la falsedad
noviembre 26, 2025 § 1 comentario
Dijo Adorno: todo lo empírico es falso. Pero ya lo dijo, también, Platón —y qué no dijo. Y si esto es así —que lo es—, entonces ¿cómo es que aún vivimos como si lo habitual fuese la norma —como es seguimos siendo los reos de las apariencias? Qué difícil incorporar, caer en la cuenta, temblar de vértigo… Será que hay verdad, pero no para nosotros. Para nosotros, el atisbo.
la religión y lo sagrado
noviembre 24, 2025 § 1 comentario
Es posible que retorne la religión. De hecho, ya está regresando. Lo que no volverá será lo sagrado. Para ello, haría falta que aún conservásemos unas dosis de temor y temblor.
Heidegger y la muerte
noviembre 23, 2025 § Deja un comentario
Para Heidegger, si no lo he entendido mal, encarar la muerte es encarar el nada más, un hasta aquí. Y ante la muerte sobran los como si —sobra decir, por ejemplo, “como si el ángel viniera a buscarme”. La muerte sería lo más real, en tanto que inalterable.
Sin embargo, en el hasta aquí ¿no hay también unas dosis de para mí — de como si? Como si fuera un hasta aquí. Pues, podría darse el caso, que la muerte fuese una frontera. Ahora bien, comprender a Heidegger significa caer en la cuenta de que, incluso en el más allá, existir continuaría siendo un enfrentarse a la posibilidad de la nada. La muerte es, al fin y al cabo, una metáfora de este enfrentarse. Al menos, porque la nada permanece agazapada en la negación de sí que le es inherente, en definitiva, en todo cuanto pasa. De hecho, si en el más allá no nos enfrentásemos a esta paradójica posibilidad, entonces eso ya no tendría que ver con nosotros, sino con la cosa en la que nos habríamos convertido.
Levinas y la muerte
noviembre 19, 2025 § 1 comentario
Dice Levinas: La muerte me amenaza desde el más allá. Este desconocido que asusta, el silencio de los infinitos espacios que aterrorizan, viene del otro, y esta alteridad, precisamente como absoluta, me golpea en un diseño malvado o en un juicio de justicia. (…) Este enfoque de la muerte indica que estamos en relación con algo que es absolutamente diferente, algo que lleva la alteridad no como una determinación provisional que podemos asimilar a través del disfrute, sino como algo cuya propia existencia está hecha de alteridad. Por lo tanto, mi soledad no se confirma con la muerte, sino que se rompe con ella.
Aquí, me atrevería a decir, sobra el algo. Pues sugiere entidad. Y lo Otro, por defecto, es lo que quedó absuelto de la existencia. De ahí su carácter, precisamente, absoluto. Ciertamente, tras morir, podemos encontrarnos con algo . Pero, en ese caso, lo Otro habría dado, de nuevo, un paso atrás. La alteridad, en cuanto tal, no habita ningún mundo. Ni siquiera el sobrenatural. Pues lo sobrenatural sigue siendo todavía demasiado natural, aun cuando inicialmente nos sorprenda, como para que podamos hablar de una genuina trascendencia. Si lo Otro es diferente no es porque tenga rasgos extraños, sino porque carece de rasgos… al diferir eternamente de lo particular. Es lo siempre pendiente en nuestro trato con el mundo. Aunque hay mundo… porque lo Otro retrocedió a un pasado inmemorial. Como dijera Hegel en su momento, nada más real que lo abstracto. Y aquí hay que tener en cuenta que lo abstracto, en este caso, no es el resultado de nuestra abstracción.
Sin embargo, Levinas también escribe lo siguiente: En el ser para la muerte del miedo no me enfrento a la nada, sino a lo que está en mi contra, como si el asesinato, en lugar de ser una de las ocasiones de morir, fueran inseparables de la esencia de la muerte, como si el acercamiento de la muerte siguiera siendo una de las modalidades de la relación con el Otro. La violencia de la muerte amenaza como una tiranía, como si procediera de una voluntad extranjera. El orden de necesidad que se lleva a cabo en la muerte no es como una ley implacable del determinismo que rige una totalidad, sino más bien como la alienación de mi voluntad por el Otro . (…)En la muerte somos capturados sin la posibilidad de tomar represalias contra nuestro atacante. Estamos expuestos a la violencia absoluta, al asesinato en la noche.
Más aún: no es solo que existan aventuras imposibles para el sujeto, que sus poderes sean de alguna manera finitos; la muerte no anuncia una realidad contra la que no se pueda hacer nada, contra la cual nuestro poder es insuficiente: las realidades que exceden nuestra fuerza ya surgen en el mundo de la luz. Lo importante de la aproximación de la muerte es que en cierto momento ya no podemos ser capaces. Es exactamente así como el sujeto pierde su dominio como sujeto .
Son textos extraordinarios. Mi única pregunta es si esto es así o si deviene así al decirlo. Y uno está tentado de decantarse por lo segundo. En realidad, no hay modo de determinar si es o no así, tal y como lo expresa Levinas. Pues la determinación ya implica un como o, mejor dicho, un como si: como si estuviéremos expuestos a una violencia absoluta, al asesinato en la noche. Levinas, de hecho, tampoco se ahorra el como si: como si procediera de una voluntad extranjera. Y probablemente fuese muy consciente de que no hay manera de ahorrárselo… si se trata de incorporar —literalmente, de hacer cuerpo de— nuestro hallarnos comprometidos con nuestra muerte. Es como si Levinas nos dijera: así vivo mi hallarme expuesto a la muerte. Ciertamente, entramos aquí en el terreno de lo imaginario… y, por eso mismo, de lo variable: como si hubiera un ángel de la muerte. A pesar de que el empleo del verbo ser insinúe que hemos golpeado el tuétano de lo real.
En este sentido, Heidegger fue más aséptico —más griego. Que vivamos arrojados a la muerte como si el ángel viniera a por mí no deja de ser un modo de hablar. Dar en el tuétano de lo real —de lo inmodificable— supone abandonar los modos de hablar, los que constituyen precisamente un mundo, el para mí, la perspectiva. Ante lo real no hay enfoque que valga. Y esto porque decir lo real es decir nada, esto es, enmudecer. Hallarse expuestos a la muerte es hallarse expuestos, precisamente, al enmudecimiento que pro-voca la nulidad —el nada más. Y aquí solo caben dos reacciones, llamésmolas actitudes: o serenidad, o desesperación.
No obstante, uno podría preguntarse si en Heidegger, el sujeto no estará aún demasiado centrado en sí mismo como para dar fe de lo real en cuanto absoluto. Es decir, si el descentramiento de sí que supone el encarar lo real no exigirá, paradójicamente, los como si .
tipología básica
noviembre 17, 2025 § Deja un comentario
En lo relativo a las relaciones humanas, hay dos tipos de mujeres como hay dos tipos de hombres. Quienes, de tan centrados en sí mismos, únicamente se interesan por cuanto puedan (re)tener, desde el éxito hasta una pareja; y aquellos que buscan a alguien —el encuentro, la intimidad, el desconcierto, la aparición. Si somos de los primeros, entonces no habrá más que satisfacción y resentimiento, no necesariamente a partes iguales. Si de los segundos, la vida se vuelve interesante, densa, incomprensible. Y probablemente, no nos podrá el dolor. También es verdad que las fronteras entre ambos tipos son borrosas. Pero también lo es que uno suele pesar más en cada uno de nosotros.
Ahora bien, de lo que se trata es de no equivocarse. Pues, de pertenecer al segundo tipo, que las cosas nos vayan bien, desgracia al margen, dependerá de que no la caguemos con la elección. Y es fácil cagarla. Al menos, porque los del primer tipo, al dedicarse en cuerpo y alma a sí mismos, suelen brillar más.
una breve
noviembre 16, 2025 § Deja un comentario
Quizá Nietzsche no cayó en la cuenta de que la voluntad de poder, en tanto que el hombre deviene su títere, es un perfecto sustituto de Dios. Como acaso tampoco comprendiera que Dios en verdad es la kenosis de Dios.
nihilismo metafísico
noviembre 15, 2025 § Deja un comentario
El nihilismo metafísico no es el de Nietzsche. A pesar de que su formulación aún es metafísica como supo ver Heidegger. El nihilismo de Nietzsche parte de la decepción: creímos que tenía que haber un sentido; pero cualquier sentido se nos presentó como un trampantojo. No hay más que entes en pugna. Se trata de un nihilismo moderno, como quien dice —y por eso mismo, fácil. Descartes puso la primera piedra. Pues donde el cogito deviene primer principio, Dios —el Dios demostrado — no puede más que comprenderse como la eternidad que limita la finitud temporal del cogito. Y de ahí a sustituir la voluntad de Dios por la voluntad de poder media un paso.
El nihilismo metafísico, en cambio, es más sutil —y, por eso mismo, acaso más desconcertante o, incluso, audaz. Pues, al constatar el carácter paradójico, por dialéctico, de lo absoluto de un puro haber —y, por eso mismo, sin forma—, tarde o temprano, alcanzará la revelación que nos deja expuestos a una desmesura sin apelación: nada permanece porque la nada no es.
