inmersión
febrero 3, 2026 § Deja un comentario
Nacemos en un mundo, no en el mundo. Y pertenecer a un mundo significa que se nos da una perspectiva. Así, cada cosa remite a una red de cosas, sin la que no terminamos de saber qué es lo singular. Ver es siempre un ver como. Este saber de fábrica es de orden pragmático. En nuestro mundo, ver un martillo supone ver un clavo. Un aborigen del Mato Grosso, al ver un martillo, probablemente vea un hacha defectuosa. Esto es Heidegger. Pero antes de Heidegger, Hegel.
Que Dios ya no se dé por descontado —que ya no pertenezca a nuestro mundo— supone, por tanto, que Dios, hoy en día, no se integra en una perspectiva. Las cosas que nos traemos entre manos, sencillamente, han dejado de remitir a Dios. Es cierto que aún podemos hacernos un mapa mental en el que Dios se sitúe en el centro. Pero será por nuestra cuenta y riesgo. Como quienes se imaginan que han sido elegidos por extraterrestres para salvar a la humanidad del desastre. Sin embargo, este mapa a la carta no terminará de cuadrar con la perspectiva que rige nuestro trato con cuanto nos rodea. El mundo, diremos, nos ha sido dado por Dios. Pero seguiremos, de hecho, consumiéndolo. Esto es, como si no.
Sin embargo, Dios, en verdad, nunca pudo darse por descontado. Es la experiencia del Jakob en Peniel —también la del nazareno en el Gólgota. De ahí que Dios, en verdad, no pueda integrarse en ninguna visión del mundo. Es cierto que el cristianismo se presenta, históricamente, como una cosmovisión. Pero esta presentación supone un error de lectura. Pues difícilmente puede articularse como perspectiva una revelación que tiene lugar donde el mundo ha dejado de tener tiempo por delante.
De hecho, donde la mirada queda fuera de órbita no hay enfoque.
meditaciones cartesianas 27
febrero 2, 2026 § Deja un comentario
Con la objeción del genio maligno, Descartes rompe con el orden del significado y, en definitiva, con el principio de identidad (A=A). Así, podría ser que diciendo 2+2 no dijéramos 4, sino 5. Racionalmente, esto es imposible. Por contradictorio. Si digo A no estoy diciendo No-A. Aquí, lo de menos sería el 5. Pues la posibilidad de lo racionalmente inconcebible es la posibilidad de que 2+2 no significase 4, sino 5… o cualquier otro número —o que A>B>C no significase A>C. Asi, diciendo “A” estaríamos diciendo, a la vez, “no A”. No hay modo de hacernos una idea de la situación que podría verificar A y No-A. De ahí que demos por descontado que lo inconcebible es imposible. Esto es, que lo que hay se ajusta al orden del pensar. Y, precisamente, porque lo damos por descontado —porque es una creencia de sentido común, aun cuando la llevemos adherida a la piel como si fuese una certeza— puede ponerse, hiperbólicamente, en duda.
Por otro lado, y como ya dijimos en la meditación cartesiana 25, Descartes demuestra la realidad de lo no-finito —de lo absolutamente otro o distinto del cogito, algo semejante, si no idéntico, a un puro haber— como el envés de la finitud del cogito. Así, decir cogito sería lo mismo que decir Dios —aunque, en este caso, entendido como realidad no-finita y, por tanto, distinta a la del cogito. La pregunta surge de inmediato: ¿acaso Descartes no estaría, con ello, dando por válido el orden del significado que, anteriormente, había puesto en cuestión? ¿No estaría, por tanto, argumentando circularmente? ¿No habíamos quedado que al decir “A” podría estar diciendo “No-A”… aunque en modo alguno pudiera concebirlo? ¿No impide la objeción hiperbólica a la razón dar por cierto, precisamente, que la realidad de lo no-finito es el envés de la finitud del cogito?
Probablemente, lo que nos diría Descartes es lo siguiente —y digo probablemente, porque Descartes no se enfrentó, que sepa, a esta cuestión—: la argumentación sería circular… si nos mantuviéramos solo en el plano del significado y, por extensión, en el de una realidad que pudiera corresponder a lo que decimos. Con la objeción del genio maligno, lo único que se plantea es la posibilidad de que al decir A>B>C, suponiendo que es así, no estuviéramos diciendo A>C, sino C ≧ A… y, por eso mismo, la posibilidad de se diera A>B>C y, a la vez, C ≧ A. Esto es, la posibilidad de que la exterioridad fuese contradictoria. Pero con el cogito nos desplazamos del plano del significado al de lo real u ontológico. No puedo pensar sin pensarme como el soporte de ese pensamiento —como res cogitans, esto es, como ente o cosa pensante. De ahí que, habiendo pisado tierra firme —estando ya dentro del territorio de lo real—, la conclusión no se dé únicamente en el plano del significado: si existo mientras pienso, entonces existe lo no-finito o absoluto, es decir, lo ab-suelto o distinto de mí. En términos de Descartes, Dios. Y porque lo absoluto es uno… no cabe A y No-A. Consecuentemente, la exterioridad absoluta —Dios— no puede ser irracional. La razón va, por tanto, a misa. Nunca mejor dicho.
Llegados a este punto, uno podría preguntarse por qué el absoluto —lo absolutamente otro— es uno. La respuesta es que no podría no serlo. Pues si fuese, cuando menos, dos, entonces estaríamos hablando de las cosas del mundo. Y lo absoluto es, por definición, lo ab-suelto o separado del mundo —o como decíamos a propósito de Platón, algo así como un puro haber. Es verdad que Descartes, con respecto al tema de Dios, no es tan claro. Pues, en el texto, mezcla el Dios de la alta abstracción con el Dios de la religión: como si pudiéramos rezarle al infinito. Pero esto no impide pensar a Descartes más allá del mismo Descartes, intentando mantener, por supuesto, la coherencia con su tesis fundamental, la que afirma el cogito como primera certeza en el orden del saber.
Sin embargo, también es verdad que cabe entender lo absoluto como el todo y no como lo ab-suelto o distinto del cogito y, por extensión, del mundo. Pero esto ya nos situaría en la órbita de Spinoza. Y este es, ciertamente, otro asunto.
meditaciones cartesianas 26
febrero 1, 2026 § Deja un comentario
Si la igualdad matemática —2+2=4—, en último término, es una identidad, esto es, si el otro lado de la igualdad no añade nada nuevo, entonces ¿cómo es posible que la matemática sea verdadera, esto es, que sus enunciados describan adecuadamente el mundo? La única manera de que la matemática sea verdadera es que no sea exacta, que los resultados del cálculo sean una aproximación, en definitiva, que vaya más allá de la aritmética. De hecho, así es como procede el ingeniero: teniendo en cuenta las masas, el edificio debería aguantar. Sin embargo, díficilmente podemos decir que la matemática sea verdadera donde opera por aproximación. Así, donde es exacta, es irrelevante —tan solo equipara significados— y donde es útil no es, estrictamente, verdadera.
Esta, en el fondo, será la objeción de los empiristas.
meditaciones cartesianas 25
enero 31, 2026 § Deja un comentario
Dice Descartes, a propósito de la duda que apunta a la razón: bien pudiera ser que 2+2 = 5… aun cuando no pueda concebirlo. Y no puedo concebirlo porque 4, propiamente, no es un resultado, no se deriva de 2+2. Al decir 4 solo estamos explicitando —o diciendo de manera simplificada— lo que ya decimos al decir 2+2. No puedo concebir que sea de otro modo. Al decir 2+2 ya estoy diciendo 4. O, por poner otro ejemplo, si digo Sócrates es mortal porque doy por hecho que todos los hombres son mortales y Sócrates es humano no estoy diciendo nada que no haya ya dicho al decir estas dos últimas frases. Esto es, en una deducción lógica, la conclusión no se añade a las premisas —no dice nada nuevo.
