veo demonios
marzo 23, 2024 § Deja un comentario
Parece que hay una alteración neuronal —la prosopometamorfopsia— que hace que aquellos que la padecen vean todos los rostros distorsionados: como si fueran demonios. Tal cual. Evidentemente, nosotros decimos que se trata de una distorsión. En cambio, en la Antigüedad, aun aceptando el diagnóstico, probablemente hubieran dicho que, gracias a la enfermedad, quien la padecía era capaz de ver más allá —en concreto, el hecho de una humanidad endemoniada. Pues veía demonios como cualquiera puede ver árboles o montañas. ¿Cómo fue posible, entonces, el paso a la distorsión?
La respuesta está en los manuales de filosofía. Pues en el momento en qué Descartes reflexiona sobre la pretensión de verdad de las representaciones mentales del mundo —esto es, una vez pone en duda esta pretensión— todos los contenidos de la mente están bajo sospecha. Cuanto percibo podría ser perfectamente una alucinación: desde los demonios hasta los árboles y las nubes. De ahí la necesidad de un criterio que nos permita distinguir entre las representaciones verdaderas y las falsas —y, según Descartes, este criterio no puede ser el ver y el tocar: las imágenes de la sensibilidad quedarán, sencillamente, fuera del ámbito del conocimiento. La cuestión acerca de lo que hay se decidirá en el interior de la conciencia sobre la base de un criterio que asegure apodícticamente la correspondencia entre representaciones y hechos.
Ahora bien, y por eso mismo, la reflexión que lleva a cabo Descartes presupone secretamente lo que terminará siendo la conclusión del ejercicio de la duda metódica, a saber, la primacía epistemológica del ego cogito. Y aquí hay algo de trampa. Pues, de dar por descontado que estamos expuestos a la desproporción de un puro haber, como se daba por descontado en la Antigüedad, la reflexión, el volver sobre sí, hubiera ido por otros derroteros, aquellos por los que anduvo, precisamente, Platón. El punto de partida nunca fue inocente.
reduccionismo moderno
marzo 22, 2024 § Deja un comentario
Nunca he terminado de entender una de las operaciones básicas de la Modernidad, la que culmina en la filosofía de la sospecha y que consiste en aplicar la fórmula no es más que a los viejos asuntos del alma. Así, dirá Nietzsche, la compasión cristiana no es más que resentimiento —o el amor romántico, escribirá Dawkins, el gen buscándose la vida como puede. Ciertamente, el reduccionismo es el sesgo de lo racional. De hecho, con el todo es agua comenzó el despegue de la explicación científica. Sin embargo, el todo es de los antiguos no implicaba necesariamente una devaluación. Al contrario. La reducción racional en la Antigüedad miraba hacia lo alto. Aunque hoy no nos lo parezca, el agua de Tales poseía rasgos divinos.
Y digo que no termino de entender esta operación de la Modernidad porque creo que tiene algo —o mucho— de falaz y, en última instancia, de ideológico. Einstein podría haber dado con sus ecuaciones casualmente, bajo los efectos del alcohol. Ahora bien, aunque hubiera sido así seguirían siendo verdaderas. Al menos, mientras no se demuestre lo contrario. Paralelamente, puede que haya dosis de resentimiento en la compasión cristiana. En realidad, no hay sentimiento o motivo que sea químicamente puro. Pero la pregunta es si hay —o no— algo más que resentimiento. Y si ese algo más tiene o no que ver con la experiencia de un puro haber que, no siendo nada, trasciende el haber de las cosas.
Sin embargo, quizá el primer paso hacia el barro lo diera, precisamente, el Dios cristiano al negarse a sí mismo para poder reconocerse en el hombre. La Encarnación nunca fue una ejemplificación.
fides y fidelitas
marzo 21, 2024 § Deja un comentario
A los modernos nos resulta difícil comprender que no haya otra libertad que la que se concreta como compromiso incondicional. Que las otras libertades no sean más que simulacros. De hecho, como consumidores —uno es en gran medida lo que hace; y lo que hacemos, principalmente, es consumir— preferimos dejar siempre una puerta abierta. Esto es, preferimos poder cambiar de marca. Ciertamente, para la mayoría de las situaciones, es mejor dejar una puerta abierta que mantenerla cerrada. Sin embargo, en lo que respecta a las opciones fundamentales, por decirlo así, no tengo tan claro que la mejor opción sea, precisamente, saltar con red, en definitiva, ir probando. Sin duda, en cualquier caso es razonable dejar una puerta abierta. Pero no es lo mismo dejarla abierta a un paso que a cien. Y es que si vemos una salida a pocos metros, lo más probable es que, siendo consumidores, salgamos por ahí . Y si salimos por ahí difícilmente llegaremos a distinguir el gusto del querer. ¿El resultado? Malcriados.
De ahí la corrosión del carácter tan propia de nuestros tiempos. Pues, al fin y al cabo, el carácter se forma en relación con una fidelidad —de hecho, aquella que exige lo que nos ha sido dado, y por eso mismo, no está por entero a nuestra disposición. No es causal que, para el creyente —no el que dice creer o cree creer—, Dios sea, en el fondo, insoportable.
la muerte es un perro
marzo 20, 2024 § 1 comentario
La muerte se presenta como un perro: a dentelladas. Pero ¿la muerte es un perro? No, obviamente. Decimos: como un perro. Sin embargo, donde prescindimos de este como, morir no es más que cesar. Se apagó la luz. Así, para el espectador imparcial la muerte deviene una mera constatación: el corazón dejó de latir. En lugar del como un como si. ¿La muerte? Como si fuera un perro. No es exactamente lo mismo.
De ahí que, desde las gradas, la muerte sea únicamente lo que sucede al igual que sucede la lluvia. Y donde tan solo hay lo que sucede prevalece lo impersonal: se muere. Para el espectador, nadie muera: los cuerpos simplemente se detienen. Desde su óptica, cuanto sucede no se dirige a nadie. Por eso, nada le es dado al espectador. Pero lo cierto es que todo nos es dado desde el horizonte de la nada —y precisamente como negación de la nada. Ahora bien, por eso mismo, lo dado es donación. El mundo como dado, es decir, el mundo como donación. Quizá Hegel no andara tan desencaminado cuando dijo que no comprendemos el en sí mientras no lo comprendamos como un para sí —y aquí hay que tener presente que no hay para sí que no sea un para lo otro de sí en la negación de sí. Creatio —y creatio ex nihilo.
incluso la verdad
marzo 19, 2024 § Deja un comentario
Decía Hegel que, con el tiempo, incluso la verdad se transformaba en su contrario (aun cuando Hegel tenía muy en mente que ese contrario es lo exigido, precisamente, por el acontecer de lo verdadero). Esto es así porque la verdad, entendida como afirmación acerca de lo que es, no puede evitar las apariencias. Al fin y al cabo, nada es que no se muestre a haga presente. Y siempre se hace presente en relación con la posición que ocupa el testimonio. Esto es, relativamente. Vemos lo que podemos ver. Cambia la posición —y aquí por posición entiéndase cultura o época— cambia el aspecto de la verdad. Y porque de manera espontánea nos dejamos llevar por el aspecto, llegaremos a creer como quien no quiere la cosa que el primer aspecto fue, sencillamente, falso.
