fenomenología de la fe (4)

junio 1, 2020 § Deja un comentario

Es posible que haya otro mundo. Pero, desde la perspectiva moderna, esté no será mucho más que una dimensión desconocida, un territorio aún por explorar —y, sobre todo hoy en día, por cuantificar. La razón es la medida de cuanto es. No cabe lo que no encaja en los esquemas de la razón. Como dijera Parménides, es lo mismo ser y pensar. O en su variante hegeliana, solo lo racional es real. Lo inconcebible es, por tanto, imposible.

Sin embargo, también a través del uso dialéctico la razón concluimos que lo real, en su carácter absolutamente otro o extraño, es inconcebible. Es decir, inconcebible por principio. De hecho, más que posible, el absoluto —lo enajenado o absuelto— es lo único que merece el nombre de real. Sin duda, nada es que no se haga de algún modo presente. Pero el presente solo se da según el molde de nuestra receptividad (y en este sentido decimos que es apariencia). Ahora bien, lo que se amolda en absoluto es posible: en sí mismo no puede darse, salvo como lo que perdimos de vista en su aparecer. Nada llega a la presencia sin que, en su ser-otro, retroceda o eluda la representación. La ignotum X del mundo en modo alguno es cosa, ni siquiera etérea. No hay Otro. Sin embargo, este no hay es lo que en verdad hay —lo único que acontece, a saber, el continuo paso atrás de Dios. Y esto equivale a decir que el Otro —lo absoluto— se da como eterna promesa de sí mismo. La alteridad avant la lettre es lo que ningún mundo puede admitir como posibilidad. De ahí que el mundo se nos ofrezca como presente —como don. De Dios tan solo tendremos lo debido a Dios, a su des-aparición. No hay disparo que no implique un retroceso —no hay acción sin reacción. A fin y al cabo, hay mundo —o mundos— porque el Otro es lo siempre pendiente del mundo.

Un chimpancé no se enfrenta a ningún mundo. El chimpancé es incapaz de caer en la cuenta de la efectividad de lo negativo —de la presencia de lo siempre ausente, del resto invisible de lo visible, de un porvenir sin proyecto. Un chimpancé es como la ola en el mar. La fusión mística tiene algo de regreso al planeta de los simios. O por decirlo en clave freudiana, la unión sin diferencia es la fantasía de quien anhela la vuelta a la matriz. El místico no se encuentra con Dios: es arrebatado por un ente magmático. El Dios de la mística produce el mismo efecto que ciertas drogas. Aquí Dios sigue mostrándose como lo que nos parece que es, a pesar de que, en este caso, la impresión sea la de una conciencia alterada. Quien existe se resiste a la alteridad —y por eso mismo solo puede haber Dios para quien existe, aunque se trate de un Dios que solo pueda revelarse como el que fue sepultado en un pasado anterior a los tiempos. Estamos en el tiempo porque lo real —lo que permenece— se impone como falta. Todo es en Dios porque fuimos enajenados de Dios. Los chimpancés no existen. Ningún chimpancé vive como arrancado.

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