el buen salvaje y Platón

octubre 11, 2025 § Deja un comentario

La nostalgia de la vida primitiva o elemental que sentimos aquí en Occidente sugiere, cuando menos, que, como individuos, hemos pasado a ser otra cosa. De hecho, esta otra cosa comenzó su andadura en la Atenas del siglo V aC. O mejor dicho, cuando Platón escribió aquello de que una vida examinada —es decir, una vida que se cuestiona a sí misma por mor de la verdad— posee más valor que una vida sin examinar. Y es que el examen de sí nos distancia de lo que nos liga a la tierra, a saber, la perspectiva, la visión espontánea de cuanto hay, la inocencia, no siempre inocente, de nuestro trato con las cosas… y los demás. Cuando sabes, como mujer, que tu mala suerte con los hombres —siempre has acabado con aquellos que terminan machacándote— obedece a que, inconscientemente, quieres redimir a tu padre, un machacador, las relaciones que puedas tener con los hombres difícilmente serán naturales.

Suele decirse que cada pueblo, incluso los primitivos, tienen su filosofía. No es cierto. En cualquier caso, su sabiduría, una particular cosmovisión. Pues la filosofía supone un poner en suspenso, precisamente, la visión más espontánea del mundo, las creencias que damos por ciertas, en definitiva, lo que nos parece que es. Hay asombro, sin duda, en el filósofo. Pero también en el buen salvaje —aunque quizá no fuese tan bueno como se lo imaginaron los primeros modernos Ahora bien, lo que hay en el filósofo, sobre todo, es escepticismo. Y no porque no crea que haya algo así como lo verdadero —lo que en verdad tiene lugar en lo que sucede—, sino porque, de hecho, lo hay, aunque no para nosotros. Para nosotros, la paradoja, la perplejidad, la extrañeza de sí… una extrañeza que no parece encontrarse en quienes viven perfectamente integrados en la madre naturaleza.

El ecologismo nunca podrá reconciliarnos con esta. Los filósofos ya se encargaron de cortar el cordón umbilical. En cualquier caso, la corriente ecologista nos empujará a ponerle un parche a los rotos, a ir reparando las vías de agua de un barco que en modo alguno puede volver al puerto. Tampoco es un asunto sin importancia.

perdón y disculpa

octubre 10, 2025 § Deja un comentario

Tan solo lo imperdonable merece el perdón. Aquello perdonable, acaso una disculpa. En cualquier caso, nadie merece el perdón de sus víctimas, si antes tuvo piedad de sí mismo.

paradojas de la vida e intolerancia woke

octubre 8, 2025 § Deja un comentario

Decía Adorno que la intolerancia a la ambigüedad es indicativa de una personalidad autoritaria (citado por David Rieff en su libro Deseo y destino). El puritanismo —incluido el woke— sería una expresión típica de esta intolerancia. Como si fuera posible extirpar la oscuridad ahí donde hay luz. Evidentemente, todo es cuestión de medida: donde la luz es tenue, hay demasiada oscuridad alrededor… y, en ese caso, todos los gatos serán pardos. Pero la medida —la frontera que separa lo aceptable, aunque duela, de lo inaceptable— no puede determinarse por ley sin enrarecer la vida en común. Sucede aquí como en la paradoja sorites: no hay modo que no sea arbitrario de establer en qué momento un montón de arena deja de serlo cuando vamos apartando los granos, uno a uno. Aquí prevalece —o debería prevalecer— el sentido común.

Así, los mandamientos woke, tan predominantes en las universidades anglosajonas, suenan igual que las exhortaciones del coach de turno a eliminar, pongamos por caso, cualquier rastro de celos en una relación de pareja. Pues ninguna mujer se sentiría mínimamente querida si al hombre con quien convive le diera igual que ella pasara un fin de semana con su mejor amigo. No hay vínculo humano que no entrañe unas ciertas dosis de posesión. La cuestión será siempre cuál de los contrarios pesa más. Pero, con respecto a este asunto, no hay racionalidad que valga —y aceptarlo sería, de hecho, lo más racional. Esto es, sencillamente, así. Y quien niega lo que es tiene las de perder. Al menos, porque, tarde o temprano, tendremos que navegar en mar abierto.

el decir y la metáfora

octubre 7, 2025 § Deja un comentario

Decía Heidegger que el mundo lo fundan los poetas. Y algo de esto hay. O mucho. Pues la predicación —el esto es X— no deja de ser un esto como aquello… en todos los casos. Y es que lo desconocido siempre será descrito por lo conocido. Caballo de hierro. Incluso la palabra materia remite a la mesa sobre la que se apoyaba el artesano. Aquí la cuestión es cuál fue la primera descripción. Y probablemente no se tratase de una descripción, sino de una onomatopeya.

Así nos preguntamos, con Marco Aurelio, qué es la vida. ¿Un combate o una danza? ¿O acaso podemos evitar decir ante aquel que acaba de morir “se fue”? ¿No supone esta visión de mínimos una creencia en el alma? ¿O cuando menos en el élan vital? ¿Acaso quien ve un martillo no ve un clavo?

Al fin y al cabo, la crisis del cristianismo es una crisis de ciertas metáforas —y, por eso mismo, del mundo al que dieron pie. La existencia como estando sub iudice, por ejemplo. Sin embargo, debido a su crisis, acaso estemos en las mejores condiciones para, cuando menos, comprender el alcance de la revelación cristiana, en definitiva, su carácter paradójico. Pues el cristianismo dibuja un mapa mental que hace saltar por los aires cualquier mapa mental. Incluyendo el de la cristiandad. Es como utilizar un lenguaje para decir que no cabe el lenguaje. Lo dicho: poetas.

otra de Job

octubre 5, 2025 § Deja un comentario

¿De verdad? ¿Un Dios que se interesa por nosotros? Cambia de óptica. Como tuvo que hacer el bueno de Job. Entonces quizá te preguntes ¿cómo pudimos tomarnos en serio que hay un Dios que nos quiere y además sentir a flor de piel que no somos más que polvo? ¿Puede haber un Dios que tenga en cuente a los que no cuentan y, por eso mismo, seguir siendo Dios? Quizá hayamos olvidado qué significó inicialmente la palabra Dios.

Los autores de los libros sapienciales supieron ver que Dios se encuentra por encima del dios conveniente, el dios de nuestra parte. Y que, consecuentemente, la actitud es la de quien cae de rodillas ante el exceso que supone que tanto la luz como la oscuridad —la bondad y el exterminio—sean debidas a la radical trascendencia de Dios (Is 45,7). De ahí que la realidad de Dios no pueda entenderse en los términos de un Dios-ente, ni siquiera superior o, si se prefiere, supremo. El verdadero más allá no es el de otro mundo. De haberlo, su trascedencia sería, obviamente, relativa.

Moisés añadió un capítulo extra. Pues vio que, de la trascendencia de Dios, se desprende la Ley que nos obliga a la fraternidad. Ante Dios estamos sin Dios, como dijo Bonhoeffer. De ahí que, en nombre de Dios permanezcamos enfrentados a Dios, a su aparente indiferencia. Y esperando, quizá inocentemente, que el poder de Dios al final se decante por la bondad.

Posteriormente, vino la cristiandad y su Dios íntimo, el Dios que habitando en lo más profundo del alma, nos escucha y con el que es posible charlar. Al creerlo, la cristiandad conservó los restos del viejo gnosticismo. Y como acaso intuyera Nietzsche, de esas lluvias, los lodos del ateísmo moderno. Y es que si podemos decirnos a nosotros mismo que el alma es una chispa divina —una lectura ciertamente atrevida del a imagen y semejanza— es porque nos hemos alejado de la experiencia originaria de Dios.

El error del gnosticismo fue creer que la chispa divina es algo así como una fuente de poder que tenemos que aprender a desbloquear. Hay chispa divina. Pero esta permanece apagada como nada. En realidad, esa chispa es la huella interior del retroceso de Dios, de su eterno más allá. El Espíritu siempre fue un Ave Fénix.

todo uno: Tales y Anaximandro

octubre 4, 2025 § Deja un comentario

Una de las operaciones de la razón, quizá la más básica, consiste en la reducción de la diversidad a un denominador común. De ahí que la sentencia de Tales —todo es agua— constituya el primer intento de ofrecer una explicación racional del mundo. Aquí no interviene ningún dios —y por eso mismo, no se nos cuenta ninguna historia. Más aún: los dioses, al formar parte de la totalidad, son también agua. Y puede que sea por este motivo que razón y religión nunca terminen de hacer buenas migas.

Este denominador confiere unidad al mundo. Quiero decir que, porque todo es al fin y al cabo una y la misma cosa, el mundo se nos presenta como el todo-uno y, en definitiva, como orden o cosmos. La referencia a un arjé supone aceptar que en el origen reside la Ley. La Ley —no el dios— gobierna el mundo. No es casual que la palabra principio traduzca al castellano el griego arjé.Pues con principio se mantiene el doble sentido inicial.

Ahora bien, que haya Ley significa que no todo es posible. Así, las posibilidades del mundo son las que contiene la naturaleza de esa cosa última, el agua en el caso de Tales. Por decirlo en breve, lo que la naturaleza de la cosa última pueda dar de sí es lo que puede dar de sí el mundo. Sencillamente, no es posible lo que no cabe dentro de dicha naturaleza. Por consiguiente, dado que no todo es posible, cuanto sucede, sucede necesariamente conforme a la naturaleza del ladrillo con el que estan hechas el resto de cosas. Al fin y al cabo, la pluralidad serían modificaciones de lo mismo, sus diferentes apariencias.

Más aún: si hay cosas —y las hay—, entonces no puede haber caos. Pues si las cosas se dan dentro de un orden es porque, en definitiva, son una y la misma cosa. No puede haber desorden en lo que es uno. Estamos lejos, por tanto, de la contingencia de un mundo en el que las cosas son como son debido a las decisiones que tomó in illo tempore el dios de turno. La explicación que proporciona el mito nos da a entender que el mundo podría haber sido muy distinto si al dios le hubiese dado por ir en otra dirección.

