la cruz y la esvástica
julio 15, 2026 § Deja un comentario
La cristiandad fue un fenómeno eminentemente político. Como lo fue el imperio romano. O el Tercer Reich. Me refiero, como es obvio, al ejercicio del poder. Así, es inevitable sentir que Hitler es el führer donde hay estatuas de él —y no solo efigies o retratos— por todas partes. El poder necesita un imaginario omnipresente para afirmarse como tal. Y, de paso, unos cuantos ajusticiados, para hacernos ver que la cosa va en serio. La crítica ilustrada a la superstición religiosa hubiese quedado en agua de borrajas, por no decir, bajo tierra si no hubiera estado acompañada de la guillotina de Robespierre —y la consecuente desamortización—. Quiero decir que a la hora de comprender la crisis del cristianismo quizá no estaría de más preguntarse si hubo alguna vez creyentes, santos al margen. Pues decir que antes se creía y ahora no constituye, probablemente, más que una simplificación, una afrenta al intelecto. La cristiandad nunca fue una suma de almas piadosas. Los críticos al Vaticano harían bien en tener en cuenta que es el último baluarte sociológico del cristianismo antes de que este se convierta en el resto de Israel o, lo que acaso sea aún más desconcertante, en una moda espiritualista. La recuperación de la fe no pasa por entenderla, precisamente, como una recuperación, sino quizá por preguntarse de nuevo qué significa confesar que no hay otro Dios que el crucificado. Como probablemente tampoco esté de más recordar que esta confesión fue, en sus inicios, el contrapoder más corrosivo del Imperio.
Deja un comentario