in-corpore
marzo 13, 2025 § Deja un comentario
La teología no puede incorporarse como fe. Esto significa que el sentido de la fe no pertenece al creyente. Si Jesús muere como un abandonado de Dios que se abandona a Dios entonces no puede decirse a sí mismo que sin él Dios no es aún nadie. Ante Dios, sin Dios. Y quizá enfrentados a Dios… en nombre de Dios.
perspectivas
marzo 3, 2025 § Deja un comentario
Sub specie aeternitatis, un genocidio se muestra en el mismo plano que la sonrisa del hijo. Pero ¿es así? Para las víctimas de las masacres de la historia fue obvio que nunca estuvieron a la par. La experiencia del valor —la vida vale más que la muerte— en modo alguno admite la indiferencia del espectador imparcial. Sin embargo, la pregunta es desde qué situación —desde que posición— se decide lo verdadero. ¿Dónde hallar lo inalterable? ¿En el impulso de la madre o en la impasibilidad del dios? ¿Qué revela la perspectiva?
Por defecto, lo real. Sin embargo, lo real en sí mismo no es nada en concreto, sino absoluta posibilidad. Esto es, contradicción. Pues lo real en cuanto tal —es decir, un puro haber— es no siendo nada. Al margen de su hacerse presente como el haber de las cosas, el haber no es nada más que oscuridad y silencio impenetrables —y por eso mismo, insoportables, el motivo de la angustia más profunda. De ahí que el puro haber solo se haga presente como . lo que fue dejado atrás —como lo que tuvo que desaparecer— con el haber del mundo. Hay el haber del mundo. Y no hay otro haber. Pero si hay mundo es porque lo que hay —la constante gravitatoria de cuanto aparece— es que no hay el haber en cuanto tal. Este no permanece agazapado en el sí que lo supera —en la afirmación del mundo. Al menos, en tanto que este sí es el efecto de una doble negación: el no haber del puro haber es, precisamente, no siendo nada. Hay el todo porque el todo no lo es todo.
El mundo se encuentra sometido, por tanto, al poder de la nada —al poder de la contradicción. Pues poder es posibilidad. El mundo es, ciertamente, la concreción del haber —su manifestación—… pero al precio de caer en la contingencia, el tiempo, la perspectiva. Y es que todo es posible desde la contradicción. Como no ignora el lógico, de la contradicción se deriva cualquier cosa. Esto es, el todo. Pero, por eso mismo, la afirmación está infectada de negación. Y viceversa. En el amor de una madre también se halla presente la negación de ese amor, la pulsión de retener al hijo, de devolverlo a la matriz. La cuestión es en qué medida. Y con respecto a la medida no terminamos de acertar. Es decir, de saber.
Para el nihilismo no cabe salir de la perspectiva, salvo en dirección a la nada. Las operaciones de exterminio y el abrazo de una madre son las dos caras de una misma moneda. Esto es lo que hay. Pues lo que hay es que no hay nada —no hay más. En la existencia, nada hay por decidir —nada que esperar que no sea la eterna repetición.
Sin embargo, la respuesta creyente está lejos de ser una ingenuidad infantil. Pues, a diferencia del nihilista —ese primo hermano—, el creyente es consciente, aunque sea a través de la imaginación, de que en el seno de la nada de Dios habita, precisamente, la negación de sí. Esto es, el Sí. De ahí que, teniendo en cuenta la indecisión —la ambivalencia— de cuanto nos traemos entre manos, todo esté por decidir. Así, frente al sub specie aeternitatis, el sub iudice. Quien separa este sub iudice de la esperanza, tal y como se suele hacer en las canchas del cristianismo woke, ignora lo que está en juego con respecto a Dios.
Aunque, por ignorarlo, no pasa nada. Literalmente. Es decir, la nada no pasa.
¿hay alguien ahí?
febrero 27, 2025 § 1 comentario
Dios, ¿alguien o algo? Si lo segundo, entonces no es Dios, sino el arjé, la sustancia que sostiene cuanto es. Y para este viaje no hace falta la fe —ninguna confianza. Basta con un saber a qué atenerse. Aunque se trate de un saber para iniciados.
Ahora bien, si es alguien, entonces Dios no coincide consigo mismo. Dios, como cualquiera con conciencia de sí, estaría más allá de sus características. Así, de creer que Dios es bueno o todopoderoso, deberíamos admitir que, en sí mismo, difiere de su bondad o absoluto poder. Y difiere como el que no termina de ser lo que es. En definitiva, si Dios es alguien, entonces, como tal, niega lo que es. Y por eso puede haber identificación. Todo yo trasciende su rostro. Pero sin rostro el yo no es aún nadie. Al margen de sus rasgos, el yo es voluntad de presencia. Esto es, un fantasma que clama por incorporarse de nuevo al presente. Literalmente.
Sin embargo, esto es lo que dice el cristianismo. Ese lo que es Dios, cristianamente, no pueda separarse del cuerpo de un crucificado en su nombre. Esta es, al fin y al cabo, la clave de lectura de la confesión creyente, a saber, la que proclama que Dios es Jesús —y esta proclamación, si lo pensamos bien, no apunta tanto al que anduvo por Galilea como enviado de Dios como a Dios mismo. En tanto que sujeto, Dios quiere llegar alcanzar el presente —pues, en sí mismo, es este querer. Y no hay otro presente que el de los cuerpos. La audacia cristiana consiste en anunciar que Dios tiene cuerpo, el de aquel que fue crucificado en su nombre. Por decirlo en breve: Dios es su cuerpo —y sin ese cuerpo aún no es nadie. O Dios tiene cuerpo, o el haber de Dios anda rozando el de la nada. Dios no tiene otra presencia —otro presente— que el del cuerpo en el que se reconoce. Así, la bondad de Dios es la de quien perdonó a sus verdugos mientras agonizaba como un perro colgando de un madero. Su poder, el de su debilidad.
Quienes conciben el alguien de Dios al margen de su encarnación, acaso posean una fuerte sensibilidad religiosa. Pero esta difícilmente coincidirá con la declaración cristiana. O eso me atrevería a decir.
lo serio
febrero 20, 2025 § 1 comentario
Según Israel, nadie sobrevive que haya visto a Dios. Y Xirinacs añadió: tan solo el profeta resiste. Y aquí, estaríamos, aparentemente, ante una variante del tema del heroísmo, a saber, el de mantenerse en pie ante la irrupción de un poder inconmensurable. Aunque, en el caso del Dios de Israel, este poder no sea el de un incomparablemente más de lo mismo, sino el de un nadie aún, la posibilidad, en definitiva, de una completa aniquilación de cuanto es.
Quizá hoy en día estemos ya un tanto lejos de comprenderlo. Pues en un supermercado —nuestro contexto— nada hay que sea sin medida. Puede que sorprendente, pero en modo alguno inasumible. Ninguna novedad es capaz de provocarnos temor y temblor. Más bien, ilusión. Tampoco la experiencia de la gracia.
De ahí que el asunto de la fe solo esté al alcance de quienes se toman en serio la existencia. Y tomársela en serio supone que habrá un momento en que, debido a la desgracia de tantos, si no la propia, clavaremos nuestra mirada a unos cielos en los que no habrá ninguna estrella.
