puede creer. O por decirlo de otro modo: un creyente se encuentra sometido a lo que en absoluto puede suceder y, sin embargo, debe suceder. No estamos hablando, con todo, de un ideal. Las imágenes ideales constituyen una expectativa, el horizonte regulativo de una acción transformadora, al fin y al cabo, una imagen de una posible, aunque difícil, vida divina. Pero las imágenes bíblicas del más allá son estrictamente increíbles. De hecho, son imágenes que funcionan como anti-expectativas. Nadie puede creer sensatamente que en el futuro el león comerá hierba. Esta posibilidad no es una posibilidad de nuestro mundo. Ahora bien, tampoco lo es de un mundo sobrenatural. Para la antigüedad el mundo natural era el reflejo corrupto del más allá. Pero que el león coma gacelas no puede comprenderse como un caso imperfecto de un león que come hierba: del mismo modo que un manzano que dé peras no puede ser estrictamente un manzano, un león que come hierba ya no puede ser de ninguna forma un león. Estamos, pues, ante las imágenes de un mundo imposible, literalmente, ante las imágenes de otro mundo. Y si estas son las imágenes de la otra vida, de una vida conforme a Dios, entonces hemos de admitir que Dios no puede irrumpir —intervenir, realizarse— en nuestro mundo. Tal y como creían los antiguos judíos sin pestañear, la irrupción de Dios supone el fin del mundo. La relación entre Dios y el mundo no pueda entenderse, así, como la relación entre lo perfecto y lo imperfecto. Dios no es un ideal que el hombre pueda asumir desde sí mismo. La cuestión es, precisamente, ¿cómo puede alguien creer en este Dios? ¿Qué significa este encontrarse sometido a un Dios imposible? ¿Qué experiencia nos obliga a esta fe? Aquí podríamos decir que el creyente necesita creer en ese imposible. Sin embargo, las imágenes que satisfacen nuestra necesidad —aquellas que mitigan nuestra angustia— no son, precisamente, inviables. Perfectamente podemos suponer, aunque sea a costa de nuestra madurez, que seguiremos por ahí después de la muerte. Pero las imágenes bíblicas no pretenden suprimir el vértigo de la muerte. Al contrario. De hecho, no hay muerte para quien supone que el alma es inmortal. La creencia en la inmortalidad del alma desactiva la seriedad de la muerte. Pero al hacerlo desactiva también la seriedad de la vida. En realidad, solo quien tiene presente la muerte puede abrazar la vida y, sin duda, no hay fe que no abrace la vida. ¿De qué se trata, pues?¿Las imágenes de la esperanza creyente qué revelan, si en verdad no responden a nuestra necesidad? Sin muerte, como acabamos de decir, no hay vida que valga. Un creyente no sabe nada del más allá —quién puede saberlo—. Pero, precisamente, para quien experimenta la vida como colgada del hilo de la muerte —para quien la vive como algo dado— no puede menos que no creer, contra toda evidencia, que la muerte —y, sobre todo, la muerte injusta— sea el final. Esto es: la creencia en un Dios imposible es el reverso de la experiencia misma de la vida como don. El creyente, en este sentido, está a un paso del nihilismo. Su esperanza no es en modo alguno ingénua. Pero si las fosas comunes de la Historia no revelen la bendición de la vida como mera ilusión es porque esa bendición permanece, a pesar de todo, como algo pegado a la propia piel. No es, por tanto, que el creyente crea como también puede no creer. La fe no se sostiene sobre una hipótesis. No estamos ante la visión de un espectador. De hecho, quien cree en lo imposible acaba haciendo lo imposible: como esa mujer judía que estaba a cargo de un orfanato en Israel porque perdíó a sus hijos en las cámaras de gas (https://kobinski.wordpress.com/2010/09/22/historias-biblicas-2/). Si otro mundo es posible —si tiene que haber otro mundo— es solo porque se nos dió la vida en un mundo donde la muerte tiene la última palabra. Al fin y al cabo, quizá tan solo puedan creer quienes deben tomarse la vida en serio —quienes deben responder por ella—. Como si el encontrarse sometido a esta esperanza sin expectativa fuera la otra cara de un encontrarse sometido al mandato de un Dios que brilla por su ausencia.
de sol a sol
mayo 22, 2011 Comentarios desactivados en de sol a sol
Puede que tengan razón y el sistema se hunda si los bancos no son reflotados con nuestro dinero. Puede que el sistema no aguante una excesiva regulación del mercado de la vivienda o de los flujos financieros. Pero con un futuro más que incierto, nadie puede honestamente impedirnos okupar el espacio vacío y presionar contra los muros de piedra del sistema. El hasta aquí hemos llegado es algo así como un derecho fundamental. No hacen falta muchas razones, pues. Bastan con 600 € al mes trabajando de sol a sol. Todo sistema es un sistema de fuerzas y, por eso, sin intimidación nada se mueve. También se dijo en su momento que la abolición del trabajo infantil era poco razonable.

la buena gente
mayo 21, 2011 Comentarios desactivados en la buena gente
Por si aún quedaba alguna duda, imaginémonos por un momento ser aquellos padres que no tienen con qué alimentar a sus hijos. Difícilmente entenderíamos cómo pueden los cristianos pasar de ellos para reunirse por ahí y hablar de las cosas de Dios o preparar los cantos de su misa tan auténtica. Difícilmente podríamos admitir que solo hagan eso, mientras a nuestros hijos se les hincha el vientre. ¿Quién de nosotros, pues, se atreverá a decir que no pasa de largo? Si Incluso quienes están por la labor no pueden evitar sentirse, en el fondo, unos mierdas ante tanta miseria… Pues eso: que no parece que ante Dios podamos estar demasiado orgullosos de ser quienes somos. Puede que la autosatisfacción creyente esté más alejada de Dios que el repudio del ateo.
happiness
mayo 21, 2011 Comentarios desactivados en happiness
¿Qué es la felicidad? Ese momento en el que las piezas del puzzle parecen encajar. (Y puede que el hombre sea, precisamente, esa dificultad para permanecer demasiado tiempo ahí.)
