creencias blandas

julio 21, 2026 § Deja un comentario

Hoy en día, la creencia en el más allá se sostiene sobre el sentimiento. El cristiano cree en lo que cree porque siente una presencia, una conexión, un hallarse en manos de. En este sentido, el cristianismo moderno, sobre todo el de corte progresista, puede entenderse como el triunfo del protestantismo liberal. Pues fue Schleiermacher quien sostuvo que la fe arraiga en el sentimiento de una dependencia absoluta —aun cuando el término alemán, Gefühl apunta, más bien, a una conciencia inmediata del estado de dependencia, esto es, a una conciencia no cuestionada por la reflexión—. Así, según Schleiermacher, el de Nazaret nos redimió al transmitirnos por simpatía su intachable sintonía con Dios. La salvación sería, al fin y al cabo, el capítulo final de un proceso de maduración espiritual. De este modo, la proclamación del crucificado como Hijo de Dios no altera lo que espontáneamente entendemos como divino. Podemos seguir prescindiendo de Dios.

Es sabido que Karl Barth se opuso frontalmente a este tipo de fe en nombre de la alteridad insobornable de Dios. De hecho, vio en la teología de Schleiermacher “una herejía de proporciones gigantescas”. Esto es, un tomar el nombre de Dios en vano. La fe se decide en el Gólgota, en las simas donde se interrumpe, y verticalmente, la sensación de que Dios está con nosotros. Ciertamente, hay dependencia. La fe fue siempre una fe arrodillada. Pero no porque sintamos que dependemos de lo que nos supera —también hay quien siente firmemente que todo depende de la posición de los astros—, sino porque, en definitiva, ignoramos en carne viva si el verdugo tendrá o no la última palabra. La esperanza nunca se articuló como un saber. Ni siquiera esotérico. Basta con leer de nuevo el libro de Job para, cuando menos, intuir qué significa estar ante Dios. O los relatos de la Pasión.

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