cenicientas (y 2)
febrero 24, 2012 § Deja un comentario
Un príncipe azul tarde o temprano terminará siendo despreciado por su princesa. Por imbécil. Pues solo un imbécil —creerá ella— puede no haberse dado cuenta de lo poca cosa que soy.
cenicientas
febrero 24, 2012 § Deja un comentario
El problema de la cuentos de hadas no tiene que ver con el hecho de que no existan los príncipes azules, sino con el de que nunca, si existieran, podrías tomarte en serio que fueras la elegida. Y es que estás demasiado cerca de tu mal olor como para creer de veras que puedes llegar a ser una princesa.
al César lo que es del César
febrero 23, 2012 § Deja un comentario
¿Puede haber una política cristiana? La respuesta es obvia. No. Pues, la cuestion de la política —¿qué tenemos que hacer cuando no es posible realizar lo que sobre el papel deberíamos realizar?— no puede ser en modo alguno la cuestión que el hombre se plantea ante Dios —¿qué debo hacer por ti?—, la cual no admite las componendas del posibilismo. O respondes a la llamada o no respondes. Sería extraño a la experiencia creyente que un cristiano se preguntara que deberíamos cristianamente hacer una vez constatamos que no es posible responder hasta el final a la demanda infinita del pobre con el que Dios se identifica. Pues lo cierto es que debemos responder aun cuando de hecho no podamos hacerlo en la misma medida en que somos llamados. Otra cosa es si, con todo, cabe algo así como una politíca inspirada en la fe cristiana. Y la respuesta es, de nuevo, obvia. La respuesta es Occidente, se trate de la diestra o de la siniestra.
hiato
febrero 23, 2012 § Deja un comentario
La diferencia entre la verdad cristiana y lo que tienen en la cabeza una gran mayoría de cristianos acerca de Cristo es semejante a la que pueda mediar entre la ruptura que supuso en su momento el blanco sobre blanco de Kazimir Malévich y la cantidad de progres que han hecho de dicho blanco una nueva representación de la belleza entre otras igualmente disponibles. Cuando lo cierto es que el arte contemporáneo lo que cuestiona es precisamente la posibilidad de una belleza que, por al hallarse por encima de nuestras cabezas, admita diferentes encarnaciones.
minipimer
febrero 23, 2012 § Deja un comentario
El Nuevo Testamento es una brutal trituradora de ilusiones humanas. Si usted sigue a Jesús y no acaba muerto, es como si tuviera que dar explicaciones de ello.
Terry Eagleton
la jaula de los leones
febrero 23, 2012 § Deja un comentario
Quizá sea preciso salvar el cristianismo de la cristiandad. (Aunque diría que esto ya lo dijo Nietzsche.)
anti Heidi
febrero 22, 2012 § Deja un comentario
Quien quiera evitar una interpretación naïve de las bienaventuranzas solo tiene que sustituir ‘pobres’ por ‘chusma’. Y es posible que así comprenda de paso por qué crucificaron a Jesús de Nazareth.
nietzscheanas 19
febrero 21, 2012 § Deja un comentario
Puede que el hombre aún exija una respuesta —puede que aún se pregunte si el mal tendrá o no la última palabra—, pero sabe que no puede esperarla. Todo en la historia es un eterno retorno de lo mismo. La historia no tiene, pues, un final porque tampoco tuvo un principio. Donde hay eternidad no puede haber Dios. Y donde no hay Dios, el amor y el odio no se distinguen del movimiento más espontáneo de la vida, la cual como sabemos solo se perpetua a lomos de la muerte.
insurrextion
febrero 21, 2012 § Deja un comentario
Decía Gustavo Gutierrez que sin insurrección no hay resurrección y con ello demostraba tener más razón que un santo. Se equivocan, por tanto, quienes entienden el dicho en clave materialista como si Gustavo Gutiérrez quisiera decirnos que no hay más resurrección que la insurrección. En verdad, lo que se subraya aquí es que la insurrección es el criterio de una genuina fe en la resurrección. De hecho, los orígenes van en esta dirección, pues difícilmente hubiera tenido lugar la inversión de valores que supuso el cristianismo, si unos cuantos desgraciados de Galilea no hubieran creído que la resurrección de Jesús de Nazareth era el preámbulo de la irrupción subversiva y definitiva de Dios. Aquí podríamos preguntarnos qué queda de todo esto una vez la resurrección deja de ser un acontecimiento para ser una interpretación de un acontecimiento. Pero éste es, ciertamente, otro asunto.
