una espiritualidad de Harry Potter

agosto 1, 2019 § Deja un comentario

En el mundillo de las espiritualidades hay muchos vendedores de crecepelo. Se ven a la legua, pues suelen tener bastante audiencia. Su truco consiste en ofrecer la solución. Un gurú tiene el olfato de un mercader, al menos porque pretende satisfacer una demanda (y no precisamente la que, casi en un sentido judicial, procede de las víctimas de nuestro pasar de largo). Aquí la demanda es lo que la gente quiere escuchar. Y lo que quiere escuchar es, sencillamente, que hay remedio. El espectro de los farsantes es amplio. Desde sacerdotes que, quizá honestamente, proclaman que Dios nos da lo que le pidamos con el corazón en la mano —y aquí bastaría con leer el libro de Job para desmentirlo— hasta mediáticos que creen en el poder de la mente o en las propiedades salvíficas de una dieta detox. Al leerlos, difícilmente podemos evitar la impresión de que estamos ante una variante de la fantasía infantil de la omnipotencia. ¿Quién no ha soñado con ser Harry Potter o Superman? ¿No quisimos ser como dioses? Nuestro anhelo más arcaico ¿acaso no es el de usurpar el poder de los cielos —que nada o nadie se nos resista—? La lógica de estos dealers es irrefutable. Por tautológica. Y es que si las cosas no han salido tal y como nos prometieron será porque no habremos seguido sus instrucciones al pie de la letra (de hecho, esta fue la respuesta de los amigos de Job). Así, puede que no hayamos rezado sinceramente, o que nuestra concentración no fuera suficiente… Sin embargo, lo obvio, para quien sepa verlo, es que no hay solución. Pues aun en el caso de que la hubiera, tarde o temprano nos preguntaríamos si acaso eso es todo. El ejercicio del poder es un ejercicio solitario. Si nada se nos resiste, entonces no hay nada o, lo que es peor, nadie. Y por eso mismo no podemos admitir con el curso de los días que el todo lo sea todo. Nunca terminamos de encontrarnos en donde estamos, salvo puntualmente. De ahí nuestra esencial inquietud. El desasosiego existencial no tiene arreglo, al menos desde nuestro lado. Incluso me atrevería a decir que no es casual que el correlato político de este tipo de espiritualidades sea el de quienes, demagógicamente, proponen una solución final. En cualquier caso, triunfa la imagen de una panacea. Al fin y al cabo, la metáfora reguladora es la misma: se trata de desintoxicarnos, de tirar por la borda cuanto hay en nosotros que impide que vivamos plenamente. Como dijera Cicerón, cultivarse a uno mismo es como cultivar un jardín: si quieres que crezcan las flores, debes arrancar las malas hierbas. Ahora bien, quizá podamos cauterizar la herida. Pero las cicatrices crecerán con nosotros.

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