no es para ti

abril 2, 2020 § Deja un comentario

Creo que estar triste es tener el convencimiento de que las cosas son más de lo que parecen, que esconden siempre otra vida. Una vida que, sin embargo, nunca podremos alcanzar. Esto lo escribió Gustavo Martin Garzo hace ya algún tiempo. Deberíamos ponernos en la piel de los aplastados por un mundo que no cuenta con ellos para entender qué pueda ser el infierno: un mundo sin nadie. Hay infierno. Es el mundo que habitan los desgraciados —los que sobran. Y el infierno se halla rodeado de muros infranqueables. Si estás en el infierno, sabes que hay otra vida —y una vida sin hambre ni violencia—, pero que no es para ti. Vivir, como quien dice, en el infierno es llevar pegada a la piel la propia impotencia. Quizá no comprendamos el cristianismo hasta que no leamos el sermón de la montaña como la promesa de un Lenin judío: tomaremos el palacio del zar y vosotros seréis los primeros en entrar. Sin duda, una buena noticia —un evangelio— para los lumpen. No hay esperanza que no posea una dimensión política. Cualquier promesa que no sea terrenal es ilusoria. El cristianismo fue revolucionario antes que espiritual. O mejor dicho, fue revolucionario por espiritual. A Jesús no lo crucificaron por pasear por Galilea como heraldo del amor. En cualquier caso, su exhortación a la bondad —al perdón, a la fraternidad— tuvo consecuencias políticas. De lo que se trataba es de la irrupción del Reino de Dios. Esto es, de la desobediencia al César. O Dios o Roma. La paz no es un asunto de espectros. Los espectros no tienen hambre. No es causal que el cristianismo no hable de la inmortalidad del alma, sino de la resurrección de la carne, de una nueva creación (algo así como un reset cósmico). Y este es el problema. Cuando menos, porque hoy en día leemos los relatos de la resurrección como si se nos contara una historia de zombis buenos. Por no hablar de que una política que se limite a invertir los papeles, tarde o temprano acaba por generar un nuevo infierno. De ahí que la promesa de Dios esté asociada al fin del mundo, en el doble sentido de la palabra fin.

adorar por adorar

abril 1, 2020 § Deja un comentario

Hoy en día, y en el ámbito religioso, las formas no tienen buena prensa. Como si no fueran auténticas. Como si el sello de lo verdadero fuera el sentimiento. Sin embargo, hay mucha ingenuidad en creer que la sensibilidad es el criterio. Y no solo porque los sentimientos posean una irreductible ambigüedad —no solo porque básicamente tengan que ver con nosotros y no tanto con aquello a lo que en principio apuntan. El sentimiento va y viene. Ciertamente, sin experiencia no hay fe. Pero la experiencia como tal no se centra en los arrebatos de lo emocional, sino que apunta, precisamente, a lo que elude caer bajo los esquemas de una subjetividad demasiado preocupada de sí misma. Si la experiencia es, por defecto, de lo real, entonces la experiencia de Dios, antes que la de algo, es la de una falta o pérdida —o si se prefiere, de un eterno porvenir. La experiencia de lo real carece de objeto. Pues lo real, en tanto que absolutamente otro o extraño, desaparece al revelarse. La alteridad propia de lo real se resiste esencialmente a la aparición. No hay otra solidez que la de lo que no termina de darse. Como si lo real fuera lo siempre pendiente —el pasado que sostiene cualquier presencia. Estrictamente, la experiencia de Dios es antes de Dios que nuestra. Y Dios experimenta al hombre como aquel al que invoca. De ahí que en los textos bíblicos no encontremos nada parecido a los éxtasis místicos. La conmoción que supone el encuentro con Dios no puede traducirse solo en los términos de una emoción. Más bien, el índice la experiencia de Dios sería el de una inicial resistencia a su voz. Fiarse de los sentimientos supone fiarse de lo que no merece nuestra confianza. En tanto que la fe es fidelidad a lo que nos fue revelado en el centro de la oscuridad, al final y, precisamente, porque los sentimientos nunca están a la altura de lo que se nos reveló, solo nos quedará darle de comer al hambriento por darle de comer, adorar por adorar, rezar el rosario, como quien dice, por rezarlo —por mantenerse fiel a una verdad que ya no somos capaces de soportar. Puede que, al fin y al cabo, el contenido de la fe, por no hablar del amor, sea su forma. Es lo que tiene una fe que no puede evitar la noche oscura del alma.