qohelet
febrero 20, 2012 § Deja un comentario
En el hombre, todo es vanidad. Durante su vida, no hará otra cosa que preguntarse ante el espejo si es o no es aquel que quiso ser. Y lo que no es vanidad en el hombre, no nace del hombre, sino de la altura de Dios. O del las simas del demonio.
un buen trato
febrero 16, 2012 § Deja un comentario
Ante el descrédito de la creencia en lo sobrenatural parece que Dios solo pueda ser admitido como el nombre de otra cosa, pongamos por caso, de la bondad o el amor. Pero entonces, Dios solo puede comprenderse como poder, pues esa otra cosa, tratándose de Dios, únicamente puede consistir en un poder o una fuerza. Y si Dios es poder, aunque se trate del poder del amor, tener una relación con Dios solo puede ser cuestión de técnica: como si de lo que se tratara es de conectarse a la realidad de Dios, de garantizar su influencia. Pero un Dios que sea un poder del que apropiarse en mayor o menor medida no puede valer como Dios: nadie se encuentra en verdad sometido a un poder con el que pueda llegar a un buen trato. Será verdad que Dios es intratable o no puede valer como Dios.
maranatha
febrero 16, 2012 § Deja un comentario
Pocos han caído en la cuenta de que el último libro del NT es un libro lleno de esperanza, el Apocalípsis. Pero muchos menos han visto que esa esperanza se sostiene sobre imágenes imposibles. O, por decirlo de otro modo, que la esperanza creyente no puede comprenderse como una posibilidad del mundo. Como si cristianamente no pudiéramos esperar más que la irrupción de un Dios que le ponga al mundo un punto y final. De hecho, la fe en la resurrección y la esperanza apocalíptica van de la mano, pues la resurrección de Jesús de Nazareth, desde el horizonte de dicha esperanza, no significa otra cosa que la siguiente: el final ha comenzado ya. La última palabra del NT —maranatha, esto es, ven Señor Jesús— es propiamente la invocación de unos desesperados que han creído en la resurrección de Jesús, pues solo desesperadamente podemos aguardar con entusiasmo la tábula rasa de un Juicio Final. Como si la resurrección les hubiera dado los ánimos suficientes para desear la catástrofe que invirtiera de una vez por todas el orden del mundo. Nadie podía creer por aquel entonces que la resurrección lo que hizo en verdad fue poner la revolución en manos de los hombres. Pues un Crucificado solo puede estar a la altura de Dios, si Dios cae hasta la altura de un Crucificado. De ahí a la Modernidad —la época en la que la revolución se convierte en una posibilidad del mundo— tan solo hay un paso.
nihil obstat
febrero 16, 2012 § Deja un comentario
¿Qué significa nihilismo? Nada por encima de nada. Todo por igual. Nada extraordinario como medida de lo ordinario. Un nihilista no cree que pueda haber nada nuevo en la novedad.
(Y es así que unas dosis de nihilismo siempre van bien para no confundir las cosas. Pues nada en verdad nuevo puede comprenderse como una posibilidad del mundo. O, lo que viene a ser lo mismo, nada en verdad nuevo puede darse sin la quiebra de nuestra confianza en el mundo.)
los tibios
febrero 16, 2012 § Deja un comentario
No es la primera vez que uno tiene que oir eso de que cristianamente deberíamos poder ser normales. Que uno no tiene que ser un héroe para ser cristiano. Pero es probable que quienes defienden el derecho a la normalidad aun crean que esto de ser cristiano tiene que ver con un ideal o un modelo de vida. Como esas chicas gorditas y con bigote de medio pelo que, estando sometidas a un feroz patrón de belleza, proclaman a los cuatro vientos que ellas tienen el derecho a no ser como Megan Fox… porque, en el fondo, están convencidas de que debieran ser como ella. Es cierto que el cristianismo se ha debatido tradicionalmente entre el seguimiento y la imitación de Jesús de Nazareth. Pero puede que el seguimiento sea más original que la imitación. La imitación es griega u