Así, pongamos por caso, en las culturas en donde los dioses se dan por descontado, naturalmente podemos reconocer en el crecimiento de la hierba el poder de un dios. En cambio, esto ya no es posible en una cultura como la nuestra, en donde la ciencia detenta la última palabra sobre lo que hay. Ciertamente, podemos decirnos que un dios actúa por detrás. Es decir, podemos suponerlo. Pero seremos incapaces de verlo. La hierba ya no se nos aparecerá como milagro. No puede hacerlo. A lo sumo, tan solo reflexivamente cabrá recuperar la verdad que perdimos de vista. Pues es por medio de la reflexión que llegaremos comprender, sea cual sea la sensibilidad cultural de la que partamos, que todo se nos da desde el fondo mismo de la nada. Todos los caminos de la razón, aunque estén rodeados de diferentes paisajes, conducen a Roma. No obstante, hace siglos que la reflexión se quedó sin imágenes con las que incorporar los resultados de su ejercicio. Aunque quizá fuese desde el principio. ¿O es que acaso la imagen no fue siempre una variante de la traición del traductor?
Hamburgo
marzo 17, 2024 § Deja un comentario
“Tras el bombardeo de Hamburgo —escribe el historiador Keith Lowe en Continente salvaje—, no fueron las 40.000 muertes lo que llenó de malestar a la población alemana, sino cómo se produjeron. Historias de un infierno enfurecido, de vientos huracanados y tormenta de chispas que quemaban el pelo y los vestidos de la gente —estas cosas acaparan la imaginación con mucha más eficacia que los datos numéricos puros y duros.”
Este fragmento nos permite entender cómo procede la imaginación bíblica. Pues supongamos que tenemos que dar fe de lo que tuvo lugar a quienes no estuvieron allí. Resulta evidente que nos veríamos casi obligados a acentuar, por no decir, exagerar. La descripción objetiva quizá baste para hacernos una idea, pero no para incorporar el horror. Esto es, para hacer cuerpo de cuanto supera, y con creces, una descripción objetiva. Un infierno enfurecido. La imparcialidad —la visión sub specie aeternitatis— va de la mano de la impiedad. Desde la grada del entomólogo, no hay diferencia entre los hombres y los insectos. De ahí que no pueda diferenciar entre hechos y acontecimientos. Pues lo que acontece y no tan solo pasa siempre se revela desde la óptica del final del mundo.
Sin embargo, el entomólogo podría objetar que, tarde o temprano, llegaremos al mismo puerto: desde la óptica de la eternidad nadie cuenta. Como no cuentan los insectos. Ahora bien, para quien comprende la diferencia, no es lo mismo enfrentarse a lo que reclama una respuesta que a lo que simplemente exige una reacción conveniente. El acontecimiento va con la aparición —y nadie aparece a quien solo ve cosas que pasan. Por terribles que sean. La Ilustración riega fuera de tiesto al tachar de superstición las imágenes delirantes de la esperanza bíblica. De hecho, al hacerlo peca de analfabetismo, aun cuando tuviera sus buenos motivos para pecar: la Iglesia, mejor dicho, su implacable poder, no ayudó precisamente a que aprendiéramos a leer.
Hay que haber estado en el infierno —y quien ha leído, pongamos por caso, a Primo Levi puede decirlo— para padecer hasta el tuétano qué significa un acto de bondad.
la seriedad
marzo 16, 2024 § Deja un comentario
Difícilmente nos tomaremos en serio a nosotros mismos mientas sigamos en medio de la realidad virtual que nos hemos montado con el propósito de cuadrar las piezas. De hecho, las cosas se ponen serias solo cuando irrumpe lo que, al menos desde nuestro lado, no admite la modificación: la muerte, una violencia sin medida, la impiedad. La seriedad adviene con la caída de los cielos —con la salida del hogar, con el tener que responder. Pues la luz solo es luz en medio de la oscuridad. Aunque no consiga iluminar la escena por completo. A lo sumo, esperaremos insensatamente a que lo haga. Aunque lo cierto es que donde no hubiese más que luz tampoco habría luz.
Hegel, un resumen
marzo 15, 2024 § Deja un comentario
Hegel, en un sola cita: Jn 1, 1-18. Como dijo Heiddeger, el pensamiento de Hegel es, en el fondo, teología (y lo decía peyorativamente). Pues Hegel pensó a Dios dede el lado de Dios… al igual que el cuarto evangelista narra la historia de Jesús de Nazaret desde el lado del Padre. Sin embargo Heidegger, probablemente, hiciese lo mismo, aunque desde el lado del hombre. Ahora bien, lo que hizo Heidegger ya lo avanzó Hegel al decir que, desde nuestro lado, no podemos ir más allá de la teología negativa… cuyas tesis están muy cerca de lo que Heidegger escribió acerca de la falta de entidad del ser en cuanto tal. Al fin y al cabo, el pensar siempre da vueltas en torno a lo mismo. Como dijera Whitehead, la historia de la filosofía podría exponerse como notas al pie a los diálogos de Platón.
Hamlet, Matrix, Dune et al. (y 2)
marzo 14, 2024 § Deja un comentario
… y sin embargo, el enviado, de buen comienzo, no puede tomarse en serio el mandato . De lo contrario, sería un fake —un bocazas, alguien que no se diferencia de su papel. Ningún profeta creyó de entrada que él sería capaz de estar a la altura de la elección. Antes tuvo que sumergirse en su incapacidad, ser sepultado por ella. Y serlo hasta que comprendiera que él no es más que su obediencia. Ahora bien, esto solo llegó a admitirlo, no tras escuchar voces, sino una vez topó de bruces con el silencio que abraza el mundo. Pues es desde este silencio que pudo asumir su tarea como respuesta incondicional a un clamor.
Hamlet, Matrix, Dune et al.
marzo 13, 2024 § Deja un comentario
Una de las consecuencias de la muerte de Dios —una proclamación en el fondo cristiana, como bien viera Hegel— es que el crucificado fue el último Mesías. De hecho, los héroes de la Modernidad, desde Hamlet hasta Paul Atreides, son enviados que no terminan de creer en su misión o, si se prefiere, destino. Y no por debilidad psicológica. No pueden creer en sí mismos como heraldos de lo alto porque ya no hay altura, salvo la imaginaria.
En realidad, siempre fue así. Sin embargo, lo que ha cambiado, y gracias a la Modernidad, es la función de la imaginación como vehículo del conocimiento más abisal. De hecho, la Modernidad reduce el poder de las imágenes sobre lo definitivo de la existencia —aquellas que dibujan el mapa en donde se decide el Sï o el No— al carácter virtual de nuestras fantasías. Y la reducción, en este caso, supone un empobrecimiento del sujeto. Sencillamente, no hemos vuelto más finos o tambaleantes —más insujetables. Shakespeare es superior a los guionistas de Matrix y Dune. Pues, siendo fiel a la evidencia, no se atrevió a escribir una final feliz para Hamlet. El ruido y la furia vencen donde el padre se ha convertido en un fantasma. Y es que la voz de un padre espectral siempre fue menos terrible que la aquel que guarda silencio.
Rep 350
marzo 12, 2024 § Deja un comentario
Dijo Platón: quien quiera buscar a Dios haría bien en dejar de mirar los cielos estrellados. Esto nos recuerda a la sentencia de Lucas: qué hacéis mirando a los cielos (Hch 1, 11). Y mientras tanto, seguimos como si esto no fuera con nosotros.
Hume y Platón —y de paso, unas dosis de Descartes (y 3)
marzo 11, 2024 § Deja un comentario
Hay, por tanto, dos nihilismos. O mejor dos modos de nihilismo: el antiguo y el moderno. El primero se enfrenta a la nada que abraza el mundo (y por eso mismo, para el nihilismo antiguo, la aniquilación —la posibilidad de la catástrofe— es el horizonte del mundo). El segundo, sobre todo a través de la crítica a la superstición, afirma un mundo inerte frente a la posibilidad de un sentido o valor. Y curiosamente lo hace negando la paradójica realidad de la nada.