Por tanto, al poner en duda la razón como fuente de certeza, Descartes nos está diciendo que la suma de dos manzanas y dos manzanas podría significar cinco manzanas (y no cuatro). Y si podría significar, podría ser… lo que supondría que lo imposible irrumpe, como acontecimiento, en el curso de lo lógicamente anticipable. Descartes, al poner encima de la mesa la posibilidad de que lo real sea, precisamente, lo absurdo, por no decir el caos, no hace otra cosa que romper el orden del significado y, con ello, la equivalencia entre ser y pensar. Así, podría ser que todos los hombres fuesen mortales y que Sócrates, siendo humano, inmortal. Podría ser que el gato estuviera vivo y muerto. La exterioridad podría no ser racional.
La única posibilidad de anular la posibilidad de lo imposible —la posibilidad de un afuera irracional— pasa por encontrar una idea cuyo significado cancele dicha posibilidad… sin abandonar el plano de la correción lógica, esto es, sin presuponer que dicha correción es, a su vez, verdadera. Como es sabido, en las Meditaciones esta idea clave es la idea de DIos. La posibilidad de que sea lo inconcebible queda abortada una vez entiendo que el envés de la certeza de sí, en tanto que se impone como una certeza de la propia finitud, es la realidad de lo que, precisamente, la niega: la existencia de lo no-finito, esto es, de lo absolutamente otro o distinto de lo finito. Y queda abortada porque lo no-finito no puede ser irracional… en tanto que es uno. En lo uno, no hay un Y de por medio… tal y como exige cualquier contradicción: el gato está vivo Y muerto.
Decir existo mientras pienso equivale, por tanto, a decir Dios existe —y no porque se trate, en cada caso, de la misma realidad. Dios, en tanto que infinito, es el envés del cogito. Esto es, Dios pertenece al significado del cogito, pero no solo como significado, sino como realidad —la realidad de lo absolutamente otro. Al demostrar la existencia de Dios como solidaria de la existencia del cogito, la cual se encuentra limitada por la duración del pensar, lo que Descartes demuestra es que lo imposible por racionalmente inconcebible no es posible. Y lo demuestra al mostrar cómo el significado de la noción de Dios —teniendo en cuenta que es uno y, por eso mismo, no contradictorio—, consigue, como quien dice, saltar fuera del plano del mero significado. Así, la razón queda legitimada no solo como criterio de corrección, sino también como criterio de verdad. Al demostrar la existencia de Dios, Descartes restaura el orden del significado —la equivalencia entre ser y pensar— que la duda había puesto contra las cuerdas.
¿hay alguien ahí?
enero 30, 2026 § Deja un comentario
¿Qué significa que el cristianismo se haya transformado en una religión entre otras? Pues que, de permanecer a la espera del regreso de Dios, en concreto, del Hijo —pues, el Padre no tiene otro rostro que el del Hijo—, el creyente supone que Dios está ahí arriba, en una especie de otra dimensión —y lo supone porque cree que hay indicios de su existencia. Una de las imágenes más recurridas es, de hecho, la del jardinero invisible: si de repente, en medio de una vegetación selvática, topásemos con un jardín versallesco no podríamos evitar dar por descontado que hay un jardinero detrás. Como es sabido, Darwin proporcionó otra hipótesis —de hecho, la puntilla del escepticismo moderno.
Quizá el cristianismo, si pretende hacer frente al tsunami de la increencia, haría bien en recuperar su vivencia más originaria, a saber, aquella en la que la experiencia de Dios es inseparable de la interrogación acerca de Dios: al final ¿el verdugo pronunciará la última palabra? ¿Habrá quién nos saque de esta oscuridad? Esta esperanza no es exactamente la misma que la de quien espera que, tras la muerte, Dios —o lo que sea— le está aguardando con los brazos abiertos. La esperanza nunca fue, en realidad, una expectativa.
mareos
enero 29, 2026 § Deja un comentario
Lo decisivo produce vértigo. Pero no todo vértigo apunta a lo decisivo. Hay, por ejemplo, el vértigo que simplemente es vertiginoso —por ejemplo, el Dragon Khan. Podríamos decir que lo vertiginoso es un simulacro del vértigo. Te aleja, momentáneamente, de la circunstancia, del gris. Pero no te saca de su quicio. Hay, sin embargo, los que sienten vértigo —y por eso andan desquiciados— ante el hecho de que haya quienes no tienen el pan de cada día. Y este vértigo, ciertamente, es otra cosa.
una pieza entera
enero 27, 2026 § Deja un comentario
Todo es barreja. No hay, por ejemplo, sentimiento que sea químicamente puro. La plata va con la ganga, el músculo con su grasa. También la integridad tiene su doblez, su torsión, su otro lado. Sus materiales suelen estar hechos de soledad. No en vano, Nietzsche escribió que la fortaleza de un hombre dependía de la cantidad de soledad que era capaz de soportar sobre sus espaldas. Quizá por eso la integridad anda encorvada. Sin embargo, también se nos dijo no es bueno que el hombre esté solo. La soledad halla su envés en la neurosis. Por no decir que, a menudo, oculta un carácter narcisista. El lobo estepario vive rodeado de espejos. Pero, como siempre, todo es cuestión de medida. Y no poseemos el pie de rey.
posición y creencia
enero 26, 2026 § Deja un comentario
Tenemos las cosas. Hay, por tanto, cosas, mundo. En el haber del mundo, sin embargo, se manifiesta el haber. Este no es una mera abstracción del haber de las cosas, un concepto. Y no lo es —salvo para la conciencia ingénua— porque es lo primero o absoluto. Pero, por eso mismo, nunca se hace presente como tal. Aun así, desde nuestro lado, cabe vislumbrar lo absoluto de un puro haber allí donde se hunde el mundo —donde, de repente, todo deviene oscuridad y silencio. La muerte es el heraldo de lo absoluto.
SIn embargo, el hombre solo puede dar testimonio de lo absoluto en el último instante, cuando irrumpen simultáneamente el horror y la maravilla, la guerra como espectáculo. Esto es, cuando aparece el dios. El milagro siempre tuvo dos rostros: el que provoca nuestro asombro y nuestro temor. Ahora bien, el hombre no puede permanecer en el milagro. La adoración a la que nos empuja la revelación —una adoración que no excluye el espanto— tiene los días contados. En realidad, se trata del último instante.
De ahí, el sentimiento del arrancado. Existir supone un encontrarse más allá del estar. El todo nunca puede darse como todo para quien existe. En esto consiste su inquietud. Para el inquieto el todo es un no todo. ¿Un error de perspectiva? Quizá. O, al menos, una perspectiva. Ciertamente, para quien se comprende a sí mismo como formando parte o pertenenciendo a el sentimiento básico no es la del arrancado, sino el del paciente. Quien existe no vive. Quien vive no existe.
No obstante, la comprensión de sí no se decide desde el sí mismo. Viene dada por la posición. Así, los que no cuentan para el mundo —los in-mundos, los malditos— difícilmente podrán sentirse formando parte de. Y digo difícilmente porque, de no haber violencia, cabe, sin duda, la resignación espiritual —cabe la actitud oriental. Pero, de haber ruido y furia, el espíritu se revelará aullando. Como el padre que ve como el heraldo de Moloch degolla a sus hijos. El aullido —el clamor— es la invocación de los aplastados. Aunque terminen de rodillas.
Sin embargo, ninguna creencia —ninguna cosmovisión o expectativa— podrá consolarlos. En su lugar, un permanecer a la espera de lo imposible. Una fe. Todo se decide en el territorio de la carne.
todo y nada
enero 25, 2026 § Deja un comentario
El todo puede serlo todo, porque, en definitiva, no es nada. Y quien comprende esto —que la nada es en su negación de sí— quizá comprenda qué significa una mística de ojos abiertos, por decirlo a la Metz. Y no solo abiertos, sino también un tanto desorbitados.
El Estado y el doble vínculo
enero 24, 2026 § Deja un comentario
El Estado tiene algo de perverso. Monopoliza la violencia. Juzga. Como un padre, pero sin nombre propio. Anónimo, abstracto. Como Dios. O mejor dicho, en su lugar. El Estado es el poder. Su excusa, la patria, ese trampantojo de la comunidad. Ella exigirá los mayores sacrificios. Al la manera de una dominatrix. También maneja otra excusa: el bien común. Y algo de esto hay, ciertamente. De lo contrario, el Estado sería demasiado sincero —iría sin maquillaje. Pero, en el fondo, sirve al interés de quienes tienen de más.