En el nihilismo de Nietzsche, aún hay demasiado saber —y un saber positivo, por no decir, positivista— como para enfrentarnos seriamente al rechazo de Dios. Y ello en nombre del Dios del séptimo día. El baile de Dioniso, de hecho, es una maniobra de despiste. Pues sigue despistado quien cree que, simplemente bailando, sea sobre un campo de amapolas o sobre una pira de gaseados, uno ya se encuentra abrazando la nada. O por encima. Y no porque ignore algo así como un sentido último, sino porque todavía no cayó en la cuenta de que negar la nada —enfrentarse a ella con las armas de la Ley que nos obliga a preservar la vida de la impiedad— es, precisamente, una exigencia inherente a la nada de un puro haber.
la pregunta es la respuesta
noviembre 14, 2025 § Deja un comentario
La filosofía moderna nace del truco del trilero, aquel que consiste en sustituir la pregunta sobre lo real, en su carácter otro o absoluto, por la de la certeza. En el caso de la filosofía clásica, el punto de partida —lo que que no se discute, el axioma— es el haber. Sencillamente, hay el haber. En el de la moderna, la representación, el contenido mental. Aparentemente estamos ante un paso inocente. Pero no lo es.
Y es que la pregunta lleva bajo el brazo la respuesta —y una que altera significativamente la comprensión de sí. La trampa consiste en presentar como conclusión del ejercicio metódico de la duda lo que, al fin y al cabo, se presupone, la centralidad del cogito. Es lo que tiene que la primera pregunta sea la que se interroga sobre la certeza de nuestras representaciones del mundo.
En cambio, donde el punto de partida es el haber del mundo, el sujeto se comprende a sí mismo como el que se encuentra expuesto a la desmesura de un puro haber. No es exactamente lo mismo. De ahí que, en la antigua Grecia, el asombro, antes que la sospecha, fuese la actitud de quien aspira a la verdad.
Ludwig y Piero
noviembre 13, 2025 § Deja un comentario
A veces, el edificio se derrumba por un simple comentario… lo que suele avergonzar al arquitecto. Durante un tiempo, Ludwig Wittgentein estuvo convencido de que el lenguaje, una vez expurgado sus ambigüedades, reflejaba la estructura lógica de la realidad… como puede hacerlo una maqueta. Esta es, de hecho, la tesis del Tractatus. El economista Piero Schaffra, en una conversación que mantuvieron en Cambridge, se limitó a plantearle la siguiente pregunta: “pero ¿cuál sería la forma lógica de eso?” Wittgenstein, tras el comentario, tiró la toalla. Y si la tiró fue porque aceptó los límites del idealismo implícito de su propuesta. De haber leído a Kant, probablemente su respuesta habría sido que no es posible responder a esta pregunta.
Ciertamente, caben dos posibles respuestas. La primera es, precisamente, de corte kantiano: la forma lógica de la realidad es la que impone el lenguaje; por consiguiente, no hay forma de acceder al en sí al margen de las condiciones de posibilidad del conocimiento. La segunda, en cambio, nos empuja hacia Grecia. En concreto, hacia Platón. Es verdad que, donde el ego cogito deviene principio y fundamento del saber, Kant es el final. Sin embargo, otro gallo nos canta donde partimos del haber: hay el haber. Y aun cuando sea indiscutible que el haber en cuanto tal no se presenta al pensamiento bajo las formas de cuanto posee entidad —ni puede hacerlo—, también lo es que en cierto sentido hay el haber. La cuestión es en qué sentido. Ahora bien, una vez nos hacemos la pregunta, tarde o temprano, llegaremos a la conclusión de que el haber en cuanto tal —lo absoluto o absuelto del mundo— es, pero no existe; que la realización de lo absoluto exige su negación de sí. Hablamos, como es obvio, del sesgo dialéctico de la razón y, por eso mismo, de lo real.
Es posible que Hegel comprendiese mejor a Platón que muchos de sus comentaristas. Donde intentamos comprender el en sí desde el lado del sujeto, este en sí deviene el límite del conocimiento, la ignotum X de la experiencia. Pero donde intentamos comprender el en sí desde su lado, la conclusión será que si hay algo en vez de nada es porque (la) nada permanece… en la negación de sí que le es inherente, lo que, de hecho, nos deja en un estado de suspensión. O, por decirlo de otro modo, expuestos a la irresolución del mundo.
Fascinante.
excusas
noviembre 11, 2025 § Deja un comentario
¿El nihilismo? La excusa para que el nihilista se ponga a bailar. O para seguir comprando. Otro asunto es el nihilismo bíblico. Aquí, el nihilista tiene las manos encallecidas de cavar pozos para los sedientos. Y ello en nombre de Dios. Esto es, en su lugar. Ciertamente, ante Dios, nos hallamos sin Dios. Pero, por eso mismo, enfrentados a Dios… esperando, contra toda evidencia, que, al final, la gracia no vaya de la mano del horror.
Pluto nunca tuvo las espaldas anchas (addenda)
noviembre 9, 2025 § Deja un comentario
Vamos a proponer algunas notas al pie, por aquello de seguir pensando.
1— Hay lo real en sí —lo absoluto. Porque hay el haber de las cosas, hay el haber en cuanto tal —el puro haber. Este es independiente de su realización o modo. Ahora bien, esto significa que el puro haber carece de forma. ¿Cómo entender que el puro haber sea… sin tener ningún aspecto? Y es que nada es que no posea una forma o aspecto—que no sea en concreto. ¿Cómo podemos decir, entonces, que el puro haber es no siendo nada? ¿Acaso podríamos sostener que es… aun cuando no exista?
La respuesta pasa por tener en cuenta que el hecho de que nada sea al margen de su forma o aspecto implica que no hay nada real que no se realice en lo concreto o particular. Por consiguiente, la cuestión de fondo sería ¿cómo se realiza lo absoluto de un puro haber? Decíamos: el puro haber, en sí mismo, es no siendo nada. Se trata de pensar esta fórmula hasta el final.
El puro haber no es nada en concreto. Pero, en cierto sentido, es. ¿De qué estamos hablando entonces? La respuesta es que la realidad del puro haber, en cierto sentido, es la de lo posible. Sin embargo, debemos aclarar en qué sentido hay lo posible. Pues no se trata de lo que aún no existe, pero que, en tanto que concebible, podría existir… como podemos decirlo, por ejemplo, de la representación mental de un unicornio. El carácter posible de lo absoluto no es pensable como contenido mental. Pues el haber es lo absolutamente primero. O por decirlo con otras palabras, que podamos concebir lo que aún no existe —el unicornio de antes, por ejemplo— presupone el haber. Ahora bien, tampoco es que primero haya el haber y, posteriormente, el haber de las cosas. El puro haber, en sí mismo, no es nada. De ahí que la relación entre el haber en cuanto tal y el haber de las cosas solo pueda comprenderse como las dos caras de lo mismo. No hay realidad que no se realice. Por tanto, el haber de las cosas es la realización del haber… es decir, la realización del no es nada del haber.
La nada no es. De acuerdo. Sin embargo, el puro haber es no siendo nada. De otro modo, es… que no (sea nada). La realidad del puro haber —lo absoluto— debe comprenderse, por consiguiente, como la negación de sí de la nada. Esta negación —el acto originario, algo así como un big bang metafísico— abre el campo de lo posible, es decir, del mundo. En definitiva, se trata de comprender que la realización de lo real absoluto —del puro haber— pasa por su negación de sí, por el retroceso o paso atrás de, precisamente, lo real absoluto. El haber del puro haber es el de una negación de sí en la dirección de lo otro de sí mismo: la perspectiva, lo particular o relativo. En definitiva, en la dirección del tiempo. El tiempo es el otro lado de la negación de sí inherente a lo absoluto. Pues tiempo significa nada permanece. Y, ciertamente, la nada permanece en su realización como mundo —en lo que, precisamente, la niega.
¿Qué tiene que ver lo anterior con la tesis de que el Bien, según Platón, sea lo más? Veamos. La nada no es… ni puede ser. Consecuentemente, la nada del puro haber —el que sea no siendo nada— equivale a debe ser algo, en definitiva, al Bien. Pues el Bien es lo que debe ser o acontecer. Así, porque el puro haber carece de forma o modo de ser, Platón dirá aquello de que el Bien — en nuestros términos, el puro haber— se encontrará, como quien dice, más allá de la esencia. Y teniendo en cuenta que referirse al Bien equivale a referirse al ser en cuanto tal, ser y deber ser —lo real en sí y la exigencia de realización— son dos caras de lo mismo.
Sin embargo, que el Bien o absoluto carezca de esencia —que sea poder de ser— ¿significa que todo es posible? No, estrictamente. Que el Bien esté más allá de la esencia —del modo de ser— no implica que carezca de definición. En realidad, el Bien es idea. Y sI hay definición es porque hay exclusión. Pero la definición del Bien o lo absoluto no es como cualquier otra. Esto es, no delimita una porción del mundo frente a otra —por ejemplo, los animales frente a los vegetales. ¿Qué excluye, por tanto? La respuesta es simple: la contradicción, la nada. De hecho, esta exclusión es el envés de la doble negación.
No obstante, esta exclusión preserva lo que excluye. Tampoco podría ser de otro modo si el mundo es la realización de la nada de un puro haber —de la realización que consiste en su negación de sí. Así, el puro haber —su nada—permanece como lo que fue dejado atrás en el aparecer del mundo. Y esto es, como decíamos, el tiempo.
