de horizontes salvíficos
mayo 31, 2026 § Deja un comentario
Los ideales politicos se presentan como el espejismo de un oasis en medio del desierto: hacia ahí. De llegar, podremos finalmente vivir en paz. Esta es nuestra ilusión. Y la ilusión siempre fue el motivo.
Sin embargo, de poseer un mínimo sentido de la dialéctica, no tardaríamos en preguntarnos qué forma adquirirá, entonces, la fricción —cómo se renovará la injusticia. Platón fue muy lúcido al mostrarnos el encaje de las piezas como utopía, literamente, como un imposible. O lo que es lo mismo: el rompecabezas político carece de modelo. Pues la utopía no es un ideal al que, como la belleza, podamos aproximarnos. En cualquier caso, el modelo es la excusa. El oasis es, en realidad, más desierto. De ahí que las categorías de la utopía no nos sirvan para pensar la naturaleza de lo político. Como tampoco la de la resistencia.
ontología y maquillaje: una breve introducción a Platón
mayo 30, 2026 § Deja un comentario
¿Te arreglas para ir a una fiesta? ¿Por qué? Porque sin maquillaje no te sientes bien contigo misma: crees que sin arreglarno muestras lo que vales. Pero ¿qué vales? No lo sabes aún. Dependerá del juicio de los demás (y por eso, seguirás en la caverna). Pero ¿qué es lo que de ti valdrá? ¿El rostro natural? ¿O el coloreado? Más: ¿cuál es tu verdadero rostro? Hay fotos en las que no sales muy favorecida. ¿Son las más auténticas?
Sí y no. En cualquier caso, la belleza solo aparece tras los arreglos. ¿Eres bella? Platón te diría que la pregunta es, literalmente, impertinente. Pues, debido a lo dicho hasta ahora —debido, precisamente, a tanta indecisión— la belleza no te pertenece. Está, como quien dice, más allá de ti misma. Cuando te dicen lo bella que eres lo que deberías escuchar es, más bien, “en estos momentos te muestras como bella”. Nuestra ilusión siempre fue creer que habíamos usurpado los atributos del dios.
en breve 4
mayo 27, 2026 § Deja un comentario
De hecho, una creencia basada únicamente en la interioridad, de pensarlo bien, no parte del encuentro con lo verdaderamente otro o ajeno. Tampoco lo teme… que sería lo propio. A este tipo de creyentes les basta con sentirse bien con su idea de Dios.
pedagogismo naïve
mayo 26, 2026 § Deja un comentario
Si Jeff Bezos, Bill Gates et al., están en lo cierto con respecto a las implicaciones socioeconómicas de la IA, entonces no tengo claro si determinadas implementaciones de la nueva pedagogía van en la buena dirección. Me refiero a que no da la impresión de que, por lo común, esta pedagogía contribuya al desarrollo de la inteligencia ni, por extensión, a la formación del carácter. Pues su propuesta tiende a aplanar las pendientes. Es lo que tiene creer que el centro es el alumno en vez de lo que hay que aprender o incorporar (e incorporar significa hacer cuerpo). Por parafrasear a Kant, podríamos decir que unas competencias sin contenidos serios son vacías, mientras que contenidos que no conduzcan a la adquisición de competencias son ciegos. Evidentemente, hay que tener en cuenta de dónde parte el alumno. Pero quizá sea un error hacerle creer que es el centro (y que, consecuentemente, el que sabe —el maestro— es periférico… y por eso mismo, fácilmente sustituible por programas).
Digo lo anterior porque, si Bezos acierta con sus profecías en lo que respecta al futuro laboral cualificado, lo que nos viene encima nos pedirá mucha inteligencia. Es decir, poder enfrentarse a la complejidad, pensamiento lateral, saber hacer buenas preguntas, espíritu crítico… Ahora bien, no —o no solo— para poder trabajar en un mundo en donde lo que pueda resolver la IA, no lo resolverá un currante, sino —y quizá sobre todo— para poder enfrentarse a él… con munición. El reto, si ningún imprevisto interrumpe este ciclo, se nos presenta descomunal. Mientras tanto, muchas de las implementaciones de la nueva pedagogía siguen dando por descontado que la inteligencia y el carácter se desarrollarán espontáneamente donde se achatan las cimas.
Evidentemente, no se trata de impartir contenidos como quien se limita a recitar la lista de los reyes godos. De lo que se trata es de su comprensión —y esto no es fácil. Para ello, se necesitan buenos maestros… o, en su defecto, buenos libros. Sin embargo, los primeros no abundan y los segundos son despreciados por el clima dominante. Y quizá sea debido a este cambio climático que pocos chicos y chicas, hoy en día, son capaces de seguir un discurso estructurado o, simplemente, entender las primeras páginas de un ensayo.
Por eso —o al menos, esta es mi suposición—, una educación que no renuncie a la exigencia y el esfuerzo que implica será inevitablemente minoritaria. Sospecho que, actualmente, una genuina propuesta educativa debe elegir entre café con leche para todos o hay que salir de aquí sabiendo quién fue Dostoyevski —es un decir— y por qué es importante leerlo. O mejor dicho, que nos lea. De obviar la segunda opción, sería como quien pretende desarrollar su musculatura sin hacer pesas.
budismo y cristianismo
mayo 24, 2026 § Deja un comentario
Hay una versión del budismo, por lo que tengo entendido, que conduce a algo parecido al übermensch niertzscheano. Y es la que sostiene que cuando se alcanza el mayor desapego interior da igual cortar cabezas que abrazar a quien nos pide el pan de cada día. Y aquí es inevitable recordar que la variante más extrema del antiguo gnosticismo empujaba por igual a la caridad que a la orgía mas desenfrenada. Pues no soy yo, sino el mundo el que utilza la espada, el cuerpo, la sensación.
El desapego judeocristiano, en cambio, va en otra dirección. Y es la que, enfrentados al silencio de Dios, algo así como una bifurcación de la nada, nos obliga a la fraternidad. Quizá no fuese casual que Freud fuese judío. Pues obedecer al padre —cumplir con su última voluntad antes que con sus órdenes explícitas— supone, en definitiva, enfrentarse a él. Es posible que Nietzsche cuando escribió aquello de …y nosotros lo hemos matado tras proclamar la muerte de Dios, no fuera muy consciente de que, con ello, cumplíamos con su voluntad. Aunque no solo con ello.
menos es, ciertamente, más
mayo 23, 2026 § Deja un comentario
¿Qué significa que seamos algo más que un cuerpo que reacciona? ¿Basta con creerlo para ser algo más? ¿Acaso esta creencia no puede enterse también como subproducto?
Evidentemente, la consciencia de sí implica que estemos, en cierto sentido, más allá de nuestro cuerpo. Pues la consciencia de sí supone un continuo diferir de uno mismo, un esencial cuestionamiento de sí. Y, por eso mismo, siempre hay un resto de extraña insatisfacción en todo lo que nos satisface. No obstante, ¿a qué obedece está extraña insatisfacción? Si únicamente se tratase del efecto lateral de un mecanismo sumamente complejo, entonces tendríamos que darles la razón a los pavlovianos. Nuestra inquietud o desazón no sería más que una confusa oscilación, un bucle de software. Por eso, que seamos algo más depende de que no seamos de este mundo, como quien dice. Nuestra inquietud tendría que mostrarse como el envés de un más allá. Que Platón estuviese convencido de que somos almas encerradas en cuerpos quizá no obedeciese simplemente a los restos de una mentalidad mítica. Al fin y al cabo, la pregunta sobre la condición humana no puede abordarse con independencia de la pregunta por el haber.