senex
mayo 19, 2011 Comentarios desactivados en senex
La pregunta es si en la vejez dejamos de ser quienes fuimos o si, por el contrario, caemos en la cuenta de lo que en el fondo siempre hemos sido, unos indigentes. Esto es: si se trata de decadencia o de revelación. Si creemos que lo primero, entonces pertenecemos al universo mental del paganismo. Si lo segundo, al que surge del Sinaí. Heine probablemente tuviera razón. Tertium non datur: o estamos en Atenas o en Jerusalén.
proverbio zen
mayo 18, 2011 Comentarios desactivados en proverbio zen
Cuando me encuentro haciendo demasiadas cosas, la única pregunta que se me ocurre es de qué estoy huyendo ahora.
pues eso
mayo 18, 2011 Comentarios desactivados en pues eso
Al fin y al cabo, se trata de acabar desnudamente. Esto es, sin otra máscara que la mortuoria. Ahora bien, una cosa es la desnudez del maestro zen y otra la de las víctimas. La primera puedo desearla. La segunda, no. La primera es, ciertamente, admirable. La segunda provoca nuestro espanto. La primera me obliga a preguntar qué debo hacer para ser perfecto. La segunda me pone en manos de quien no tiene fuerzas ni para mantenerse en pie. Es obvio —o debería serlo— que no se trata de la misma desnudez. Que el cristianismo baile con ambas —con la guapa y con la fea— es algo que debería inquietar al creyente, no a quien ya está familiarizado con las cosas de la política.
Carla
mayo 18, 2011 Comentarios desactivados en Carla
El otro día, en una parroquia de la zona alta, se propuso a los que seguían un curso de iniciación a la fe que escribieran sobre el dibujo de una enorme nube aquellas actitudes que elevan el espíritu hacia Dios. La mayoría respondió a la propuesta tal y como se esperaba: que si la generosidad, la disposición a perdonar, a no malpensar, a devolver bien por mal… Estas dinámicas, como es sabido, suelen promover los buenos sentimientos de la gente. Sin embargo, el último garabato lo puso una joven que, atrevidamente, trazó una flecha hacia abajo. Todos sonrieron como si se tratara de una boutade adolescente. Pero es posible que ella hubiera visto lo que tanto nos cuesta admitir a quienes aún aspiramos a una vida intachable, a saber, que cristianamente no puede haber otro vuelo que el de quien cae, como Dios mismo, hasta los lodazales de la existencia. O por decirlo en dogmático: que no hay más elevación que la de la Cruz. Que el milagro no es morir con las manos vacías, sino abrazando una culpa que no es la tuya.
bolt
mayo 17, 2011 Comentarios desactivados en bolt
Dos son las cosas que nos liberan de la mediocridad que nos rodea: el gran sufrimiento y el humor del bufón. El sufrimiento es perenne. Pero no todos tenemos la suerte de sufrir lo indecible. Por eso, mientras tanto, nos son tan necesarias las bufonadas. Y es que dificilmente podremos trascender nuestra pequeña circunstancia, si no es convirtiéndonos en espectadores de esa escena de guiñol en la que, tarde o temprano, se transforma nuestra existencia. No en vano todas las vidas reales tenían su propio hazmerreír: para que no olvidaran quienes eran más allá de lo que representaban. Sin bufón —sin ese amigo que se ríe contigo de ti mismo— toda vida es, ciertamente, impostada. Como si no hubiera más seriedad que la de no tomarse demasiado en serio.
¿y si las walkirias fueran cristianas?
mayo 17, 2011 Comentarios desactivados en ¿y si las walkirias fueran cristianas?
El temor es lo más íntimo y uno siempre es esclavo de lo que teme. ¿Quién en su sano juicio no tiene miedo a ser descubierto? Por eso no es casual que la cara que ofrecemos a los demás —ese típico modo de ser— sea la petrificación de nuestro esfuerzo por ocultar los motivos de la vergüenza. ¿Acaso decir «persona» no fue lo mismo que decir «máscara»? Por eso cuanto más acentuado sea el rasgo característico —cuanto más fácilmente pueda dibujarse nuestra caricatura—, mayor será el temblor de piernas. Así, por ejemplo, lo más probable es que quienes van pisando fuerte por ahí despreciando los frutos de la inteligencia sean, precisamente, aquellos que temen ser descubiertos como esos que nunca verán más allá de un palmo de sus narices. Las uvas siempre están verdes para la zorra que no puede alcanzarlas. Y quizá por eso mismo no haya más fortaleza que la de quienes ya no tienen nada qué temer por haberse familiarizado en exceso con lo ridículo de su existencia.
