la escuela moderna

septiembre 20, 2020 § Deja un comentario

Hace tiempo que la escuela, al menos por estos pagos, ha dejado de ser un campo para el cultivo del alma. La misma expresión suena demodé a oídos de nuestros adolescentes. Ellos están en Instagram o jugando al Fornite. De ahí que una escuela tenga que adaptarse, proponiendo actividades chispeantes. Así, al maestro se le pide, sobre todo, que haga de cheerleader. El resultado son chichos y chicas infantilizados que desprecian cuanto ignoran y que apenas toleran la frustación. Evidentemente, el suspenso es culpa del maestro: no ha sabido estimularlos lo suficiente (y de ello también están convencidos los padres, cada vez más imberbes). Es cierto que la escuela tiene que preparar para la vida. Y que, por tanto, hay que tener en cuenta dónde se encuentra el alumno… si no se quiere sembrar en el desierto. Pero solo para sacarlo de ahí, del lugar en el que habita tan cómodamente. Pues la vida no suele coincidir con nuestras fantasías. Ahora bien, lo que de hecho se da fácilmente por sentado es que esta preparación tiene que apuntar únicamente al desempeño de una profesión. El mensaje de fondo es el del mundo: de lo que se trata es de encontrar un buen trabajo y de divertirse cuanto se pueda. Esto es, esclavitud y soma. Ciertamente, aún hay escuelas que incluyen en su ideario grandes palabras: que si competencia humana, que si sensibilidad social, que si pensamiento crítico… Sin embargo, en la práctica poco se puede hacer al respecto donde las nociones de esfuerzo, disciplina, amor a la verdad… han dejado de ser socialmente vinculantes. En nombre del progreso educativo, la formación humana se ha transformado en un oropel.

Y, con todo, sigue siendo innegable que del mismo modo que uno tiene que cuidar de su cuerpo si pretende tener buena salud, debería igualmente cuidar de su alma si quiere dejar de ser un idiota, literalmente, alguien incapaz de salir de su interés más particular, el cual suele ser el eco de los intereses del sistema. En el cuidado del alma está en juego el desarrollo de un carácter y, en definitiva, la libertad, la posibilidad de estar por encima de lo que no importa en nombre, precisamente, de lo que en verdad importa. Donde la escuela olvida que su tarea principal es la formación del carácter se convierte en un taller. Nuestros jóvenes tienen que aprender que ellos no son el centro —que el centro se encuentra en lo que exige ser amado, esto es, perseguido eternamente—. Cuando menos, porque lo humano se juega frente a lo que nos reclama una entrega, aun cuando, a la manera de un límite asintótico, cuanto más cerca, más lejos. El otro día se lo decía a mis alumnos a propósito de las primeras líneas del Fedón, aquellas en las que Sócrates dice que de lo que se trata, al fin y al cabo, es de aprender a morir (solo quien tiene de algún modo presente que vivimos dentro de un plazo es capaz de distinguir entre lo que importa y lo que no). Su reacción no fue la del pasota. Al contrario. Pues el alma sigue estando ahí, aunque sepultada por un ruido ensordecedor. Pero me preguntaba qué comprenderán de lo que pueda decirles al respecto donde la mayoría ignora el significado de palabras como aberrante, insólito, consenso… Este, y no otro, es el resultado de las sucesivas reformas progres, las cuales han pretendido hacer tabula rasa del pasado, despreciando la diferencia que hay entre lo que debe ser renovado y lo que pide ser conservado.

A veces pienso que la deriva moderna hacia la trivialidad nos empuja a ser conservadores. Y es que lo mejor que una escuela pueda ofrecer a nuestros jóvenes es, precisamente, lo más granado de nuestra tradición humana e intelectual. De lo contrario, me atrevería a decir que nos dirigimos a nueva Edad Media en el terreno cultural —y quizá también económico—, en donde habrá unos pocos centros de excelencia, en el que estudiarán los hijos de los ricos, y para el resto, baratijas. En definitiva, o una escuela se convierte en un centro de resistencia, o lo que nos espera es la sumisión.

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