Sin embargo, la trascendencia no tiene por qué presentarse como la propia de otro mundo. De hecho, el más allá del mundo, no puede darse como otro mundo. Pues en ese caso tan solo habríamos desplazado la frontera del mundo. El verdadero más alla es el de una realidad sin mundo, en definitiva, la de un puro haber. Ahora bien, un puro haber es no siendo nada en concreto. Y porque es no siendo nada, en el puro haber se encuentra inscrita la exigencia de realizarse como haber del mundo, esto es, la exigencia —la voluntad— de negarse como puro haber, como absoluta oscuridad y silencio. La negación de sí es inherente a la nada. La verdadera trascendencia posee, por tanto, un carácter temporal. Pues lo que trasciende el mundo —el puro haber— es lo que tuvo que desaparecer para que fuera posible, precisamente, el mundo. Así, somos algo más que chimpancés porque existimos como la huella de esa pérdida.
Con todo, de ser así, la pregunta fundamental de la existencia—qué cabe esperar de nuevo— seguiría sin respuesta. Al menos, porque en el puro haber no hay ningún quién capaz de responder. Ciertamente, tan solo un Dios puede darnos esa respuesta. Pero, de admitir lo anterior, este Dios debería tener un cuerpo —y, además, humano. Pues tampoco serviría un Dios que fuese Dios por su cuenta y riesgo —un ente superior o, si se prefiere, supremo. En ese caso, tarde o temprano volveríamos a preguntarnos si acaso el todo es todo cuanto hay. Pero el todo no puede ser el todo donde Dios en sí mismo se revela como negación de sí, en definitiva, como su sacrificio.
adanismo pedagógico
mayo 21, 2026 § Deja un comentario
En algunas implementaciones de la nueva pedagogía, sospecho que se peca de adanismo. Me refiero a que los presupuestos de dichas implementaciones probablemente sean erróneos. Sobre el papel, podemos diseñar un edificio que se mantenga en pie. Pero, si al final, se erige sobre tierra arcillosa, tarde o temprano se derrumbará.
Así, pongamos por caso, se suele dar por descontado —y creo que ingénuamente— que el adolescente está dispuesto a ajustar su conducta, por lo común hormonalmente alterada, si se le exponen las razones que hay detrás. Como si estas estuvieran, por sí mismas, cargadas de fuerza motivadora. Sin embargo, lo cierto es que las razones se aceptan… si quien las pone encima de la mesa posee, de antemano, autoridad. Los adolescentes son, en buena medida, desafiantes. Y más si se encuentran en manada… como sucede en cualquier clase que supere los veinte alumnos. Si el profe no están a la altura del desafío —si no responde al mismo con serena firmeza—… ninguna razón podrá convencerles. Estará vendido. En el fondo, la autoridad arraiga en el quiero, un quiero que no es necesario explicitar en tanto que suele transpirar por los poros de un genuino maestro: “quiero hablaros de Cervantes y, por eso mismo, quiero que me prestéis atención. Pues Cervantes aún tiene algo que decirnos, y algo que vale la pena escuchar. Pues es posible que, de comprenderlo, nos haga mejores”. Como dijera Nietzsche, lo que no entra por la razón, no saldrá por la razón. Y el desafío adolescente no procede, obviamente, de los argumentos. Primero, por tanto, la autoridad —y aquí no deberíamos confundirla con el autoritarismo. Y luego, el discurso que la soporta.
Al fin y al cabo, un aula numerosa no es una reunión de amigos. La relación entre el profesor y la clase es, de entrada, política. Y, por eso mismo, la primera cuestión que ha de resolverse, y cuanto antes, es quién lleva las riendas. O mejor dicho, quién debe llevarlas. Y no solo porque, de lo contrario, la clase devenga un can pixa, sino para que, con el tiempo, incluso pueda surgir algo parecido a una amistad.
implicaciones epistemológicas de la caída
mayo 20, 2026 § Deja un comentario
Podemos decirlo de diferentes modos. Por ejemplo, que existimos como arrancados. O como animales caídos. Es lo que Hegel —y aquí utilizamos el lapiz de punta gruesa— denominaba conciencia infeliz o insatisfecha. De ahí, el que nunca nos terminemos encontrando en donde estamos. Esto es, de ahí la inquietudcomún.
Sin embargo, me atrevería a decir que no es exactamente lo mismo comprenderse a uno mismo como arrancado que como caído. En el primer caso, lo real-otro es lo que ha sido dejado atrás. Y, por eso mismo, podríamos entender platónicamente nuestra insatisfacción congénita como nostalgía de absoluto —o si se prefiere, de los cielos. En el segundo, sin embargo, el giro es distinto. Pues, aun cuando también podamos entendernos desde esta óptica como separados de una genuina alteridad, el acento es puesto en el mundo como el único mundo que hay. Aquí, antes que como separados, nos experimentamos como formando parte (y porque antes fuimos separados…sin posibilidad de retorno). El mundo, por consiguiente, no es lo que se sitúa objetivamente frente al yo, como si el yo se ubicase fuera del mundo, sino como lo que produce, precisamente, la conciencia del mundo. Como si esta fuese, en definitiva, un pliegue de la tierra. Ahora bien, lo que esto último implica es que el significado no es algo que se añada espuriamente a la descripción matemática del mundo, sino que penetra sus entrañas. En este sentido, el mundo es texto.
Ciertamente, lo anterior identifica apariencia y mundo… con lo que la reflexión, en tanto que problematiza los presupuestos de cualquier cosmovisión, se revelaría como un mero juego de palabras. Sócrates, a ojos de muchos de sus contemporáneos, fue un retórico más, aunque quizá fuese el más hábil. Sin embargo, el resultado de la reflexión no es una cosmovisión más ajustada, sino un descrédito de cualquier cosmovisión —de las apariencias—. Se trata, obviamente, de la paradoja del saber que sabe que, en el fondo, no sabe. Pues las apariencias, en definitiva, son la realización de lo real… y por eso mismo, lo real se revela como nada en concreto, como la tensión del vacío. Y esto equivale a decir como una pura exigencia de realización… en tanto que la nada de un puro haber absoluto es no siendo nada y, por eso mismo, debe ser algo.
De ahí que para los sócrates quepan dos salidas: o bien, permanecer en la atalaya del espectador como arrancado; o bien, abrazar irónicamente las apariencias. Como el actor que asume su papel sabiendo que es un papel… pero que aceptando que, tras el mismo, no hay ningún rostro. No es lo mismo.
crecer
mayo 19, 2026 § Deja un comentario
En la vida, hay un momento en que topamos con el muro: no habrá más allá. Las ilusiones que dibujaron nuestras mejores expectativas se revelan como pantomimas. Es entonces, cuando todo deviene ruina, que todo comienza. Y acaso sea este el verdadero incipit. Aun así, caben dos actitudes. La del niño y la de quien ha dejado de serlo. En el primer caso, buscaremos refugio en la fantasía. En el segundo, nos enfrentaremos al dios.
de espaldas
mayo 18, 2026 § Deja un comentario
Existir significa vivir de espaldas al milagro. Pues la rosa es sin porqué. Cronos es el gran profanador. Como dijera Hegel, con el tiempo, incluso la verdad pasa a ser otra cosa. Al final, la muerte natural será un último favor.
el nihilismo en una sola frase (o dos)
mayo 16, 2026 § Deja un comentario
Nihilismo significa no hay ningún gran Otro —ni lo habrá— que resuelva nuestras incógnitas. Es decir, estamos solos. Punto.
el llanto del niño
mayo 15, 2026 § Deja un comentario
Es innegable que el llanto de un recién nacido —insoportable— obedece a una función: reclamar la atención de la madre. Sin embargo, también es significativo. Esto es, remite a otro asunto. Por ejemplo, al paria, al arrancado, al sin gracia. Y, por eso mismo, ese llanto es algo más que una reacción. El mundo es un texto. Y los textos se tejen a base de metáforas. Pues hay las cosas que hay porque tan solo hay el todo.