modus vivendi
mayo 16, 2011 Comentarios desactivados en modus vivendi
Ciertamente, vibramos. O mejor dicho: vibra nuestro cuerpo. Si el agua cristaliza de un modo u otro dependiendo de qué música escucha, ¿cómo no va a afectarnos las ondas que desprenden los demás? ¿Quién no se ha sentido un hombre bueno en compañía de quienes desprenden bondad como quien respira? Puede que baste con una cita del libro de Masaru Emoto para comprender de qué estamos hablando: «aquellos pensamientos de fracaso quedan también representados en los objetos físicos que nos rodean. Ahora que somos conscientes de eso, quizá podamos comenzar a darnos cuenta de que, incluso cuando los resultados inmediatos no son visibles a ojos humanos, ellos están ahí. Cuando amamos nuestros propios cuerpos, ellos responden. Cuando nos sentimos unidos a la Tierra, ella responde. Nuestro propio cuerpo está compuesto en un 70 por ciento de agua. Y la superficie de la tierra es también un 70 por ciento de agua. Hemos visto anteriormente la prueba de que el agua, lejos de estar inanimada, está realmente viva y responde a nuestros pensamientos y emociones. Quizá, habiendo visto esto, podamos comenzar a entender realmente el imponente poder que poseemos al elegir nuestros pensamientos e intenciones, para sanarnos a nosotros mismos, así como a los demás. Pero esto solo será posible si creemos en ese poder.» Ahora bien, con independencia del asunto este del agua, ¿no es ésta la convicción más elemental de quienes poseen una psique religiosa? ¿Acaso no se trata de una creencia común a todas las espiritualidades? De este modo, se nos exige tomar partido por una de las dos vibraciones, la buena y la mala, al fin y al cabo, por el Bien o el Mal. Ciertamente, cabe preguntarse si el Mal es propiamente una energía independiente o si, por el contrario, se trata de una completa ausencia de energía. En el primer caso, tendremos una variante del antiguo maniqueísmo. En el segundo, una actualización del monoteísmo. Pero, sea como sea, la religión, aunque despersonalizada, sigue en pie. Donde antes teníamos a Dios y al demonio, ambos con su personalidad, hoy tenemos fuerzas, luminosas u oscuras, buenas o malas vibraciones. Esta es, de hecho, la religión que corresponde a nuestra época científica, para la cual solo cuentan lo cuantificable. Una religión, al fin, con una divinidad qué reconocer, pero sin un dios al que dirigirse. El hombre, en cualquier caso, debe optar, hoy al igual que antes, entre el lado luminoso y el lado oscuro de la fuerza. Incluso el cristianismo puede sobrevivir, reinterpretado bajo esta clave… cosa la cual, por otra parte, supondría algo así como una victoria pírrica del gnosticismo que inicialmente condenó. Así, desde esta óptica, Jesús de Nazareth no sería más que un maestro de bondad entre otros o, si se prefiere, aquél que poseyó en grado sumo la fuerza de Dios —aquél que la encarnó en verdad—. Pero no parece que el cristianismo más ortodoxo defienda esta idea. Y no porque no sea verdad esto de las fuerzas, pues probablemente lo sea, sino porque no se trata de una última palabra o, mejor dicho, de una esperanza para quienes ya no pueden humanamente tenerla. Si lo fuese, no se entendería por qué Jesús de Nazareth, aquél que, según cuentan, estaba en posesión del espíritu de Dios, fracasó ante el mal rollo de los hombres. A menos que estemos dispuestos a creer que se trate simplemente de combatir… como en la guerra de las galaxias, en donde el Bien y el Mal se hallan, al menos de entrada, al mismo nivel. Bíblicamente, sin embargo, no parece que la lucha entre el Bien y el Mal pueda comprenderse como una lucha entre los dos lados de la fuerza. Es decir, porque constatemos que las buenas vibraciones provocan por contagio un aumento del Bien, no podemos deducir que el Bien sea técnicamente superior o que tendrá la última palabra. Lo único que demuestra el hecho de la fuerza es que lo semejante llama a lo semejante. En este sentido, una psique religiosa da por hecho que el mundo sería diferente, si todos hiciéramos bien las cosas, es decir, si todos nos pusiéramos, por ejemplo, a tener pensamientos positivos. Así, las cosas van mal porque no hacemos lo debido. De hecho, es taulógicamente evidente que si todos fueramos buenos el mundo sería otro mundo. Pero lo cierto es que no parece que podamos tener siempre buen rollo: que existir tiene que ver también —por no decir, sobre todo— con existir de espaldas a Dios. Como es sabido, uno de los mantras más arraigados del legado bíblico es que el hombre, por sí mismo, no es capaz de realizar el Bien. Más aún: la cuestión de cómo podemos sintonizar con las energías positivas no se plantea para quien se encuentra sometido a la voluntad de Dios. La cuestión es, precisamente, qué esperanza puede tener quien ya no puede pretender participar del buen orden de las cosas, por la memoria misma de los que yacen en las fosas comunes de la Historia. ¿Cómo decirle, por ejemplo, a la madre que acaba de perder a sus hijos en la cámara de gas, que se trata de sintonizar con Mozart? Así pues, quienes se encuentran ante el Dios bíblico, no se encuentran propiamente ante una fuerza, sino ante aquél que, en tanto que enteramente otro, se sitúa más allá de las fuerzas, sean buenas o malas, tal y como atestigua, con claridad inquietante, el bueno de Job. Y es que, en definitiva, cristianamente no se trata de transformar nuestra sensibilidad para hacernos semejantes a Dios —o por vibrar con el lado luminoso de la fuerza—, sino de responder al Dios que se identifica con los abandonados de Dios. El error típiamente religioso —aquél que denunció con ferocidad inadmisible Jesús de Nazareth— consiste en creer que para responder a Dios, para cumplir con su mandato, antes uno ha de ser como Dios.
PS: ambas muestras de agua helada fueron expuestas a la palabra «ángel» y «demonio», respectivamente. Así, mientras que la estructura de la segunda, aquélla que recibió la mala vibración, es oscura y amorfa, la estructura de la primera —aquélla que recibió la buena vibración— posee la belleza propia de un orden eterno.