Anaximandro, sin embargo, dará una vuelta de tuerca a este asunto. Su tesis es que el arjé es apeiron, literalmente, sin límite. Ahora bien, no hemos de entender dicha tesis como si simplemente fuese una variante —una más— de la sentencia de Tales. Al sostener que el origen es apeiron, Anaximandro está yendo más allá de la física. Pues la pregunta a la que responde no es cuál es la naturaleza de la materia de la que están hechas todas las cosas, sino en qué consiste qué algo simplemente sea. O por decirlo a la manera de Leibniz, por qué hay lo que hay en vez de nada. Es evidente que la respuesta a esta pregunta no podrá darse en los términos de una cosa aún más pequeña que la que se entendió como arjé en un primer momento (o no tan primero). Anaximandro no se pregunta, por tanto, por la primera causa eficiente, la cual solo puede concebirse, desde nuestra posición, como la de una cosa última , sino por el fundamento o razón de cuanto es… en tanto que es o está ahí. El aperion, sencillamente, en tanto que carece de límites —esto es, de forma o aspecto— no puede ser algo en concreto. El fundamento del mundo no pertenece al mundo. O por decirlo de otro modo, la razón por la que el todo es el todo permanece fuera del todo.

No obstante, la pregunta que se plantea a continuación es en qué sentido podemos decir que el fundamento sea… si es cierto que tan solo es lo que se da en concreto, es decir, como algo determinado. ¿Puede comprenderse como real lo que aún no se ha realizado? Al fin y al cabo, teniendo en cuenta que al referirnos al fundamento —la razón de ser de cuanto es— nos referimos a la posibilidad de que algo sea; y teniendo en cuenta, a su vez, que la posibilidad, en cuanto tal, aún no se ha realizado ¿no deberíamos concluir, que la posibilidad es, precisamente, lo imposible del mundo? ¿Acaso la pregunta acerca de en qué sentido podemos decir que la posibilidad de que haya lo que hay no equivale a interrogarse por el haber de lo imposible? ¿Acaso no estaríamos, en definitiva, ante el carácter paradójico de la fórmula es no siendo aún nada? ¿Cómo comprender la realidad del todavía no?

sor Caram y el pequeño Nicolás

octubre 3, 2025 § Deja un comentario

Recuerdo haber visto por televisión, hace ya años, un trasunto de debate entre sor Caram y el pequeño Nicolás. Versaba sobre política. La tesis que defendía el pequeño Nicolás era muy simple: quienes están en la alta política no pretenden más que enriquecerse. El bien común es la excusa. La respuesta de Lucía Caram fue una respuesta enloquecida, hasta el punto de insultar a su oponente. Su argumento también fue minimalista: la política no tiene otro propósito que el de servir a la sociedad. El bien común no es la excusa, sino el horizonte… al que nos vamos aproximando paso a paso. Ciertamente, esta manera de entender la política resulta convincente. Por moralmente axiomática. Pero ignora el hiato que separa la Ley de los reglamentos que las ponen en práctica. Y los reglamentos son la grieta por donde se ejerce el genuino poder.

Basta con leer el libro de Matt Taibbi, Cleptopía , para caer en la cuenta de que Lucía Caram prefiere vivir en su mundo que en el de Maquiavelo. El problema es que el de Maquiavelo es real. Al igual que el inconveniente de alimentarse espiritualmente del whisful thinking es que, tarde o temprano, terminas bailándole el agua al poder. Y ello con independencia de la buenas obras que sor Caram lleva a cabo.

Con todo, la violencia revolucionaría tampoco es una solución. Pues, dejando a un lado los momentos iniciales, el final es el previsible: los mismos perros con distintos collares. Massa damnata.

nihilismo y bondad

octubre 1, 2025 § 1 comentario

En el mundo, prevalece el ruido y la furia. Y si no nos lo parece es porque vivimos dentro de un espejismo.

Sin embargo, hay quienes sufren en carne viva la condena del mundo: tú no cuentas. A estos, no les queda ninguna ilusión. Su esperanza, de tenerla, no nace de la necesidad psicológica de creer que la película terminará con el triunfo de los buenos —pues ya no pueden creer en ello—, sino de haber topado con la aparición, es decir, con ese gesto de bondad donde no cabía ninguna bondad. En nombre de ese gesto, el verdugo no debe pronunciar la última palabra, aun cuando no podamos ni siquiera hacernos una idea mínimamente sensata sobre el cómo.

En este sentido, la fe en la bondad es un acto de resistencia a la racionalidad del mundo. Y es que lo racional —lo que debe ser conforme a lo que es— sería el combate eterno entre la luz y la oscuridad. Al menos, porque en realidad no hay luz sin oscuridad. De ahí que el triunfo de la bondad no se entienda, cristianamente, como si el mal hubiera sido eliminado de la faz de la tierra —creer en ello es fantasear—, sino como Satán bajo las botas del Arcángel. No es lo mismo. Lo racional es la realización de lo real —y lo real implica la relación dialéctica entre la luz y la oscuridad. La fe, en cambio, apunta a lo imposible. Esto es, a la recreación del mundo, en definitiva, a la interrupción de lo histórico. De locos.

pensar la lengua

septiembre 30, 2025 § Deja un comentario

Es curioso que, en castellano, no podamos decir habían unos cuantas tizas en el cajón. Lo correcto es decir: había… Y es que, en definitiva, la construcción haber + sustantivo es impersonal y, por eso mismo, invariable. Aquí, el sustantivo no es sujeto, sino complemento directo. Las tizas no soportan el haber. Es el haber lo que soporta las tizas, por así decirlo. La confusión procede de confundir el haber con el existir o el estar. De este modo, pasamos de decir las tizas estaban en su cajón a habían unas cuantas tizas en el cajón.

Es una confusión análoga a la que media entre el Dios que existe y el que es. Esto es, entre lo que está oculto —la cosa misteriosa— y el genuino misterio.

la lógica y el dirigirse a Dios

septiembre 27, 2025 § Deja un comentario

Cuando el creyente invoca a Dios ¿tan solo hay una necesidad psicológica de contar con un papá que lo puede todo? Quizá. Pero también podría ser que hubiere un Dios al que le importase nuestra suerte. Y ello a pesar de necesitar, también, a ese Dios. El truco de la sospecha moderna es creer que tan solo se trata de nuestra necesidad. Y digo truco porque los argumentos de la sospecha únicamente convencen donde asumimos su presupuesto, a saber, que no hay Dios. Por tanto, estrictamente, no demuestran. Pues concluyen lo que inicialmente dan por sentado. Y a esto, en lógica, se le denomina falacia —en concreto, la falacia del argumento circular.

el bien y la singularidad

septiembre 26, 2025 § Deja un comentario

El algo-en-concreto —lo singular— surge como tara, esto es, como un diferir de lo que debe ser, el Bien. Si lo real es lo que se manifiesta o hace presente, entonces lo real de, pongamos por caso, un cuerpo bello, y en tanto que bello, es la belleza. Pues lo que se hace presente en los cuerpos bellos —y en tanto que bellos— es, precisamente, la belleza. ¿Por qué añadimos, sin embargo, en tanto que bellos? Simple. Un langosta es bella. Pero también comestible.

Ahora bien, la belleza en sí misma, es decir, al margen de su hacerse presente no es nada en concreto. Ni puede serlo. Es, por decirlo a la manera de Platón, idea —y aquí por idea no hemos de entender contenido mental, sino más bien que lo real en sí mismo “posee” una carácter abstracto y que, por eso mismo, solo se revela al pensamiento. En este sentido, lo real en sí sería algo parecido a la fórmula matemática que, con independencia de cualquier perspectiva, es el cubo de Necker. En este sentido, podríamos decir que lo real-absoluto no es nada fuera de su realización. Mejor dicho: es no siendo en sí mismo nada en concreto. La realidad de lo real sería, por tanto, la pura posibilidad del mundo —y por eso mismo anterior al mundo. Así, la fórmula del cubo de Necker, por continuar con nuestro ejemplo, encerraría la posibilidad de los cubos de Necker que dibujamos en una pizarra o sobre un papel. Como tal, dicha formula es anterior al cubo dibujado. Sin embargo, esta anterioridad no debe entenderse como la de una semilla con respecto al fruto. Pues la anterioridad de la posibilidad del mundo —de su fundamento— se encuentra fuera del mundo y, por consiguiente, del tiempo. De hecho, solo hay tiempo —en definitiva, presente— en relación con dicha anterioridad. En cierto sentido, podríamos decir que la posibilidad del mundo es, en sí misma, imposible. Y es que no es —ni puede ser— una posibilidad del mundo.

Así, y por decirlo de algun modo, lo real solo puede realizarse perdiendo por el camino su carácter absoluto u otro. De ahí que nada nunca del todo. Ningún cuerpo bello, por seguir con nuestro ejemplo, es bello por entero. Siempre hasta cierto punto o desde un determinado punto de vista. La belleza de un cuerpo bello se da o hace presente como deformación o negación de la belleza en sí o paradigmática. Ningún cuerpo bello —y en general, nada de cuanto es en concreto— termina de ser lo que debiera. Y esto es el tiempo. En este sentido, el tiempo es el envés de la eternidad propia de lo real-absoluto. Y aquí, obviamente, no nos estamos refiriendo a una cosa eterna. Hay mundo —y por ende, tiempo— porque lo real en sí mismo es no siendo nada. O por decirlo de otro modo: lo real-absoluto solo se realiza en —y como— negación de sí. De hecho, la expresión es no siendo nada, si lo pensamos bien, es una doble negación. Es decir, un afirmación. Decir no es cierto que no llueve equivale a decir que está lloviendo.

