sobre el todo

enero 12, 2020 § Deja un comentario

El todo es infinito. Pues de lo contrario el todo no sería el todo. Por otro lado, el hombre, en tanto que consciente de la exterioridad del mundo, se encuentra fuera del todo. Es cierto que, como cuerpo, el hombre pertenece al mundo. Pero no como conciencia —como el yo que eternamente difiere de sí mismo, del cuerpo con el que, por otro lado, se identifica. Sencillamente, el hombre es capaz de pensar el todo, aun cuando no pueda, ciertamente, tener una experiencia del todo como la de algo en concreto. No es casual que, tarde o temprano, termine comprendiéndose como arrancado de la totalidad. Como si el todo no pudiera ser el todo. Y no porque le falte alguna pieza, sino porque el hombre, en tanto que arrancado, está inevitablemente expuesto al fin del mundo —a la posibilidad de un silencio absoluto. O si se prefiere, a la posibilidad de la nada.

de Dios que viene a la idea

enero 11, 2020 § Deja un comentario

La posibilidad de Dios no es la posibilidad de nuestra idea de Dios. Cualquier idea que podamos hacernos sobre Dios permanece dentro de los márgenes de las apariencias —de lo que nos parece que es Dios. La posibilidad de Dios es la posibilidad de lo insólito —la posibilidad de lo irreductiblemente extraño y, por eso mismo, increíble. Nadie puede creer en Dios como quien supone que hay vida en la superficie de Marte. En cualquier caso, ese Dios es un falso Dios —un Dios a medida de nuestra necesidad de Dios. Dios no es la hipótesis del hombre que busca amparo —y esto equivale a decir que Dios no puede darse por supuesto o descontado. La posibilidad de Dios es la posibilidad de lo im-posible —de lo absolutamente nuevo—, esto es, de lo que la historia no puede admitir como posibilidad. De ahí que la fe repose sobre lo inverosímil. Y ello en nombre de quienes soportaron —y soportan— el peso de un Dios que, en sí mismo, es su eterno retroceso o porvenir. La audacia cristiana consiste en proclamar que de Dios no veremos otro rostro que el del hombre de Dios. De ahí que el carácter insólito de Dios se revele como resurrección de los muertos. Pero este es otro asunto.

misterium

enero 10, 2020 § 2 comentarios

Dios es el misterio de Dios. O lo que viene a ser lo mismo, del absolutamente otro no tendremos ni idea. Pues lo otro, por definición, es lo esencialmente extraño. Tan solo contamos con las imágenes que nos hacemos del otro —con su apariencia—, las imágenes que admiten, precisamente, un trato, aun cuando sea emocional. Así, lo decisivo con respecto a Dios no es Dios, sino lo que se desprende del misterio de Dios, a saber, la vida como excepción y el deber de preservarla de nuestra impiedad o indiferencia. El cristianismo, sin embargo, añadirá un plus, el que confiesa que de Dios no tendremos otra imagen que la de un crucificado —y posteriormente levantado— en nombre de Dios.

intimissimi (y3)

enero 9, 2020 § Deja un comentario

Dios, una vez fue expulsado del mundo, se refugió en la interioridad del hombre. Pero en ella no encontró su plenitud, sino acaso una mayor indigencia. Como si la última oportunidad de Dios fuese ponerse en manos de aquel que le despreció.

intimissimi (2)

enero 7, 2020 § Deja un comentario

Un cristianismo centrado en la interioridad corre el riesgo de terminar siendo una terapia al servicio de uno mismo, de su desarrollo espiritual. Pero siendo honestos deberíamos admitir que en lo más profundo no encontramos más luz, sino más oscuridad. Cuando estamos a solas, no estamos solos, sino con nuestro mal olor. La soledad nos hace tocar fondo. Y desde este fondo difícilmente podemos evitar sentir asco por ser quienes somos. De entrada, somos los que existimos de espaldas a la bondad —en el rechazo de la bendición. Sin embargo, es desde dicho fondo —vaciados de cualquier motivo de orgullo— que el hombre se abre a la falta de Dios o, mejor dicho, a un Dios en falta (y, por ende, a la espera). La voz interior en modo alguno nos confirma en nuestra posibilidad. Al contrario: nos arroja fuera de los límites del hogar. Pues lo que escuchamos en lo más íntimo no es nuestra voz, sino el eco del clamor de los desposeídos. No es casual que la devoción cristiana tradicionalmente se haya centrado en la contemplación del crucificado. Las viejecitas oran ante  la cruz.

intimissimi (1)

enero 6, 2020 § 1 comentario

No es posible creer en Dios en un mundo en el que todo es objeto de un posible dominio. Rudolf Bultmann dijo algo parecido, hace ya unos cuantos años. Donde, al ocupar su lugar, hemos dejado de temer a Dios —y por ende donde ya no esperamos su misericordia—, no puede haber Dios que valga. De ahí que Dios se haya convertido en un asunto personal —demasiado personal— como para que la palabra Dios siga significando lo mismo que antiguamente. Por no hablar de la posibilidad de comprender la revelación del Gólgota. Podríamos decir que, al perder el cosmos, Dios se desplazó a la interioridad del hombre como si esta fuese su último refugio. Así, nos hemos quedado con el *interior intimo meo* (más profundo que mi intimidad) de Agustin, pero olvidando el *superior summo meo* que viene a continuación (y, por consiguiente, la extrañeza literalmente desquiciante que va con Dios). De ahí que la pregunta, en el fondo retórica, sea si Dios se encuentra en nuestro interior como en casa o, más bien, nuestra interioridad funciona al modo del viejo lecho de Procusto. Pues Dios no puede refugiarse en el alma de quien aún confía en su posibilidad —y está orgulloso de ello— sin pagar un alto precio. Aunque el hecho de contar con un dios a medida de nuestar necesidad de amparo nos ayude, sin duda, a soportar el peso de una existencia sin Dios (o cuando menos, de una existencia en la que Dios se encuentra *aún por regresar*).

circuncisión

enero 5, 2020 § Deja un comentario

Todo ritual en el judaísmo encuentra su razón de ser —su legitimación— en el memorial. Como si el futuro del hombre dependiera de preservar la deuda contraída por el mero hecho de nacer. Pues el hombre se pierde a sí mismo donde cree que posee lo que, en el fondo, le ha sido dado. Así, por ejemplo, la circuncisión: recuerda que no estás completo. Y es que solo desde la experiencia de la falta cabe la alteridad. El hombre, sin embargo, tiende a olvidar —a suponer que puede bastarse a sí mismo desde la posición del espectador. Hay algo de ingenuo en el desprecio moderno del ritual, en creer que basta con la idea o el sentimiento. Cuando menos, porque nadie puede permanecer en la verdad si no es incorporándola, esto es, haciéndola cuerpo. Y aun así, la memoria sigue siendo frágil. 

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