fenomenología de la fe (2)

mayo 30, 2020 § Deja un comentario

2. Sin embargo, también cabe sentir que no hay nadie tras el muro —ningún ángel de la guarda. Es, precisamente, el sentimiento de los desamparados. Y la fe no es fe si no pasa por este sentimiento, en definitiva por Getsemaní. El sentimiento de hallarse bajo una bendición de fondo se tambalea —y se tambalea seriamente— donde no parece que haya un Dios de nuestro lado, esto es, donde el cielo cae sobre nuestras cabezas. La fe encuentra su medida en los Getsemaní de la historia. El creyente, en este sentido, nada contracorriente en nombre de un Sí que el mundo ha sepultado. No es casual que la fe, bíblicamente, se entienda como fidelidad. Aunque, a ojos del mundo, sea absurda —y no pueda dejar de serlo. Donde nos quedamos solo con el sentimiento de la infancia —el que apunta al cuidado de un padre espectral— la fe termina siendo la excusa de nuestra necesidad de amparo. Por muy intenso que sea dicho sentimiento. Al fin y al cabo, solo la experiencia del desamparo nos arroja fuera de los límites de la satisfacción narcisista. Esta más cerca de Dios quien se ve, debido a su impiedad, incapaz de Dios —e incapaz ante un Dios que encuentra en falta— que el que se regodea en sus mejores sentimientos como el fariseo de la parábola (Lc 18, 9-14). Hay ingenuidad en la fe. Pero la ingenuidad de la fe es la de quien está de vuelta —la de quien vuelve con vida del infierno, una vida que, sin embargo, ya no podrá reconocer como suya. Y no porque haya un fantasma que mueva los hilos desde el más allá. Pues, en realidad, no lo hay —y si lo hubiera no sería Dios. Con respecto a Dios no hay saber —ni siquiera hipotético—, sino tan solo apertura, un permanecer eternamente a la espera. Y esto es lo mismo que decir que de Dios tan solo veremos a quienes, con su fe y sus obras, ocupan su lugar.

fenomenología de la fe (1)

mayo 30, 2020 § Deja un comentario

1. Cabe sentir que hay Dios —sentir su invisible presencia. Cabe, sin duda, vivirlo a flor de piel. Como los antiguos paganos vivieron a flor de piel la presencia de dioses. Estamos, por tanto, ante un sentimiento espontáneo, natural —pagano, como es sabido, significa campesino—, aun cuando hoy en día haya dejado de ser un sentimiento común. En cualquier caso, quienes viven bajo el sentimiento de una presencia se decantan actualmente por otro lenguaje que el de la tradición cristiana: hay algo, en el fondo vivimos atravesados por el espíritu de interconexión, etc. El credo cristiano resulta modernamente poco razonable, por no decir ininteligible. De ahí su actual irrelevancia. Y de ahí también los esfuerzos de algunos por traducirlo. Pero el riesgo de la traducción es la traición. Como suele decirse, traduttore, traditore.

mediocridad cristiana

mayo 29, 2020 § Deja un comentario

El cristianismo actual parece que se sitúa ante la siguiente disyuntiva: o pacta con el mundo, traduciendo su kerigma de modo que pueda ser admitido por las tragaderas modernas; o sigue en sus trece, repitiendo las fórmulas de la tradición como si la crítica ilustrada —y postilustrada— al imaginario religioso no fuera con él. En el primero caso, el cristianismo termina cayendo en la tibieza, convirtiéndose fácilmente en una variante de una ética emancipativa o, lo que acaso sea peor, de una espiritualidad de trazo grueso. Como si la sentencia del Apocalipsis —¡Ojala fueses frío o caliente! Pero porque eses tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca (Ap 3, 15-19)— fuera simple retórica. En el segundo, el cristianismo mantiene un cierto vigor, pero al precio de caer en el talibanismo. Es lo que tiene un cristianismo en retirada. En los campos de combate, la derrota, mientras que dentro de la fortaleza amurallada en la que se replegó el cristianismo más conservador, todo está impregnado de un fuerte olor a formol. La sensibilidad religiosa, que la hay, hace tiempo que ha optado por otros lenguajes. Hay algo; el amor es lo fundamental; deberíamos conectarnos al fondo nutricio del cosmos… Carnaza para imberbes. Es como si el cristianismo hubiera perdido la batalla de la inteligibilidad —como si se avergonzara de la revelación o ya no supiera qué hacer con ella. ¿Jesús es Dios? ¿En serio? ¿La cruz nos salva? ¿De qué? No vamos a ir tan lejos, decimos… Jesús, a lo sumo, representa el poder de una bondad sin resquicio. Vale. Pero ¿qué poder? ¿Acaso la victoria no está del lado de los que carecen de piedad —de los psicópatas? ¿Dios? Hay una energía, un poder subyacente. De acuerdo. Pero ¿quién asegura que juegue a nuestro favor? Los cerdos de pata negra se equivocarían si creyesen que sus cuidadores los aman. Ciertamente, el perdón —la resiliencia— nos hace humanamente mejores. Pero ¿tenemos aún que hablar de redención de una culpa original, una redención de dimensiones cósmicas? Por no hacer referencia a la cuestión decisiva, a saber, qué vida pueden esperar los que murieron injustamente antes de tiempo. Y aquí no vale suponer que para ellos, el cielo. Al menos, porque esta suposición no es cristiana. Podríamos decir que el cristianismo sobrevive, aunque agónicamente, reproduciendo las herejías que en su momento condenó. Así, o Jesús es un ejemplo de integridad moral, pero no más; o es un Dios paseándose por la tierra. Pero el cristianismo proclama que Jesús fue hombre y Dios —que no hay otro Dios que el crucificado. Y esto es incomprensible donde nos mantenemos en la órbita de lo que espontáneamente entendemos por divino. La revelación es reveladora porque es religiosamente inaceptable. Pues la cruz no solo afecta al hombre, sino también —y quizá sobre todo— a Dios (y no porque Dios sienta en lo más íntimo el dolor de su enviado). No deberíamos olvidar que las viejas herejías no dejan de ser un intento de hacer razonable la confesión cristiana.

Quizá el cristianismo haría bien en recuperar la fuente judía. Pues solo a partir de ella, el cristianismo podrá situarse de nuevo en la posición desde la cual la palabra Dios resulta significativa —la posición de los excluidos, de los que no cuentan para el mundo. Y no porque los excluidos necesiten imaginar a un Dios de su parte, sino porque ni siquiera pueden ya imaginarlo. Desde la óptica de Israel, Dios en verdad no es aún nadie sin el fiat del hombre. Y esto es difícil de admitir para quien quienes dan a Dios por descontado. El cristianismo falsea la encarnación donde parte de un Dios cuya esencia o modo de ser está decidido de antemano, esto es, al margen de la historia. En lo que respecta a la fe, todo comienza con aquellos que, como abandonados de Dios, ofrecen un gesto de piedad donde la piedad no es posible —y lo ofrecen como muertos, esto es, como los que no tienen vida por delante: las madres cuyos hijos fueron asesinados por el enemigo; la víctima que comparte el pan con su verdugo en tiempos de hambruna; aquel que se da asco a sí mismo porque hay niños que viven de los escombros. Y es que hoy, como siempre, la única clave de lectura del credo cristiano son las historias de aquellos hombres y mujeres que volvieron con vida del infierno, una vida con no es solo suya. Aunque tampoco solo la de Dios.

un cristianismo para los que pueden

mayo 28, 2020 § Deja un comentario

El problema de un cristianismo reducido a una espiritualidad de amplio espectro, aunque sea con la excusa de Jesús, es que deviene ininteligible en sus términos. Por eso, se nos insiste, incluso desde los púlpitos, que hay que interpretar —que las fórmulas del credo son, al fin y al cabo, modos de hablar. Y algo de esto hay. Pero no hasta el punto de convertir el cristianismo en una variante del budismo. Pues nuestra dificultad de intelección no tiene que ver únicamente con la Modernidad —no solo es cuestión de lenguaje—, sino con nuestra incapacidad sociológica, por decirlo así. El cristianismo se ha convertido, una vez más, en la religión del poder, aunque no ya político. Esto es, en la creencia compensatoria de aquellos que aún pueden confiar en sus fuerzas. Hay algo, en el fondo todo es luz, el amor mueve montañas, etc. Así, en vez de en la verdad, creemos en lo que nos gustaría que fuese verdad. Por debajo no hay más que ilusión… con una fuerte carga emotiva, en algunos casos. La fe no está al alcance de cualquiera. Para llegar a la fe —para que la fe, antes que una suposición, sea una respuesta— hay que situarse en la posición de los que sobran. La fe no deja de ser, en definitiva, un asunto corporal. Tradicionalmente, las cimas han representado el lugar de la experiencia de Dios. Pero cristianamente la cima es un Calvario —en realidad, una sima. La clave hermenéutica del kerigma cristiano son, como siempre, las historias que hay detrás, aquellas de las que da fe el testigo. He visto la bondad en medio del abismo —lo que significa que lo inconcebible ha tenido lugar. Ciertamente, los que viven como aplastados esperan la intervención de un Mesías, algo así como una variante del deus ex machina. Y esto está más cerca de la ciencia ficción que de la fe. Sin embargo, cristianamente, todo comienza en este punto. Pues el Mesías no se presentó como imaginamos. Y esto afecta, no solo al hombre, sino también, y quizá sobre todo, a Dios. El Dios que se revela al pie de la cruz no es en modo alguno homologable a lo que entendemos espontáneamente como divino. Decía Merton que tarde o temprano deberíamos caer en la cuenta de que formamos parte de aguas que nos cubren. De acuerdo. Pero esas aguas no son siempre plácidas: ahogan a muchos. De ahí que los profetas de Israel insistieran en que, donde formamos parte de un mundo injusto, no hay fe que valga, sino en cualquier caso idolatría, un tomar el nombre de Dios en vano. 

qué rara eres, vista desde dentro

mayo 26, 2020 § Deja un comentario

“Qué rara eres, vista desde dentro”, escribió Elisabeth Bishop de sí misma. ¿Quién no diría algo parecido? Y sin embargo, decirlo no basta. La descripción por sí sola no alcanza lo cierto. Como tampoco podemos distinguir entre la expresión de un sentimiento y quien es capaz de simularlo a la perfección. Necesitamos forzar las palabras, decir lo mismo de un modo sorprendente para captar la extrañeza de lo que se nos da como costumbre. Necesitamos poetas. Pero nuestra época desprecia al poeta. Y acaso de este desprecio nazca nuestra indigencia.

ad hominem

mayo 25, 2020 § Deja un comentario

El reduccionismo moderno —tiene la fe que tiene porque no es más que un resentido (Nietzsche)— no deja de ser una variante de la vieja falacia ad hominem. Einstein pudo concebir su teoría de la relatividad borracho y, no por ello, la hubiéramos desestimado. La verdad, de haberla, no se decide en el plano del descubrimiento, sino en el de su justificación. 

tiempo y esperanza

mayo 24, 2020 § Deja un comentario

El final feliz al que apunta la fe cristiana no es una hipótesis —no es algo a verificar. De haber un final feliz, será un triunfo, en modo alguno la confirmación de una ocurrencia, de un optimismo congénito. Pues no nos enfrentamos a hipótesis alternativas. Unos creen que todo acabará bien. Otros, que no. De acuerdo. Pero no se trata de rellenar una quiniela. Lo que nos parezca, desde un punto de vista u otro, es irrelevante.