El primero es un nihilismo fecundo, en la medida que implica una valoración del presente como donación, llevando sobre sí el peso de una esperanza agnóstica, por increíble. El segundo, en cambio, será incapaz de distinguir entre un bien y un mal en los que no cabe añadir ninguna nota al pie. Pues no podrá comprender que la experiencia del don va con el del deber de preservarlo de la impiedad. Como si fueran las dos caras de una misma moneda. Desde las cimas que alcanza el espectador romántico —y Nietzsche no dejó de serlo— es difícil captar la diferencia entre hecho y acontecimiento. A lo sumo, tomaremos nota del acontecimiento, pero no calará en el tuétano de nuestra existencia.
El espectador romántico no queda sepultado por un silencio y una oscuridad sin resquicio. En las cimas hay demasiado orgullo —tampoco podría ser de otro modo, tratándose de un logro— como para permanecer bajo los escombros. En vez de la sepultura, el sentimiento de lo sublime. La escalada será, en cualquier caso, una variante de lafuga mundi de los monásticos. Aquí el único sufrimiento que cuenta es el propio —el de quien se siente como una rara avis frente a los demás. Y de aquí a que los demás se revelen como un infierno media un paso.
la diferencia
marzo 10, 2024 § Deja un comentario
Creo que es importante caer en la cuenta de la diferencia entre lo que acontece o tiene lugar y lo que sencillamente pasa. Esto en metafísico se dice: entre lo real avant la lettre y los hechos que pasan o se suceden. O entre lo eterno y lo temporal.
De hecho, existimos de espaldas a lo que en verdad tiene lugar. Cada vida es un milagro. Pues se hace presente —y por eso mismo se nos da— desde el horizonte de la nada (y de ahí, dicho sea de paso, el doble sentido de la palabra presente). Sin embargo, el mundo no obliga a servirnos de lo que nos ha sido dado. En el día a día, se impone la negociación, el trato. Tampoco puede ser de otro modo. Pues no habríamos sobrevivido como especie de habernos entregado a la adoración o a la vida contemplativa. En cualquier caso, las formas de la amabilidad, como también las ceremonias de la memoria, son necesarias si se quiere conservar en tiempo diario las huellas de la verdad —de lo que en verdad tienen lugar y no simplemente pasa. Se trata de evitar, en la medida de lo posible, el maltrato. La Ley —y de esto Israel era muy consciente— se desprende del don.
Y decía que era importante caer en la cuenta de la diferencia porque, de lo contrario, difícilmente comprendemos que hay detrás del lenguaje que nos habla de la trascendencia, se trate de la Biblia, los Upanishad o Platón. En definitiva, difícilmente llegaremos a comprender qué significa existir. Quizá sea porque despreciamos dicho lenguaje que actualmente, y desde las canchas intelectuales, tendamos a entendernos como si no fuéramos más que simios, aunque un poco más listos. Donde prescindimos de la cuestión de la verdad —donde dejamos de preguntarnos qué tiene lugar en verdad— nos convertimos en las piezas de un mecanismo sin piedad. O si se prefiere, en los reos del principio del dominio tecnológico del mundo, el que exige que debe hacerse cuanto puede hacerse.
La inquietud por la verdad está lejos de ser un pasatiempo estéril, el asunto de aquellos a quienes les gusta la especulación como a otros el chocolate. La pasión por lo verdadero —esa manía, según Platón— es una cuestión de resistencia —y me atrevería a decir de vida o muerte, aun cuando la muerte pueda vestirse con los oropeles de la distracción. Ciertamente, podemos despreciar cuanto ignoramos. Pero no sin caer en la barbarie. Y quien dice barbarie, dice autodestrucción.
Hume y Platón —y de paso, unas dosis de Descartes (2)
marzo 9, 2024 § Deja un comentario
No hace falta decir que los términos en los que se plantea la cuestión a resolver avanzan la respuesta. Y más si se trata de argumentar. Pues, como sabe cualquier estudiante de lógica, la deducción racional no hace más que explicitar lo que ya quedaba afirmado implícitamente con las premisas (y de estas lluvias, los lodos de la necesidad lógica). De ahí que el resultado del ejercicio metódico de la duda, al partir de la pregunta por la certeza de la representación mental —y, por tanto, al asumir la representación mental como aquello que no se pone en cuestión en tanto que se tiene en mente—, no pueda ser otro que el cogito, mientras que el de la reflexión conducida por la perplejidad frente al hecho de que hay mundo no podrá evitar enfrentarse a la realidad de una nada que es no siendo. Y quizá sea por el carácter sacacorchos de la deducción racional que la filosofía, más allá de la confesión socrática, nunca termine de quitarse de encima la acusación de no ser mucho más que un espléndido ejercicio de retórica.
Sin embargo, me atrevería a decir que la retórica retrocede a un segundo plano una vez irrumpe la realidad de la nada. O por decirlo en clave existencial, donde nos sepulta una oscuridad y silencio impenetrables —en definitiva, donde el sesgo anónimo de un puro haber convierte el mundo en ficción. La Modernidad solo en apariencia coloca al hombre en el centro. De hecho, lo desplaza a la periferia del mundo. Pues en el momento que el sujeto del conocimiento contempla el mundo desde la grada del espectador —o si se prefiere sub specie aeternitatis— la existencia, el estar en medio del mundo como arrancados, deja de ser relevante a la hora de responder a la pregunta por lo que hay en verdad —por lo que en verdad tienen lugar o acontece y no simplemente sucede. Para un juez imparcial —el sujeto del saber— tan solo valen los hechos —o mejor dicho, los hechos probados. Por consiguiente, no cabe diferenciar entre lo que acontece y lo que pasa. Para el sujeto moderno del saber, no hay más que relaciones entre hechos que se suceden, unos tras otros.
Sin embargo, en el caso de Platón —y en general, del pensamiento de la Antigüedad— la diferencia entre el acontecimiento y lo que simplemente sucede es lo que debe ser pensado… si se trata de responder a la pregunta por lo que hay en verdad —por lo real en cuanto tal. Esta distinción, obviamente, permanece oculta donde nos interrogamos por el criterio que pueda asegurar, si es que lo hubiera, la correspondencia entre los contenidos de la representación mental y los hechos. Sin embargo, una vez partimos de que hay cosas —que hay exterioridad—, tarde o temprano, llegaremos a comprender que hay cosas porque el haber como tal retrocede en su hacerse presente como el haber del mundo —y por eso mismo el puro haber trasciende, aunque en clave temporal, cuanto es. Sin embargo, lo trasciende no como otro mundo —resulta elemental—, sino como el silencio y la oscuridad que amenazan eternamente el mundo. En el principio siempre estuvo el final. O también, hay donación porque el horizonte del don es la extinción. Nunca nada del todo. Y por eso, siempre el no-todo. Hay mundo y no nada… porque el mundo es el envés de la no-nada. La nada es no siendo. De ahí que lo que acontece en medio de lo que pasa sea la negación de sí de lo absolutamente otro o ahí. Llámale Yavhé.
De ahí que la Modernidad que inaugura Descartes no sea tanto la época de la muerte de Dios, como la época en donde la paradójica realidad de Dios permanece como lo impensado —y en definitiva, como lo que no puede ser pensado. Ahora bien, esto equivale a decir que la Modernidad, dejando a un lado a sus poetas, es incapaz de pensar la existencia —el vivir como alejados— hasta el final. Y no porque Dios, precisamente, exista como puedan existir los extraterrestres, sino porque un Dios que existe, como dijera Bonhoeffer, no existe.
(Con todo, Descartes, acaso fuese más profundo que muchos de quienes le sucedieron, incluyendo aquí a los empiristas. Pues como el mismo demostró, aun cuando el cogito sea primero en el orden del saber, no puede evitar admitir, a causa de su finitud, que es segundo en el orden del haber. Al menos, porque si hay limite —y el cogito encuentra su límite, precisamente, en la actividad del pensar— hay un afuera. Y un afuera ilimitado… al que concibió, por este motivo, como Dios.)