Y quizá, por eso mismo, la resistencia del profeta no sea equivalente al desafío del héroe de la Antigüedad. Al menos, porque desciende del Sinaí con las tablas de la Ley. Ante Dios —y enfrentados a Dios, a su silencio—, la fraternidad. Pues el único modo de sobrevivir a Dios es aceptando su voluntad.
peccata mundi
febrero 18, 2025 § Deja un comentario
El asunto del pecado no goza hoy de buena prensa. Ni teológica, ni pastoralmente parece que sepamos qué hacer. Nadie se siente pecador. Quizá imperfecto, pero no culpable… por el simple hecho de existir.
Sin embargo, es posible que, al haber dejado atrás la experiencia del pecado, hayamos adelgazado el kerigma cristiano, su carga de profundidad. Y no porque tengamos que retorcernos mórbidamente bajo la admonición del sacerdote que nos recuerda una y otra vez nuestra condición de pecadores —pues ese retorcerse tendría aún mucho de narcisista—, sino porque pecado significa vivir de espaldas a la voluntad de Dios. Y esto es lo que sucede cuando nuestra existencia gira en torno a nosotros mismos. Pues, bíblicamente hablando, pecado es sinónimo de injusticia. Y hay injusticia cuando pasamos de largo de quien tiene hambre y sed.
Basta con imaginar que fuéramos los padres de dos hijos, uno de los cuales vive en la opulencia, mientras que el otro, en la indigencia. Y que el primero apenas se inmutase por la situación del segundo. Me atrevería a decir que no hay vida cristiana mientras no hayamos aún incorporado lo insoportable de este escándalo. A lo sumo, la vida de los aficionados a las cosas del cristianismo.
Sin embargo, como se preguntó Pedro, tras la dimisión del joven rico, ¿quién podrá? Y no ignoramos cuál fue la respuesta.
el regreso del asunto Dios
febrero 15, 2025 § Deja un comentario
Últimamente, vuelve a situarse en primer plano el tema de Dios en relación con la ciencia. La tesis de las nuevas demostraciones es que la mejor explicación del orden que observamos en el universo es la existencia de una inteligencia creadora. En el fondo, se trata del viejo argumento del jardinero: si, de repente, topásemos con un jardín, mientras deambulamos por un bosque lleno de maleza… es inevitable pensar que ese jardín no puede ser casual. Podemos estar de acuerdo.
Sin embargo, lo que me llama la atención es que, en este debate, nadie se pregunte si habríamos demostrado la existencia de Dios de dar por bueno el argumento del jardinero. Pues lo cierto es que, en ese caso, tan solo habríamos probado la existencia de un ente superior… y Dios, en sí mismo, carece de entidad. La realidad de Dios, por poco que entendamos los textos bíblicos, no es la del ente. No puede serlo, tratándose, en verdad, de Dios. O por decirlo en clave filosófica, el fundamento de cuanto es no pertenece a la totalidad de cuanto es.
De hecho, el cristianismo, de mantenerse fiel a la revelación, no puede admitir que Dios sea alguien al margen de su encarnación. La dogmática cristológica no viene a decirnos otra cosa: Dios en sí mismo —a saber, el Padre— no es aún nadie sin el Hijo (y viceversa). Cristianamente, Dios no tiene otro quién que el de aquel que fue crucificado en su nombre. No hay otra presencia de Dios —otro presente— que el de su cuerpo —y, en su defecto, el de su espíritu, esa promesa. Un Dios que existe por su cuenta y riesgo a la manera de un ente supremo no hace buenas migas con la confesión creyente. Desde la óptica que concibe la realidad de Dios en los términos de la existencia de un ente supremo, la encarnación no puede entenderse más que como un haber adoptado el aspecto de un hombre. Ahora bien, esto es, precisamente, lo que fue ferozmente rechazado por la Iglesia de los primeros siglos. Y no por intolerancia.
Neptuno
febrero 12, 2025 § Deja un comentario
La espiritualidad apunta por definición a lo profundo de la existencia. Hay, por tanto, dos planos: el de la superficie y el abisal. En la superficie todo es inercia, mapa mental, reacción, sombras. Esclavitud. El trayecto hacia la profundidad —toda elevación— comienza con un desmentido, una objeción a la totalidad, en definitiva, con una caída del caballo.
La cuestión es qué hallamos en lo profundo. Muchos, hoy en día, creen que algo así como una energía nutricia o incluso un océano. Pero de ser así se trataría de un saber —de una gnosis—, aunque hipotético. En cambio, los tiros de la tradición cristiana apuntan en otra dirección. Pues lo más profundo no es la afirmación sorprendente, la iluminación, sino la interrogación, aquella que nos mantiene en suspenso y aguardando: qué vida pueden esperar quienes no pudieron seguir con vida debido a nuestra impiedad. En el primer caso, la respuesta pasa por un aprendizaje. En el segundo, por un clamar en el desierto. En el primero, la solución es la sustancia. En el segundo, lo imposible. No da la impresión de que se trate de lo mismo.
extremos
febrero 11, 2025 § Deja un comentario
Una situación extrema es una situación final, esto es, aquella en la que se decide el sí o el no de nuestra entera existencia. Es decir, sin ambigüedad. Pues, en principio, todo cuanto nos traemos cotidianamente entre manos es mezcla —y no terminamos de saber cuál es la debida proporción. Por ejemplo, no hay amor sin celos. Quien pretenda un amor en el que no haya rastro de posesión lo que no obtendrá será, precisamente, amor. Y por eso mismo —porque todo es mezcla— nunca terminamos de saber hasta qué punto el amor es en verdad amor. O mejor dicho, hasta qué punto pesa más el amor que su contrario. Estrictamente, eso está por ver. De ahí lo que decíamos sobre las situaciones extremas o finales.
Sin embargo, ¿acaso no sería preferible que la ambigüedad no se resolviese? Y no solo porque las situaciones finales sean, de hecho, insufribles, sino porque el amor, de resolverse como solo amor, dejaría de hacerse presente como tal. Nada es que no incorpore unas dosis de su contrario.
Ahora bien, esta objeción únicamente puede plantearse sobre el papel. Pues presupone que la resolución se limitaría a constatar la sustitución de un amor impuro por uno sin tara. Pero nadie dijo que el sí o el no se nos impusiera de este modo. Más bien lo que sucede es que el amor se sobrepone a aquello que lo niega. Es decir, que se sale con la suya —que gana o vence. Propiamente, estaríamos ante una superación de la ambigüedad… en el sentido hegeliano de la expresión, a saber, aquella que conserva en su seno lo superado. Por eso, tampoco cabe comprender el momento decisivo o final al margen de la historia que hay detrás.