Ahora bien, ¿por qué un triunfo? Pues porque lo evidente es que todo pasa. Que la violencia prevalece. Que el débil no cuenta. Que los malos ganan. Si no fuera así, las películas de Marvel dejarían de ilusionarnos. El tiempo es un destructor implacable. Su poder es indiscutible. De aquí a dos mil años, Jesús —el hombre-Dios— será visto como hoy en día vemos a Tutankamon. O a Pitágoras, el cual también fue considerado un semidios. Esto es lo más probable. El cristianismo ya comienza a oler. La misma palabra cristianismo solo podrá mantenerse, si se mantiene, designando otra cosa. Desde la óptica de la fe, nos hallamos en medio de un combate de dimensiones cósmicas. Existimos porque caímos en el tiempo. Y el tiempo está del lado de Ha-Satan, como quien dice. Cuanto nos ha sido dado —la vida como milagro— es, de hecho, lo que tarde o temprano, nos será arrebatado, sometidos como estamos al imperativo de la adaptación. Ante el paso del tiempo, el hombre tiene las de perder porque no hay otra presencia —otro valor— que el que dejamos atrás. La verdad —lo que acontece— es lo que perdimos. Todo pasa porque nada acontece —porque lo que acontece es, en realidad, lo que aconteció.

Por eso, un creyente que se tome en serio su fe debería partir de la posición de los que van a perder. Hay que tomarse en serio el No. Esto es lo que significa estar del lado de los que no cuentan. El amor, como principio y fundamento, está lejos de ser un dato. Sin duda, hay gestos de bondad sobrehumana. Y esta bondad solo se revela como de otro mundo en medio del infierno. Pero son la excepción. Sin embargo, es en nombre de esta excepción que el creyente es capaz de soportar el peso del tiempo —de resistirse a su evidencia. En nombre de los santos —en nombre del cordero degollado— , el tiempo debe tener un final. Aunque no podamos suponerlo. La fe siempre fue contrafáctica. De hecho, lo que el creyente espera es algo inconcebible. Sencillamente, no es una posibilidad del mundo. Por eso la esperanza creyente no es una suposición, sino un permanecer fiel a lo que ha visto el testigo, un imposible gesto de bondad. Solo el testigo da fe, en el doble sentido de la expresión. He visto que hay vida más allá de la muerte —las que entregan como perdón los que ya no tienen vida por delante, nuestras víctimas, los muertos antes de tiempo. Perdonar es restaurar. Hay que imaginar a un superviviente de Auschwitz abrazando a su verdugo para, cuando menos, vislumbrar de qué va el asunto. En ese momento, se decide el destino de la humanidad. Pues cabe la posibilidad de que el verdugo termine el trabajo. Pero también es posible que este se arrodille ante su víctima. Con todo, seguirá abierta la pregunta sobre el destino de los que murieron antes de tiempo. De ahí que la cuestión de los tiempos —la que plantea la imposible posibilidad de una resurrección de los muertos— sea, cristianamente, ineludible.

En cualquier caso, un cristianismo que, más allá de las imágenes con las que se expresa, olvide que nos encontramos en medio de un combate de dimensiones cósmicas —una fe que se reduzca a intimidad— deviene un cristianismo sin vigor. Y esto sucede, precisamente, cuando deja de situarse junto a los que sobran —cuando se ha puesto al servicio de los satisfechos que necesitan ocultarse a sí mismos que su satisfacción es un trampantojo. En definitiva, cuando la parroquia se ha convertido en mercado.

star trek

mayo 23, 2020 § Deja un comentario

Muchos de los que creen en Dios suponen que existe como una especie de marciano. En este sentido, no habría diferencia formal entre Dios y un ente superior. La diferencia entre Dios y el hombre sería, pues, análoga a la que pueda mediar entre una lombriz y cualquiera de nosotros… con la suficiente conciencia ecológica como para que las lombrices pudieran fantasear con que las amamos. De afirmar lo contrario, habríamos olvidado qué significa la palabra Dios. Pues bien, supongamos que topáramos con ese Dios —supongamos que se nos apareciese. ¿Habríamos topado con Dios? ¿Nos arrodillaríamos? Quizá. Un ente superior provoca por defecto nuestra fascinación, pero también nuestro temblor de piernas. Incluso un SS fue un dios para los musselman. Sin embargo, ¿acaso esto no tiene que ver con nuestra infancia, con el modo en que nos situamos ante lo superior? ¿No se equivocarían las lombrices de creer que somos dioses? ¿Es que no habríamos aplaudido al musselman que se hubiera mantenido de pie ante el SS? En cualquier caso, un ente superior nos obligaría a lidiar, pero ¿a adorarlo? Sin duda, podemos hacer como si lo adorásemos —pues aquí la adoración sería un momento de la lidia—, pero en el fondo lo que queremos es vencerlo. Espontáneamente, la relación del hombre con los dioses no deja de ser una relación política. El orgullo del esclavo es la raíz de su libertad ante aquel que le somete. Puede que el hombre no quiera otra cosa que derrotar a Dios. Ahora bien, para derrotarlo no es necesario mostrar su irrelevancia —con caer en la cuenta de que un Dios que existe no existe como Dios. Basta con ubicarlo en la intimidad. Como si fuera una variante del amigo invisible del niño solitario.

De ahí que la distinción bíblica entre Yavhé y las divinidades paganas no se plantee en relación con la pregunta sobre quién la tiene más grande. La cuestión subyacente es otra: qué es lo verdaderamente superior —qué es lo que nos puede en verdad. Y la respuesta ya sabemos cuál es. No, el poder de un dios territorial, sino la impotencia, por decirlo así, de una alteridad en falta. Al fin y al cabo, no la fuerza capaz de anularnos, sino el hecho de existir como huérfanos. Bíblicamente, Dios se revela como el que no es nadie sin la respuesta del hombre. Y esto no solo afecta a Dios, sino al cómo el hombre se sitúa ante la existencia. Frente a Yavhé el hombre no puede seguir siendo un imberbe. Yavhé no es homologable a lo que entendemos religiosamente por Dios. En este sentido, podríamos comparar la relación entre Dios y el hombre con la que media entre el yo y su particular modo de ser. Hay yo. Pero solo como el que difiere continuamente de sí mismo —del aspecto con el que por otro lado se identifica. Sin embargo, y por eso mismo, el yo pierde su sustancia donde fracasa la identificación —donde es incapaz de reconocerse en su imagen. En sí mismo, el yo no es más, aunque tampoco menos, que un clamor por llegar a ser. Un aún nadie.

Consecuentemente, nadie puede ver a Dios. El absolutamente otro, aquel que encontramos en falta por el simple hecho de existir, es en esencia invisible. No el ente invisible, sino el eternamente invisible. Como tal, Dios es no siendo aún. De Dios tan solo tenemos su resto —su espíritu. Esto es, su clamor, su mandato, su voluntad. Es cierto que, de entrada, únicamente escuchamos nuestro clamor, el que nos empuja a ser, precisamente, alguien —al éxito, al dominio sobre los demás, en definitiva, a ocupar el lugar de un Dios. Pero en verdad este clamor o inquietud nos dirigen a un callejón sin salida. Como decía Cioran, todo éxito es un malentendido. Quien intente reconocerse en su mejor imagen terminará, como Narciso, ahogado en ella. El error consiste en creer que eres el de Instragram. El hombre solo se encuentra frente a sí mismo donde cae en la cuenta de que no se trata de ser —de brillar—, sino de responder. Pues el otro se revela como el que nos invoca con la voz de los muertos y, consecuentemente, desde una exterioridad radical. La experiencia de Dios es la de un Dios que fue desplazado a un pasado inmemorial —el de la alteridad que perdimos de vista una vez fuimos arrojados al mundo. En lo más íntimo no encontramos a Dios, sino en cualquier caso, su voz espectral, la que nos invoca o sojuzga para volver a ser en el hombre. Dios quiere que el hombre lo abrace, por decirlo así. Sin embargo, abrazar a Dios no es abrazar a Dios, sino a aquel sin el cual no es nadie, al hombre sin Dios. Pero ¿quién podrá? ¿Quién será capaz de abrazar al leproso, al sobrante, al que nos repugna a causa de su pobreza? ¿Acaso esta capacidad no depende de haber aceptado antes su abrazo? Pero ¿podremos aceptarlo donde aún confiemos en nuestra posibilidad?

Por tanto, la pregunta por el lugar de Dios solo admite una respuesta. ¿Dónde está Dios? No en los cielos, sino en aquel que no parece contar ni siquiera para Dios. La exclusión de Dios —el que Dios no forme parte del todo— tiene su envés en los excluidos. Bíblicamente, no se trata de arrodillarse ante lo superior, sino de descender hacia el inferior —o si se prefiere, de arrodillarse ante el inferior para situarse ante él como el señor que es. Y esto es lo mismo que decir para invocar su perdón. Pues nadie se sitúa ante Dios en falta sin encontrase a sí mismo en falta ante aquellos que sufren, precisamente, el desamparo de Dios.

la verdad y el tiempo

mayo 22, 2020 § Deja un comentario

Pasa con la verdad lo que pasa con la materia: que con el tiempo deviene otra cosa (Hegel, dixit). La experiencia de la verdad es la experiencia de una pura presencia. Así, la verdad, antes que correspondencia entre idea y mundo, es el acontecer de lo que simplemente es o está ahí. La verdad, en este sentido, exige ser contemplada —y en tanto que no hay mundo que no sea un mundo interpretado desde el interés, la verdad es anterior al mundo. La verdad nos fue dada antes de que llegáramos a poseerla (y por eso mismo, transformarla en descripción).