… y vio Dios que todo era bueno
mayo 14, 2026 § Deja un comentario
Que Dios viera que, en su creación, todo fuese bueno… ¿significa que, puesto que el lobo devora a la oveja y la oveja come hierba, lo bueno es que lo bueno vaya con unas dosis de crueldad? Más aún: si lo bueno, no es tanto un sentirse bien, como un debe ser ¿acaso Dios no nos estaría diciendo que el Bien —el deber ser— es que el Bien no lo sea por entero? No hay Belleza que no se realice sin tara. Pues de no ser así, no habría belleza, sino un belleza en absoluto. Y, como sugiere el mismo lenguaje, este en absoluto no es nada. Aún.
a imagen y semejanza
mayo 13, 2026 § Deja un comentario
La dislocación moderna podría sintetizarse del siguiente modo: de concebir al hombre como a imagen y semejanza de Dios a concebir a Dios como a imagen y semejanza del hombre. Es verdad que algunos griegos fueron por ahí: si los asnos tuvieran dioses… Pero solo en la Modernidad esta sospecha llegó a imponerse como un lugar común. Con todo, la pregunta es si no habremos tirado al niño con el agua sucia. Me refiero a si acaso al prescindir de Dios no nos habremos vuelto insensibles la cuestión de Dios, esto es, a la que se interroga, en definitiva, sobre la esperanza.
hacer daño en nombre del bien
mayo 12, 2026 § Deja un comentario
De habitar un mundo en donde no hubiese ni rastro violencia —en donde todo fuese fraternidad—, nuestra obligación moral ¿acaso no sería provocar un cierto daño para que el Bien, precisamente, se realizase? Un mundo feliz es, sencillamente, irreal. No digo que nos pareciese irreal, sino que lo sería. Sencillamente, no es posible. Y si no puede ser, entonces debe ser otra cosa. Donde todo fuese luz, no habría luz. La luz se realiza a través de la oscuridad. Y viceversa. Así, lo que debe ser —el Bien— es que lo que debe ser no pueda serlo por entero. Esto es, lo que ya hay.
De ahí que la cuestión sea qué pesa más. O mejor dicho, que debería pesar más. En un primer momento, nos sentimos inclinados a responder en la dirección del Bien. Pues si podemos decir que nada bueno termina de darse por entero es porque lo buenodebería darse por entero. Estricta lógica. Sin embargo, también podríamos decir lo mismo del mal: incluso el horror no es absoluto. En medio del espanto, aún tiene cabida un gesto de bondad. Consecuentemente, ningún mal acaba de ser el Mal —y por eso mismo, el Mal debería darse, igualmente, por entero. El combate entre las fuerzas del Bien y las del Mal es eterno. La espiritualidad, en el fondo, no puede prescindir de lo político. O dicho en nietzscheano, de la voluntad de poder. Donde olvidamos esto último, la esperanza se desliza fácilmente por la pendiente del narcisismo. Aunque sea con la excusa de los buenos sentimientos.
Otro asunto es que creamos que el mal es un error de perspectiva, como lo creyeron los griegos más sofisticados. Pero aquí quizá regaron fuera de tiesto. Pues aun cuando esto pueda ser cierto para cada uno de nosotros, no lo es para el ser. En este caso, el error es inevitable. Puede que el horror repose sobre la banalidad. Pero, no obstante, el horror sigue siendo el horror.
spinozianas
mayo 8, 2026 § Deja un comentario
¿Qué elude la ontología nihilista? Que con respecto al haber cabe otra perspectiva —quizá la perspectiva. Y no es subjetiva. La ontología nihilista es etsi homo non daretur. Pero nada es que no se realice. Y la realización de lo real —del haber como haber del mundo— incluye la conciencia de lo real. Por tanto, podríamos decir que el envés del etsi homo non daretur es la negación del aparecer. Sin embargo, hay aparecer. La rosa es sin porqué.
Aquí la única cuestión, diría, es la del poder. Y quien dice poder, dice tiempo. Esto es, la cuestión es si habrá juicio final o si, por el contrario, no cabe esperar más que la eterna reiteración de la tensión entre la luz y la oscuridad. Con todo, que haya o no juicio final —que no estemos ante una vana ilusión— depende de que, ahora, ya nos encontremos sub iudice. Es decir, que no sea que, simplemente, tengamos esta sensación.
el mundo y lo extraño
mayo 4, 2026 § Deja un comentario
La familiaridad, el hábito, en definitiva, el mundo nos vuelven insensibles a la posibilidad de una genuina alteridad, la que provoca nuestro deslumbramiento y espanto. Todo, en el mundo, es anticipable. Por eso mismo, la extrañeza de lo absolutamente otro es imposible —y aquí conviene subrallar el es. Sin embargo, lo imposible siempre fue el sostén de lo posible. Aunque como sostén —o, si se prefiere, fundamento— se encuentre, como quien dice, más allá de cualquier más allá. De ahí que, en lugar de la alteridad, su simulacro: la novedad, lo circunstancialmente inesperado, la sorpresa. Con todo, y debido a la anterioridad de lo imposible, aún cabe ver lo habitual como excepción. Aun cuando no podamos permanecer en en ella.
finitud y creencia
mayo 3, 2026 § Deja un comentario
Difícilmente nos haremos una idea de lo que significa hallarse expuestos a la realidad de Dios, la cual no es, aunque así nos lo imagnemos, la de un ente superior, sin partir de la propia finitud, esto es, sin descentrarnos, por no decir, desquiciarnos. Y por finitud no me refiero, o no solo, a las limitaciones corporales o a las propias del carácter, sino al hecho, por ejemplo, de que nada a lo que damos importancia y de lo que, por lo común, nos enorgullecemos resiste el paso del tiempo. Ni siquiera el amor de una madre hacia sus hijos podría soportar una existencia de mil años, de vivirlos. Quizá no fuese casual que, en la Antigüedad, Cronos fuese el dios. Al fin y al cabo, la muerte es fuente de valor (y por eso mismo, según Atenas, los dioses envidiaban a los hombres). Ante lo divino, nadie cuenta. Y este es el punto de partida. Al menos, para comprender que supuso la revelación del Gólgota.
nietzscheanas 80
abril 30, 2026 § Deja un comentario
El envés de la muerte de Dios es el sujeto de la Modernidad. Lo uno va con lo otro. Me refiero a cómo se sitúa dicho sujeto frente a lo ontológicamente superior, por así decirlo. Y es que lo ontológicamente superior —léase un tsunami, la desproporción de un cosmos donde hay más vacío que materia, el horror de los campos de exterminio o, simplemente, el que haya algo en vez de nada— no fuerza nuestra devoción. El orgullo de los héroes griegos, aquel por el que se mantenían en pie ante el dios, ha dejado atrás su sesgo trágico. El exceso tan solo nos enfrenta a un problema meramente táctico. Es lo que hay. Y la única tarea es cómo lidiar con lo que hay. De ahí que, modernamente, la religión sobreviva como un asunto interno. Que Schleiermacher defendiera que la base de la fe es el sentimiento de dependencia no fue simplemente una opinión entre otras. SIn embargo, donde Dios ha perdido pie —donde ya no cabe dar su realidad por descontada— el creyente acaso creerá que cree. Pero no creerá.