¿experiencia de Dios?
febrero 10, 2025 § 1 comentario
Según la proclamación cristiana, el crucificado es el modo de ser de Dios, no un caso particular de la esencia divina. Y no porque Dios se disfrazase de galileo, sino —y por decirlo en clave trinitaria— porque el Padre aún no es nadie sin el Hijo. No da la impresión, por tanto, que sea posible una experiencia en bruto de Dios que no sea la de un vacío terminal. Cristianamente, esta sería inseparable de haber topado con la de quien soporta sobre sus espaldas el peso de la nada de Dios. O por decirlo de otro modo, la experiencia cristiana de Dios pasa por el seguimiento de quien la tuvo por nosotros antes que nosotros. Y un seguimiento que ya sabemos en qué cima termina.
sobre la creencia y su verdad
febrero 4, 2025 § Deja un comentario
No hay camino de vuelta, una vez alcanzamos la boca de la caverna. Instalados en el mapa mental, preferimos no hacernos demasiadas preguntas. Así, dice el creyente, por ejemplo, que los hijos le han sido dados por Dios. Y aquí se imagina a Dios como un padre espectral. Esta imagen concentra, a su modo, una verdad. Pues es verdad que los hijos nos han sido dados desde el horizonte de la nada. O si se prefiere, del misterio que abraza cuanto es. Ahora bien, la concentra para que podamos vivir conforme a ella. Como los niños, que se sienten seguros en su mundo virtual. Y es que no es fácil seguir con vida habiendo visto a Dios cara a cara, esto es, tras haber incorporado la verdad más desnuda, aquella que se revela en los Gólgotas de la historia. De la creencia a la fe: este es el trayecto. El resto es inercia, casillas, el juego de la Oca. Aun cuando sea una inercia de misa diaria.
las contradicciones de la creencia
enero 29, 2025 § Deja un comentario
Esto de la creencia religiosa es, si se piensa bien, algo ciertamente extraño. Así, por ejemplo, se cree que Dios ofreció a los hombres la ley para que vivieran conforme a bien y no se dejaran tentar por el mal. Sin embargo, el creyente rechazaría la idea de que no hay diferencia entre este Dios y un extraterrestre que, siendo netamente superior, se hubiera entretenido creándonos a la manera de un experimento de laboratorio.
Ahora bien, al rechazarla, nos da a entender que aquello a lo que apunta su creencia no es a Dios en cuanto ente superior, sino a la figura de Dios, la cual no admite, precisamente, la entidad de lo particular. Por consiguiente, lo decisivo de la creencia sería el concepto —la omnipotencia, la misericordia sin resquicio, la omnisciencia…—, el cual Dios, en este sentido, se ubicaría más allá del todo, en un pasado anterior a los tiempos. Y se ubicaría como nadie —o mejor dicho, como nadie aún.
El problema surge cuando la piedad imagina un Dios cercano y que, por eso mismo, se interesa por nuestra suerte… como el biólogo cuida de sus ratas. Es verdad que la piedad apunta a un alguien… de naturaleza espectral. Pues nadie que invoca a Dios podría aceptar que se le apareciese como pudiera presentarse el dios del trueno. En cualquier caso, como un fulgor… capaz de responder a su invocación. Pero esta posibilidad es compatible con la aparición de un extraterrestre, esto es, de un ente de otro orden. Pues cuanto es netamente superior no admite medida humana.
Consecuentemente, lo significativo de la creencia no dependería de la existencia de Dios. Al contrario: dependería de que Dios siga siendo, precisamente, idea. Esto es, dependería de que los atributos de Dios no fuesen de alguien, sino que valieran por sí mismos, como quien dice. Sin embargo, en este caso, resultaría inevitable, cuando menos, sospechar que la creencia no tiene otro propósito que el de permanecer en la sensación de dependencia que el niño experimenta en relación con su padre… una vez este muestra tener los pies de barro. Estaríamos ante una estricta transferencia… de manera semejante a cómo el amante transfiere, espontánea y simbólicamente, el vínculo con su madre a la mujer que abraza.
¿Es posible que todavía estemos un tanto lejos de asumir que el quién de Dios es el de aquel que colgó de una cruz como un maldito de Dios? ¿Es posible que la piedad medieval, tan cristocéntrica, fuese más cristiana, ambivalencias al margen, que la que cree haberse actualizado por dirigirse a los océanos o, en su defecto, al resplandor?
raíces
enero 28, 2025 § Deja un comentario
Diría que no cabe pensar la divinidad al margen del asunto del poder. Pues un dios es, en principio, una fuerza que nos puede y que no es posible dominar. De ahí que, de entrada, siendo frágiles como fuimos, todo estuviera poblado de dioses —o, aún más originariamente, de alma, incluso las piedras. Esta fue una visión espontánea, en modo alguno una creencia. Nadie se atrevió a ponerlo en duda. Al igual que nadie cuestiona sensatamente que las cosas estén ahí. Es lo que se da por sentado, una obviedad.
Ahora bien, lo cierto es que había poderes que nos beneficiaban y otros que se presentaban como maléficos. Y quizá por eso mismo, un dios, a pesar de su invisibilidad, estuvo inicialmente cerca, hasta el punto de rozar nuestra piel. Que hubiera una divinidad suprema y que esta se situara a una debida distancia probablemente fuera el correlato de la jerarquía política que se impuso con el surgimiento de la ciudad. Un rey no se mezcla. Tampoco digo que la trascendencia del dios fuera consecuencia de la transformación política. Una vez fuimos capaces de hacer fuego, los dioses comenzaron a retroceder. Pero que la nobleza poseyera los rasgos de un dios —mejores alimentos, más belleza— también resultó evidente. De manera natural, el noble devino sagrado, esto es, intocable: la pureza no hay que mancharla con manos campesinas.
De ahí que la operación cristiana —aquella que señala como único Dios a quién muere como un animal infecto— tuviera fuertes implicaciones políticas. El triunfo de la cristiandad, ciertamente, las desactivó: los mismos perros con distintos collares. Sin embargo, sigue siendo cierto que un Dios hecho carne en modo alguno puede experimentarse —y ya no solo concebirse— como un dios al uso. El efecto espiritual de la experiencia cristiana de Dios es, no obstante, doble. Por un lado, el ateísmo. Por otro, el permanecer a la espera de un imposible final de los tiempos. Aun cuando sea —o deba ser— con el mazo dando. No es lo mismo. Aun cuando ambos efectos puedan entenderse como las dos caras de una misma moneda.
memoria y espiritualidad
enero 26, 2025 § Deja un comentario
La profundidad comienza con un tener presente lo que, en el día a día, debe olvidarse… aun cuando este olvido esté encubierto por la obviedad. Memento mori, dijeron los clásicos. Y aquí la trascendencia, inevitable a causa de nuestra finitud, carece de rostro: una ignotum X escrita en rojo. Israel, en cambio, se decantó por la shemá.
¿Qué hay que recordar, sin embargo, según Jerusalén —o, en cristiano, desde el Gólgota? Pues que hubo redención —liberación— donde no podía haber ninguna redención. Conviene recordarlo, precisamente, porque el mundo pasó de largo. Y con bota firme. Las cámaras de gas siguen funcionando a pleno rendimiento. La profundidad de Israel —su esperanza— siempre fue contrafáctica.