Ahora bien, la presencia pura es, precisamente, lo que perdimos de vista una vez hicimos de lo dado un mundo habitable. La verdad supone un caer en la cuenta y no simplemente un saber. Así, sabemos que vamos a morir. Pero no nos tiemblan las piernas hasta que el médico no frunce el ceño. Todo saber es de oídas. Vivimos en la verdad de lo dado. Pero no somos capaces de reconocerlo. Difícilmente captamos el relieve —la carga de profundidad, el alcance— de lo que nos traemos entre manos. Como decíamos, el mundo es, antes que un dominio del hombre, donación (y no porque haya quien —un demiurgo, un extraterrestre, Matrix…— nos lo haya dado, sino precisamente, porque no lo hay). Pero vivimos como si no. De ahí que el programa de la fenomenología, el ir a por las cosas mismas, sobre todo en la revisión que hizo Heidegger del mismo, apunte a la experiencia primordial, aquella en la que el mundo se nos da como pura presencia. Ir a por las cosas mismas no tiene nada que ver, por tanto, con la cosa en sí kantiana —con la ignotum X de la experiencia. La ignotum X es, precisamente, el índice de la distancia que nos separa de la pura presencia, del don. La verdad no es el resultado de ninguna demostración. De ahí que, con respecto a la verdad, solo quepa regresar (y nunca del todo). No es lo que alcanzaremos si seguimos una pauta, sino lo que tuvimos que dejar atrás a la hora de transformar el puro il-y-a en dominio.

En modo alguno es causal que actualmente la fenomenología, sobre todo la francesa —Jean-Luc Marion, Claude Romano, Jean-Yves Lacoste…—, se preocupe por el asunto de la trascendencia, al fin y al cabo, por recuperar el sentido de lo trascendente desde la facticidad de la existencia. El punto de partida es lo que implica el haber sido arrojados al mundo, como quien dice, y no los indicios —siempre problemáticos— de otro mundo. Lo primero tiene que ver con lo que es. Lo segundo —la religión—, con lo que nos parece que es. Y lo que es siempre se encuentra más allá de las apariencias, aunque solo como pasado —como lo que tuvo que retroceder o desaparecer. De hecho, no hay que forzar excesivamente los textos de Heidegger para leerlos como un tratado de teología negativa.

Tampoco es casual que la recuperación de la verdad tenga su momento —y en Heidegger, como en la tradición filosófica, este no es otro que el momento de la muerte. El hombre es —existe— para la muerte, lo cual no significa que tenga que buscarla. Basta con tenerla en cuenta o presente. Memento mori, que decian los clásicos. Y es que solo ante la propia muerte caemos en la cuenta, más allá del simple sé que moriré, de que no todo importa en la misma medida. Solo ante la muerte puede haber un presente. El mundo se nos da como presente, en el doble sentido de la expresión, únicamente desde la posibilidad de un punto y final. Heidegger, como sabemos, hablaba de una vida auténtica frente a la vida inercial —la vida reducida a oficio— que, tarde o temprano, terminamos viviendo. De ahí que, como Heidegger defendió, la verdad se halle en manos del poeta —de aquel que es capaz de ver la costumbre con los ojos del asombro— y no del lado de la distracción, el chismorreo, la opinión. Ciertamente, cabe que lo que nos saque del quicio del hogar no sea la propia muerte, sino la muerte injusta de los que apenas cuentan, los sobrantes. Pero este es otro asunto.

del non plus ultra

mayo 21, 2020 § Deja un comentario

Hay más allá. Porque hay muerte. No hay experiencia del límite —y la muerte es nuestro non plus ultra— que no suponga un afuera. Sin embargo, aquí la imaginación juega a la contra. Pues quizá nos equivoquemos al creer que ese más allá es para nosotros. No puede serlo si se trata de un estricto más allá. De hecho, el más allá, antes que un espacio, es un tiempo: cuando mueras, la vida seguirá sin ti. Quizá por eso, la pregunta decisiva no sea qué vida cabe esperar después de la muerte —como si el mundo fuera un vientre que nos arroja, una vez alcanzamos la suficiente madurez, a otro mundo o dimensión—, sino si los muertos podrán regresar a la vida que se les arrancó, a menudo, injustamente. Pues los cielos no son para el hombre. Creerlo es pecar de narcisismo. Sin duda, estamos ante una pregunta que, sensatamente, solo puede tener una respuesta. No podemos esperar la resurrección de los muertos como el campesino espera la época de lluvias. La esperanza no es una expectativa. Más bien, se declina en el modo del imperativo. La cuestión, sin embargo, es en nombre de qué o, mejor dicho, de quién, creemos que la muerte —el horror, la desgracia, el verdugo— no pronunciará la última palabra, que no debe pronunciarla. De ahí que nadie crea en lo inconcebible por su cuenta y riesgo sin hacer el ridículo.

amor de Dios

mayo 20, 2020 § Deja un comentario

Es posible que Dios nos ame. Otro asunto es que nosotros podamos aceptar su amor. Que alguien pueda amarnos hasta el punto de morir por nosotros ¿no es algo perturbador, por no decir, paralizante? ¿Es que podernos hacernos una idea de lo que supone? Quien en la intimidad apenas logra soportarse a sí mismo ¿cómo podrá tomarse en serio el que un Dios —¡un Dios!— pueda amarlo? Es como si el deforme —el tullido, el leproso— se dijera que Adriana Lima, estando en sus cabales, lo desea con pasión. Y si llegara a creérselo ¿no será porque ha transformado ese amor en un amor espectral —en la vaporosa y, por eso mismo, equívoca sensación que experimenta quien imagina que es amado por un fantasma?¿Acaso un Dios amante no tiene antes que inmolarse por nuestra causa para que seamos capaces de responder a su amor— para que podamos corresponderle? ¿E inmolarse como uno de los nuestros? Pues eso.

claves de lectura

mayo 19, 2020 § Deja un comentario

¿Engendrado, pero no creado? ¿De la misma naturaleza que el Padre? ¿Volverá con gloria para juzgar a vivos y a muertos? Si le preguntáramos a cualquiera que recita el credo los domingos si cree realmente en lo que proclama, probablemente provocaríamos su desconcierto, por no hablar de su rubor. Ciertamente, podría contestarnos que sí. Pero aquí la respuesta a la talibán no nos interesa. También podría decirnos que no exactamente; que el credo es un modo de hablar. Que en el fondo el credo no dice más que hay un Dios que nos ampara y que Jesús fue su enviado o representante. Pero el credo dice lo que dice y no lo que nos gustaría que dijera. El único modo de comprender el significado de sus fórmulas no pasa por adaptarlo a lo que aún somos capaces de afirmar con respecto a Dios, sino por tener presente las historias humanas —y a menudo tremendamente humanas— que hay detrás. Nos equivocamos cuando tomamos los enunciados del credo como si pretendieran describirnos unos hechos —como si nos preguntásemos si hay unicornios en Marte.  Por eso mismo, deberíamos comenzar por ponernos en la situación de quienes ya no pueden ni siquiera concebir a un Dios de su parte para comenzar a intuir, cuando menos, por dónde van los tiros cristianos. Nada podemos entender del cristianismo mientras sigamos habitando un hogar, centrados en nuestra necesidad, sea o no espiritual. El sujeto de la esperanza —aquel que en la cima del Gólgota es capaz de confesar que el crucificado es el cuerpo de Dios— no es el que aún confía en sí mismo, en su posibilidad, aun cuando suponga que está se halla garantizada por una divinidad tutelar. La fe es un absurdo a ojos de cualquiera. En cambio, deja de serlo a ojos de un cualquiera. Y por eso mismo, tenemos que empezar por ahí, por el escándalo de la fe —por su carácter espontáneamente inadmisible. Desde la óptica cristiana, a la hora hablar de Dios no hay que comenzar hablando de Dios, sino de un hombre. Como en los evangelios: había una vez un hombre que… Pues Dios se revela en aquellos lugares o tiempos en los que no parece que pueda haber Dios. De ahí que la primera pregunta que podría plantearse un creyente es en nombre de quién cree —a quién le debe su fe. De hecho, la fe es una respuesta a una sola cuestión: y tú quién dices que soy yo. 

presencias reales

mayo 18, 2020 § Deja un comentario

Hay dos modos de estar frente a cuanto es. O bien, tratándolo como cosa —o también, pasando de largo, sabiendo que está ahí, pero como si no estuviera—; o bien, cayendo en la cuenta, con la mirada del asombro, de que simplemente es o está-ahí. La rosa es sin porque, decía el Silesius. Pero el mundo nos obliga a cortarlas. No podemos permanecer en el asombro. No es posible dejar que las cosas simplemente sean. Pero donde nos limitamos a su valor de uso —donde damos por descontado que una montaña no es más que una cantera— nuestro desarraigo es irreparable. Antiguamente, el ritual mediaba entre la experiencia de lo sagrado —de un formar parte originario— y la de un mundo a nuestra disposición. O por decirlo de otro modo, la presencia, antes que objeto, era dada. La donación precedía al trato. Ya no. Que hoy en día consideremos el ritual como una supertición quizá tenga que ver con que nuestra actitud principal hace tiempo que dejó de ser la del agradecimiento. Todo se nos presenta según la medida de nuestro deseo. Y de ahí nuestra contumaz insatisfacción.

un viaje alucinante

mayo 17, 2020 § Deja un comentario

El que alucina no alucina mientras alucina. Sobre todo, si de repente ve cosas que nadie más ve, esto es, si antes no ha tomado una dosis de peyote o LSD. Hasta los fantasmas huelen. Es después que podrá decirse a sí mismo que ha sufrido una alteración de la conciencia. Ahora bien, si puede decírselo es porque lo visto no encaja en los presupuestos de su mundo, aquellos que deciden qué puede admitirse como hecho. Nuestro punto de partida hoy en día es que no puede haber otro mundo. Si nuestro prejuicio fuera el contrario, entonces no hablaríamos de una alucinación, sino de una teofanía. Sencillamente, habríamos recibido la visita del ángel. Pero esto es, precisamente, lo que actualmente no podemos decir. No hay hechos químicamente puros, hechos que no estén cargados de a priori —de lo que culturalmente damos por sentado. Y lo que, como modernos, damos por sentado es que no cabe la aparición. Un fantasma, de haberlo, no sería más que un fantasma. Más que nuestra reverencia, impulsaría nuestra curiosidad. Aunque no pudiéramos evitar el estremecimiento inicial. Bastaría con que nos acostumbrásemos a su presencia —bastaría con darlo por hecho— para que se desvaneciera el efecto transcendencia. Donde la sospecha, salvo con respecto a lo medible, se ha incorporado al sentido común nadie puede, sensatamente, seguir confiando en su experiencia. La sensaciones intransferibles no constituyen la medida de la verdad. De ahí que se entiendan como un simple asunto interno. No es casual que ciencia y nihilismo vayan a la par.

