sé tú mismo
abril 5, 2017 Comentarios desactivados en sé tú mismo
Sé tú mismo. De acuerdo. El problema es que seas un idiota. En el sentido literal de la expresión.
vocatio
abril 4, 2017 Comentarios desactivados en vocatio
En un mundo en donde el empleo mal pagado es precario, y en donde lo que se le exige al asalariado cualificado es movilidad, resulta difícil que el individuo común pueda plantearse el trabajo como respuesta a una vocación. No es casual que las verdaderas vocaciones solo puedan desarrollarse marginalmente. En este sentido, las consecuencias culturales son evidentes. Pues, el discurso sobre la necesidad de construirse un carácter —la importancia de que tu vida responda a una vocación— acaba siendo extemporáneo, por no decir, contracultural. De ahí que el mito que acaba confiriendo sentido a nuestra existencia no sea el del héroe moral, por íntegro, sino el del surfer, aquel cuya victoria sobre sí mismo consiste únicamente en saber sortear los obstáculos y gozar de un día de sol. Frágil sentido, ciertamente.
1944
abril 3, 2017 Comentarios desactivados en 1944
«1944» es una película bélica del estonio Elmo Nüganen. De hecho, antibélica. Nadie gana, como es de suponer. Vale la pena verla. Pues, como suele ser en estos casos, nos sitúa en medio del desastre. Estricta cultura: ver lo que afortundamanete aún no hemos visto y que es necesario ver. Uno de los protagonistas narra el momento en que se llevaron a sus padres a Alemania, se supone que a un campo de exterminio. Imaginar que cuanto te rodea desaparece de repente. «Se los llevaron». Nunca más volverás a ver a tus padres, a tus hermanos, a tus hijos. Esta es la situación en la que cualquier sentido se revela irrisorio. Incluso aquel garantizado por la palabra «Dios». La Biblia debe leerse desde esta óptica. Y entonces quizá entendamos el contraste entre el Dios bíblico y el de la religión.
arquetipos
abril 2, 2017 Comentarios desactivados en arquetipos
No eres nadie ante la mujer que encarna tu deseo. Ella es una diosa para ti. De ahí que un dios tenga que morir para que puedas sobrevivir. No es casual que la libertad vaya de la mano de la crítica al ídolo. Como tampoco es causal que el Dios verdadero sea aquel que libera al hombre de la sujeción a las imágenes de Dios, el Dios que está por ver, el Dios que, en su ausencia, arroja al hombre al desamparo de los sin Dios. Quizá no haya otra libertad para el hombre que la que nace de la quiebra del mito. Dura libertad.
esto del rezar
abril 1, 2017 Comentarios desactivados en esto del rezar
Karl Rahner se quedó un tanto perplejo cuando a los padres jesuitas de la congreación general XXXII se les obligó a rezar según «métodos orientales de oración». Hoy en día, no sé si habría alguno que compartiera su perplejidad. Probablemente, su desconcierto obedeciera a que no creía que fuera necesario recurrir a métodos alternativos para iniciar un coloquio con Dios. Como si dicho recurso fuera el síntoma de nuestra dificultad para orar. Pues Rahner estaba convencido que Dios puede y quiere tratar de modo directo con su criatura; que el ser humano puede experimentar cómo tal cosa sucede y que pueder captar el soberano designio de la libertad de Dios sobre su vida. Sin embargo, Martin Buber decía que la enfermedad espiritual del hombre moderno era que, a la hora de rezar, difícilmente podía evitar preguntarse por el sentido de lo que estaba haciendo. Y quizá Rahner le hubiera dado la razón, cuando menos porque Buber entiende que se trata de una enfermedad. Ahora bien, si esto fuera así, entonces estaríamos ante una enfermedad incurable. Pues, la dificultad para entablar una conversación telefónica con Dios no es circunstancial, sino que se encuentra arraigada en la naturaleza del sujeto moderno. Y es que el sujeto moderno moderno se caracteriza por el hecho de que, de entrada, no se halla en contacto con el exceso de lo santo, por decirlo así, sino con su creencia con respecto a dicho exceso. Cuando menos, porque el pistoletazo de salida del sujeto moderno es la sospecha y no el asombro. De ahí que la cuestión sea, precisamente, si el sujeto moderno no será, por eso mismo, incapaz para las cosas de Dios. Con todo, ¿acaso la Biblia no insiste en que los capaces de Dios son, de hecho, aquellos que sufren el abandono de Dios —aquellos que lo encuentran en falta? Y ¿acaso no es esta falta la que nos obliga a reconocer en el rostro del que cuelga de una cruz el rostro mismo de Dios? ¿Acaso los profetas no dijeron que Dios no atiende la oración del hombre o su sacrificio, sino su clamor? Dios probablemente descendió en vano, mientras sigamos creyendo que Dios se encuentra detrás de la línea telefónica esperando nuestra llamada. En último término, no ora quien quiere, sino quien puede. Y quien puede no es un quien, sino el cuerpo que ha sido despojado del quien.
la jaula de hierro
marzo 30, 2017 Comentarios desactivados en la jaula de hierro
Hemos sido fácilmente convencidos de que el mundo occidental es el mundo libre. La sociedad liberal es aquella en la que la libertad ocupa el centro de la vida política como antiguamente lo ocupaba las prescipciones de la divinidad. Esta es nuestra convicción —nuestro lugar común. Pero también nuestra ilusión. Pues si lo pensamos bien, nos pasamos media vida en ese régimen carcelario que es la escuela para luego entregarnos a jornadas laborales de doce horas como quien no quiere la cosa. Ciertamente, nos hemos acostumbrado a ello. Pero que nos hayamos acostumbrado a la prisión no significa que no estemos en una prisión. Un zulú, pongamos por caso, difícilmente entendería que nuestro modo de vida es el propio de hombres y mujeres libres. Si adoramos la libertad —si la consideramos sacrosanta y, por consiguiente, intocable— es porque, de hecho, nos falta. Ocurre aquí como el moderno culto al cuerpo: que más que expresar nuestro amor hacia el cuerpo, indica nuestro desprecio del mismo. Pues lo que revela dicho culto es que tan solo podemos aceptar un cuerpo, si es perfecto. Y esto es muy distinto que amar un cuerpo. Nuestra libertad es, en el fondo, la del consumidor. Nos creemos libres porque en el super podemos elegir entre diferentes marcas de mayonesa. Nos sentimos libres si, durante el tiempo de ocio, podemos comprarnos unas cuantas cuches. Pero no es lo mismo sentirse libres que ser libres. No es lo mismo poder hacer lo que uno desea, que hacer lo que uno quiere. Al menos, porque lo segundo no es posible sin trascender el horizonte del deseo. Aun cuando de entrada deseemos lo que podamos llegar a querer, lo cierto es que lo querido se da siempre, en último término, como lo que reclama de nosotros una respuesta, una entrega, una voluntad, en definitiva, un atarse al mástil. Y esto resulta cuando menos hostil para quien ha sido educado en la cultura que entiende la libertad como satisfacción del propio deseo. De hecho, nadie es libre con respecto a lo que desea. Al fin y al cabo, un deseo es un implante. Nuestro error consiste en identificarnos tan fácilmente con él.
la chute
marzo 30, 2017 Comentarios desactivados en la chute
La caída, desde la óptica de Benjamin, la cual no deja de ser profundamente judía, es una caída en el lenguaje. Pues, en el seno del decir algo de algo, ese algo otro al que nos referimos en último término se nos revela como eso que se encuentra siempre más allá de su determinación. Dicho con otras palabras, el carácter otro de lo otro es lo dejado atrás en su determinación como ente. Suponemos que el ente es algo otro ahí, pero, precisamente porque lo suponemos, su alteridad no se muestra como tal. De hecho, aparece como lo que en sí mismo no aparece. De ahí que el hombre sea, tras la caída, aquel que ha sido arrojado al mundo y, por consiguiente, aquel que experimenta en lo más profundo de sí mismo una nostalgia de lo absoluto. En tanto que existente, el hombre es aquel que encuentra en falta la radical alteridad de cuanto es, aquel se halla separado de lo enteramente otro o, mejor dicho, del enteramente otro. Esta, y no otra, es nuestra condición. No tenerlo en cuenta supone, de algún modo, contentarse con la reacción. Y al hacerlo, difícilmente somos algo más que bolas de billar que se mueven según el toque del taco.
