más Dogville
julio 14, 2026 § Deja un comentario
“La bondad es transformadora”, dice el inocente. ¿Es así? No. O no aún. Ciertamente, hubo criminales que abrazaron la segunda oportunidad que les ofreció un perdón inaudito. Sin embargo, el heraldo de Satán siempre rechazará la misericordia de sus víctimas: volverá a coger el cuchillo para degollarlas. El escorpión, tarde o temprano, inyectará su veneno en la rana. De ahí que el perdón de lo imperdonable no pueda presentarse como una solución política. Es decir, no es un ahora ya sabemos qué hacer para que reine la paz. La justicia que puede admitir el mundo solo es posible sobre la base de no perdonar lo imperdonable. Dogville representa el fracaso terrenal de la gracia —y, por eso mismo, la necesidad de lo político, al menos, durante el mientras tanto. Una gracia que pretenda ejercerse como programa saca lo peor de cada uno. Pues simul iustus et peccator.
De ahí que la bondad donde no cabe ninguna bondad solo pueda revelarse como acontecimiento escatológico —como un ya sí, pero todavía no. Y es que todo acontecimiento, a diferencia de los hechos, es vertical. Donde el cristianismo abandona, por mítico, el horizonte de la escatología —y por extensión, el de un combate de dimensiones cósmicas— no puede evitar su deriva hacia el gnosticismo o, lo que acaso sea peor, hacia los manuales de la resiliencia emocional —algo así como los libros de instrucciones de los recursos humanos del orden establecido—. Y lo abandona donde entiende que lo relativo a Dios tiene que ver con lo concebible y no con lo imposible, esto es, con lo que ningún mundo puede admitir como su posibilidad.
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