teoría del lenguaje

mayo 16, 2020 § Deja un comentario

Para muchos de los que se ocupan de este asunto, el lenguaje humano comienza con la denominación. Necesitamos nombrar las cosas para que, juntos, podamos utilizarlas y, quizá sobre todo, intercambiarlas. Sin nombres no podríamos jugar al balón o tomar un café. Un nombre funciona como una etiqueta. Y aquí la etiqueta se aplica tanto a las cosas como a la acción (en general, un verbo podemos entenderlo como el post-it de una práctica). En este sentido, el lenguaje sería principalmente un instrumento de comunicación social al servicio del uso que hacemos de las cosas. Ahora bien, de ser solo eso, entonces no nos distinguiríamos de los chimpancés. La ruptura con el mundo animal comienza no con los nombres, sino con la cópula —con el verbo ser. Los chimpancés también son capaces de nombrar. Pero, qué sepamos, ninguno se interroga sobre qué significa decir que algo es-ahí. No hay ahí para el chimpancé. La cópula en modo alguno puede comprenderse como un verbo entre otros, no une etiquetas. Por medio del verbo ser, más que denominar, juzgamos. Esto es, con la cópula respondemos a la pregunta acerca de lo que se trata en cada caso. Pues, en realidad, todo se nos muestra confusamente. El amor de una madre, pongamos por caso, ¿es solo amor? ¿Acaso su abrazo no puede también ahogarnos? La decisión que tomamos ¿es justa? ¿O solo nos lo parece? Todo, hasta cierto punto o medida. De acuerdo. Pero necesitamos también decirnos que las cosas son lo que creemos que deberían ser. No podemos soportar caminar sobre el alambre durante mucho tiempo. En el espacio del ni una cosa, ni otra hay demasiada tiniebla. Hablar es, sobre todo, juzgar. Aunque con el juicio no podamos hacer otra cosa que equivocarnos. Difícilmente, el mundo poseería la estabilidad que suponemos que posee —difícilmente, sería un hogar más o menos habitable— de percibir a flor de piel la borrosidad de cuanto sucede. Como arrancados, buscamos la solidez a la que apunta la palabra ser. Pues, al menos sobre el papel, nada es que no permanezca. De ahí que cuando el Sócrates de turno pregunta si acaso sabemos de lo que estamos hablando, todo se tambalee (y de paso, nosotros). El lenguaje común, al fin y al cabo, antes que un instrumento es un trampantojo —y un trampantojo que responde a una exigencia, en el fondo, moral.

el alien y el poeta

mayo 14, 2020 § Deja un comentario

Quien quiera ver a Dios tiene que ser ciego, escribió el Maestro Eckhart. Por su parte, Paul Celan añadirá, siglos después, una glosa: ciégate para siempre / también la eternidad está llena de ojos. ¿Cierto? Sin duda. Aquí hay verdad, aunque de hecho la eternidad no sea un saco repleto de glóbulos oculares. Solo como ciegos percibimos la presencia del alien —de una genuina alteridad. Pues en esto consiste la aparición: en ser vistos —o tocados— por quien no podemos ver. Nuestra mirada siempre estuvo al servicio del dominio de lo extraño. Al menos, en tanto que nos permite mantener la distancia de seguridad. No es casual que ni el tacto ni la escucha sean objetivos. Únicamente, la visión puede serlo. Como tampoco lo es que la palabra teoría proceda de la palabra theos (dios en griego). En la teoría alcanzamos a ver las cosas como pueda verlas la divinidad. La visión reduce la presencia a objeto de la experiencia. Así, decimos espontáneamente ahora lo sé, ahora lo veo —y no, ahora lo sé, ahora lo escucho. El grado cero de la presencia no se encuentra en la visión —a menos que contemplemos lo que hay con los ojos del asombro—, sino en el tacto y la escucha. Sin embargo, el tacto y la escucha solo devienen puros en la oscuridad. Ante el alien —ante aquel que aún no hemos logrado reducir a imagen— inevitablemente nos encontramos en una posición vulnerable. La aparición propiamente no deslumbra. Provoca, más bien, nuestro temblor y temor. Un alien tanto puede abrazarnos como devorarnos. Es una voz —un tacto— en medio de la noche. Estamos, sencillamente, en sus manos. No hay experiencia de la alteridad que no implique indefensión. Y todo es alteridad para el ciego. De ahí que nadie puede preferir para sí mismo habitar en la oscuridad. Lo preferible es saber a qué atenernos, ver el mundo como si fuéramos un dios. Pero nadie dijo que seamos lo que preferimos ser.

Dios es Dios

mayo 12, 2020 § Deja un comentario

Con respecto a Dios —Heidegger diría con respecto al Ser—, de entrada no cabe ir más allá de la tautología. Inicialmente, de Dios no hay descripción que valga —no cabe su reducción a concepto. Y por eso mismo tampoco hay un referente —un algo en particular, ni siquiera enigmático. Dios es Dios. Hablamos de una docta ignorantia frente a una presencia virginal —de un hallarnos expuestos al puro haber. Aquí todavía no hay fantasmas, sino tan solo un simple, aunque excesivo, il-y-a. Todo es aparición. No es casual que el animismo fuese la primera religión si es que podemos aquí hablar de religión… pues en un mundo donde incluso las piedras posee un alma, no hay partes que religar. En este sentido, el regreso al Ser con el que nos martilleó Heidegger podría leerse, más allá de su retórica, como la necesidad histórica de volver al animismo, por decirlo así.

La cosa cambia cuando convertimos a Dios en un ente entre otros, aunque lo consideremos supremo, esto es, donde hacemos de Dios el referente de nuestra idea de Dios. Y cambia no solo en lo que respecta a Dios, sino también en lo relativo a quiénes somos. Pues el hombre que es capaz de adorar a Dios —de contemplar con los ojos del asombro el milagro del haber, de respetar la distancia de lo sagrado— no es el mismo que el que intenta llegar aun buen trato con un dios concebible. En este caso, el hombre ya ha mordido la manzana. Y quizá fue inevitable que la mordiera si se trataba de incorporar a Dios en el día a día. Pero la incorporación de Dios tiene un precio. Tras su pasión por el conocimiento, el hombre procurará ocupar el lugar del dios incorporado, al fin y al cabo, pretenderá vencerlo. El olvido del Ser, por seguir con la jerga de Heidegger, va con la voluntad de dominio y, por ende, con la transformación del mundo en objeto de la técnica —y la religión, como rito, no deja de ser un método. La historia comenzó con la magia. El exceso de Dios es, para el caído, tan solo circunstancial, por no decir aparente.

Con la caída —con el olvido del Ser, por decirlo a la Heidegger—, la aparición se convirtió en apariencia. El mundo —y Dios con él—devino representación. Esto es, a partir de entonces, lo primero ya no será el mundo —el hecho de estar ante la extrañeza del puro haber—, sino la idea que nos hacemos del mundo. O en lo relativo a Dios, lo primero no será Dios —nuestra exposición a Dios—, sino nuestra suposición acerca de Dios. Por eso, el conocimiento dependerá de asegurar la verdad de nuestras representaciones de cuanto sucede. Es lo que tiene que la palabra sea, antes que la morada del Ser, un instrumento. Como arrancados de la presencia, dejamos de formar parte. La verdad será, consecuentemente, lo que de hecho pasa, en modo alguno lo que acontece. Y esta verdad no admite testigos, sino especialistas. De ahí que el creyente intente preservar en lo más hondo de sí mismo la memoria de su fragilidad frente al misterio, permanecer en la posición de quien se encuentra a sí mismo desnudo ante lo que le supera. Y lo que le supera, no es el fenómeno extraordinario —en cualquier caso, este sería el índice de una exposición más fundamental—, aunque lo parezca, sino el hecho de que haya presencia. Se trata de una postura, más que de una visión. La fe, antes que creencia, fue —y sigue siendo— un asunto corporal. Únicamente el creyente deja que Dios sea. También, el poeta, aunque sin Dios mediante. Ante el poema no tiene sentido preguntarse y tú cómo lo sabes. Debe ser tal y como ha sido pronunciado. Joven ateniense: sé fiel a ti mismo y al misterio. Todo lo demás es perjurio. Aquí ¿cabe decir algo más? Quien se atreviera a dar su opinión —quien añadiera pues a mí no me parece que todo lo demás sea perjurio— ¿acaso no estaría hablando de sí mismo, de su incapacidad? El poeta desaparece en su obra. No es su logro. En la palabra justa acontece la presencia: es así porque está bien dicho. Algo parecido podríamos decir de los profetas.