oriental, mientras que el seguimiento es judío. Y es que no se trata de ser perfectos, sino de responder a la voz en grito de los abandonados de Dios. Quienes aun creen que solo siendo perfectos podemos responder perfectamente a la llamada de Dios se olvidan de que en los evangelios quienes son capaces de responder son, de hecho, quienes ya no se preguntan si pueden o no ser perfectos, de tan cubiertos que están de su propia mierda. Cristianamente, quienes pueden responder a Dios son quienes ni siquiera se atreven a mirarse el ombligo para ver si son o no buenos creyentes. Cristianamente, el tema nunca eres tú, sino el otro. Quien responde, no se pregunta si puede ser o no normal. Responde como puede y punto. Así pues, si se trata de responder, se trata de escuchar, no de escucharse. Aquellos que defienden el derecho a la normalidad coinciden, por lo común, con los cristianos del no n’hi ha per tant, aquellos que se sienten muy a gustito con su fe, aquellos que confunden el pan de la eucaristía con un chupa-chups. Son los tibios, los cristianos del primer banco, los que convierten en piedra todo cuanto tocan, los que ven el aguijón del espíritu como una mera provocación. El Jesús que tiene en mente es más bien un Jesús del buen rollo, compasivo hasta la náusea, algo así como el abuelito de Heidi. Su Jesús es un Jesús hecho a su medida, un mito de conveniencia. Pero a Jesús no lo crucificaron por su bondad —que la tuvo—, ni siquiera porque discrepara de los fariseos en algunas interpretaciones de la Ley. De hecho, solo hace falta leer el NT para ver que hay un tipo de cristianos que da asco incluso al mismísimo Jesús. Son los cristianos de Laodicea, los cristianos del ni fu ni fa. Son aquellos que, a causa precisamente de su tibieza, serán vomitados de la boca del Señor (Ap 3:14-22). Pero quizá los tibios estén en lo cierto y sea verdad que no n’hi ha per tant.
más gestos
febrero 15, 2012 § Deja un comentario
El esquema de la religión sobrevive incluso a la caída de la religión. Así, el adolescente que cree que es un poeta por el simple hecho de que imita los gestos, la pose del poeta auténtico sigue la pauta del primitivo cuando con su danza reproduce el movimiento de los dioses al crear el mundo con el propósito de participar de la plenitud originaria. La religión nunca fue más que esa gestualidad que pretende alcanzar un estado que no posee. Cuando lo cierto es que solo el hombre que ha fracasado en su pretensión de ser como Dios puede doblegarse sinceramente ante Dios.
cuestión de formas
febrero 15, 2012 § Deja un comentario
La religión es la técnica del trato con lo divino. El rito es, pues, la clave de la religión. El rito, la postura, el cómo. No se trata, por tanto, de ser auténtico, de buscar la conexión para poder, por ejemplo, arrodillarse sinceramente, sino de recuperar, por la vía de la imitación, la autenticidad de la conexión originaria con lo que nos supera. En la religión, la forma lo es todo. De ahí que la fe no sepa a ciencia cierta qué hacer con las meras formas. Pues la fe no pretende ningún tipo de conexión, sino en cualquier caso responder en nombre de Dios a la inviabilidad de la conexión.
misterium
febrero 14, 2012 § Deja un comentario
Muchos de los que dicen que Dios es un misterio creen, más bien, que Dios es un ente misterioso. Como si el misterio consistiera en que no acabamos de saber cómo es esa cosa llamada Dios. Como si nos faltaran palabras para terminar de caracterizar a Dios. Pero Dios no es el misterio de Dios, sino el misterio del Mundo, por decirlo a la manera de E. Jüngel. Decir que Dios es misterio es, por tanto, decir que de Dios no podemos decir nada. Ni siquiera que existe. Pues Dios, en sí mismo, es esa falta —ese silencio— que marca el mundo por entero y, gracias al cual, el todo se nos revela como no-todo, esto es, como algo, al fin y al cabo, por resolver.
¿fue la resurrección un mcguffin?