Ahora bien, de entender lo dicho hasta ahora, entenderemos que, teniendo en cuenta que la realidad tiende a su realización —que la realización es inherente a lo real— lo que debe ser es que nada termine de ser lo que debiera. De topar con un cuerpo que no difiriese en modo alguno del cánon —que fuese bello sin objeción, un cuerpo sin tara—, no podríamos evitar la sensación de irrealidad. No obstante, por poco que le demos unas cuantas vueltas a este asunto, veremos que estamos ante algo muy extraño o paradójico. Pues, por un lado, si podemos decir de un cuerpo bello que no termina de ser bello es poque ese cuerpo se encuentra sometido, por así decirlo, a la exigencia de ser bello por entero. Pero, por otro, esta exigencia tampoco puede realizarse… si es que la belleza debe realizarse.

Por tanto, no hay nada que no cargue con su contrario. No hay cuerpo bello sin tara. Como tampoco decisión justa que no incorpore unas dosis de injusticia. De ahí la necesidad de juzgar —de decir— qué pesa más en la mezcla, en definitiva, qué es: si lo primero o lo segundo. Pero ningún juicio —nada de cuanto podamos decir— será inapelable. Y es que el peso siempre dependerá de lo que nos parezca en un momento dado.

el profeta y el terruño

septiembre 22, 2025 § Deja un comentario

Nadie es profeta en su tierra, dijo el de Nazaret. Y esta certeza sintoniza, de algún modo, con la sentencia de Napoleón: nadie puede ser un héroe para su ayudante de cámara. Como también con aquella que dice que en casa del herrero, cuchara de palo. La patria del profeta es el extranjero. Al igual que ningún héroe puede sentirse como en casa en su propia casa. En casa —en Nazaret— pesa más el ad hominem, la cojera, el desmentido que supone cualquier biografía: ¿no es este el hijo del carpintero? El hidalgo de la Mancha nunca fue don Quijote para Sancho.

Sin embargo, Alonso Quijano no se equivocó al ver gigantes donde, para cualquiera, solo había molinos de viento. Como no se equivoca quien ve devoradores de almas, pongamos por caso, en los móviles que tienen abducidos a nuestros adolescentes. Al fin y al cabo, el más siempre a lomos del menos. Que el profeta sea uno de los nuestros —tan cojo como cualquiera— no invalida su palabra. Y no la invalida porque, en el fondo, no es suya. De hecho, en la Antigüedad los locos eran, por lo común, visionarios. Y no, a pesar de su tara, sino, precisamente, por ella. Es lo que tiene que, modernamente, demos por decontado que no hay nada que ver más allá de lo cuantificable —que cualquier visión corre a cuenta del visionario.

el clavo en la pared

septiembre 21, 2025 § Deja un comentario

A diferencia de los simios, buscamos lo verdadero, lo real o sólido. Esta búsqueda constituye nuestra más genuina inquietud, el hecho de no encontrarnos como en casa donde ya no podemos seguir obviando lo que hasta el momento dimos por hecho. Y así nos preguntamos, por ejemplo, qué de verdadero hay en el amor que siento por él o ella. O qué de verdadera libertad hay en mi poder hacer cuando me viene en gana… una vez comienzo a hastiarme de tanta satisfacción. De este modo, vamos en busca de lo verdadero como quien busca el clavo al que agarrarse y, así, resistir la fuerza de la gravedad, la que nos aplasta contra el suelo. Pero lo real es un clavo ardiendo. No podremos aguantar demasiado tiempo colgando de ese clavo. Estamos llamados a la elevación. Pero no estamos hechos para permanecer en el aire —o en suspenso— durante demasiado tiempo.

Pero ¿por qué arde? ¿Quizá porque lo real —lo fijo, lo inmutable o absoluto de la existencia— carece de la entidad de lo concreto o singular? Nadie puede permanecer ante el silencio y la oscuridad más impenetrables. Sin embargo, lo real reclama su realización, un hacerse presente, en definitiva, un aparecer. Lo real, en sí mismo, aún no es —y de ahí lo de su silencio y oscuridad. En este sentido, podríamos decir que lo real es no siendo aún. O de otro modo, es siendo estrictamente la posibilidad del mundo. Ahora bien, lo real solo podrá realizarse en aquello que lo niega —en las cosas sometidas al tiempo. Pues nada termina de ser donde todo pasa. La conclusión resulta, de nuevo, paradójica: la posibilidad del mundo es, precisamente, lo imposible, lo que, en sí mismo, no puede suceder sin que desaparezca el mundo, es decir, cuanto hay o existe.

Al fin y al cabo, que seamos quienes han sido arrojados al mundo encuentra su envés en el retroceso de lo verdadero o absoluto. En su lugar, su simulacro, las apariencias. Por suerte. Pues quien aspira a lo verdadero no sabe, al menos inicialmente, a lo que aspira. De ahí su desconcierto o parálisis una vez vislumbra en qué consiste lo real. Sin embargo, lo decisivo de esa búsqueda comienza cuando se pregunta y ahora qué… tras topar con lo que buscaba y, sin embargo, no esperaba.

es real, pero no existe: sobre el cubo de Necker

septiembre 20, 2025 § Deja un comentario

¿Qué hay de real —de absolutamente otro, fijo, inamovible— en eso que percibimos como real? La percepción es siempre una perspectiva. Vemos lo que vemos desde diferentes ángulos —y quien dice ángulos, dice modos de ver, sensibilidades, esquemas lingüísticos o mentales. Y esto es así, hasta el punto de que lo que para unos es una cosa, para otros, una muy distinta. No hay visión que no integre una carga teórica, un cierto saber sobre aquello que se está viendo. Todo ver es un ver como. Pôr consiguiente, no hay hechos que sean químicamente puros, esto es, al margen de los presupuestos que constituyen un mapa mental.

Así, por ejemplo, lo que para nosotros es dinero, para los aborígenes del Mato Grosso no es más que un trozo de papel… al que nosotros le otorgamos un valor que anda rozando lo sagrado. Para ellos, el dinero sería algo así como una superstición. Al igual que nosotros consideramos como supersticiosa la antigua creencia en dioses. No me atrevería a decir que nosotros estemos más cerca de la verdad que los aborígenes. Y viceversa. Las perspectivas, cuando parten de presupuestos irreconciliables, son como agua y aceite. Ahora bien, en tanto que diferentes perspectivas de eso que está ahí, es obvio que apuntan a lo mismo. La pregunta surge de inmediato: qué es ese lo mismo.

Para entender mejor la respuesta a esta cuestión, nos serviremos de lo que se conoce como el cubo de Necker. El cubo de Necker, de hecho, el cubo que la mayoría dibujaría espontáneamente, admite dos perspectivas. Podemos ver el cubo desde cualquiera de estas dos. Pero nunca lo veremos integrando las dos perspectivas a la vez. Cada perspectiva sería el equivalente a un mapa mental —a un modo de ver. En este sentido, el cubo tendría dos apariencias. Esto es, aparecía de dos modos distintos. Sin embargo, resulta elemental que estamos ante dos presentaciones de un mismo cubo. ¿Qué sería, por tanto, lo que se mostraría bajo dos aspectos diferentes, el cubo en sí, al margen, precisamente, de su aparecer o hacerse presente con un aspecto determinado?

La pregunta tiene algo de, cuando menos, desconcertante, por no decir, de impropia o, literalmente, impertinente. Y es qe si solo es lo que se hace presente o aparece, en definitiva, cuanto cabe percibir de una manera u otra, entonces lo que se manifiesta nunca se manifiesta o aparece… en sí mismo o en cuanto tal. ¿De qué estamos hablando, por consiguiente? ¿A qué nos referimos cuando nos referimos al cubo en sí mismo? En realidad, a la idea de cubo, esto es, a lo que tan solo, y en este caso, admite una expresión matemática. Por consiguiente, lo real en sí mismo posee una naturaleza abstracta. Y por eso mismo, lo real en cuanto tal, esto es, en su carácter absolutamente otro o diferente, solo puede ser pensado. Pues en tanto que diferente, eso que se hace presente difiere continuamente del aspecto con el que se realiza. O dicho de otro modo, siempre se abstrae de su manifestación. Al igual que el yo con respecto a su aspecto o manera de ser…

También podríamos decir lo mismo de la materia en cuanto tal. Ciertamente, la matería se hace presente sensiblemente como algo más o menos rugoso, extenso, sonoro… Ahora bien, ese algo cuyos rasgos o aspecto capta nuestra sensibilidad no es perceptible como tal. Es como si siempre permaneciera más allá o por debajo de su hacerse presente en una mesa, un árbol, una mosca… Es decir, como si, en cuanto tal, se sustrajera a la presencia —y de ahí su carácter abstracto; pues abstraer es sustraer.

Pues bien, si nada es que no sea en concreto, entonces el lo que de lo que se hace presente, y debido, precisamente, a su carácter abstracto, no es nada en concreto. Es, ciertamente. Pero, en sí mismo, no existe, por así decirlo. Y es que tan solo existe o posee entidad lo singular. Siendo más estrictos, podríamos decir que la realidad, al margen de su manifestación sensible, es no siendo aún nada. Estrictamente, estaríamos hablando de la posibilidad del mundo, una posibilidad que, si lo pensamos bien, es imposible. Y lo es porque no puede darse como tal. De ahí que pudiéramos decir que lo imposible es el fundamento del mundo, de sus posibilidades. Pero estirar este hilo ya nos llevaría demasiado lejos.

En cualquier caso, lo anterior puede servir como una breve introducción a Platón. Al menos, porque fue Platón el primero en pensar la escisión que constituye cuanto hay, la que se da, precisamente, entre el mundo inteligible y el sensible, por decirlo en sus términos. Hay mundo porque “hay” un más allá del mundo. Y si el haber de este más allá va entrecomillado es porque, propiamente, no hay un más allá que pueda comprenderse como otro mundo.

una imagen vale más que mil palabras

septiembre 19, 2025 § Deja un comentario

¿Sí? Quizá… si no nos hacemos demasiadas preguntas. Pues todo gesto es ambiguo. Ninguna imagen cuenta toda la historia. De ahí la necesidad de un mínimo discurso que apunte a lo que tiene lugar en medio de cuanto sucede… que es lo que la imagen presenta. Sin palabras, la imagen sugiere, pero no dice. A lo sumo, creemos que dice.