esto de la enseñanza
marzo 29, 2017 Comentarios desactivados en esto de la enseñanza
Es verdad que uno solo aprende aquello con lo que trata. Es verdad, pongamos por caso, que aprendemos a escribir, escribiendo. Y, de hecho, detrás de una página bien escrita hay cientos en la papelera. La dimensión práctica del aprendizaje es, pues, un irrenunciable. No es lo mismo que nos hablen de las características de la obra de Kafka, con el propósito de que podamos vomitarlas en el examen de turno, que el maestro, como suele hacer Albert Balasch con sus discípulos, te lea en clase el comienzo de la Metamorfosis y, a continuación, te pida que la continúes. Evidentemente, la lectura que luego puedas hacer del relato de Kafka no va a ser la misma. Ahora bien, de ahí a que el maestro tan solo deba enseñar lo que el alumno pueda hacer por sí mismo media un paso. De hecho, un gran paso. Pues no podemos pretender, por seguir con nuestro ejemplo, que el alumno se limite a los autores que pueda reescribir, como quien dice. El maestro tiene que hablar, se sobreentiende que con pasión, de Montaigne o de Carver a sus alumnos, aun cuando no pueda exigirles, por falta de tiempo, lo que les pidió que hicieran con Kafka. No hacerlo sería delictivo. Sin embargo, es cierto que la lectura que el maestro pueda hacer de los ensayos de Montaigne o los cuentos, terribles, de Carver no caerá en saco roto, si los alumnos antes hicieron lo que hicieron con Kafka. La tierra ya ha sido fertilizada. Es verdad que cuanto más extenso sea el temario, más difícil será evitar los defectos de la enseñanza tradicional. Pero, como decíamos, que el maestro se limite a enseñar aquello de lo que los alumnos puedan hacer un trabajo constituye, sin duda, una limitación.
las preguntas del necio
marzo 29, 2017 Comentarios desactivados en las preguntas del necio
Un creyente hoy en día podría fácilmente preguntarse por qué Dios, siendo el buenazo que es, sigue sin dar la cara. ¿A qué obedece tanto misterio? ¿Acaso hay algún padre que no quiera que sus hijos le vean o, más aún, que acepte que puedan dudar de su existencia? Un creyente de los de antes, sin embargo, no entendería a qué viene tanta pregunta. Pues ¿cómo vamos a ver lo que queda fuera de nuestra capacidad de percepción? Es como si nos preguntáramos por qué no podemos oír los ultrasonidos. Sencillamente, nuestros sentidos no dan de sí. Para el antiguo creyente, Dios no se oculta, sino que simplemente no se ve. Por eso, cuando el creyente que hoy en día se pregunta por qué Dios no se hace presente, pudiendo manifestarse si quisiera, nos da a entender que vive en un mundo en el que la palabra Dios ya no se sabe a ciencia cierta qué significa. Y quizá por ello la espiritualidad sin Dios sea tan actual. Pues en vez de Dios, tendríamos un algo, lo cual, ciertamente y para las entendederas modernas, es más manejable que el viejo Dios del teísmo.
los dos lobos
marzo 28, 2017 Comentarios desactivados en los dos lobos
La fábula es conocida: hay en ti dos lobos (o perros, ahora no recuerdo bien). Uno es bueno y el otro malo. Lo que tú seas dependerá de a qué lobo le des de comer. Hasta aquí de acuerdo. Sin embargo, podríamos preguntarnos si cabe alimentar al lobo bueno queriendo alimentarlo. Pues uno solo puede alimentar a su lobo bueno donde da de comer al hambriento, y no a su lobo hambriento —donde no pretende alimentar a su lobo bueno dando de comer al hambriento. Y este es el error fundamental de los libros de autoayuda. Que los grandes objetivos, por decirlo así, son un producto lateral. Nadie consigue ser feliz o bueno diciéndose a sí mismo hago lo que debo hacer para ser feliz o bueno. Nadie vence su insomnio, encarándolo directamente, sino haciendo otra cosa que le haga olvidar que sufre, precisamente, de insomnio. Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha. De ahí que los libros de autoayuda estén cerca de aquellos, si los hubiera, que te instruyen sobre las técnicas masturbatorias. Al fin y al cabo, terminas donde estabas. Es decir, solo.
Dn 12, 2
marzo 27, 2017 Comentarios desactivados en Dn 12, 2
La convicción judía de que Dios resucitará a los muertos ¿podríamos entenderla como una solución ad hoc al problema del justo sufriente, esto es, como una especie de parche a un problema insoluble? Desde nuestra óptica, sin duda. Sin embargo, desde su situación, y aquí quizá convenga recordar que dicha convicción aparece en un clima de impotencia por parte de Israel, la esperanza en la resurrección es el correlato, difícilmente creíble, incluso para muchos judíos de la época, de una ciega confianza en el Dios de la Alianza. De hecho, durante la época del segundo Templo, la idea de una resurrección final coexiste con la de la exaltación del justo post mortem, la cual no implica estrictamente una resurrección. Así, pongamos por caso, en el denominado Testamento de Moisés. En cualquier caso, lo que tienen en común ambas convicciones es que las cosas, para los justos, no acabarán mal. El verdugo no tendrá la última palabra. Y ello en nombre de Dios. Sin embargo, hablar de resurrección no es lo mismo que hablar de exaltación. Es decir, no estamos ante dos modos de expresar una misma esperanza, aunque lo parezca. Pues, no es lo mismo que se le restituya al justo la vida que aún tiene pendiente que el justo sobreviva espectralmente en el más allá. Cuando menos, porque en este segundo caso, siempre prodemos preguntarnos si esa supervivencia tiene que ver con nosotros.
política y moral
marzo 26, 2017 Comentarios desactivados en política y moral
La denuncia de la corrupción corre pareja a la antigua prevención contra las inclinaciones del cuerpo. La corrupción sería, así, el equivalente político de las bajas pasiones. Sin embargo, del mismo modo que nada comienza sin el impulso de lo bajo, difícilmente hubiera habido progreso social, sin el interés corrupto de unos cuantos. Como decía Mandeville, de los vicios privados nacen las virtudes públicas. De ahí no se deduce, sin embargo, que debamos tolerarlo. En el ámbito de lo político, a menudo es necesario hacer lo que en modo alguno cabe justificar. Pero, por eso mismo, y como ocurre en cierto modo también en el contexto de lo moral, debemos ocultar la falta que no pudimos evitar. Pues, en el momento que salga a la luz tendremos que pagar por lo que nos vimos obligados a hacer, al jugar a lo que jugamos. Ciertamente, nadie nos obligó a participar del juego. Pero también es cierto que ese juego —el juego de los proyectos político-económicos— alguien tiene que jugarlo.