Con todo, lo cierto es que no podemos regresar a la posición original, salvo puntualmente. No cabe hacer de la posición creyente una sesión continua. Existimos como arrancados. Y esto se traduce en el hecho de que el mundo no solo es digno de asombro, sino también motivo de escándalo. Luz y oscuridad —bendición y tiniebla— van a la par. Hay noche estrellada —hay paisaje. Pero también, el Gulag. De ahí que, bíblicamente, no se trate de negociar con Dios, ni por supuesto de penetrar en su misterio, sino de hacer lo debido —y luego ya veremos… si es que hay algo que ver. Con respecto a Dios, y teniendo en cuenta que fuimos arrancados de su presencia, la cuestión no es Dios, sino lo debido a Dios. Y lo debido a Dios es la vida que nos ha sido dada, precisamente, por el retroceso de Dios. Ahora bien, por eso mismo, lo debido a Dios es también el tener que preservarla de nuestra impiedad. El don supone un estar deuda, aunque se nos diera porque sí. Acoger lo dado va con el tener que responder. Desde una óptica bíblica, de Dios tan solo escucharemos, de escucharla, una voz —en realidad, un clamor—… que nos invoca a través del llanto de los que no cuentan (y aquí Heidegger no tuvo nada que decirnos). Podemos, sin duda, cultivar el hallarnos en el sentimiento de una presencia. Y es bueno hacerlo. Pero no sin ser conscientes del peligro de forzarlo hasta el punto de hacer de dicho sentimiento una posesión —un estado. En ese caso, el creyente se convierte en un iluminado. Entre una cosa y otra —entre la aparición y el desarraigo, la adoración y el lamento, la gracia y el mandato— anda nuestro estar en el mundo. Y así hasta el final de los tiempos. Quizá no sea anecdótico que Heidegger, en sus últimos años, dijera que tan solo un Dios puede salvarnos. Aunque no deberíamos aquí descartar la ironía.

pregunta trampa

mayo 11, 2020 § Deja un comentario

¿Cómo lo sabes? No lo sé; es lo que soy. Un ciempiés no puede responder a la pregunta acerca de cómo puede coordinar sus cien pies… sin que deje de moverse. La pregunta es, de por sí, paralizante. Hay creencias para comprobar y creencias para encarnar. El problema es que bajo las exigencias del logos terminamos confundiéndolas. Ahora bien, sin la sospecha acabamos siendo, precisamente, unos ciempiés. Y no es esto lo que queremos. Pero con ella nos quedamos sin luz —sin transparencia, sin aparición. La segunda ingenuidad, tan solo puede ser irónica. O sufriente.

equilibrio y lenguaje

mayo 10, 2020 § Deja un comentario

Los griegos decían que el equilibrio entre opuestos es lo que hay, por decirlo así. Que todo es cuestión de medida. Que no hay nada sin mezcla. Que el error consiste en el exceso. Así, es cierto, pongamos por caso, que no hay amor que no vaya acompañado de unas cuantas dosis de celos. Pero al igual que, donde los celos pesan más, el amor se transforma en posesión. Podemos admitir que no es lo mismo amar que desear. Pero sería inhumano un amor que no partiera del deseo —que no lo incluyera en absoluto. Y así hasta que nos cansemos. Por eso, en los asuntos predicativos, el lenguaje es una trampa —o si se prefiere, una simulación. Al menos porque el es del A es B no admite por defecto medias tintas. Es como si el decir fuera un veredicto. ¿Hay amor —belleza, bien…— o no lo hay? Vamos a verlo. Esto es, vamos a decirlo. El lenguaje no acierta con la medida exacta. No puede hacerlo, en tanto que las fronteras entre un hecho y su contrario son borrosas… en la mayoría de los casos. Por eso mismo, la sinceridad tiene que ser irónica. ¿Me amas? Vamos a decir que sí… Pero donde abusamos de la sinceridad el juego se interrumpe. Debemos jugar con las palabras. No hay que tomárselas demasiado en serio. Esto es, debemos seguir con la ilusión, hacer como si el trampantojo fuese real. La ironía solo puede ejercerse impunemente entre amigos… siempre y cuando no apunte a la amistad.

El equilibrio —el en cierta medida o hasta cierto punto— no admite ser cuantificado. De ahí que, por lo común, nos baste con lo que nos parece que es —con lo suficiente. ¿Cuántas dosis de celos podríamos tolerar? No lo sabemos, aunque sepamos que no demasiadas. ¿Cuándo podríamos decir que un vino ha alcanzado su madurez? Aquí es inevitable el más o menos, dentro de ciertos márgenes. ¿Cuántos granos de arena deberíamos quitar para que un montón de arena deje de serlo? Y, sin embargo, no hay equilibrio que sea estable. De ahí que, cuando se tambalea más de la cuenta, nos preguntamos de qué se trata al fin y al cabo. ¿Qué es lo que nos traemos entre manos? ¿Amor o costumbre? ¿Heroísmo u oficio? ¿Bondad o interés? Esto es, tarde o temprano nos veremos empujados a juzgar —a decir de qué se trata en cada caso. Es lo que necesitamos decirnos, aunque no sepamos a ciencia cierta cuál es la respuesta. No podemos soportar demasiada realidad —andar sobre la cuerda floja durante mucho tiempo.

Ahora bien, un juicio siempre se lleva a cabo en nombre de lo que debe ser —en nombre de lo paradigmático o ideal. Por eso, cuanto nos traemos entre manos tiene las de perder. El lenguaje —la predicación— es un juez implacable. Las palabras vienen del cielo. Por eso mismo, siguen estando al servicio de un dios. Y ante la irrupción del un dios, nada se salva. Pues todo se nos da a medias, nunca hasta el final o por entero. No es casual que, como dijera Hegel, donde irrumpe la reflexión no vuelva a crecer la hierba. Como tampoco lo es que la filosofía termine coqueteando con el nihilismo… si es que no lo abraza. Y es que lo que no es por entero —lo que no acaba de ser lo que debiera—, lógicamente no es.

Con todo, podríamos preguntarnos si acaso al someternos a la exigencia del logos no habremos echado por la borda la posibilidad de ver con los ojos de la gratitud cuanto nos ha sido dado. El logos es un arma de doble filo. Es cierto que solo a través de la pregunta por lo que hay más allá de lo que nos parece que hay cabe distanciarse del poder de lo impersonal —de lo que se dice o se hace, al fin y al cabo, de la inercia. Pero también es cierto que en el logos hay una pretensión que no está a nuestro alcance. Para quien no tiene qué comer, un croissant al que le falte un cuerno es un milagro. No, para el niño malcriado. Más bien, lo probable es que lo desprecie: no es lo que debiera. Y aquí, sencillamente, se equivoca. Al menos, porque el retroceso —la ocultación, la des-aparición—de lo real pertenece a la naturaleza de lo real, a su darse o hacerse presente. Porque el no terminar de ser va con lo que debe ser.

si la fe fuera un asunto interno

mayo 9, 2020 § 2 comentarios

Si la fe solo fuera solo cuestión de sentirse bajo el amparo de Dios —o de un percibir intensamente la vida como milagro— ¿acaso no bastaría con una droga de la fe? Si se tratara de vivir a flor de piel la presencia invisible de Dios, ¿no sería suficiente con alterar artificialmente nuestra receptividad para sentir junto al esquizoide que existimos rodeados de fantasmas? El que la fe haya pasado como quien no quiere la cosa a ser un experiencia interior y poco más —algo que se decide únicamente en el territorio infranqueable de la intimidad— nos impide caer en la cuenta de que la convicción del esquizoide es el reflejo especular de la del creyente. Que entendamos las visiones del esquizoide como expresión de una enajenación mental mientras que aceptamos la creencia de muchos en la presencia intangible de algo más como legítima, siempre y cuando se presente como una opción personal, ya es de por sí el índice de una cierta mala fe. La indeterminación actual de la experiencia creyente juega a su favor. Pero al precio de enmascarar a Dios. El esquizoide, en este sentido, estaría más cerca de la experiencia tópicamente religiosa que el creyente de hoy en día. Pues, teniendo en cuenta que no le suelen temblar las piernas cuando experimenta a Dios en su interior —y no necesariamente porque Dios sea terrible—, podríamos decir que en nuestros tiempos el creyente, antes que creer, cree que cree.

Pero no siempre fue así. Originariamente, la fe respondió a la dura realidad. Es verdad que el punto de partida de la fe de Israel —la única creencia que en la época contó como fe— fue la efectividad la intervención divina. En concreto, la liberación de Egipto: tenemos a un Dios de nuestra parte. En este sentido, y puesto que antiguamente los dioses se daban por descontado, la fe, antes que una experiencia íntima, fue un asunto corporal —y por eso mismo, Dios, un ente casi palpable. Luego, la cosas de Dios fueron evolucionando, por decirlo así. La desgracia absoluta —la destrucción del Templo a manos de las tropas de Nabucodonosor— desplazó la trascendencia de Dios de los cielos a un pasado inmemorial. De ahí que dicha trascendencia se hiciera radical. Dios es un Dios que el creyente avant la lettre encuentra esencialmente en falta —un Dios por ver o por-venir. Su realidad es la de una alteridad que perdimos de vista al nacer. Hay, sin duda, luz, milagro, excepción —el hecho de seguir con vida desde el fondo de un cosmos, cuando menos, indiferente. Pero también, horror y oscuridad. Bendición y maldición van de la mano. Por eso, la fe se juega en el territorio de la carne, aun cuando encuentre, ciertamente, un eco —una resonancia— en el corazón del hombre. El creyente, al ser invocado por el clamor de Dios, no puede a su vez dejar de interpelar a Dios —a un Dios que desde el fango de la existencia ni siquiera puede imaginar— con una pregunta fundamental: qué vida pueden esperar quienes murieron antes de tiempo a causa de nuestra impiedad. Y aquí no hay saber que valga. Ni siquiera hipotético. En cualquier caso, una fiel confianza en un futuro más allá de la historia. Y ello en nombre, precisamente, de la vida que nos ha sido dada por el repliegue de Dios, y de los pocos gestos de bondad que han habido en medio del infierno. Ciertamente, increíble. Pero lo increíble de la fe no es el síntoma de nuestra ilusión o fantasía, sino de que acaso tan solo lo imposible —lo que el mundo no puede admitir como concebible— sea lo único real.

qué difícil es ser un Dios (y 2)

mayo 7, 2020 § Deja un comentario

En el fondo, anhelamos que un dios —o una diosa— aparezca en nuestras vidas. Mejor dicho, que un dios nos elija. Tan solo un ser extraordinario, se trate de un hombre o una mujer, es capaz de liberarnos de la repetición. Pero un dios no puede amarnos como dios, salvo paternalmente. No somos su igual. Y no es eso, precisamente, lo que queremos —un amor condescendiente. Quizá podamos gustarle —y, por eso mismo, creer que nos ama. Pero lo superior no puede amar lo inferior. Como decían los griegos, el amor, únicamente entre iguales. Para poder amarnos, un dios antes tiene que renunciar a su divinidad —tiene que rebajarse, humillarse, empobrecerse. Dejar de ser un dios. Sin embargo, de hacerlo, no podríamos aceptar su amor —su sacrificio. Más bien, lo despreciaríamos. Por no hablar de colgarlo de nuevo en una cruz.

