sin ingenieros

febrero 5, 2022 § 1 comentario

El otro día, Toni Nadal, escribió un artículo en El País a propósito del triunfo de su sobrino, Rafa, en Australia (aquí). Cuanto dice sobre la cultura del esfuerzo es, sencillamente, cierto, pues no deja de resultar de sentido común, aun cuando actualmente suponga nadar contracorriente. Al fin y al cabo, los jóvenes deben optar entre Rafa Nadal y Dembelé. Y da la impresión, a pesar de que le den un like al primero, que, de facto, se decantan por el francés: hamburguesas y videojuegos a granel. Quisieran ser como Nadal. Pero, en realidad, no quieren serlo.

En principio, una buena escuela debería ayudarles no solo a adquirir competencias, que, por lo común, tampoco las adquieren, pues un buen grupo de alumnos llegan al bachillerato sin saber leer, por decirlo así, sino a forjar un carácter. Pero no da la impresión de que los vientos escolares soplen a favor. La cultura del esfuerzo está, sencillamente, proscrita. El clima —y una escuela es, en gran medida, un clima— es el de un cierto buenrollismo. El profesor ya no te entrena, sino que te acompaña como un amigo, por no decir como una cheerleader. Ni siquiera se contempla el suspenso. En su lugar, el alumno que pasa de todo está en proceso de aprobar. Es verdad que hay que evitar estigmatizar al mal estudiante. Pero no lo conseguiremos donde no hacer nada sale prácticamente gratis. Evidentemente, ninguno de los defensores del buenrollismo escolar se atreverá a enmendarle la plana a Toni Nadal. En teoría, se sigue persiguiendo la excelencia. Sin embargo, será difícil alcanzarla donde el alumno cree que se encuentra en el centro (y esto no significa que un maestro deba prescindir de dónde se hallan, inicialmente, sus alumnos). De hecho, lo que tiene que hacer una escuela es, precisamente, descentrarlo en nombre de lo que importa. El camino hacia la excelencia comienza donde uno entiende que Dante o Tolstoi, pongamos por caso, nos juzgan al juzgarlos; que no todo se mueve entre el me gusta y el no me gusta. Lo dicho: un clima. La escuela no puede replicar la fanfarria del mundo, aunque tampoco puede dejar de tenerla en cuenta. De acabar replicándola, la nueva escuela terminará siendo más selectiva que la vieja. Pues quien es capaz, aprovechará las nuevas oportunidades. Pero a quien no, se le dejará caer, aunque se le haga creer lo contrario. Assoliment suficient.

El problema, diría, es que faltan ingenieros entre quienes diseñan las políticas educativas. Hoy por hoy, en los despachos hay un exceso de licenciados en física teórica. Como sabemos, la física teórica parte de principios que no se dan en realidad: supongamos un cuerpo en ausencia de fuerzas… (traducción: supongamos un alumno que tiene un enorme interés por aprender, aunque, en realidad, no se supone: se da por hecho). Y, sin duda, es necesario abstraer para hacernos un mapa de la situación y señalar objetivos. Pero, cuando el ingeniero pretende diseñar un cohete, se equivocaría si creyera que no está sometido a fuerzas. Del mismo modo, donde la escuela no tenga presente que la mayoría de los alumnos no tienen interés en aprender, pues no hay aprendizaje que no implique picar piedra, sino a lo sumo curiosidad, el cohete difícilmente despegará, por no hablar de que probablemente estalle. Y para pasar de la curiosidad al interés es necesaria la mediación de un maestro con la suficiente autoridad —o de un clima que, en su defecto, se la proporcione. Es cierto que la crisis de la escuela es un reflejo de la actual crisis de la figura paterna. Y que algunos de quienes se dedican a la enseñanza son también hijos de la época. Es cierto que el alumno, cada vez más, desconecta de clases en donde el profesor se limita a exponer las características de, por ejemplo, el romanticismo alemán. Pero al igual que sigue siendo cierto que una escuela depende de la calidad de sus maestros. El resto apenas importa, me atrevería a decir. Sin embargo, a veces uno tiene la impresión de que se trata de diseñar procesos de aprendizaje en donde cualquiera pueda ocupar el lugar del docente. Ahora bien, esto es como si, ante la falta de buenos jugadores, un entrenador de fútbol decidiera colocar el autobús en la zona defensiva. Y esto puede ser una salida para los equipos de segunda, pero no para los que aspiran a jugar la Champions.

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