2— Que lo que debe ser —el Bien— sea que lo que debe ser nunca sea por entero ¿acaso no implica que nuestra aspiración a lo inmaculado sea un error de perspectiva, una ilusión optica? ¿No deberíamos, por el contrario, aceptar que nunca habrá luz sin oscuridad? Un mundo en donde todo fuese bien-estar ¿no sería irreal?
De hecho, intentamos que haya más luz que oscuridad —más justicia que injusticia. ¿Cómo entender esta intención? ¿Acaso solo tiene que ver con nosotros —con nuestras preferencias? Ciertamente, para que en el mundo haya bien, juisticia, belleza… tiene que haber mal, injusticia, fealdad. La cuestión es en qué grado. Ahora bien, el grado no se decide en relación con el Bien, que está, como ya dijimos, más allá de la esencia, sino en relación con una de sus focos, el bien modélico o ejemplar, el cual se encuentra culturalmente determinado. Podríamos decir que el bien modélico es perspectiva del Bien. Y, al menos de entrada, estamos atados a la perspectiva.
Algo parecido podríamos decir en relación con la Belleza, la cual, según Platón, es otro modo de referise al Bien. Como dijimos, lo bello absoluto es lo que, reclamando poderosamente nuestra atención, nos paraliza. Pero, como también dijimos, aquí cabe tanto la diosa como el monstruo. Y por eso mismo, una diosa nunca termina de serlo… al igual que el monstruo. Si intentamos aproximarnos a la diosa y huir de lo monstruoso es porque, al fin y al cabo, el cuerpo va en la dirección de lo saludable, por así decirlo, no en la de la verdad.
parodia
noviembre 8, 2025 § Deja un comentario
Las cosas que buscamos no se encuentran donde están. Y están ahí, a mano.
Hegel y la teología
noviembre 7, 2025 § Deja un comentario
Suele decirse —y en cierto modo es así— que el pensamiento de Hegel es teología cristiana en clave racional. Sin embargo, también podríamos decir que la teología cristiana es el ejercico de la razón en clave mítica —o metafísica como ontoteología. No en vano Platón —mejor dicho, el último Platón— ya lo dijo todo.
Sin embargo, lo que no vio Platón fue que el envés de Dios como posibilidad de Dios —como su poder de ser— era su encarnación.
epistemología y crítica a la metafísica
noviembre 4, 2025 § Deja un comentario
La crítica de la metafísica —a saber, de la reflexión que apunta a lo que, en tanto que fundamento de cuanto es, se encuentra, por así decirlo, más allá del ente y, por eso mismo, coquetando con la nada— solo fue posible donde la cuestión primera pasó a ser, no ya cómo es que hay algo en vez de nada, sino cómo es posible el conocimiento. Esto es, donde la certeza de ego cogito desplazó la primacía, tanto ontológica como epistemológica, del haber. De ahí que el empirismo, siguiendo el rastro del nominalismo medieval, pudiera defender la tesis de que la sustancia —el lo que de lo que se manifiesta o hace presente— no es más que un constructo de la mente, el resultado de determinadas operaciones mentales.
Eppur si muove. Quiero decir que incluso Descartes tuvo que admitir que no es posible afirmar la primacía epistemológica del ego cogito si no es admitiendo la primacía ontológica de una pura exterioridad. Y es que el envés de la limitación temporal de la certeza de sí —el mientras del mientras pienso— es lo que hay más allá de, precisamente, dicha limitación. Aunque este lo que sea el de un simple afuera.
Pluto nunca tuvo las espaldas anchas (y 3)
noviembre 3, 2025 § Deja un comentario
Al emplear la palabra idea Platón no pretendió darnos a entender que lo que ejemplificaban los cuerpos bellos o las decisiones justas sea simplemente una noción o concepto mental. Hay cuerpos bellos porque hay belleza y no tan solo una definición de diccionario o un patrón mental, culturalmente establecido. En esto, Platón se opuso a los sofistas.
Nadie niega que si cabe discutir sobre lo bello, lo justo, el bien… es porque las diferentes sensibilidades u opiniones acerca de lo justo, bello, bueno… comparten una misma definición de la belleza, de lo justo o de lo bueno. De hecho, se discute sobre lo justo, bello, bueno… Para los sofistas, no obstante, la definición, y debido a su carácter formal o vacío de contenido, no remite a nada real. Se trata simplemente de definiciones que van con el ejercicio de la razón. Y, por eso mismo, poseen un alcance general. Demasiado general. Así, sería irracional decir, como señalaba en la entrada anterior, que lo justo fuese darle a cada uno lo que no se merece. No hay modo de sostener que esto último sea una concepción particular de lo justo. Sin embargo, de la definición formal de lo justo —darle a cada uno lo que se merece— no se desprende qué se merece cada uno. Y de ahí que discutamos a menudo sobre lo justo.
Por consiguiente, la definición de lo justo , y debido, precisamente, a su carácter meramente formal, no supone, según los sofistas, que haya algo así como la justicia. Tan solo las leyes o decisiones que consideramos, convencionalmente, justas… conforme a una determinada sensibilidad. No hay hechos —decisiones o leyes objetivamente justas— a los que podamos referirnos a la hora de zanjar de una vez por todas nuestras disputas en torno a lo justo… como sí cabe apelar a los hechos cuando discutimos sobre si el líquido que hay en el vaso es agua o ginebra. De ahí que nuestras disputas sobre los asuntos político-morales sean interminables.
Platón, en cambio, sostuvo que, aun cuando, efectivamente, no haya decisiones o leyes indiscutibles justas, hay justicia… por encima de las decisiones más o menos justas. O belleza por encima de los cuerpos bellos. Las ideas no son simplemente definiciones formales… que nos permiten discutir sobre lo justo, lo bello, lo bueno. Sin embargo, lo que no dirá es que haya la justicia, la belleza, el bien… flotando por encima de nuestras cabezas como entes espectrales, aunque, a veces, una lectura despreocupada de sus primeros diálogos, la que encontramos en muchos manuales, nos dé a entender que es esto lo que dijo Platón. Más bien, lo que defendió, y frente a la sofística, es que referirse a lo real en sí mismo equivale a referirse a lo justo, lo bello… en definitiva, al Bien —a lo que debe ser. De ahí que la idea —el en sí— posea un carácter normativo o, en los términos de Platón, paradigmático.
Así, lo justo es, en sí mismo, exigencia de lo justo. Al igual que, en sí mismo, lo bello es exigencia de lo bello. El haber de lo justo equivale, por tanto, a debe haber lo justo. El haber de lo bello, a debe haber lo bello. Es por eso que tradicionalmente la idea se ha entendido también como ideal. Sin embargo, conviene subrayarlo, se trata de un ideal.. sin aspecto, de una pura exigencia. Y es que el aspecto implica concreción. Los ideales de justicia o belleza culturalmente determinados ya suponen una delimitación particular de la exigencia absoluta de lo justo o lo bello. Por encima de los patrones culturales de justicia o belleza, sigue habiendo las ideas de justicia o belleza, esto es, el en sí de lo justo o bello. Como vimos en la entrada anterior, lo único que excluye las ideas de lo justo o lo bello… es la contradicción, lo imposible, al fin y al cabo, la nada. Y en cada caso, respectivamente, lo imposible, por ininteligible, es que debamos darle a cada uno lo que no se merece o que haya lo que, no exigiendo nuestra atención, nos paralice.
En términos generales, podríamos decir que el en sí —lo real al margen de su realización— sería exigencia… de realización. De ahí que, según Platón, el debe ser —el Bien— y el en sí de cuanto es en tanto que es —el Ser— sean dos caras de lo mismo. En el esquema de Platón, la idea de Bien, como sabemos, es la idea suprema, aquella de la que participa cuanto existe. O por decirlo con otras palabras, la realidad en su carácter otro o absoluto —el ser en cuanto tal— es exigencia de ser algo en particular. Podríamos decir que lo absoluto es únicamente exigencia de hacerse presente. O, puesto que todo se hace presente en relación con un punto de vista —esto es, relativamente—, la exigencia inherente a lo absoluto es la de una negación de sí. Hay lo absoluto. Pero lo absoluto es negación de sí. Y por eso mismo, hay lo que hay, a saber, mundo. Veamos esto último con más calma.
Exigencia es, por defecto, posibilidad. Ahora bien, posibilidad, en griego, significa poder de ser, poder de realización, en definitiva, deber ser. Así, lo real, al margen de su realización, es un tener que realizarse. De ahí que nada es que no se haga presente. Y, por eso mismo, no se trata de una posibilidad que sea temporalmente anterior a su realización. Pues de serlo, entonces sería algo, aunque fuese etéreo o espectral. Y no lo es. No obstante, comprender de qué estamos hablando en última instancia supone reflexionar sobre qué significa decir que la nada no es. Y a partir de ahora la zona se vuelve pantanosa. Más aún.
El punto de partida es que hay cosas —hay lo que podemos ver y tocar. Así, lo que tienen en común las cosas que hay es, precisamente, el haber. Interrogarse por lo real al margen de su realización equivale, por tanto, a interrogarse por el haber en cuanto tal —por el puro haber. Sin embargo, el puro haber —el en sí de lo que hay en tanto que es— no es nada en concreto. De enfrentarnos a un puro haber, si eso fuera posible, nos enfrenteríamos a la nada —a una oscuridad y silencio absolutos. Ahora bien, la nada no es nada. ¿Cómo integrar que el ser —el en sí absoluto— sea poder de ser con que la nada de un puro haber no sea, precisamente, nada?