Con todo, el diagnóstico cambia… de tener en cuenta que Dios, conforme a la tradición bíblica, nunca se reveló como un dios que pudiera darse por descontado. Para los profetas de Israel, el exceso de Dios nunca fue el de lo gigantesco, sino el de una radical trascendencia, la cual, y en tanto que, precisamente radical, anda rozando la nada. De ahí la proximidad entre la fe de Israel y el nihilismo nietzscheano. Pues, al fin y al cabo, no se trata de enfrentarse a lo desproporcionado —y aquí coincidirían el homo religiosus y el no creyente, aunque las actitudes sean, sin duda, diferentes—, sino de responder a una nada que se revela como el horizonte del presente histórico. Y, ciertamente, no es lo mismo la Torá —en definitiva, el mandato de la fraternidad como acto de resistencia— que el delirio que permanece indiferente ante la monstruosidad de los campos de la muerte. Incluso me atrevería a decir que, en Auschwitz, quien dio el pan de cada día, siempre escaso, al compañero que agonizaba de inanición le puso más cojones al asunto que aquel que se puso a bailar sobre el montón de los gaseados. Y ello en nombre de Dios. Esto es, en su lugar. Como el que se encara al silencio mortal de Dios. Pues nadie obedece a Dios sin enfrentarse a Dios. La Ley es de Dios en tanto que se desprende de su hallarse en falta. De hecho, no es casual que la palabra valor también signifique tener valor. Y solo Dios —su eterno porvenir— nos exige tenerlo.
fuera del mundo
abril 29, 2026 § Deja un comentario
Bíblicamente, el más allá se entiende como un volver a empezar —como una nueva creación, algo así como un reset de dimensiones cósmicas. Para Israel es inconcebible una vida de espectros puros. Al fin y al cabo, de haberla, no tendría que ver con nosotros. Por su lado, los griegos estuvieron convencidos de que el instante verdadero era el único modo de trascender, en el presente, la prosa de los días. Así, Rimbaud, siglos después, pudo escribir que los amantes se hallaban fuera del mundo. Y, en cierto modo„ es así. Como también lo es que no podemos permanecer en el destello de esos momentos en los que todo es afirmación. De ahí el imperativo de Goethe: ¡detente instante! Eres tan bello… Es algo parecido a la experiencia de la Gracia.
El contraste con la tradición de Israel, sin embargo, se torna patente. Pues quienes se encuentran realmente fuera del mundo —quienes lo trascienden— no son los amantes, o, mejor dicho, no solo, sino los excluidos, los que no cuentan para nada, los desperdiciados. Por eso, bíblicamente, no es posible, cuando menos, comprender de qué va esto de la trascendencia sin tener en cuenta a quienes se revelan como su índice. Esto es, al margen del mandato de una justicia final.
más dos maneras
abril 28, 2026 § Deja un comentario
Quien vive como siendo vivido permanece en el campo de lo que hay y, por tanto, de la cosmovisión. Así, puede creer que hay espíritus en los bosques o una buena vibración de fondo con la que estaría bien sintonizar. O también que hay lo misterioso o, si se prefiere, el secreto. La nada, a lo sumo, se presenta como un asunto de fondo… que pronto es dejado de lado. Quien vive como siendo vivido permanece, por tanto, en el mapa mental. Y esto significa que vive alejado de la distancia que impone la reflexión. Pues la reflexión pone en cuestión los presupuestos de los mapas. Y ello en nombre de lo más duro , inmodificable, verdadero.
Lo anterior, sin embargo, no implica que quien se pregunta por qué hay lo que hay y no más bien nada —quien intenta ir más allá de la perspectiva o el mapa mental— sea incapaz de experimentar la Gracia. Solo que la acogerá desde el horizonte, ciertamente paradójico, de la nada. Y probablemente obre en consecuencia.
Con todo, quien experimenta hasta el fondo el aguijón de la reflexión tarde o temprano regresará, como Ulises, a casa. Y esto significa que quizá vuelvan a haber espíritus en los bosques. Aunque no sean exactamente los mismos. Pues hay una diferencia entre quien se cree Napoleón y quien asume el papel de Napoleón sabiendo que tras el papel hay quien aún ignora quién es.
nietzscheanas 79
abril 27, 2026 § Deja un comentario
Se dice: no hay sentido ni valor. La nada como horizonte. ¿Es así? Quizá. Pero la cuestión es ¿desde dónde se decide este haber? En principio, desde un enorme distancia. Es decir, desde la posición del dios. Los ácaros del polvo —e imaginemos que fuese una especie en extinción— ¿no harían el rídiculo si se dijeran a sí mismos que su existencia tiene un significado; que la mota de polvo radioactivo, por ejemplo, posee un gran valor? Sub specie aeternitatis, lo que se da por descontado es que lo que hay es un cosmos indiferente al destino humano —la humanidad es apenas un holograma donde un millón de años es un primer paso. De hecho, si hubiese un sentido —una meta, un final de trayecto—, tampoco podríamos admitirlo. Pues inevitablemente nos preguntaríamos y ahora qué más.
Ahora bien, lo que no puede negarse es que, precisamente por eso mismo, el valor se impone como un acto de resistencia frente a un cosmos ciego y descomunal. Esto es, frente al dios, el cual, y por definición, nunca tuvo un rostro humano. Nihilismo significa, por tanto, no hay otro poder que el de una anónima voluntad de poder. De ahí que los que claman al cielo invoquen otro poder: ¿habrá un Dios de nuestra parte? Y no parece que lo haya. Por eso la fe de Israel es indisociable de un clamar a Dios por Dios. Las veces —incontables— que dio por supuesto este Dios, Israel cayó en la idolatría. Para el judaísmo, la Torá ocupa el lugar de Dios. No en vano la respuesta de Israel al descenso de Moisés del monte Horeb fue: primero obedeceremos y, luego, ya comprenderemos. O, mejor dicho, ya veremos cómo acaba. Y aquí la Ley debe entenderse como un acto de rebeldía ante el silencio de Dios —y por esta razón es de Dios. Estamos lejos, incluso como cristianos, de asimilar el alcance de esta respuesta.
Otro asunto es la ilusión. Pero Israel nunca fue un pueblo iluso. Pues su esperanza siempre apuntó a lo imposible… en nombre de un Dios igualmente imposible —el monoteísmo de Israel nunca concibió a Dios como una posibilidad del presente. Frente a este delirio, la Antigüedad propuso morir como un héroe, esto es, de pie ante el dios. Sin embargo, el destino trágico de los hérores nunca fue un horizonte para los desahuciados del mundo —y que, por eso mismo, no son de este mundo. Israel no busca ser heroico. Busca ser escuchado. La fe, como decíamos, es indisociable del clamor. Nietzsche diría del lloriqueo.
nietzscheanas 78
abril 25, 2026 § Deja un comentario
Que nadie pueda reconocerse en la pulsión que le constituye como sujeto —que la conciencia de sí sea, en el fondo, una falsa conciencia— es, de pensarlo bien, un trasunto secular del viejo hallarse en manos de Dios. O, siendo politeístas, de poderes que nos sopresan por enteros y con los que no cabe negociar. Ciertamente, que aquí no se apele a un mundo sobrenatural ya cambia —y bastante— las cosas. Pero el recurso al mito a la hora de intentar comprendenos a nosotros mismos y, consecuentemente, a la hora de enfrentarnos a lo incomprensible de sí, continúa estando ahí. Como el dinosaurio de Monterroso.
