presencias invisibles

julio 25, 2019 § Deja un comentario

Podríamos decir que el creyente parte, por lo común, de un encontrarse bajo el sentimiento de una presencia. En Las variedades de la experiencia religiosa, William James transcribe el testimonio de unos cuantos que vieron cosas. Cito: tuve la certeza de que en el espacio exterior había algo que era indescriptiblemente más fuerte que la certeza normal de la compañía que se tiene ante la presencia próxima de personas vivas normales. Aquello parecía próximo y más intensamente real que cualquier percepción ordinaria. Y sigue: de repente noté que algo entraba en la habitación y se quedaba cerca de la cama. Sólo permaneció allí un minuto o dos. No lo reconocí por medio de ningún sentido ordinario, y sin embargo tenía una “sensación” horriblemente desagradable conectada con aquello. Ese hecho sacudió con mayor fuerza las raíces de mi ser que cualquier otra percepción normal. La sensación tenía en alguna medida la cualidad de un dolor vital desgarrador muy agudo, que se extendía por el pecho, pero en el interior del organismo, y con todo, la sensación no era tanto de dolor como de horror. En todo caso había algo presente en mí y yo sabía de su presencia con mucha más seguridad de la que nunca he tenido acerca de cualquier criatura viviente de carne y hueso. Fui consciente de su partida así como de su llegada, un giro brusco, casi instantáneo, atravesando la puerta y la “sesión horrible” desapareció. […] Todo lo demás puede ser un sueño, pero no esto. Ciertamente, no siempre la experiencia es tan terrible. A menudo, la experiencia era cercana a la de la gracia. Así, por ejemplo, otro nos cuenta lo siguiente: no tenía la simple conciencia de la proximidad de algo, sino que, en medio de una gran alegría, poseía la sorprendente conciencia de alguna bondad inefable. Estamos, sin duda, ante el grado cero de la experiencia religiosa, al menos hoy en día. Un dios da miedo, pero también es capaz de abrazarnos. No parece que sea lo mismo tener este tipo de percepciones que simplemente sentir que vivimos rodeados de una presencia invisible. Sin embargo, la diferencia es de grado. La percepción del extraño te eriza la piel, mientras que el sentimiento no te hace tan vulnerable. En el primer caso, no hay de entrada conjetura (pues aquí lo primero es la conmoción). En el segundo, el sentir deriva de la creencia o, cuando menos, va con ella.

Ahora bien, este tipo de experiencias ¿qué demuestran acerca de la existencia de Dios? Estrictamente, nada. Sobre su base, tanto podemos decir que hay alguien-más-allá, como decir lo contrario. De hecho, algunos de los que las tuvieron no interpretaron lo vivido en clave religiosa. Ahora bien, quienes sí lo hicieron vieron lo que vieron del mismo modo que el viejo homo religiosus creia ver, sin ningún género de duda, la intervención de un dios en el estallido de un volcán. Sin embargo, lo cierto es que vemos lo que vemos desde determinados prejuicios. No hay hechos puros. Toda visión posee una carga teórica, por decirlo así, carga que nos impone la época a la que pertenecemos. Ver algo es siempre verlo como algo. La realidad es en gran medida un constructo social. La pregunta no es, por tanto, qué vemos, sino qué se nos permite legítimamente ver desde los presupuestos que configuran una cosmovisión. Y desde aquellos que rigen la visión científica del mundo, no cabe otro mundo. En cualquier caso, cabe otra dimensión, a la que podrían pertenecer nuestros fantasmas, pero no otro mundo normativamente superior. Cabe lo paranormal, pero en modo alguno lo sobrenatural. Espontáneamente, percibimos que el sol se mueve. Pero, hoy en día, sabemos que lo que se mueve es la tierra. Seguimos, sin duda, percibiendo lo primero. Pero ya no podemos legítimamente erigir una cosmología sobre la base de nuestra percepción más epidérmica. De este modo, la experiencia religiosa retrocede una vez disponemos de una mejor explicación (como fue en el caso de fenómenos como el del volcán). Pues supongamos que pudiera demostrarse que quienes experimentaron al fantasma no sufrieron una alucinación, sino que efectivamente se les apareció alguien. Tan solo bastaría con que nos acostumbrásemos a esta posibilidad para que los fantasmas pasaran a formar parte de nuestro mundo. No hay nada misterioso en lo desconocido. Cuanto desconocemos es, en cualquier caso, un sucedáneo del verdadero misterio. Como dijera Rahner, incluso en los cielos, Dios seguiría siendo un misterio, un esencial por-ver. De ahí que parafraseándo 1 Re 19 —tembló la tierra, hubo un fuego devastador… y ahí no había Dios— pudiéramos decir: y se nos apareció el fantasma… y, sin embargo, ahí aún no estaba Dios. Por eso, quizá esté más cerca de la verdadera experiencia de lo trascendente quien existe bajo el sentimiento de una presencia que aquel que la percibe a flor de piel. Al menos, porque esa presencia, en un mundo despoblado de dioses, tiene más que ver con el murmullo de una desaparición —y aquí 1 Re 19 resulta tremendamente revelador— que con las apariciones. Desde la óptica de la fe el alguien —el absoluta, que no circunstancialmente, otro— es, en realidad, aquel que el mundo tiene eternamente pendiente. Precisamente por esto el mundo es lo que es (y nosotros nos hallamos en él como arrancados).

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