más Llort o la oración de quien ya no sirve ni para orar
mayo 15, 2011 Comentarios desactivados en más Llort o la oración de quien ya no sirve ni para orar

ella dice «yugur»…
mayo 12, 2011 Comentarios desactivados en ella dice «yugur»…
Aquí la cuestión sigue siendo la de siempre. Y es qué hacemos con el cuerpo. Los simples dirán: pues gozarlo, mientras se pueda. Pero el cuerpo —nuestro cuerpo— no es solo un receptáculo de posibles placeres, sino la matriz donde se incuban los mandatos más elementales. Una mujer puede, por ejemplo, aspirar a lo más alto en esto del amor, a la entrega incondicional de un hombre extraordinario. No obstante, lo más probable es que cuando se le pase el arroz, el cuerpo le exija pillar al primer sapo que se encuentre por ahí. El cuerpo tiene, sin duda, diferentes recursos para convencerla. Así, o bien le susurrará al oído aquello de que no hay nada en verdad extraordinario; que las historias extraordinarias son un espejismo. O bien le contará otro cuento: el de la bestia que se convierte, por amor, en príncipe. Sea como sea la vieja división platónica entre el cuerpo y el alma sigue ahí como el modo más imaginativo y, por tanto, más originario de exponer el conflicto entre las diferentes voces que habitan en nuestro interior. Hoy en día nos resulta difícil seguir dando por buena la existencia de un fantasma interior. Quizá preferimos hablar, aunque no se trate de lo mismo, de la tensión entre naturaleza y cultura, por ejemplo. Nuestra cosmología —y los discursos sobre el sentido de la existencia son más dependientes de la visión del mundo de lo que de entrada pudiéramos suponer— no nos permite decir legítimamente cualquier cosa que nos pase por la cabeza. El mundo infinito y homegéneo de Giordano Bruno —nuestro mundo— no admite otra divinidad que la que se identifique con la naturaleza. Sin embargo, en cualquier caso, la cuestión sigue siendo la misma: a quién hemos decidido seguir, si es que se trata de una decisión. Es obvio que la respuesta platónica —la de dejarse elevar por el anhelo del alma— se ha quedado modernamente sin imágenes. Con todo, el ilustrado desprecio de la imaginación, puestas todas ellas del lado de la falsedad, nos obliga a pagar el alto precio de una falta de integridad, pues sin ciertas imágenes inviables, el cuerpo no puede seguir las últimas visiones del alma, las de un imposible más allá. Sin el recurso de la imaginación, el cuerpo va por un lado y el alma por el otro. Así, por ejemplo, es difícil abrazar la trascendencia de Dios, si de algún modo no puedes ver al desgraciado como la encarnación del Dios de los cielos. Somos nosotros, hombres y mujeres ya familiarizados con el pensamiento abstracto, quienes nos tomamos a la ligera esta imagen: de hecho, el creyente moderno cree en ella como si tal cosa. Pero quien piensa en imágenes —ese primitivo— sufre hasta el tuétano la efectiva imposibilidad de esta imagen. Un cuerpo solo puede creer, esto es, arrodillarse a través de las imágenes increíbles de la fe. Sin la visiónes últimas del alma, el cuerpo solo puede creer infantilmente. Pero sin el conocimiento sensible que proporciona la imaginación, la visión más nítida se queda sin arraigo. Y es que si no nos sigue el cuerpo, no hay más que vana especulación. Por eso no debería soprendernos en exceso que la situación del cristiano moderno sea una situación esquizoide: o bien cree con el cuerpo, pero su alma está ciega; o bien su alma ha visto lo que hay que ver… pero desde su sillón. Por suerte aún nos queda el AT como esa raíz de una muela a medio arrancar. Pero este es otro asunto, un asunto que afecta a la entidad misma de Dios, algo que un cristianismo demasiado satisfecho con su Dios difícilmente admitirá. As usual.
aphorism
mayo 12, 2011 Comentarios desactivados en aphorism
Afortunadamente, no hay tiempo para nada.
(comentario: no hay tiempo para la nada —y, por tanto, la nada no es—, pues la eternidad no es para nosotros.)
3000
mayo 12, 2011 Comentarios desactivados en 3000
Esto de la muerte es, ciertamente, muy extraño. Como si ella sola se bastara para mostrar la impenetrabilidad misma de lo real, la imposibilidad de separar luz y oscuridad cuando topamos con el núcleo duro de lo que, en definitiva, se encuentra ahí. Por un lado, la muerte se revela como el aval del sinsentido. Si todo acaba con la muerte, la vida parece —quién lo pondrá en duda— el juego de un dios cruel. Pero, por otro, si fuéramos inmortales —si la muerte no estuviera en el horizonte—, cualquier valor se disolvería como el azucar en el café. Un hombre de tres mil años difícilmente recordará el rostro de sus padres, de la mujer que amó, de los hijos que llegó a engendrar… Nadie quiere morir. Pero la maldición bíblica fue, al fin y al cabo, una gracia de Dios. Desactivar la muerte, dar por sentado que la muerte es simplemente una transición, supone desactivar la raíz misma de la vida. Si tenemos la vida es porque en modo alguno la poseemos. Es verdad, pues, que vivimos de prestado.
morir de éxito
mayo 9, 2011 Comentarios desactivados en morir de éxito
Puede que la agonía del cristianismo se deba a su progresiva trivialización. Así nos parece evidente que quien no ama permanece en la muerte (1 Jn, 3, 14), pues, por lo común, entendemos con ello que el amor es algo así como la experiencia culminante de nuestra vida. Pero Juan dice otra cosa, algo de hecho inaceptable para quien tenga dos dedos de frente, a saber, que quien no ama —esto es, quien no se sacrifica por quien no merece ningún sacrificio— sigue muerto. ¿Qué cristiano hoy en día será capaz de ver muertos en todos aquellos que seguimos dando vueltas por ahí como si nada? ¿Qué cristiano se atraverá a decirlo? No es casual que el cristianismo vaya perdiendo vigor donde el amor ha dejado de ser una excepción contra el mundo para pasar a ser el desideratum de ese manual de autoayuda en el que, para muchos, se ha convertido el evangelio.
pedagogía
mayo 9, 2011 Comentarios desactivados en pedagogía
Alguien debería decirles a nuestros niños que no todo consiste en la efervescencia de la novedad: que el amor no pasa por encontrar a ese chico —o esa chica— sin mácula con el que te puedes conectar sin problemas. Que la historia continúa. O mejor dicho, que en verdad solo comienza cuando inevitablemente topamos no ya con el defectillo del otro, el cual puede hasta cierto punto aceptarse, sino con sus miedos, su desconfianza, su falta de ser, su maldad. Que el amor, más que una febril coincidencia, es siempre un abrazo de lo que en modo alguno podemos preferir. Pero esto es lo que tiene la moderna divinización de la adolescencia. La verdad se convierte, así, en un asunto demasiado esotérico, por no decir hostil, para quienes no saben lo que les espera, precisamente, porque se han quedado sin relatos para el día después.
no hay día sin noche
mayo 9, 2011 Comentarios desactivados en no hay día sin noche
Aquellos que ofrecen sin pestañear una solución a la existencia deberían preguntarse qué valor están dispuestos a sacrificar por esa solución. Para nuestra mentalidad mercantilista, el coste es aquello sin valor: lo que vale es, precisamente, lo que se consigue con ese coste. Así entendemos que el dinero no vale nada por sí mismo, sino solo en la medida en que puede comprar aquello que vale en verdad. Pero la verdad de la existencia sigue siendo la misma de siempre, a saber, que no hay valor sin el sacrificio de algo igualmente valioso. Esto es: que todo logro entraña una pérdida significativa. Cuando los antiguos sacrificaban a sus vírgenes en el altar para conseguir el favor del dios de turno, no se desprendían de lo que carecía de valor. Al contrario: era la pérdida que tenían que asumir para conseguir lo que en ese momento era necesario —que cesara la peste, que pudieran librarse del enemigo, que regresara la fertilidad…—. De este modo, podemos fácilmente admitir que la felicidad pasa, por ejemplo, por librarse del sentido de la culpa. Que basta con andar por ahí sin remordimientos para alcanzar finalmente una vida dichosa. Pero al arrojar el agua de la culpa, arrojamos también al niño de la genuina libertad, aquella que arraiga, precisamente, en una insatisfacible deuda por satisfacer. ¿Acaso debería extrañarnos de que, hoy por hoy, henchidos de la inocencia del buen salvaje, nos falte carácter como para ir hasta el final? No hay que ser Heráclito para comprender que la estupidez consiste en creer que puede haber luz sin oscuridad, bien sin mal, bendición sin culpa.