Sin embargo, un discurso también guarda sus ases bajo la manga. Pues, en tanto que decir implica juzgar —en definitiva, deshacer la ambigüedad que atraviesa cuanto es—, todo discurso anticipa un veredicto que no está en nuestras manos pronunciar. Así, cuando decimos, pongamos por caso, que la imagen que muestra a una madre abrazando a su hijo representa el amor que siente por él, dejamos a un lado —decidimos no ver— que en ese abrazo también se hace presente el amor al vínculo con el hijo. No es exactamente lo mismo. Nunca terminamos de saber qué pesa más, si lo uno o lo otro. Así, al decir que hay más de lo primero que de lo segundo, no hacemos otra cosa que juzgar antes de tiempo. Y de paso, creer, ingénuamente, que las cosas son tal y como las decimos.

Los filosófos entienden lo anterior como un estar rodeados sombras —como un vivir protegidos por la ilusión. Sin embargo, donde encienden el foco, crecen unas sombras más densas. Es lo que tiene ver directamente el Sol: que nos deja ciegos. Esto es, en un estado de suspensión o fuera del juego. Como si al caer en la cuenta de que hay lo verdadero —lo que tiene lugar en lo que simplemente pasa—, pero no para nosotros, difícilmente pudiéramos seguir tomándonos en serio lo que suele tomarse por serio, la ilusión.

No obstante, el final del trayecto no es la desilusión, sino el aceptar que no podemos hacer más que volver a tomarnos en serio la ilusión. Aun cuando ahora sepamos que se trata, precisamente, de un espejismo. Como el actor que no ignora que debe representar el papel que le ha tocado en suerte… sabiendo que no es más que un papel. De este modo, la ironía, como la más fina expresión del distancia de sí que constituye la individualidad, se impone como el destino vital de quien alimenta nuestra connatural inquietud por lo verdadero.

El resto, como escribiera Shakespeare, es silencio. Esto es, sobre el resto nada qué decir —nada qué juzgar. En cualquier caso, mucho a escuchar. Al menos, porque no hay silencio, salvo el circunstancial, que no sea elocuente.

peleterías Hernández

septiembre 16, 2025 § Deja un comentario

Decir lo real es, por defecto, decir lo que hay. Ahora bien, lo que hay se da o hace presente. No hay un haber al margen del haber de las cosas. Sin embargo, este último haber es, en cualquier caso, perspectiva.

¿Qué es, por ejemplo, una piel? Depende de cuánto de acerques. O de si eres humano… o una pulga. Y con todo, sea como sea el mundo, el haber en cuanto tal sigue estando ahí —es el ahí— como el fondo inexistente, aunque real, del mundo. Nada es más real —más otro— que lo imposible. En lo imposible reside la posibilidad de los mundos.

Ahora bien, comprender esto último pasa por caer en la cuenta de que el hacerse presente del puro haber exige su negación de sí —su kénosis, el acto creador. Hablamos, en definitiva, del tiempo. Y de ahí el doble significado de la apariencia.

distingos

septiembre 14, 2025 § Deja un comentario

Una cosa es la verdad que revela el Gólgota —y la verdad es algo así como un non plus ultra que afecta a la totalidad— y otra, lo que hacemos con esa verdad. Y aquí caben dos opciones. La primera es la habitual: permanecer en el mapa mental que dibujamos con la revelación como motivo o excusa. El mapa mental nos ubica en el mundo, cielos incluidos, en tanto que facilita que las piezas encajen. O, al menos, la mayoría. Y quizá, por eso mismo, lo que lo sostiene un mapa mental es el sentimiento de estar en el lado correcto.

La segunda, en cambio, no es capaz de dibujar ningún mapa mental. En su lugar, y con la ayuda, eso sí, de cuatro fórmulas, el tener que responder a la voz ahogada de los sedientos y un esperar lo que no puede integrarse como una simple expectativa. Pues en el mundo, la mayor parte de las piezas quedan sueltas.

Ahora bien, la primera opción es el humus que hace posible que florezca la segunda. Y, sobre todo, que pueda reproducirse. Aunque sea de aquella manera. El blanco y el negro, para los film noir.

el abc del nihilismo

septiembre 13, 2025 § Deja un comentario

El nihilista no debe esforzarse demasiado. Y es que difícilmente podemos imaginar que sigan habiendo creyentes de aquí a…. ¿cien mil años? ¿Habrá quien sepa, eruditos al margen, que hubo un tal Jesús de Nazaret? ¿Y que fue confesado como Dios por millones de mujeres y hombres? Ni siquiera podemos confiar en que siga habiendo humanidad.

De ahí que el envés de la fe sea la convicción de que el tiempo debe tener un final. Y un final que no debería andar muy lejos… desde la óptica de Dios. Más aún: un final que incluya algo así como un reset cósmico… tras separar el trigo de la cizaña. Donde el cristianismo abandona la perspectiva escatológica, el nihilista, sencillamente, gana. Y por goleada.

Sin embargo, el problema de esta perspectiva es que resulta, literalmente, increíble. Aunque también es verdad que la esperanza creyente, y en tanto que apunta a lo imposible, nunca fue, salvo quizá en los inicios, una expectativa de la que pudiéramos hacernos una idea.

política y argumento

septiembre 12, 2025 § Deja un comentario

Si todo es política, incluyendo las relaciones familiares, entonces cualquier argumento que gire en torno a lo discutible termina en los lodos del ad hominem. Pues, como vio Carl Schmitt, el punto de fuga de la perspectiva política es la distinción amigo/enemigo. Y el enemigo es, por definición, aquel que debemos negar por lo que es. Aunque los prejuicios del consenso político nos den a entender lo contrario. Que todo sea política, al fin y al cabo, significa que la principal cuestión que debe resolverse, y cuanto antes, es quién manda, esto es, quién pronunciará la última palabra —quién decidirá.

Ahora bien, si esto es así, entonces la pretensión platónica de que la razón tenga algo que decir —y algo determinante— en el terreno de la política es vana. De hecho, fue el mismo Platón quien se dio cuenta de ello antes que nadie. En este terreno, el sofista siempre tiene —y tendrá— las de ganar. Será que, para la filosofía, también vale aquello de que hay un hiato insalvable entre verdad y mundo. Pues, parafraseando a Kafka, hay verdad, pero no para nosotros. Para nosotros lo que puede pasar por verdadero. Y, políticamente, que pueda pasar por equivale a imponer. Aun cuando sea con vaselina.

De hecho, la última verdad, en tanto que se presenta paradójicamente, siempre fue impracticable. En el Gorgias, el aguijón socrático no logró penetrar en la piel de Calicles. Y no porque este tuviera mejores argumentos, sino porque, de hecho, nunca le interesaron. En vez de argumentos, el ejercicio del poder. Por eso mismo, el Gorgias acaso sea una de las mejores introducciones al pensamiento de Nietzcshe.

cuestiones básicas sobre el poder

septiembre 11, 2025 § Deja un comentario

La cuestión: bajo qué poder nos hallamos, es decir, nos encontramos a nosotros mismos. Hoy en día, y espontáneamente, creemos que bajo ninguno. O mejor dicho: que la mayoría de los poderes que nos rodean son simplemente circunstancia, poderes con los que tenemos que lidiar. Hoy en día, nos encontramos a nosotros mismos en relación con nuestros deseos. No es lo mismo, En realidad, supone un encogimiento de la existencia.

Ciertamente, hay el poder gigantesco —el tsunami. Pero, de sufrirlo, lo sufriríamos por accidente. Es lo que tiene experimentarse a uno mismo como el centro de control. O también, el lado perverso de la dignificación ilustrada de la autonomía.

Una de las principales aportaciones del monoteísmo de Israel fue la de comprender el poder de Dios, como, por un lado, un poder creador y, por otro, como el poder del juicio. Y ello frente al de los dioses, el cual siempre estuvo del lado de lo simplemente gigantesco o impresionante. En cualquier caso, tanto el poder creador como el poder del juicio serían las dos caras de una misma moneda. Al menos, porque la creación como dádiva reclama el deber de preservarla de nuestra impiedad.

No hay que ser muy lúcido para caer en la cuenta de que, actualmente, el sentido de la creación así como el de hallarse sub iudice no es que sean, precisamente, comunes. Quizá porque tradicionalmente el primer poder se ha asociado a la imagen de un demiurgo espectral, aun cuando se vista con los ropajes del Dios cristiano; y porque el del segundo, a la de un dios enfurecido. En su lugar, evolucionismo y ley civil. No son incompatibles. Pero se imponen como si lo fueran.

Es posible que los emancipados de Dios —y quién no, modernamente— hicieran bien en preguntarse qué perdieron con su emancipación —y no solo qué lograron. De hecho, la mayoría de ellos ignora que Dios ya nos liberó, en su momento, del dios. Otro asunto, sin embargo, es que el dios se colase por la puerta de atrás con el triunfo histórico del cristianismo. Pero, como acabo de decir, este es otro asunto.

problemas aristotélicos

septiembre 10, 2025 § Deja un comentario

Quizá el problema de Aristóteles, por lo que tengo entendido, fue el de intentar resolver la cuestión acerca del ente como ente —esto es, al margen de cualquier atributo— en los términos de una existencia primera o fundamental. O al menos, este fue el problema de sus comentaristas. Y es que el ente en cuanto tal —el interrogante que apunta a un puro haber— en modo alguno podrá comprenderse en referencia a algo en concreto, ni siquiera cuando ese algo se entienda como un primer motor. Al fin y al cabo, donde nos preguntamos por qué hay algo en vez de nada, la entidad está de más —y, por eso mismo, hay más de lo que hay. De ahí que la realidad de un haber en cuanto tal sea, en cierto sentido, anterior a la existencia —y, consecuentemente, ande rozando la nada. La cuestión es, precisamente, en que sentido es anterior. Pues es obvio que no estamos hablando de una anterioridad temporal.