Aun así, el Estado es un dios impotente. No tiene los suficientes recursos. Por consiguiente, los ciudadanos, en ocasiones, deberán recurrir a la violencia… en nombre de una justicia que el Estado no puede administrar. Por lo que serán acusados, en nombre del orden, de aquello a lo que les empuja la impotencia del Estado. El Estado impotente condenará al ciudadano rebelde por la desobediencia que el mismo Estado provoca. A esto los psicólogos lo denominan doble vínculo. Y del doble vínculo a la esquizofrenia media un paso.
nihilismo y superstición
enero 23, 2026 § Deja un comentario
¿Qué significa nihilismo? No, o no solo, que no hay valores —que el valor sea una estimación—, sino que no habrá juicio final: tanto el verdugo como sus víctimas se encuentran en el mismo plano. Giordano Bruno dio el primer paso, al postular un cosmos uniforme e infinito. El combate entre el Bien y el Mal queda, hoy en día, relegado a la ficción de Star Wars. ¿La esperanza creyente? La última superstición.
¿Qué no entendimos —y seguimos sin entender? Que la esperanza se formula en imperativo: el verdugo no debe pronunciar la última palabra. Pero no porque ya nos gustaría que no fuese así, sino en nombre de esos gestos de piedad que se nos dieron bajo una oscuridad impenetrable —en definitiva, en nombre de un perdón que tuvo lugar donde no cabía ningún perdón. El cristianismo comenzó a bailarle el agua al nihilismo cuando sustituyó la convicción de hallarnos en medio de un combate de dimensiones cósmicas por un ideal al que cabía, cuando menos, aproximarse haciendo lo debido.
el poder
enero 22, 2026 § Deja un comentario
Vivimos en medio de un combate de dimensiones cósmicas. Esto es lo cierto. Otro asunto es que el tiempo cotidiano, con sus tareas, enmascare esta evidencia. En el día a día, simulacro, las apariencias, el show. No hay que ser marxista para caer en la cuenta de que hay quienes tienen de más y quienes tienen de menos.
Así, basta con que nos pongamos junto a los desesperados para caer en la cuenta de lo que supone estar en la orilla de los que no cuentan: no hay futuro para ti ni para tus hijos. Para ellos, el hambre, la fosa común, el exterminio. De entrar en un escenario apocalíptico —el escenario, literalmente, de la revelación—, nos preguntaríamos si acaso los que no cuentan —los incontables— pueden esperar algo que no sea vivir de las migajas. Mientras pemanezcamos en nuestro nicho, más o menos confortable, todo es inercia. Y quien dice inercia dice dispersión, las cual encuentra su envés en el vacío, el aburrimiento, el cansancio.
meditaciones cartesianas 24
enero 20, 2026 § Deja un comentario
Descartes, como es sabido, concluye, en sus Meditaciones, que hay tres sustancias… o realidades: la res cogitans , la res extensa y la res divina. Por tanto, está seguro de que hay el yo, un mundo de cuerpos y Dios. La pregunta es cómo puede haber tres realidades habiendo Dios. Pues, si Dios es infinito, ¿acaso Dios no sería el todo? Esta será, de hecho, la solución de Spinoza: si no hay otro saber que el racional, entonces tenemos que partir del todo. Esto es, hay el todo. O sea, Dios. Conciencia y materialidad serían, según Spinoza, expresiones de una y la misma realidad, algo así como las dos caras de una misma moneda… aunque, tratándose de Dios, aquí la moneda tendría infinitas caras. Hegel retomará está intuición, aunque a su modo, en el XIX.
¿Cómo es que Descartes, siendo algo más que perspicaz, se mantuvo, sin embargo, en su posición? No lo sé. Pero es posible que Descartes considerase la idea del todo como el índice de un procedimiento meramente formal, el de reunir, en el pensamiento, las tres sustancias. Kant, por su parte, dirá que la noción del todo no es más que una idea regulativa, algo así como un horizonte asintótico que la razón proyecta sobre cuanto es objeto de conocimiento —y el todo, ciertamente, no lo es: no hay el todo como pueden haber árboles o focas.
La confusión surge cuando presuponemos, por sentido común, que no hay otra realidad que la del mundo —y que eso es cuanto hay. ¿Cómo es que además, hay la realidad del cogito y la de Dios? De pensarlo bien, veremos que, desde la óptica de Descartes, no tiene sentido preguntarse dónde está el cogito o Dios. Pues, de haber un lugar, tanto el cogito como Dios ocuparían un espacio —y, por eso mismo, serían cuerpos—… y la realidad del cogito, como también la de Dios, no puede concebirse en términos espaciales. Así, el yo, como un continúo diferir del cuerpo que siempre le acompaña , no es ubicable. No es posible señalar al yo. Únicamente, lo que se le enfrenta, el objectum, en definitiva, las cosas del mundo. De ahí que el yo, en cierto sentido, no pertenezca al mundo. Me refiero, al fin y al cabo, a la dualidad sujeto-objeto que atraviesa el pensamiento moderno. La realidad del yo está, por así decirlo, más allá del mundo. Sin embargo, este más allá no deberíamos entenderlo necesariamente como el de otro mundo.
Paralelamente, nos equivocaríamos si comprendiéramos la infinitud de Dios como si fuera una especie de saco en el que todo cabe… y que nunca terminaremos de llenar. Por poco que pensemos, caeremos en la cuenta de que una realidad infinita posee un carácter negativo. Pues infinito significa no finito. Y lo no finito en modo alguno puede considerarse ente o cosa… en la medida que tan solo lo determinado —lo que muestra unos atributos— posee entidad y, en definitiva, una delimitación. Por consiguiente, lo no finito equivale a lo absoluto —en otros términos, a lo que es no siendo nada. Evidentemente, aquí nos alejamos de Descartes. Incluso podríamos aventurarnos a decir que si los tiros de Descartes no van en esta dirección es porque sus argumentos en torno a Dios tienen que ver con que Descartes no puede evitar, como creyente, entender a DIos también como ente, aunque sea supremo.
En cualquier caso, esta escisión entre lo absoluto y el mundo recuerda, sin duda, al hiato platónico. Podríamos decir que, con respecto a este hiato, Descartes añadiría el hiato entre el yo, en tanto que pura conciencia de sí, y la res extensa. Sin embargo, quizá no se trate propiamente de una añadidura. Pues, en el Platón de la madurez, la cuestión sobre qué es el alma se mantiene como una cuestión abierta. El alma no es, ciertamente, idea. Pero tampoco cosa.
Que el alma aspire a lo absoluto sería el síntoma, según Platón, de que el alma no es de este mundo: como si añorase una completud que nada de cuanto podamos ver y tocar proporciona. El mundo es la realización de lo absoluto. Pero, porque lo absoluto solo se realiza en su negación de sí, nada es por entero. Ahora bien, solo imaginativamente —y, por consiguiente, nunca en verdad— el alma puede entender su aspiración como si apuntara a los cielos. Y es que si lo absoluto —el Bien— se “encuentra”, en palabras de Platón, más allá de la esencia —y, por tanto, más allá de cualquier determinación—, entonces no es que sea, precisamente, ubicable. Platón está lejos de situar lo absoluto —el Bien— en un mundo espectral. En realidad, lo absoluto no se hace presente salvo como lo no presente —como lo que tuvo que desplazarse a un pasado anterior a los tiempos para que hubiera, precisamente, mundo y, por ende, tiempo.
Descartes se acercó a esta intuición, aun cuando no siguiese estirando el hilo. Pues si la contingencia del cogito, su limitación, es temporal —solo puedo estar seguro de mi existencia mientras pienso—, entonces la infinitud que se impone como el envés de la propia finitud tiene que pensarse también en clave temporal. De ahí que la infinitud de Dios sea, estrictamente, la eternidad… lo que se ajusta a lo que decíamos antes sobre el hecho de que Dios no puede ocupar un espacio —y si Descartes no sigue estirando este hilo es porque su Dios infinito es también, como decíamos, el ente supremo de la religión. Es como si jugara con dos barajas.