La respuesta es lógica —y no puede dejar de serlo… teniendo en cuenta que razón y ser son lo mismo. Veamos. Porque hay el haber de las cosas hay el haber en cuanto tal. Pero el haber en cuanto tal —el puro haber, el en sí de cuanto es en tanto que es— no es nada. Como decía en la entrada anterior, oscuridad y silencio absolutos. Podríamos decir que el puro haber es no siendo nada. Ahora bien, que la nada de un puro haber no sea nada entraña una doble negación. (La) nada no es, el puro haber no (es nada). Y una doble negeción equivale a una afirmación. Que el puro haber sea no siendo nada significa, por tanto, que tiene que haber algo. El poder de ser es inherente, como decía, a que la nada no pueda ser. La clave de este embrollo pasa por comprender que el poder ser es interno a que el puro haber sea no siendo nada. En este sentido, podríamos decir que la negación de sí es inherente al puro haber —a su nada. El puro haber —el en sí de lo que es en tanto que simplemente es o está ahí— es exigencia de realizarse como haber de las cosas, de lo particular. Hay mundo —hay el haber de las cosas— porque la nada de un puro haber es negación de sí —y, consecuentemente, poder de ser. O por jugar significativamente con las palabras: el puro haber en absoluto es. Es decir, en modo alguno es. Y por eso mismo, es absuelto del mundo. La trascendencia de lo absolutamente otro es el envés de su negación de sí.
No obstante, y por seguir desliando la madeja, que el fundamento del mundo sea la negación de sí de la nada de un puro haber —de lo que es absolutamente— implica que (la) nada termine de ser. Que la nada de un puro haber se realice como negación de sí significa que el haber de lo que hay no acabe siendo un puro y eterno haber. Nada permanece. Es decir, la nada permanece en su negación de sí. Y esto es el tiempo: la realización de la nada como algo que pasa.
Al final, el resultado de la reflexión extrema es tan elemental que cuesta comprenderlo. ¿Por qué hay algo en vez de nada? Porque la nada no es.
Pluto nunca tuvo las espaldas anchas (2)
noviembre 2, 2025 § Deja un comentario
Las cosas siempre se nos presentan bajo una forma o aspecto. Esta forma o aspecto es un modo de ser, literalmente, una determinada realización —un cierto hacerse presente— de lo que es.
Así, el modo o la forma de ser difiere de aquello que constituye, precisamente, su modo. Hay un hiato —una discontinuidad— entre lo que se hace presente y el modo —el aspecto, la forma— en que se nos muestra o aparece. De ahí que el lo que de lo que se hace presente —el en sí— carezca de forma. Y sin forma, no hay entidad.
En cierto sentido, podríamos decir que el ser —lo real con independencia de su realización, esto es, en tanto que lo otro— trasciende el modo de ser, su realización como algo determinado o cosa. Por eso mismo, la “realidad” del en sí se revela al pensamiento como abstracta, esto es, como abstraída —separada— de lo concreto. El término tradicional que apunta al carácter abstracto de lo real al margen de su realización es absoluto. Pues absoluto significa, originariamente,absuelto. Así, lo real, al margen de su realización, sería lo absuelto del mundo… y, en definitiva, de la existencia. Y es que tan solo existe lo concreto o particular. Podríamos decir que lo absoluto es no siendo nada. Ahora bien, ¿cómo es posible que sea lo que carece de forma y, por eso mismo, no existe? ¿Cómo entender que lo absoluto sea no siendo nada… si es que cabe entenderlo?
Según Platón lo real, al margen de su realización en lo concreto o particular, es idea. Sin embargo, regaríamos fuera de tiesto si entendiéramos que, en Platón, idea significa contenido mental. Pues, si la idea fuese en primer lugar un contenido mental, la pregunta sería qué realidad se corresponde con la idea de ser. Y esta no es la pregunta de Platón, sino la de la filosofía moderna. El término idea apunta, por consiguiente, al carácter abstracto o absoluto de lo real en sí. El punto de partida no es el contenido mental —las representaciones de la conciencia—, sino el haber: hay el haber de lo que hay. De lo que se trata es, precisamente, de pensar en qué consiste —si es que posee alguna consistencia— lo real independientemente de su modo de ser, al fin y al cabo, la consistencia de lo absoluto —de la idea. Esto es, qué sería el haber en cuanto tal, al margen del haber de las cosas.
Dando por sentado que lo real es lo que se hace presente de un modo u otro, podríamos empezar preguntándonos qué se hace presente, por ejemplo, en un cuerpo bello, en tanto que bello. La respuesta, sin embargo, es elemental: lo que se hace presente en un cuerpo bello, en tanto que bello, es la belleza. Así, lo real de los cuerpos bellos, en tanto que bellos —el lo que de lo que se hace presente en todo cuanto se nos presenta como bello—, sería, precisamente, la belleza. Ahora bien, la belleza que los cuerpos bellos muestran no les es inherente o propia. Si lo fuera, entonces los cuerpos bellos serían siempre bellos —o bellos desde cualquier punto de vista, esto es, absoluta o incondicionalmente bellos, en vez de relativamente bellos. Pero no es el caso. No hay cuerpo bello que lo sea siempre o desde cualquier punto de vista. En general, nada nunca por entero. Al fin y al cabo, todo se encuentra sometido al tiempo: todo pasa, todo va dejando de ser… como la sal que se disuelve en el océano. Y cuanto no es por entero, estrictamente, no es.
Por eso mismo, Platón dirá que los cuerpos bellos participan de la belleza que representan o realizan. De ahí que los cuerpos bellos sean aparentemente bellos. Y lo son en un doble sentido. Así, son aparentemente bellos porque en los cuerpos bellos aparece, ciertamente, la belleza. Pero también son aparentemente bellos, porque en realidad no lo son. Pues la belleza tan solo se muestra en ellos hasta cierto punto o medida, esto es, nunca por entero o absolutamente. Y, como decíamos, lo que no termina de ser, estrictamente, no es. Nadie diría, por ejemplo, de alguien que no acaba de ser simpático que, efectivamente, lo sea. Es verdad que cualquier simpático nunca termina de serlo. Sin embargo, decimos que lo es cuando su simpatía es más frecuente que su contrario. Al fin y al cabo, un simpático, en cualquier caso, se muestracomo si fuera simpático. Dejarse llevar por las apariencias supone confundir lo que es con el como si fuera. Estas poseen, por tanto, un carácter ambivalente —un sí, pero no. Y de ahí el término participación. A la hora de aclarar lo que significa participar, Platón recurrirá a un símil: las cosas son como copias imperfectas de la realidad que representan o realizan.
Aun así, la pregunta fundamental sigue en pie: ¿cuál es la consistencia de la belleza, al margen de su realización en los cuerpos bellos? ¿Qué sería la belleza en sí misma? ¿Cuál sería su esencia, un término que hizo fortuna en el pensamiento occidental como equivalente a idea? En definitiva, ¿qué cabe decir al respecto? La respuesta típica es que la idea es su definición, la cual, según la interpretación habitual de Platón, estaría en su mundo, como si se tratase de un ente espectral. En el caso de la belleza, lo que podríamos decir es que, en cuanto tal, es lo que, reclamando poderosamente nuestra atención, nos paraliza.
Sin embargo, la definición de belleza no es, contra lo que inicialmente pudiéramos suponer, una definición . Es decir, no proporciona una delimitación. Pues tanto remite a los cuerpos canónicos—actualmente, los cuerpos Danone—… como a su contrario, al cuerpo monstruoso. La definición de la belleza —su realización— son, precisamente, los cuerpos bellos. Ahora bien, todo cuerpo es bello… conforme a la lo que la belleza es. Que, de hecho, distingamos entre cuerpos más bellos que otros —entre los modélicos y los que no— tiene que ver, como sostuvieron los sofistas, con lo que nos parece en un momento dado. Esto es, con la convención social, y no con la realidad —la idea— de lo bello.
Algo parecido podríamos decir de la idea de justicia: su definición, a saber, darle a cada uno lo que se merece, no define —no determina, no decide— qué se merece cada uno. La determinación de lo justo, su concrecion, dependerá de lo que nos parezca justo. Esto es, no dependerá de la razón, sino de la sensibilidad. Y si esto es así, entonces tanto podemos condenar a alguien como absolverlo… por lo mismo.
Ahora bien, lo cierto es que no cualquier decisión puede valer como justa. Pues si un juez, a la hora de pronunciar un veredicto, dijera de quien es juzgado que se merece una condena y que, por eso, lo absuelve, nadie entendería nada. Sencillamente, lo anterior no es posible… por irracional. Algo parecido podríamos decir también acerca de la definición de belleza: lo que reclama poderosamente nuestra atención y, en consecuencia, nos paraliza excluye, precisamente, que haya lo que, paralizándonos, no reclame poderosamente nuestra atención. Esto es, que haya la nada. Pues en la nada, nada hay que podamos atender.
