idolatría

mayo 28, 2021 § Deja un comentario

Quizá no hayamos entendido aún el alcance de la prohibición profética de hacerse una imagen de Dios (y ello al margen de que este malentendido sea inevitable). Pues por el nombre de Dios es el nombre de esa alteridad radical a la que nos hallamos expuestos en tanto que arrojados al mundo. Donde nos hacemos una imagen —aunque esta sea una imagen a favor como la de un dios bonachón— corremos el riesgo de reducir la alteridad de Dios, o lo que viene a ser lo mismo, de suprimir su radical extrañeza. En este sentido, un dios concebido a nuestra imagen y semejanza —un dios conveniente o, cuando menos, tratable— supone una inversión de nuestra sujeción a un pasado anterior a la historia. Y es que la extrañeza —la genuina trascendencia— no se da con respecto a un dominio que todavía no somos capaces de explicar, pero que en principio sería explicable, sino con respecto a una desaparición fundamental —a una pérdida irreparable—, a saber, la del Otro en cuanto tal. Cuanto quepa decir acerca de Dios —de su naturaleza— no es propiamente de Dios, sino en cualquier caso de lo debido a su ocultación o paso atrás. Por tanto, el que Dios sea misericordioso, pongamos por caso, no tiene que ver con lo que nos parece que es Dios, sino con el hecho de que seguimos con vida ante la amenaza que supone nuestra exposición a lo esencialmente extraño (y no solo a poderes sobrenaturales, los cuales son solo aparentemente divinos). En este sentido, la gracia no deja de ser una medida de gracia. Los dioses que poblaron el mundo fueron, en realidad, los suplentes de ese Dios —sus lugartenientes, en el sentido literal de la expresión. Así, con la presencia palpable de la divinidad pasamos de estar sujetos a una extrañeza irreductible a un estar enfrentados a poderes con los que negociar. En vez de una esencial invisibilidad, fuerzas invisibles. De ahí que podamos comprender la irrupción del monoteísmo como una recuperación de nuestra originaria exposición a lo imposible —a lo que no cabe asimilar como correlato de la subjetividad, en definitiva, como posibilidad. No hay nada que sea más real —nada más exterior— que lo imposible o inviable. Pues lo imposible es, precisamente, lo que no puede realizarse como presente. Donde olvidamos que Dios, en verdad, es inviable como dios, el monoteísmo, tarde o temprano, deriva en deísmo. Como si la diferencia entre monoteísmo y politeísmo fuese meramente cuantitativa.

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