No obstante, conviene tener en cuenta que la eternidad, propiamente, no es un tiempo indefinido, sino la negación del tiempo. Y lo que niega el tiempo es el instante. En cambio, la realidad del cogito —la que corresponde a su certeza de sí— permanece constante por debajo del flujo del pensamiento —y porque sostiene dicho flujo es, literalmente, sustancial. Sin embargo, la certeza de sí depende de la memoria —de un poder decir quesigo siendo la misma sustancia pensante que hace un momento. Y esto es mucho fiar en el contexto de una duda radical… como se lo hicieron notar a Descartes sus detractores. Por consiguiente, la certeza de sí solo podría sostenerse, legítimamente, por un instante… con lo que desaparecería el mientras —el que posibilita, precisamente, la demostración de la realidad de Dios como la realidad de lo no finito. De hecho, en ese caso, la certeza tampoco podría ser de sí… al no haber duración. Y es que el de sí apunta, como decíamos, al yo que permanece sustancialmente —y, por eso mismo, invariablemente— por debajo del continuo temporal de las respesentaciones mentales, confiriéndoles unidad al soportarlas.
Más. aún: porque el mientras “desaparece” donde el yo cae en la cuenta de que su certeza de sí no puede basarse en la memoria, el instante del cogito coincide con el de Dios. Y de ahí a colocar el yo en el lugar de Dios —como hizo el idealismo alemán— media un paso.
fascismo y paternidad
enero 16, 2026 § Deja un comentario
Simple: la crisis de la figura paterna conduce, tarde o temprano, al regímen autoritario. Pues quien en cuentra a faltar al padre, se lo busca. Y esto tanto psicológica como políticamente. Al fin y al cabo, el carácter se construye como respuesta a la voluntad del padre —en torno a lo que un padre quiere de nosotros. El problema es que, donde no hay padre que valga, fácilmente podemos llenar esta hueco con un mal padre.
Las democracias solo pueden sobrevivir donde no renuncian a ejercer una firme autoridad —donde las líneas rojas permanecen muy visibles sobre la calzada. Esto es, donde los derechos están precedidos de los deberes. Donde priman los derechos —por ejemplo, en el campo de la educación— todo lo sólido de desvanece en el aire. Y primarán donde el individuo sea antes un consumidor que un miembro de la república. De hecho, ya lo vio Platón: la democracia sucumbe a la demagogia donde su ethos cede ante la presión del perspectivismo. Nada nuevo bajo el sol… salvo lo que se olvida.
no toda perspectiva
enero 15, 2026 § Deja un comentario
Es innegable que caben diferentes visiones. La cuestión es si todas valen por igual. Y la respuesta es que no… si hay algo que deba ser ver visto y que solo pueda verse desde un cierto punto de vista. Platón —y los que le siguieron— estuvieron convencidos que solo cabía un acceso racional a lo que debe ser visto. Al fin y al cabo, nuestras disputas morales terminarán midiéndose con lo que es en verdad, al margen, por tanto, de lo que pueda parcernos en un momento dado. Por ejemplo, si la guerra —que los hombres se maten entre sí— es o no inevitable, en definitiva, si el horizonte de una paz mundial acaso no será más que un whisful thinking.
Ciertamente, los perspectivistas sostienen que, con respecto a lo asuntos morales, no hay nada que ver —que no podemos trascender el horizonte de lo que nos parece, y que, por eso mismo, cualquier apelación a la razón a la hora de justificar una determinada opinión, en el fondo, es una racionalización, un como si dicha opinión se dedujera racionalmente. Sin embargo, según Platón, esta tesis es demasiado elemental. Pues lo es.
El problema, sin embargo, es que el ejercicio de la razón, tarde o temprano, terminará admitiendo el carácter dialéctico de lo real. No hay luz sin oscuridad. Si todo fuese luz, no habría luz. De ahí que el horizonte del deber moral o político sea la medida: qué cantidad de oscuridad debemos tolerar. Ahora bien, no hay razones que determinen esa medida… con lo que el debemos del debemos tolerar acaba siendo un podemos. Y esto es como decir que la medida se decide siempre desde el lado de la sensibilidad, de lo que nos parece tolerable. Y aquí uno podría preguntarse si acaso el último Platón no le dio la razón al sofista.
Con todo, Israel fue por otro lado. Pues la cuestión de Israel es a qué estamos obligados como sujetos… al margen de si cabe el bien sin el mal. Esta posibilidad se dejó en manos de Dios… lo que equivale a decir que nosotros, a lo nuestro. Y lo nuestro, según Israel, es la Ley de Dios: dar de comer al que no tiene el pan de cada día, ofrecer la otra mejilla… Punto. La incondicionalidad del mandato moral, la cual será puesta en modo racional por Kant, es una resultante del monoteísmo.
No obstante, el hombre de DIos no podrá evitar preguntarse, sobre la cima de los Gólgotas de la historia, si será verdad que todo se encuentra en manos de Dios. Y aquí la respuesta solo puede darse como esperanza, la cual está lejos de ser una mera expectativa o suposición.
Leibniz y Job
enero 13, 2026 § Deja un comentario
La respuesta de Leibniz a la pregunta sobre el porqué del mal es sabida: si el mundo responde a la voluntad de Dios y su hay una razón suficiente, no es posible un mundo mejor que el nuestro. Sin embargo, podemos precindir de Dios. O, cuando menos, del Dios del teísmo cristiano, el que imaginamos como un espectro bueno y omnipotente.. Pues basta con tener en cuenta qué significa que haya algo en vez de nada.
Y lo que significa es que nada es real que no se realice. Lo real debe realizarse —debe ser algo. Es decir, lo real absoluto es el Bien… en tanto que el Bien es lo que debe ser. SI hay mundo es porque lo real, en su carácter absoluto u otro, se realiza relativizándose, esto es, como perspectiva —como nunca por entero. Cualquier algo siempre incorporará, en consecuencia, una dosis de su contrario. El amor incluye en su seno las semillas de la muerte —de la tendencia a la posesión. La fidelidad, las de la infidelidad. La alegría, las del descontento. El ser, las de la nada. Y ello porque el deber ser de lo real —el Bien— se hace presente como esa exigencia de bien incrustada en cuanto es… en tanto que todo cuanto es, precisamente, es… porque el deber ser de lo real solo puede realizarse como negación de sí. Mejor dicho: esta negación de sí es el envés de lo real. Por tanto, no es que primero haya lo real y luego su negación de sí.
El libro de Job da fe de lo mismo. O la sentencia de Is 45,7.
levántate y anda
enero 12, 2026 § Deja un comentario
Está la caricia. Está Verónica y su trapo. Maria y sus ungüentos. Pero también, el taumaturgo que resucita a los muertos por el poder del padre. Esto es, de su mandato: levántate y anda. No te lamas las heridas. Pues el enemigo ya cruza nuestras puertas.
incomprensión
enero 11, 2026 § Deja un comentario
Hay dos tipos de lectores: el de quienes leen para entretenerse y el de aquellos que se enfrentan a una obra que les soprepasa, y que, por eso mismo —porque volverán a ella—, les hará crecer.
Sin embargo, vivimos en una época en la que, incluso en las escuelas, no está bien visto hablar de la necesidad de enfrentarnos a lo que nos supera. En su lugar, el descenso, la adaptación al gusto. Nada que objetar… si se trata de niños. El problema es que, en las etapas superiores de la formación, el presupuesto sigue siendo el mismo: como si siguiesen siendo niños. No sea que se disgusten donde constaten que, de momento, no están a la altura de la obra que deben leer o, mejor dicho, escuchar.
Los efectos políticos de la actual educación es que, una vez los clásicos devengan incomprensibles, no habrá modo de liberanos de la tiranía de la demagogia. A partir de ese momento, la única libertad será la de los monjes.
i
enero 9, 2026 § Deja un comentario
Lo real en tanto que absolutamente otro es irrepresentable. No, porque no podamos representárnoslo —no porque carezcamos de antenas para captarlo—, sino porque en lo otro, como tal, no hay nada que captar. Debería haber lo otro. De acuerdo. Pero no puede darse… como tal. Y esto es lo que cuesta de pillar. Por decirlo en breve, debería haber lo otro porque existir significa, cuando menos, un hallarse expuestos a su posibilidad.
