el despojo de Dios

abril 16, 2022 § Deja un comentario

Jesús murió en la cruz como un apestado de Dios. La crucifixión transformaba el cuerpo de un hombre en un despojo. Nada que ver con la serena muerte del asceta. Deberíamos imaginar el rostro del crucificado como el de un enajenado, con los ojos fuera de las órbitas. Esto es, soportando el peso del mal. Y quien lo soporta no puede menos que repugnarnos. Como un saco de vísceras. Hay que tener mucho estómago para confesar que ese carne es la de Dios. O mucha humildad para aceptar su perdón. ¿Cómo pudo el que fue abandonado de Dios morir abandonándose a Dios? ¿Acaso esa fe no fue la de un muerto, la de quien ya no podía esperar nada del mundo? ¿No es cierto que, por eso mismo, su último aliento, el que nos da la fe, lo entregó regresando de la muerte, aun colgando, con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo? Es posible que la única pregunta que importe sea qué tienen que decirnos los muertos. O mejor, ese muerto. Aunque, obviamente, no nos lo parecerá donde seguimos tan satisfechos de nosotros mismos (y puede que también de nuestra fe).

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