¿Una ilusión? Ciertamente, si no fuera porque hubo lo que hubo. De ahí que, para el creyente, lo contrario a la ilusión no sea la desilusión —el realismo—, sino la posibilidad de lo imposible. Y esto es lo que, en definitiva, significa hallarse ante Dios. Aunque sea sin Dios mediante. O por eso mismo.
positivismo cristiano
enero 24, 2025 § Deja un comentario
La resurrección de los muertos, como el contenido de la esperanza cristiana, no puede consistir simplemente en un modo de hablar de una experiencia interior. Apunta a un hecho que, aun cuando imposible, no deja de ser un hecho. Es verdad que la palabra sería acontecimiento, en tanto que interrumpe la continuidad del tiempo histórico. Pero, en cualquier caso, se trata de ver y escuchar. El cristianismo se desvirtúa donde olvida el positivismo apocalítpico que le dio su nervio inicial. Y aquí no basta con repetir las fórmulas del credo.
No obstante, para comprender el alcance de lo anterior deberíamos tener presente que la fe no está al alcance de cualquiera. Pues esta es un privilegio. Ahora bien, no de los privilegiados —para estos, a lo sumo la comprensión de la fe—, sino de aquellos que, habiendo sido despojados de todo privilegio, esperan en nombre de lo que el mundo les niega. Y rotundamente. Para ellos, no hay otro futuro que el de la imposible posibilidad de Dios. Al fin y al cabo, la fe siempre fue un asunto corporal.
mapa mental
enero 23, 2025 § Deja un comentario
Un mapa mental es un puzzle… ya terminado. Todas piezas encajan. Aun cuando un mapa mental incluya, por lo común, justificaciones, estás son, más bien, racionalizaciones, esto es, prejuicios que se presentan como conclusiones. SI hay mapa mental es porque no ha habido la suficiente reflexión. Pues la reflexión, en tanto que su resultado es la paradoja, hace trizas los puzzles. Solo sé que no se nada, que decía Sócrates. Y no fue una boutade
Así, pongamos por caso, el mapa mental religioso coloca a Dios en el centro a la manera de una piedra angular. Sin embargo, por poco que pensemos en aquello a lo que nos referimos cuando hablamos de Dios, tarde o temprano, caeremos en la cuenta de que Dios en sí mismo es no siendo nada. Y que por eso mismo solo puede hacerse presente en su negación de sí hacia lo otro de sí.
Ahora bien, esto es irrepresentable. Tan solo puede ser pensado. O sufrido, colgando de una cruz. De ahí que trascienda cualquier mapa o representación que abarque la totalidad. Pues el todo queda en suspenso. La cuestión es y ahora qué hacemos. Es decir, a qué obediencia nos obliga la revelación. Más aún: qué cabe esperar… que no sea, precisamente, lo imposible.
lo otro de Dios
enero 22, 2025 § Deja un comentario
Si Dios, desde nuestro lado, es la alteridad avant la lettre —lo absolutamente otro o extraño—, el hombre es la alteridad de Dios, esto es, lo otro de Dios y, por eso mismo, su negación. Ahora bien, nada puede haber fuera del Dios —nada más allá del puro haber de Dios. De ahí que la negación de Dios —su alteridad u otro de sí— deba comprenderse como la negación de sí de Dios, en el doble sentido del genitivo. Lo finito es, por consiguiente, el resultado de una doble negación: lo no-no finito (in-finito). Esto es, al fin y al cabo, Hegel.
Ahora bien, por eso mismo, la historia será la historia del Espíritu Absoluto, esto es, la historia de la reconciliación de Dios con lo otro de sí mismo, en definitiva, consigo mismo. Y habrá reconciliación cuando Dios logre identificarse con el que tuvo que negarlo desde el principio. Pues mientras no haya reconciliación y como resultado de su acto creador, Dios aún no es nadie. Sin embargo, eso solo será posible cuando el nuevo Adán vuelva su rostro hacia Dios, es decir, cuando deje de negarlo o darle la espalda. Traducción: cuando el abandonado de Dios —y abandonado por su negación de Dios— se abandone a Dios. Solo así Dios —el Espíritu Absoluto— llega al presente, esto es, a hacerse presente. El Espíritu es un hueso.
Es posible que únicamente Hegel comprendiera la verdad del cristianismo. Incluso en mayor medida que Nietzsche. Otro asunto es qué Ley —qué deber ser, qué obediencia— se desprende de dicha verdad. Y aquí Hegel, diría, se separa de Israel.
caer en la cuenta
enero 21, 2025 § Deja un comentario
Diría que no acabamos de, cuando menos, comprender el alcance de la confesión cristiana —la que proclama la humanidad de Dios—, mientras no tengamos presente que los humanos mean y defecan, además de oler mal. ¿Dios buscando unos matorrales porque el vientre aprieta? ¿O apestando a sudor? Que Dios huela a podrido, ¿no es demasiado humillante para un dios? Evidentemente, el crucificado no fue proclamado Hijo de Dios porque mease —y, probablemente, sobre sí mismo durante su ejecución. Pues afirmar que Dios no es más que hombre equivaldría a negar que haya Dios. Sin embargo, una cosa no quita la otra.
Ahora bien, que Dios se hiciera carne tampoco implica que haya en nosotros algo así como un resto de naturaleza divina que tuviera que ser rescatada por un dios. Pues la encarnación , en tanto que esta no consiste simplemente en adoptar nuestro aspecto, impide que podamos seguir refiriéndonos a la naturaleza divina con independencia del cuerpo del abandonado de Dios que se abandonó a Dios. Y, ciertamente, un Dios que depende del hombre que depende de Dios —por decirlo sucintamente— no es un Dios que viva en las alturas por su cuenta y riesgo a la espera del ascenso espiritual del hombre. En el Gólgota, sencillamente, estuvo en juego el ser o no ser de Dios. En definitiva, su haber.
cristianismo como meta-religión
enero 19, 2025 § Deja un comentario
El cristianismo no es una religión entre otras porque la Encarnación supone la quiebra de lo que espontáneamente se experimenta como divino. Es decir, cuando el cristianismo proclama al crucificado como Hijo de Dios, lo que esta en juego no es simplemente quién fue Jesús de Nazaret, sino, sobre todo, quién es Dios. La confesión cristiana responde, y de manera ciertamente chocante, a la pregunta sobre aquello de lo que hablamos cuando hablamos de Dios. Pues la dogmática cristológica, en el fondo, no dice otra cosa que esta: Dios no tiene otro quién que el de un abandonado de Dios que se abandonó a Dios. Y esto equivale a decir que, sin ese quién, en sí mismo —trinitariamente, el Padre— Dios no es aún nadie. Sencillamente, el galileo es el modo de ser de Dios, su esencia. Escandaloso, sí. Nada que ver, por tanto, con un ente superior —o si se prefiere supremo— que vaya por su cuenta y riesgo manejando los hilos de la historia desde la dimensión desconocida.