La diferencia entre ambas incógnitas, sin embargo, es aún trazable. Pues, y a diferencia del inconsciente, Dios es la ignotum X que abraza el mundo y que no cabe resolver —pues, con respecto a Dios, no hay nada que resolver. En cambio, la falsa conciencia que nos caracteriza —literalmente— no trasciende los limites de la individualidad. Y, en este caso, menos no es más.
dos maneras
abril 24, 2026 § 2 comentarios
Hay dos espiritualidades, por así decirlo: la de quien padece la distancia y la de quien se siente formando parte. Con la primera nos enfrentamos a Dios, a su silencio mortal. Es la espiritualidad de Israel, la de la Ley y la Gracia. Ambas, en nombre de Dios. Esto es, en su lugar —y no porque Dios dicte la Ley o arroje la Gracia como si fuese lluvia. Moisés no fue un abducido. Con la segunda, la vida se vive como ser vivido. En términos generales, podríamos decir que es la de los espiritus de los bosques —no siempre amigables—, de las buenas vibraciones, de los océanos. La primer sería masculina, como quien dice. La segunda, femenina. Si es que se me permite coger el rotulador grueso.
Más aún: solo la primera admite la reflexión, en su sentido más estricto, el de un volver sobre lo dado para ponerlo contra las cuerdas. Y es que poca reflexión —poco extrañamiento— puede haber donde nos sentimos integrados. Aunque el extrañamiento de Israel, su inquietud por la verdad, fue antes el resultado del sufrimiento que tuvo que soportar que el del ocio. Y, ya de paso, nos podríamos preguntar si la segunda espiritualidad no es la que Israel entendió como paganismo.
singular
abril 23, 2026 § Deja un comentario
Cualquier flor es la flor. Sus defectos —aquello que la aleja del concepto, del paradigma, lo normativo, el Bien— constituyen su particularidad, pero no su singularidad. Pues esta, a diferencia del adjetivo que perfila la particularidad, no añade: niega. Y niega, precisamente, el concepto, eso real de la flor en tanto que, precisamente, flor. Así, un hombre no es el hombre. Una mujer no es la mujer. Ambos tienen un nombre —y este no es simplemente un post it: es el índice de su diferir, de su apartarse, de su no a aquello universal de lo que, sin embargo, participan. Tener un nombre es un signo de resistencia. De hecho, la uniformización —que cada uno forme parte, por ejemplo, de una serie de cuerpos que han sido desnudados y agrupados— supone una reducción a lo general y, por eso mismo, una humillación: cada cual deviene un cualquiera.
Es verdad que la singularidad es, en el fondo, un decirse a uno mismo no soy como cualquier otro. Soy diferente, divergente, esto es, no soy cualquier hombre o mujer. Pero esto es como decir soy mi tara. La singularidad, por eso mismo, es incómoda, juzgable, condenable. Aun cuando, al final —y el final es la muerte del tarado— terminemos admirándola. Y quizá lo hagamos porque, aunque sea inconscientemente, no ignoramos que la singularidad es una exigencia de lo universal.
De hecho, nada universal o paradigmático puede realizarse o llegar a ser sin negarse a sí mismo. La Belleza, con mayúsuculas, solo es real en tanto que se realiza. Pero su realización solo es posible como cuerpo más o menos bello. Lo mismo podríamos decir, por ejemplo, de la idea de unidad, acaso la más abstracta. Pues lo uno solo puede incorporarse —literalmente, hacerse cuerpo— como algo divisible. La resistencia a lo universal que expresa tener un nombre es, en el fondo, el sello de una obediencia a lo universal.
Ahora bien, debido a esta negación de sí de lo universal, lo singular queda desgajado, abandonado a sí mismo, colgando solitariamente de un madero. Como si el todo se concentrara en ese cuerpo. Como si fuera, al fin y al cabo, el Único. Y aquí el como si no es el índice de una metáfora banal, sino de aquella que sostiene el mundo,lo que verdaderamente es. Nada hay que no sea un como si. Y porque el como si es lo que queda de la negación de sí en que consiste lo universal. De ahí que lo que hay apunte inevitablemente a lo que tuvo que anularse a sí mismo —o mejor dicho, a lo que originariamente ya fue no siendo nada, doble negación— para que hubiese el mundo, al fin y al cabo, lo que hay.
nietzscheanas 77
abril 22, 2026 § 1 comentario
Niezsche fue un filósofo cristiano. Y no porque fuese, precisamente, a misa. O porque su propósito fuese el de legitimar racionalmente los contenidos de la fe. Tampoco porque su pensamiento solo se entienda, obviamente, desde la tradición cristiana. Lo fue porque comprendió, de igual manera que el cristianismo, que el sí o el no de lo humano se decide en relación con lo sobrehumano.
Sin embargo, el übermensch nietzscheano no es, evidentemente, el cristiano. Para Nietzsche lo humano es sobrepasado cuando el espíritu noble se libera del juicio sacerdotal, el que lo ata a los buenos sentimientos, al sentido de la culpa, al arrepentimiento de sí. La liberación, en este caso, pasa por abrazar los efectos de una extrema lucidez: de aquí a un millón de años la humanidad se habrá extinguido y el cosmos seguirá como si nada. Dioniso, no Cristo, es el único dios ejemplar. Y a Dioniso le da igual abrazar a quien le salvó de la extinción, como quien dice, que ahogarlo lentamente con sus manos. Nietzsche hubiese admirado al resucitado si este, tras regresar del sheol, se hubiese atrevido a escupir sobre el rostro de Dios. Evidentemente, la libertad dionisíaca nos parece monstruosa a los que aún permanecemos en la orilla de lo humano. Pero una cosa es que nos lo parezca, y otra, que lo sea.
Desde el lado cristiano, el exceso no es exactamente el mismo. Ciertamente, el débil —el tarado, el defectuoso— inspira una compasión natural. Y aquí no hay ningún exceso. Pero no lo hay porque, por lo común, la tara es aceptable. De no serlo, por ejemplo, en el caso de un leproso, la compasión fácilmente se transformaría en rechazo. Y frontal. De ahí que el carácter sobrehumano de la compasión cristiana se vuelva patente cuando traspasa la frontera de lo asumible: Francisco de Asís, pongamos por caso, besando las pústulas del leproso. Tanto la desmesura de Dioniso como la de Francisco son, ciertamente, delirantes. En modo alguno, se nos pueden humanamente exigir.
Ahora bien, de lo anterior se desprende que si todo da igual, el baile de Dioniso se encuentra en el mismo plano que quienes luchan por un mundo más justo. La crítica de Nietzsche a la obsesión cristiana se cancela a sí misma, de conducirla hasta el final. Sobre todo, si esa lucha se lleva a cabo frente a la nada de Dios —y no por fidelidad al ídolo que ocupa su lugar. En cualquier caso, el presente sigue estando sub iudice. De hecho, es condenado como ilusión miserable ante la posibilidad de la aniquilación.