enseñar a pensar
marzo 25, 2017 Comentarios desactivados en enseñar a pensar
En la mesa de al lado, mientras estoy tomando un café, unas mujeres de mediana edad y de clase alta hablan de las escuelas de sus hijos. Una de ellas se refiere a la importancia de que una escuela enseñe a pensar. Cierto. No hay quien prefiera que sus hijos acaben siendo unos estúpidos. Sin embargo, no tengo claro que sepan a ciencia cierta de lo que están hablando. Pues, aun cuando cualquiera de ellas esté dispuesta, por lo que parece, a comprar el producto, diría que no todas están dispuestas a pagar el precio. Me atrevería a decir que lo que de hecho quieren es que sus hijos sepan pensar… sin que tropiecen por el camino. Comprensible. Pero nadie dijo que pensar fuera fácil. De hecho, cuesta y mucho. Lo fácil es dejarse llevar por lo que se dice, el tópico, la opinión común. Aprender a pensar es aprender a hacer, cuando menos, buenas preguntas. Y las buenas preguntas te obligan, por lo común, a nadar contra la corriente. Y ello no es posible sin musculatura. Aprender a pensar es como aprender a jugar al ajedrez. Una cosa es conocer las reglas e incluso poder resolver algunos problemas básicos y otra ser capaz de jugar —y ganar— una partida de un cierto nivel. Y para llegar a jugar bien, uno ha de estar dispuesto a perder unas cuantas partidas. En realidad, bastantes. Y aquí está el problema: que queremos viajar en primera con billete de segunda. Resulta difícil enseñar a pensar donde lo que se da por descontado es que el chico debe aprender a pensar, mientras se divierte. Esto es, donde se presupone que esto de picar piedra es de la vieja escuela. Aprender a pensar no es cuestión solo de procedimientos, sino también, y quizá sobre todo, de actitud. Uno ha de estar dispuesto a volver sobre lo hecho una y otra vez, aunque tampoco hay que pasarse de rosca, cuando menos porque también necesitamos algún logro —alguna zanahoria— durante el trayecto. Sin embargo, resulta difícil perseverar donde lo que se da por descontado es que sin pasarselo bien no hay aprendizaje que valga. Si de lo que se trata es de preparar al chico para la vida que le espera, no me parece que sea una buena política no educarle en la cultura del esfuerzo. Esto parece obvio, pero en las escuelas de vanguardia hablar de la necesidad de picar piedra es casi una herejía. Ciertamente, la mayoría de los chicos de hoy en día no están dispuestos a esforzarse demasiado. Viven rodeados de estímulos que ofrecen una gratificación casi inmediata. Y así no es casual que el trabajo que exige la etapa escolar se les presente como una especie de palo entre las ruedas. De ahí que a la mínima tiren la toalla. Pero no les hacemos ningún favor donde les ponemos las cosas demasiado fáciles, creyendo que así nos hemos adaptado a los nuevos tiempos. Más aún: no les hacemos ningún favor donde no damos por sentado que el objetivo es saltar el listón. Pues donde de lo que se trata es solo de intentarlo, entonces, con el tiempo, dejamos de intentarlo. No es lo mismo fracasar, por decirlo así, donde tenemos claro que hay que saltar el listón que fracasar donde no lo tenemos claro. En el primer caso, fracasar no es fracasar. En el segundo, ya fracasamos de entrada, aun cuando nos den una palmadita en la espalda. Es verdad que hay que tener en cuenta donde se encuentran los chicos de hoy en día, pues de lo contrario la enseñanza cae en saco roto. Sin embargo, el centro no es el alumno, sino lo que hay que aprender (y esto, como debería ser obvio, no es lo mismo que lo que hay que poder recitar como si fuéramos papagayos). Donde damos por sentado que el centro es el alumno, lo más probable es que el alumno se lo acabe creyendo. Y probablemente el resultado será el de un chico que se mira demasiado al ombligo. No deberíamos olvidar que el chico madura donde intenta situarse a la altura del maestro, y no donde el maestro, reconvertido en una especie de instructor, se limita a monitorizar aprendizajes autónomos. Con el tiempo, quizá nos daremos cuenta de que una escuela de vanguardia es más selectiva que una tradicional. Pues, el alumno con capacidades acaba tirando, a pesar de todo, mientras que el alumno medio, el que se mueve entre el cuatro y el seis, termina en la zona del cuatro, aun cuando en su currículum figure un seis o incluso un notable, precisamente, porque nunca tuvo que enfrentarse a la exigencia de un trabajo serio. Pues esto último implica que quien no esté dispuesto a picar piedra, sencillamente, se halla fuera de juego. Y una buena escuela debería hacérselo saber, aunque no solo hacérselo saber. Cuando menos, debería también acompañarle para que fuera capaz de digerir lo que, al principio, parece indigerible. En cualquier caso, el interés por aprender, y en concreto por aprender a pensar, se despierta donde el maestro transmite su saber con pasión. Y no hay técnica o procedimiento que sustituya a la pasión. Como decía Araguren, un maestro se recuerda, no tanto por lo que dijo, sino por lo que encarnó. Y, ciertamente, es difícil que alguien pueda darse cuenta de lo que encarna un instructor.
el habla y lo no dicho
marzo 24, 2017 Comentarios desactivados en el habla y lo no dicho
Estamos tan acostumbrados que díficilmente caemos en la cuenta de lo que hacemos cuando decimos que tal cosa es así o asá. Y es que no parece que hagamos nada, salvo reconocer que ciertos rasgos pertenecen a tal o cual cosa. Así, cuando decimos de Juan, por ejemplo, que es simpático damos por sentado que la simpatía va con él —que la simpatía le pertenece. Ahora bien, las cosas, vistas de cerca, no acaban de ser lo que parecen. Juan, ciertamente, se muestra como simpático en la mayoría de las ocasiones (y, por eso mismo, decimos que es simpático). Sin embargo, su simpatía no está exenta de ambigüedad. De hecho, estrictamente hablando, nos parece simpático en gran medida. Pero, si es en gran medida es que no lo es del todo. Nada nunca por entero. Ahora bien, cuando decimos que Juan es simpático presuponemos que lo es y no solo que lo parece. Por consiguiente, hacemos trampas al usar predicativamente el verbo ser. Decir que algo es de un modo particular supone determinarlo. Y al determinarlo, negamos que sea también, cuando menos en cierto modo, eso que queda fuera del campo de la determinación. Así, cuando decimos que Juan es simpático, dejamos a un lado que solo lo es en cierta medida y, por tanto, negamos lo que en cierta medida también es, a saber, un tipo no simpático. Las cosas son lo que son en tanto que, de algún modo, no acaban de ser lo que son. O, por decirlo con otras palabras, en toda afirmación siempre hay un resto, una sombra, precisamente, lo que no es dicho o afirmado. Quizá no haya mejor introducción a lo que es el lenguaje que la carta la lord Chandos de Hugo von Hofmnansthal, en donde, como sabemos, se defiende la idea de que lo real, en último término es inefable. De ahí que el destino de la filosofía —el amor al saber— sea el silencio o, si se prefiere, una socrática ignorancia. Y de ahí también que el filósofo que sabe de qué va el asunto, en el ágora se vea obligado, a menos que opte por el aislamiento, a jugar con las palabras o, en su defecto, a hacer aquellas preguntas que pongan en entredicho lo que se dice o se cree. No es casual que el filósofo pase a menudo por ser un sofista más. Aun cuando aquí caigamos de nuevo en la trampa de la determinación.
tautologías populares
marzo 23, 2017 Comentarios desactivados en tautologías populares
Si lo que es difícil te lo presentan fácilmente (lo cual no equivale a claramente) es que, por el camino, te han escamoteado la dificultad. De ahí que ante lo difícil solo quepan dos actitudes: o tiras la toalla —y por tanto renuncias a lo que de verdadero pueda haber en lo difícil—, o te peleas con la dificultad. Y evidentemente no es lo mismo una cosa que otra. Aunque vivas tranquilo con lo primero y fracases en lo segundo. Pues hay más realidad en el fracaso que en el éxito. Cuando menos porque, como decía Cioran, todo éxito es un malentendido.
Jacob
marzo 22, 2017 Comentarios desactivados en Jacob
El problema de una aproximación naïve a Dios —una aproximación que da por sentado que Dios es algo así como el osito de peluche que habita lo más profundo de cada uno— es que no se aproxima a Dios, sino a la imagen que satisface nuestra necesidad de un dios mimosín. Dios en verdad se da como la voz imperativa que nos saca de quicio o, mejor dicho, del quicio del hogar. Y la voz de Dios, como sabemos, no es una voz interior, sino la de aquellos que claman por el pan de cada día. En todo caso, la voz interior que escucha el creyente es el eco de ese clamor. Ciertamente, una vez te encuentras en la intemperie, encuentras también la paz de Dios. Pero la paz de Dios no es la que anhela el hombre para sí mismo. La paz de Dios no se halla exenta de in-quietud. No hay que olvidar que, en el Antiguo Testamento, el creyente —el que se encuentra sujeto a Dios— es alguien que se ha visto obligado a pelearse con Dios. Como Jacob en Betel. Nada que ver, por tanto, con los ositos de peluche. Y es que nadie, en su sano juicio, puede preferir encontrarse con el Dios que te arranca de tu posición de confort, como suele decirse hoy en día.
pastores de hoy
marzo 21, 2017 Comentarios desactivados en pastores de hoy
Me temo que donde prescindimos del mito, a la hora de transmitir el kerigma a los chicos, tarde o temprano nos encontraremos con que el término «Dios» resultará ininteligible. Esto es, si en lugar de creyentes, o mejor dicho, de aquellos que creen que creen, elegimos a unos cuantos couch, con la intención de conectar con la sensibilidad actual, aunque sea con el objetivo de colar, con el tiempo, el credo cristiano, no terminaremos con la confesión, sino con sujetos que buscan su equilibrio. Pues el kerigma cristiano depende del mito como nosotros del agua. Y es que sin mito el Dios que se revela en la cruz no tiene un dios que desmentir.
inteligencia y bondad
marzo 20, 2017 Comentarios desactivados en inteligencia y bondad
Bondad, inteligencia y belleza. Por este orden. Aunque las dos primeras suelen ir de la mano, cuando menos en lo que respecta a la inteligencia emocional, como suele decirse hoy en día. Y si se dan las dos primeras, la tercera quizá sea irrelevante.