Ahora bien, la referencia a Dios es indisociable de la cuestión acerca del poder de Dios. Y con respecto a este asunto, el cristianismo afirma que eso está, precisamente, por ver. El cristiano permanece a la espera de que el poder de Dios se manifieste como un poder capaz de resucitar a los muertos. Hablamos, sin duda, de un imposible. Sin embargo, el creyente aún está lejos de comprender en qué consiste su fe si concibe el poder de Dios como aquel que se ejerce desde arriba y, por eso mismo, en el interior de la totalidad.
reinos
enero 14, 2025 § Deja un comentario
El Reino de Dios no es un mundo en el que la bondad surge espontánea o naturalmente. Pues en ese caso, el Reino sería un mundo de autómatas morales. Quien es bueno por naturaleza —aquel que fuese incapaz de hacer daño— no es moralmente bueno. En el Reino, Satán sigue vivo, pero bajo las botas del arcángel. Por tanto, la creencia en el Reino —en su imposible posibilidad— es indisociable de aquella cosmovisión en las que potencias del Bien combaten a las del Mal. Nada que ver, por tanto, con un ideal al que pudiéramos aproximarnos de hacer las cosas bien. Es decir, nada que ver con la higiene. Como si solo fuera cuestión de ir desprendiéndonos progresivamente de las costras que cubren nuestra piel.
los límites de la analogia entis
enero 13, 2025 § Deja un comentario
El presupuesto de la analogía es que Dios posee atributos. No obstante, aquí la atribución es siempre paradójica. Y por eso mismo, se quebrará la analogía: misericordioso… al abandonarnos. ¿Por qué? Porque el abandono es el envés de la renuncia de sí en favor de Adán, de lo otro de sí… —y porque es otro tendrá que negarlo: la expulsión del Edén es el envés de la imagen y semejanza. Sin embargo, se trata de un otro de sí que no es anterior al acto creador. El acto creador es el mayor poder. Ahora bien, Dios es omnipotente… en la kenosis. El autovaciamiento de Dios puede con el todo… al mantener el mundo, precisamente, sobre el vacío. Esto es, (de)pendiente.
redimir
enero 12, 2025 § Deja un comentario
Para hacerse una idea del alcance de la redención —de hacia dónde apunta— basta con ponerse en la piel de un genocida arrepentido. ¿Quién me salvará de esta culpa imborrable —cómo podré comenzar de nuevo? ¿Es posible que mis víctimas lleguen a perdonarme si no regresan con vida de la muerte?
El nihilismo posee la respuesta más razonable. Sin embargo, lo razonable siempre estuvo constreñido por las coordenadas de una cosmovisión. Pues dichas coordenadas —esos pre-juicios— establecen el campo de lo posible. Al fin y al cabo, digamos lo que digamos, seguimos anclados en lo que nos parece. De ahí que no quepa trascender las apariencias donde la razón no se ejerce contra lo razonable. Ahora bien y por eso mismo, el resultado de este ejercicio acabará constatando que no hay otra realidad que la imposible. El mito logra su nemesis en el despliegue radical de la razón.
primero: megacasting 2
enero 9, 2025 § Deja un comentario
Kant dice —más o menos—: debo respetar al otro… porque, en definitiva, no puedo hacer otra cosa. Y es que, literalmente, deber hacer equivale a no poder no hacer. Es decir, moralmente hablando, no debo servirme del otro para satisfacer mi interés particular. Nunca utilizamos a quien respetamos. Ahora bien, si no puedo hacer otra cosa que respetarlo es porque el otro como tal —su yo— es inalcanzable, y por eso mismo, un inútil. Siempre utilizaremos, de utilizarlo, su cuerpo —siempre negociaremos con su aspecto—, en modo alguno el yo que hay detrás. De hecho, ese yo no podemos verlo, solo reconocerlo a través de la reflexión o el pensar. Sin embargo, porque el yo siempre va con su cuerpo —porque no es nadie al margen del cuerpo con el que se identifica—, el respeto al otro implica respetar su cuerpo.
De ahí que el mandato que nos obliga a respetar al otro —a hacer lo debido por hacer lo debido, esto es, por respeto— sea, en definitiva, racional. Es decir, en el debo respetar al otro no solo hay las emociones, entre el temor y la admiración, que inevitablemente acompañan al respeto. No obstante, sí que, y con independencia de la razón, podemos, cuando menos, intuir el carácter inalcanzable del yo que se sitúa ante nosotros… si nos alcanza su mirada, esto es, si nos mira desde lo más profundo de sí —desde el más allá de sí mismo.
Kobalsky, sin embargo, plantea la siguiente objeción: de acuerdo. Ahora bien, también podríamos tener esta misma sensación ante la mirada de un chimpancé… y no diríamos que debamos respetar al chimpancé como sí debemos hacerlo con nuestro semejante.
Pregunta: ¿que podríamos decirle a Kobalsky?
qué es, qué debería ser
enero 6, 2025 § Deja un comentario
¿En qué consiste la fe, la esperanza cristiana, el creer auténtico? Esta es una pregunta griega —y, por eso mismo, aún en parte nuestra. Y con ello pretendo decir que fácilmente se responderá, como cualquier interrogación sobre el de qué se trata, en los términos de lo paradigmático o ejemplar. ¿Qué es, pongamos por caso, una madre o la justicia? Lo que debe ser una madre. O la justicia. De estas lluvias, los lodos de la escisión entre el mundo ideal y el que nos ha tocado en suerte.
Ahora bien, el problema es que las respuestas a las preguntas sobre la consistencia o naturaleza de lo que nos traemos entre manos siempre será formal. Esto es, sin entidad. ¿La justicia? Darle a cada uno lo que se merece. Obviamente. Pero lo que se merezca cada uno queda, nunca mejor dicho, en el aire. Pues no puede deducirse de la mera definición de lo justo. De hecho, en el día a día todo es mezcla. En el amor de una madre hay espíritu de sacrificio. Pero también amor al vínculo con el hijo. No es lo mismo. En cuanto posee entidad, no hay luz sin sombras.
Algo parecido podríamos decir de la esperanza creyente. La esperanza pura es de otro mundo. O en judío, del final del mundo. Hablamos de la ciega confianza de un crucificado. Y digo ciega, no porque su esperanza fuese talibán, sino porque en el Gólgota, y con respecto a Dios, no hubo nada que ver —ni escuchar. Durante el tiempo diario, únicamente una esperanza mezclada… con los motivos de la religión. Y es que resulta inevitable que el desesperado aguarde la intervención ex machina de Dios.
Sin embargo, lo dicho hasta ahora también podríamos aplicarlo a la palabra Dios. ¿Qué es —de qué se trata? Aquí toda respuesta será, como decíamos, formal. De ahí que el cristianismo responda a la aristotélica: la única consistencia de Dios es la de su cuerpo. Por eso, la pregunta del cristianismo no será, cristiandad al margen, qué es Dios, sino quién. La pureza divina solo posee entidad donde asume lo impuro, en definitiva, lo que no termina de ser lo que debiera. Dios es inmortal porque abrazó la mortalidad.
Y aquí se produce un giro interesante. Porque, tras la revelación, caemos en la cuenta de que lo que debe ser es que lo que debe ser no pueda ser como tal. Y ello, precisamente, para que pueda darse o hacerse presente.
En realidad, todo lo que debiera decirse ya fue dicho.
patetismo creyente
enero 5, 2025 § 1 comentario
Si estamos en manos de Dios, entonces el punto de partida de la experiencia religiosa es el sobrecogimiento. Literalmente: un ser arrebatados por. ¿El problema? Que de lo insobornablemente patético, también en su sentido más literal, no puede derivarse ninguna afirmación. Ni siquiera aquella que sostiene que el arrebato es la experiencia más elemental de lo divino. De hecho, los microbios también se sentirían arrebatados si pudieran intuir, cuando menos, nuestra presencia.