acoger al extranjero

marzo 30, 2020 § Deja un comentario

Tan solo lo esencialmente extraño es real. Lo extraño: lo divergente, lo que eternamente difiere de nosotros. Lo inalcanzable o sagrado. El extranjero, el ángel. Pues lo real es lo que no admite ser reducido al marco de nuestra receptividad —a lo que nos parece que es. El hallazgo del monoteísmo bíblico consiste en haber caído en la cuenta, y no sin unas cuantas dosis de sufrimiento, que lo que permanece como extraño —lo único real— no pertenece a ningún mundo, ni siquiera al supuestamente sobrenatural, sino a un pasado anterior a los tiempos. Dios en verdad es un Dios extraño porque su realidad no es la de un ente ininteligible, sino la de un des-aparecido cuya presencia únicamente atestigua su espíritu —ese resto, la voz que escuchamos en la oscuridad, aquella que nos interroga por el lugar de Abel. Y quien dice espíritu, dice mandato y paciencia: existimos como los que nos hallamos sujetos al tener que responder al clamor que nace de las gargantas de la sed, aunque lo ignoremos; pero también como los que siguen con vida por una medida de gracia. Mientras tanto, el creyente sigue a la espera de Dios —a la espera de que se realice su promesa. Pues Dios se da como promesa de Dios. Con todo, lo que no imagina el creyente es que Dios solo pueda cumplir con su promesa como hombre de Dios —como siervo sufriente. De ahí que en nombre de Dios, Dios no sea el tema. El tema es el extranjero —el excluido— que representa la extrañeza de Dios, al fin y al cabo, su exclusión. Bíblicamente, acoger al extranjero es equivalente a acoger a Dios. Pero acoger al extranjero no es acoger al dócil, al negro que, con el fin de llevarse a la boca el pan de cada día, nos trata como si fuéramos su amo, sino aquel que nos sacará de quicio con su deformidad, su barbarie, su demanda. No hay hogar —no hay mundo— que siga en pie donde irrumpe el extranjero. Buscamos lo insólito. Pero de hacerse presente, apenas podríamos soportarlo. Ya lo dijo Rilke: todo ángel es terrible.

desconocidos

marzo 29, 2020 § Deja un comentario

Hay más interés en comunicarse con el desconocido que con el familiar —en lanzar una botella al océano que en seguir hablando con quien tenemos enfrente. Como si en el fondo, anhelásemos la aparición. Pero lo habitual es constatar que la novedad no es más que un simulacro de lo nuevo. De ahí que la esperanza no pueda realizarse en el mundo. Ninguna aparición puede revelarse sin desaparecer a continuación. Pues, de permanecer, terminaría por transformarse en algo habitual (y por eso mismo, fácilmente acabaríamos diciéndonos que se trató de una falsa percepción: que en realidad, no era nada o, mejor dicho, nadie divergente).

