esto del creer

marzo 1, 2018 Comentarios desactivados en esto del creer

En lo más profundo, somos una invocación. Y esta es la raíz del sentimiento religioso. Podríamos decir que hoy en día quien posee una cierta sensibilidad hacia lo trascendente va en busca de algo más que el ver y el tocar. Sin embargo, a diferencia de cuanto podamos suponer religiosamente, la fe cristiana no reposa en nuestra búsqueda de Dios, sino en la necesidad de responder a la entrega de Dios, a su humillación. Pues no solo somos una invocación, sino también, y quizá sobre todo, un tener que responder a una invocación. El creyente no es tanto aquel que implora a Dios, sino aquel que carga con el desgarro de Dios, con el peso de un Dios en caída libre y obra en consecuencia. En el fondo, el sí o el no de nuestro estar en el mundo se decide en relación con esa voz interior que nos llama desde el más allá de nosotros mismos, aquella que nace de las gargantas de la sed. Pues la voz que nos reclama, en tanto que debida a Dios, no es la del un ente espectral, sino la de un Dios que aún no es nadie sin la respuesta del hombre, la de aquel que, tras nuestro desprecio, tiene pendiente, precisamente, su quien. De ahí que escuchar la voz de Dios sea lo mismo que escuchar el lamento de quienes no parecen contar ni siquiera para Dios. La realidad de un Dios en falta encuentra su correlato objetivo en quienes echan en falta a Dios, los sin Dios. Tarde o temprano deberíamos caer en la cuenta de que lo más íntimo se encuentra extramuros. La creencia no es, por tanto, un gabán que podamos tanto ponernos encima como quitarnos. El creyente es su creencia, esto es, su fidelidad a una llamada insoslayable. Su yo es, en definitiva, otro. Y un otro que no es mucho más que su clamar por Dios.

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