de vikingos, elfos y variantes

mayo 16, 2021 § 2 comentarios

El dios de los vikingos es un supervikingo. El de los elfos, un superelfo. El de los pobres, un superpobre. Ergo, un pobre Dios. No es casual que Nietzsche intuyera que los tiros del ateísmo comenzasen a dispararse en Israel.

§ 2 respuestas a de vikingos, elfos y variantes

  • Iñaki dice:

    Desde mi punto de vista, no es clara la conclusión de ateismo tras las premisas de las bienaventuranzas, a menos que, quien así argumente, busque más sus propios fines que los de la vida futura.

  • josep cobo dice:

    Iñaki, la entrada va cargada de presupuestos. Nietzsche, cuya formación cristiana fue más que notable, intuyó, cuando menos, que la irrupción del Dios cristiano supuso una alteración de lo que espontáneamente se entiende por divino. De hecho, buena parte de sus argumentos son los que encontramos en Celso, el cual sostenía, razonablemente, que ningún dios podía morir colgado de una cruz como si fuera un perro. Sencillamente, quien sabe lo que originariamente significa ser un dios en modo alguno puede admitirlo. Por no hablar de la Encarnación: un dios no puede hacerse hombre sin dejar de ser dios. De ahí que las herejías acaso deban entenderse como una manera de “digerir” la confesión cristiana: o bien, Jesús fue un dios vestido de hombre (pero no hombre); o bien, fue tan solo su heraldo (pero no estrictamente Dios). Pero el cristianismo no proclama ni una cosa, ni otra. No en vano, Pablo dijo aquello de que la cruz fue una necedad para los paganos (y un escándalo para los judíos). Nietzsche quizá comprendiese mejor que muchos cristianos por defecto la novedad del cristianismo con respecto a la experiencia natural de lo divino, su carácter “revelador”. Tan solo hace falta que reflexionemos un poco para darnos cuenta, con Pablo, de que sin resurrección la confesión cristiana es un oxímoron (y esto es, precisamente, lo que subraya Nietzsche). La cruz y la muerte de Dios van a la par. Esto es, sin resurrección el mundo tiene la última palabra (y aquí acaso convenga tener presente que el primero en decir que Dios murió en una cruz no fue Nietzsche, sino Tertuliano, aunque obviamente no lo dijera en el mismo sentido que Nietzsche). Si creemos como quien no quiere la cosa que Dios nos ama, quizá sea porque ya hemos olvidado qué significó ser un dios (y aquí Nietzsche añadiría “debido, precisamente, al triunfo histórico del cristianismo”). Donde el cristianismo transforma la revelación en una obviedad a medida de nuestro sentimiento de hallarnos bajo el amor de Dios —y esta transformación quizá sea inevitable— hacemos de la fe poco más que una suposición entre otras. De ahí que la fe dependa, hoy como siempre, de volver a recorrer el camino que va del Gólgota a un sepulcro vacío.

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