Cualquier afirmación supone un haberse ya desplazado al espacio de la interpretación… con lo que el puro presente del rapto es tematizado como pasado. Y nos desplazamos a dicho espacio en el instante en que nos preguntamos de qué se trata. La única respuesta que no atraviesa completamente el umbral es el heme aquí bíblico. Esto es, y ahora qué debo hacer. Ciertamente, no escucharemos nada en medio de lo arrebatador. Pero desde su ensordecedor silencio, el mundo se nos revelará como descentrado —y por tanto como un mundo a reparar en vez de dominar.
Resulta inevitable que, como seres conscientes, lo que tiene lugar —el acontecimiento— se transforme en lo que pasa… a menos que el acontecimiento permanezca —y permanezca de manera subyacente, esto es, determinante— como trauma. Y el trauma, cristianamente hablando, es la fe de un crucificado en nombre de Dios, en definitiva, en su lugar. Así, lo traumático o sobrecogedor, en tanto que continúa presente en lo más recóndito, es el índice de que la voluntad de dominio que nos caracteriza —el propósito de suplantar a Dios— no es lo dominante. Es decir, que no define nuestro carácter… y, por eso mismo, no decide nuestro destino. La irrupción de lo arrebatador no está sometida a ningún a priori.
De ahí que lo inesperado sea, religiosamente hablando, la raíz de la esperanza creyente, a saber, que haya un nuevo comienzo… en el que nada volverá a ser igual. Sin embargo, el creyente ignora en qué podrá consistir la novedad de la recreación. A lo sumo, confía en que sea algo bueno. No hay certeza epistemológica al respecto. Es lo que tiene el en manos de.
cómo la fe cristiana se transforma en fantasía
enero 4, 2025 § 2 comentarios
1— De entrada, una historia algo más que sorprendente —o bastante más que sorprendente: imposible. Casi un milagro, si no fuera porque sus escenas son humanas, demasiado humanas. Por ejemplo: una mujer que es capaz de cuidar del fruto de una violación como don de Dios. El gesto roza, ciertamente, lo delirante.
2— Después viene la imagen o la fórmula que pretende sintetizar el relato. Así, por continuar con nuestro ejemplo, el cristianismo concibe la figura de una madre inmaculada, esto es, sin haber conocido varón, una figura que, por cierto, rescata de la tradición bíblica. ¿Imposible? Pues claro. Al igual que el hecho de que llegase a amar al hijo que engendró de quién no tuvo piedad. Se trata de un gesto que, al cancelar el interminable ciclo de la violencia, nos sitúa ante un nuevo comienzo. Inmaculada, esto es: el mal no alcanzó lo más íntimo de ella.
3— Finalmente, los cristianos olvidan la historia de que hay detrás del símbolo… tomándolo como si fuera la representación de un hecho. De este modo, habrá vírgenes como hay árboles. O fantasmas. Con ello, el cristianismo confunde lo sobrenatural, por sobrehumano, con lo paranormal, alejándose, consecuentemente, del acontecimiento de la encarnación. De hecho, quizá no sea casual que muchos cristianos sigan dirigiéndose a Dios como si este no tuviera cuerpo. Aunque probablemente este fuera el precio que tuvo que pagar el cristianismo por su éxito histórico.
parroquias
enero 3, 2025 § 1 comentario
El riesgo de una pastoral centrada en alimentar a los parroquianos con espejismos, esto es, ahorrándoles la verdad —y con ello no quiero decir que los pastores deban presentarla de buen comienzo, pues incluso la verdad tiene su momento— es que, al final, el cristianismo quede reducido a una religión para niños. Hoy por hoy, quienes buscan la verdad y no solo ejercitarse en los buenos sentimientos, tarde o temprano, dejan de ir a misa. Normal, si nadie dentro de las canchas cristianas ha sido capaz de mostrarles qué de verdadero hay tras las fórmulas del credo. Y quien dice verdad, dice historias verdaderas, las cuales nada tienen que ver con lo paranormal. A muchos pastores —aunque no solo: también a muchos escribas— les iría bien leer de vez en cuando las palabras de Ap 3, 16.
microbios
enero 2, 2025 § Deja un comentario
Supongamos que fuéramos unos de los tipos de microbios que habitan en nuestro intestino… y que pudiéramos desplazarnos más allá. ¿Acaso no veríamos otros mundos —paisajes desconocidos, incluso inhóspitos, por no decir absolutamente incomprensibles: el corazón, los pulmones, las vértebras, la masa cerebral…? Sin embargo, lo que no veríamos —ni podríamos ver— es que todos esos mundos forman parte de un todo consciente. Imaginemos ahora que uno de esos microbios llegase a comprender que los diferentes mundos componen un organismo. ¿Es que no se le presentaría como un diseño inteligente? Más aún: ¿podría eludir el postulado de una inteligencia creadora?
Sin embargo, ese todo consciente de sí no se crea a sí mismo. A lo sumo, interviene sobre sí: alimentado a los microbios beneficiosos a base de probióticos y eliminando a la Helicobacter Pylori. Ciertamente, a esos microbios les parecería que existen bajo el poder de un dios. Pero se equivocarían. Su error sería un error de perspectiva. Aun cuando espontáneamente no pudieran evitarlo. Pues el haber de Dios en verdad se sitúa más allá del todo.
Ahora bien, más allá del todo —y por el que el todo es eternamente el aún no-todo— no hay nada. Esto es, un puro haber sin nada, en definitiva, la negación de la nada. Este es el último misterio. Por no decir, lo absoluto como misterio o el misterio de lo absoluto. Llegados a este punto, resulta obvio que ya no cabe hablar de una cosa misteriosa. De ahí que ante Dios nos encontremos siempre sin Dios. Y de ahí también que obedecer al mandato que se desprende de este ante Dios, sin Dios suponga un enfrentarse a Dios en nombre de Dios. Y ello para que Dios sea. Esto es, adquiera un presente —una presencia—, al fin y al cabo, un cuerpo.
dar fe y tener fe
enero 1, 2025 § Deja un comentario
A menudo me preguntan cómo tener fe en tiempos en los que Dios ya no se da por descontado. Y lo que suelo contestar es que la fe siempre se afirma en donde Dios no puede darse por descontado. Como sucedió en el Gólgota. En realidad y como escribiera Bonhoeffer, ante Dios siempre nos encontramos sin Dios.
Ciertamente, la mayoría de creyentes no se hallan en la situación del crucificado. De ahí que la fe común sea indisociable de un dar fe: he visto…. Por otro lado, la fe va con su momento, aquel en el que se nos exigirá, precisamente, dar el paso. La fe, como acto de confianza, no se tiene. En cualquier caso, se tiene la creencia. Pero en la creencia acaso pese más nuestro lado que el de Dios.
nihilismo y cristianismo
diciembre 29, 2024 § Deja un comentario
Nihilismo significa ninguna esperanza. Por supuesto, ninguna para los vencidos. Pero tampoco para quienes se alzaron con la victoria. Pues esta no es más que una tregua, un impasse. Al final, todos morderemos el polvo. Mientras tanto, la distracción. Si cupiese. ¿La solución? Morir como el Ricardo III de Shakespeare: soltando una gran carcajada. O al menos, una risa tonta.