Sin embargo, también es cierto que lo absoluto, desde su lado, por así decirlo, debe realizarse. Pues, de lo contrario, no sería. Nada real que no se realice. Sencillamente, de no realizarse lo absoluto, no habría el haber. Ahora bien, la realización de lo absoluto —de lo otro par excellence— es la existencia. Y lo que esto significa es que lo absoluto se realiza en su negación de sí. Esto es, en lo que se presenta en relación con (y, consecuentemente, como la pérdida de la alteridad). De ahí que lo absoluto permanezca como lo ab-suelto del mundo. Hay lo que hay porque el haber de lo absoluto —el carácter otro o ajeno de lo real— es, en sí mismo, lo abstracto , lo abstraído o restado del cuanto es. En definitiva, nada en concreto sino la imposibilidad de lo meramente posible. Por eso, la posibilidad de lo absoluto es su poder de hacerse presente.
Hegel dijo que nada más real que lo abstracto. Esta tesis sigue siendo, en buena medida, platónica. El último Platón, sin embargo, también comprendió, antes que Hegel, aunque a su manera, que el envés de lo absoluto es su retroceso a un tiempo anterior a los tiempos, es decir, su trascendencia, la cual se ubica más allá del todo… como puro deber ser —como Bien. De ahí que el Bien sea no siendo aún nada. O que la creación sea, necesariamente, ex nihilo. Pero esto último supone ir un poco más lejos que donde se detuvo Platón.
desde dentro, desde fuera
enero 8, 2026 § Deja un comentario
Las Goldberg, pongamos por caso, no son las mismas para el oyente que para el intérprete. Este último, sin duda, las comprende mejor. La piel que acaricia el amante no es la misma que la que se ve al microscopio. Lo único que permanece invariable es el algo ahí. Pero por eso mismo, no es nada en sí. Mejor dicho, aún no es nada.
parafraseando a Jean Paul
enero 7, 2026 § 1 comentario
En el mundo de la fe, el sonido —la voz— llega antes que la luz.
ojos que no ven…
enero 6, 2026 § Deja un comentario
Parece que unos cuantos gamers fueron contratados por el ejército de los EUA para manejar los primeros drones que entraron en combate en las guerras de Oriente. Los gamers se limitaron a seguir jugando.. Sin embargo, en este caso, el objetivo fueron hombres y mujeres de carne y hueso. No lo sintieron así. La distancia emocional fue infranqueable. Probablemente, hubieran sido incapaces de cumplir con el objetivo de haber utilizado un cuchillo de campaña.
Con todo, lo cierto es que, se cual sea la distancia, se trata de lo mismo, aun cuando no nos los parezca: le hemos quitado la vida a un hombre. No hay que remontarse a Platón para sostener que el cuerpo no es de fiar a la hora de ir a por lo que en verdad está teniendo lugar entre lo que simplemente pasa. De ahí la importancia de la reflexión —de un volver sobre uno mismo.
Ahora bien, la reflexión simplemente nos permitirá saber que estamos ante lo mismo, pero no caer en la cuenta. Esto es, la reflexión no basta para incorporar sus resultados —para modificar la sensibilidad, para alinearla con lo que vemos con la mente. Pues incorporar supone hacer cuerpo de lo que, inicialmente, solo capta la inteligencia. Para esto es necesario recurrir al lenguaje del cuerpo, el que emplea las imágenes, los símbolos, el relato. De hecho, los gamers también tenían unas imágenes de su lado. Los muertos no fueron hombres: fueron ratas, escarabajos, gusanos. Todo imaginario es político.
De ahí que Platón, en su República, distinguiera entre mitos verdaderos y mitos falsos. Y no porque los mitos verdaderos se ajustaran a los hechos —Platón no fue un ingénuo—, sino porque estos reman en la dirección de la verdad que alcanzamos a través de la reflexión, una verdad que, debido a su carácter paradójico, no vamos a poder incorporar como quien no quiere la cosa. En este sentido, tampoco es casual que en cualquier cultura haya tabús. Pues si en ningún caso debemos matar al prójimo, sea bueno o malo, mejor que sintamos un terror visceral a hacerlo antes que dejarlo en manos del agrimensor que llevamos dentro.
Ahora bien, de lo anterior se desprende que para el sujeto de la reflexión la relación con el mito verdadero será, inevitablemente, irónica. Y más si gobierna —aun cuando, quizá afortunadamente para él, esto sea improbable, por no decir, inviable. Y será irónica porque sabe que el mito verdadero es, precisamente, verdadero, a pesar de que, de hecho, no sea así.
paradojas modernas
enero 5, 2026 § Deja un comentario
El individuo moderno se dice a sí mismo: no soy más que una máquina. Sin embargo, para poder decírselo ha de ser más que una máquina —un continuo diferir de la máquina que se es. También: no soy más que un chimpancé… solo que más listo. De acuerdo. Pero para poder decirlo, antes ha de ser un problema para sí mismo. Y un problema que no resuelve diciendo que es un chimpancé. Aunque tampoco diciendo, por ejemplo, un ser de luz. Ya se vio en su momento: más bien un entre —entre la bestia y el ángel.
el infantilismo de Nietzsche
enero 2, 2026 § Deja un comentario
Según Nietzsche, la perspectiva no lo es de algo. Este sorpaso, tan lógico, de la perspectiva a la esencia es, en el fondo un error. Pues detrás —o por encima, o por debajo— no hay nada. La misma noción de apariencia se disuelve como el azúcar en el café donde nada hay que deba aparecer. La vida es adjetivo sin sustancia —y por eso mismo, ni siquiera adjetivo, sino tan solo la fugacidad de lo sensacional. Evidentemente, aquí no hay nada que comprender. Únicamente, cabe sumarse al juego, bailar, ponerse a saltar las vallas. Y sin remordimientos.
Ahora bien, la metafísica ya dio cuenta, y desde sus inicios en Platón y Aristóteles, de la vacuidad de la sustancia primera. Y quizá por eso mismo, la exaltación nietzscheana de la dispersión nihilista pueda entenderse como un modo de evitar enfrentarse a un nihilismo aún más radical: el del Bien más allá de la esencia. O en bíblico, el que experimento Jakob en Peniel. O el crucificado en el Gólgota. Ante el silencio de Dios —ante su vaciamiento— no todo es ponerse a bailar.
lo trascendente y el símbolo
enero 1, 2026 § Deja un comentario
Algo es algo más que. Por ejemplo, el mechero que perteneció a papá. Así, ese mechero es más que un mechero. Y este más no solo tiene que ver conmigo. No es como la madalena de Proust —no es simplemente un evocador. Tiene que ver con mi padre, que ya murió. En cualquier caso, creeré que solo tiene que ver conmigo, con mis recuerdos o emociones, cuando la alteridad no juegue ningún papel —cuando haya olvidado que existir supone estar referido a lo imposible de una alteridad tot court. Para quien carga con lo que supone la existencia, lo presente apunta inevitablemente a lo que se sitúa más allá del presente, sea el Altísimo, un pasado irrecuperable, ese futuro inalcanzable. Y por eso, todo se halla cargado de significación. O lo que es lo mismo, del misterio que no cabe resolver.
Hoy, sin embargo, en vez de significado, únicamente la implicación. De lo que no somos quizá tan conscientes es que la cosificación del mundo implica también nuestra cosificación. Y quien dice cosificación dice sumisión. Aunque de vez en cuando nos dé alguna rabieta, provocando, de paso, la ilusión de que formamos parte de la resistencia. Sin embargo, la reacción nunca fue una respuesta.
ante el árbol
diciembre 30, 2025 § Deja un comentario
Recuerdo una conversación con Richard Gassis, jesuita ya fallecido, en la que me decía, con sentida convicción, que el árbol que teníamos enfrente nos lo había puesto Dios para que nos diera sombra. Esa conversación provocó en mí una honda conmoción… a pesar de su carácter elemental. O por eso mismo. No por su contenido, sino por su corporalidad. Sin embargo, la pregunta es si, de hecho, es así.
La respuesta es no. Pues, como dijera Bonhoeffer, un DIos que existe, no existe. Ahora bien, quizá la pregunta sea si es verdadera, a pesar de que no haya hechos que la confirmen —ni pueda haberlos. Y aquí la respuesta es sí. Sin embargo, para comprender su porqué hay que ir más allá de los hechos. Pues la convicción de Gassis es verdadera como es verdad que la amada le ha robado el corazón al amante. Y lo es porque su pasión es más que un mero chute hormonal.