Uri
marzo 20, 2017 Comentarios desactivados en Uri
Dice Uri: cada día morimos un poco, ¿no? Cierto. Cada día estamos más cerca del final —cada día que pasa tenemos menos vida por delante. Pero quizá la cuestión sea si acaso no estaremos ya muertos —si acaso la vida no será precisamente lo que se nos escapa de las manos donde simplemente vamos tirando.
setze jutges
marzo 18, 2017 Comentarios desactivados en setze jutges
La idea de un juicio final está presente en muchas obras de la Antigüedad. Así, en el Gorgias de Platón o en la Metaformosis de Apuleyo. En esta última, un seguidor de Isis debe seguir sus mandamientos para que pueda presentarse ante Osiris, el juez de los muertos. La idea de fondo es que el mundo es algo así como un campo de pruebas en donde las almas deben alcanzar la dignidad suficiente como para merecer seguir con vida. Esto es, la existencia va en serio. En Oriente encontramos algo parecido, solo que en vez de juicio tenemos el karma. ¿Se trata de lo mismo? Solo si nos lo miramos desde lejos. Pero si nos acercamos, veremos que la cuestión es qué o quién te juzga. Una cosa es que te juzgue un dios y otra el background del universo. Aunque para más inri, y nunca mejor dicho, el credo cristiano. Pues para el cristianismo el que te juzga es la víctima con la que Dios se identifica, el crucificado que responde a la pregunta veterotestamentaria por el quién de Dios. Cristianamente, el hombre debe responder ante los que yacen en las cunetas de la Historia. Y esto no es lo mismo que creer que de lo que se trata, para detener el ciclo de las reencarnaciones, es de alinearse con las buenas vibraciones del cosmos. Aquí no hay quien, no hay alteridad que valga. El nihilista es aquel que cree que no hay juicio, que en definitiva da igual la bondad que la violencia. Que todo, al fin y al cabo, se reduce a las cosas que pasan. Para el nihilista no hay un quién ante el que pasar cuentas. Creer otra cosa tiene que ver no con la verdad, sino con nuestros espejismos. De ahí que muchos cristianos de hoy en día, cuando sostienen, en un alarde de progresismo, que Dios no nos juzga, están más cerca del nihilismo que de lo que quizá estén dispuestos a admitir.
amor eterno, amor imposible
marzo 17, 2017 Comentarios desactivados en amor eterno, amor imposible
Tiempo y eternidad son, obviamente, incompatibles. De ahí que el encuentro de los amantes —y no tanto su éxtasis— se halle en cierto modo fuera del tiempo. El encuentro, en tanto que extra-ordinario, es imposible. Pero no porque no pueda tener lugar, pues, como las meigas gallegas, haberlas, haylas, sino porque el encuentro en modo alguno puede comprenderse bajo las categorías que empleamos para dar cuenta de las cosas que pasan. El mundo solo sabe de los tratos que alcanzan los cuerpos. Y en este sentido, no es casual que donde los amantes comienzan a tratarse caigan inevitablemente en el tiempo del oficio —del buen o mal oficio. Ahora bien, si en su momento llegaron a encontrarse, fácilmente la nave podrá llegar a puerto. Si no, entonces quizá quepa apostar por el naufragio. Aunque también es verdad que siempre les quedará el abrazo del náufrago, algo así como un encuentro terminal.
vibraciones
marzo 16, 2017 Comentarios desactivados en vibraciones
Los hombres y las mujeres somos como instrumentos de cuerda: depende de quien nos pulse sonamos de un modo u otro. Esto es, o mejor o peor. De ahí la importancia de con quién andas. Y de ahí también que, cuanto más configurado estés, menos toleres según qué pulsaciones. Con la edad, y por poco carácter que tengas, inevitablemente te haces más selectivo. Tampoco es mala cosa. El problema de cuando aún estamos tiernos es que fácilmente confundimos las cosas. Así, con suma ingenuidad, creemos que aquel o aquella que encarna el paradigma es, por eso mismo, la persona adecuada. Y así vamos dando palos de ciego hasta que caemos en la cuenta de qué va el juego, si es que caemos.
neuroteología (2)
marzo 15, 2017 Comentarios desactivados en neuroteología (2)
Supongamos que alguien naciera con el cerebro dañado de tal modo que fuera incapaz de compadecerse del que sufre, que no pudiera empatizar emocionalmente con nadie. ¿Podríamos afirmar que el Dios cristiano —el Dios que se identifica con las víctimas— no tiene nada que decirle? Un psicópata ¿acaso no constituiría el caso límite de la redención? Pero si la redención no va con él, entonces ¿no deberíamos admitir o bien que, a pesar de las apariencias, no es de los nuestros, o bien que la redención, como posibilidad, no es universal?
el tema de Dios no es Dios
marzo 14, 2017 Comentarios desactivados en el tema de Dios no es Dios
Para, cuando menos, comprender de qué va esto del kerigma cristiano no deberíamos partir de Dios. Pues Dios es lo que salta por los aires en la crucifixión del hombre de Dios. De ahí que el hablar acerca de Dios, cristianamente, solo tenga sentido desde el Gólgota —desde el lugar en donde Dios en sí mismo coincide con su silencio. Dios es lo que queda de Dios donde no queda nada de Dios. Y lo que queda de Dios es, precisamente, un crucificado como maldito de Dios —un crucificado que ofrece, en nombre de Dios, un perdon imposible. Podríamos decir que lo que queda de Dios donde no queda nada de Dios pertenece al hombre. Pero al hombre del que no queda ya nada humano, salvo su clamar por Dios. Y de ahí que lo que queda del hombre donde no queda nada del hombre pertenezca, por decirlo así, a Dios. Las dos afirmaciones van de la mano. En este sentido, cristianamente la distinción religiosa entre Dios y el hombre deviene una entelequia. De otro modo, resulta difícil, sin caer en el malentendido, proclamar que Dios se hizo carne. Y es que nadie puede aceptar el credo cristiano como quien no quiere la cosa. Un Dios crucificado es, sencillamente, un escándalo, algo inaceptable para quien sepa que significa originariamente la palabra Dios. Un Dios no puede hacerse hombre sin dejar de ser un dios al uso. Pues un Dios encarnado —un Dios crucificado— es un Dios que se entrega al hombre para que el hombre pueda ser capaz de Dios. O, por decirlo con otras palabras, cristianamente Dios no acaba de ser Dios, mientras el hombre no responda al perdón de quién fue colgado como un perro en nombre de Dios. Si Dios es el Señor, el crucificado es tu Señor. Eso es todo —o casi todo.
como ángeles
marzo 13, 2017 Comentarios desactivados en como ángeles
Una relación estropeada puede recomponerse con un cambio de actitud. Cabe perdonar —cabe no tener en cuenta. Sin embargo, quizá nos equivocamos donde damos por sentado que si todos tuviéramos una buena actitud, el mundo sería muy distinto. Y ello con independencia del carácter tautológico de la tesis. O quizá por esto mismo. Pues, aun cuando el mundo sería otro mundo, si todos fuéramos como ángeles, lo cierto es que no somos ángeles. O, por decirlo con otras palabras, lo que vale para el contexto de la relación interpersonal no vale para el ámbito de lo político. Las decisiones políticas que busquen lo mejor para todos o, cuando menos, para la mayoría, no pueden presuponer que la solución al problema sociopolítico pasa por la conversión moral de los hombres. Por ejemplo, es indiscutible que las cargas fiscales que soporta la denominada clase media serían menores, si no hubiera fraude fiscal. Pero un ministro de Hacienda a la hora de distribuir la carga tributaria tiene que contar con el dato, cuantificado con precisión estadística, de que no todos pagaran lo que deben. Es lo que tiene una sociedad compleja —y masificada— como la nuestra. Mancur Olson, en un estudio ya clásico, sostuvo algo que, por otra parte, resulta casi elemental, a saber, que la tentación del individuo en las sociedades complejas es la de actuar como un free rider, esto es, como alguien que participa de los bienes públicos sin asumir su coste. Esto no ocurre en el contexto de una comunidad, pues la integración del individuo en el grupo es una integración, en definitiva, moral. En una comunidad la posibilidad de ser señalado por el resto —la posibilidad de la vergüenza— pesa demasiado como para caer en la tentación del free rider. Sin embargo, en el caso de las sociedades complejas y con respecto al bien común, la posibilidad de la vergüenza no posee la misma fuerza motivadora, pues aquellos ante los que tienes que rendir cuentas no son tus vecinos o amigos, sino la gente, la masa anónima. Y la gente no tiene rostro. De ahí que los principios de la moral pública sean, en dichas sociedades, esos principios que justifican por encima las leyes —por ejemplo, cuando se dice que hay que pagar impuestos para contribuir al bien común—, pero que no determinan su concreción. Ciertamente, porque siguen habiendo principios, el infractor puede ser moralmente acusado. Pero su conducta, por poco que pueda, no responderá a dichos principios. Entre otras razones porque puede ser consciente de que la carga fiscal, por seguir con el caso de antes, es superior a la que debiera… si todos pagaran lo que les corresponde. Es como si lo que uno tiene que hacer no pudiera coincidir, al menos en ciertos contextos, con lo que debe, moralmente, hacer. Por consiguiente, que las cosas vayan a mejor socialmente hablando, no depende tanto de la conversión moral de los ciudadanos como del diseño de instituciones que puedan limitar un ejercicio indiscriminado del poder. Y esto es muy distinto de creer que el conflicto político podría resolverse si todos fuéramos buena gente, cosa que es indiscutible, pero por eso mismo políticamente irrelevante.