febrero 14, 2012 § Deja un comentario
La resurrección de Jesús de Nazareth no fue un acontecimiento. De hecho, el lenguaje de la resurrección fue, en su momento, un lenguaje disponible, esto es, algo que podía decirse de alguien sin que sonara a chino. Antiguamente decir resucitado era como decir hoy en día, por ejemplo, que tal o cual ha salido del pozo de la depresión. Difícilmente entenderíamos que los exegetas, de aquí a tres mil años, se preguntaran cómo podíamos creer que la depresión era de hecho lo mismo que caer en el pozo, ya que para nosotros resulta obvio que una depresión es en verdad lo mismo que caer en el pozo, aun cuando de hecho no sea así. Pues algo parecido pasa con la resurrección. En la antigüedad helenística, decir que tal o cual hombre había resucitado significaba que había logrado sustraerse, por la intercesión divina, al dominio del Hades. Y en principio resucitaban aquellos que habían alcanzado en vida un estado casi sobrenatural o, lo que viene a ser lo mismo, poderoso. Así, resucitaban los héroes y resucitaban los emperadores… o, cuanto menos, algunos. Es cierto que las cosas no eran exactamente así en el judaísmo de por aquel entonces, aun cuando se tratase de un judaísmo fuertemente helenizado. Para ese judaísmo, la resurrección era antes que nada la antesala del Juicio de Dios. Pero si aquellos judíos creyeron en la resurrección de los muertos fue porque, al fin y al cabo, adaptaron la creencia pagana a la expectativa judía de un final de los tiempos. Todos los muertos tenían que resucitar, si el Juicio de Dios tenía que alcanzar a vivos y muertos. En cualquier caso, el acontecimiento no fue —decíamos— la resurrección, sino el hecho de que el resucitado fuera precisamente Jesús de Nazareth, un maldito de Dios, un predicador fracasado, alguien que había sufrido hasta el extremo el abandono de Dios. Jesús resucitado significó, al menos inicialmente, que Jesús decía la verdad: Dios le había resucitado y, por consiguiente, la venida del Reino era cuestión de días. Aquí la tumba vacía jugó probablemente un papel determinante, aun cuando en verdad no constituya una prueba de la resurrección. Sobre la base de esta constatación, los más simples y, por tanto, supersticiosos de quienes siguieron a Jesús —y no es necesario recordar que el cristianismo fue de buen comienzo un movimiento de simples— pudieron creer, en continuidad con lo que había creído Jesús, que la irrupción de Dios era inminente. Nos equivocamos cuando creemos que la fe en la resurrección se basa en las apariciones. Como defiende la mayoría de los especialistas, los relatos de las apariciones son originariamente independientes del relato de la resurrección. Los primeros cristianos no creyeron en la resurrección porque vieran al resucitado, sino que vieron al resucitado porque creyeron en la resurrección. No sabemos a ciencia cierta que vieron esos hombres y mujeres, si es que vieron algo. Pero sí sabemos que, a partir de una tumba vacía, pudieron seguir creyendo en la proximidad del Reino que había anunciado Jesús de Nazareth. Que sobre esta base algunos creyeran que Jesús andaba por ahí como un aparecido es lo de menos. Lo cierto es que la creencia en la resurrección dió un definitivo impulso al ethos cristiano, de hecho el verdadero motor de la expansión del cristianismo. La resurrección no fue el acontecimiento. La resurrección fue el mcguffin, el motivo por el que esos primeros cristianos pudieron tomarse directamente en serio la posibilidad de una inversión de los valores. En un mundo como el antiguo, proclamar que los últimos serían los primeros o cosas por el estilo suponía proclamar algo literalmente increíble. Si alguien podía creer seriamente en ello es porque el que lo anunciaba mostraba poseer el poder de Dios y Jesús, sin duda, poseía ese poder, al menos para quienes le siguieron en Galilea. Los ciegos ven y los cojos andan: esa era la señal. Por eso la muerte abyecta de Jesús de Nazareth fue tan decepcionante. Ninguno de sus discípulos podía seguir creyendo en la inminente llegada del Reino. Muerto el perro, muerta la rabia. De ahí que la tumba vacía fuera vista, desde la expectativa escatológica y a ojos de los más simples, como la definitiva intervención de Dios y, por tanto, como el inicio de los tiempos finales. El Juicio había comenzado y los pobres podían tener una esperanza digna de crédito. Los pobres al fin podían creer verdaderamente en el final de la pobreza. La fe en la resurrección, basada inicialmente en el hecho de una tumba vacía, fue algo así como la toma de la Bastilla de la antigüedad romana. Ahora bien, a medida que el final de los tiempos se iba aplazando sine die, el cristianismo tuvo que hacerse griego para seguir justificando un ethos originariamente judío como un ethos universal. Ya no bastaba una tumba vacía para confirmar la verdad del ethos cristiano. Jesús tuvo que hacerse realmente divino. Ya no era el enviado de Dios, sino Dios mismo paseándose por la tierra. Jesús dejó de ser el profeta de Dios para ser el portador del amor salvífico de Dios. El tema ya no era la inminente llegada del Reino, sino la Encarnación. Y con ello el cristianismo fue dejando de lado su potencial subversivo para convertirse como quien no quiere la cosa en una religión entre otras, esto es, en un camino hacia la plenitud de Dios, aunque, y a diferencia del resto de las religiones, se insistiera en que ese camino había sido transitado previamente por un Dios que descendió hasta hacerse maldición por nosotros, los hombres. Así pues, a medida que el ethos cristiano se fue haciendo evidente —a medida que el ethos se fue independizando de la expectativa escatológica de la proximidad del Reino— la verdad cristiana tuvo que hacerse cada vez más sofisticada hasta comprometer la noción misma de la divinidad. A partir de entonces —a partir de la identificación de Dios con el Crucificado— el cristianismo solo pudo sobrevivir a costa de su verdad originaria, o bien tolerando el docetismo que inicialmente condena, o bien engendrando en su seno la teología de la muerte de Dios o, lo que viene a ser casi lo mismo, el ateísmo moderno. Pero este ya es, sin duda, otro asunto.