Nietzsche, ciertamente, no fue un iluso. Pero puede que no fuera consciente de que puso la nada en el altar vacío de Dios —como tampoco de que fue Israel quien lo puso antes. Y que, por eso mismo, la muerte de Dios supone, en realidad, su definitiva confirmación. Pues el verdadero Dios siempre fue anodino —y, por eso mismo, terrible. De ahí que quizá sea más nietzscheano el cristiano que se enfrenta a Dios —a su silencio de muerte— con la Ley que nos exhorta a la fraternidad —el abrazo de los huérfanos de Dios— que aquellos que se levantan para ponerse a bailar sobre la pira de los gaseados. Aun cuando sean capaces de leer The Hollow Men.
milagro e individualidad
abril 22, 2026 § Deja un comentario
La vida es una excepción —un milagro— donde el final es la aniquilación. Pero caer en la cuenta de ello es raro. Al fin y al cabo, todo acontecimiento es vertical. Horizontalmente, prevalecen las demandas de la adaptación, los juegos del poder, la preocupación.
Sin embargo, la excepción —aquella que nos obliga a descalzarnos, en definitiva, a la contemplación— siempre se nos presenta bajo el aspecto de lo paradigmático, lo general, incluso podríamos decir de lo abstracto si la excepción —la vida— no fuese carne. Me refiero a que el cuerpo, para que produzca la conmoción de lo verdadero, ha de sernos desconocido. De hecho, el de cualquiera. Así, la mujer, el hombre, el anciano, el niño. En el momento que se añade la individualidad —las cojeras del carácter— surge el trato, la negociación, el compro o no compro. De ahí que en el fragor de las costumbres el único modo de recuperar la verticalidad sea a través del perdón. Pues el perdón rescata la humanidad —lo ejemplar o común— que habita bajo la crosta de la individualidad. Y más si tenemos presente que solo cabe perdonar lo imperdonable. Una reconciliación que no se enfrente a lo que no admite perdón es, de hecho, una mera disculpa.
nietzscheanas 76
abril 19, 2026 § Deja un comentario
Porque no hay nada que decir, todo puede ser dicho. Y no hay nada que decir —porque no hay nada que reconocer como fijo, sólido, verdadero; nada que señalar, indicar, nombrar.
Sin embargo, necesitamos decir, esto es, juzgar —en definitva, deshacer la ambigüedad, clavar la mariposa en el tablón— porque no podemos soportar demasiada realidad, el gris, el entre una cosa y otra. La oscilación —creemos— no es. O no es aún. De ahí que tenga que ser o una cosa u otra. Así, decir, por ejemplo, lo nuestro es amor supone haber decidido entre dos posibilidades: que lo sea o no. Y ambas están ahí, incrustadas en el mismo gesto. Todo es mezcla —luz y sombra. Tiene que ser así. Donde todo fuese luz, no habría luz. Decir lo que es supone, por tanto, juzgar antes de tiempo —algo así como anticipar el juicio final.
Ahora bien, lo curioso del caso es que el decir —el juicio—, al resolver precipitadamente, y por tanto en falso, la indecisión ineherente a cuanto es de hecho, apunta a una realidad que no podríamos asumir como tal. Y es que de habitar un mundo perfecto, sin tara o rastro de sombra —lo que debe ser, según creemos—, no podríamos evitar la convicción de que ese mundo es irreal. Esto es, lo que, precisamente, no puede ser. Ahora bien, si esto es así —que lo es—, entonces lo que debe ser no es lo sin tara, al fin y al cabo, nuestra ingénua, por no decir ridícula, aspiración, sino lo que ya es, la mezcla. En cualquier caso, de lo que se trata es que las sombras no nos sepulten —que haya más luz que oscuridad.
Nietzsche acierta cuando sostiene que todo es, en definitiva, combate o, en sus términos, voluntad de poder. Y esto no esta tan lejos de lo que, hace milenios, sostuvieron los apocalípticos de Israel al defender que en este mundo se enfrentan las fuerzas del Bien y el Mal. Nietzsche, sin embargo, prefirió eludirlo al proponer bailar con igual alegría tanto en una fiesta de cumpleaños como en un funeral. Probablemente, porque estuvo convencido de que no hay fuerzas del Bien o del Mal, sino solo vida que avanza fagocitándose a sí misma. Pero la luz solo es luz porque tiene que abrirse paso contra la oscuridad. Hay luz y hay oscuridad. Y no solo para nosotros.
nietzscheanas 75
abril 18, 2026 § Deja un comentario
Dios es la muerte. Y lo es por defecto. Estar ante el dios es hallarse ante la inminente posibilidad de morir. Esta es la experiencia más originaria de lo divino: tras el tsunami, el oso, el fuego devastador… hay el dios. No cabe separar la experiencia de lo sagrado de la del poder. Por tanto, mantén una distancia de seguridad: ni te acerques. En un principio, decir sagrado supuso decir peligro. Pues peligroso es lo que nos puede por entero, la posibilidad de la aniquilación.
También, sin embargo, hubo un dios en el crecimiento de la hierba. La ambigüedad de lo real atraviesa cuanto es, incluyendo a los dioses. De ahí nuestra inicial dependencia de lo divino. Pues en manos del dios esta tanto nuestra vida como nuestra muerte. Que sigamos con vida obedece, al fin y al cabo, a una medida de gracia. O puede que también al hecho de que pasamos desapercibidos —de que no interesamos a ningún dios. Y esto quizá sea lo mejor para cualquiera que no ignore qué significa hallarse ante un dios.
Este es el punto de partida, a la hora de pensar qué significa proclamar la muerte de Dios. Así, la muerte de Dios corre paralela a nuestra manera de situarnos ante la muerte. Esta se experimenta simplemente como un simple cesar —como un hemos sido desenchufados. Esto es, como algo que pasa… aunque aún provoque nuestro temblor de piernas. Quiero decir que difícilmente vamos a situarnos ante la muerte como la irrupción—el acontecimiento— de lo absolutamente otro. Y, por eso mismo, probablemente seamos arrojados a la irrelevancia de una existencia sometida a la inercia de los días, una existencia fragmentada que, en modo alguno, logrará ser dueña de sí misma. Al fin y al cabo, el asunto de la muerte de Dios es que nos ahorra enfrentarnos a Dios —a su silencio mortal. Y quien no se enfrenta a Dios, como Jakob en Penuel, difícilmente llegará a escuchar su palabra, aquella que emerge de la garganta de los huérfanos de Dios.
la seriedad del nihilismo
abril 18, 2026 § Deja un comentario
¿Nihilismo? Sencillo: de aquí a diez mil años, es un decir, nadie sabrá, salvo acaso un par de eruditos, que hubo un galileo que, habiendo sido crucificado por Roma, pasó por Dios. De ahí que o hay un final de los tiempos —un día D en el que Dios irrumpe para imponer un nuevo orden— o el nihilismo es una evidencia.
apocatástasis
abril 17, 2026 § Deja un comentario
¿Cómo se imaginó Orígenes el cielo? Pues como si los verdugos y sus víctimas, ya reconciliados por el acto salvífico de Dios, bailaran Got to Give it up de Marvin Gaye… sin parar. Es un decir. ¿Qué no llegó a imaginar? Que, incluso, la dicha cansa. El baile, tarde o temprano, debe detenerse. ¿Y, entonces, qué sigue? ¿El ennui? Y aquí algunos dirán: pero la eternidad nunca fue un tiempo indefinido. De acuerdo. Pero, en ese caso, ¿qué conciencia de sí podría sobrevivir al instante?
