nietzscheanas 28

abril 20, 2013 § Deja un comentario

Para Nietzsche no hay hechos en relación con los cuales pueda certificarse una verdad. No hay hechos objetivos, independientes, hechos que estén ahí esperando nuestra interpretación, sino hechos que, en tanto que forman parte de un mundo, ya están cargados de significación. Un hecho siempre remite a un conjunto de hechos, aquél que constituye, precisamente, un mundo o una parte de él. Un hecho se da siempre como representación de un mundo. Quien ve un hecho implícitamente ve un mundo, mejor dicho, el mundo al que dicho hecho pertenece. El mundo —la tela de araña en la que habitamos— es, pues, el prejuicio sobre cuya base vemos lo que vemos. Quien ve siempre ve más de lo que ve. Por otro lado, hay tantos mundos como telas de araña. Un mundo independiente de la visión del mundo es una abstracción, una mera exterioridad, un puro y simple hay, un ignotum X, nada en realidad, es decir, en realidad, la nada. Así, por ejemplo, quien ve un trofeo no ve un trozo de metal que, posteriormente, interpreta como algo más que un trozo de metal. Quien ve un trofeo ve de entrada lo que ese trozo de metal representa. El signíficado va con la visión. Cuando vemos una cosa siempre la vemos como algo más que una mero algo-ahí. Incluso cuando no sabemos de qué se trata, la cosa se nos da como algo más, a saber, como algo extraño, algo que reclama un saber, al fin y al cabo, como la cifra misma de lo real. Nuestra relación con la cosa o un estado de cosas no se limita a ponerle un nombre. Y por eso, no está más cerca de la verdad quien dice que un trofeo no es más que un trozo de metal que aquellos que ven de entrada un trofeo. Como decíamos, el significado va con la visión. O, por decirlo con otras palabras, algo es solo en tanto que representa o remite a algo más que lo inmediatamente captable. Nada es aisladamente, sino que todo es dentro de una trama, un campo de significaciones, un mundo. Así pues, solo quienes pertenecieran a un mundo en el que no hubiera competiciones podrían ver el trofeo como un simple trozo de metal. Solo ellos pueden decir que el trofeo no es más que un trozo de metal que algunos han visto, supersticiosamente, como representando algo más. Pero si pueden decirlo no es porque, en realidad, el trozo de metal no sea más que un trozo de metal, sino porque su mundo no les permite ver un trofeo como tal. Su mundo no admite el hecho de que hayan trofeos. Para ellos, la entrega de trofeos es, sencillamente, una superstición. En este mismo sentido, los aborígenes australianos, por ejemplo, no pueden comprender que los occidentales se maten por dinero, al fin y al cabo, un papel. Del mismo modo que nosotros ya no podemos comprender las antiguas masacres en nombre de Dios. De ahí que Nietzsche cuando dice que Dios ha muerto, no dice simplemente que, según él, Dios no existe, sino que nuestra época —nuestro mundo— ya no puede admitir a Dios. Ya no hay hechos que se encuentren cargados de Dios. De ahí que cualquier intento de recuperar la fe sea para Nietzsche como querer mantener el valor del dinero en un mundo definitivamente hiperinflacionario, o la ilusión por el día de Reyes, una vez ya sabemos que los Reyes son los padres. Evidentemente, podemos actuar como si los Reyes existieran. Evidentemente, podemos actuar. Pero solo un niño no se sorprendería si Melchor, de repente, se le apareciese en su habitación.

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