vestigios
mayo 9, 2011 Comentarios desactivados en vestigios
¿Hay alguien hoy en día que aún pueda decir aquello de contigo hasta el final, pues te debo la vida? Sin duda. Lo único es que su experiencia —acaso la única experiencia que merezca tal nombre— ha dejado de juzgarnos. Esto es lo que, en definitiva, significa decir que estamos en las postrimerías de la civilización cristiana: que la experiencia culminante que se vende por ahí —aquella que sirve como ejemplo— ya no es la del sacrificio que salda la deuda, sino la del exceso anfetamínico de quien puede permitirse unas cuantas noches locas.
new age
mayo 9, 2011 Comentarios desactivados en new age
La infidelidad es el ethos de la posmodernidad, pues en nombre de qué puede exigírsele una fijación a quien se sitúa ante la vida como el cliente en los estantes de la Fnac. La exigencia es que lo viejo ha de ser reempalzado por lo nuevo. Esto vale, ciertamente, para quien puede. Pero, según el ethos del consumidor, solo quien puede sigue estando vivo. No es casual que la sujeción de por vida tenga tan mala prensa en nuestro supermundo. Pero acaso no haya más libertad que quien permanece atado a la fragilidad de esa otra vida que le ha sido dada en medio de la nada, aquella que ya fue sin que todavía acabe de ser.
recetario
mayo 9, 2011 Comentarios desactivados en recetario
¿Qué nos dice un griego? Pues que aprendamos a morir —que nos familiaricemos con el momento de nuestra muerte—, si es que pretendemos que algo ocurra en nuestra vida, en vez de que las cosas nos pasen simplemente por encima. Para un griego, la muerte se revela, pues, como la clave de bóveda de una vida con un cierto relieve. Ahora bien, es obvio que esto no sirve para quienes, a su pesar, viven como si ya estuvieran muertos. Para ellos ¿cuál puede ser la esperanza? Podríamos decir que la posibilidad de comer a diario. Pero esto no vale —o no vale lo suficiente— para quienes, habiendo salido del pozo, llevan aún en las entrañas a los hijos que murieron antes de tiempo. Por este motivo, ellos, los más, solo pueden tener esperanza, si pueden contar con una resurrección de los muertos que restaure la vida perdida. Como sabemos esta es la esperanza del judaísmo apocalíptico y, por extensión, del cristianismo incipiente. La pregunta que cabe plantear aquí es qué queda de todo esto después de que las imágenes de esa esperanza hayan naufragado en las marismas de la superstición. En cualquier caso, un cristianismo sin apocalíptica parece condenado a la irrelevancia, pues o bien tendrá que presentarse como un ethos demasiado natural como para merezca la fe en Dios, o bien como una espiritualidad transconfesional para la cual, al fin y al cabo, tanto da un Dios que otro.
la tarara sí, la tarara no
mayo 9, 2011 Comentarios desactivados en la tarara sí, la tarara no
Es posible que, al fin y al cabo, la muerte nos iguale, pero lo cierto es que no todos la vivimos por igual. Así, mientras que para unos es una posibilidad, para otros, los miserables, es una realidad anticipada. Mientras que para nosotros, la muerte es aquello que deberíamos tener presente, si queremos tener, precisamente, un presente —o, como suele decirse, si queremos captar el carácter extraordinario de lo ordinario—, para el resto la muerte es lo que debería ser dejado atrás, si de lo que se trata es de gozar de un poco de vida. Mientras que para unos la muerte puede llegar a ser una transición, para otros será probablemente una liberación. Que los bienaventurados sean estos últimos es algo que solo podemos creer desde la esperanza de un Juicio Final, ese noveno día, en el que Dios, tras despertar de su letargo, ponga las cosas en su sitio. La cuestión es qué queda de ello cuando nuestra visión del mundo no parece admitir, salvo como ficción, un final apocalíptico de los tiempos.
un asunto corporal
mayo 8, 2011 Comentarios desactivados en un asunto corporal
Es a través de la fantasía como el cuerpo y no solo nuestra mente puede entrar en contacto con eso tan extraño que es la realidad. Así, quien cree habitar un mundo repleto de presencias invisibles permanece abierto al mundo en mayor grado que quien da por sentado que no hay más cera que la que arde. Porque las cosas no son lo que parecen —sino, en la mayoría de los casos, índices de otra cosa— el mundo se muestra, precisamente, como tal mundo, es decir, como algo que no acaba de darse por entero según la estrecha medida de nuestra sensibilidad. Quizá por eso haya más verdad en la vieja superstición que en la controlada asepsia del laboratorio. Como si el carácter otro de lo real se expresara más certeramente en un mundo que deja abierta la puerta a los fantasmas que en otro en donde tan solo cabe contar. Aun así, no deja de ser cierto que los primeros en desencantar el mundo no fueron los científicos, sino esos judíos que comprendieron que más radical que la del fantasma era la alteridad de un Dios que no parecía estar por la labor. Y quizá el único modo que los cuerpos posean el relieve del fantasma donde ya no podemos recurrir a una desprestigiada imaginación, sea el de verlos como aquéllos que fueron arrojados al mundo desde la nada misma de Dios.