No obstante, las paradójas a las que conduce la reflexión no le restan peso a la esperanza creyente. Pues esta, en realidad, nunca fue una expectativa, sino un imperativo: al final, debe haber reconciliación en nombre de. Y quien dice imperativo, dice invocación. ¿Cómo sucederá? Ni idea… salvo la delirante. En verdad, Dios siempre tuvo que ver con lo imposible —con lo que los mundos no pueden admitir como su posibilidad. Y quien lo ignora, sigue hablando de sí mismo cuando se llena la boca con las cosas de Dios.
nietzscheanas 74
abril 16, 2026 § Deja un comentario
Al fin y al cabo, Nietzsche tampoco evita el exceso propio del dios. Pues ¿acaso la indiferencia mortal del cosmos no es la desmesura con respecto a la cual hemos de encontrar nuestra medida o, mejor dicho, nuestra posición? ¿Es que, quizá, no nos enfrentamos, de nuevo, a lo gigantesco, ese simulacro de lo divino, según Israel? La voluntad de dominio a la que se reduce cuanto es, ¿no sería un trasunto secular de Moloch?
Ciertamente, la posición que propuso Nietzsche no fue la de Israel. Sin embargo, en ambos casos, se trató de responder a la provocación de lo que nos supera por entero. Para Nietzsche, la respuesta, como sabemos, fue la de la impiedad. La compasión es la estrategia de los espíritus débiles para venirse arriba . En la voluntad de dominio hay aún algo demasiado positivo como para tomárnosla defitivamente en serio. Israel, quizá, fuese más lúcido. Y es que ponerse a bailar, dando igual si es sobre la hierba fresca o sobre los cadáveres de quienes murieron de hambre, es, en el fondo, reirle las gracias al dios cuyo pasotismo provoca la lucidez más implacable. ¿Acaso Nietzsche no trata de imitar la crueldad del vacío para no sentirse devorado por él? Pero Israel probablemente comprendió, y no sin sufrimiento, que por encima de la voluntad de dominio está la nada de Dios —su extrema trascendencia. Y que por eso mismo, la voluntad de dominio admite dos rostros. El de Dioniso, sin duda. Pero también el de aquel que incorporando el silencio de Dios decide enfrentarse al mismo ofreciendo a sus verdugos el perdón. Y ese perdón, confiesa el cristianismo, ¿no es de Dios porque es, en realidad, debido a Dios?
De ahí que podamos preguntarnos si la posición de Nietzsche no sería como la del hijo que, ante un padre despótico y arbitrario, decide cortar amarras, entregándose al desvarío o a la ebriedad, aun cuando siga siendo capaz de apreciar a Eliot. ¿No fue Israel quién mejor comprendió que obedecer a este padre exige, precisamente, enfrentarse a él… para, posteriomente, obrar en consecuencia? ¿Acaso ese padre no se reveló como un niño indefenso? El perdón de Dios ¿no se hace cuerpo en el abrazo de los huérfanos de Dios? Más aún: en ese perdón ¿acaso no residirá la última libertad?
nietzscheanas 73
abril 15, 2026 § Deja un comentario
Ningún mundo más allá —ningún ideal realizado— es un verdadero más allá. Pues de habitar un mundo sin tara ¿acaso no nos parecería irreal? No puede ser, diríamos. Ahora bien, si no puede ser, lo que debe ser es, precisamente, un mundo imperfecto, en donde las luces y las sombras compiten por el espacio. Cuando aspìramos a la perfección… no sabemos, por tanto, a lo que aspiramos. Pues, de realizarse, tampoco podríamos admitirla. ¿De qué se trata, entonces? De que haya más luz que sombra —no, de que haya solo luz o únicamente sombra. Al final, Nietzsche dio en el clavo: todo es combate —voluntad de poder. SIn embargo, quizá su lápíz no tuviera la punta tan fina como quiso creer. Pues Gabriel, el arcángel, también tiene derecho a la victoria. Nietzsche, probablemente, no estaría de acuerdo. Pues su distinición entre el fuerte y el débil —el noble y el esclavo—, una distinición asentada en lo biológico, es su a priori, en el fondo, un prejuicio racial. No obstante, la nobleza solo aparentemente es anterior a la victoria. De hecho, quién sea el fuerte y quién el débil —si Cristo o Dioniso— se decidirá en el último round. De ahí que, si es cierto que la voluntad de poder es lo que hay, incluso la verdad de Dios esté por decidir. En verdad, Dios se la jugó con nosotros —y por nosotros. Y, por eso mismo, quien dice Dios, dice su nadie aún.
nietzscheanas 71
abril 11, 2026 § Deja un comentario
La crítica de Nietzsche al cristianismo admite dos registros, el explícito y el implícito. Este último nos obliga, obviamente, a leer entre líneas. Pues Nietzsche no pudo ignorar que la declaración sobre la muerte de Dios —Dios ha muerto y nosotros clavamos el último clavo— fue antes una declaración cristiana que atea. Y es que proclamar, como hace el cristianismo, que el que muere en una cruz como un apestado de Dios es Dios —y no simplemente su enviado— está muy cerca de admitir que no hay Dios. O, cuando menos, altera, y significativamente, lo que entendemos espontáneamente por divino. En este sentido, el registro implícito de la critica al cristianismo no sería tanto una crítica al mismo —pues el cristianismo pasaría a entenderse como la raíz del ateísmo moderno—, sino a la cristiandad. Al menos, porque el triunfo de la cristiandad supuso un pasar de puntillas sobre lo que el Golgota reveló acerca de Dios.
El registro explícito, en cambio, es conocido y apunta a la identificación de Nietzsche entre el platonismo y el cristianismo tradicional —y es en este sentido que dejó escrito aquello de que el cristianismo es un platonismo para el pueblo. La idea es simple: si la vida solo adquiere valor donde el origen del valor se encuentra por encima de la vida —donde el criterio de la evaluación es una realidad trascendente— la vida, en sí misma, carece de valor. Así, cuanto nos traemos entre manos tendrá más o menos valor en tanto ejemplifique, en mayor o menor medida, lo que vale en verdad, el ideal. Por ejemplo, la relación que pueda mantener una mujer con un hombre valdrá la pena cuanto este más se parezca al chico de las películas románticas —al “príncipe”.
Ahora bien, al proclamar la muerte de Dios —y esta muerte también arrastra a lo que ocupa hoy en día su lugar: al ideal, al valor supremo que esperamos que se realice—, Nietzsche no se limita a decir que solo cabe aproximarnos al Bien —esto, de hecho, sería platonismo—, sino que el Bien, escrito con mayúscula, es, de hecho, un imposible, un trampantojo. No hay un absoluto por encima de la vida que nos ha tocado en suerte. Por eso mismo, tomar lo que no es como horizonte es, sencillamente, un error, el que conduce, precisamente, a una existencia equivocada. Y es un imposible porque el absoluto —la norma que juzga cuanto hay— siempre fue algo así como una contradictio in terminis. De continuar con el ejemplo anterior, podríamos decir que cualquier mujer aspira a un amo que coma de su mano. Sin embargo, si es un amo, un príncipe, no comerá de su mano —no será la única—; y si come de su mano, terminará despreciándolo. Sencillamente, no es posible que sea ambas cosas… salvo que él lo simule. Sin embargo, la simulación forma parte del juego del poder. Y es que donde no hay valor que deba realizarse —donde no habrá ningún juicio que decante la balanza hacia un lado u otro—, todo no es más que voluntad de dominio. Así, lo único que debe dirimirse es quién se alza con la victoria. Aun cuando sea bajo las formas de la seducción.