Hume y Platón —y de paso, unas dosis de Descartes (1)
marzo 8, 2024 § Deja un comentario
La cuestión par excellence de la filosofía es de qué hablamos cuando hablamos de lo que hay. El asunto en modo alguno resulta trivial. Quiero decir que no cabe resolver la cuestión diciendo simplemente que lo que hay son, precisamente, cosas… aun cuando en cierto sentido sea así. Y es que, como veremos, hay cosas porque no solo hay cosas… aun cuando lo que hay más allá de las cosas no sea, literalmente, nada en particular. En definitiva, la cuestión es cómo cabe pensar el haber del haber de las cosas.
De hecho, es el mismo lenguaje el que nos da la pista de la dificultad… siempre y cuando la referencia a lo real se diga como un decir algo de algo (y es que el asunto sería probablemente muy distinto si no dijéramos el árbol es verde, pongamos por caso, sino el verde verdea en el árbol, esto es, si el lenguaje no pivotara en torno al sujeto). Obviamente, el problema apunta, precisamente, al de algo. Y es que la pregunta es, precisamente, qué es ese algo del que decimos que es así o asá… al margen de la atribución. Es decir, de qué hablamos cuado hablamos de ese algo en cuanto tal o en sí mismo. La cuesta comienza a empinarse cuando caemos en la cuenta de que, al margen de la atribución, el algo como tal no puede ofrecerse, por defecto, como algo en particularo determinado. Y esto está muy cerca de decir que no es nada. Al margen del haber de las cosas, no hay nada (y acaso baste con tomarse esta afirmación al pie de la letra para, cuando menos, intuir su alcance). De otro modo, en sí mismo o como tal, el algo —la sustancia, en términos de Hume, aunque no solo de Hume— no aparece o se hace presente a una sensibilidad. No percibimos —ni cabe percibir— el algo en cuanto tal. La pregunta es si, con todo, podemos pensarlo —y pensarlo en los términos de un haber.
Estamos, obviamente, en un territorio más allá de la física —en el territorio de la metafísica. La cuestión será, por tanto, si ese algo es real o simplemente una ficción de la mente, un trampantojo lingüístico. De hecho, y en gran medida, podríamos decir que la operación de la Modernidad consiste en desmontar las pretensiones de la metafísica —y de paso, la pretensión creyente. El metafísico, dirá el moderno, se inventa el problema. Al menos, porque con respecto al algo en cuanto tal —con respecto al lo que hay más allá del ente— no hay nada de lo que hablar… precisamente, porque no hay nada que ver. Y, como dirá Wittgenstein, de lo que no se puede hablar, más vale guardar silencio.
Hume defenderá, como sabemos, que la idea de sustancia es un constructo mental —una ficción útil—, el resultado de integrar sensaciones de diferente orden. Si nuestra mente funcionara de otro modo —por ejemplo, si fuese incapaz de integrar el tacto y la visión— el mundo sería muy distinto. En cambio, Platón —la Antigüedad, en general— pensará de otro modo la escisión que implica la atribución de una serie de rasgos a un algo. Y la pensará de otro modo porque, para Platón, el punto de partida del pensar es el haber de las cosas y no nuestra representación de las cosas que hay. Es decir, la cuestión no será, como lo fue para Descartes y los que le siguieron, hasta qué punto cabe asegurar, sin ningún genero de duda, la verdad de nuestras representaciones del mundo, sino en qué consiste que haya algo y no más bien nada. En la Antigüedad, la actitud fundamental que sostuvo la actividad del pensar no fue la de la sospecha, sino la del asombro… a pesar de que la sospecha de algún modo también estuvo ahí desde el principio. Pues el asombro, tarde o temprano, nos obliga a poner en suspenso las pretensiones de verdad de lo que se dice , esto es, de la opinión. Al menos, porque la opinión —un hablar por hablar— solo es posible una vez hemos dejado atrás el motivo del asombro. Las opiniones cambian. No, lo que provoca nuestro estupor. O mejor, extrañeza. Y es que acaso sea la posibilidad de caer en la extrañeza, esa mezcla de fascinación y pasmo, lo que hace de nosotros, a diferencia de los simios, unos extraños.
Seguiremos en un próximo post.
restos de ilustración
marzo 7, 2024 § Deja un comentario
Una existencia libre al igual que el amor, en definitiva, cualquiera de los asuntos humanos, solo pueden narrarse. Creo que nos equivocamos, por tanto, donde nos preguntamos hasta qué punto hay libertad o amor. Pues ningún hecho podrá corroborar que los haya como puedan haber árboles o moscas. Nada humano se presenta en un estado químicamente puro. De ahí que, a la hora de hablar de la libertad o el amor —o incluso de Dios— solo quepa contar historias de libertad o amor… e historias tan humanas que nunca terminamos de saber si deberíamos imitarlas o, más bien, evitarlas. Y no porque en dichas historias aparezca la libertad o el amor sin tara, sino porque se revelan como vestigio en medio de la tara (y aquí hay que tener en cuenta que la tara siempre mancha). De ahí que la pregunta no sea qué hay, sino qué terminará siendo. Esto es, la pregunta es si al final vencerá la bondad o el impulso del odio. Toda historia es una historia abierta —y abierta a un porvenir que no está en nuestras manos alcanzar. Y por eso mismo, las historias de libertad o amor están lejos de ser cuentos. Un cuento siempre cierra el asunto antes de tiempo.
divina verdad
marzo 5, 2024 § Deja un comentario
Una existencia reflexionada —una vida examinada— posee más valor que una vida sin reflexionar, escribió Platón hacia el final de su Apología. Sin embargo, lo que Platón no ignoraba es que no podemos incorporar los resultados de la reflexión. Esto es, difícilmente la sensibilidad quedará modificada por dichos resultados. A lo sumo, habremos abandonado la presunción de inocencia —la cretinidad: el saber solo podrá expresarse como un tomar conciencia de la propia ignorancia. Hay una escisión insuperable entre lo que sabe el cuerpo y el saber del alma. Así, por ejemplo, sabemos que la tierra da vueltas alrededor del sol. Sin embargo, vemos que el sol se mueve… y por eso mismo, en el día a día, permaneceremos presos de esta visión. El cuerpo gana.
De ahí que, para Platón, la verdad —en el sentido de lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa— fuese un asunto divino. Hay verdad, pero no para nosotros —por parafrasear a Kafka. Para nosotros, las apariencias, la ilusión, el trampantojo. O por decirlo a la manera de Eliot: no podemos soportar demasiada realidad. En el mejor de los casos, vislumbraremos su destello. Pero seguiremos habitando la oscuridad. No hay otro punto de partida para la vida del espíritu.
Hegel y Nietzsche
marzo 4, 2024 § Deja un comentario
Hegel es una bestia. Clava el diente hasta el final (y aquí hay que tener en cuenta que el final es siempre una derrota ). Nietzsche, un adolescente que pretende ser una bestia. A Nietzsche le faltó conciencia del fracaso del pensar. Esto es, dialéctica.
crónica deportiva
marzo 3, 2024 § Deja un comentario
Hay una diferencia entre el filósofo y el profesor de filosofía. Entre Martin Heidegger y Etienne Gilson. O entre Aristóteles y Pierre Aubenque. Leyendo las obras del filósofo, asistes a un combate. Mejor, estás en el ring. En los escritos del profesor de filosofía, lees la crónica deportiva. Tanto Gilson como Aubenque son muy buenos cronistas. Y necesitamos a los buenos cronistas. Pues solo ellos te permiten comprender lo que sucedió en la cancha. Ahora bien, esto es posible porque los buenos cronistas antes estuvieron peleando con el combatiente. Aunque no dieran los golpes más certeros. Y es que, al darlos desde atrás, nunca llegaron a alcanzar el rostro del contrincante.