nietzscheanas 16
mayo 7, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 16
La historia de Occidente en tres pasos —o cómo nuestro mundo ha llegado a ser el que es—:
a) de entrada, como es obvio, vivimos de nuestro espejismo. La vida que nos traemos entre manos nada vale por sí misma, sino solo en relación con lo que, según parece, sí vale en verdad, a saber, la vida que viven los dioses —hoy diríamos la vida de nuestras estrellas mediáticas—. Así, por ejemplo, el trato que podamos tener con esa chica —o ese chico— vale la pena, si puede comprenderse como un calco más o menos afortunado del amor mítico, es decir, de las grandes pasiones que vimos en las películas de nuestra infancia. Un amor que no represente ni siquiera por aproximación el amor verdadero de las ‘películas’, difícilmente podrá ser vivido como tal. Nadie se ilusiona con un simple contrato o desempeñando la rutina de un oficio. Es así que el típico derecho a roce no suele ir muy lejos. A menos que el otro sea un simple rascador, una cosa entre otras, quienes juegan este juego, tarde o temprano, se van a preguntar qué significa lo suyo, pues nadie puede admitir fácilmente ser una cosa entre otras. De entrada, pues, la vida que vivimos en el más acá encuentra su medida en el nivel del más allá. La vida de buen comienzo vale solo con respecto a lo que, en cierto modo, se sitúa fuera de la mera vida.
NB: ¿qué añade a todo esto el cristianismo? Por decirlo rápidamente, un mito para los pobres. Tras la irrupción del cristianismo en la antigüedad greco-romana, los pobres poseeran su propia historia ejemplar y, por eso mismo, su vida, como la de los nobles, podrá tener un cierto valor. No es casual, pues, que hoy en día un madurete repartidor de pizzas pueda creer con facilidad que su vida no ha fracasado: situado en las postrimerías del cristianismo, aún dispone de unas cuantas variantes del mito cristiano, películas del tipo el-repartidor-enmascarado-que-salva-al-mundo-del-ataque-alienígena. Estas películas son impensables en una cultura para la que el paria es simplemente un infrahumano, alguien que en modo alguno podrá realizar las posibilidades de lo humano.
b) deviene la catástrofe, literalmente, la caída del cielo. Dios no puede tener lugar en un universo homogéneo y ciego, en donde la antigua división entre un inmaculado más allá y el imperfecto más acá llega a ser impertinente. Dios, por consiguiente, ha muerto. La vida del Dios ya no es una vida real. No hay más vida que la nuestra y, como acabamos de ver, nuestra vida, por sí misma, carece de valor. Un Dios muerto es un Dios que solo tiene que ver con los apuros del creyente. El nihilismo —la falta de valor de la mera vida, el eterno retorno de lo mismo— se revela, al fin y al cabo, como el destino mismo de Occidente, del mismo modo que, tarde o temprano, cae en la depresión quien creyó durante demasiado tiempo en los cuentos de hadas.
c) si todo vale por igual —y, por tanto, nada vale en verdad—; si no hay nada de valor que merezca un sagrado respeto y, por tanto, que se muestre como algo intocable, entonces el principio formal de la vida moral —el no todo lo que puede hacerse, debe hacerse— ya no puede justificarse. En su lugar encontrarmos el propio del dominio técnico del mundo: si es posible, debe hacerse. De este modo, si es posible modificar nuestro código genético para vivir mil años como si tuviéramos veinte, se hará; si es posible multiplicar hasta el infinito las capacidades del cerebro humano, se hará. Ahora bien, esto significa que un hombre abandonado a la lógica de una evolución es un hombre sin definición moral. El tabú, la prohibición cuya transgresión nos sepulta en la vergüenza, solo afectará, en el mejor de los casos, a grupos concretos de individuos, pero no a la especie. O como dijo el mismo Nietzcshe: donde muere Dios, muere también el hombre, pues es obvio que el hombre de los mil años ya no será uno de los nuestros. Seguirán, sin duda, habiendo hombres, pero el hombre será dejado atrás como lo fue en su momento el mono. Un hombre sin Dios es un hombre que se supera a sí mismo ad infinitum. Ahora bien, no todos podrán seguir la vía de esta superación. Donde muere Dios —el Dios que nos hermana en la tara—, se hace de nuevo evidente que no somos iguales: unos podrán llegar a ser algo más y otros no. El porvernir del hombre no es, por tanto, un hombre ideal, sino un ser que ya no podrá reconocerse en quien le engendró: un Frankenstein, un Terminator, un superhombre. Pero se trata de la misma historia de siempre —del eterno retorno de lo mismo—, pues ¿acaso el padre del hombre no fue un chimpancé?
may be
mayo 6, 2011 Comentarios desactivados en may be
Si podemos preguntarnos por las bases del deber moral —si podemos preguntarnos por qué debemos hacer lo que debemos— es porque el deber, al perder su raíz sobrenatural, ha dejado de ser algo, en definitiva, natural. Así pues, un antiguo no comprendería nuestra pregunta del mismo modo que nosotros tampoco entenderíamos a quien nos cuestionara el hecho de sentirnos inclinados a cuidar de nuestros hijos. «Es lo que hay», diríamos. Ahora bien, el monoteísmo bíblico jamás entendió el deber como aquello impuesto por el orden (sobre)natural de las cosas. Un deber moral es, antes que una inclinación bendecida por los dioses, una respuesta a quien sufre, precisamente, la falta de Dios. Aquí alguien podría igualmente preguntarse por qué debemos responder a quien nos reclama una respuesta bajo el peso de un Dios transcendente hasta la ausencia. Pero donde hay llamada —y la llamada, ciertamente, abunda—, no puede no haber respuesta. Hagamos lo que hagamos, somos quienes respondemos. Otra cosa es, sin duda, que la respuesta sea la debida. Y es aquí donde resulta decisivo el alcance de nuestra visión. Ver al Otro es ya saber que hemos de responderle debidamente. Ver al Otro supone, pues, obedecerle. En tanto que la alteridad del hombre —ese no ser, ese dolor— es la huella del carácter imposible de lo absoluto; en tanto que no hay nada más otro —más inalcanzable— que la indigencia del otro hombre, quien se sitúa ante el otro, ante su misma alteridad, no puede menos que preguntarle qué quieres que haga por ti. No podemos pasar de largo, pues, sin caer en el infierno de la soledad narcisista. Donde no hay Otro que valga, el infierno son, ciertamente, los otros. El juego de manos de la Modernidad consiste en obligarnos a ver como una inclinación que nace del sujeto, lo que en verdad solo puede darse como respuesta. No casualmente el gran problema de la epistemología moderna fue el de tener que demostrar algo que saltaba a la vista en un mundo plagado de dioses, a saber, la exterioridad misma de lo real.
