clase de física

septiembre 23, 2020 § Deja un comentario

Para comprender una religión hay que partir de lo físico. Pues, de entrada, un dios es algo palpable. Mejor dicho, se palpan sus efectos. En su origen, la creencia en lo sobrenatural se basa en lo natural, en el fenómeno, literalmente, extraordinario, fuera de lo común. Un volcán, un tsunami, la caída de un meteorito… fueron, antes que cosas que pasan, el indicio de un mundo superior. Incluso cabe decir algo parecido con respecto a una divinidad eminentemente moral —la propia de Israel—. Imaginemos, así, que los hombres se dividieran naturalmente en buenos y malos. Que la bondad o la maldad fueran de fábrica (hoy diríamos, cuestión de genética). Por eso mismo, no habría nada que hacer. El malo es mala hierba. En cualquier caso, podemos maquillar la naturaleza, pero no modificarla. Supongamos, sin embargo, que alguien llegara a ver la conversión a la bondad de un hijo de la ira. Ha sucedido lo que en principio es imposible. La conclusión, para una sensibilidad espontáneamente religiosa, es inmediata: Dios puede intervenir en el corazón de los hombres. Y por eso mismo, el hombre no está condenado a los límites de lo natural. Incluso el genocida podría comenzar de nuevo. De hecho, es lo que hizo Pablo. Sin duda, estamos ante un evangelio. Y donde se palpa la presencia de lo divino, la revelación no es simplemente un asunto interno, la expresión de una preferencia personal.

Todo cambió con Rousseau, como quien dice. Donde el hombre es bueno por naturaleza —donde lo que pervierte una bondad natural es la sociedad, el sistema—, la posibilidad de una transformación moral depende de lo que el hombre haga consigo mismo y su entorno, al fin y al cabo, de la revolución. No es casual que Rousseau sea, en cierto modo, un heredero de la Reforma. Pues el paso de una divinidad física a un Dios interior facilitó, precisamente, que al final llegáramos a olvidarnos de Dios. Hoy en día, para el viaje del alma nos bastan las alforjas de las energías positivas o la buena onda. O eso creemos. De ahí que cristianismo y progresismo no hagan muy buenas migas, al menos porque el mensaje cristiano no puede prescindir, sin alterarse significativamente, del relato de la caída. La idea de que solo un dios puede salvarnos, como dijera Heidegger en su última entrevista, probablemente no sin ironía, no casa con la fe en el progreso moral del hombre. Sin embargo, tampoco me atrevería a decir que el cristianismo se entienda mejor con las derechas, aunque históricamente haya sido así. No puede hacerlo, si el compromiso creyente por un mundo más justo es un irrenunciable de la fe. Es lo que tiene el contraste, nunca definitivamente resuelto, entre Dios y el mundo.

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