diálogos del conocimiento
febrero 13, 2012 § Deja un comentario
Dice ella: mis hijos son sagrados. Su vida es la vida que Dios me ha dado.
Dice el moderno: esto lo dices porque te han salido bien… Apelas a Dios porque te gusta sentirte diferente a un animal. Pero aquí no veo otra cosa que instinto sublimado. Otro gallo cantaría, si tus hijos acabaran siendo unos cabrones, por no decir, unos genocidas…
Ella: es posible que porque me han salido bien pueda ver fácilmente lo que, en cualquier caso, debería ver. Los antiguos siempre consideraron la locura como una puerta de entrada al más allá. Somos nosotros quienes decimos que el más allá es el efecto de su locura. Sea como sea, hay que estar loco para ver que no hay nada más allá.
Moderno: ¿me das, pues, la razón?
Ella: decimos lo mismo, pero no vemos lo mismo. Porque no hay más allá, tú te quedas con las cosas. Pero precisamente porque nada hay más allá, yo no puedo quedarme solo con las cosas. Las cosas no se bastan a sí mismas. Todo se encuentra suspendido de un gran silencio. Todo permanece a la espera.
Moderno: no hay nada que esperar…
Ella: cierto, pero por eso mismo todo permanece a la espera. Todo es en relación con un porvenir inconcebible. El mundo debe resolverse, aun cuando no podamos imaginar el cómo sin falsear la espera. La muerte no puede tener una última palabra para quien abraza la vida. Pero sin muerte no puede haber vida que valga. Creer es permanecer en el impasse de Job.
Moderno: ¿quieres decir que puesto que Dios no existe, todo es posible?
Ella: al contrario, porque Dios no existe, no todo es posible. Precisamente por ello hay lo imposible. Estricta lógica. En realidad, lo imposible —ese silencio que se encuentra fuera de la totalidad— es lo único que hay.
Moderno: que seas capaz de ver esto solo tiene que ver con tus capacidades… no con la realidad del mundo.
Ella: las cosas solo son reales porque tienen su realidad pendiente; porque se nos dan sobre el fondo mismo de la nada; porque la nada les pertenece como lo más íntimo; porque, al fin y al cabo, no acaban de ser… Tu error consiste en creer que el mundo está hecho de cosas. Pero que puedas ver cosas depende de que eso que ves sea, en definitiva, algo que no puedes ver, algo siempre más allá de su aspecto; depende de que la nada sea, al fin y al cabo, innombrable.
Moderno: no entiendo nada…
Ella: por supuesto. Un espectador es incapaz de ver (la) nada.
últimas palabras
febrero 13, 2012 § Deja un comentario
Ponerse en manos de Dios ¿acaso es posible donde damos por sentado que Dios se encuentra ahí, por encima de nuestras cabezas, esperándonos? La apertura de la existencia al más allá, el hecho mismo de trascenderse ¿cabe donde seguimos dependiendo de un imagen del más allá? Frente a la tentación gnóstica, conviene recordar una y otra vez que el Crucificado murió cubierto de espanto, en medio de la quiebra de los significados que habían sostenido hasta entonces su existencia. Que no hay otro abandonarse a Dios que el de quien sufre el abandono de Dios. Con respecto a Dios, seguimos sin saber. Y así, cuando decimos que Dios es amor, no debemos entender que la energía del amor es divina, sino que Dios se da por entero en la figura de un Crucificado. O, por decirlo con otras palabras, que el gesto de Crucificado representa el amor sacrificial de Dios, su inmolación por los hombres. Por eso resulta cuanto menos desconcertante que sigan habiendo por ahí hombres y mujeres, por lo común religiosos e iluminados, que sigan creyendo que el espíritu de Dios es independiente del último aliento de un Crucificado. Como si la muerte en Cruz solo fuera un mal final y no una revelación.
