Moisés frente a Hammurabi

febrero 25, 2018 Comentarios desactivados en Moisés frente a Hammurabi

No deja de llamar la atención que los mandamientos de Moisés, a diferencia de, pongamos por caso, las leyes del código de Hammurabi, se formulen en segunda persona del singular. “No matarás, no tomarás el nombre de Dios en vano”. Israel entiende la ley de Dios como la expresión de una voluntad y no como un principio general. Aquí hay más que una mera diferencia de forma. Pues, no es lo mismo decir “yo no quiero que mates o robes” que decir “quien mate o robe recibirá tal o cual pena“. Un principio general, en tanto que impersonal, puede valer aun cuando no hubiera dios. En cambio, la demanda de una voluntad no se impone como tal mientras aquel al que se dirige no dé su asentimiento, no reconozca su dependencia de, precisamente, dicha voluntad. Al fin y al cabo, lo que hay detrás de la manera hebrea de entender la Ley de Moisés es una determinada concepción de la realidad de Dios, concepción que no parece homologable a la propia del mito religioso. En este sentido, no es casual que en el Talmud encontremos aquella sentencia en la que Dios se dirige al hombre del siguiente modo: si tu crees en mí, yo soy; si no crees, no soy.  Esto tan solo puede decirlo un Dios que depende del fiat del hombre para llegar a ser el que es (aunque también sea cierto que el hombre ignora quien es mientras no sepa a quien obedece su entera existencia). De ahí que el mandato que se dirige a un tú pueda también leerse como promesa. “Amarás a Dios”, esto es, terminarás amándolo (y ello con independencia de qué entendamos por amar a Dios). De hecho, resulta absurdo que un Dios pueda exigirnos que le amemos. ¿Acaso dicha exigencia no impide, precisamente, que podamos amarle? Por eso, no podemos entender la ley de Moisés como si fuera tan solo un imperativo que procede de una divinidad que existe al margen del hombre. Si el creyente se encuentra sujeto a la voluntad de Dios es porque confía en su promesa. Y la promesa de Dios es de Dios. Pero si confía en su promesa es porque se encuentra sujeto a la voluntad de Dios, voluntad que se desprende, precisamente, de un Dios que no es nadie sin la fe del hombre. Voluntad y promesa son, por tanto, dos caras de lo mismo. La obediencia del creyente es una respuesta al Dios que clama por el hombre para que pueda llegar a ser el que es. Parafraseando a Kant, la obediencia sin esperanza es ciega. Pero una esperanza sin obediencia es vacía. Es como la mujer que se entrega fielmente al que ama porque confía en su palabra. Pero el hombre difícilmente hubiese dado motivos de confianza, si su amante no hubiera estado dispuesta de antemano a entregarse.

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