Quizá no sea casual que aquellos cuya existencia ha girado en torno a esta cuestión, en definitiva, en torno a la pregunta por lo verdadero avant la lettre, hayan terminado admitiendo, de un modo u otro, que todo es de nada. O en cristiano, gracia.

estupefacción

septiembre 9, 2025 § Deja un comentario

La filosofía, se dice, comienza con el asombro. Y es así —aunque también podríamos añadir que la sospecha juega aquí su papel. El asombro, en cualquier caso, va más allá de la simple curiosidad. Esta se dirige al cómo, aun cuando este se encuentre agazapado bajo una pregunta por el porqué. Así, podemos sentir curiosidad ante el hecho de que las cosas se caigan cuando las soltamos. O ante el crecimiento de la hierba. En cambio, el asombro es provocado por el simple hecho de que algo sea.

Esto podría pasar por una clasificación escolar… si no fuera que, por debajo de cada uno de estas cuestiones, late una actitud vital, diferentes modos de estar en el mundo. El curioso —y todos lo somos, en mayor o menos medida— sigue siendo un mono, aunque superior. Quien se asombra, sin embargo, queda fuera de juego. Pues no es posible responder a la pregunta del asombro —por qué algo y no, más bien, nada— sin, de algún modo, interiorizar la nada de un puro haber, aquella que abraza, precisamente, cuanto es. Y es por eso que quienes cultivan el asombro serán, de algún modo, transformados por esa docta ignorantia en la que el asombro se resuelve sin suprimirse. De ahí que difícilmente puedan sentirse cómodos en esos lugares comunes que hacen posible, precisamente, la vida en común.

dos ciudades

septiembre 5, 2025 § Deja un comentario

La revelación, en Israel, siempre fue la de una voz. Pero una voz se escucha —y no simplemente se oye— en la oscuridad. Y es que, bíblicamente, la verdad acerca de Dios se revela donde se derrumban los muros de la ciudad —donde la violencia, el hambre, el abuso de poder, en definitiva, la desgracia se imponen como la definitiva sentencia del mundo. Ahora bien, la verdad acerca de Dios nunca se le presentó a Israel, salvo en las fases más tempranas, como la de un deus ex machina, algo así como el séptimo de caballería. Israel no llegó a creer hasta que no sufrió la dura experiencia del exilio. Solo entonces comprendió que Dios es más que un único dios. La experiencia de Dios comienza, ciertamente, con el asombro ante lo dado. Pero no se completa, como quien dice, sin esa voz cuyo eco escuchamos en el clamor de los sin Dios. Y bajo un cielo de plomo.

Atenas, sin embargo, nunca fue por ahí. Para el griego, el lugar de la revelación es la atalaya de quien mantiene una debida distancia —la atalaya del dios. Al fin y al cabo, se trata de un caer en la cuenta, el cual, sin embargo, nada tiene que decir, ni mucho menos proclamar, una vez irrumpe el tsunami de la catástrofe. Pues nada humano sobrevive a esta.

Voz o visión. No es exactamente lo mismo. Aunque en ambos casos, aquello a lo que apuntan sea la realidad de una raíz que carece de entidad. Con la voz, queda comprometido el cuerpo. Aquí no habrá error, como si se tratase, simplemente, de enfocar sin que nos tiemblen las manos, sino acusación, el motivo de la cual fue, desde el principio, una congénita indiferencia o impiedad. En cambio, donde prevalece la visión, el cuerpo —su modo de percibir— es el lastre.

Occidente —mejor dicho, la cristiandad— es el resultado del cruce entre el profeta y el sabio. Y esto significa que Occidente, en lo que respecta a la verdad de Dios, siempre jugó con las cartas marcadas. Tampoco debería, sin embargo, sorprendernos. Pues el doble juego quizá sea lo que hace posible un éxito histórico.

más qué es

septiembre 3, 2025 § Deja un comentario

Decimos: esto es así…. porque siempre ha sucedido así. Pero también es cierto que el dios no necesita reiterar su aparición. Bastó Hiroshima para darnos cuenta de que es mejor no estar cerca. Quizá sea verdad que, en cualquier caso, permanecemos aferrados a la impresión, a los mecanismos cerebrales que fijan nuestras primeras convicciones.

Sin embargo, hay más. Pero acaso, parafresando a Kafka, no sea para nosotros. Para nosotros una mezcla de asombro y espanto. Y este acaso sea el principio de cualquier profundidad.

qué es

septiembre 2, 2025 § Deja un comentario

Vemos lo que vemos —y tal y como lo vemos. Así, decimos: hay árboles. O también: hay Dios porque siento que hay un Dios. No es necesario suponer que quizá estemos dentro de un sueño o bajo los efectos de una brutal alucinación. De hecho, esta extravagante suposición tan solo posee una función epistemológica al apuntar a la posibilidad de la certeza absoluta —y la noción de verdad desborda, originariamente, los límites que le impone la preocupación por una saber del que no quepa la más mínima duda. Para desconfiar de los que nos parece verdadero, bastan los resultados de la investigación: la tierra no es plana, el Sol no gira, en la mesa sobre la que nos apoyamos hay más vacío que materia…

Estos resultados, no obstante, simplemente proporcionan una nueva apariencia… que difícilmente llegaremos a incorporar. Se trata de la realidad que se presenta al intelecto, y, por eso mismo, a sus condiciones. Estamos, pues, ante una realidad deducida —y aquí el cuerpo no nos sigue: la mesa sigue siendo dura, no podemos vernos dando vueltas alrededor del Sol… De ahí la pregunta metafísica par excellence por la ignotum X de la experiencia, por lo real al margen de su hacerse presente —una pregunta que, de hecho, pretende pillar la cosa por detrás, como decía Hegel.

El presupuesto implícito de las apariencias es, por tanto, que hay más —que tiene que haberlo. Sin embargo ese más nunca será el de otro mundo. Pues en ese caso simplemente habríamos desplazado la cuestión. Aunque nos lo imaginemos así.

no hay tautología

agosto 31, 2025 § Deja un comentario

El principio de identidad —A es A— es algo más que una verdad formal, al revelar el doble lenguaje que constituye el habla. Ciertamente, cuando nos situamos exclusivamente en la perspectiva lógica, perdemos de vista su carácter revelador. Pero el principio de identidad es inútil —esto es, no sirve como regla del apañárselas con cuanto nos rodes— si no remite, al fin y al cabo, a un algo. A es A no dice nada si no podemos afirmar que una manzana es una manzana.

Evidentemente, si permanecemos en el lado del concepto, no hay más que decir. Y por eso mismo, una madre es por definición una madre, pongamos por caso. Pero una vez descendemos al terreno de la individualidad, siempre cabe decir más. Pues individualidad significa posibilidad de negar el ajuste con el concepto, un ajuste por el que —conviene destacarlo— lo particular llega a ser, precisamente, lo que es. Y dado que esta posibilidad permanece, cuando menos, latente en lo más íntimo, la negación se revela como el sesgo de la individualidad.

Así, la posibilidad de que una madre abandone a sus hijos sigue ahí, en cualquier madre… en tanto que madre. De lo contrario, no tendría sentido hablar de malas madres. No hay madre que, siendo una buena madre, no conserve en su seno a la mala. De ahí que antes nos refiriésemos al habla como doble lenguaje, en definitiva, a la ambigüedad que atraviesa cuanto es. Hablamos, en definitiva, del tiempo.

Para entendender mejor esto último, consideremos lo siguiente. Decimos el presente es presente. Y creemos estar diciendo una obviedad. En cierto modo, es así. Pues, siendo lo obvio lo obviado, solemos pasar de largo ante este tipo de afirmaciones. Ahora bien, porque pasamos de largo, no nos damos cuenta de que la obviedad dice siempre más de lo que aparentemente dice. En este caso, que el presente se nos presenta como presente, es decir, como dádiva. De este modo, al presentarse como don, la presencia de cuanto tiene lugar es remitida a un antecedente que, en última instancia, apunta al pasado absoluto de un puro ahí. Todo es de nada.

En general, podríamos afirmar que con el principio de identidad, una vez se aplica a lo que es, la primera aparición del término se sustrae a la segunda —y por eso mismo deviene algo más. A es A —algo es lo que es— porque A no acaba de ser A. Es lo que tiene la singularidad de un A —en definitiva, del esto que es A. Esta sustracción o retirada sostiene la posibilidad de dejar de ser lo que se es. Todo esto se encuentra infectado de la nada de un puro ahí —de la nada de la que procede… pues hay algo porque la nada no es; porque la realidad de la nada del puro haber consiste en una negación de sí: no es nada. Hablamos, por tanto y como decíamos, del tiempo. Así, es verdad que un amigo es un amigo. Pero porque la amistad determina al amigo como tal, el amigo es algo más que un amigo,a saber, alguien que podría dejar de serlo.

Más aún: quien dice yo soy el que soy ya por eso mismo está más allá de su concepto, modo de ser o aspecto. Ahora bien, por eso mismo, sin su aspecto ese yo no es aún nadie.

Traducción cristológica: Dios —trinitariamente, el Padre— está eternamente más allá de su cuerpo porque sin ese cuerpo colgando de una cruz no es nadie. Y si pillamos esto —mejor, si no lo experimentamos, es decir, padecemos— va a resultar difícil no escandalizarse… por poco que conservemos una cierta sensibilidad religiosa.

sin duelo

agosto 30, 2025 § Deja un comentario

¿Nos atreveríamos a criticar a una madre por limpiar a diario la tumba de su hijo y ponerle flores? ¿Por agarrarse a su cadáver? El duelo nos obliga a permanecer junto al muerto. ¿Estamos ante un desvarío que deberíamos evitar? No me atrevería a decirlo. Al fin y al cabo, se trata de un no debes partir.

Sin embargo, en nuestras ciudades, tan modernas, el negocio de las funerarias —nuestro higienismo— nos impide experimentar el duelo… por poco que nos despistemos. Una vez comunicamos la muerte de nuestro padres, hijos, hermanos… todo sucede metódicamente. Y con rapidez. Se trata de alejar la muerte. Mejor que conserves un buen recuerdo.