neuroteología
marzo 12, 2017 Comentarios desactivados en neuroteología
Parece ser que las experiencias místicas en donde la diferencia entre el yo y el otro se disuelve como azucar en el café, tienen que ver con la inhibición de la parte derecha del área de atención asociativa, ubicada en el lóbulo parietal superior-posterior. El área de atención asociativa se ocupa del sentido orientación, de tal modo que quien, a través de diferentes técnicas, bloquea la entrada de estímulos espaciales va perdiendo gradualmente la capacidad para orientarse corporalmente. ¿Qué se desprende de esta constatación? Algunos dirán que, visto lo visto, la experiencia mística no tiene nada que ver con Dios, sino con la anomalía cerebral. Sin embargo, no me parece que estemos ante una objeción seria, pues presupone que no hay nada ahí afuera con lo que podamos unirnos. En este sentido, un místico fácilmente podría decir que es a través de la anomalía que cabe alcanzar a Dios, o mejor dicho ser alcanzado por Él. Por eso la objeción de fondo que aquí podríamos aquí plantear no es tanto de naturaleza epistemológica como estrictamente teológica. O Dios es el enteramente otro o no. Y si lo es —y bíblicamente lo es—, entonces no cabe algo así como una unión mística, tal y como se entiende por lo común. De ahí que la categoría que quizá exprese mejor la relación creyente con Dios no sea la de la unión, la cual siempre acaba en una especie de fusión magmática, sino la del encuentro o, si se prefiere, la de la comunión. A diferencia de la fusión, el encuentro preserva, al superarla, la distancia de la alteridad. En realidad, buena parte del kerigma cristiano —desde el dogma de la Encarnación hasta la proclamación de Dios como amor— salta por los aires donde el horizonte regulativo de la relación con Dios es el de la experiencia mística de trazo grueso. Donde Dios es algo en lo que disolvernos y no el nombre que tiene pendiente su referente no es posible confesar que el crucificado es el imposible quién de Dios. Del mismo modo que la máxima expresión del amor no la hallamos en el éxtasis de los amantes, sino en el momento en que cruzan sinceramente su mirada. Pues la mirada del otro siempre procede del más allá de sí mismo, de su indigencia o debilidad. El otro es, en última instancia, lo inalcanzable —lo intocable, lo santo— del otro. De ahí el carácter extraordinario del encuentro. Pues donde hay encuentro el otro nos alcanza desde su no ser. Y de ahí que ante el otro solo quepa preservar su alteridad de la amenaza de la muerte o disolución. Nadie en verdad posee el cuerpo que exprime o abraza.
el sujeto cristiano
marzo 11, 2017 Comentarios desactivados en el sujeto cristiano
Cada vez tengo más dudas acerca de ciertas formas de piedad cristiana, aquellas que reposan sobre la necesidad de amparo. Pues no sé si el espectro bueno que se supone atiende esta necesidad tiene más que ver con el niño que llevamos dentro que con Dios. La fe del niño no responde tanto a la verdad de Dios como a su dificultad para admitir que Dios no existe como dios. Ocurre aquí lo que con las obras de Platón, pongamos por caso. Pues quien opina que Platón no tiene nada que decirnos, habla más de sí mismo que de Platón. Ciertamente, al final no somos mucho más que polvo, algo así como una excepción —o quizá una anomalía— dentro de un cosmos de piedras incandescentes. Esto es, al final terminaremos siendo lo que fuimos inicialmente, a saber, unas criaturas. Pero una cosa es que el niño le mande unos whatsapp a aquel papá que no aparece por casa, esperando al menos el doble check, y otra ser un huérfano. Esto es, una cosa es dirigirse a papá desde el deseo de protección y otra desde el dolor de quien sabe que papá no volverá. Tanto uno como otro son criaturas, pero no en el mismo sentido. Desde una óptica bíblica, un huérfano es aquel que no sabe quién es su padre —y de ahí que bíblicamente Dios sea aquel que tiene pendiente, precisamente, su quién. El que se dirige a Dios únicamente desde su necesidad de amparo topará con su fantasía narcisista. En cambio, el que se dirige a Dios desde su lamento encontrará a un Dios que no aparece como deux ex machina, sino como Dios crucificado. Cristianamente, Dios en verdad se identifica con el que muere en nombre de Dios como un abandonado de Dios. No hay Dios que valga fuera de esta identificación. El kerigma cristiano confiesa, en último término, que Dios se entrega a los hombres como hombre para que el hombre pueda responder a la demanda del Dios que se hace uno con los crucificados de la tierra. Y esto no termina de hacer buenas migas con lo que se entiende religiosamente por Dios. Desde una óptica cristiana, la paz de Dios solo puede darse como fraternidad, en modo alguno como nirvana o como un coro de espectros cuyo único propósito es la de alabar eternamente a Dios. La divinidad religiosa suele cerrar el círculo del sentido. Pero el Dios cristiano no ofrece una respuesta al porqué de tot plegat. Con respecto a la cuestión acerca de cómo acabará la película seguimos sin tener mucha idea. Pues la última sílaba de la última palabra aún está por pronunciar. En cualquier caso, me atrevería a decir que para el sujeto cristiano el prodigio o el fantasma, en definitiva, el exceso de lo sobrenatural se la trae al pairo. Pues para él no hay otro exceso que el del lamento de Dios.
del remordimiento y la culpa
marzo 10, 2017 Comentarios desactivados en del remordimiento y la culpa
Hoy en día, en muchas terapias más o menos alternativas se insiste en disolver el sentido de la culpa. Su presupuesto es que no hay propiamente culpa, sino un sentimiento de culpa que deberíamos, en la medida de lo posible, racionalizar. Y, ciertamente, hay sentimientos de culpa que sería mejor diluir. Son aquellos que, por lo común, tienen que ver con la dificultad narcisista de aceptar la mancha —la tara— que va con nosotros. Pero no todo sentimiento de culpa responde a los devaneos de Narciso. De hecho, el dar por sentado que el sentimiento de culpa es de por sí ilegítimo, quizá tenga que ver con las dificultades contemporáneas a la hora de lidiar con la alteridad. Pues para nosotros, en tanto que modernos, el dato inicial no es en modo alguno el otro como otro, sino nuestra representación del otro. La culpa genuina, a diferencia quizá de la vergüenza narcisista, tiene que ver con el daño que infligimos al otro. Así, uno es culpable, aun cuando no se sienta culpable, por el simple hecho de pasar de largo ante los estómagos vacíos. La culpa es, por consiguiente, el otro lado de la responsabilidad, del tener que responder a la demanda del otro. El otro, en este sentido, no es tan solo el motivo de nuestra reacción, sino aquel al que le debemos una respuesta. Sencillamente, el hambre del otro nos juzga. Y esto es así, aun cuando no nos lo parezca.