la irrealidad de lo real

marzo 28, 2020 § Deja un comentario

Estamos tan acostumbrados a lo familiar, tan habituados a que todo funcione según lo previsto —a confundir la rutina con lo sólido—, que la aparición de un cisne negro —la lectura del libro homónimo de Nassim Nicholas Taleb resulta ahora casi obligada— provoca en nosotros la sensación de irrealidad. Como si lo natural —el que la naturaleza nos pueda— fuese un imposible. Como si no pudiera pasar lo que hemos visto tantas veces en las películas de zombis (y los hombres fácilmente nos convertimos en devoradores de hombres cuando el cielo se desmorona). Pero lo cierto es que no hay nada cierto —que todo puede perderse en un instante. La ficción no está del lado de la ficción, sino del mundo de paja que nos construimos a medida. Parafraseando a Taleb, lo que no sabemos pesa más que lo que sabemos. La muerte —la desgracia, el desastre— es el non plus ultra de la existencia, la prueba de que la naturaleza no nos tiene en cuenta. Como si fuera un dios. Encontraremos la solución. Probablemente, saldremos de esta. Ahora bien, puede que con ello tan solo hayamos alejado el balón. Sea hoy o mañana, tendremos la vacuna. Pero el virus, aunque sea bajo otro aspecto, volverá. El orgullo de Adán fue —y sigue siendo— ridículo. Y no porque haya un dios por encima de nuestras cabezas, sino, precisamente, porque no lo hay.

hasta aquí hemos llegado

marzo 27, 2020 § Deja un comentario

Tarde o temprano, el hombre se sitúa ante Dios como Abrahán: aquí me encuentro —hasta aquí hemos llegado. Qué quieres que haga. Y esto último significa, al menos, lo siguiente: por un lado, que el encuentro con Dios tiene lugar en el límite de la existencia, donde se agota la fe en nuestra posibilidad; y, por otro, que dicho encuentro supone un hallarnos expuestos a una voluntad que no es nuestra (aun cuando podamos hacerla nuestra). Por no hablar de que el Dios con el que topamos en los límites de la existencia no es el espectro que imaginamos, sino una ausencia —un clamor— que apunta a un Dios por-venir en el que no cabe creer solo desde nuestro lado. Un Dios que, para más inri —nunca mejor dicho—, tendrá el rostro de un abandonado de Dios.

los límites del relativismo

marzo 26, 2020 § Deja un comentario

Esta es la tesis del reduccionismo moderno: tú dices que no hay Dios porque no tuviste padre (pongamos por caso). De acuerdo. Aquí el porque lo es todo. Con respecto a lo que creemos o pensamos, no salimos de la perspectiva. Sin embargo, podríamos objetar que porque no tuve padre soy capaz de ver lo que veo. Evidentemente, el presupuesto de la objeción es que hay algo que ver, algo que solo puede ser visto desde una óptica determinada. No es cierto que desde cualquier situación quepa descubrir lo que, de algún modo, pide ser descubierto. El presupuesto epistemológico de la Modernidad es que el mundo es una construcción de la mente —que lo en sí no es objeto de percepción: no puede serlo. Por eso mismo, hay tantos mundos como construcciones. Esta fue también la tesis de la sofística: no podemos salir del lenguaje —del contenido mental, de lo que nos parece que es. Así, hoy en día, damos por sentado que un chamán, cuando ingiere peyote, alucina. Pero el chamán probablemente nos respondería que solo si ingiere peyote puede cruzar la puerta que nos separa del más allá —y para poder decir esto debemos presuponer que hay, precisamente, un más allá. Ciertamente, el chamán se equivoca al creer que hay otro mundo. Pues el moderno fácilmente podría decirle que su respuesta no quita que se trate de otra construcción. Pero es que lo que hay que ver no es algo, sino el hecho de que lo real —lo absolutamente insólito o por ver— se nos da en el modo de una falta. Por no hablar de DIos. Como si al fin y al cabo, lo real se nos diera como lo esencialmente imposible —como lo que, en su carácter otro, no puede aparecer, salvo como desaparición. Y, sin duda, para poder verlo hay que haber padecido una cierta orfandad. En este sentido, podríamos decir que la tesis del relativismo moderno se apoya en una variante de la falacia ad hominemeso lo dices tú porque eres quien eres. Y una falacia, por incrustada que esté en una mentalidad, no deja de ser una falacia.

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