nietzscheanas 48

abril 21, 2018 Comentarios desactivados en nietzscheanas 48

Según Nietzsche, sentido y valor van de la mano. De ahí que la muerte de Dios afecte tanto a uno como a otro. Por defecto, creemos que cuanto nos traemos entre manos tiene sentido, si encarna lo que vale en verdad, lo que permanece al margen de la erosión. Y lo que vale en verdad se encuentra, en principio, por encima de nuestras cabezas, más allá de las medias tintas de lo que tan solo sucede. Desde esta óptica, un sentido no deja de ser un encaje. Así, decimos que las piezas de un puzle adquieren un sentido cuando encajan en lo que debe ser, el modelo, el paradigma. Ahora bien, no tengo claro que pueda haber un sentido para el yo. A diferencia de las focas o las piedras, un yo existe, esto es, se halla desencajado del sí mismo con el que por otra parte se identifica (aunque, por eso mismo, pueda de hecho identificarse). Las focas o las piedras no existen. Son. Así, supongamos que el sentido de nuestra existencia consistiera en limpiar nuestras almas para que, una vez purificadas, pudiéramos acceder a la otra dimensión. Como el feto tiene que madurar para nacer. Probablemente, si siguiéramos siendo un yo —y deberíamos seguir siéndolo, si es que la otra vida constituye un sentido para nosotros—, difícilmente podríamos evitar preguntarnos si acaso eso es todo. Un yo nunca se encuentra a sí mismo en donde está. No hay mundo que valga para quien existe. Para el yo, un todo es el aún no todo. O como decía Hegel, el yo no deja de ser una conciencia insatisfecha, alguien al que le falta en definitiva ser. El yo habita en la escisión. La totalidad, para el yo, inevitablemente limita con la nada. Y la nada supone la impugnación de las pretensiones de la totalidad. Sin embargo, de ahí no se desprende que no pueda haber valor para el yo. Al contrario. Precisamente, porque no hay sentido que pueda valer para el hombre, la vida se carga con el valor de lo extraordinario, en última instancia, del don. La vida nos ha sido dada desde el horizonte de la nada y, por eso mismo, posee el aura de lo sagrado, del milagro. El valor de lo sagrado, al fin y al cabo, de lo enteramente otro se halla fuera del mundo, de cualquier mundo, incluso del sobrenatural (si es que lo hubiera). Pues un mundo es el ámbito de lo que admite un trato, y nada sagrado —nada en verdad otro— lo admite. Hay demasiado saber en el sentido de tot plegat como para que pueda sobrevivir el halo de la alteridad. Vivimos en un estado de excepción. Y el saber, aun cuando sea hipotético, en tanto que supone situar nuestra existencia dentro del marco de lo general, suprime el carácter excepcional del milagro. En última instancia, suprime la alteridad. Pues un saber siempre reduce el carácter otro de cuanto aparece a los límites del lecho de Procusto que es, en definitiva, el sujeto del saber. La alteridad es, por definición, el resto invisible de lo visible, lo que necesariamente queda fuera de lo que llegamos a ver del otro. La alteridad no encaja en ningún saber o sentido. Nos equivocamos, pues, donde creemos que la existencia se sostiene sobre el sentido de la totalidad. No hay otro sostén que el milagro. Y donde hay milagro seguimos con las manos vacías. De ahí que, como hombres y mujeres, no podamos hacer mucho más que intentar preservar de la degeneración la vida que nos ha sido dada —la nuestra y la de nuestros prójimos— en el mientras tanto del presente. El origen del mandato al que nos encontramos sujetos como humanos no es, por consiguiente, el resentimiento, sino la nada sobre la que se erige la excepción. El resentimiento quizá pueda explicar una psicología moral, pero en modo alguno justificar el tener que guardar el carácter sagrado de la vida de, pongamos por caso, nuestros hijos. Ciertamente, sin alteridad el deber no deja de ser una reacción. Y la psicología es lo que nos queda donde no hay alteridad que valga. Pero si hay alteridad —que la hay—, entonces el deber es un tener que responder. Tan solo es cuestión de caer en la cuenta, más allá de los sucios motivos que puedan impulsarnos inicialmente a obedecer al imperativo del sacerdote ejemplar.

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