sacrificio y obediencia

junio 14, 2019 Comentarios desactivados en sacrificio y obediencia

Del mismo modo que quienes creen que va a llover van con paraguas, quienes creyeron que estaban rodeados de dioses se tomaron muy en serio el sacrificio. Poca coña. En el antiguo trato con los dioses no estaba en juego una suposición. Más bien, el ritual del sacrificio debe entenderse como el efecto inmediato de una constatación. A un dios hay que tenerlo a favor. Y qué mejor que ofrecerle un buen negocio. Un sacrificio es algo así como un soborno: voy a hacerte una oferta que no vas a poder rechazar. De ahí que el ideal ascético, aquel en donde el sacrificio se dirige contra uno mismo, sea algo sumamente extraño desde la óptica de una religiosidad elemental. ¿Acaso dicho ideal no implica, de algún modo, la sustitución de los dioses más o menos palpables por una divinidad abstracta o impersonal, la cual esta muy cerca, en cuanto al concepto, del arkhé de los presocráticos? ¿Acaso la puritificación del alma a la que aspira el asceta no es como un dieta detox? La dieta espiritual está muy bien. Pero quizá no tenga que ver con Dios. Ciertamente, el asceta puede suponer que Dios quiere almas puras —que solo por medio de la ascesis nos haremos capaces de Dios. Pero aquí el carácter personal de Dios es algo secundario. Lo dicho, una suposición. Nada cambia, en lo que respecta a la praxis, si suponemos que tan solo se trata de aquello que tenemos que hacer para conectarnos con lo último. Por no hablar del Dios que no quiere sacrificios, sino justicia (Os 6,6). Pues aquí Dios ni siquiera se presenta como ese poder del que hay que participar o al que podemos conectarnos, sino como la voz que nos pro-voca desde más allá de los tiempos (aunque sea con la voz de los desheredados). No parece que sea lo mismo un dios que se manifiesta a la manera de un señor feudal, aunque invisible, que un arkhé. Como tampoco parece que sea lo mismo un arkhé que un Dios que se revela como el que no se hace presente —como el Dios que, desde su paso atrás, nos arroja al milagro de una vida inmerecida (y por eso mismo nos obliga a preservarla de la impiedad). En modo alguno es casual que, desde el punto de vista bíblico, la relación con Dios se decida en nuestra fidelidad u obediencia al mandato que se desprende de una común orfandad. Primero obedeceremos y luego ya veremos, responde Israel una vez Moisés les entrega las tablas de la Ley. O por decirlo con otras palabras, en nombre de Dios, Dios no es el tema. El tema es aquel que no parece que cuente ni siquiera para Dios. El culto tiene que ver con la necesidad de amparo del hombre. La obediencia, en cambio, encuentra su raíz en Dios —en su insobornable e inalcanzable trascendencia. Desde el lado del hombre, el asunto siempre ha sido cómo lidiar con lo superior. Pero desde el lado de Dios, y esta es la convicción bíblica, de lo que se trata es de dar de comer al hambriento o de acoger al inmigrante. Y esto tan solo podemos hacerlo honestamente sin Dios mediante, esto es, en aquellas situaciones en las que no parece que haya Dios. Pues no es de recibo que lo hagamos con el propósito de agradar a Dios. En ese caso, el pobre no sería mucho más que el medio por el que intentamos justificarnos ante Dios, y no aquel en quien Dios se reconoce y, por eso mismo, llega a ser el que es. Quizá nos equivoquemos al poner a las diferentes religiones en el mismo saco. De hecho, el cristianismo se aparta de la religión al confesar que si somos capaces de Dios es porque antes Dios se puso en manos del hombre. Y esto es lo mismo que decir que no podemos dar a Dios por descontado.

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