va de catequesis

abril 20, 2013 § Deja un comentario

Hoy en día, un buen número de catequistas ya no saben qué hacer con el Credo. Para ellos, la confesión creyente es, en gran medida, ininteligible. Tampoco es su culpa. Las declaraciones de la fe parecen haber perdido, desde hace ya un tiempo, su originaria vigencia. El enemigo contra el que resultaron inicialmente significativas ha desaparecido del mapa, precisamente, gracias al triunfo histórico del cristianismo. ¿Engendrado, no creado? ¿Unigénito de Dios? ¿Resurrección de los muertos? De hecho, la fe que dicen transmitir tampoco parece responder a una genuina experiencia de salvación. Sospecho que muchos no sabrían qué decir, si se les preguntara de qué nos salva la Cruz. De ahí, que, en lugar del Credo, se ofrezca un sucedáneo, un abstract que básicamente consiste en decir tres cosas: que hay un Dios bueno que ampara nuestra existencia; que Jesús fue aquél que vivió entre nosotros según el modo de ser de Dios; y que al final, todo acabará bien, porque Jesús sigue vivo en lo más profundo de nuestros corazones como el resucitado que es. Quizá sea suficiente. No obstante, el problema de esta simplificación es que conduce, fácilmente, a una espiritualidad transconfesional, una espiritualidad a la que le basta con saber que Dios es, simplemente, el nombre de la bondad o el amor y Jesús un ejemplo de Dios… entre otros. Es posible que el cristianismo del futuro no pueda ser otra cosa que transconfesional. Pues acaso solo un cristianismo de este cuño pueda acomodarse a las exigencias epistemológicas de nuestro mundo. Sin embargo, un cristianismo transconfesional no puede ser en modo alguno un cristianismo. Para una espiritualidad transconfesional, Dios es algo que se da con independencia de la Cruz. Y si Dios puede darse al margen de la Cruz, entonces Dios es simplemente un ello, la sustancia del mundo, el remedio de nuestra enfermedad, pero en modo alguno un Dios que exige la confesión creyente al pie de la Cruz para tener lugar. Al fin y al cabo, un cristianismo que prescinde del carácter unigénito de Jesús de Nazareth está lejos de comprender que no hay otro Dios que el Crucificado, pues quien profesa que Jesús es el unigénito de Dios, no dice tanto algo acerca de Jesús como de Dios mismo, a saber, que Dios es —se da como— el Crucificado. Y un Dios crucificado, ciertamente, no es un océano, sino un Dios que ya no puede valer como Dios sin el Crucificado. Será por eso que un cristianismo transconfesional difícilmente producirá los santos que dan un paso al frente antes que abjurar de la fe.

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