Agustín

mayo 6, 2020 § Deja un comentario

Con Las Confesiones de Agustín el cristianismo pasa a ser algo muy distinto de lo que fue originariamente. Podríamos decir que, a través de Agustín, Cristo deviene la excusa de una relación privada con Dios. Y de aquí a entender la Encarnación como ejemplificación media un paso. Es conocido el lema de Agustín interior intimo meo —más íntimo que mi propia intimidad. Que luego le añadiese superior summo meo no quita que, de facto, Agustín le encontrase un hueco a Dios en las profundidades abisales del alma. La cuestión es de qué superioridad hablamos. Es cierto que el superior summo meo apunta a un sujeto que no encuentra su raíz en sí mismo. Y esta es, sin duda, la conditio sine qua non de la experiencia religiosa. Pero no me atreveria a decir que sea igual decir que la raíz de la que fuimos arrancados —o si se prefiere, separados— sea un ente superior que un Dios esencialmente extraño o enteramente otro —un Dios que no es aún nadie sin la fe del hombre. El primero exige un saber —aunque se trate de un saber que transforma el alma. El segundo, una respuesta. De hecho, cristianamente la superioridad de Dios es paradójica: aquel en cuyas manos estamos no es el dios que nos fascina con su poder, aun cuando se trate del poder del amor, sino un Dios-lumpen  —un Dios que despreciamos como un resto de hombre. Y no parece que Agustín dijera esto último. Aunque le moviese la caridad.

En cualquier caso, hasta el momento, a nadie se le había ocurrido hacer de Dios un dato de la interioridad. Al menos con la contundencia con la que lo hizo Agustín. Y no porque con anterioridad los hombres y mujeres de fe creyeran que Dios permanecía en las afueras del corazón humano. De hecho, como dijeron los profetas, solo Dios es capaz de alcanzarlo hasta transformarlo en un corazón de carne. Pero bíblicamente, Dios llega a la interioridad del hombre desde el exterior, en realidad, desde una exterioridad inalcanzable. El corazón de uno tiene que dejar de latir para seguir latiendo a través del corazón de los que no cuentan. Desde una óptica bíblica, en lo más profundo no hallamos la luz, sino el vacío en el que resuena el clamor de los excluidos como el clamor mismo de Dios. O mejor dicho, la luz que pudiéramos hallar —la que nos mueve a la gratitud— no termina de iluminar la oquedad donde resuena dicho clamor. Y esto no es, ciertamente, lo que leemos en Agustín, aun cuando él sea muy consciente de que nacemos y vivimos como alejados de Dios. Dios, en la obra de Agustín y otros Padres de la Iglesia, antes que voz, es verdad o, si se prefiere, summa re. Literalmente, in interiore homine habitat veritats. Y donde Dios es comprendido como summa re el hombre tarde o temprano termina liberándose de Dios, mejor dicho, de su juicio o interpelación. Ciertamente, para Agustín, Dios no es un algo, sino un alguien. Pero un alguien que llama al hombre desde el fondo de su alma, para encontrarse de nuevo con él, no aquel cuyo modo de ser depende de la respuesta del hombre a su invocación —no el Dios que se pone en manos del hombre para llegar a ser el que fue, el Dios que, como Padre, siempre permanecerá más allá del Hijo con el que se identifica.

No es casual que, al comprender la interioridad como el lugar del encuentro con Dios, Agustín plante la semilla del sujeto moderno. En este sentido, el cogito cartesiano es heredero del si enim fallor, sum de Agustín. La diferencia entre Descartes y Agustín pasa por que el primero, en su propósito de alcanzar una primera certeza, no da a Dios por descontado. Y esta diferencia en modo alguno es anecdótica. Pero, sea como sea, lo cierto es que para ambos lo que decide la relación con Dios no es ya el culto, sino la introspección. Así, con la obra de Agustín, la confesión cristiana deja atrás su dimensión pública o corporal. Pues en un principio el carácter confesional de la fe se resuelve ante aquel que, habiendo sido abandonado incluso por Dios, nos interroga acerca de su identidad: y tú quién dices que soy. Leyendo Las confesiones uno no puede evitar la impresión de que, con ellas, el crucificado ha sido puenteado. Como si para llegar a Dios, bastase con bucear. Y no me atrevería a decir que los evangelios vayan por ahí. Aunque añadamos, empleando un lápiz más fino, que tendríamos que sumergirnos hasta donde ya no pudiéramos respirar.

diálogo entre amantes

mayo 5, 2020 § Deja un comentario

Un hombre y una mujer, tras intimar a las pocas semanas de conocerse.

Ella— te quiero… (susurrándoselo al oído)

Él— es posible…

Ella— no. Es así como lo siento.

Él— quizá sea pronto… Todavía no has visto mi lado oscuro… (guiño)

Ella— sí que lo he visto: roncas. Pareces tan frágil… (acariciando su rostro)

Él— este aún no es mi lado oscuro. Lo será cuando mis ronquidos te den asco… (otro guiño)

de Dios y los árboles

mayo 4, 2020 § Deja un comentario

Un árbol está-ahí. Un piedra está-ahí. Pero el estar no está. Más bien, por todas partes y en ninguna. Pero este no es un asunto espiritual, sino acaso lingüístico. Lo espiritual comienza con la ausencia de un quién —con su eterno por-venir. No hay esperanza sin memoria: recuerda que naciste como arrancado.

pura sangre mesiánica

mayo 3, 2020 § Deja un comentario

Ayer vi, por segunda vez, el remake que hizo Antoine Fuqua del clásico Los 7 magníficos. Un excelente western. También un buen buddy film. El argumento es simple: hay un malo muy malo que pretende apropiarse de las tierras de unos pobres campesinos. Estos recurrirán a una especie de cazarrecompensas —un digno Denzel Washington— que llega casualmente al pueblo para llevar a cabo un trabajo. Tras resistirse en un primer momento, se dejará convencer por una mujer valiente para que les libere del opresor —busco justicia; pero acepto venganza, le dirá. El cadáver de su esposo, asesinado por el malo, aun está caliente. Muy bien. La primera parte del film consiste en reclutar a unos cuantos derrotados por la vida —un antiguo soldado de la confederación, un viejo comanchero al que ya no le quedan cabelleras que cortar, un pistolero alcohólico, un chicano en busca y captura, un indio desterrado por su tribu… Nosotros somos los gigantes que limpiamos el Mal de la tierra, serán las palabras finales del viejo —y bruto— comanchero. Todos ellos son ruinas de sí mismos. Como si su misión fuera una última oportunidad de redención. El resto uno ya se lo puede imaginar. Mito puro y duro.

De vez en cuando, hay que ver películas de este género, todas cortadas con el mismo patrón, para vivir a flor de piel lo que significa la esperanza de los desesperados. Sencillamente, Sam Chisolm, el protagonista, es el Mesías. No se sabe de dónde viene ni adónde se dirigirá tras haber instaurado el Reino. El héroe tiene que partir, desaparecer tal y como apareció. Sería ridículo que echara raíces y fundara una familia: no es de este mundo. Es un enviado. Aunque sea un hombre —y un hombre con un terrible pasado— no es como los demás. Los que no cuentan difícilmente pueden esperar otro milagro que el que realiza —y duramente— un hombre-dios que está, de manera sorprendente, de su parte. Sin embargo, también hay que ver este tipo de westerns, para caer en la cuenta de lo que sería un western cristiano. Basta con imaginar que el malo gana —que el héroe y su pandilla son, finalmente, ahorcados. Los campesinos no podrían evitar la impresión de que su héroe era un fake —esta fue, de hecho, la primera convicción de los discípulos del crucificado. Volvemos a la eterna repetición de lo mismo. Simplemente, gana el que carece de piedad. Pues bien, si en los minutos finales se añadiera una escena en la que el mesías resucita con un poder sobrehumano para poner a cada uno en su lugar ¿acaso, como espectadores, no tendríamos la sensación de que se trata de un añadido de la productora? ¿Acaso no estaríamos ante el típico final feliz que no cuadra con la historia que se nos contó, y cuyo objeto es dejar al público con un buen sabor de boca? Dicho final, ¿no sería, por eso mismo, increíble? Los críticos gafapasta probablemente se pondrían a silbar, preguntándose, de paso, qué se habrían fumado los guionistas. Ya lo dijo Pablo: si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe. Y esto está muy cerca de decir que la fe es un despropósito.

De ahí que el cristianismo de hoy en día haría bien en plantear de nuevo —y en serio— la cuestión sobre el significado de los relatos del resucitado. Al fin y al cabo, de qué hablamos cuando hablamos de la resurrección. Puede que la respuesta nos obligase a admitir que, aun cuando la resurrección como dato ya no pueda valer para nosotros, sí sigue valiendo lo que la resurrección reveló en su momento, a saber, que no hay otro Dios que el que se descuelga —y se descuelga porque lo descolgamos al responder a su provocación. Que solo porque hubo quienes regresaron con vida del infierno —y ofreciendo un inaceptable gesto de bondad— podemos esperar que el verdugo no pronunciará la última palabra. Aunque nos cueste creerlo —y aunque no fuera eso lo que esperábamos de buen comienzo. O por eso mismo. Ahora bien, porque dicha revelación lo forzaría a abandonar lo que se entiende espontáneamente por divino, no parece que el cristianismo esté por la labor. Demasiados años de religión sobre sus espaldas como para dar marcha atrás. Con todo, y por suerte, seguimos sin tener ni idea del porvenir. El futuro, desde los ojos la fe, siempre se declinó en imperativo, y no en los modos de una expectativa razonable.  

obras públicas

mayo 2, 2020 § Deja un comentario

Al final, solo nos quedará el andamio, un permanecer calladamente junto a lo que se nos dio y no supimos conservar. Puede que haya más verdad en mantener las formas que en el sentimiento. Aunque tampoco quepa mantenerlas antes de tiempo. Ya lo dijo Qohélet: hay un tiempo para cada cosa. Y aquí, aunque no se trate de una cosa, podríamos también incluir a Dios.

un apunte sobre la inmortalidad

mayo 1, 2020 § Deja un comentario

Decir te amo significa no debes morir (G. Marcel, dixit). Vivirás, esto es, debes vivir. O también, volveremos a estar juntos. La muerte no podrá separarnos. Basta con ponerse en la piel de una madre para verlo. La inmortalidad no es el objeto de una creencia. Es un síntoma del amor. Va con él. Otro asunto es que no podamos afirmar que la muerte no tendrá la última palabra como quien afirma que la tierra es redonda o que la lluvia fecunda los campos. O como quien imagina que hay vida en los confines de la galaxia. Al fin y al cabo, la verdad o, mejor dicho, la verdad a flor de piel, antes que una suposición lo suficientemente contrastada se presenta como mandato—como lo que debe ser aun cuando difícilmente podamos concebirlo. Y ello en nombre de lo que decide el sí o el no de nuestro estar en el mundo —en nombre del don o la gracia. De ahí que la pregunta no sea cómo lo sabes. Pues estrictamente no lo sabes. La verdad —la verdad que importa— no es algo que el hombre pueda poseer. Más bien, sucede al revés.

ser juzgado

abril 30, 2020 § Deja un comentario

El sentimiento de inferioridad tan típico de la infancia es el resultado de hallarnos bajo el juicio del Padre: tú no eres —ni serás— como él. ¿Como te liberas? Quizá no matando al Padre, como diría Freud. No, desmitificándolo. En esa lucha uno tiene las de perder. Un Padre es inasible. Siempre fue nuestro fantasma. Más bien, la liberación sucede cuando cambiamos de Padre. Y lo mejor es adherirse a uno para el que no haya juicio. Todo fluye. El problema surge cuando el que dejamos atrás es el verdadero. Y la verdad tiene que ver, no ya con nuestras suposiciones, sino con lo que reclama el non plus ultra de la existencia. Esto es, con la posición que tomamos ante la muerte, el sufrimiento, la injusticia, el don.