Y así el duelo, hecho de desgarro y silencio, se transforma en su simulacro: unas palabras durante el funeral y, si fuera posible, muy cargadas de sentimiento. También ayuda el cant dels ocells. Que la gente se ponga a llorar… aun cuando apenas conociese al muerto. A esto se lo denomina, por lo común, espectáculo.

el tamaño no importa

agosto 28, 2025 § Deja un comentario

Hay un árbol frente a ti. ¿Qué es? Un árbol. Pero te vas acercando cada vez más. ¿Qué sucede? La perspectiva se estrecha. Pero ahí sigue habiendo un árbol. Ahora bien, al aproximarte, ese árbol te afecta en mayor medida. El olor de las hojas, su humedad, la rudeza del tronco… no es que se te hagán más presentes, sino que, sencillamente, se te hacen presentes —aparecen— como teniendo una existencia propia. Sin embargo, tendrás que pagar un precio: ya no ves el árbol, sino que captas sus fragmentos. La hoja, la corteza, la rama… siguen siendo partes de. Pero solo por principio Una vez se nos presentan como tales, su formar parte deviene secundario. El Uno se replica en lo individual. Todo es el todo. De hecho, esta fue la intuición fundamental del neoplatonismo.

Más aún. Supongamos ahora que a medida que te acercas al árbol también vas reduciéndote hasta alcanzar el tamaño de una célula, penetrando en el cuerpo de una de las hormigas que recorren el tronco. La hormiga desaparece del campo de visión: su interior es en ese momento tu nuevo mundo. Pues un mundo es siempre relativo al tamaño, las medidas, la proporción. Ahora bien, por eso mismo, el tamaño solo le importa al mundo.

Sin embargo, ¿qué permanece por encima o más allá del mundo? El ahí de lo que hay. Este es siempre el mismo… no siendo nada en sí mismo. Mejor dicho: es no siendo nada en concreto. Oscuridad y silencio sin resquicio. Es por eso que el puro ahí es lo más real —lo irreductible o indomable, lo otro o absoluto. En definitiva, lo que no puede aparecer como tal sin que desaparezca el mundo. Pues la condición del mundo es el retroceso del puro ahí. Así, el mundo se nos da como representación. Esto es, el en sí deviene un para mí.

Hay, ciertamente, otros mundos, al igual que hay lo que trasciende los mundos. Pero lo que trasciende los mundos nunca será un mundo superior, sino lo otro del mundo. Y mejor no topar con eso: que pase de mí este caliz.

la sabiduría y sus tautologías

agosto 25, 2025 § Deja un comentario

Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, dejó escrito que los amigos son el único refugio ante la desgracia —y aquí podríamos añadir cualquier frase de este estilo: una madre nunca abandona a sus hijos, el amor es libre, etcétera. La pregunta sería si esto es verdadero. Y la respuesta es que es tautológicamente verdadero. No hay posibilidad de que haya una madre por ahí que abandone a su hijo… pues, de hacerlo, no sería, propiamente, una madre. No es esto lo que hace una madre, decimos. Así lo que es una madre —su esencia— va con el tener que ser una buena madre. Lo mismo podríamos decir con respecto a lo que es un amigo o el amor.

Sin embargo, aquí la referencia a lo bueno no implica un compromiso estrictamente moral. Y es que también cabe una definición de, por ejemplo, el maligno. Un psicópata es quien debe comportarse conforme a su esencia, naturaleza o modo de ser. Con todo, nunca sabremos hasta qué punto el amigo siempre estará ahí o nuestra madre no nos abandonará bajo ninguna circunstancia.

¿Qué se desprende de lo dicho? Pues que la definición de lo que es un amigo —o una madre, o el amor…— va con una exigencia, un deber ser, una tendencia a realizarse como tal. Ahora bien, esto significa que, como posibilidad, la esencia es, en cierto modo, anterior a la existencia. De hecho, esto es lo que sostuvo Platón. Pero, en ese caso, el problema es del tránsito de la posibilidad a la existencia o, en términos Aristotélicos, de la potencia al acto.

Platón, como es sabido, lo resolvió apelando a un creador, un demiurgo. Sin embargo, Platón fue consciente de que esta era una solución mítica, es decir, una que suponía abandonar la necesidad para regresar al relato de hechos que hubieran podido no suceder.

La respuesta a esta dificultad la dio, de algún modo, el mismo Platón en sus últimos diálogos y la afinó su discípulo Aristóteles. Posteriormente, la redondearon con Spinoza y Hegel. Grosso moso, consiste en comprender la posibilidad como dinámica, en definitiva, como energía o poder. Esto es, la posibilidad es su realización. Así, no es que, por un lado, haya posibilidades —esencias, formas…— y, por otro, las cosas que las realizan. El carácter real de la esencia no trasciende su realización —y por eso mismo, no chorismos, hiato. Hay un movimiento interno a la esencia que la empuja a darse en lo concreto.

Ahora bien, la realización supone que la esencia es dejada atrás, como quien dice. Pues nada se realiza como debiera. No hay nada que sea por entero lo que muestra ser. Y esto —y aquí ya topamos con Hegel— es lo que tiene que ser. La ambigüedad atraviesa cuanto es. Hablamos, por descontado, del ser como tiempo, y, por eso mismo, de la dialéctica entre el aparecer y el desaparecer.

La traducción teológica surge sin esfuerzo. Así, o bien Dios es al margen del acto creador; o bien Dios, en sí mismo, no se diferencia del acto creador —de su voluntad. En el primer caso, tendríamos religión. En el segundo, monoteísmo. Y en su perspectiva, la bondad de Dios acaso debiera comprenderse como el envés de su retroceso o altura. Pues hay mucha piedad en un Dios que sea niega a sí mismo para que haya criatura. El hágase, en realidad, siempre fue una kenosis, un séptimo día.

el sueño de Escipión

agosto 24, 2025 § 1 comentario

Una de los leitmotivs de la espiritualidad antigua consiste en observar cuanto nos sucede desde la óptica del dios. Así dice Cicerón, por ejemplo: miramos desde arriba los asuntos humanos y, al contemplar las cosas superiores y celestes, despreciamos dichos asuntos como mezquinos y limitados. O Séneca: sabré que todo es pequeño cuando haya tomado la medida de Dios. Desde arriba, el lujo, el anhelo de poder, las guerras, nuestros deseos, la búsqueda de renombre… se tornan ridículos. Al fin y al cabo, se trata de vivir desde la perspectiva de la caducidad, por no decir de la propia muerte. Y es que, únicamente de este modo, cabe reconocer el valor del simple hecho de existir y, de paso, llegar a distinguir entre lo que importa y lo que no. Asentados mentalmente en la atalaya del dios, la sociedades humanas se muestran como colonias de hormigas.

Salta a la vista el paralelismo entre lo anterior y el libro de Job. ¿La diferencia? Job cae de rodillas, mientras que el griego se mantiene en pie.

Spinoza y, posteriormente, Nietzsche darán, sin embargo, una vuelta de tuerca: sub specie aeternitatis, nada importa. No hay bien, no hay mal. Tan solo, cosas que suceden. La pureza de la infancia y los genocidios de la historia se encuentran en un mismo plano.

Con todo, la pregunta que permanece en el aire es si los asuntos humanos son en verdad ridículos —o, más bien, solo es lo que nos parece… desde otro punto de vista. En definitiva, si es posible dar en el clavo de lo real más allá de las apariencias. O mejor, teniendo en cuenta que no podemos evitarlas —pues todo lo real aparece o se hace presente—, la pregunta sería, más bien, si hay alguna perspectiva de la que podamos decir que es verdadera.

Ciertamente, no la hay con respecto a los hechos. Pero, por eso mismo, la cuestión sobre la última verdad apuntará inevitablemente al conjunto de la existencia y, en definitiva, a la posibilidad de un valor adherido a cuanto es… lo que, por otro lado, conduce a la distinción entre hecho y acontecimiento. Pero este sería otro asunto.

tolerancia y creencia

agosto 22, 2025 § Deja un comentario

Todos tendemos a creer en lo que se cree —en las creencias que flotan en el ambiente. Es por esto que las creencias compartidas, las cuales van asociadadas a la buenas costumbres, constituyen algo así como una argamasa social. La cuestión es que, en las sociedades tolerantes, no cuentan con esa argamasa. En su lugar, los códigos de circulación. Y a estos les basta la exigencia de respetar la libertad del otro.

En las sociedades tolerantes la creencia ha pasado a ser, por tanto, un asunto privado, personal. Como los gustos. Y ello, ciertamente, afecta a su pretensión de verdad. La creencia siempre tuvo su envés político. Al fin y al cabo, la solución de Occidente a las guerras de religión consistió en dejar de tomárnoslas en serio.

Y es así que Dios se convirtió, de nuevo, en un dios. Aunque también es verdad que mejor esto que matarnos unos a otros en su nombre, lo que, de hecho, supone caer en un contradictio en terminis. De ahí que para recuperar a Dios tengamos que volver a leer para, al menos, caer en la cuenta de que Dios en verdad nunca fue el objeto de una creencia. Esto es, de una suposición. Pues la fe siempre fue antes un mantenerse a la espera que un dar por descontado.

compradores

agosto 21, 2025 § Deja un comentario

El problema del individuo moderno es que difícilmente se experimentará a sí mismo en relación con lo que le supera, sea la inmensidad del cosmos o el exceso de los horrores históricos. En vez de ello, permanece frente al escaparate o excitado ante el próximo unboxing. Entre el oficio y la distracción, el indiviso deambula por la vida alejado de sí mismo, , esto es, de su escisión. Como las bestias, que tampoco están divididas, distanciadas de su naturaleza. Esto, de hecho, siempre ha sido así. De lo contrario, Platón no hubiera escrito que una vida que vuelve sobre sí misma —y que, por consiguiente, deja de ser indivisa— tiene más valor que una que se deja arrastrar por la inercia de los días. Sin embargo, este contraste, hoy en día, resulta ininteligible. Pues el sabio —o en la tradición cristiana, el santo— ya no es un referente. En su lugar, el triunfador, hablemos de un futbolista, un rapero o de Elon Musk.