prejuicios
mayo 6, 2011 Comentarios desactivados en prejuicios
Por lo común, quienes se preguntan por la agonía del cristianismo, dan por descontado que antes, a diferencia de hoy en día, los creyentes sí que creían de verdad. Como si la distancia reflexiva propia de nuestros tiempos nos impidiera dirigirnos directamente a Dios y solo nos dejara emplear el recurso de la cita: «como diría el creyente, confío en ti Señor«… O, por poner otro ejemplo: como si antes los amantes hubieran sido capaces de decir directamente te amo y ahora solo pudieran recurrir al irónico «como diría el poeta, te amo«. Sin embargo, es posible que hoy en día estemos en una situación más parecida a la originaria de lo que suponemos, pues nunca la fe se impuso con la inmediatez que algunos le suponen. En el AT, pongamos por caso, tan solo Moisés pudo ver a Dios cara a cara —tan solo él pudo encararle— y, aun y así, únicamente alcanzó a verle la espalda (Ex 33). Por eso, faltan a la verdad quienes dan por sentado que Dios se encuentra ahí, por encima de nuestras cabezas, esperando a que le hagamos una llamada. Una de las constantes bíblicas es, precisamente, que no es el hombre quien llama a Dios —pues, el hombre siempre reclama una divinidad a su medida—, sino Dios quien llama al hombre… aunque sea de un modo inaceptable para el hombre. O lo que es lo mismo, Dios no se ofrece al hombre como aquel que satisface su deseo de Dios. Un Dios que se identifica con los huérfanos de la tierra no puede satisfacer —es obvio— ningún deseo. Más bien es ese Dios quien tiene necesidad del hombre. Más aún: si Dios se da como promesa de sí mismo —si Dios se da como el por-venir de Dios—, entonces Dios no se pone de manifiesto en el modo del presente, ni siquiera como el sujeto agente que explicaría ciertos acontecimientos extraordinarios. En realidad, éste es el supuesto básico del paganismo: que pueden rastrearse los indicios de una divinidad presente. Sin duda, hay indicios de Dios. Pero son los que ningún hombre podría admitir como propios de un dios: el clamor de los desgraciados, el pellejo de un Crucificado. Encontrarse bajo la altura de Dios significa, pues, que nada hay superior —nada hay más alto— que el rostro desencajado de las víctimas. Poco que ver, diría, con las conexiones astrales a las que aspiran quienes todavía desean una experiencia de Dios.
romanticismo
mayo 5, 2011 Comentarios desactivados en romanticismo
El problema de una cultura heredera del romanticismo como la nuestra es que ha dejado que fácilmente creyéramos que cualquiera podría poseer lo que siempre se nos da como algo excepcional —como milagro—. Por ejemplo, el amor. Así, no debería extrañarnos que, cuando las cosas se ponen en sus sitio, los cualquiera salten y a grito pelado, como si descubrieran el Mediterráneo, digan aquello de que el Amor, así con mayúsculas, no existe. Tarde o temprano, el resentimiento de los cualquiera se hace patente como los granos de pus en la cara. Sin embargo, no es que el amor no exista, sino que ellos necesitan creer que no existe, que es una patraña —que, al fin y al cabo, que solo hay emociones variables—, pues de existir en verdad no podrían soportar que no fuera para ellos. Nietzsche, una vez más.
Elena Francis
mayo 4, 2011 Comentarios desactivados en Elena Francis
En el «consultorio» del Cosmopolitan del pasado mes de febrero, una chica se pregunta si es posible estar enamorada de dos hombres a la vez. De hecho, ella lo está, según parece, pues se acuesta, aunque alternativamente, con su novio y el mejor amigo de su novio. La respuesta de la psicóloga de la revista es previsible: se trata de algo natural; que si se siente culpable es porque nuestra cultura tan represiva —tan católica— no puede admitir lo que debería admitir como algo normal, pues nadie, insiste la psicóloga, puede pretender el monopolio de nuestro corazón. Hasta aquí la transcripción aproximada de la respuesta. ¿Tiene razón? En lo que respecta a la descripción del hecho, no hay duda: los sentimientos más epidérmicos —y no tan epidérmicos— son, ciertamente, fluctuantes. Lo natural es que a ellas les guste el hombre que les da seguridad —el posible padre de sus hijos— y el canalla. Como también es natural que al hombre se sienta atraído, con intensidad variable, por la madre y por la fácil. El deseo —y no hay que ser un Freud para saberlo— oscila entre figuras antitéticas. Lo deseable sería un canalla que te dé seguridad —o una mujer de putamadre—, pero ya sabemos que este ideal no es de este mundo: un canalla no puede, por definición, darte la tranquilidad que buscas. Pues bien, hasta aquí lo natural. La cuestión es si lo natural constituye una última instancia de lo humano. Supongamos, por un momento, que en realidad no hubiera ningún problema con que esa chica pudiera salir con dos —o más— chicos a la vez. Que no hubiera nada que objetar a que uno de esos mismos chicos le dijera a su chica que ese finde no podrán quedar porque él y una amiguita de ella han decidido alquilar un apartamento en Cadaqués… Que todo fuera buen rollo. Como cuando vamos al WoW —el mejor bar de BCN, sin duda— y un día tomamos una Moritz y otro una Coca-Cola. Supongamos, pues, que en ese mundo hubiera un hombre que le dijera a una mujer: contigo hasta la muerte. ¿Cómo le veríamos? ¿Cómo alguien que no sabe lo que dice? ¿Cómo un iluminado? Probablemente, si solo se basara en el me gustas mucho. Pero no me atrevería a decir que fuera un chalado, si detrás de su confesión estuviera ese sentido de la deuda que hoy tanto encontramos a faltar. Nadie puede declarársele en verdad a alguien diciendo aquello de en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad… si no le debe, en cierto sentido, la vida. Es muy difícil que ese amor, de darse en ese mundo, no se revelara como la medida de cualquier otro amor. Como si el amor verdadero —una respuesta más que una pasión— no fuera posible para el consumidor, sino solo para quienes viven, como quien dice, en precario. Se confirma, una vez más, que la indigencia moral de nuestra época tiene que ver con el hecho de que aquellos que tienen autoridad —aquellos que pronuncian esas palabras que caen por su peso— no son quienes están de regreso, esos ancianos, sino esas psicólogas de cursillos a distancia cuyo mayor mérito es el de no depilarse el bigote para que al menos puedan creer que, si no gustan a los hombres que saben de qué va el juego, es porque ellas aún tienen dignidad.