de la resurrección, una vez más
marzo 8, 2017 Comentarios desactivados en de la resurrección, una vez más
Creo que nos equivocamos cuando, a la hora de intentar comprender esto de la Resurrección, nos preguntamos qué experiencia hay detrás. Como si pudiéramos recuperarla desde nuestro marco cultural. Si nuestra fe dependiera de que pudiéramos experimentar lo mismo que los testigos de la Resurrección mal andaríamos. De hecho, no es casual que muchos cristianos de hoy en día crean que el lenguaje de la Resurrección es un modo de decir que Jesús continuaba vivo en el fondo de sus corazones o que el proyecto de Jesús seguía en pie. Pero el lenguaje de la Resurrección no es un modo de exponer una vivencia que podría perfectamente traducirse a otro lenguaje. Pues dicha vivencia dependió de lo que los testigos vieron. Y lo que ellos vieron, nosotros no podemos verlo ya, ni siquiera si Cristo se nos apareciese de nuevo. Las experiencias, o al menos aquellas que dependen de lo que sucede, permanecen vinculadas al marco cultural que las configura como tales. Pues toda experiencia es una experiencia de algo —y el algo siempre se determina desde una cosmovisión. Una experiencia sin concepto no deja de ser un cúmulo de sensaciones que nada revelan. Que nosotros no podamos comprender la Resurrección como algo que sucedió no implica que en realidad no sucediera. Tan solo significa que nosotros ya no podemos ver lo que ellos vieron, entre otras razones porque nuestro mundo está muy lejos de ser el de los testigos de la Resurrección. Así, nosotros, fácilmente entendemos que porque Jesús sigue vivo en nuestros corazones, podemos decir que es como si hubiera resucitado de entre los muertos. Pero en realidad para los primeros cristianos las cosas fueron al revés: porque de hecho Jesús había resucitado, pudieron decir que Jesús seguía vivo en su interior. Y, evidentemente, la presencia de Jesús en nuestros corazones no puede ser la misma si partimos de nuestra vivencia, la cual es cuando menos ambigua, que si partimos del hecho de la Resurrección. Ver es, en cualquier caso, un ver como. No vemos cosas y luego las interpretamos, sino que, por decirlo así, la interpretación va con la visión. Toda visión posee una carga teórica. Así, pongamos por caso, nuestro trato con el dinero no es con un trozo de papel al que, posteriormente, le damos un valor. Si nos ponen en la mano un billete de veinte euros, no vemos un trozo de papel, sino que de inmediato vemos dinero. En cambio, para los aborígenes del Matto Grosso, los cuales siguen con el sistema de trueque, nuestra relación con el dinero es sencillamente ininteligible, salvo como superstición. Desde su mundo, observan, no sin perplejidad, que nosotros le damos un valor, en algunos casos infinito, a lo que para ellos no es más que un trozo de papel. Nos quedaríamos soprendidos, si redujeran nuestra experiencia con el dinero a una experiencia genérica del valor. Más aún, nos extrañaría que ellos afirmarán con rotundidad que de hecho en nuestro mundo no hay dinero, sino un modo de expresar lo que ellos experimentan como valor. Evidentemente, no son capaces de ver lo que nosotros vemos cuando tenemos en la mano unos cuantos euros. Pues bien, nuestra relación con el hecho de la Resurrección es análoga a la de esos aborígenes con el dinero. En este sentido, somos incapaces, como decíamos antes, de ver lo que vieron los primeros testigos. Ni siquiera si, viajando en el tiempo, llegáramos a situarnos junto a ellos. Si proclamaron la Resurrección es porque la tumba vacía y las apariciones fueron vistas desde la expectativa del mesianismo apocalíptico, el cual daba por sentado que Dios pondría un punto y final a la Historia con la resurrección de los muertos. El marco de mesianismo apocalíptico hizo inteligible el dato, mejor dicho, hizo posible la vivencia asociada al dato. Las cosas, en realidad, son un poco más complejas, pues parece ser que el mesianismo apocalíptico no contaba, según dicen quienes entienden de estos asuntos, con la muerte y resurrección del heraldo de Dios. Pero, en cualquier caso, los primeros testigos vieron la tumba vacía y las apariciones como el signo de la intervención final de Dios. Tanto la tumba vacía como las apariciones constituyen el correlato objetivo de la Resurrección. Por consiguiente, dado que nuestro marco no es el suyo, nuestra fe no puede depender de que podamos de algún modo reproducir la vivencia que hay detrás de dicho correlato. De hecho, nuestra situación actual es la de los acompañantes del extranjero en el relato de Emaús: algunos dicen que Jesús de Nazareth resucitó de entre los muertos. De hecho, hubo Resurrección, pero no para nosotros. Para nosotros lo que vale es lo que acontece en la Resurrección —lo que el hecho de la Resurrección revela—. Y lo que acontece es la identificación de Dios con el que fue crucificado como maldito de Dios. Esto es, para nosotros lo que vale es el kerigma. Pues lo que confesamos cristianamente es que no hay otro Dios que el que cuelga de una cruz. Que estar ante Dios es lo mismo que estar ante el crucificado. Que responder a Dios es lo mismo que responder al perdón que desciende de una cruz. Que Jesús es el quién de Dios. En definitiva, que aquel que murió como un abandonado de Dios es el Señor. Ciertamente, las primeras generaciones no habrían proclamado el kerigma sin el suceso de la Resurrección. Pero el kerigma, por decirlo así, desborda el esquema categorial que constituyó su condición de posibilidad. La Resurrección sin kerigma es ciega, esto es, no va mucho más allá de lo que para el mundo del mesianismo apocalíptico era posible. Pero también es verdad que el kerigma sin Resurrección es gnosticismo de la cruz. Pues no caemos en la cuenta del alcance de la Resurrección, si la entendemos solo como la ocasión de una lectura de lo que sucedió en el Gólgota. La Resurrección como acontecimiento revela no solo el comienzo de los tiempos finales, sino sobre todo la identificación entre Dios y el crucificado. Desde la óptica de la Revelación, Encarnación y Resurrección son las dos caras de una misma moneda. Y lo que la identificación de Dios con el crucificado significa es que Dios se entrega a los hombres como hombre para que el hombre pueda ser rescatado por Dios. Ahora bien, este rescate depende en última instancia de la respuesta del hombre al descenso —la caida— de Dios. De ahí que Pablo dijera que solo se hallan ante Dios —o justificados por Dios— quienes confiesan al crucificado como Señor y obran en consecuencia. Que Dios se ponga en manos de los hombres supone que Dios no termina de ser Dios donde los hombres siguen sin responder a la demanda que nace del perdón del Hijo de Dios. De ahí que la Resurrección no termine de acontecer mientras haya quienes pasamos de largo. Pues el final de la Resurrección es el Reino de Dios. En cualquier caso, el kerigma supone algo así como la implosión de la típica mentalidad religiosa que da por descontada la infranqueable distancia entre el hombre y la divinidad. Sin embargo, del kerigma cristiano tampoco se desprende que Dios habite en lo más profundo del hombre como una especie de chispa divina. Como si, en el fondo, se tratara de desprendernos ascéticamente de la crosta del egoísmo para que esa chispa brille como tiene que brillar. Desde un óptica cristiana, la respuesta a la pregunta por si hay Dios no puede ser otra que la siguiente: ya sí, pero todavía no. Pues que haya Dios o no depende de la respuesta del hombre al perdón de aquel que clavamos en un madero. Esto es lo que tiene un Dios que se pone en manos de los hombres para que pueda darse como el Señor. Cristianamente, Dios, al margen del crucificado, es una entelequia. Y esto es de por sí algo incomprensible para la mentalidad típicamente religiosa (y más si el Hijo terminó muriendo como murió). Por tanto, si podemos creer en lo mismo que los primeros cristianos es porque el kerigma cristiano, en última instancia, no puede reducirse a la cosmovisión que hizo inteligible la Resurrección como prodigio. Cuando menos, porque dicho kerigma, al proclamar que Jesús es el quién de Dios, coloca una carga de goma 2 en la línea de flotación del marco conceptual que lo hizo posible. Otro asunto es que pasaría con las víctimas del pasado si finalmente los hombres llegáramos a vivir como hermanos en el Espíritu del Dios. Sobre el papel, tendrían que recuperar la vida que les fue arrancada injustamente. Y esto resulta difícil de entender sin la intervención ex machina del cordero de Dios. Pero, ciertamente, este es otro asunto. Ahora bien, es tan im-posible —tan increíble— la resurrección de las víctimas del pasado como que al final viviremos como hermanos. Y lo imposible es, por defecto, lo que puede comprenderse como una posibilidad del mundo. Mientras haya mundo, los muertos no pueden resucitar, ni los hombres vivir fraternamente. En este sentido, el final de los tiempos es lo impensable del kerigma. Estricta u-topia. Pero en nombre de Dios —de la vida que nos ha sido dada desde el tzimzum de Dios— es lo que debe acontecer, aunque no podamos imaginar el cómo sin falsificar el qué. Y aquí quizá valga aquello de la sola fide.