La cuestión es y ahora qué. Si somos débiles, entonces tan solo cabe la resignación del último hombre. Es lo que Nietzsche designa como nihilismo negativo. En cambio, de encontrarnos del lado de los fuertes, el asunto es otro. Aquí, el nihilismo deviene positivo. Pues quien abraza la ausencia de valor o sentido, en definitiva, que no haya ningún hacia dónde, asume que, ante la indiferencia del cosmos, da lo mismo ejercer como verdugo o padecer como víctima, acariciar la mejilla de un niño que ahogarlo con las propias manos para experimentar la fascinación que provocará el instante de su muerte. Ciertamente, lo habitual es que no nos parezca lo mismo. Pero, en realidad, da igual lo uno que lo otro. En definitiva, donde Cristo ha sido olvidado, tan solo cabe o bien la sumisión a lo que, simplemente, sucede, o bien elevarse para bailar, siendo indiferente que el baile se lleve a cabo sobre un campo de amapolas que sobre la pira de los gaseados. Como Dioniso, el dios de la ebriedad. Y, evidentemente, el precio de este baile es convertirse en sobrehumano. Aun cuando, desde el lado de los resignados, lo superación de lo humano sea juzgada como inhumana. De hecho, cuando dejamos atrás al chimpancé también fuimos condenados por ello.
del uno al otro
abril 10, 2026 § Deja un comentario
Tarde o temprano, nos preguntaremos qué hay de verdadero —de sólido— en cuanto nos traemos entre manos. ¿El sentimiento más intenso? ¿La medida? ¿El gris? De no hacerlo —de pasar de largo— seguiremos jugando a la Oca: y tiro porque me toca. La reflexión siempre supuso una elevación, aunque se trate de un ponerse de puntillas, para ganar en libertad. Pues esta comienza con un tomar distancia con respecto a la inercia de los días.
Sin embargo, la pregunta adquiere otro rumbo cuando se plantea, como hizo Descartes —y antes, los escépticos— en los términos de las condiciones de un saber, en definitiva, de la certeza. Pues los presupuestos no serán los mismos. Y porque el ejercicio de la razón especulativa se limita a explicitar lo implicito, tampoco las conclusiones. Así, donde partimos de la sospecha y no de un encontrarse en medio del haber —al fin y al cabo, del asombro—, el resultado es la centralidad del ego cogito. Y de aquí a la muerte de Dios media un paso. A pesar de las demostraciones racionales de su existencia. O por eso mismo.
sensación y realismo
abril 9, 2026 § Deja un comentario
“No hay juicio, sino, más bien, la sensación de hallarnos bajo juicio.” ¿Pero quién puede decirlo? No, quien se halla dentro de la escena. Pues, no responder —el pasar de largo— es ya responder. Uno solo se encuentra sub iudice ante el resto de personajes, no en la cima del dios que se limita a observar. La mirada teórica se ahorra el juicio. El que no nos sintamos acusados por quienes viven —y mueren— como perros no quita que no debamos responder a su demanda. Aquí la cuestión es por qué debemos. ¿Acaso no podría ser que, únicamente, creamos que debemos responder? Que sea lo uno o lo otro se decide con respecto a la cuestión de si quien nos acusa es —o no— “nuestro señor”. En definitiva, con respecto a la realidad de Dios. Así, teniendo en cuenta que la realidad de Dios, en tanto que en sí mismo aún no es nadie, es indisociable de la de quienes ocupan su lugar —en bíblico, los abandonados de Dios—, que nos sintamos responsables de quien nos acusa con su sufrimiento es el envés de un tener que responder ontológico. Pues la ley de la fraternidad se desprende del hecho de que la existencia es un tener que sobrevivir a la indiferencia —la amenaza— de Dios. Quizá Jerusalén comprendió mejor que Atenas que realidad y mandato van de la mano.
va de botellas
abril 8, 2026 § Deja un comentario
La ambigüedad de los hechos se expresa en el tópico de la botella a medias: hay quienes la ven medio llena y hay quienes la ven medio vacía. Pero aquí el racionalismo no duda: el contenido de la botella pesa, por ejemplo, 500ml. Esto es lo que hay. De acuerdo.
Pero, quizá para un aborigen de las islas Fiji la medida podría variar. Así, pongamos por caso, a plena luz del día, el contenido equivaldría a dos puños, mientras que en la oscuridad de la noche, a dos dedos. Sea como sea, la medida no sería la misma. Y esto para nosotros resultaría incomprensible. Pero para ellos podría tratarse de una evidencia.
Lo mismo podríamos decir con respecto a lo divino. Y aquí no hay denominador común, salvo el tautológico y, por eso mismo, irrelevante. En las culturas desarrolladas, la cuestión de la verdad frente a lo que simplemente nos parece verdadero exige el salto a la alta abstracción. Es decir, el amor a la verdad, tradicionalmente, ha adoptado la forma de una crítica de la opinión, en definitiva, de los mapas mentales que nos proporcionan, espontáneamente, una orientación. También con respecto a la verdad de Dios. De ahí el carácter duplex de las religiones mayoritarias: por un lado, la devoción popular; por otro, la experiencia del místico. Y no parece que ambos lados sean fáciles de conciliar. Como tampoco parece que sea lo mismo haber interiorizado una cosmovisión que el efecto existencial de poner contra las cuerdas una cosmovisión —de mostrar, en definitiva, sus contradcciones internas.
Llegados a este punto uno podría preguntarse si el despliegue especulativo implica una superioridad antropológica. Sin embargo, una respuesta convincente debería tener en cuenta que cualquier progreso va de la mano de una pérdida. Y valiosa.
el decir y la metáfora (y 2)
abril 7, 2026 § Deja un comentario
La metáfora asume lo desconocido por lo conocido: Dios como Jesús. Pero la metáfora más antigua quizá sea la inversa: la de lo conocido por lo desconcido: Jesús como Dios. Lo primero es reducción. Lo segundo, expresa la aspiración a lo real. Pues lo real nunca fue prosaico.
el decir y la metáfora (1)
abril 6, 2026 § Deja un comentario
Decimos el mar es azul. Y, así, creemos, que el mar posee una propiedad: la de ser azul. SIn embargo, lo primero no fue el concepto, sino la analogía: el mar es azul como lo es el cielo. El mar como el cielo: esto es, azul. Tras los conceptos, siempre hubo —y sigue habiendo— una equiparación.
y fue levantado
abril 4, 2026 § Deja un comentario
La expectativa de los primeros cristianos que creyeron en la resurrección —hubieron otros: lo que entendieron las apariciones como el reflejo de una exaltación— fue que el resucitado volviese en breve para juzgar a vivos y a muertos en nombre de Dios. Sin embargo, esta esperanza no se cumplió. El relato de la ascensión quizá fuese, además, un modo de dar a entender que dicho regreso no sería, como quien dice, de un día para otro. Ahora bien, lo que esto significa es que el maranatha con el que se expresó inicialmente la expectativa creyente paso de ser una ilusión a, de nuevo, un clamor. De ahí que quienes, en la noche de Pascua, salen por las calles proclamando, y con forzado entusiasmo, que Jesús ha resucitado nos parezcan, precisamente, unos entusiastas.Como si el resucitado no conservase en su cuerpo las marcas de la cruz.