Con todo, me atrevería a decir que es más difícil ser un buen lector que un combatiente. Al menos, porque para el filósofo el combate es un asunto genético —los antiguos dirían un destino. La escritura del filósofo es agónica —y por eso, termina fracasando: porque se enfrenta a un dios. No puede serlo la de quien escribe sin tambalearse. Para el cronista un dios es siempre la idea de un dios. No es exactamente lo mismo.
dinero
marzo 2, 2024 § Deja un comentario
Dicen los estultos: la filosofía no sirve para nada. De acuerdo. Y por eso sirve para todo, por así decirlo. El horizonte de la filosofía no es el de la especulación por la especulación —pues, al fin y al cabo, eso no sería mucho más que un juego—, sino el saber vivir. Y es que este saber no es nada fácil de adquirir. Al menos, porque las mujeres y los hombres vamos alcanzando muy lentamente, de alcanzarlas, nuestras posibilidades últimas.
El horizonte de la mayoría es el de hacer mucho dinero. Pues quienes integran esta mayoría dan por sentado que, de este modo, serán felices o vivirán bien. Ciertamente, donde no tenemos lo mínimo para satisfacer lo básico difícilmente viviremos bien. Pero ¿de qué te sirve tener mucho dinero? ¿Acaso no vivirás anclado al temor de perderlo? ¿Es que no dependemos de lo que tenemos, sea dinero, un buen aspecto o, simplemente, prestigio? ¿No hemos comprendido aún que somos esclavos de cuanto poseemos? Nos equivocamos donde nos juzgamos a nosotros mismos por nuestras propiedades. De ahí que Sócrates estuviese convencido de que la infelicidad, dejando a un lado la catástrofe, es el síntoma de un error.
traditio
marzo 1, 2024 § Deja un comentario
¿Por qué deberíamos preservar la tradición de Occidente? Porque Platón y la Biblia ya lo dijeron todo. El riesgo de olvidarla es empezar de cero. Y esto es lo mismo que volver a la infancia. Y quien dice infancia, dice inocencia. Pero también tontería. No aprendemos la mecánica newtoniana recorriendo de nuevo el camino que recorrió Newton por su cuenta y riesgo: partimos de sus resultados…. pero, a la vez, comprendiendo su porqué. Estar empapados de la tradición nos ahorra tiempo a la hora de entender de qué va esto de la existencia. Pues no va de entrar y salir de El Corte Inglés. Aunque inicialmente nos lo parezca.
No se trata, sin embargo, de aprender la tradición como si solo fuera cuestión de memorizar sus fórmulas. Se trata de redescubrirlas: ¡es lo que ya nos dijeron nuestros padres! Un tradición actúa como una semilla… si la tierra es fecunda. Al fin y al cabo, ya lo dejó escrito Pindaro: llega a ser el que eres.
verdad y perspectiva
febrero 28, 2024 § Deja un comentario
Es cierto que juzgamos la existencia desde nuestro punto de vista. Toda visión es, por tanto, perspectiva. Hasta aquí, lo obvio.
Sin embargo, no resultan tan obvio, al menos espontáneamente, que de lo anterior se desprenda que no hay verdad. Pues que la haya o no dependerá de lo que entendamos por verdad. Si por verdad entendemos adecuación a los hechos, entonces es innegable que hay tantas verdades como hechos. Pues no hay hechos sin carga teórica. Es decir, para un aborigen del Mato Grosso no hay dinero, sino simples papeles que los blancos, dicen, consideran como sagrados. Su perspectiva es análoga a la nuestra cuando vemos sus tótems como superstición. En cambio, para nosotros es igualmente elemental que hay dinero. Si encontrásemos en la calle un billete de cien euros no veríamos primero un trozo de papel que a continuación interpretaríamos como dinero. La interpretación va con la visión.
Ahora bien, si por verdad entendemos lo que acontece frente a lo que simplemente sucede, entonces el asunto cambia. Y bastante. Pues sea cual sea la perspectiva, tarde o temprano, caemos en la cuenta de que cualquier cosmovisión cede el paso al acontecimiento de la nada como mundos. Esto es, al tener lugar del todo como la negación de sí de la nada de un puro haber. En el origen, un hágase que, por eso mismo, se sitúa más allá de los tiempos. Y aquí no hay perspectiva que valga… en tanto que aquí no hay nada que ver. El hágase no es un hecho, aun cuando no podamos evitar imaginarlo como tal. Sea como sea, todo es don desde el horizonte del retroceso del Padre, por así decirlo. Y de ahí que junto con el don, también la sombra.
espectadores
febrero 25, 2024 § Deja un comentario
Se dice: las carantoñas de los amantes están al servicio del gen. Como si, al fin y al cabo, fuéramos títeres de lo anónimo. Cuanto puedan proclamar los amantes acerca de su experiencia es irrelevante, por no decir, ilusorio. ¿Amor? Tan solo una ficción útil.
Sin embargo, si la alta cultura de hoy en día lo ve así, ¿no será porque hemos dejado atrás, no ya la superstición, sino el lenguaje que nos permitía, precisamente, hacernos cargo de nuestro hallarnos expuestos al carácter absolutamente alter de lo real? ¿Acaso la distinción entre cuerpo y alma no está más cerca de dar cuenta de la escisión que nos constituye que la convicción de que no somos más que cuerpos que reaccionan? Platón ¿fue un ingenuo al creer que la aspiración más íntima es la de un conocimiento de lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa —y además, dando por sentado que este conocimiento, aun cuando termine siendo paradójico (o por eso mismo), nos transforma? ¿Es más verdadera la descripción de quien observa el fenómeno humano como el mirmecólogo, las hormigas que la lamentación de quienes quedan sepultados por una oscuridad y un silencio impenetrables?
Evidentemente, la respuesta dependerá de lo que entendamos por verdad. El espectador imparcial, al estar situado fuera del mundo, como quien dice, permanece atado a una concepción de la verdad demasiado estrecha, a saber, la que entiende por verdad la correspondencia entre enunciado y hechos, una concepción que, no obstante, es muy de sentido común… sobre todo, cuando el criterio es el ver y el tocar. De ahí que el espectador imparcial difícilmente pueda dar fe de la verdad como lo que acontece o tiene lugar y no simplemente pasa. Y es que lo que acontece nunca admitirá una descripción. Al menos, porque implica enfrentarse a la nada —o al aún-nadie— que se revela como la más íntima posibilidad de cuanto es. O como decíamos antes, a la oscuridad y silencio más impenetrables.
cada uno a lo suyo
febrero 24, 2024 § Deja un comentario
Se dice: cada uno tiene su verdad. Vale. Sin embargo, se debería decir, más bien, cada uno ve las cosas desde su perspectiva. Pues resulta innegable que hay diferentes visiones de cuanto sucede. Ahora bien, si por verdad entendemos lo que tiene lugar y no simplemente pasa, la cosa es bien distinta. Y es que, tarde o temprano, llegaremos a la conclusión que si hay algo en vez de nada es porque lo que acontece en el fondo es la negación de sí de la nada (y por eso mismo, la nada deviene la más íntima posibilidad, continuamente postergada, de la totalidad). Con respecto a la verdad, no hay nada que ver, salvo su resultado, el mundo. En cualquier caso, bastante a pensar. Y sobre todo, sufrir. Aunque también gozar.
bones
febrero 21, 2024 § Deja un comentario
Ayer, junté dos dedos sobre uno de los huesos de mis manos, en un gesto espontáneo. Y me decía: al final, esto quedará sepultado por la tierra. Tras los años, más polvo aún. Nadie sabrá que hubo un mono que estuvo en suspenso durante un instante por ello. Que haya podido suceder ¿acaso no es un milagro —un estado de excepción? Y por eso mismo, el asesinato, ¿una monstruosidad que compite con la de Dios?
fe y legitimidad
febrero 19, 2024 § Deja un comentario
En el contexto de la tolerancia democrática suele recurrirse al término legitimidad. Así, fácilmente decimos que, en democracia, todos los credos religiosos poseen la misma legitimidad —que cualquier credo tiene derecho a ofertarse—… siempre y cuando no pretendan ocupar la totalidad del espacio cultural, esto es, mientras los credos no intenten ser hegemónicos.