el óbolo de la viuda
febrero 13, 2012 § Deja un comentario
Una cosa es dar las sobras y otra dar lo que a uno le falta. Una cosa es ser generoso —y, sin duda, es mejor serlo que no serlo— y otra dejar de comer para que tus hijos (y los hijos de los otros) no pasen hambre. Una cosa es la hospitalidad de ŀos hombres y otra el óbolo de la viuda. Una cosa son las buenas costumbres y otra el sacrificio de sí. Las buenas costumbres apenas necesitan ser justificadas. Dudo, en cambio, que podamos siquiera comprender el gesto del Crucificado. Dar la vida para que los que hijos de puta puedan renacer ¿acaso no es el absurdo de los absurdos? ¿Qué vió la viuda en los otros pobres para que diera lo poco que le quedaba? ¿Es que no deberíamos admitir la irrupción del espíritu como una enajenación? Será verdad aquello que dice Marc Vilarassau: que la diferencia entre darlo casi todo y darlo todo es infinita. Y luego seguimos esperando que quienes han visto a Dios —o mejor dicho, quienes ven a los hombres con los ojos de un Dios crucificado— sean unos tipos normales.
la otra cara de la luna
febrero 13, 2012 § Deja un comentario
Comprender la Cruz únicamente del lado de los hombres, esto es, como si solo se debiera a nuestra incapacidad para aceptar la bondad de Dios, supone privar a la Cruz de su poder revelador. Pues una cosa es decir que los hombres seguimos sin ser capaces de obedecer a Dios, y otra muy distinta decir que Dios mismo, por medio del Crucificado, se pone en manos de los hombres. En el primer caso, Dios sigue siendo lo que siempre fue, a saber, un poder, aunque en este caso se trate del poder de la bondad, mientras que en el segundo, Dios ya no puede seguir siendo el Dios que garantiza la plenitud de quien hace lo debido. Pues un Dios que se deja caer hasta identificarse con el destino de un crucificado no puede valer como esa divinidad en la que confían quienes, al margen del resto de los hombres, pretenden elevarse por encima de la miseria.
esa mosca cojonera
febrero 12, 2012 § Deja un comentario
Tomándome un café con mis hijas en el bar de la esquina, uno de los indigentes del barrio me pide un cigarrillo. Se lo doy, lo enciende y luego se aleja. Su vida no tiene nada que ver con la nuestra. Los pobres existen y andan como si fueran seres de otro mundo. Ellos y no otros son los verdaderos ángeles. Ellos y no otros nos hablan en nombre de Dios. Hay, pues, muchos hombres y mujeres que viven vidas de miseria. Y morirán como si no hubieran nacido. Ellos, los pobres, están ahí y nosotros seguimos como si tal cosa. Resulta difícil creer que sí o el no de nuestra existencia se decida ante ellos, los malnacidos. Cuesta admitir que, como sostiene el cristianismo, no haya otro modo de relacionarse con Dios que entregándoles nuestra vida. Algunos dirán que no hay que meter a Dios en esto, sobre todo si sigue exigiendo, como siempre, nuestro sacrificio. Que tampoco hay que ir tan lejos. Que basta con unas dosis de compasión. Las que, siendo sensatos, podemos tolerar. Será verdad. Solo que cristianamente no hay vuelta de hoja. Para un cristiano, no cabe otro Dios que el que es crucificado con los crucificados de la Tierra. Demasiado pa’l cuerpo, como suele decirse. Aunque puede que sea cierto que no hay más que dos banderas: la de quienes vivimos como si no hubieran pobres; y la de quien no puede soportar vivir mientras ellos sigan ahí.
bienaventurados
febrero 12, 2012 § Deja un comentario
Para los griegos, tan solo un dios podía ser feliz. Al fin y al cabo, los hechos parecían darles la razón, pues la felicidad fue siempre un poder. Por eso la idea de que únicamente los pobres serían en verdad dichosos tenía que venir de la mano de una abrupta interrupción del orden del mundo, estrictamente de su final. Solo hace falta imaginar lo que supuso el anuncio de las bienaventuranzas en la Antigüedad para comprender que no ha habido ni habrá otra revolución que la cristiana. Que las otras revoluciones acaso no sean más que una actualización del ethos cristiano contra un cristianismo que solo ha sabido sobrevivir vendiendo el originario sentido del final de los tiempos por un plato de lentejas.
