quaestiones disputae en torno a lo santo

julio 27, 2019 § 1 comentario

Rudolf Otto entendió lo santo —el otro sensu stricto— como aquello (o aquel) tan fascinante como terrible. De ahí que lo santo termine siendo, literalmente, algo sagrado o intocable. Mejor no aproximarse demasiado. Ante la aparición de lo santo debemos mantener una distancia de seguridad. De acuerdo. Pues da la impresión de que estemos ante un dato innegable. ¿A quién no se le ha erizado la piel al ver una película de fantasmas? En este sentido, una sala donde, pongamos por caso, se proyecte El exorcista sería algo así como un pote de formol en el que se preservan aquellas emociones que provoca nuestra atávica exposición a una genuina alteridad, emociones que hace tiempo que culturalmente dejamos atrás. Sin embargo, alguien podría decirnos que él no experimenta ninguna emoción ante lo santo. Que El exorcista más bien le da risa. Como si para él estar ante el monstruo —y no hay nada o nadie verdaderamente otro que no aparezca como tal— fuera como estar ante una lombriz, la cual acaso despierte su curiosidad y quizá también su asco pero que difícilmente hará que le tiemblen las piernas. ¿Qué podríamos responderle? ¿Acaso que no sabe de lo que habla? ¿Que no se ha metido en la película? Puede. Pero en ese caso, estaríamos apelando, más que a un dato, a una definición que funciona al modo de un axioma: lo santo, por defecto, produce temor y temblor, de manera que, si no experimentásemos ni temor ni temblor, entonces o bien no estaríamos propiamente frente a nada santo, o bien no nos habríamos dado cuenta. Lo santo tiene que estremecernos. Ahora bien, llegados a este punto nuestro objetor podría simplemente preguntarnos por qué. ¿Por qué tú lo digas?

Que no estemos ante lo santo significa que no se nos aparece como tal. Y esto tiene que ver más con nosotros que con la cosa. Es probable que un niño se sobresalte la primera vez que ve una lombriz. Pero solo hace falta que se acostumbre a su presencia para que la lombriz deje de ser santa. En consecuencia, podríamos decir que no habría nada santo, sino cosas que, circunstancialmente, nos parecen de otro mundo. Y es que los hechos tanto se nos pueden mostrar de un modo como de otro. Una aparición no deja de ser una apariencia. En este sentido, la sensibilidad, aun cuando necesariamente se encuentre cargada de presupuestos teóricos, no puede alcanzar el en sí de lo que es, al menos porque el que algo se nos muestre de un modo u otro —que nos parezca que es así o asá— tiene que ver con quiénes somos, mejor dicho, con el tipo de sujeto que hemos llegado a ser. Hay una ambivalencia fundamental en el dato, salvo en lo que tenga de cuantificable. El abrazo de una madre tanto nos acoge como ahoga. De ahí que decir sea juzgar —eliminar la ambivalencia, condenando o absolviendo—. Y esto implica que cuando decimos que algo es santo —que algo se nos da como sagrado— lo que decimos estrictamente es que ese algo debe ser santo —que debe ser lo que parece… a quienes se lo parece—. Así, el simple hecho de hablar hace que terminemos siendo unos dogmáticos, aquellos que, en última instancia, no pueden evitar el recurso del argumento ad hominem, el cual, como sabemos, no deja de ser un mal argumento. Puede que un Rudolf Otto fácilmente nos dijera que no vemos lo santo —que no se nos aparece— porque somos incapaces de verlo, no porque no haya nada en verdad santo. De acuerdo. Pero también cabe la ilusión. Sea como sea, no podemos ir más allá de esta frontera. Estamos ante el non plus ultra de cualquier discusión en torno a qué pueda ser cuanto se nos muestra o aparece.

Aquí alguien podría decirnos que en muchas ocasiones vemos las mismas cosas. Y es verdad. Ahora bien, si vemos lo mismo es porque compartimos el mismo prejuicio cultural. Un martillo es un martillo. Pero solo para quienes forman parte del mundo en el que hay martillos. Ver un martillo supone ver un clavo. Pero debido a que su mundo es otro, un aborigen australiano, si aún quedase alguno, en ningún caso llegaría a ver un martillo, sino probablemente un hacha defectuosa. Hegel tenía razón cuando dijo que donde irrumpe la reflexión no vuelve a crecer la hierba. La reflexión, en tanto que nos aleja de la inmediatez del dato —en tanto que proyecta una sospecha sobre nuestra primeras impresiones— pone contra las cuerdas nuestra inicial confianza en el lenguaje. No es casual que Sócrates se fuera de este mundo aceptando que, al fin y al cabo, no tenemos ni idea de lo que hablamos, sobre todo cuando apelamos a las grandes palabras. Ahora bien, no porque no haya más que puntos de vista, sino porque lo que hay —lo real o enteramente otro— es, precisamente, lo que se sustrae a la visión en su aparecer a una sensibilidad. Obviamente, algo es porque ese algo se da o aparece. Pero lo que acaso no sea tan obvio es que la condición de su aparecer es, precisamente, la desaparición de su carácter absoluto o verdaderamente otro. Como si lo real fuera lo que perdemos de vista donde se ofrece a una visión; como si el tiempo de lo real no fuera el del presente indicativo, sino el de un pasado absoluto y, por eso mismo, irrecuperable; al fin y al cabo, como si quien existe solo pudiera comprenderse a sí mismo como arrancado. Y esto está muy cerca de decir que lo terrible y fascinante no es tanto el monstruo —o la lombriz—, sino un puro il-y-a que anda rozando la nada.

§ Una respuesta a quaestiones disputae en torno a lo santo

  • Carmen dice:

    Y llegados a lo profundo del punto final –sin dimensiones– surge la oración de Sánchez Ferlosio “(Al Creador.) Señor, ¡tan uniforme, tan impasible, tan lisa, tan blanca, tan vacía, tan silenciosa, como era la nada, y tuvo que ocurrírsete organizar este tinglado horrendo, estrepitoso, incomprensible y lleno de dolor!”, en la que, si te mantienes a la escucha, se puede oír una respuesta que más o menos te diga “¿y puedes contribuir en algo para que no sea puramente así?”.

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