Con todo, este más no remite a otro mundo, algo así como un trasunto big size del que nos ha tocado en suerte, sino a la nada —a su inherente paradoja. La rosa es sin porqué, dijo el Silesius. Y lo es porque su horizonte es, en realidad, el de la negación de sí que es inherente a la nada —a la nada de Dios. Desde este horizonte, todo nos ha sido dado —todo deviene aparición, milagro, extra-ordinario. Pero por eso mismo, también extraño.
Así, es verdad que ese árbol fue puesto por Dios. Pero no porque, de hecho, sea tal y como es dicho, sino porque todo es gracia. Y es que para interiorizar en el dia a día el sin porqué —para incorporarlo— no podemos evitar, como seres de carne y hueso, el uso de las figuras de la imaginación: hay alguien ahí arriba que…
PS: El imaginario es una trampa —una que nos impide alcanzar la boca de la caverna — donde aún estamos de ida. Deja de serlo, donde estamos de vuelta. Pero, en ese caso, su uso será, forzosamente, irónico, que no cínico. Como el que hace un hombre del te quiero cuando se declara a una mujer… sabiendo que eso aún no es posible, pero siendo consciente, a la vez, de que tiene que decirlo antes de tiempo para que pueda tener lugar… en el mejor de los casos. Se trata de la sinceridad del buen actor, el que asume un papel, sabiendo que él es más que el papel que representa —y, por eso mismo, ese más se traslada, precisamente, a ese papel.
acercamiento y distancias
diciembre 29, 2025 § Deja un comentario
Qué sean las cosas en concreto depende de la distancia desde la que las observemos. ¿Qué es, pongamos por caso, una piel? No será lo mismo para el amante que la acaricia que para la bacteria que la habita entre sus pliegues. Tampoco para el dermatólogo. Para este una piel siempre será una pielsana o, por el contrario, enferma. Y si nos situamos en la distancia del dios —la distancia teórica par excellence—¿acaso la tierra en su conjunto no nos parecerá apenas una mota de polvo? Un dios ¿distinguirá la vida de los hombres de, por ejemplo, la de las hormigas? Ninguna visión está más cerca de lo real. Toda perspectiva es de lo real. Pero solo en tanto que lo desdibuja al, precisamente, dibujarlo.
Con todo, hay una pregunta que hace posible la cercanía, aunque, de hecho, se trate de la más lejana, a saber: ¿en qué consiste que algo sea?; es decir, ¿por qué el ente y no, más bien, la nada? Esta es, como es sabido, la pregunta de la metafísica. Aquí, propiamente, no habrá perspectiva… ya que la respuesta no admite una representación que podamos aceptar. Únicamente, concepto o, mejor dicho, su entramado, el texto. De topar con el ser en cuanto tal, en definitiva, con un puro haber toparíamos con la nada —y con una nada que es… no pudiendo ser nada. Esta impotencia es, en realidad, el mayor poder. Y con respecto a este asunto, como decíamos, no hay representación que valga…. salvo, quizá, la que proporciona el mito. Pero esto equivale a decir que la única representación adecuada es la delirante. Al fin y al cabo, lo posible se asienta sobre lo imposible. Y quien no lo comprende, no es que no comprenda nada, sino que jugará a favor de la nada. Aun cuando lo ignore.
capital
diciembre 28, 2025 § Deja un comentario
El capitalismo no tiene escrúpulos. Si hay negocio, entonces tira recto. Así, por ejemplo, si lo hubiera en la venta de replicantes que se ajusten a nuestra demanda de tener un confidente , habrán replicantes para dar y vender. Al fin y al cabo, muchos prefieren la compañía de sus mascotas. Pues una mascota siempre está a favor. Esto es, si hay negocio en encerrarnos en un mundo virtual, alguien lo hará. Aun cuando terminemos idiotizados. Que fuese ilegal es lo de menos. Pues la ley no afecta a la naturaleza del capitalismo. Los cárteles de la droga son como, pongamos por caso, las farmacéuticas, solo que trabajan en la sombra. Y en sucio.
ser y lenguaje
diciembre 27, 2025 § Deja un comentario
No comprendemos la naturaleza del lenguaje mientras lo pensamos desde su función, esto es, como código o sistema de signos. Como escribiera Nietzsche, no nos libraremos de Dios hasta que no nos liberemos de la gramática. Y es que es en el lenguaje donde anida nuestra esencial exposición a una alteridad que no es nada en sí misma, sino, en cualquier caso, pro-vocación, el hágase más originario.
En este sentido, habría dos nihilismos, aunque diferentes de los que puso Nietzsche sobre la mesa. El primero sería el positivista, el cual solo ve cosas, nada más; el segundo, el de quien asume qué significa existir. Y con respecto a este último nihilismo, cualquier salida solo puede darse como fe en lo imposible. Y es que nada más imposible que lo más real, a saber, lo absolutamente otro que, en su hundimiento, funda el mundo. El cristianismo, como sabemos, concibe esto último como el amor de Dios. Pero este es otro asunto.
en manos de o arrojados
diciembre 26, 2025 § Deja un comentario
Es interesante el giro heideggeriano con respecto al sentimiento de hallarse en manos de, el cual, según Schleiermacher, constituía el envés del sentimiento de dependencia que sostenía la existencia creyente. En este giro, de hecho, se consuma el abandono moderno del poso cristiano, el cual ya anticipó Hegel, y con sarcasmo, al destilar la intuición que esta en la base de su pensamiento diciendo que, si fuera así, el perro tendría la fe más perfecta. Así, Heidegger propone, en lugar de un hallarse en manos de, el sentimiento —fundamental y, por eso mismo, insustituible— de un estar arrojados. No es exactamente lo mismo. Pues el experimentar la propia existencia como un haber sido arrancados sin que haya un de qué no equivale a experimentarla como estando en manos del Padre.
Aquí, ciertamente, podríamos hablar de secularización. Pero con este término, por lo común, se da a entender que, en el fondo, seguimos hablando de lo mismo… aunque sin admitirlo. No lo tengo tan claro. Pues también podríamos decir, siguiendo la estela de la moderna Ilustración, que el mito, más bien, supone una anticipación, deformada por su simbolismo, de una lucidez que se atreve a exponer crudamente lo que el mito amagaba con sus figuras aún demasiado humanas.
Frente a esta disyuntiva, el monoteísmo de Israel se alza como un tertium a tener en cuenta. Pues, para Israel, ni Dios se deja encerrar en las figuras de la religiosidad más espontánea, con lo que, en sí mismo, se encuentra más cerca del nadie que de cualquier dios campesino; ni el estar arrojados se comprende al margen de la promesa. Aunque esta apunte a lo imposible.
ver asombro
diciembre 23, 2025 § Deja un comentario
El mundo es muy extraño. Tan digno de asombro como de repudio. Sin embargo, tan solo percibimos la repetición, la costumbre, el para mí. Todo es aparición. Pero existimos alejados de lo verdadero —de cuanto tiene (el) lugar. Como bestias que buscan el ajuste, el éxito reproductivo, la madriguera.
lectio
diciembre 20, 2025 § Deja un comentario
Este es un fragmento de un poema que escribió el joven Hegel a su amigo Hölderlin:
Por eso tú no vivías en sus labios.
Su vida te honraba. Y todavía en sus actos vives. ¡También esta noche, sagrada divinidad, te he entendido, a menudo te revela a mí la vida de tus hijos, y como alma de sus actos yo te presento!
Tú eres el acto sensato, la fe sincera que, divina, aunque todo se derrumbe, no vacila.
¿Cómo leerlo? Esto es, ¿cómo no limitarse a deletrear? También podríamos preguntarnos cómo leer, por ejemplo, a Homero o a Dante. Su mundo hace tiempo que dejó de ser el nuestro. Y esto significa que las palabras de ese otro mundo están lejos de conmovernos espontáneamente. Leer con notas al pie no basta. Pues no se trata solo de situar el texto en el contexto.