Ahora bien, el término legitimidad es una categoría política. Y lo que implica plantear la cuestión de la legitimidad como primera cuestión es que lo político, en democracia, pasa por delante de las respuestas a las cuestiones fundamentales de la existencia y con respecto a las cuales la palabra no es legitimidad, sino verdad: qué es lo que en verdad acontece o tiene lugar frente a lo que simplemente pasa. Y aquí no todas las creencias se encuentran en el mismo plano. La legitimidad democrática le cierra el paso —o, mejor dicho, el paso público— a la cuestión de la verdad. No cabe, por tanto, la discusión —la polémica. Afirmar, pongamos por caso, que la confesión cristiana está más cerca del tuétano de la existencia que el Islam o el budismo tibetano sería, sencillamente, inaceptable. Evidentemente, el respeto siempre de por medio. Pero ¿acaso respetas a quien no cree en lo mismo cuando ni siquiera te atreves a cuestionarlo? Al no entrar en polémica —y doy por sentado que se entra (y se sale) con buenas formas—, el cristianismo le sigue el juego al liberalismo, tanto político… como económico.
Por consiguiente, debido a la actual preeminencia sociocultural de lo político, la fe queda reducida a suposición o perspectiva… entre otras. De ahí que muchos cristianos terminen diciendo aquello de para mí… olvidando que la fe, antes que un mapa del territorio, es una confesión ante aquel que, colgando de una cruz, te pregunta: y tú quién dices que soy yo. Hace falta mucho valor —o, mejor dicho, hace falta hallarse en la situación de quienes ya no pueden esperar nada del mundo— para responder tú eres el cuerpo de Dios. Y digo valor porque está confesión cuestiona —y seriamente— los poderes de este mundo, los cuales no suelen andarse con una flor en la mano.
Quizá sea por eso que, por lo común, prefiramos decir que la pluralidad de los credos nos enriquece. No digo que no. Pero este enriquecimiento difícilmente tendrá que ver con la opción fundamental. Por decirlo en breve: aquellos que subrayan el para mí, como si la fe fuera el resultado de una elección que se decide enteramente desde el lado del yo, no se encuentran en la situación en la que solo cabe confesar o, por el contrario, seguir martilleando el clavo, aunque sea con los golpes de nuestra indiferencia.
títeres
febrero 18, 2024 § Deja un comentario
La crítica ilustrada a la superstición, a pesar de sus logros, terminó tirando al niño junto con el agua sucia. Y aquí el niño es el poder cognoscitivo o revelador de lo simbólico. Es cierto que el gen —las hormonas— te hacen ver cosas que habitualmente no ves: cualquier mujer como diosa; una rata como un plato de la nouvelle cousine; un cadáver, como comestible. Así, es inevitable, por ejemplo, creer que somos títeres de un gen egoísta. ¿Superstición? No me atrevería a decirlo. Tampoco, casi nadie hoy en día. Aunque el término títeres sea, de hecho, una metáfora —un esto como aquello. De hecho, es nuestra metáfora. El lenguaje es un conjunto de metáforas. O mejor dicho, un idioma es un texto —una textura. Y todo lo vemos —todo se nos aparece— a través de un idioma.
La cuestión es qué texto revela lo que hay más allá de cuanto hay, esto es, del todo. Pues los diferentes textos no poseen el mismo alcance. Y es que no parece que sea lo mismo decir que somos títeres de un gen egoísta que decir, pongamos por caso, que existimos como arrancados. Esto último no niega lo primero —aun cuando añada que no solo somos títeres. La metáfora del gen egoísta, en cambio, rechaza que podamos ser algo más. No nos enfrentamos simplemente a textos distintos.
La metáfora hace mundo. Y por eso mismo —porque es palabra justa— es, de entrada, verdadera. En tanto que la metáfora hace mundo, no cabe dudar de su adecuación. Pues no hay hechos anteriores a las metáforas fundadoras. En realidad, presuponer lo contrario —a saber, que hay hechos puros, al margen de la significación— es ya de por sí una metáfora, la que dio pie, precisamente, a la Modernidad. La fragmentación —entender la metáfora únicamente como un bello modo de hablar, y no como hallazgo— fue siempre diabólica. Literalmente.
Sin embargo, no es fácil determinar qué texto está más cerca de la verdad —de lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa. Pues, como acabamos de decir, no hay hechos con los que contrastar las hipótesis. Las metáforas que hacen mundo producen los hechos que las confirman. A la hora de dilucidar qué texto da en el clavo —o, cuando menos, un primer golpe— no tenemos más remedio que enfrentarnos a la vieja pregunta de la metafísica: de qué hablamos cuando hablamos del haber en cuanto tal. Es a partir de las respuestas a esta pregunta —unas respuestas, en cualquier caso, paradójicas— que se abre el espacio para el lenguaje significativo o, si se prefiere, para la metáfora más cercana a lo real. Es decir, para el mundo más próximo a lo que en verdad acontece, a la negación de la nada del puro haber. Consecuentemente, si al principio fue la no-nada —el Sí, la Voluntad, la negación de la nada—, el poder de afirmación de la metáfora verdadera solo puede entenderse como el eco de esta negación primordial, anterior a los tiempos.
Así, es verdad, pongamos por caso, que María fue virgen. Pues el mal no alcanzó lo más íntimo de ella. Pues solo como virgen pudo amar como don de Dios al que probablemente fuese el hijo de una violación. No estamos hablando de algo fácil, ni siquiera de algo moralmente exigible, sino más bien de lo imposible. Y lo imposible siempre apuntará a que haya algo en vez de nada —al acto creador, al Sí como doble negación. La superstición surge solo cuando nos servimos de las imágenes de lo imposible… habiendo perdido de vista la situación en la que estas se nos impusieron como verdaderas. Al fin y al cabo, una vez olvidamos las historias humanas que hay detrás de la metáforas fundadoras. Y quizá demasiado humanas.
la Gioconda
febrero 16, 2024 § Deja un comentario
Lo de menos es la Gioconda de carne hueso. La Gioconda de Da Vinci ocupó su lugar. Esta es la presente —esta, y no la otra, es la Gioconda. A nadie le importa quién fue. Algo parecido podríamos decir a propósito de la encarnación de Dios. Una vez se hizo carne, Dios-en-sí devino un espectro sin sustancia… si es que alguna vez la tuvo. Pues, al igual que no hay otra Gioconda que la de Da VInci, no hay otro Dios, dice el cristianismo, que el que colgó de una cruz.
nada y no-nada
febrero 15, 2024 § Deja un comentario
Si Dios es la salida de sí hacia lo otro de sí —hacia aquello que lo niega—, entonces la Creación es la liberación de Dios. Y es así que, haciéndose cuerpo, llega a ser el que es. Al principio era el Sí. Es decir, la no-nada.