del atractivo y la amabilidad
marzo 5, 2017 Comentarios desactivados en del atractivo y la amabilidad
Hay mujeres que son atractivas pero no amables, literalmente, dignas de ser amadas. Y hay mujeres amables que, inicialmente, no son atractivas. Sin duda, es preferible lo segundo. Pues de la amabilidad nace el atractivo. Pero el hombre, como género, es un animal idiota. Pues fácilmente cree que el atractivo es el signo inequívoco de la amabilidad.
cuerpos de usar y tirar
marzo 4, 2017 Comentarios desactivados en cuerpos de usar y tirar
La cotidianidad engulle toda epifanía. En la cotidianidad tan solo vemos cuerpos más o menos útiles. Es lo que tienen el tener que adaptarse a la circunstancia. El tiempo diario no admite la excepción de lo sagrado. Lo sagrado tiene que ver con lo que, en cierto sentido, no encaja en el mundo. Si no, que se lo pregunten a los amantes. Pues cuando los amantes se encuentran y no tan solo se gozan, están, por decirlo así, fuera del mundo. El gozo no está exento de ambigüedades. El encuentro en cambio tiene lugar como la certeza de lo eterno. He sido alcanzado por el otro, mejor dicho por su indigencia. Pero del mismo modo que mi pobreza ha sido acogida por quien me alcanza. El acontecimiento, a diferencia de lo que simplemente pasa, es lo que ocurre entre dos. De ahí la necesidad de marcar con los signos de lo que tuvo lugar el tiempo profano de la adaptación. No debes olvidar lo que en verdad tuvo lugar. Así, quienes ritualizan el acceso al cuerpo de la amante, señalando, pongamos por caso, algunas zonas intocables, no pretenden otra cosa que preservar la diferencia de la alteridad. Y es que el encuentro mantiene la distancia del otro. Ciertamente, con el tiempo olvidamos a qué responde el rito. De ahí que fácilmente lo vivamos como prisión. Pero una cosa no quita la otra. Rito y memorial van de la mano. Sin memorial —sin nada que tener presente—, el rito es ciego. Pero sin rito, el memorial es vacío. Quienes se encuentran no se funden, sino que comulgan, por decirlo así. En este sentido quienes saben a qué obedece el rito están más cerca de la verdad del otro cuerpo que aquellos que, quizá ingénuamente, dan por descontado que el cuerpo de la amante está a su entera disposición. Y ya sabemos que no hay nada que hacer con un limón exprimido.
entender la Biblia
marzo 2, 2017 Comentarios desactivados en entender la Biblia
Da igual que creas en un dios que tutela la vida de los hombres desde la dimensión oculta en la existencia, en la fuerza de los astros o en el progreso continuado hacia el bien. Toda confianza en aquellos poderes que de algún modo pretenden garantizar las posibilidades del hombre en el mundo debe fracasar para que caigamos en la cuenta de que Dios en verdad es un Dios en falta, un Dios que no aparece como dios. Como decía Bonhoeffer, un Dios que existe, no existe. Pues puede que sea verdad que inicialmente estemos sujetos a poderes que no acabamos de comprender. Pero en modo alguno ello constituye una última palabra. Cuando menos, porque el mal —la muerte injusta de tantos inocentes— tarde o temprano revela cualquier fe en las posibilidades del hombre como ilusión. En cualquier caso, lo cierto es que si hay una última palabra, no la pronunciaremos nosotros. Aunque tampoco una divinidad al uso. Dios no satisface la necesidad humana de dios.
intimissimi
marzo 1, 2017 Comentarios desactivados en intimissimi
No hay intimidad hasta que no ves dormir a tu amante con la boca abierta. Hasta entonces la intimidad no deja de ser un espejismo.
el amigo invisible
febrero 28, 2017 Comentarios desactivados en el amigo invisible
Imaginemos al útimo cristiano dirigiéndose a Dios como quien se dirige al ángel de la guarda de nuestra infancia. ¿Acaso no tendríamos la impresión de que es como aquel niño que anda solo por los patios de una escuela hablándole a su amigo invisible? ¿Acaso no nos daría pena? ¿Acaso no deberíamos preocuparnos? La cosa cambia, sin embargo, si viéramos al último cristiano clamando por un Dios del que no hay noticias. ¿No nos sentiríamos más bien inclinados a creer que ese hombre es la huella misma de Dios?
apostasía
febrero 27, 2017 Comentarios desactivados en apostasía
Es posible abjurar de la fe donde Dios no es más que un supuesto entrañable o, si se prefiere, la última verdad del mundo. Difícil donde Dios es Dios en persona, esto es, en aquellos que lo encarnan sin Dios mediante. Pues en este caso abjurar de Dios es como escupir en la cara de quienes te han rescatado del poder de la muerte. En este caso, abjurar es como convertirse en niño soldado, al cual le obligan, a modo de rito iniciático, a disparar contra sus padres.
imaginarium
febrero 27, 2017 Comentarios desactivados en imaginarium
Las palabras importan. Así, no es lo mismo preservar de la muerte a tus hijos que defenderlos de la muerte. En el primer caso, la muerte es algo impersonal. En el segundo, alguien que viene a por ellos, se trate de un hombre o un ente espectral. Y no es lo mismo en tanto que el sujeto que hay detrás no es el mismo. En el primer caso, estamos ante el sujeto del nihilismo, el espectador. En cambio, en el segundo el sujeto incorpora, aunque sea en clave imaginativa o quizá por ello, la relación primaria con la alteridad. En el primero, se trata de adaptarse a la circunstancia. En el segundo, de responder. La muerte es aquí una muerte encarnada. Con todo, quizá no podamos elegir las palabras que nos conectan con el mundo. Más bien, somos dichos por ellas. El sujeto de la palabra es, por defecto, aquel que se encuentra sujeto a su poder. De ahí que la traducción, cuando menos, sea problemática. Pues para quienes nos hallamos en el primer caso, defender tan solo pueda ser una metáfora.
calvary (y 2)
febrero 26, 2017 Comentarios desactivados en calvary (y 2)
Calvary es un parábola cristiana. El padre James, un buen hombre, es ajusticiado por una de las víctimas de los curas pederastas, Jack Brennan, el carnicero del pueblo. Aparentemente, estamos ante un sacrificio absurdo, como si tan solo fuera la expresión del delirio de Jack Brennan. Sin embargo, para entender la muerte del padre James en clave cristiana, deberíamos ponernos de parte de Jack Brennan y entender su acto como un acto de justicia. El padre James muere no por lo que hizo, sino por lo que representa. No tendría sentido matar a un culpable, dice el carnicero. Pues, no se trata de la venganza —o solo de la venganza. El crimen del carnicero posee una fuerte carga simbólica. Los curas pederastas no fueron una anomalía, aunque de hecho lo fueran. Si abusaron de los niños es porque el sacerdote, como figura, es como el dios de la religión, algo así como un señor feudal. Así, los que no abusaron de los niños podían haberlo hecho: estaban en su derecho. El crimen del carnicero es un acto de rebelión —o, como decíamos, un acto de justicia. El padre James muere como maldito, aunque él no hubiera abusado de ningún niño. ¿Qué revela, sin embargo, la escena del sacrificio, aunque no haya revelación hasta la escena final, la del perdón de Fiona? Que Dios en verdad no es el dios que imagina el homo religiosus. Que no hay otro Dios que el que se da en persona. Jesús, el crucificado en nombre de Dios, responde a la pregunta veterotestamentaria por el quién de Dios. Jesús no representa el paradigma de una divinidad bondadosa. Es Dios en persona. Y Dios en persona no fue un dios con la máscara de hombre, sino el hombre de carne y hueso que fue Jesús de Nazareth. Y, como sabemos, Jesús muere sin el amparo de Dios. El dogma de la Encarnación no se entiende, si no se tiene presente que, en el Antiguo Testamento, Dios no es un qué, sino un nombre que tiene pendiente precisamente su referente —su quién. Y lo que confesamos cristianamente es que Jesús, el hombre, es el quién de Dios. De ahí que no podamos, cristianamente, seguir dirigiéndonos a Dios como si no hubiera habido Encarnación. Calvary es, en definitiva, una parábola de la Encarnación —de la Encarnación como redención. Y como acabamos de decir, la Encarnación cristianamente no puede comprenderse como la ejemplificación de lo que damos por descontado acerca de Dios, ni siquiera donde creemos fácilmente que Dios es un espectro bueno. Esto es, lo que revela el sacrificio del padre James es que la relación con Dios en persona no puede seguir dándose como una relación típicamente religiosa. Dios en verdad no es dios. Al final, Jack Brennan recibe el perdón de Dios de manos de Fiona, la hija del padre James. Es cuando recibe el perdón de Fiona que Jack Brennan cae en la cuenta de su culpa. El perdón de Fiona va por delante. Y el perdón del Hijo es el perdón del Padre. Aquí termina la película. Pero si hubiera una segunda parte, deberíamos ver a Jack Brennan haciéndose cura para ponerse en manos de aquellos que sufrieron los abusos de los representantes de dios. Pues Encarnación significa que Dios se puso en manos del hombre para que el hombre pudiera ser capaz de Dios, de responder a su demanda. Y esto solo es posible donde el dios del religión se revela como un falso dios. Dios es Dios donde el hombre responde al perdón de la víctima con la que Dios se identifica. Mientras le demos la espalda, Dios sencillamente no es. Donde el hombre no responde poniéndose en manos de las víctimas de la Historia, Dios no termina de ser el Señor. Pues si Dios es Señor, los crucificados son el Señor. Y un Señor es aquel que gobierna tu existencia.