La conclusión es, sin duda, paradójica, por decir sumamente desconcertante. Por un lado, la definición de la idea no define o delimita. Así, por ejemplo, la definición de belleza, como veíamos, admite tanto el cuerpo Danone como su contrario, el monstruoso. Pero, por otro, no todo es posible en relación con la definición. Hay, por tanto, cierta delimitación. Como si el carácter abierto de la definición de lo que es negase, precisamente, lo imposible, la contradicción, en definitiva, la nada. En cierto sentido, podríamos decir que la definición —la idea, el en sí— es la negación de la nada. Y esto es lo posible, un deber ser —en platónico, el Bien. La cuestión es cómo entender la realidad de lo posible —la realidad del Bien.
Y a partir de aquí ya entramos de lleno en la zona. Aunque, con lo anterior, ya hayamos puesto un pie.
Pluto nunca tuvo las espaldas anchas (1)
noviembre 1, 2025 § Deja un comentario
Que nos preguntemos qué es, en sí mismo, lo que se presenta en perspectiva —que la pregunta sea posible—, presupone, al menos implícitamente, que hay algo así como un hiato entre el en sí mismo y su hacerse presente como algo determinado o concreto (y por eso mismo, siempre en perspectiva o relativamente). Dicho de otro modo, la pregunta presupone que, por un lado, habría el en sí y, por otro, su aparecer bajo una forma o aspecto. Platón, como sabemos, recurrió a la imagen de los dos mundos —el de las ideas y el de las cosas, el inteligible y el sensible— para ilustrar esta cesura.
El problema se plantea una vez caemos en la cuenta de que el en sí mismo, propiamente hablando, no es. Y esto porque solo es lo que se hace, de algún modo, presente —y el en sí difiere, precisamente, de su hacerse presente, de su particular modo de ser. De ahí que el en sí sea absoluto, literalmente, absuelto —separado— del presente y, por extensión, del mundo que nos ha tocado en suerte.
En consecuencia, podríamos sentirnos inclinados a creer que la pregunta por la realidad del en sí —por su qué es— carece de sentido. Sin embargo, hay el aparecer —hay la perspectiva—… y, por eso mismo, cabe interrogarse por aquello en relación con lo cual el modo de ser —la perspectiva— es, de hecho, un modo, al fin y al cabo, su concreción. De este impasse se desprende que el haber de este aquello —del en sí— no debe entenderse en los mismos términos que el haber de las cosas. Pues el en sí no es algo determinado. Ni puede serlo. El asunto es cómo comprender el haber del en sí, al fin y al cabo, el haber de lo que es no siendo nada en concreto.
novum
octubre 31, 2025 § Deja un comentario
La relación entre fe y religión sería análoga a la que mantiene lo nuevo con la novedad. Pues la novedad es el sucedáneo de lo nuevo como la religión lo es de la fe. Y es que la fe apunta a lo imposible —a lo que el mundo no puede admitir como posibilidad. Esto es, a un novum absoluto —y, por eso mismo, a lo otro par excellence. Sin embargo, no podemos permanecemos demasiado tiempo frente a la alteridad radical. Esto es, frente a la irreductible extrañeza del nadie aún. Hablamos, obviamente, del haber de Dios. De ahí la necesidad, en definitiva corporal, de sustituir a Dios por un dios a medida, lo cual supone reducir la alteridad a lo simplemente superior —o mejor dicho, a lo inconmensurablemente superior… por aquello de mantener un resto de alteridad. Ahora bien, dios aún está lejos de Dios. Pues la superioridad de dios, por muy inconmensurable que sea, aún es relativa. O por eso mismo: porque lo incomensurable sigue siendo, y por defecto, según medida.
todo y nada
octubre 30, 2025 § Deja un comentario
Si nada vale —si nada importa sub specie aeternitatis—, entonces todo vale —todo es aparición.
No obstante, tanto aparece el amanecer como la fosa abisal. La cuestión es si aparecen por igual. Y esto está por decidir. Pues mientras haya mundo, la sentencia de Is 45, 7 es, por así decirlo, apodíctica.
el poder que puede con el todo
octubre 29, 2025 § Deja un comentario
Decimos: el poder que puede con el todo —el poder omnipotente— no puede formar parte del todo. Sin embargo, este poder ¿acaso no podría entenderse como inherente al todo —como una especie de ley de la entropía? ¿Acaso la dialéctica no nos da a entender que hay fuego porque el fuego consume —niega—, precisamente, aquello que lo hace posible? Quizá. Sin embargo, la negatividad ineherente al todo no acabaría con el todo , sino en cualquier caso, con su orden. Pues permanecería la materia, aunque informe.
El poder que puede con el todo, por tanto, tiene que permanecer fuera del todo. Pero fuera del todo no hay nada. Hablamos, por tanto, del poder de la nada, literalmente, de su posibilidad. Esta sería absoluta. Pues absoluto significa absuelto, es decir, abstraído —y abstraído del mundo. Hay todo porque la nada es la definitiva posibilidad del mundo. Y porque esto es así, el mundo es gracia. A pesar del horror.
En realidad, el horror es el otro lado de la gracia. Is 45, 7.
filosofía política
octubre 28, 2025 § Deja un comentario
La filosofía política o es católica o no es política. Pues la cuestión de la política es qué debemos hacer donde lo que debemos hacer en nombre del bien común no es posible llevarlo colectivamente a cabo. Donde no tenemos esto en cuenta, la politica se muda en adanismo. Es como el arquitecto que debe erigir un edificio sobre arenas movedizas: que se equivocaría si comenzara a construir creyendo que la construcción, por si sola, transformaría las arenas en tierra firme.
Este tipo de política, típicamente revolucionaria, da por descontado que el cambio de las estructuras —diseñadas desde arriba— implica la modificación de la naturaleza humana. No hace falta decir que este tipo de política conduce al terror. Si la realidad no se adapta, entonces peor para la realidad. Hay una versión naïve: aquella que pone encima de la mesa una situación ideal… con el propósito de aproximarnos en la medida en que sea posible. Y aquí, ciertamente, nos ahorramos el temblor de piernas.
El problema de este tipo de planteamientos es que, al presuponer que la naturaleza humana es perfectible, no tiene en cuenta que, por las rendijas de las instituciones o leyes justas, tarde o temprano se colara la corrupción. Al final, dichas instituciones o leyes acabarán siendo la excusa de un poder que se ejerce invisiblemente desde la trastienda. Es como aquel que pretende adelgazarse haciendo dieta sin tener en cuenta que su exceso de peso es de origen endocrino… para el que no hay solución.
Por eso, lo de católica. Pues el catolicismo tiene muy presente que solo Dios puede remediarnos. Massa damnata. Hay que levantar el edificio con materiales defectuosos. La falta de realismo, como decía, lleva al desastre.
¿Qué diferenciaría, sin embargo, el realismo católico del realismo de Maquiavelo o Hobbes? A la hora de pensar la política, Maquiavelo, como sabemos, deja a un lado el bien o la justicia. Pues en política no hay más que lucha por el poder. Y el poder siempre se ejerce contra los más débiles. La referencia al bien o a la justicia estarían únicamente al servicio de la racionalización del ejercicio del poder. Desde la cruda realidad, el filósofo político no puede más que aconsejar sobre cómo conquistar el poder o preservarlo. Hobbes, por su parte, tampoco se hará muchas ilusiones. Pues la humanidad, teniendo en cuenta cómo es, no puede aspirar a mucho más que al orden. De ahí que, según Hobbes, debamos elegir entre la libertad o la paz social —y nos equivocaríamos si eligiéramos lo primero.
El realismo católico, sin embargo, cree que es posible que el ejercicio del poder, al fin y al cabo, de la violencia política se realice en nombre del bien y la justicia. Como si fuera necesario marcar líneas rojas —y hacerlas respetar— para que los drogadictos pudieran dejar atrás la droga que los degenera. ¿El problema? Que esta política exige un sacerdote al mando. Y el sacerdote, en política, no constituye una tercera vía. O está más cerca de Leviathán o del revolucionario. Es lo que tiene que el sacerdote también sea humano.
felices
octubre 25, 2025 § Deja un comentario
Si le preguntas a la gente si es feliz, la mayoría no sabrá que decir. A menos, claro está, que nuestra vida sea una completa desgracia. Demasiadas cartas en la mesa como para una respuesta sin notas al pie. ¿En el trabajo? ¿Con la pareja? ¿Con uno mismo?
Sin embargo, la pregunta viene con un as bajo la manga. O tres. El primero tiene que ver con el hecho de que uno cae en la cuenta de lo feliz que ha sido solo cuando deja de serlo. Es como la salud: que apenas la valoramos mientras nos sentimos sanos. El segundo, con que tampoco podríamos soportar un mundo feliz. Demasiado azúcar —y el azúcar infla. El tercero, con que la felicidad se dibuja con trazo grueso. Al fin y al cabo, basta con hacer lo que uno quiere… lo cual no coincide con realizar cuanto uno desea o simplemente le apetece. ¿El problema? Que aun cuando no ignoramos qué deseamos o nos apetece, cuesta dar con lo que uno en verdad quiere.
También es verdad que siempre hay un pie que cojea. La clave es que no te importe. Y ello en nombre de lo que importa.
tan lejos, tan cerca
octubre 21, 2025 § Deja un comentario
No tengo claro que ver desde lejos —desde la grada del dios— suponga ver más claro. Con más frialdad o desinterés, sin duda. Pero no, con mayor claridad. Pues la lucidez acontece en medio de un ambiente sumamente denso, donde apenas penetra la luz. Me explico.