Alicia en el país de las maravillas
febrero 13, 2024 § Deja un comentario
La experiencia de lo sagrado es consustancial a la existencia. Pues la experiencia fundamental de la existencia es la aparición. Hay momentos en que tu mujer, tus hijos, el amigo… —al fin y al cabo, cualquiera— aparecen como lo que son: fantasmas, seres del más allá, vida que se nos ha dado desde el horizonte de la nada, en definitiva, de un puro haber. Milagro.
Este momento de la sensación verdadera, sin embargo, debe ser preservado. Pues el tiempo es un disolvente implacable. Frente al tiempo somos impotentes: ningún corazón puede soportar tanta verdad. Lo sagrado se da junto con lo profano. En el día a día, tendremos que tratar con el cuerpo de los fantasmas —y el trato no siempre será amable. La reacción se impone a la adoración.
Acaso la principal aportación del testimonio bíblico sea que nada hay más sagrado que la vida. Con la Biblia, lo sagrado se desvincula de las piedras, en definitiva, de lo gigantesco. De ahí la necesidad de marcar la cotidianidad con los signos del don: no olvides. Porque la tendencia es a olvidar. Y de ahí también la razón de ser de la Ley: cuida de lo que te ha sido dado… como si te fuera en ello la vida. Pues te va la vida. Aunque espontáneamente creamos que la vida es mera supervivencia.
mirmecología básica
febrero 12, 2024 § Deja un comentario
El sujeto de la reflexión no es el mismo que el de la creencia. Esto es lo que, en definitiva, hay detrás de la sentencia platónica que dice que una vida reflexionada —una vida que se examina a sí misma— tiene más valor que una vida sin reflexionar. Ambas vidas no juegan en la misma liga.
Ahora bien, la pregunta es por qué no se trata del mismo sujeto. Y la respuesta es simple: el sujeto de la reflexión, sobre todo modernamente, es hijo de la sospecha. En este sentido, no puede evitar interrogarse por lo que está haciendo cuando se dirige espontáneamente a Dios. Esta era, según Martin Buber, la enfermedad de nuestro tiempo, una enfermedad del espíritu. Al sujeto moderno de la reflexión, en el caso de que se apareciese la Virgen, casi inmediatamente se preguntaría si acaso no estará sufriendo una alucinación. Aun cuando siguiese impresionado con la aparición, no podría creer en ella.
Sin embargo, en los abismos de la existencia las apariciones dejan de estar bajo sospecha. Y lo dejan de estar porque tienen un cuerpo humano, demasiado humano. Así, las prisioneras de Bergen-Belsen no dudaron de que se les apareció Satán bajo el aspecto de Irma Grese, el ángel de la muerte. Aunque también es posible que se les apareciese el ángel de la luz bajo la forma de un gesto de bondad. Es cierto que sub specie aeternitatis no hay diferencia entre las torturas indescriptibles de Irma Grese y el abrazo de una madre. Todo son cosas que pasan: acción y reacción. Pero la pregunta es qué visión es más realista: si la de quien contempla la historia como el mirmecólogo las hormigas o la de quien la sufre. Al fin y al cabo, acabamos topando con la ontología. Y ello en nombre de las víctimas.
Así, o lo real es naturaleza muerta —y en este caso, el mirmecólogo tiene razón—; o es la alteridad que nos sale al encuentro (y por eso mismo, exige una respuesta). Si lo primero, entonces el mirmecólogo no es de este mundo —pero el mirmecólogo forma parte del mundo. En cambio, si es cierto lo segundo, entonces el mirmecólogo, sencillamente, se equivoca: no ve lo suficientemente lejos.
Ahora bien, lo anterior equivale a decir que desde la situación de quienes sufren la historia, la aparición de Satán —o, en su defecto, del ángel de la bondad— no es un trampantojo. Pues resulta inevitable ver cuanto es desde la óptica de un combate de dimensiones cósmicas. Al final, tendremos que admitir que hay más verdad en el mito que en los fríos informes del mirmecólogo. Y no porque el mito, precisamente, describa mejor.
MassHegel
febrero 11, 2024 § Deja un comentario
Hegel es difícil. No solo por lo que dice —aunque a esta dificultad, en tanto que inherente al pensar, podríamos estar acostumbrados—, sino por cómo lo dice. Hegel es un idioma que hay que aprender de oído. Por ejemplo, en la Fenomenología dice que en el saber algo consciente se realiza en algo no-consciente y lo transforma. ¿WTF? La idea es más simple de lo que parece: sin duda, el simio es capaz de utilizar un hueso como arma. Pero el simio no comprende —y por eso mismo, no puede anticipar mentalmente— que ese hueso es también un arma.
La consecuencia de esta transformación es igualmente inmediata: en el hombre lo que es nunca es lo que es. Es otra cosa. El lenguaje es siempre metáfora. Y por ende, voluntad de poder. De ahí que acaso el silencio del místico constituya la objeción más seria a Hegel (y a su lector más sagaz, Nietzsche). Y no por el lado de la fusión a la que aspira el místico. Ni tampoco por el de ver a Dios por todas partes. Sino por aquello de dejar que las cosas sean lo que son, no más. La rosa es sin un porqué. Aunque esto es así porque todo se nos da desde una nada de fondo. En el místico, el más es siempre menos. La mística, a pesar de su desbordante retórica, siempre fue un minimalismo.
llegar tarde
febrero 10, 2024 § Deja un comentario
Hacia el final de nuestra vida es posible que nos digamos a nosotros mismos, pongamos por caso, ojalá hubiera viajado más. Esto es, lo que desestimamos, aunque nos resultase enormemente atractivo, se erige con el brillo del ídolo. Sin embargo, de no haberlo desestimado, las cosas hubieran ido más o menos igual. El valor —su aura— es invisible. Y no porque sea una cosa invisible, sino porque solo alcanza el presente como lo que dejamos pasar. Con respecto al valor siempre llegamos demasiado tarde. Perdimos el paraíso.
Sin embargo, perdimos lo que nunca fue. Pues dejamos de ser unos simios una vez caímos en la cuenta del vacío que inunda el mundo.
afectividad moderna
febrero 7, 2024 § Deja un comentario
Da la impresión de que, cada vez más, las parejas más o menos estables son segundas intentos. Por no hablar de aquellas que pretenden confirmar aquello de que a la tercera va la vencida. Sin embargo, diría que caben dos actitudes a la hora de enfrentarse a las nuevas oportunidades: como si fuera la primera vez, esto es, haciendo tabula rasa del pasado; o como náufragos que se avistan en alta mar. El riesgo de la primera es volver a equivocarse. Pues, a menos que el primer intento fuera un error absoluto, lo más probable es que se repita el mismo esquema. Muchos fracasos, diría, tienen que ver con que nos juntamos desde la expectativa del consumidor: me gusta, lo compro; y si no termina de funcionar —o simplemente me canso—, lo devuelvo. Y con estos fardos tampoco es que podamos ir muy lejos.
La segunda actitud —la del náufrago— es, en cambio, muy distinta. Y tiene que serlo… en tanto que no hay supermercados en alta mar. Las expectativas son, ciertamente, otras. En alta mar no hay cromos que intercambiar —ningún negocio o trato, tan solo encuentro. Únicamente los muertos pueden ver la vida de los muertos que se resiste a morir —y de ahí que solo ellos puedan rescatarla. Por eso la expresión que mejor refleja el abrazo de los náufragos —¿acaso no es esto el amor?— quizá no sería segunda oportunidad, sino resurrección. Puede que en verdad no haya otra vida —otra alegría— que la de quienes vuelven con vida del sheol. Las otras vidas —las más comunes— son aburrimiento y distracción (y depende de qué pese más podremos decirnos que nos va bien o mal). Aunque lo cierto es que nadie sensatamente puede preferir hallarse en la situación de quienes no tienen otro horizonte que el de la resurrección.
es sencillamente así
febrero 4, 2024 § Deja un comentario
En la proposición 4.121 del Tractatus, Wittgenstein escribe lo siguiente: lo que en el lenguaje se expresa, nosotros no podemos expresarlo por el lenguaje. Leemos mal donde creemos que Wittgenstein apunta, religiosamente, a algo inefable. Leemos mejor donde entendemos que, con este aforismo, Wittgenstein no hace más que recoger la intuición más profunda de la metafísica, a saber, que el haber en cuanto tal no es nada en concreto. El haber en cuanto tal es no siendo nada en concreto. No cabe señalar el haber en cuanto tal. El haber solo se hace presente como el haber de las cosas. Por eso mismo el haber en cuanto tal retrocede en su hacerse presente en —y como— el haber de las cosas.