No obstante, ¿qué cabría esperar? ¿Un paraíso? Quizá. Pero es como apuntar a un espejismo. También que haya alguien —y alguien bueno— en medio de la más completa oscuridad y silencio. Para el nihilista, no habrá nadie ahí. Y si lo hubiese, no estaría para salvarte. Prevalece la lucha. De hecho, los contratos civilizados reflejan un combate que terminó en tablas. Nada más allá de la voluntad de dominio. Esto, como sabemos, es Nietzsche.
¿Qué presenta el cristianismo como alternativa? Un horizonte imposible —la resurrección de los muertos, un Juicio Final. ¿Opio? Probablemente, si la expectativa creyente solo se basa en la necesidad psicológica de que la película termine bien. Otro asunto es que el punto de partida de dicha esperanza sea el acontecimiento de un gesto de bondad en medio del infierno, esto es, donde no cabía ninguna bondad. Pero en ese caso, la esperanza no podrá entenderse como previsión, sino únicamente en los términos de un debe —y un debe que se afirma frente a cualquier ideal que podamos concebir desde nuestro lado. Lo dicho: un imposible. Sin embargo, no acabamos de comprender en qué consiste tener fe si su horizonte es lo que los mundos pueden dar de sí. Ni por supuesto, qué significa estar ante Dios.
agermanats
diciembre 26, 2024 § Deja un comentario
Decimos: somos hermanos. Pero nos relacionamos como si no lo fuéramos. El prójimo es en verdad una aparición. Sin embargo, nos tratamos como si no fuésemos más que cosas-a-disposición. Pues se impone el aspecto, la serie de rasgos que nos empujan a reaccionar. La amabilidad sería el eco formal del respeto al que nos obliga una genuina alteridad. Durante el tiempo diario, rige el código más elemental: me gusta, no me gusta. ¿El horizonte del mundo? La utilidad, el provecho, la ventaja.
Aquí sigue siendo cierto lo que, en su momento, vieron los griegos, a saber, que vivimos de espaldas a lo que en verdad acontece. En su lugar, permanecemos anclados a las apariencias —a la tergiversación de lo verdadero. Con todo, el corazón de la verdad sigue latiendo por debajo de la cháchara, el rumor, la dispersión. Pues la verdad es lo real. Y lo real, en sí mismo, es inalterable. En cuanto tal, no admite versiones.
Ahora bien, ¿por qué podemos afirmar que, en verdad, somos hermanos? ¿Quizá porque lo verdadero es lo que se nos ofrece, más allá de cualquier perspectiva, donde topamos con el vacío absoluto, esa oscuridad y silencio últimos. De ahí que solo ante Dios —y porque ante Dios estamos sin Dios— podamos encontrarnos bajo el imperativo de la fraternidad. Pues este se deriva de una común orfandad. Y se deriva en nombre de Dios como los que se enfrentan a Dios. Como Jacob en Penu-Ēl. La experiencia del valor y, en definitiva, de lo sagrado comienza donde ya no hay caballo que montar
catolicismo transcultural
diciembre 25, 2024 § Deja un comentario
Me atrevería a decir que la revelación cristiana —a saber, aquella que proclama un crucificado como el quién de Dios— no necesita de ninguna adaptación. Pues no estamos ante una visión de Dios entre otras —y ello aunque se trate de un ver a Dios en aquel que cuelga de una cruz en nombre de Dios, esto es, en su lugar. De hecho, si se piensa bien, la revelación cristiana supone una impugnación de lo que tomamos espontáneamente por divino. Y lo supone porque la kenosis de Dios no termina de ligar con un superman de carácter espectral. Al fin y al cabo, la confesión cristiana, en tanto que judaísmo llevado a las últimas consecuencias, nos habla de lo que queda de Dios una vez se han hundido los cielos. Así, o nihilismo, o un nuevo comienzo. Y aquí Dios no opera a la manera de un deus ex machina.
¿qué es el cristianismo?
diciembre 23, 2024 § 4 comentarios
Teresa de Calcuta, terminó no sintiendo a Dios. Oscar Romero, incapaz de orar. El de Nazaret, como un apestado del Padre. Y, sin embargo, permanecieron fieles al mandato: sacando a los parias de la calle, dando de comer al hambriento, perdonando a sus verdugos. ¿Qué queda de Dios donde ya no queda nada de Dios? Acaso quienes obedecen contra toda evidencia al clamor que ocupa el lugar de Dios (y por eso mismo, es de Dios). El resto es un permanecer a la espera. Estrictamente, un no saber.
nihilismo, again
diciembre 22, 2024 § Deja un comentario
El nihilismo es una psicosis, la negación de la posibilidad de que lo Real interrumpa el mundo. Pues lo Real es la posibilidad de lo imposible —la posibilidad de lo nuevo, la aparición. Frente a la aparición tan solo cabe un heme aquí. El problema es que confundamos lo sorprendente —la novedad— como lo nuevo. Por eso la aparición tiene que desaparecer. No es posible acostumbrarse. O dicho de otro modo, tiene que apuntar a un tiempo más allá de los tiempos. Nihilismo significa, por tanto, nada nuevo puede aparecer; en realidad, tan solo la eterna reiteración de lo mismo.
Sin embargo, es cierto que una esperanza que solo esté al servicio de nuestra tranquilidad es una ilusión. De ahí que la genuina esperanza apunte a un final del mundo en nombre de la bondad que tuvo lugar donde no podía haber ninguna bondad. Y de ahí también que las imágenes de esta esperanza solo puedan ser delirantes.
Bonhoeffer
diciembre 21, 2024 § 2 comentarios
Ante Dios, nos hallamos sin Dios. De acuerdo. Y de acuerdo porque es así. Sin embargo, podríamos añadir, como quien juega, una nota al pie: y enfrentados a Dios. La respuesta del hombre —su fiat— niega el silencio de Dios, su en sí. Pues ese silencio es, sencillamente, aniquilador… donde el hombre no responde con su arrojo.
De ahí que el crucificado sea, cristianamente, la Palabra de Dios, aquella que rompe su enmudecimiento. No hay otra. Es verdad que el todo nos habla de Dios. Pero no porque apunte a un demiurgo espectral, sino, precisamente, a su paso atrás.
maneras de hacer mundos
diciembre 20, 2024 § Deja un comentario
No hay mundo sin cosmovisión —mejor dicho, sin los presupuestos que rigen una cosmovisión. Una pura exterioridad es silencio y oscuridad sin resquicio. La interpretación va con la visión. Ningún hecho es químicamente puro —ninguno se nos da al margen de cómo se nos presenta. Así, en la Antigüedad hubieron espíritus en los bosques. Ya no. En cualquier caso, aún puede haber quienes lo supongan por su cuenta y riesgo. Nunca hubo dinero para los aborígenes del Mato Grosso. En cualquier caso, trozos de papel que los blancos veneran.