Supongamos que alguien hubiera estao dos veces a punto de irse de este barrio. Y que, en cada una de ellas, no se hubiera ido de los nervios. Desde la distancia, alguien podría haber dicho este tío no teme morir. SIn embargo, también es posible que no se lo creyera del todo, a pesar de los indicios. Si le preguntásemos, siendo consciente de esto último, cómo vivió esos momentos terminales, acaso no sabría qué decirnos. Posiblemente, hubiese un poco de todo. Quizá podría creer, visto lo visto, que a la tercera —y en esta suele ir la vencida—, no le temblarán las piernas. Pero no lo sabrá —y de ello estará seguro. Es lo que tiene la lucidez.
En lo más íntimo, cualquier sinceridad deviene una docta ignorantia. O lo que es lo mismo, en los recovecos del alma topamos con esa densidad que ningún bisturí podrá diseccionar. Como si el silencio que abraza cuanto es solo pudiera realizarse en un mar de aguas turbulentas —y, por eso mismo, ensordecedoras. Al fin y al cabo, la realidad exige ser encarada —y no diseccionada. De diseccionarla, no obtendremos más realidad, sino esa abstracta simulación que nos permite dominarla. Y una realidad dominable —y, por eso mismo, modificable— no es aún real. Pues aún es algo.
escepticismo y verdad
octubre 18, 2025 § Deja un comentario
La filosofía, como suele decirse, nace del asombro —¿por qué el haber y no más bien nada? Sin embargo, se trata de un asombro que conduce al escepticismo. Al fin y al cabo, cualquier seguidor de Sócratres acabará por confirmar la sentencia del maestro: al fin y al cabo, lo único que sé es que no sé nada. Ahora bien, el escepticismo socrático no es —o no solo— el resultado de una falta de pruebas, sino de un haberse expuesto a la trascendencia del carácter absoluto de un puro haber. Así, hay verdad —hay el haber, la pura exterioridad, lo absolutamente otro de la existencia—, pero no para nosotros. Para nosotros, la realización de lo verdadero, esto es, las apariencias, el tiempo, el que todo sea no siendo. En definitiva, el mundo.
Y como siempre: una cosa es tomar nota de lo anterior y otra, muy distinta, haberlo incorporado.
examen y libertad
octubre 17, 2025 § Deja un comentario
Cuandon Platón escribe hacia el final de su Apología que una vida examinada tiene más valor que una sin examinar está distinguiendo —es obvio— entre dos modos de estar en el mundo. El primero es el más común. Pues consiste en vivir sometidos al mapa mental, la suposición, la doxa. Así, a la mayoría le basta con creer que será feliz si consigue lo que desea, que vive bajo el amparo de lo divino o que es libre porque puede saltar las vallas. En estos casos, nadie se hace la pregunta sobre si es verdad que la felicidad depende de poder realizar cuanto deseamos, si realmente seguimos amparados por el ángel de la guarda de nuestra infancia o si nuestra libertad consiste en cruzar las fronteras.
Sin embargo, el segundo modo —el de quienes sí se hacen estas preguntas— no conduce a una respuesta definitiva, sino, más bien, a la perplejidad. Pues el resultado de la reflexión es, por decirlo en breve, la aporía. Ahora bien, lo curioso es que este permanecer en suspenso tenga, según Platón, más valor. Y es curioso porque, de entrada, no lo parece. Más bien, la sensación que nos dejan los filósofos es que son bastante torpes a la hora de lidiar con el mundo. Como si su mundo fuese otro.
Sin embargo, quizá esta extranjería sea la razón por la que suelen estar por encima de lo que sucede y no importa. No es fácil. Pues admitir que el centro está fuera de ti, aunque no sepas a ciencia cierta en qué consiste, no es una píldora fácil de tragar. La paradoja es que acaso el descentrado esté más centrado que quienes viven pendientes de su triunfo. O su felicidad.
partamos de ahí
octubre 14, 2025 § Deja un comentario
No le importas a nadie. A lo sumo, te va a parecerlo. Pues hay momentos que provocas ciertas reacciones —positivas, se entiende— en algunos. Este es un buen punto de partida. De hecho, el único bueno. El otro es creer que estás en el centro, que todo gira a tu alrededor. Además, lo crees porque la sociedad te empuja a creértelo. Y digo que es un buen punto de partida porque resulta tremendamente liberador. Si crees que te hallas en el centro, fácilmente experimentarás la ansiedad. Porque, en el fondo, sabes que eres insignificante. En cambio, donde asumes tu posición polvorienta, todo puede empezar de nuevo. De hecho, es cuando empieza.
más paradojas
octubre 13, 2025 § Deja un comentario
Hay amor eterno. Pero terminará antes de tiempo. Debe hacerlo. Romeo y Julieta. La eternidad siempre fue la del instante.
catástrofe
octubre 12, 2025 § Deja un comentario
Catástrofe significa, literalmente, la caída de los cielos estrellados sobre nuestras cabezas. La catástrofe hace saltar por los aires nuestros mapas mentales, en definitiva, nuestro mundo. ¿Qué queda, por tanto? No un mundo, sino su ruina, una pura exterioridad. Todo deviene oscuridad y silencio. Aunque sea mediodía. Y tú frente a ese ahí, sin mundo.
Hay que reconocer la audacia cristiana cuando nos hace ver que lo de Dios comienza justo en ese momento.
el buen salvaje y Platón
octubre 11, 2025 § Deja un comentario
La nostalgia de la vida primitiva o elemental que sentimos aquí en Occidente sugiere, cuando menos, que, como individuos, hemos pasado a ser otra cosa. De hecho, esta otra cosa comenzó su andadura en la Atenas del siglo V aC. O mejor dicho, cuando Platón escribió aquello de que una vida examinada —es decir, una vida que se cuestiona a sí misma por mor de la verdad— posee más valor que una vida sin examinar. Y es que el examen de sí nos distancia de lo que nos liga a la tierra, a saber, la perspectiva, la visión espontánea de cuanto hay, la inocencia, no siempre inocente, de nuestro trato con las cosas… y los demás. Cuando sabes, como mujer, que tu mala suerte con los hombres —siempre has acabado con aquellos que terminan machacándote— obedece a que, inconscientemente, quieres redimir a tu padre, un machacador, las relaciones que puedas tener con los hombres difícilmente serán naturales.
Suele decirse que cada pueblo, incluso los primitivos, tienen su filosofía. No es cierto. En cualquier caso, su sabiduría, una particular cosmovisión. Pues la filosofía supone un poner en suspenso, precisamente, la visión más espontánea del mundo, las creencias que damos por ciertas, en definitiva, lo que nos parece que es. Hay asombro, sin duda, en el filósofo. Pero también en el buen salvaje —aunque quizá no fuese tan bueno como se lo imaginaron los primeros modernos Ahora bien, lo que hay en el filósofo, sobre todo, es escepticismo. Y no porque no crea que haya algo así como lo verdadero —lo que en verdad tiene lugar en lo que sucede—, sino porque, de hecho, lo hay, aunque no para nosotros. Para nosotros, la paradoja, la perplejidad, la extrañeza de sí… una extrañeza que no parece encontrarse en quienes viven perfectamente integrados en la madre naturaleza.
El ecologismo nunca podrá reconciliarnos con esta. Los filósofos ya se encargaron de cortar el cordón umbilical. En cualquier caso, la corriente ecologista nos empujará a ponerle un parche a los rotos, a ir reparando las vías de agua de un barco que en modo alguno puede volver al puerto. Tampoco es un asunto sin importancia.
perdón y disculpa
octubre 10, 2025 § Deja un comentario
Tan solo lo imperdonable merece el perdón. Aquello perdonable, acaso una disculpa. En cualquier caso, nadie merece el perdón de sus víctimas, si antes tuvo piedad de sí mismo.
paradojas de la vida e intolerancia woke
octubre 8, 2025 § Deja un comentario
Decía Adorno que la intolerancia a la ambigüedad es indicativa de una personalidad autoritaria (citado por David Rieff en su libro Deseo y destino). El puritanismo —incluido el woke— sería una expresión típica de esta intolerancia. Como si fuera posible extirpar la oscuridad ahí donde hay luz. Evidentemente, todo es cuestión de medida: donde la luz es tenue, hay demasiada oscuridad alrededor… y, en ese caso, todos los gatos serán pardos. Pero la medida —la frontera que separa lo aceptable, aunque duela, de lo inaceptable— no puede determinarse por ley sin enrarecer la vida en común. Sucede aquí como en la paradoja sorites: no hay modo que no sea arbitrario de establer en qué momento un montón de arena deja de serlo cuando vamos apartando los granos, uno a uno. Aquí prevalece —o debería prevalecer— el sentido común.