imposible
mayo 4, 2011 Comentarios desactivados en imposible
Dios es lo imposible del hombre. Imposible, no significa, sin embargo, hecho imposible, lo cual sería un contrasentido, sino aquello que el hombre jamás podrá admitir sin renunciar a su posibilidad. Y el cristianismo acaso no diga otra cosa: que si el hombre puede (sobre)vivir en medio de la muerte es porque Dios mismo ha abrazado la imposibilidad de Dios.
artefactos
mayo 3, 2011 Comentarios desactivados en artefactos
Un ídolo no es una imagen de Dios, sino una imagen demasiado creíble de Dios. Precisamente, porque podemos creer fácilmente en ella —porque se muestra como la medida de nuestra propia existencia— esa imagen no acaba de ser del todo verdadera. En modo alguno posee los rasgos inaceptables de la alteridad: le falta extrañeza, esa mezcla de fascinación y horror propia de lo real. En tanto que representa una existencia idealizada, el ídolo se encuentra, ciertamente, más allá de nuestra situación. Ahora bien, este más allá siempre se dará según el modo de nuestra posibilidad. A diferencia de lo que ocurre con el enteramente Otro, la lejanía del ídolo puede cuantificarse, al menos por aproximación. Con respecto al caso ejemplar, un cuerpo bello es siempre más o menos bello. Quizá por eso mismo haya más verdad en esas superticiones que se mantienen atadas a las increíbles imágenes de la fantasía religiosa más desbordante que aquellas devociones que, con la excusa de la credibilidad, hacen de Dios algo demasiado cercano como para que valga como Dios. Mientras las primeras nos mantienen clavados en carne y hueso al más allá, las segundas nos condenan a la vida centípreta de quien ya se encuentra a gusto con su dios. Es posible que la crítica ilustrada de la superstición sea el reverso de nuestra moderna incapacidad para lo real.
nietzscheanas 15
mayo 3, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 15
La cuestión de la felicidad del tirano fue antes platónica que nietzscheana. De hecho, se trata de la vieja cuestión acerca de quién está vivo en verdad. Y sabemos también cuál fue la respuesta de Platón: un tirano no puede ser feliz en modo alguno; un tirano siempre está solo. Precisamente porque nada le impide realizar su deseo, el tirano no puede ir más allá de sí mismo. Un tirano es incapaz de llevar, así, una vida elevada. Otra fue, sin embargo, la respuesta de Nietzsche. Para este anticristo, la vida del impotente, la vida del esclavo, al tratarse de una vida que no coincide consigo misma —al ser, propiamente, una vida avergonzada de sí misma—, no puede estar en verdad viva. Si el impotente —el sacerdote— cree lo contrario—si cree que la salud, la inocencia, la belleza del noble es, en el fondo, una impostación— es porque, al fin y al cabo, no puede soportar no ser como quienes denuncia. O inocencia o resentimiento. La cuestión sigue, ciertamente, en pie. Y debe seguir en pie… si el cristianismo ha de ser algo más que una religión para niños.
mala mar
mayo 3, 2011 Comentarios desactivados en mala mar
Parece que el cristianismo progresista no pueda hacer otra cosa que ir dando bandazos a rebufo de la actualidad. Así fácilmente podemos constatar que, si tocan tiempos hippies, Jesús se presenta a la conciencia creyente como el primer hippy; que si los tiempos son maternales, Jesús se revela como el amigo que siempre te escucha; que, si revolucionarios, como el zelota que algunos dicen que fue; que, si espiritualistas, como un alma bella e incomprendida... Como si el creyente progresista, en su intento de frenar el fundamentalismo conservador, diera por sentado que no es el Crucificado quien juzga al Mundo, sino el Mundo el que juzga al Crucificado. Todo un síntoma de que modernamente no sabemos cómo tragar con una verdad que no parece que se decida por completo en el espacio de nuestra interioridad.
mitológicas
mayo 3, 2011 Comentarios desactivados en mitológicas
¿Qué hace un mito? Básicamente, dividir lo que en realidad no admite la división. Así, por ejemplo, una madre no puede amar a su hijo sin, al mismo tiempo, querer castrarlo. Una madre te ahoga cuando te abraza. Y quizá sea por esto mismo que necesitamos un mito: para hacer habitable el mundo. Y así tendremos buenas madres y malas madres, dependiendo de cuál sea el lado que más pese. O madres que ahora te aman y ahora te ahogan. Como si no pudiéramos admitir la mutua implicación de los contrarios. Ahora bien, de aquí se deduce que un mundo habitable tiene muy poco de verdadero. Por definición, un autor de mitos huirá como de la peste de los abismos de la dialéctica. Demasiado intelectual, dirá. Pero lo cierto es que no hay más realidad que la impenetrable. Como el Dios de Job.
knees
mayo 3, 2011 Comentarios desactivados en knees
¿Cómo comprender a quien sigue dirigiéndose a Dios sabiendo, a base de golpes, que no puede esperar su intervención? ¿Es posible que no seamos, en última instancia, otra cosa que este abandono? ¿Que no se trate de una posibilidad de quienes aún confíamos en nuestras posibilidades? ¿Qué cualquier logro personal no sea más que la máscara que encubre nuestra pobreza de espíritu? Aquí no me parece que valga aquello de hacer de esta pobreza un ideal de vida, pues judíamente no hay más humildad que la que nace de la humillación. Los pobres de espíritu —aquellos que por no tener, no tienen ni espíritu que les mantenga en pie— deberían provocarnos más vértigo que admiración. No parece, pues, que las bendiciones del sermón de la montaña tengan que ver con nuestra felicidad.