De hecho, que existamos arrojados a nuestra posibilidad significa que todo, al fin y al cabo, se decide en torno a la cuestión del poder: a qué poder nos encontramos sometidos incondicionalmente; cuál es el límite de nuestra posibilidad… Pero no es el mismo poder el que se ejerce sobre uno mismo en nombre de lo que nos invoca, siendo inalcanzable, que el que se lleva a cabo sobre —y probablemente, contra— los demás.

aporías del tiempo

agosto 19, 2025 § Deja un comentario

Decimos: el tiempo puede dividirse en infinitos instantes. ¿Qué presupone esta afirmación? En primer lugar, que el tiempo es algo así como una línea continua. En segundo lugar, que hay el instante. Pero ¿cómo este podría hacerse presente? ¿Acaso el tiempo no implica que no haya, precisamente, el instante? El instante no puede suceder. En cualquier caso, el instante es lo dejado atrás por el tiempo —y por eso mismo, no cabe constatarlo y, por extensión, medirlo. Si, de hecho, medimos el tiempo es porque hacemos de un valor mínimo el trasunto convencional del instante.

El instante sería, por tanto, como el punto geométrico: una noción. Pues, al igual que el punto geométrico no ocupa ningún espacio, el instante no dura. Por consiguiente, el tiempo estaría formado, no ya por unidades de tiempo, sino por lo que no es tiempo. Esto es, por lo eterno.

Así, la noción de instante, como la del punto geométrico, presupone la idea abstracta de una unidad absoluta, es decir, indivisible, una idea que va adherida al lenguaje. Pero también la relación entre un todo y sus partes. Así, nos imaginamos la línea continua del tiempo como si fuera un salsichón: podemos cortarlo potencialmente en trozos cada vez más pequeños. No hay nada compuesto —y toda cosa es compuesta— que no pueda descomponerse. Ahora bien, ¿con qué toparíamos al final? De hecho, no toparíamos. Y es que si este final fuese algo en concreto —algo material—, aún cabría seguir cortando, como quien dice. La idea de una unidad absoluta es, en realidad, una noción cuyo referente —el instante, el punto geométrico— carece de la concreción de lo palpable. Nada más real que la idea, decía Platón. Y no lo dijo por decir. Hay lo absoluto. Pero su haber no es el de presente. Al fin y al cabo, lo Uno solo puede hacerse presente como lo múltiple —como aquello que lo confirma al negarlo. O por decirlo de otro modo, la eternidad es el instante. Pero el haber de la eternidad no es el de lo presente, sino el de lo que debe ser o realizarse. Pero el instante solo puede hacerse presente como momento. En definitiva, como tiempo —como lo que niega el instante, la eternidad.

Por tanto, al final, lo eterno. Sin embargo, eterno no pueda, de hecho, realizarse… como tal. Hay tiempo porque la eternidad fue dejada atrás en su realizarse. Porque la eternidad es lo que debe ser, la eternidad es su tener que hacerse presente —y por eso mismo, es en su negación de sí. Nada habría —nada sería— si lo irrealizable como tal no debiera ser. Y quien dice irrealizable dice imposible.

Hay momentos. Como, también, podemos dibujar un punto. Pero ni el momento, ni el punto que dibujamos son instantes o puntos simples, sino siempre su re-presentación. Así, el instante o el punto se hacen presentes en lo que no es estrictamente ni instante, ni punto. Es decir, relativamente.

Paralelamente, el paso del tiempo es indisociable de la metamorfósis de cuanto es. Todo cambia de forma. Si las cosas no modificaran su forma —en general, si nada se moviera—, no habría tiempo. Ahora bien, las cosas se mueven en relación con lo que no se mueve. Pero ¿qué es lo que no se mueve? Por definición, lo sustancial, el substrato de cuanto es, en definitiva, su base o fundamento. Y, como decíamos, lo substancial, tradicionalmente, es lo eterno. O por aquello de elevarse a lo paroxístico, hay lo que hay porque (la) nada se mueve — y solo puede moverse hacia lo que no es nada. Se trata del movimiento inherente a la nada.

Pues bien, con respecto a este asunto, ¿en qué consistió la operación originaria de la Modernidad? Por decirlo brevemente, en transferir el poder de lo sustancial al ego cogito. Este sería el espectadorque, permaneciendo en su posición, constata la transformación de cuanto es. Hay tiempo. Pero porque lo que permanece inmóvil, en primer lugar, es la conciencia de sí como res cogitans. Y si decimos en primer lugar es porque la conciencia, tarde o temprano, llegará a la conclusión de que la materia, en cuanto tal, también es sustancia.

Sin embargo, la unidad del ego cogito , el envés de su carácter sustancial, depende de la memoria —de su capacidad para reunir el pasado y presente en un momento dado. Este momento depende, por su parte, de que el ego cogito pueda decirse a sí mismo que sigue siendo el mismo que el que era hace un momento. Pero ¿podría decírselo sin recurrir, cuando menos, a lo que recuerda? Esto es, sin verse a sí mismo —y por tanto, sin diferir de los recuerdos… con los que, por otro lado, se identifica. Ciertamente, la Modernidad piensa la temporalidad desde la sustancialidad del ego cogito. Pero el ego cogito no funda la temporalidad, sino que la presupone. Absurdo. Podríamos decir que la Modernidad se inicia con una especie de juego de manos.

Las consecuencias teológicas saltan a la vista… siempre y cuando no suframos de miopía.

el prejuicio de la mística

agosto 18, 2025 § Deja un comentario

La experiencia mística presupone, conceptualmente, que pertenecemos a y no solo formamos parte. O por decirlo de otro modo, que en el fondo de cuanto es habita el Espíritu, cuyos destellos se encuentran en lo más profundo del alma. El arrebato místico sería, por tanto, el correlato sensible de esa pertenencia esencial. Con estos arrebatos, el yo perdería, sin duda, su individualidad, la cual arraiga en la negación del Espíritu…, pero sin dejar de ser uno mismo. Esto último parece contradictorio. Sin embargo, no lo es. Y es que, desde la óptica mística, somos los que pertenecemos a. En este sentido, la individualidad sería un espejismo.

Sin embargo, hoy en día, espontáneamente decimos que el arrebato mísitico refleja tan solo una alteración cerebral. Así, se provocaría igualmente un efecto místico ingiriendo, por ejemplo, ciertas drogas o padeciendo determinadas enfermedades mentales. La pregunta es si esta constatación demuestra que la experiencia mística es tan solo una ilusión.

La respuesta, no obstante, es inmediata… si tenemos en cuenta que no hay hechos químicamente puros. O mejor dicho, que no hay visión que no posea una carga teórica, esto es, que no lleve incrustada un saber de qué se trata, al menos hasta cierto punto. Todo ver es un ver como.

Por ejemplo, si ahora pudiéramos mostrarles un billete de cincuenta euros a los antiguos egipcios, no verían dinero. No podrían verlo. En su mundo, sencillamente, no hay papel moneda —ni puede haberlo. Paralelamente, a los viejos chamanes no les impresionaría la crítica moderna a la cosmovisión religiosa: tú ves lo que ver porque has ingerido peyote. Que pudieran acceder al éxtasis a través de estimulantes o de ciertos estados mentales es, de hecho, lo que daban por descontado. Es decir, no cuestionaría su convicción fundamental, a saber, que hay un mundo superior y que es posible acceder a él… a través, precisamente, de ciertas prácticas. Estas serían, por eso mismo, la llave que abriría la puerta.

De ahí que la crítica moderna a la religión solo sea posible desde el presupuesto de que no hay otro mundo, ontológicamente superior. Así, antes que descubrir, los argumentos ilustrados confirmarían el prejuicio del que parten. Al igual que en el caso del viejo chamán. O de Teresa de Ávila.

Y ahora la pregunta es qué prejuicio daría en el clavo de lo real. Evidentemente, la respuesta dependería de lo que entendamos por real. Pues bien, no parece que podamos decantarnos por los antiguos… si no partimos de nuestro estar constitutivamente expuestos a una alteridad que, en sí misma, anda rozando la nada. Donde partimos del ego cogito como principio y fundamento del saber, no puede haber otra verdad que la que se muestra como adecuación entre nuestras representaciones mentales y los hechos a los que estas apuntan. Sin embargo, la verdad de la alteridad avant la lettre en modo alguno puede comprenderse como adecuación. Pues que haya alteridad no es, propiamente, un hecho. Pero este es otro asunto.

estoicos de ayer y hoy

agosto 16, 2025 § Deja un comentario

El estoicismo está de moda. Sobre todo, entre los altos ejecutivos. O los estresados. Al menos, si tenemos en cuenta la cantidad —notable— de libros que se publican sobre el asunto. Hasta podríamos hablar de una autoayuda inteligente.

Uno de los consejos típicos del estoicismo recomienda, como sabemos, anticipar imaginativamente lo peor que pudiera sucedernos. La idea que sostiene esta práctica es que, en el fondo, los males no deberían afectarnos, esto es, modificar la paz del alma. Que nada te turbe, que nada te espante… por decirlo a la manera de Teresa de Ávila.

Y es que, cuanto no depende de nosotros, se nos impone como si fuera un destino. Sin embargo, podemos situarnos por encima, como quien dice. En esto consiste nuestra libertad. Y para ejercerla, deberíamos tomar distancia, situarnos en la perspectiva del dios. Así, caeríamos en la cuenta de que, sub specie aeternitatis, somos algo así como una anécdota cósmica, una ilusión óptica. Aunque no nos lo parezca. De hecho, las espiritualidades —o muchas de ellas— consisten en interiorizar la mirada del dios. La cuestión es de qué dios.

Y entonces topamos con la Biblia. Aun cuando no quepa negar la influencia del estoicismo en la tradición cristiana, lo cierto es que hay un factor diferencial —y decisivo. Pues a diferencia del sabio, el santo es un desquiciado. Y desquiciado no por lo que le pueda caer sobre la espalda —esas cruces—, sino por la vida de perro que llevan tantas mujeres y hombres.