Así, los mandamientos woke, tan predominantes en las universidades anglosajonas, suenan igual que las exhortaciones del coach de turno a eliminar, pongamos por caso, cualquier rastro de celos en una relación de pareja. Pues ninguna mujer se sentiría mínimamente querida si al hombre con quien convive le diera igual que ella pasara un fin de semana con su mejor amigo. No hay vínculo humano que no entrañe unas ciertas dosis de posesión. La cuestión será siempre cuál de los contrarios pesa más. Pero, con respecto a este asunto, no hay racionalidad que valga —y aceptarlo sería, de hecho, lo más racional. Esto es, sencillamente, así. Y quien niega lo que es tiene las de perder. Al menos, porque, tarde o temprano, tendremos que navegar en mar abierto.
el decir y la metáfora
octubre 7, 2025 § Deja un comentario
Decía Heidegger que el mundo lo fundan los poetas. Y algo de esto hay. O mucho. Pues la predicación —el esto es X— no deja de ser un esto como aquello… en todos los casos. Y es que lo desconocido siempre será descrito por lo conocido. Caballo de hierro. Incluso la palabra materia remite a la mesa sobre la que se apoyaba el artesano. Aquí la cuestión es cuál fue la primera descripción. Y probablemente no se tratase de una descripción, sino de una onomatopeya.
Así nos preguntamos, con Marco Aurelio, qué es la vida. ¿Un combate o una danza? ¿O acaso podemos evitar decir ante aquel que acaba de morir “se fue”? ¿No supone esta visión de mínimos una creencia en el alma? ¿O cuando menos en el élan vital? ¿Acaso quien ve un martillo no ve un clavo?
Al fin y al cabo, la crisis del cristianismo es una crisis de ciertas metáforas —y, por eso mismo, del mundo al que dieron pie. La existencia como estando sub iudice, por ejemplo. Sin embargo, debido a su crisis, acaso estemos en las mejores condiciones para, cuando menos, comprender el alcance de la revelación cristiana, en definitiva, su carácter paradójico. Pues el cristianismo dibuja un mapa mental que hace saltar por los aires cualquier mapa mental. Incluyendo el de la cristiandad. Es como utilizar un lenguaje para decir que no cabe el lenguaje. Lo dicho: poetas.
otra de Job
octubre 5, 2025 § Deja un comentario
¿De verdad? ¿Un Dios que se interesa por nosotros? Cambia de óptica. Como tuvo que hacer el bueno de Job. Entonces quizá te preguntes ¿cómo pudimos tomarnos en serio que hay un Dios que nos quiere y además sentir a flor de piel que no somos más que polvo? ¿Puede haber un Dios que tenga en cuente a los que no cuentan y, por eso mismo, seguir siendo Dios? Quizá hayamos olvidado qué significó inicialmente la palabra Dios.
Los autores de los libros sapienciales supieron ver que Dios se encuentra por encima del dios conveniente, el dios de nuestra parte. Y que, consecuentemente, la actitud es la de quien cae de rodillas ante el exceso que supone que tanto la luz como la oscuridad —la bondad y el exterminio—sean debidas a la radical trascendencia de Dios (Is 45,7). De ahí que la realidad de Dios no pueda entenderse en los términos de un Dios-ente, ni siquiera superior o, si se prefiere, supremo. El verdadero más allá no es el de otro mundo. De haberlo, su trascedencia sería, obviamente, relativa.
Moisés añadió un capítulo extra. Pues vio que, de la trascendencia de Dios, se desprende la Ley que nos obliga a la fraternidad. Ante Dios estamos sin Dios, como dijo Bonhoeffer. De ahí que, en nombre de Dios permanezcamos enfrentados a Dios, a su aparente indiferencia. Y esperando, quizá inocentemente, que el poder de Dios al final se decante por la bondad.
Posteriormente, vino la cristiandad y su Dios íntimo, el Dios que habitando en lo más profundo del alma, nos escucha y con el que es posible charlar. Al creerlo, la cristiandad conservó los restos del viejo gnosticismo. Y como acaso intuyera Nietzsche, de esas lluvias, los lodos del ateísmo moderno. Y es que si podemos decirnos a nosotros mismo que el alma es una chispa divina —una lectura ciertamente atrevida del a imagen y semejanza— es porque nos hemos alejado de la experiencia originaria de Dios.
El error del gnosticismo fue creer que la chispa divina es algo así como una fuente de poder que tenemos que aprender a desbloquear. Hay chispa divina. Pero esta permanece apagada como nada. En realidad, esa chispa es la huella interior del retroceso de Dios, de su eterno más allá. El Espíritu siempre fue un Ave Fénix.
todo uno: Tales y Anaximandro
octubre 4, 2025 § Deja un comentario
Una de las operaciones de la razón, quizá la más básica, consiste en la reducción de la diversidad a un denominador común. De ahí que la sentencia de Tales —todo es agua— constituya el primer intento de ofrecer una explicación racional del mundo. Aquí no interviene ningún dios —y por eso mismo, no se nos cuenta ninguna historia. Más aún: los dioses, al formar parte de la totalidad, son también agua. Y puede que sea por este motivo que razón y religión nunca terminen de hacer buenas migas.
Este denominador confiere unidad al mundo. Quiero decir que, porque todo es al fin y al cabo una y la misma cosa, el mundo se nos presenta como el todo-uno y, en definitiva, como orden o cosmos. La referencia a un arjé supone aceptar que en el origen reside la Ley. La Ley —no el dios— gobierna el mundo. No es casual que la palabra principio traduzca al castellano el griego arjé.Pues con principio se mantiene el doble sentido inicial.
Ahora bien, que haya Ley significa que no todo es posible. Así, las posibilidades del mundo son las que contiene la naturaleza de esa cosa última, el agua en el caso de Tales. Por decirlo en breve, lo que la naturaleza de la cosa última pueda dar de sí es lo que puede dar de sí el mundo. Sencillamente, no es posible lo que no cabe dentro de dicha naturaleza. Por consiguiente, dado que no todo es posible, cuanto sucede, sucede necesariamente conforme a la naturaleza del ladrillo con el que estan hechas el resto de cosas. Al fin y al cabo, la pluralidad serían modificaciones de lo mismo, sus diferentes apariencias.
Más aún: si hay cosas —y las hay—, entonces no puede haber caos. Pues si las cosas se dan dentro de un orden es porque, en definitiva, son una y la misma cosa. No puede haber desorden en lo que es uno. Estamos lejos, por tanto, de la contingencia de un mundo en el que las cosas son como son debido a las decisiones que tomó in illo tempore el dios de turno. La explicación que proporciona el mito nos da a entender que el mundo podría haber sido muy distinto si al dios le hubiese dado por ir en otra dirección.
Anaximandro, sin embargo, dará una vuelta de tuerca a este asunto. Su tesis es que el arjé es apeiron, literalmente, sin límite. Ahora bien, no hemos de entender dicha tesis como si simplemente fuese una variante —una más— de la sentencia de Tales. Al sostener que el origen es apeiron, Anaximandro está yendo más allá de la física. Pues la pregunta a la que responde no es cuál es la naturaleza de la materia de la que están hechas todas las cosas, sino en qué consiste qué algo simplemente sea. O por decirlo a la manera de Leibniz, por qué hay lo que hay en vez de nada. Es evidente que la respuesta a esta pregunta no podrá darse en los términos de una cosa aún más pequeña que la que se entendió como arjé en un primer momento (o no tan primero). Anaximandro no se pregunta, por tanto, por la primera causa eficiente, la cual solo puede concebirse, desde nuestra posición, como la de una cosa última , sino por el fundamento o razón de cuanto es… en tanto que es o está ahí. El aperion, sencillamente, en tanto que carece de límites —esto es, de forma o aspecto— no puede ser algo en concreto. El fundamento del mundo no pertenece al mundo. O por decirlo de otro modo, la razón por la que el todo es el todo permanece fuera del todo.
No obstante, la pregunta que se plantea a continuación es en qué sentido podemos decir que el fundamento sea… si es cierto que tan solo es lo que se da en concreto, es decir, como algo determinado. ¿Puede comprenderse como real lo que aún no se ha realizado? Al fin y al cabo, teniendo en cuenta que al referirnos al fundamento —la razón de ser de cuanto es— nos referimos a la posibilidad de que algo sea; y teniendo en cuenta, a su vez, que la posibilidad, en cuanto tal, aún no se ha realizado ¿no deberíamos concluir, que la posibilidad es, precisamente, lo imposible del mundo? ¿Acaso la pregunta acerca de en qué sentido podemos decir que la posibilidad de que haya lo que hay no equivale a interrogarse por el haber de lo imposible? ¿Acaso no estaríamos, en definitiva, ante el carácter paradójico de la fórmula es no siendo aún nada? ¿Cómo comprender la realidad del todavía no?
sor Caram y el pequeño Nicolás
octubre 3, 2025 § Deja un comentario
Recuerdo haber visto por televisión, hace ya años, un trasunto de debate entre sor Caram y el pequeño Nicolás. Versaba sobre política. La tesis que defendía el pequeño Nicolás era muy simple: quienes están en la alta política no pretenden más que enriquecerse. El bien común es la excusa. La respuesta de Lucía Caram fue una respuesta enloquecida, hasta el punto de insultar a su oponente. Su argumento también fue minimalista: la política no tiene otro propósito que el de servir a la sociedad. El bien común no es la excusa, sino el horizonte… al que nos vamos aproximando paso a paso. Ciertamente, esta manera de entender la política resulta convincente. Por moralmente axiomática. Pero ignora el hiato que separa la Ley de los reglamentos que las ponen en práctica. Y los reglamentos son la grieta por donde se ejerce el genuino poder.