Kylie Bisutti
febrero 11, 2012 § Deja un comentario
Parece ser que Kylie Bisutti, uno de los últimos ángeles de Victoria’s Secret, ha decidido dejar de posar en lencería por motivos de fe. Dice que no quiere exhibir su cuerpo como si solo fuera un cuerpo. Que solo quiere que sea para su esposo. Etc. Sea como sea, resulta cuanto menos curioso que algunos cristianos —los avanzados de siempre— se escandalicen diciendo aquello de que no n’hi ha per tant. Pero es posible que ellos crean que el mundo de la moda es como una congregación de catequistas solo que un poco mas frívolos. Como siempre los avanzados tan dispuestos a tragar con ruedas de molino con tal de seguir con el buen rollo.
los pepinos nunca fueron alucinógenos
febrero 11, 2012 § Deja un comentario
Quien cree que Dios tiene al mundo en vilo —quien cree que el mundo se encuentra por entero sometido al juicio de Dios— no posee estrictamente hablando otra visión de Dios. No dice de Dios que es juez como otros dicen que es la fuerza del bondad o el poder que es capaz de intervenir en el mundo a la manera del deus ex machina de las tragedias de Eurípides. Aunque lo parezca, no estamos ante una visión entre otras igualmente disponibles sobre lo divino, del mismo modo que la fuente de Duchamp no es, aunque lo parezca, otra visión de lo bello, sino el cuestionamiento radical del hiato entre la Belleza y las cosas bellas. Quien se encuentra sometido al Juicio de Dios no ofrece otro aspecto de lo divino, sino que cuestiona que Dios mismo pueda ocupar un lugar por encima de la vida del hombre. Un Dios que se encuentra fuera del tiempo, mas allá de la totalidad, no es un Dios que pueda estar presente al modo de la divinidad. Nos equivocamos, pues, cuando intentamos ver qué hechos podrían corresponderse a las declaraciones creyentes acerca de Dios, pues éstas no pretenden decirnos nada sobre Dios, a pesar de las apariencias, sino sobre nuestras representaciones de Dios. Y es que si un Crucificado se revela como Dios mismo es porque, al fin y al cabo, ya no hay Dios que representar. Será verdad que no hay otro arte cristiano que el que se expresó en la provocación de Duchamp.
3D
febrero 11, 2012 § Deja un comentario
Una de las críticas más habituales que uno tiene que escuchar sobre la creencia religiosa es que, se vista como se vista, no es más que una proyección. Que uno cree en el dios que quisiera ser. Pero es posible que quien dice esto aún no comprenda la diferencia entre una divinidad religiosa y el Dios del monoteísmo, entre un padre difícil de ver y un padre muerto. Un hijo puede fantasear con un padre que nunca para por casa pero que, se supone, sigue por ahí, de aeropuerto en aeropuerto. Puede imaginar, al fin y al cabo, que su padre es el que le hubiera gustado tener. Sin embargo, con un padre en la fosa ya no cabe seguir suponiendo que es lo que en modo alguno puede ya ser. Un hijo, en este caso, solo puede hacerse cargo de su herencia, una madre, unos hermanos que mantener. Tras la muerte del padre, un primogénito debe ocupar su lugar. El único vínculo que podrá mantener con el padre es el que mantenga con sus huellas: la mujer que amó, los otros hijos que también engendró. Me cuesta creer que quien se encuentra sometido al deber que nace de una falta de tal calibre sea una proyección. Los huérfanos apenas tienen tiempo para soñar.