Algo parecido podríamos decir con respecto a la experiencia religiosa de Dios, a saber: que es relativa a un mundo que ha dejado de ser el nuestro. Otro asunto es la visión que se desprende del Horeb —y por extensión del Gólgota. Pues Moisés no tuvo la impresión de que el Dios que se le reveló en el desierto fuese algo así como un dios.
Hay mucha soledad en las cimas. Al fin y al cabo, una cima es una sima. De hecho, Moisés no descendió del Horeb con una descripción, sino con las tablas de la Ley. El pueblo de Israel lo comprendió de inmediato: primero obedeceremos y luego ya veremos. Esto es, primero la carta de Santiago y el resto es esperar. Desde un óptica bíblica, Dios en verdad nunca formó parte de un perspectiva. De hecho, las quiebra.
sin clamor
diciembre 17, 2024 § Deja un comentario
Donde el cristianismo olvida el horizonte apocalíptico que lo anima —donde pierde de vista que su esperanza es un clamor— no va mucho más allá del cultivo de los buenos sentimientos. Y para este viaje, ciertamente, no hacen falta las alforjas de quien ha ido —y regresado— de los Gólgotas de este mundo.
esperar (y 2)
diciembre 16, 2024 § 1 comentario
La esperanza naÏve no termina de congeniar con la dialéctica. Y quien dice dialéctica, dice lucidez. ¿Un final feliz y para siempre? ¿No habrán ya más tormentas? Donde no hubiese más que luz, ¿podría haber luz? Más aún: ¿acaso lograríamos soportarlo?
No hay todo para quien es consciente de sí mismo —para quien no termina de encontrarse en donde está. La experiencia de los cielos, ¿no estaría cerca de la de una eterna vacuidad? ¿Qué inquietud para los cuerpos hinchados solo de bondad? De ahí que la imagen de la esperanza bíblica no sea la de unos cielos repletos de idiotas felices, sino la de la bestia bajo las botas del arcángel. Las sombras siguen. Pero ya no cubren la superficie de la tierra.
La esperanza sin el clamor de aquellos que, viviendo como perros, esperan lo imposible —el final de la injusticia, es decir, del mundo— no está tan lejos de la expectativa del espectador: que la película termine bien y, así, podamos dormir a pierna suelta.
un símil para este momento
diciembre 15, 2024 § Deja un comentario
Para hacerse una idea de lo que supone hoy en día creer que el crucificado es Dios —y que fue rescatado del sheol al tercer día— basta con imaginar que lo anterior es proclamado en medio de una macrodiscoteca con la masa desquiciada bailando reggaeton. Y proclamado intentando convencer al personal de que no cabe otra esperanza que la de una resurrección de los muertos tras el fin de los tiempos.
Sin embargo, el paso de la fe siempre se ha dado en situaciones hostiles. De hecho, aún más hostiles que la de una macrodiscoteca. Pienso en los Auschwitz de la historia. Ahora bien, la desaparición de la cristiandad empuja al cristianismo a partir de cero. Quiero decir que la transmisión de la fe —al menos, si se pretende ir más allá de los muros de la parroquia— no puede comenzar con las fórmulas del credo. Más bien, debe tomarse en serio que no hay otro acceso a Dios que aquel que parte de las situaciones —humanas, demasiado humanas— en las que no parece que haya Dios. Es lo que tiene que no haya Dios sin el cuerpo de Dios.
Las fórmulas del kerigma cristiano no necesitan traducción. Para comprenderlas —y aquí comprender supone caer en la cuenta de su carácter disruptivo con respecto a lo que experimentamos espontáneamente como divino— basta con escuchar las historias que hay detrás. De hecho, como hicieron los evangelistas.
la ambigüedad de Pablo
diciembre 14, 2024 § 1 comentario
La tesis cristiana par excellence no admite el Dios de la religión, el ente supremo cuyo modo de ser es independiente de su hacerse cuerpo. Sencillamente, Dios o tiene cuerpo, o no hay Dios. Pues que Dios sea un Dios encarnado no significa que Dios adoptase el aspecto de un hombre o que Jesús de Nazaret fuese la máxima ejemplificación de la misericordia de Dios. Significa que Dios en cuanto tal —el Padre— no es aún nadie sin su cuerpo.
Sin embargo, el cristianismo ha sobrevivido históricamente por admitir el Dios de naturaleza espectral por la puerta de atrás. Inevitable, por otra parte. De hecho, la proclamación de la resurrección del crucificado no fue un modo de hablar…. como si simplemente hubieran querido decirnos, por ejemplo, que Jesús seguía vivo en el corazón de sus discípulos. Dicha proclamación presupone un Dios que interviene ex machina. Es decir, ningún seguidor de Jesús se hubiera tomado en serio que había sido levantado de entre los muertos, a pesar de la ambigüedad de las apariciones, sin la fe en el poder de Dios.
Hay por tanto un hiato entre la verdad cristiana —la que se expone con la revelación— y el imaginario que permite su incorporación donde no nos hallamos al pie de la cruz. Parafraseando a Hegel, podríamos decir que la revelación cristiana deviene otra cosa cuanto más alejados del Gólgota nos encontremos.
Ahora bien, una teología de la revelación que prescinda del Dios de la religión —el Dios que ya es alguien al margen de su encarnación— tendrá serias dificultades para integrar el poder de Dios. Y sin ese poder el horizonte apocalíptico, sin el cual la esperanza cristiana es un whisful thinking, se disuelve como azúcar en el café. Pues si Dios no puede hacer nada por sí mismo, entonces el único modo de seguir refiriéndonos al poder de Dios es haciendo de Dios algo así como el enchufe al que necesitamos conectarnos —aunque cristianamente esa conexión implique el salto sobre el vacío de la fe— para que la energía fluya e ilumine la habitación. O mejor dicho, ponga de nuevo en marcha el motor. Aunque quizá se trate de eso.
perspectivas y parábolas
diciembre 11, 2024 § Deja un comentario
La idea de Dios es algo que, a pesar de su inconmensurable superioridad, puede captarse, aunque siempre relativamente, desde diferentes ópticas —la idea que está presente en la parábola de los ciegos y el elefante— es, sin duda, sugestiva. Es decir, seduce por su aparente obviedad. El problema es que no vale para Dios. Si valiese, entonces la revelación hubiese sido irrelevante. Y no vale para Dios porque Dios, en cuanto tal, carece de entidad. Al fin y al cabo, aquello que, según el cristianismo, se nos reveló en el Gólgota es que Dios no tiene otra entidad —otro quién o modo de ser— que el de un crucificado en nombre de Dios. Ahora bien, que Dios sea en sí mismo el todavía nadie —que su hacerse presente dependa de la fe de quien depende de Dios— no es algo que admita diferentes perspectivas. La realidad de Dios en sí —en trinitario, la realidad del Padre— no es la de algo que pueda describirse, ni siquiera por aproximación.
Ahora bien, ello no quita que nos cueste aceptarlo. Pues religiosamente no podemos evitar concebir lo divino como un poder sobrenatural que, por eso mismo, aún tiene mucho de natural. Y para este viaje no hacen falta, ciertamente, las alforjas de la revelación.