De no tener esto en cuenta, al final nos parecerá que todos los gatos son pardos.

una nota a Ser y tiempo

agosto 14, 2025 § Deja un comentario

En su intento de superar las aporías del pensamiento que parten de la centralidad del ego cogito, Heidegger sostuvo, como es sabido, que la respuesta a la pregunta por el sentido del ser no puede clavarla la reflexión que se interroga sobre la certeza de las representaciones del mundo. La razón —y aquí entro en la paráfrasis— es que esta reflexión solo es posible ignorando nuestra originaria exposición a un ahí. Por eso mismo, los resultados de la reflexión que parte de un poner entre paréntesis la veracidad de nuestras representaciones del mundo son siempre un segundo plato. Al fin y al cabo, partir de la representación en lo que respecta al saber supone, implícitamente, colocar al cogito en la torre de control que decide qué avión aterriza, esto es, la realidad de cuanto es. Ahora bien, esta centralidad del sujeto impide pensar lo real desde el lado, como quien dice, de lo real. Esto es, en su carácter otro o absoluto.

De ahí que, según Heidegger, el sentido de ser solo pueda escudriñarlo quien topa con el exceso de lo que es, y no por aquellos que se sitúan en la atalaya del espectador con la intención de medir con exactitud lo que, previsamente, ha sido reducido a cantidad. El hecho fundamental con respecto a la cuestión sobre el haber es que este, precisamente, se nos da. Y se nos da signficamente, esto es, como mundo interpretado. No hay acceso a lo real que no este mediado por una comprensión de fondo. Y esto es lo que hay que pensar.

Es cierto que, de entrada, pertenecemos a un mundo en el que lo que hay posee un sentido. Como también que solo desde esta pertenencia se nos da lo que hay. Sin embargo, que de facto esto sea así no implica que lo primero —el punto de partida del pensar acerca de lo real en cuanto tal— sea nuestra expuesta pertenencia al mundo. Me explico.

El punto de partida del pensar es el darse de lo real como mundo. Pero con anterioridad a la donación hay la aparición… aunque se trate de una anterioridad en la que no podemos estar desde el principio. Al fin y al cabo, la donación del mundo presupone la desaparición de lo que aparece sin porqué… como la rosa del Silesius. Ahora bien, esta anterioridad no puede elucidarse fenomenológicamente. Pues es, precisamente, anterior a nuestra pertenencia al mundo. Por eso, tan solo podemos vislumbrarla en esos momentos en los que, perteneciendo ya a un mundo, el tiempo queda en suspenso. Esto es, cuando la rosa que estuvimos a punto de cortar se nos aparece —se nos revela— sin porqué.

Pertenecer a un mundo supone, por tanto, volverle la espalda a la aparición. El mundo es el fondo difuso de la aparición. Pero al igual que la aparición es lo dejado atrás por el mundo. Es así que salimos del mundo una vez acontece el sin porqué. O por decirlo de otro modo, el mundo queda en suspenso —y de paso, nuestra pertenencia al mundo— en el instante en que contemplamos la rosa sin porqué.

Es posible que esto sea lo que pensó el Heidegger terminal. Pero ignoro hasta qué punto.

bokeh

agosto 13, 2025 § Deja un comentario

La rosa es sin porqué, escribió el Silesius. Ni siquiera se nos muestra. Tan solo puede contemplarse. Y quien contempla no ve nada. Al menos, porque toda visión arrastra su carga teórica, una cosmovisión de fondo, en definitiva, un mundo. Un billete de cincuenta euros, para los aborígenes del Mato Grosso, no es más que un trozo de papel. Toda visión supone un ver como. Y ante la rosa del Silesius no hay como que valga.

Aun cuando este ahí, provocando nuestro asombro, la rosa sin porqué aún no pertenece al mundo. Esto es, aún no nos ha sido dada. Todavía no no nos vemos obligados a hacer algo con ella, aunque sea pasar de largo. Está ahí, simplemente, porque está ahí. La aparición es tautológica, carece de relaciones. Simplemente, se sostiene por sí misma. Como si estuviese más allá del tiempo. En tanto que un hecho es una relación entre cosas, la rosa sin porqué no es, propiamente, un hecho. Es un acontecimiento. El mundo es simplemente un entorno —y, además, difuminado. Como en esas fotografías con efecto bokeh.

También el perdón del Gólgota fue un acontecimiento.

la inhospitalidad y el zen

agosto 12, 2025 § Deja un comentario

Israel fundó la religión de la inhospitalidad… si es que estamos propiamente ante una religión al uso. Pues, para quienes andan dando vueltas en busca de un tierra donde arraigar, resulta evidente que las mujeres y los hombres existen como arrancados —y arrancados no es lo mismo que separados. En cambio, el paganismo fue —y sigue siendo— una religión del formar parte, una religión campesina. En esta se trata, sobre todo, de alinearse con el viento más propicio, en definitiva, de sintonizar. Por otro lado y como es sabido, el budismo zen es una espiritualidad sin Dios —y esto significa, entre otras cosas, asumir que nada sostiene la vida que nos ha tocado en suerte. De ahí su concentración en el presente: ahora estoy escribiendo… y eso es todo. Una cosa tras otra. Sin horizonte. El maestro zen siempre se encuentra en donde está. Como una vaca —y no lo digo en un sentido peyorativo. Pues la vaca tiene suficiente con el agua que sacía su sed. No hay más. Nada que ver con la angustia de fondo de quien no termina de hallarse en su presente.

Así, en cada caso lo que nos saca de quicio no es lo mismo. En el caso del paganismo, el palo entre las ruedas, el inconveniente, el desajuste. De lo que se trata es de reparar. Para el budismo zen, el ruido del mundo, la distracción, el neguit de quien ignora de qué va el juego. Israel, sin embargo, no duerme ante la injusticia histórica: qué vida pueden esperar aquellos que murieron antes de tiempo a causa de nuestra impiedad. Y este es un interrogante cuya respuesta no es una solución.

Con todo, las diferencias tampoco es que sean tan nítidas. Los límites son borrosos. Y es que, por ejemplo, Israel también tiene su momento zen, como quien dice. Me refiero al momento del heme aquí, aquel en el que el creyente topa con el non plus ultra de la realidad divina, la que se revela, precisamente, como oscuridad y silencio. Desde la óptica pagana, el equivalente sería el momento de la muerte. De ahí que la espiritualidad pagana gire en torno al memento mori y, en definitiva, a la experiencia de la caducidad. Sea como sea, en estos momentos, somos de una pieza.

El aire de familia es innegable. Ahora bien, las diferencias también saltan a la vista… si no sufrimos miopía. Y es que lo decisivo es qué hacemos una vez nos hemos dado de narices con el muro. No es exactamente lo mismo en cada caso.

Dios y la metáfora

agosto 11, 2025 § Deja un comentario

No hay reducción conceptual que valga a la hora de incorporar el acontecimiento originario o, mejor dicho, el hecho de encontrarnos esencialmente expuestos al mismo. Tan solo cabe la metáfora, un como. Así decimos: existir es vivir como arrancados. O como náufragos.

Llama la atención, sin embargo, que dichas metáforas apunten a lo que, en el día a día, es excepcional. De hecho, la metáfora a la que recurrimos a la hora de comprender en qué consiste la vida que nos ha tocado en suerte no es la del naufragio, sino la del viaje. Ulises regresó a Itaca, aunque transformado. Abraham, en cambio, partió sin saber adónde. Esto es, sin un mapa que pudiera orientarlo. Tan solo tuvo fe. Como el náufrago que, agarrado a un tablón, espera, despojado de cualquier expectativa, que alguien lo recoja o que la corriente le arrastre a tierra firme.

preexistencia

agosto 10, 2025 § Deja un comentario

Ciertamente, el teologúmeno de la preexistencia del Hijo se presta a malentendidos… los cuales tienen que ver con una lectura literal del prólogo del cuarto evangelio, el cual posee, sin duda, un carácter mítico. Pero una lectura literal del mito es, precisamente, lo que no debemos hacer. Y no porque exija una interpretación —no porque el mito, diciendo lo que dice, pretenda decirnos algo muy distinto. El mito no remite a ningún hecho… aun cuando no pueda evitar recurrir a la narración. En tanto, que apunta a una realidad anterior a los tiempos, en el mito no puede haber hechos que valgan —y, por tanto, lo verigiquen. Nada sucedió antes de que hubiera un presente. Pero una lectura espontánea del mito, inevitablemente, se interrogará sobre los hechos que correspondan a sus enunciados.

Ahora bien, que nada sucediera significa que sucedió la nada. En el fondo, el mito, en tanto que se dirige al origen de cuanto es —y teniendo en cuenta que dicho origen, por defecto, no puede pertenecer al mundo al que da pie— , tiene que enfrentarse a lo que es no siendo aún nada. Sin embargo, esto significa que la negación de sí es inherente a la nada. Literalmente, la nada no es nada. Y por eso mismo hay lo que hay. Ex nihilo.

La expresión teológica de esta especulación surge de inmediato. Si Juan escribe lo que escribe es porque, de algún modo, intuye que el Hijo, desde el principio, es el envés de la negación de sí del Padre. La Encarnación no fue una decisión que Dios tomase en un momento dado… como quien decide bajar al sótano para reparar una cañería suelta. De hecho, defenderlo supondría caer, de nuevo, en el docetismo y sus variantes. Dios, en sí mismo, es su kenosis. Por consiguiente, al principio era la Palabra, y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios. De ahí que el de Nazaret no fuera una representación, entre otras, del Hijo, sino el Hijo. Dios en sí aún no es nadie sin el cuerpo que, abandonado de Dios, se abandona a Dios. En el abandonado de Dios que se abandona a Dios se revela que Dios en sí es el sacrificio de Dios. Por este motivo, Dios es más que Dios, a saber, cuerpo de Dios. Y por eso mismo, alguien.

El mito da que pensar, decía Ricouer. Y, en cierto modo, es así. De hecho, es lo que hemos estado haciendo, aunque sea torpemente, al escribir estas líneas. Pero este pensar no se resuelve en una traducción. El mito está bien como está. Solo hace falta aprender a leerlo bien. Pero esto es, precisamente, lo difícil.

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