Al fin y al cabo, esta es la cuestión que Platón pone encima de la mesa con su Fedro, la de la relación entre escritura y oralidad. Y es que, para cualquiera que esté un poco rodado con esto de la lectura de los clásicos, resultará evidente —o casi— que la actitud debe ser la de quien escucha, la actitud del discípulo. Al menos, porque la pregunta que preside la lectura seria no es la del crítico, sino la de quien se dirige al autor diciendo qué has visto tú que nostros aún no hemos visto, lo cual no excluye la crítica. Pero esta es siempre posterior y abierta al diálogo. De lo contrario, corremos el riesgo de presentarnos como perfectos imbéciles. Un autor es alguien que ya ha vuelto. Y, por eso mismo, el punto de partida es elrespeto. Y quien dice respeto, dice mantener la distancia. Quizá no sea casual que autor, literalmente, signifique el que (nos) autoriza. Y quizá también sea cierto que no sea posible comprender a un autor donde ya no sabemos qué hacer con la figura del padre. Un autor nos juzga. Por consiguiente, quien, de modo arrogante, se atreve a decir que Shakespeare es basura no está hablando de Shakespeare, sino de sí mismo, de su inferioridad.
Creo, por tanto, que no es posible leer a los clásicos sin recuperar la oralidad que hay detrás —sin imaginar que estamos en medio de la escena escuchando que nos están diciendo lo que en estos momentos no podemos más que leer. Algo perdimos cuando, hacia finales del imperio romano, se dejó de leer en voz alta —se dejó de escuchar lo escrito.
Estos versos de Hegel son una buena ocasión para poner a prueba lo anterior… aun cuando no me atrevería a decir que, como poeta, habite en el Parnaso. Como es sabido, el romanticismo alemán posee una impronta religiosa. Y no porque sus poetas crean, sino porque, a diferencia de los ilustrados, lamentan que ya no sea posible creer. El romanticismo alemán —y con este, el idealismo— fue una toma de conciencia de lo que dejamos atrás con la mayoría de edad. Así, podemos imaginar que estamos con el joven Hegel en una taberna de Tubinga, y que, tras levantarse y con una ligera ebriedad, se dirige a Hölderlin para espetarle, no sin ironía: Tú eres el acto sensato, la fe sincera que, divina, aunque todo se derrumbe, no vacila.
Y digo con ironía, no porque Hegel no crea en lo que dice, sino porque, precisamente, lo cree… sabiendo que ya no es posible seguir creyéndolo. O, cuando menos, creerlo como antes.
la distracción
diciembre 19, 2025 § Deja un comentario
Uno de los efectos laterales de la muerte de Dios es habernos quedado sin un lenguaje para, cuando menos, expresar la oquedad abisal de la existencia. Así, el individuo moderno fácilmente creerá que es profundo donde simplemente experimenta la confusión, el aún no saber qué hacer consigo mismo, la indecisión, la colisión de deseos incompatibles. Ciertamente, aquí hay más profundidad que en una existencia ocupada a tiempo completo en las ofertas del super. Pero los meandros de la subjetividad no dejan de resultar ridículos ante la posibilidad de que prevalezca el No. Ningún temor o temblor ante la posibilidad de la aniquilación —del exceso más extremo, el que supone el vaciamiento de Dios. Pues la muerte de Dios es un infantilismo donde se contrapone a su negación de sí.
perfectio (1)
diciembre 18, 2025 § Deja un comentario
El haber, en cuanto tal, no es (nada) sin el haber de las cosas. Sucede aquí algo parecido a lo que podemos decir con respecto a la relación entre la conciencia de sí —el yo— y el cuerpo con el que se identifica: que el yo es no siendo aún nadie sin el cuerpo; ahora bien, si el cuerpo es de alguien es porque hay un yo ahí. La identificación con el propio cuerpo tiene lugar a través de la negación de sí que expresa la voluntad del yo de llegar a ser reconocido: yo no soy nadie… y quiero ser alguien. Sin embargo, no hay que entender lo anterior como si el yo precediese al cuerpo en el tiempo. De hecho, se trata de un círculo —mejor dicho, de una cinta de Moebius— , el que traza el desarrollo de la subjetividad… y que podemos cortar por donde nos plazca… cuandoque nos preguntemos por una explicación —una historia—, la cual siempre será relativa al corte. De ahí que quepan diferentes historias. Una cinta de Moebius no se explica: se constata. O mejor dicho: cualquier explicación es irrelevante. Pues no da cuenta de la realidad a la que apunta. No hay génesis si no es en relación con la nada.
Paralelamente, si hay el haber de las cosas es porque hay el haber… aun cuando el haber en cuanto tal no sea nada en concreto, sino su negación de sí —una negación inherente a que la nada no sea—, la que constituye el mundo. La nada no es nada… ni puede serlo. Por tanto, debe ser su contrario, el mundo. Que la nada no sea nada —ni pueda serlo— es el Bien. Por defecto, lo real se realiza. Nada es real que no se realice. Es decir, la nada es real en tanto que se realiza. Pero —y en ello reside la clave de este asunto— se realiza en su negación de sí y, por eso mismo, como mundo.
Con todo, la negación de si de la nada se conserva en su realización como mundo —y porque el mundo es su realización. Todo es de nada. O dicho de otro modo: que nada termine de ser obedece a que la nada termina de ser —se realiza— como la totalidad de lo que hay. Se trata, obviamente, del tiempo. Todo se encuentra sometido al tiempo porque el todo es la realización de la nada. En definitiva, ser y nada —luz y oscuridad, bien y mal, vida y muerte— son dos caras de lo mismo. Pues tiempo significa que lo que hay es en la dirección de su contrario.
Frankenstein vs Elohim
diciembre 16, 2025 § Deja un comentario
La posibilidad de que los humanos creen un ente de inteligencia inconmensurablemente superior —el hecho de que procedemos de bacterias que, como tales, no dejan de ser idiotas— ¿acaso no abre la posibilidad de que el creador sea, en realidad, inferior a su criatura? La pregunta es, en el fondo, retórica.
Ahora bien, en ese caso, el creador no sería DIos. Pues Dios, por defecto, nos excede por entero. Y no me refiero a que sus rasgos sean algo así como más de lo mismo —la diferencia con lo divino no es la de lo gigantesco. Pues, de ser así, ese dios aún no sería Dios, sino un ente supremo. Me refiero a que el exceso de Dios es el del nadie aún. Y aquí ya no hay proporción.
meditaciones cartesianas 23
diciembre 14, 2025 § Deja un comentario
¿En qué consiste el giro del pensamiento moderno, el que inicia René Descartes, con permiso de la alta escolástica? Lo que suele decirse es que la primera cuestión, la que da pie a la reflexión radical, ya no será en qué consiste que algo sea, sino cómo podemos asegurar la verdad de lo que decimos. O en otra clave, la actitud de la sospecha precederá a la del asombro. Es como si el cirujano, antes de ponerse a operar, quisiera ver hasta qué punto los bisturíes están lo suficientemente afilados. Traducción: hasta qué punto los medios con los que contamos para llegar a la verdad —los criterios, a saber, la sensibilidad y la razón— son lo suficientemente fiables. Y lo serán si son capaces de garantizar que nuestras afirmaciones sobre cuanto nos rodea no admiten ningún género de duda. Esto es, si pueden proporcionar certezas. Como sabemos, la pregunta por la fiabilidad de los criterios de verdad es la pregunta escéptica por excelencia —y también, como sabemos, la tesis escéptica es que no hay modo de garantizar dicha fiabilidad, esto es, que en modo alguno cabe rebasar el horizonte de la creencia, la suposición, la opinión… aun cuando, por lo común e ingenuamente, las demos por ciertas, es decir, las aceptemoscomo si lo fueran. El giro de Descartes será la respuesta al desafío escéptico. Ahora bien ¿cuáles son las implicaciones de dicho giro?
De entrada, quien se pregunta por la fiabilidad de los criterios de verdad no se enfrenta en primer lugar al acontecimiento, al hecho de que haya algo en vez de nada, sino a sus representaciones mentales acerca de lo que hay. Esto es, no se expone al hecho de que haya, pongamos por caso, un árbol ahí, sino a su idea —o si se prefiere, su afirmación— de que hay un árbol ahí. Así, no estaríamos en contacto directo con el mundo, sino con nuestras representaciones mentales del mismo. Con ello, la noción de verdad ya no se entenderá, en primer lugar, como equivalente al acontecimiento —a la presencia o presente de lo real—, sino como correspondencia entre nuestras representaciones mentales de los hechos y, precisamente, los hechos. De ahí que la cuestión sobre la fiabilidad de los criterios de verdad se entienda como primera cuestión.