Ahora bien, porque retrocede, el haber de las cosas no termina de darse como haber. Pues el horizonte del haber de las cosas es, precisamente, su desaparición. Sin embargo, porque este es su horizonte podemos decir que las cosas participan del acto que las hizo posible, la negación de sí del haber en cuanto tal. Aun cuando comprender esto último suponga entrar en la zona pantanosa de la dialéctica más extrema —por no hablar de lo místico. Al menos, porque el haber en cuanto tal no es algo anterior a su negación de sí… a pesar de que el lenguaje nos obligue a concebirlo como algo anterior. Quizá por eso Heidegger dijera que solo los poetas, al forzar el lenguaje —al saltarse la gramática—, son capaces de dirigirse hacia lo último.
del deber
enero 30, 2024 § Deja un comentario
El deber moral no contiene ninguna promesa. De ahí su incondicionalidad. Ya sabemos: hay que respetar al otro por respetarlo. Sin embargo, detrás hay una metafísica, por así decirlo. Y es que no podemos hacer más que respetar al otro… en tanto que su alteridad es inalcanzable. Pues el respeto preserva la distancia de la alteridad. El otro, en cuanto tal, es un fantasma —en sí mismo, un nadie, un intratable , un continuo diferir del aspecto que nos muestra y con el que nos vemos obligados anegociar. Las máximas morales —el no robarás, el no matarás…— pretenden la incorporación en el día a día de lo que en el día a día damos por obvio —y por eso mismo obviamos.
Con todo, Israel no pudo —ni quiso— prescindir de la promesa. Tampoco Kant, aunque él la concibiera como postulado de la razón práctica. El porqué es, en el fondo, simple: donde nos encontramos or entero sometidos a la demanda del otro —a la llamada de los nadie— resulta inevitable esperar que la fiesta terminará a favor del justo. Aunque ello suponga el fin del mundo. Esto es, lo imposible.
del imaginario
enero 29, 2024 § Deja un comentario
La crítica ilustrada al imaginario religioso tiró al niño —casi literalmente— con el agua sucia. Pues no podemos incorporar la verdad, entendida como aletheia, sin el apoyo de las imágenes. Así, pongamos por caso, es un milagro que haya alguien ante ti. Desde el fondo de la nada, el otro, en verdad, es siempre una aparición . Sin embargo, en el día a día, no lo parece. En el tiempo diario, prevalece el trato —y en última instancia, todo trato es un mal-trato, incluso de mediar las buenas formas. De ahí la importancia de preservar en quien tienes frente a ti una zona intocable o sagrada: no olvides que su vida no te pertenece. O también, y según cuenta la tradición, la violencia no alcanzó el corazón de María. Pero esa realidad queda oscurecida por la María de carne y hueso. Para que esa pureza se haga presente necesitamos representárnosla como inmaculada. Sin embargo, este el riesgo: que la imagen termine ocupando el lugar de la María de carne y hueso, de la historia que hay detrás. Y de ahí a parecer unos iluminados media un paso. Por no decir, unos estúpidos.
lo serio
enero 27, 2024 § 1 comentario
El mayoritario desprecio actual por lo que la Biblia tienen que decirnos sintoniza con la frivolidad con la que los más o menos acomodados encaramos la existencia. Y es que nada serio tiene lugar dentro de los muros de la ciudad —y menos, si permanecemos en el mundo virtual de un consumo sin medida. Para Israel, la cuestión última y, por eso mismo, decisiva fue la del destino del justo sufriente. Sin embargo, Israel no la planteó como una cuestión especulativa —esto es obvio—, sino como aquella en relación con la que se decide el sí o el no de nuestra entera existencia. ¿Y quién será capaz, y más actualmente, de creer que esto es en realidad así? Ningún espectador puede encarar dicha cuestión seriamente.
No me refiero —o no solo— al sentimiento de compasión —pues incluso el espectador puede reaccionar compasivamente. Me refiero a la convicción de que estamos condenados donde abandonamos al abandonado de Dios. Pero, como decía, ¿quién podrá hoy en día encarnar esta convicción? Puede que aún no hayamos comprendido que el exceso de la divinidad nada tiene que ver con lo gigantesco—o, si se prefiere, con el fondo nutricio del cosmos—, sino con el abismo que se abre a nuestros pies una vez vivimos a flor de piel que el justo no cuenta para nadie. Y parece que ni siquiera para Dios. El ateísmo de Israel —su impugnación de los dioses—, a diferencia del que comienza a dar sus primeros pasos en Grecia, arraiga antes en el clamor de Job que en la abstracción de lo divino.
El problema es que la rebelión de los esclavos de Egipto —una rebelión con la que simpatizó Lenin y que conecta con el convencimiento de que tan solo la Ley, el deber de dar de comer al hambriento, constituye la máxima expresión de la devoción creyente, al menos porque, ante Dios, tan solo nos tenemos los unos a los otros— no admite una traducción política. O al menos, una traducción que prescinda del temor de Dios. Puede que el comunismo fuese precisamente, esto: un quedarse con la Ley sin admitir que la Ley se desprende, en definitiva, de nuestro hallarnos expuestos a un Dios que anda rozando la nada.
No es casual que sea en el Talmud donde podemos leer aquella sentencia que dice que todo está en manos de Dios menos el temor de Dios, temor que apunta en primer lugar al eterno porvenir de Dios y no a la imagen, tan común en su momento por inevitable, de un terrible padre espectral. Sin embargo, hace tiempo que dejó de inquietarnos la ausencia de Dios. Y acaso este sea el mayor síntoma de la trivialidad del individuo moderno. Ya dijo Marx que, con el capitalismo, todo lo sólido se desvanece en el aire. Y quien dice lo sólido, dice lo serio.
no para todos
enero 23, 2024 § Deja un comentario
Es posible que los evangelios no sean para todos. Quiero decir que no será una buena nueva para quienes no aspiren a la redención —y con ello digo también que difícilmente entenderán de qué va el asunto quienes lo lean acomodados en el sofá. Los evangelios son una respuesta a la pregunta sobre qué pueden esperar los hundidos en la miseria, sea mundana o moral. Pues incluso el genocida arrepentido obtiene con la cruz una segunda oportunidad. Y esto es, ciertamente, un escándalo.
definición de nihilismo
enero 22, 2024 § Deja un comentario
Nihilismo significa el Mesías no vendrá —no habrá redención para los desesperados. Es decir, lasciate ogni speranza. El mundo es, sencillamente, un infierno para los que sobran.
Con todo, hay una una variante: el Mesías ya vino, pero no supimos reconocerlo. Se nos indicó la salida. Pero no supimos cómo dirigirnos a ella. Esta sería la variante cristiana —aun cuando esta posee una raíz judía que Kafka de algún modo recupera. Y aquí no basta con apelar a la resurrección. O al menos, no basta donde apelamos fácilmente a ella. Pues de entrada es como si dijéramos que el mundo tiene remedio siempre y cuando la tierra no sea redonda.