supercuerdas

septiembre 24, 2020 § Deja un comentario

Somos como violines. Depende de quien nos pulse, sonaremos de un modo u otro. Así, hay quienes extraen de nosotros el mejor sonido; otros, el peor. Sin embargo, hay violines de todas clases. No suena del mismo modo un violín construido con amor que otro producido en serie. La madera importa. Y el cuidado. En cualquier caso, un buen músico es capaz de hacer milagros con un instrumento intocable. Además, las cuerdas también pueden poner de su parte, como quien dice. Pueden ayudar al principante a sonar bien. Por ejemplo, podrían poner la otra mejilla, devolver bien por mal, desarmar su ineptitud. En ese caso, al tomar la iniciativa, las cuerdas se pondrían en la piel del intérprete. Esto es, tendrían piedad del torpe. Al fin y al cabo, la compasión es un intento de salvar ese resto de bondad —ese resto de infancia— que hay en el maltratador. Con todo, a menudo no hay nada que hacer. La madera de un violín puede estar rota o deformada. Sería ingenuo —incluso presuntuoso— creer que la posibilidad del bien depende por entero de nosotros. El mundo tiene algo de intratable. Las ovejas suelen acabar esquiladas. Por no decir, en el matadero. Aunque lo cierto es que donde dejara de haber ovejas ya nada cabría esperar, salvo más infierno.

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