Nietzsche y la fuente judía

abril 28, 2020 § Deja un comentario

La muerte de Dios anunciada por Nietzsche con entusiasmo profético no niega, si lo pensamos bien, la posibilidad de un ser superior. Pues haberlo, puede haberlo. Lo que niega es que que se trate de un padre. Sencillamente, el que nos juzga desde arriba —el que dota de valor al evaluarnos— es tan poca cosa como aquel al que juzga. Como si quien nos juzgara no fuera más que un niño que juega a juzgarnos. Aunque nos parezca un dios —o él mismo se crea un dios. No hay Nabucodonosor que no tenga los pies de barro. Nietzsche era consciente de que su operación destructiva ya la hicieron antes los profetas de Israel. Pues fueron ellos los primeros en denunciar a los dioses como dioses en falso. Sin embargo, al rechazar la trascendencia de lo que entendemos espontáneamente por divino, salvaron a Dios de caer en la irrelevancia del dato. Dios es más Dios cuando su invisibilidad responde a su eterno porvenir —cuando amenaza con una aparición inviable; cuando lo que se da por descontado, no es su presencia, sino su ausencia. En este sentido, Dios se revelaría como el límite asintótico de la existencia. De ahí que negar que haya Dios equivalga a proclamar el eterno retorno de lo mismo. Esto es, nada nuevo puede haber bajo el Sol, nada en verdad otro —nada o nadie irreductiblemente extraño. Puede que a Nietzsche le faltara una pizca de perspicacia judía. Al menos, porque un Dios herido de muerte por el orgullo del hombre es más Dios que aquel que admite un trato. Y es que, si Dios es el nombre de una absoluta alteridad, entonces no hay nada más real que el Dios que perdimos de vista al nacer.

entre uno y otro

abril 27, 2020 § Deja un comentario

En la base de la experiencia religiosa, hay dos sentimientos en tensión. Por un lado, el de formar parte. Por otro, el de existir como arrancados. En el primer caso, el horizonte es el de la armonía. Se trata, en definitiva, del acorde. Su punto de partida es el asombro. Hay un único milagro: que el mundo sea. Aquí lo sobrenatural es lo más natural —no la posibilidad de un mundo de duendes. Basta con verlo o, mejor dicho, con caer en la cuenta. En el segundo, el arrancado —el judío, el cualquiera (y ¿quién no es cualquiera?)— sería una nota discordante, por seguir con la metáfora del acorde. Aquí, partimos del escándalo. Basta con tener entre tus brazos el cadáver de tu hijo tras la última operación del enemigo para poner a Dios contra las cuerdas —para que deje de ser evidente que, en el fondo, habita el espíritu de interconexión. Es posible que sea así —que lo primero fuera la paz. Sin embargo, la Creación está rota. De ahí que Dios sea el Dios que dejamos atrás —aunque, por eso mismo, también el Dios que está por regresar. Sea como sea, entre uno y otro, como narra el libro de Job, anda nuestra consustancial exposición al misterio. El riesgo es que la tensión rompa la cuerda. Y la rompemos donde despreciamos al que acentúa el polo que nosotros no tenemos tan en cuenta. Pues, como hombres y mujeres situados, no podemos evitar el acento. En cualquier caso, seguimos sin saber.

La fe, por consiguiente, no tiene nada que ver con el presupuesto del paganismo, el que da por sentado que hay entes superiores. Que los haya es irrelevante, a lo sumo un asunto técnico, cuando menos porque un ente superior tan solo exige un buen trato —un culto adecuado, una magia. No sea que se vuelva contra nosotros. De ahí que la sustitución de la vieja superstición, la que entendía los fenómenos observables, sobre todo los extraordinarios, en relación con la intervención divina, por el conocimiento objetivo de los hechos, sea, al fin y al cabo, anecdótica. En realidad, es más de lo mismo. La creencia en dioses enmascara el misterio al intentar incorporarlo. Al igual que la ciencia, al intentar poseerlo. En ambos casos, jugamos con moneda falsa.

un cristianismo de buen rollo

abril 26, 2020 § Deja un comentario

El cristianismo nace al pie de una cruz —o mejor dicho, del testimonio de aquel que nos reveló que hay vida más allá de la muerte (y no precisamente la de las almas). Sin embargo, hoy en día muchos de sus pastores se entregan a promover un cristianismo buenrollista. Como si pudiéramos ahorrarnos el Gólgota. Puede que sea el síntoma de una desesperación —de que ya no sabemos por dónde ir. De ahí que los pastores, si son conscientes del tsunami secular, se centren en la espiritualidad del descubrimiento. Se trata de ver el mundo con los ojos del asombro y no con los del deseo o el propio interés  —de caer en la cuenta de que nos hallamos en medio de aguas que nos cubren, por decirlo a la manera de Merton. Esto está muy bien, sobre todo donde partimos del narcisismo —de una existencia reducida a consumo. Más aún, quizá sea inevitable donde de lo que se trata es de educar a niños —por no decir, a animales. Sin embargo, donde nos quedamos aquí, lo que obtendremos no será un cristianismo puesto al día, sino una variante del viejo paganismo o de la espiritualidad helenística. O lo que acaso sea peor, un nuevo narcisismo —una nueva sentimentalidad. Así, caeríamos una vez más en el cristianismo burgués que denunció Metz hace ya unos cuantos años, en un cristianismo para los (in)satisfechos, un cristianismo de supermercado.

Podemos dar por descontado que hay mas leña que la que arde. Que no lo sabemos todo. Que tan solo el misterio es real. Creer lo contrario quizá fuera un error, por no decir, una estupidez. Ahora bien, la pregunta no es si hay algo más que cuanto quepa ver y tocar, —algo más que lo que se ajusta a lo concebible—, sino si el verdugo tendrá o no la última palabra; si el No —la violencia, la injustica, la impiedad— será el non plus ultra de nuestro estar en el mundo. Pues da esta impresión. Y para ello hay que ir más allá de nuestra necesidad de colmar un vacío. La fe cristiana será lo que sea, menos naïve. Un cristianismo que pretenda evitar caer en la autoayuda debería ser consciente de que el punto de partida son las víctimas —aquellos hombres y mujeres para los que la salvación es, antes que nada, un asunto corporal. Un cristiano no ve lo que ve únicamente con los ojos del asombro, pues para este viaje no hacen falta las alforjas cristianas, sino sobre todo con los de la redención. Para el hombre de fe, la existencia no se encuentra tanto en medio de aguas que nos cubren como en el centro de un drama cósmico. La esperanza creyente no arraiga en la necesidad psicológica de un final feliz, sino en el testimonio de los que han vuelto del infierno con vida… porque les rescató una bondad imposible —una bondad que tuvo lugar donde no podía tener (el) lugar. Por eso, tarde o temprano, el que se forma en la fe tiene que topar con el testigo y preguntarle qué has visto tú que nosotros aún no hemos visto. Donde nos ahorramos al testigo, con la intención de no espantar a la parroquia, volveremos a tener un Dios a medida, esto es, un ídolo. Aunque se vista de océano. En modo alguno, al Dios que nos saca del ensimismamiento o de quicio —de los muros del hogar. Hoy en día, como siempre, la fe parte de quien tuvo fe antes que nosotros. Nadie cree por su cuenta y riesgo. Nuestra fe, de tenerla, fue antes la fe de otro. La fe es algo más que una suposición —algo más que unos valores. Es la crisis de la religión —del dios que ya nos va bien.

Desde que recuerdo, los pastores se han hecho la misma pregunta: cómo transmitir la fe en un mundo que no da a Dios por descontado. Como si hubieran olvidado lo que es evidente —esto es, narrando la vida de los mártires—; como si se avergonzaran del crucificado. Hablemos de Dios: había una vez un hombre que… En realidad, la fe es una respuesta a una demanda: y tú quien dices que soy yo. Y aquí no basta con decir un ejemplo de integridad. Quizá los pastores haría bien si comenzaran confesando. De lo contrario, puede que la pastoral del buen rollo sea una excusa para enmascarar nuestra falta de fe.  

qué difícil es ser un dios

abril 25, 2020 § Deja un comentario

No sé si es una buena idea aspirar a la inmortalidad de un dios. No podríamos soportarlo. Quizá de lo que se trate es de vencer el poder que la muerte ejerce sobre nosotros. Pero no la muerte. No es casual que los griegos dijeran que los dioses envidiaban la mortalidad del hombre. Pues nada tiene valor donde no hay final —ni donde todo es posible con solo desearlo. Quizá por eso mismo los dioses terminaron no siendo nadie —pues no hay yo que sobreviva a un mundo eterno y feliz. Y por eso mismo quizá también, uno de ellos decidió hacerse hombre. Un dios solo llega a ser alguien si deja de ser un dios.

