el nihilista y el cristiano

julio 26, 2019 § Deja un comentario

Quemaste las naves —te entregaste a Dios—. Pero Moctezuma no tenía ningún tesoro. Cristo, efectivamente, regresó de la muerte. Pero solo para decirnos que no había nadie esperándonos tras el muro. Esto es el nihilismo: no hay nada más allá. O mejor dicho, nadie. Carpe diem. De ahí que no quepa otra disyuntiva: o bien la nada, o bien la esperanza en la resurrección de los muertos, en lo que ningún mundo puede admitir como viable. El nihilista permanece dentro de la lógica: lo imposible no es posible. Un creyente, en cambio, vive frente a la posibilidad de lo imposible. No es casual que Pablo dijera aquello de que sin resurrección, no hay ninguna esperanza para el hombre. Ahora bien, teniendo en cuenta nuestra actual dificultad con el asunto, esto está muy cerca de decir que la fe es absurda. Aun cuando aquí el nihilista podría añadir que, incluso resucitando, seguiríamos estando en las mismas. Pues difícilmente podríamos evitar preguntarnos si acaso eso es todo —si acaso hay algo más que una vida dopada de felicidad junto a Dios—. La vuelta a la matriz no parece que sea un buen final para quien se ha acostumbrado a la existencia. En tanto que arrancados, nunca terminamos de coincidir con nuestra máscara. Pero donde se anulara este continuo diferir de uno mismo, moriríamos como sujetos. Las focas no existen, en tanto que no experimentan ninguna división interior. Sencillamente, son. El todo es necesariamente un no-todo para quien existe. Es verdad que en lo más íntimo anhelamos encontrarnos con alguien —que las miradas que cruzamos se mantengan—. Pero también lo es que no podríamos soportar un abrazo eterno. Necesitamos un mínimo de separación —de soledad— para sobrevivir. En cualquier caso, todo cuanto podamos decir desde nuestro lado acerca de las últimas cosas concluye en lo irrealizable. De ahí que si hay algo más de lo que hay —si la nada no es el único desenlace—, eso tenga que decidirse desde el lado de Dios. Sin embargo, esto supone admitir que sobre las últimas cosas no tenemos ni idea. O lo que viene a ser lo mismo, que la esperanza es ciega. Aun cuando tenga su razón de ser en los frágiles indicios de un sí de fondo.

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