apuntes de última hora: Hume 4

junio 2, 2026 § Deja un comentario

La crítica de Hume a la noción de sustancia sigue la misma pauta que la anterior. Así, comenzará explicitando qué es de lo que hablamos cuando hablamos de una cosa (pues la noción de sustancia equivale, grosso modo, a la idea de cosa o ente). Y aquello de lo que hablamos es de algo que posee o muestra ciertos rasgos, aquellos que, precisamente, percibimos a través de nuestros sentidos. De este modo, cuando decimos, por ejemplo, esto es azul y liso, el esto sería la sustancia, literalmente, aquello que subyace a ciertas cualidades, soportándolas, por así decirlo.

Pues bien, la pregunta sigue siendo la misma que la que nos hacíamos en relación con la idea de causa: ¿hay alguna impresión directa de ese esto? Y la respuesta, al igual que con respecto a la idea de una conexión causal, es que no. Vemos una forma, percibimos un color, una textura… pero en ningún caso captamos sensiblemente la sustancia que las soporta. En realidad, suponemos o damos por descontado que hay un algo por debajo, como quien dice, de los rasgos que le atribuimos. Pero no hay impresión de este algo-por-debajo. Por eso mismo, en modo alguno cabe ir más allá de la suposición, de la creencia con respecto a este asunto. Que hay un algo —un sustancia, un esto— es lo que espontáneamente damos por sentado. Sin embargo, lo que damos por sentado o supuesto no constituye, propiamente, un saber —una certeza—, sino una creencia, al fin y al cabo, algo así como una hipótesis de trabajo.

La pregunta es, sin embargo, cómo llegamos a la idea de sustancia… pues no estamos, como dijimos, ante una idea innata. Y la respuesta de Hume, como en general la del resto de los empiristas, es que se trata del resultado de una operación mental. Aquí conviene tener presente que, para Hume —y en general, para los empiristas— nada hay en la mente que no proceda de las impresiones. No obstante, debemos distinguir entre aquellas impresiones de primer grado —la sensación de calor, la percepción de un color…— de aquellas que son el resultado de una operación constructiva que nuestra mente lleva a cabo espontáneamente sobre la base de las impresiones iniciales —y que Hume denomina ideas de reflexión. Así, nuestra mente, a la hora de recoger impresiones de distinto orden, integra automáticamente las que se dan juntas y repetidamente. Esto es, las asocia imaginando que son de lo mismo. Es como si la mente fuera una máquina de hacer salchichas. Estas serían las ideas de refelxión o complejas, como las de causa o sustancia, y la carne picada, las impresiones. Dicho de otro modo, las ideas de causa o sustancia, como también la de un yo, serían constructos mentales, ideas que se derivan de las impresiones, pero que, como tales, no tienen una impresión que las anclen directamente en la experiencia. Y por eso mismo, no podemos justificarlas como verdaderas. Esto es, no podemos asegurar que haya causas o cosas. Como máximo, suponemos —creemos— que las hay. Las ideas de causa y sustancia son como ecos de las impresiones en nuestra mente.

Llegados a este punto conviene no confundir el mecanismo mental con las ideas innatas. Pues aunque sea cierto que dicho mecanismo viene de fábrica, como quien dice, en tanto que simple mecanismo o procedimiento no cabe plantear la cuestión de su verdad. Un mecanismo hace lo que hace. En este sentido, el proceder de la mente se limita a operar —a sacar salsichas de la carne picada—. En cambio, las ideas innatas del racionalismo son ideas verdaderas, aunque a priori. Y son verdaderas, según el racionalista, porque no hay mundo que no se ajuste a lo que dichas ideas exigen. Es decir, las ideas innatas incorporan un saber elemental acerca del mundo. Por ejemplo, con la idea de sustancia, la cual se halla inscrita en el enunciado que afirma, por ejemplo, esto es azul, sabemos que hay algo ahí fuera. Desde la óptica del racionalismo, podemos percibir cosas porque poseemos la idea de sustancia o de unidad. El animal no ve nada, precisamente, porque no se encuentra sujeto a las exigencias de la razón. El animal se limita a reaccionar a estímulos. Para el racionalismo, el mundo, sencillamente, es lo que se ajusta a la norma de la razón —lo que debe ser conforme a razón—. No habría mundo si, de entrada, no contáramos con la idea de unidad —o si no supiéramos a priori que todo es al fin y al cabo una y la misma cosa… aunque esto no sería, estrictamente, hablando una idea innata, sino un juicio sintético a priori, como veremos con Kant—. Así, lo que para el racionalismo sería un saber, para el empirismo no sería más que esa suposición que adquirimos gracias a las operaciones mentales que dan pie a las ideas de reflexión o complejas y que, por tratarse del resultado de operaciones de las que no somos conscientes —algo así como una digestiónde sensaciones—, fácilmente damos por ciertas… sin serlo.

Otro asunto es cómo llegamos a preguntarnos por la verdad de lo que, al fin y al cabo, no son más que constructos mentales; esto es, cómo es que el yo —esa ficción, dirá Hume— puede pretender, con las ideas que posee, dar en el clavo de lo real. El problema que aquí surge, en definitiva, es cómo dar cuenta del carácter intencional de la conciencia, por decirlo en técnico; del hecho de que, a través de las ideas complejas, el yo se dirija al mundo con la intención de decir las cosas tal y como son. Pero este es, como decíamos, otro asunto.

Para entender mejor la crítica de Hume a la idea de sustancia basta con imaginar que nuestra mente integrase las sensaciones de otro modo. Por ejemplo, que no fuera capaz de asociar sonidos a imágenes —o que, sencillamente, tan solo dispusiera de impresiones de un solo registro—. El mundo sería, sin duda, muy distinto… por no hablar de que no habría mundo donde solo contásemos con un tipo de sensación. Y digo sería y no nos parecería distinto… porque esto último presupone que hay una realidad en sí que cabe diferenciar de su aparición sensible —de su mostrarse a una sensibilidad—, y a la que podríamos acceder, según el racionalismo, a través de la razón. Como dijera Berkeley, esse est percipi. En este sentido, también podríamos imaginar que un ciego de nacimiento recuperase de repente la vista. En modo alguno, sería capaz de reconocer visualmente aquellos objetos con los que, a través del tacto y el oído, está familiarizado. Que esto sea así demuestra que la mente construye la idea de cosa, ente o sustancia integrando —asociando, dice Hume— sensaciones de diverso orden.

Si Hume está en lo cierto, entonces no hay mundo que no presuponga la integración —la asociación— que lleva a cabo nuestra mente de las sensaciones que nos proporcionan los diferentes sentidos. Pero esto equivale a decir que el mundo, tal y como se nos presenta, no deja de ser algo así como un mundo virtual. De ahí que Hume, en su escepticismo, no tenga necesidad de recurrir a la hipótesis del sueño para sospechar, cuando menos, de la convicción, propia del sentido común, de que cuando vemos y tocamos estamos en contacto con lo real.

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