escatología

abril 24, 2020 § Deja un comentario

Estrictamente, la resurrección fue la irrupción, en el presente histórico, del futuro de Dios. O en técnico, un acontecimiento escatológico —una anticipación palpable del porvenir. No se trató, consecuentemente, de la aparición de un fantasma —de un espíritu que cruza la puerta que nos separa de los cielos. Es, por decirlo en clave profana, como si los extraterrestres que algunos creen haber visto no fueran seres de otro mundo, sino hombres y mujeres de una época futura. Como si ellos fueran capaces de viajar al pasado. De hecho, si nosotros ahora pudiéramos retroceder hasta los tiempos de Adán, difícilmente nos reconocería como a uno de los suyos. Para Adán seríamos, sencillamente, dioses. Ahora bien, que a él se lo pareciese no significa, obviamente, que lo seamos. Un dios no es un dios para sí mismo. En este sentido, los discípulos podrían haberle preguntado al resucitado si creía que era Dios en persona. Puede que se hubieran llevado alguna sorpresa (y de paso, ahorrado algún que otro galimatías conceptual).

felicitas

abril 23, 2020 § Deja un comentario

La felicidad no es estrictamente un estado de satisfacción. Tampoco lo contrario. Quizá un permanecer en la inquietud —un saber que nada importa de lo que aparentemente importa. Incluso si alcanzáramos el bienestar —incluso donde pudiéramos dar con el sentido de tot plegat—, tarde o temprano nos preguntaríamos si acaso eso es todo. Y es que no hay todo que valga para el hombre. Al fin y al cabo, puede que se trate de un ver las cosas con los ojos del asombro. Aun cuando también con los del escándalo. Pues la felicidad no cabe dentro de una burbuja. Afuera, muchos tienen frío. Y hambre.

de la búsqueda

abril 22, 2020 § Deja un comentario

El hombre, aun cuando lo ignore, va en busca de Dios —en busca de la aparición, de lo extraordinario. Pero sólo topará con el que ocupa su lugar. Y evidentemente, ello dependerá de lo que entendamos previamente por Dios —aunque también de que sepamos ver qué acontece en cuanto sucede. Pues no es lo mismo que el okupa sea un qué o un quién. Y cristianamente, ese quién no es otro que el que despreciamos con la excusa de nuestra elevación. El que huele mal, el sobrante, el extranjero.

tipos

abril 21, 2020 § Deja un comentario

¿Qué yo se promociona hoy en día? No, ciertamente, el socrático —no el que sabe que el centro se encuentra fuera de uno mismo. Más bien, el adolescente —el que busca el aplauso, su exhibición, el que quiere que le quieran por su cara. Literalmente. Da casi igual lo que diga o piense. De hecho, no piensa nada, en cualquier caso opina. El agora está repleta de narcisos. Basta con que descubras el Mediterráneo para que te hagan caso. Es lo que tiene la falta de padre. Incluso las escuelas tradicionales están a rebosar de madres. Y una madre, por definición, siempre está dispuesta a reírle las gracias al niño —a disculparlo, haga lo que haga. Pobret. El No —o mejor dicho, el aún no— perdió su viejo prestigio. En su lugar, el buenismo. Como si no fuera cierto que una vida que se interroga a sí misma en nombre de lo que importa, aun cuando no sepamos a ciencia cierta qué pueda importar, juega en otra liga que la del aquellos que todavía creen que lo real coincide con sus impresiones. Es lo que tiene un mundo que promociona una igualdad por defecto —lo popular. Y ya sabemos que en un pueblo basta con el mote para ser singular. El grupo prevalece. En cualquier caso, te distinguirás por tus compras o tus rarezas. O ni eso.

Yeshayahu Leibowitz

abril 20, 2020 § Deja un comentario

Yeshayahu Leibowitz, científico pero también teólogo, fue algo así como el Karl Barth de la fe judía. La editorial Taurus tradujo en su momento La crisis como la esencia de la experiencia religiosa —el título es, de por sí, programático—, una serie de artículos que giran en torno a la pregunta sobre qué supone estar ante Dios. Su tesis es simple, aunque profunda: la separación entre Dios y el hombre es radical; en el mundo no hay indicios de Dios. El Holocausto carece de significación religiosa. Tampoco el paso del mar Rojo. El dedo de Dios no actúa en la historia. La fe supone la crisis entre Dios y el hombre. Quien ha topado con Dios ha sido, por eso mismo, desplazado del mundo. No hay signos de Dios al margen de la situación en la que el hombre se encuentra. Traducción: Dios no es el dios que habita en una dimensión oculta y del que percibimos alguna que otra señal. No sabemos de Dios como el conde Montecristo llegó a saber que tenía un compañero de prisión por los golpes que este le dirigía a través del muro que los separaba. De hecho, con respecto a Dios, no sabemos nada, salvo que es. De Dios no tenemos, literalmente, ni idea. Aun cuando Leibowitz no llegue a afirmarlo explícitamente —y acaso tampoco a pensarlo—, podríamos decir que hay Dios porque el hombre se encuentra a Dios en falta (y en falta ante Dios); porque, en definitiva, no hay nada en verdad otro en cuanto está a nuestro alcance. No hay otra realidad que la que perdimos de vista al nacer. Y lo que no es real —lo que no es en su desaparición— es fantástico. La fe no reposa sobre el argumento. Según Leibowitz, la fe exige una posición de valor. El hombre tan solo debe ocuparse de dar culto a Dios —y esto implica cumplir los preceptos de la Ley, incluyendo, por supuesto, el deber de dar de comer al hambriento. En relación con la fe, la psicología no juega ningún papel. El creyente, sea cual sea su situación —en la sinagoga o en Auschwitz—, se mantiene firme ante Dios. Quien dejó de creer a la vista del horror nunca creyó en Dios, sino en la ayuda de Dios. Job sería, desde la óptica de Leibowitz, el caso ejemplar.

Con todo, uno podría preguntarse, si al hablar de Dios, no estará Leibowitz hablando únicamente de la existencia del hombre, esto es, de lo que conlleva, en definitiva, el hecho de estar en el mundo como un arrancado de raíz. Ciertamente, esto es muy judío —y hasta cierto punto, muy verdadero. Pero el creyente no solo se encuentra expuesto al misterio de Dios —un misterio que no admite un Dios concebible a la manera de un ente—, sino que también permanece a la espera de Dios. Y resulta difícil mantenerse en ella sin la mediación del mesías —aun cuando este termine, contra toda expectativa, clavado en una cruz. Pues, un Dios que, a pesar de su extrema trascendencia, en modo alguno pueda incorporarse, no es más, aunque quizá tampoco menos, que la ignotum X de nuestra impotencia.

Mt 25

abril 19, 2020 § Deja un comentario

Mt 25 no deja de ser un texto extraño. Si leemos con atención, veremos que los justos se sorprenden a la hora de ser elevados a la derecha del Padre: cuándo te vimos hambriento, desnudo, etc. Y la respuesta ya sabemos cuál es. Donde tenemos a Dios demasiado presente, el pobre difícilmente nos alcanzará con su llanto. En cualquier caso, podrá conmovernos, pero no desencajarnos. Dios tiene que desaparecer para que el crucificado —y aquellos con los que se identifica— ocupe su lugar. Al fin y al cabo, no cabe responder al clamor de Dios donde Dios se da por descontado a la manera de un deus ex machina. La respuesta del hombre a Dios inevitablemente se da sin Dios mediante. De no ser así, los justos no se sorprenderían. Como si la certeza religiosa nos alejara de la fe. Aun cuando parta de la creencia en la que ha sido educado, un cristiano no puede evitar recorrer el camino de la cruz. Y esto significa que, en el momento de la verdad, incluso lo que acabamos de decir salta por los aires. El sentido no pertenece a quien lo encarna. Aun cuando, por eso mismo, solo él da sentido. Literalmente.

extraterrestres

abril 18, 2020 § Deja un comentario

¿Existen los extraterrestres? Claro. Somos nosotros. La tierra se nos resiste (y el hombre es su cáncer). El mundo no es nuestro hogar. Aunque tampoco cualquier otro mundo. No parece que haya una tierra que pudiéramos habitar sin destruirla. Como arrancados, no pertenecemos a ningún mundo. 

de la aparición

abril 17, 2020 § Deja un comentario

No hay aparición —ningún ángel que interrumpa la continuidad de los días. Y si la hubiera, sería circunstancial. Basta con que el ángel —el fantasma— permaneciera a nuestro lado, visible hasta incluso palpable, por no hablar de su olor, para que llegara a formar parte del mobiliario. Un ángel tiene que desaparecer para conservar su aura. La aparición aún tiene demasiado que ver con nuestra naturaleza impresionable—con lo que nos parece que es— como para que podamos hablar de la verdad. Ciertamente, quien posee una sensibilidad para la trascendencia, creerá que el ángel es un indicio. Pero el indicio funciona solo si presuponemos que lo verdadero —la auténtica belleza o bondad, pongamos por caso, en definitiva, la genuina solidez— se ubica en otro mundo. Que lo real reside en lo oculto. Quizá sea inevitable que un ángel nos parezca divino. Sin embargo, que nos lo parezca no significa que lo sea. Podría tratarse, perfectamente, de un extraterrestre. Y un extraterrestre no es más que un extraterrestre. Aunque se nos presente como un ser superior. En el fondo, se trata de la propensión infantil al descubrimiento. La búsqueda del tesoro —la inclinación a cruzar la puerta que no deberíamos cruzar— es la metafísica de la infancia. Puede que lo encontremos —puede que crucemos la puerta. Pero tarde o temprano se impondrá la decepción. De ahí el desconcierto que provoca la revelación bíblica: lo que nos parece que es divino en realidad no lo es. Dios no aparece como dios. En verdad, Dios es el Dios que retrocedió a un pasado inmemorial en el origen de los tiempos —y por eso, el mundo es mundo. De Dios, únicamente el eco de su voz —de un clamor insoslayable. Por ahí van los tiros de la distinción profética entre el Dios verdadero y el falso dios. Dios siempre más allá de nuestra expectativa acerca de Dios. La eternidad de Dios sería la imposibilidad del Otro como tal. Estar ante Dios equivale a estar ante un Dios eternamente  por-venir. O mejor dicho, estar ante Dios significa estar ante el que ocupa su lugar. De hecho, en esto consiste la disrupción cristiana. ¿Buscas a Dios? Ahí lo tienes, colgando de un madero. Sencillamente, es imposible —deberíamos decirnos. La revelación, antes que conducir a la fe, incita nuestro rechazo. Ahora bien, tan solo es necesario que no sepamos qué hacer con la resurrección para que la proclamación del crucificado como Dios equivalga a decir, como viera Nietzsche, que no hay Dios. O cuanto menos, el dios que concebimos desde nuestra necesidad de dios.

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