Ahora bien, el paso no es inocente. De hecho, es algo así como un truco. La pretensión de Descartes a la hora de abordar la pregunta por la posibilidad de alcanzar lacerteza —el saber— es la de partir de cero, esto es, la de no dar nada por supuesto. Sin embargo, en el momento en que el punto de partida no será el que haya algo ahí, sino nuestras representaciones de algo ahí, el resultado no podrá ser otro que el de la primacía del cogito. Es decir, admitir la posibilidad de que las representaciones mentales no den en el clavo —al fin y al cabo, admitir la posibilidad de que dichas representaciones estén solo en nuestra mente— presupone implíctamente lo que, en el contexto de las Meditaciones, se expondrá como el resultado del ejercicio metódico de la duda. En definitiva, podríamos decir que este ejercicio concluye lo que presupone… lo cual cae en la circularidad tautológica. Y si esto es así —que lo es—, entonces dicho ejercicio no deja de ser un espléndido ejercicio de retórica. Aunque se vista con los oropeles de la demostración rigurosa.
La retórica, sin embargo, continúa. Pues Descartes se verá obligado a admitir que la conciencia de sí no es posible sin una referencia a la exterioridad, al puro y simple ahí. Efectivamente, la finitud del cogito, el que Descartes solo pueda estar seguro de su existencia mientras piensa, exige como su envés el más allá de la conciencia, el afuera o puro ahí. Pues, por defecto, si hay límite, hay un más allá del límite, aun cuando no podamos decir en qué consiste —aun cuando no podamos decir que sea un mundo. El puro ahí no puede darse, por tanto, como el objeto de una representación que quepa poner en cuestión. Es, por el contrario, el punto de partida del pensamiento… lo que Descartes, de facto, rechaza. La conciencia es, inevitablemente, conciencia de algo. Y por eso mismo, ese algo es el índice de una exterioridad que no cable poner contra las cuerdas como tal. Es verdad que Descartes nunca pone en cuestión que haya el ahí. Pero también lo es que muestra su necesidad… en relación con el cogito. Según Descartes, el puro ahí —el afuera, aún sin mundo— será primero en el orden ontológico —en el orden de lo real—, pero no en el epistemológico —en el orden del conocimiento. Y este acaso fuese el paso más decisivo. Pues, por el camino, el puro ahí perderá su carácter absoluto o ab-suelto. Es decir, originario.
¿Qué le hubiera dicho Platón a Descartes? “Haber comenzado por (el) ahí”. Pues, aun cuando nuestras ideas sobre el mundo —sobre las cosas que hay— pudieran revelarse como un completo error, la división entre el ahí aún sin forma —la pura exteriordad— y su hacerse presente en perspectiva seguiría siendo fundamental, esto es, anterior. Y por eso mismo, es lo que hay que pensar antes que nada. De hecho, de hacerlo, va a ser la misma perspectiva —la apariencia—, incluso siendo adecuada, la que se revelará como ilusión. Así, una vez Descartes, a través de la idea de Dios, llega a la conclusión de que hay lo ilimitado de un ahí debería haber vuelto a Platón. El truco consiste, precisamente, en no haberlo hecho. Es lo que tiene convertir las apariencias en representaciones mentales —en entenderlas en primer lugar como contenidos de la conciencia, antes que como un hacerse presente de lo real-absoluto.
Y de ahí a la muerte de Dios media un paso. A pesar de las demostraciones con las que Descartes intentó garantizar su existencia. Pues que esta tenga demostrarse ante el tribunal de la razón ya sugiere, cuando menos, que lo demostrado no será, en realidad, Dios.
el ethos griego
diciembre 13, 2025 § Deja un comentario
Al fin y al cabo, los griegos fueron muy simples a la hora de hablar sobre la mejor manera de vivir: que no te pueda lo que no importa. Pero para eso hace falta, sobre todo, lucidez. Y en eso, los griegos la clavaron. También la clavó Israel. Pues, a diferencia del cristianismo, el cual exalta al carbonero, para un judío no es posible la santidad sin sabiduría, la cual no habita, a pesar de los rumores, una torre de marfil.
el verso y la glosa
diciembre 12, 2025 § Deja un comentario
Hay un verso de Hölderlin que dice, más o menos, así: Perdónanos, Platón: te hemos traicionado. Así, leído como quien no quiere la cosa, no diríamos que estemos ante un gran verso. No hay giros, sorpresas semánticas, metáforas afortunadas. Es demasiado simple… hasta el punto de parecernos una boutade, una ocurrencia. Sin embargo, la profundidad de este verso resulta estremecedora… pàra quien sepa que pensó el que tuvo las espaldas anchas. Pues basta con imaginar que alguien nos dijera, precisamente, esto: hemos traicionado a Platón. Y nos lo dijera con esa sencilla gravedad que confiere a las palabras el peso de lo verdadero. El efecto emocional sería parecido al que experimentaría un creyente judío que cayera en la cuenta de que es posible que, sus antepasados, hubiesen crucificado realmente al Mesías, y no únicamente a un impostor.
Quizá fuese por este motivo que Platón desconfiase de la escritura. Pues, probablemente, la verdad —mejor dicho, nuestro compromiso con ella— necesita de una voz. Dar la palabra por escrito es darla sobre un papel. Y los papeles, tarde o temprano, terminan cogiendo humedad. Aunque también fue consciente de que, para conservar la voz de Sócrates y tras la desaparición de los rapsodas, era necesario glosarla a través de, precisamente, la escritura.
El posible que, cerca del final, topemos con lo verdadero, a pesar de su carácter paradójico o extraño. Pero también lo más probable es que nadie lo entienda. Y no porque sea complicado o difícil de entender, sino porque lo obvio es, por defecto, lo obviado.
Hume y la compasión
diciembre 11, 2025 § Deja un comentario
La cuestión es si la mirada del otro simplemente nos conmueve o, también, interpela. Realmente. Ahora bien, si fuese esto último, entonces debemos responder —y no tan solo reaccionar emocionalmente. La cuestión es por qué debemos. —por qué, en definitiva, esa mirada nos juzga.
Israel lo tuvo claro desde el principio —o casi: la aparición y el deber de preservarla de la profanación —al fin y al cabo, de nuestra impiedad o indiferencia— son las dos caras de una misma moneda. Aquí, no hay simetría que valga. Y lo que esto significa es que el punto de partida —aquello que, por defecto, se asume existencialmente como indiscutible— no es la autonomía, sino una extrema heteronomía.
Esto es lo que, al fin y al cabo, quiso decirnos Emmanuel Levinas. Y con ello no se limitó a exponer una opinión —un me parece que es así. Más bien, un es así… aun cuando no nos lo parezca. De ahí que, tarde o temprano, tengamos que pelearnos con la metafísica —con la necesidad de alcanzar una cierta lucidez.
la autoridad de la escritura
diciembre 10, 2025 § Deja un comentario
Hay en la escritura profana un resto de escritura sagrada. Y no —o no solo, al menos, en la literatura premoderna— por los temas. La palabra escrita arrastra el carácter incuestionable de lo pronunciado. Y queda como si fuese una sentencia dictada por un juez: queda dicho. Al fin y al cabo, sentencia, pronunciamiento, juicio… son términos que proceden —o asume— el ámbito judicial, siendo, además, intercambiables. El verbo ser —y su sustantivación— contribuye, y decisivamente, al efecto. Pues quien dice es dice permanecer. Incluso cuando sostiene que nada permanece. Pues, en ese caso caso„ lo que permanece es que todo lo sólido se desvanece en el aire.
De ahí que a la hora de leer no estaría de más imaginar que el autor no deja de ser un cualquiera, aunque con una particular habilidad, alguien que no termina de saber de lo que habla. Ahora bien, de hacerlo, tampoco caeríamos en la secularización. De hecho, todo lo contrario.