no hay más allá
febrero 26, 2017 Comentarios desactivados en no hay más allá
Decir que no hay más allá supone de algún modo enfrentarse a un límite —un non plus ultra—. Ahora bien, la experiencia del límite implica, cuando menos menos, la suposición de un más allá del límite. A menos que este límite se comprenda como una especíe de límite asintótico. En este caso el más allá es un por-ver, un porvenir que, sin embargo, no queda más allá del todo. Ahora bien, la posibilidad de la nada hace que el todo sea, precisamente, el no-todo. Pues si hay algo en vez de nada es porque, en definitiva, el todo se encuentra suspendido de la nada. Ahora bien, porque la nada es la nada de lo enteramente otro —porque el mundo tuvo lugar por el paso atrás de la radical alteridad—, el todo se mantiene a la espera del acontecimiento de lo en verdad Otro. De ahí que si lo enteramente otro tuviera lugar, dejaría de haber mundo. El más allá, mientras haya mundo, es la huella del más allá. Y no hay otra huella que la de aquellos que sienten en sus estómagos el gran vacío del Otro.
del otro mundo
febrero 25, 2017 Comentarios desactivados en del otro mundo
¿Puede lo inferior captar siquiera la existencia de lo cualitativamente superior? ¿Puede una oruga vislumbrar cuando menos la realidad de nuestro mundo? Resulta difícil creerlo. Sin embargo, la oruga se equivocaría si se dijera que no hay más que lo que ella puede asimilar. Del mismo modo que nosotros fallaríamos el tiro si creyéramos que el todo es cuanto podemos reducir a los esquemas mentales que determinan lo que podemos llegar a comprender como dato. Ciertamente, podemos dar por sentado —y este es el supuesto de la religión— que entre los diferentes órdenes del ser hay algo así como vasos comunicantes. Pues supongamos que tras alterar la genética de una oruga la devolviéramos a su mundo. Las orugas, ciertamente, solo podrían encajar la novedad desde sus propias categorías —y si fueran religiosas fácilmente hablarían en términos de otro mundo, pues literalmente la extraña sería en parte oruga, pero en parte no. Ahora bien, porque en parte seguiría siendo oruga, podrían imaginar ese otro mundo como un mundo de superorugas. Sin embargo, que haya otro mundo no implica que juegue a nuestro favor. Probablemente, sería al contrario, al menos por aquello de que el pez grande se come al chico. ¿Por qué un dios debería amarnos? ¿Acaso nosotros amamos a las orugas? Más aún: ¿no sería delirante que uno de nosotros quisiera hacerse oruga para liberarlas de la situación en la que se encuentran? Por consiguiente, si el cristianismo no es un delirio, entonces el hecho de que el crucificado sea Dios en persona y no tan solo un dios con la máscara del hombre, ¿no nos fuerza a admitir que la distinción religiosa entre los mundos ha llegado a ser impertinente? ¿Acaso la Encarnación no nos obliga a sustituir la diferencia entre el cielo y la tierra por la distinción entre los tiempos —entre los tiempos del hombre y los de Dios? ¿Acaso nunca se nos dijo que el cristianismo es u-tópico?
enséñanos a rezar
febrero 24, 2017 Comentarios desactivados en enséñanos a rezar
Resulta cuando menos curioso que los discípulos de Jesús le pidieran que les enseñara a rezar. Cierto que los galileos no tenían fama de ser muy piadosos que digamos. Pero no había judío en la época que ignorase las fórmulas estereotipadas de la oración. También es cierto, sin embargo, que cada líder carismático tenía sus propias invocaciones. Pues, como hombre especial, hacía gala de una relación particularmente íntima con Dios. Por tanto, lo que le pedían en el fondo los discípulos es que les hiciera participar, de algún modo, de esa relación. Ahora bien, el padrenuestro es una oración un tanto curiosa, si se piensa bien. Pues, como dice JB Metz la oración de Jesús puede comprenderse, en último término, como un pedirle a Dios por Dios. Pues el que venga a nosotros tu Reino es un modo de pedirle a Dios que sea haga presente definitivamente como el Señor. Todo muy judío, ciertamente, cuando menos porque Yavhé es un Dios que está por ver —un Dios que se hace presente como promesa de sí mismo. En consecuencia, estamos lejos del típico coloquio con Dios tan característico de las pregarias de muchos hoy en día. En el padrenuestro, Dios no parece que sea ese fantasma bueno de las oraciones infantiles. Más bien, el padrenuestro apunta a un Dios que se ha tomado un descanso. Pues no deberíamos olvidar que el trasfondo de la oración y, en definitiva, de la vida y las obras de Jesús de Nazareth es el sufrimiento indecente de los hombres. Es sabido que Jesús se dirigía a Dios con la palabra abba, la que utilizaban los niños para dirigirse a su padre. Abba es un término, pues, cariñoso, algo así como papi. Ningún judío de por aquel entonces se hubiera atrevido a emplearla, a excepción de los carismáticos. Y los carismáticos no gozaban de buena fama que digamos. Para un judío, la trascendencia de Dios es tan radical —tan radical que roza la ausencia— que resulta cuando menos provocador pretender que Dios habita en los recovecos del alma. Pues bien, no es causal que el único momento en que el evangelista Marcos pone la palabra abba en boca de Jesús sea en Getsemaní. Es como si Marcos nos quisiera dar a entender que solo en ese momento Jesús experimentó verdaderamente la proximidad con Dios. Y lo que experimentó Jesús en Getsemaní es, como sabemos, el silencio de Dios. Tere, religiosa de las que no quedan, el otro día nos decía que su comunidad, después de ver un documental sobre el drama de la inmigración, fue incapaz de rezar las oraciones vespertinas. Tan solo pudieron guardar silencio. Quien tiene presente la tragedia humana —y un cristiano no puede no tenerla presente— apenas puede hacer otra cosa que pedirle a Dios por Dios. Y esto está muy cerca de guardar (su) silencio. Castizamente, suele decirse aquello de a Dios rogando y con el mazo dando. Pues bien, cristianamente este mazo no es otro que el de tener que responder a la llamada que se desprende, precisamente, del silencio de Dios. Y es que Dios responde a la demanda del hombre con la voz imperativa de los excluidos. Olvidarlo supone hacer de Dios un deus ex machina. Pero Dios en verdad no es un dios tapagujeros, sino aquel que no acaba de tener lugar —no termina de darse como Señor— mientras los hombres demos la espalda a aquellos con los que Dios se identifica. No hay cristianamente un pedirle a Dios por Dios que no nos convierta en rehenes del hermano. Si Dios es tu Señor, el pobre es tu Señor, algo sin duda inaceptable para quienes aún tenemos un futuro por delante.