expiación vicaria

julio 28, 2019 § Deja un comentario

El tema teológico de la cruz como expiación vicaria —aquello de que Jesús murió por nosotros— y que encontramos en las cartas de Pablo (Rm 5, 8-10; 1 Tm 2, 6 ) o también en algunos fragmentos evangélicos (Mc 10, 45) no goza hoy en día de muy buena prensa. ¿Cómo un Dios, se supone que bueno, puede exigir un sacrificio reparador? ¿Acaso no estamos ante el resto de una teología que deberíamos cristianamente dejar atrás? Además, ¿puede un Dios sentirse humillado por el hombre? ¿Acaso nos afecta el desaire de una lombriz? Sin embargo, aquí podríamos preguntarnos si al rechazar la tesis del sacrificio vicario no andaríamos de nuevo por la senda de Marción, el cual en los albores del cristianismo cortó por lo sano con el Antiguo Testamento —y de paso con los evangelios, salvo el de Lucas— porque no cuadraban con su manera de entender la salvación. Nuestro rechazo ¿no tendrá que ver más bien con un malentendido a la Marción? ¿Es posible que nuestra resistencia apunte a la actual dificultad para admitir un Dios que pueda abandonarnos definitivamente, a causa, no obstante, de nuestra contumaz indiferencia? La idea de un sacrificio vicario fue un leitmotiv de la antigüedad greco-romana. A nadie le resultaba sorprendente que, para aplacar la ira del dios de turno, algunos, que posteriormente serían elevados al altar de los héroes, tuvieran que sacrificarse por el bien de la comunidad. De ahí que podamos suponer que los primeros cristianos participaron de esta mentalidad (con Pablo a la cabeza). Sin embargo, desde la tradición bíblica no parece que la ira de Dios exija una expiación vicaria. El esquema es otro. Aquí el punto de partida es que el hombe, por sí mismo, no tiene remedio. A causa de nuestra impiedad, no merecemos la vida que nos ha sido dada. La falta que nos separa de Dios constituye, de hecho, nuestra condición. Existimos como arrancados —como aquellos que perdieron de vista una genuina alteridad— porque quisimos (y continuamos queriendo) ser como Dios. Entonces ¿cómo es que seguimos con vida? ¿Por la misericorida de Dios? Ciertamente. Y en este sentido la gracia es una medida de gracia. Pero la misericordia, la paciencia de Dios, bíblicamente, encuentra su apoyo en el resto de Israel, en aquellos hombres y mujeres que, a pesar de la desgracia, persistieron en la fe. Así, el sacrificio expiatorio debe entenderse a través de la clave que proporcionan episodios como el de la intercesión de Abraham por los justos de Sodoma y Gomorra (Gn 22). Pues lo que está en el aire es, precisamente, el permanecer cabe Dios. De hecho la ira de Dios no deberíamos entenderla como si hubiera un padre espectral al que le da un arrebato ante las travesuras de sus criaturas. Dios no habita los cielos como las focas puedan habitar la Antártida. La ira de Dios, en tanto que se muestra como un haber sido dejados de la mano de Dios, es el envés de nuestro vivir de espaldas a Dios. Y aquí quizá convenga recordar aquella sentencia del Talmud, tan desconcertante por otra parte: si tu crees en mí, yo soy; si no crees, no soy. Pues significa que Dios no es aún nadie sin la respuesta confiada del hombre al clamor de Dios por el hombre. Es en este sentido que debemos comprender la tesis de una expiación vicaria. Es por la fe de aquel que murió como un apestado de Dios que fuimos reconciliados con Dios. Si creemos es porque el crucificado creyó por nosotros. Y por eso mismo Dios pudo llegar a ser el que es en el centro de la historia. Dios no quiere ser sin el hombre. Pero su voluntad no puede realizarse sin la fe del hombre, fe que encuentra su medida en aquellas situaciones en las que no parece que haya un Dios de nuestra parte. De ahí que el cristiano confiese que Jesús no es simplemente el representante de Dios —o como dirían algunos hoy en día, uno entre otros—, sino el modo de ser de Dios. Evidentemente, todo esto resulta ininteligible donde no tenemos presente, porque seguimos anclados en una concepción religiosa de la divinidad, que Dios en verdad es un Dios que quedó herido de muerte tras el desprecio de Adán.   

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