Basta con leer el libro de Matt Taibbi, Cleptopía , para caer en la cuenta de que Lucía Caram prefiere vivir en su mundo que en el de Maquiavelo. El problema es que el de Maquiavelo es real. Al igual que el inconveniente de alimentarse espiritualmente del whisful thinking es que, tarde o temprano, terminas bailándole el agua al poder. Y ello con independencia de la buenas obras que sor Caram lleva a cabo.
Con todo, la violencia revolucionaría tampoco es una solución. Pues, dejando a un lado los momentos iniciales, el final es el previsible: los mismos perros con distintos collares. Massa damnata.
nihilismo y bondad
octubre 1, 2025 § 1 comentario
En el mundo, prevalece el ruido y la furia. Y si no nos lo parece es porque vivimos dentro de un espejismo.
Sin embargo, hay quienes sufren en carne viva la condena del mundo: tú no cuentas. A estos, no les queda ninguna ilusión. Su esperanza, de tenerla, no nace de la necesidad psicológica de creer que la película terminará con el triunfo de los buenos —pues ya no pueden creer en ello—, sino de haber topado con la aparición, es decir, con ese gesto de bondad donde no cabía ninguna bondad. En nombre de ese gesto, el verdugo no debe pronunciar la última palabra, aun cuando no podamos ni siquiera hacernos una idea mínimamente sensata sobre el cómo.
En este sentido, la fe en la bondad es un acto de resistencia a la racionalidad del mundo. Y es que lo racional —lo que debe ser conforme a lo que es— sería el combate eterno entre la luz y la oscuridad. Al menos, porque en realidad no hay luz sin oscuridad. De ahí que el triunfo de la bondad no se entienda, cristianamente, como si el mal hubiera sido eliminado de la faz de la tierra —creer en ello es fantasear—, sino como Satán bajo las botas del Arcángel. No es lo mismo. Lo racional es la realización de lo real —y lo real implica la relación dialéctica entre la luz y la oscuridad. La fe, en cambio, apunta a lo imposible. Esto es, a la recreación del mundo, en definitiva, a la interrupción de lo histórico. De locos.
pensar la lengua
septiembre 30, 2025 § Deja un comentario
Es curioso que, en castellano, no podamos decir habían unos cuantas tizas en el cajón. Lo correcto es decir: había… Y es que, en definitiva, la construcción haber + sustantivo es impersonal y, por eso mismo, invariable. Aquí, el sustantivo no es sujeto, sino complemento directo. Las tizas no soportan el haber. Es el haber lo que soporta las tizas, por así decirlo. La confusión procede de confundir el haber con el existir o el estar. De este modo, pasamos de decir las tizas estaban en su cajón a habían unas cuantas tizas en el cajón.
Es una confusión análoga a la que media entre el Dios que existe y el que es. Esto es, entre lo que está oculto —la cosa misteriosa— y el genuino misterio.
la lógica y el dirigirse a Dios
septiembre 27, 2025 § Deja un comentario
Cuando el creyente invoca a Dios ¿tan solo hay una necesidad psicológica de contar con un papá que lo puede todo? Quizá. Pero también podría ser que hubiere un Dios al que le importase nuestra suerte. Y ello a pesar de necesitar, también, a ese Dios. El truco de la sospecha moderna es creer que tan solo se trata de nuestra necesidad. Y digo truco porque los argumentos de la sospecha únicamente convencen donde asumimos su presupuesto, a saber, que no hay Dios. Por tanto, estrictamente, no demuestran. Pues concluyen lo que inicialmente dan por sentado. Y a esto, en lógica, se le denomina falacia —en concreto, la falacia del argumento circular.
el bien y la singularidad
septiembre 26, 2025 § Deja un comentario
El algo-en-concreto —lo singular— surge como tara, esto es, como un diferir de lo que debe ser, el Bien. Si lo real es lo que se manifiesta o hace presente, entonces lo real de, pongamos por caso, un cuerpo bello, y en tanto que bello, es la belleza. Pues lo que se hace presente en los cuerpos bellos —y en tanto que bellos— es, precisamente, la belleza. ¿Por qué añadimos, sin embargo, en tanto que bellos? Simple. Un langosta es bella. Pero también comestible.
Ahora bien, la belleza en sí misma, es decir, al margen de su hacerse presente no es nada en concreto. Ni puede serlo. Es, por decirlo a la manera de Platón, idea —y aquí por idea no hemos de entender contenido mental, sino más bien que lo real en sí mismo “posee” una carácter abstracto y que, por eso mismo, solo se revela al pensamiento. En este sentido, lo real en sí sería algo parecido a la fórmula matemática que, con independencia de cualquier perspectiva, es el cubo de Necker. En este sentido, podríamos decir que lo real-absoluto no es nada fuera de su realización. Mejor dicho: es no siendo en sí mismo nada en concreto. La realidad de lo real sería, por tanto, la pura posibilidad del mundo —y por eso mismo anterior al mundo. Así, la fórmula del cubo de Necker, por continuar con nuestro ejemplo, encerraría la posibilidad de los cubos de Necker que dibujamos en una pizarra o sobre un papel. Como tal, dicha formula es anterior al cubo dibujado. Sin embargo, esta anterioridad no debe entenderse como la de una semilla con respecto al fruto. Pues la anterioridad de la posibilidad del mundo —de su fundamento— se encuentra fuera del mundo y, por consiguiente, del tiempo. De hecho, solo hay tiempo —en definitiva, presente— en relación con dicha anterioridad. En cierto sentido, podríamos decir que la posibilidad del mundo es, en sí misma, imposible. Y es que no es —ni puede ser— una posibilidad del mundo.
Así, y por decirlo de algun modo, lo real solo puede realizarse perdiendo por el camino su carácter absoluto u otro. De ahí que nada nunca del todo. Ningún cuerpo bello, por seguir con nuestro ejemplo, es bello por entero. Siempre hasta cierto punto o desde un determinado punto de vista. La belleza de un cuerpo bello se da o hace presente como deformación o negación de la belleza en sí o paradigmática. Ningún cuerpo bello —y en general, nada de cuanto es en concreto— termina de ser lo que debiera. Y esto es el tiempo. En este sentido, el tiempo es el envés de la eternidad propia de lo real-absoluto. Y aquí, obviamente, no nos estamos refiriendo a una cosa eterna. Hay mundo —y por ende, tiempo— porque lo real en sí mismo es no siendo nada. O por decirlo de otro modo: lo real-absoluto solo se realiza en —y como— negación de sí. De hecho, la expresión es no siendo nada, si lo pensamos bien, es una doble negación. Es decir, un afirmación. Decir no es cierto que no llueve equivale a decir que está lloviendo.
Ahora bien, de entender lo dicho hasta ahora, entenderemos que, teniendo en cuenta que la realidad tiende a su realización —que la realización es inherente a lo real— lo que debe ser es que nada termine de ser lo que debiera. De topar con un cuerpo que no difiriese en modo alguno del cánon —que fuese bello sin objeción, un cuerpo sin tara—, no podríamos evitar la sensación de irrealidad. No obstante, por poco que le demos unas cuantas vueltas a este asunto, veremos que estamos ante algo muy extraño o paradójico. Pues, por un lado, si podemos decir de un cuerpo bello que no termina de ser bello es poque ese cuerpo se encuentra sometido, por así decirlo, a la exigencia de ser bello por entero. Pero, por otro, esta exigencia tampoco puede realizarse… si es que la belleza debe realizarse.
Por tanto, no hay nada que no cargue con su contrario. No hay cuerpo bello sin tara. Como tampoco decisión justa que no incorpore unas dosis de injusticia. De ahí la necesidad de juzgar —de decir— qué pesa más en la mezcla, en definitiva, qué es: si lo primero o lo segundo. Pero ningún juicio —nada de cuanto podamos decir— será inapelable. Y es que el peso siempre dependerá de lo que nos parezca en un momento dado.
el profeta y el terruño
septiembre 22, 2025 § Deja un comentario
Nadie es profeta en su tierra, dijo el de Nazaret. Y esta certeza sintoniza, de algún modo, con la sentencia de Napoleón: nadie puede ser un héroe para su ayudante de cámara. Como también con aquella que dice que en casa del herrero, cuchara de palo. La patria del profeta es el extranjero. Al igual que ningún héroe puede sentirse como en casa en su propia casa. En casa —en Nazaret— pesa más el ad hominem, la cojera, el desmentido que supone cualquier biografía: ¿no es este el hijo del carpintero? El hidalgo de la Mancha nunca fue don Quijote para Sancho.
Sin embargo, Alonso Quijano no se equivocó al ver gigantes donde, para cualquiera, solo había molinos de viento. Como no se equivoca quien ve devoradores de almas, pongamos por caso, en los móviles que tienen abducidos a nuestros adolescentes. Al fin y al cabo, el más siempre a lomos del menos. Que el profeta sea uno de los nuestros —tan cojo como cualquiera— no invalida su palabra. Y no la invalida porque, en el fondo, no es suya. De hecho, en la Antigüedad los locos eran, por lo común, visionarios. Y no, a pesar de su tara, sino, precisamente, por ella. Es lo que tiene que, modernamente, demos por decontado que no hay nada que ver más allá de lo cuantificable —que cualquier visión corre a cuenta del visionario.