nietzscheanas 29

abril 20, 2013 § Deja un comentario

Que Dios ha muerto —que nuestro mundo ya no pueda admitir a Dios— es algo que queda confirmado por la creencia que hoy en día es posible, a saber, aquélla en la que Dios ha pasado a ser la sustancia del mundo. Proclamar la muerte de Dios es constatar la desaparición del más allá. No hay Dios, esto es, no hay más allá. El todo lo es todo. De hecho, si hubiera una inteligencia creadora, no podríamos verla más que como una inteligencia creadora, a la que, sin duda, podríamos llamarla “Dios”, pero que ya no podríamos reconocerla, admitirla propiamente como Dios. Solo epidérmicamente una inteligencia creadora podría ponernos de rodillas. Sin embargo, el diagnóstico de Nietzsche afecta a un cristianismo entendido a la platónica, esto es, como si el más allá cristiano fuera una variante para pobres del mundo trascendente que concibió Platón. Lo hemos dicho muchas veces: el más allá que encontramos en la Biblia no es otro mundo, sino lo otro del mundo. Así, el creyente experimenta el todo como no-todo. La totalidad permanece abierta para quien sufre la altura de Dios. Ésta y no otra es la raíz de la espiritualidad bíblica. Y, ciertamente, nuestro mundo ya no admite otro mundo, salvo como la dimensión oculta del único mundo que hay, precisamente, el nuestro. Pero esto ya lo dijo hace unos cuantos miles de años J, el autor del Génesis. Pues quien sepa leer, fácilmente comprenderá que un Dios que decide tomarse un descanso en el séptimo día es un Dios que, en sí mismo, no puede funcionar como divinidad. Dios es, en sí mismo, el silencio que abraza la totalidad y la mantiene en vilo. Desde un Dios que permanece fuera de campo, el mundo se revela como esa escena en la que, de repente, se hace el silencio: lo real allí ya no es lo que vemos, sino lo que aún está por ver, lo que debe acontecer. Experimentar a Dios es experimentar de entrada ese silencio. Nietzsche, en este sentido, declara lo que judíamente ya sabíamos: que Dios no cabe en este mundo; que seguimos en el séptimo día. Solo que no supo ver lo que se desprende de este encontrar a Dios en falta, a saber, que en un mundo sin Dios, la voz de los sin Dios se revela como la voz misma de Dios. Será verdad lo que decía Lou Salomé: que Nietzsche fue el profeta de una humanidad sin prójimo.

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