más Isaías
febrero 11, 2012 § Deja un comentario
La crítica a la idolatría que sostiene la convicción monoteísta desde sus orígenes no debe comprenderse como un cambio de referente para la idea genérica de Dios —como si el creyente hubiera descubierto que Dios no es cruel, sino bueno—, sino más bien como una impugnación de la idea religiosa de Dios. Para Isaías, Dios no se revela como esa fuerza que se hace presente al modo de un deus ex machina, ni siquiera cuando se trata de hacer justicia. Estrictamente, la esperanza creyente en la Justicia de Dios es una esperanza en la posibilidad de lo imposible. Como si Dios y su Justicia en modo alguno pudiera darse como la posibilidad de un mundo, aunque se trate de un mundo sobrenatural. Dios y su Justicia no se ofrecen como una opción creyente entre otras disponibles. Quien espera la Justicia de Dios no puede esperar otra cosa que la imposible Justicia de Dios, pues, bajo el peso de las incontables víctimas inocentes de la historia, quien espera la imposible Justicia de Dios no es nada más que esa esperanza, esa invocación. O, por decirlo de otro modo, quien aún confía en sus posibilidades ante Dios todavía se halla lejos de encontrarse sometido a la verdad de Dios. La crítica a la idolatría no funciona, así, como un descubrimiento de la verdadera naturaleza de Dios, sino como el rechazo de todo intento de concebir a Dios, precisamente, como naturaleza. Quien cree en Dios no supone nada de Dios, sino que, por el contrario, se encuentra, sometido a la inviabilidad de todo supuesto acerca de Dios, al fin y al cabo, a la irreversible invisibilidad de Dios. Decir que no hay otro Dios que YWHW es decir, sencillamente, que no hay divinidad —que no hay fuerza o poder— que pueda valer como Dios. Pero quien antiguamente oía esto de que Dios en verdad no puede valer como poder, entendía que Dios en verdad no puede valer como divinidad. Y es así que para el creyente la fuerza de Dios es la que nace en el corazón de los que sufren la falta de Dios como el insoslayable mandato de preservar la vida de muertos, la vida de quienes ya no tienen vida por delante como si fuera la vida misma de Dios. La profesión de fe del monoteísmo no debe comprenderse, por tanto, como si se nos hubiera dicho que el autor de Hamlet fue en verdad Marlowe, en vez de Shakespeare, sino como si se nos dijera que es irrelevante quién haya escrito Hamlet. Que no hay autor que pueda ser aquí verdadero. Pues si Hamlet es Hamlet es porque hubo un lector como Samuel Johnson que supo extraer la vida de Hamlet como si el mismo hubiera tenido que crearla ante la imposibilidad de resolver de una vez por todas la cuestión del autor.
alter
febrero 10, 2012 § Deja un comentario
De lo otro en sí mismo —o, como suele decirse, de lo enteramente otro— no es posible tener una experiencia sensible. Pues tenerla significa, por definición, reducir su alteridad a las condiciones de mi receptividad. Tendrá razón el filósofo, el cual afirma, casi por defecto, el carácter inalcanzable de lo real. Como si la alteridad propia de lo real solo fuera visible a ojos del pensamiento.
persons
febrero 9, 2012 § Deja un comentario
Hay por ahí quien dice aquello de yo creo en las personas. Pero las personas somos quienes no merecemos la más mínima confianza, salvo que se trate de una confianza de ir por casa. Solo hace falta haberse dado una vuelta por los läger de la historia para que ese optimismo naïve se muestre como lo que, de hecho, es: una perfecta estupidez. Y cuando, además, ves que estos optimistas suelen ser creyentes de los buenos, no puedes evitar la sensación de que aquí quien tiene las de perder es, precisamente, ese Dios que tuvo que morir a manos de nosotros, las personas, para que pudiéramos hacernos, cuanto menos, dignos de su confianza.
aperture 2.0
febrero 9, 2012 § Deja un comentario
¿Qué hay de verdadero en la creencia típicamente religiosa? Pues el hecho de que mantiene nuestra existencia abierta a lo que, de algún modo, nos excede, a la posibilidad misma de lo extra-ordinario, acaso la única realidad, acaso lo único que es en verdad otro. Y es que una cosa es fer pais y otra muy distinta explorar. Una cosa es poseer y otra ofrecer(se). Una cosa es mirarse el ombligo y otra mirar al horizonte. Una cosa es devorar un cuerpo y otra acariciarlo. Una cosa es utilizar las cosas y otra asombrarse de que se encuentren simplemente ahí. Una cosa es creer ingenuamente de que todo comienza y acaba en ti y otra sentir que formamos parte de aguas que nos cubren. Una cosa es permanecer prisionero de las cuatro paredes de tu circunstancia y otra abrir las ventanas para caer en la cuenta, al menos, de que hay vida más allá del hogar. Las figuras de la creencia religiosa se encuentran, pues, al servicio de una existencia que busca trascenderse, ir más allá de sí misma. Y para eso nada mejor, al menos de entrada, que dar por supuesto que hay más allá. El problema de la creencia religiosa es tomar la imagen por aquello a lo que apunta la imagen, el medio por el fin. El problema es acabar transformando el más allá en una modalidad espectral del más acá. El mundo sobrenatural es un indicador de la genuina trascendencia, su representación sensible. Pero por eso mismo la revela al mismo tiempo que la encubre. La trascendencia tot court no puede comprenderse como otro mundo, sino como lo otro del mundo, como esa nada, ese silencio que envuelve todo cuanto es. En verdad, no hay más apertura que la que sufre Job o el Crucificado. Solo ellos cargan sobre sus espaldas el peso de una trascendencia que en tanto que radical se encuentra incluso más allá de nuestro más allá.
sinrazón
febrero 8, 2012 § Deja un comentario
Decía Kant que una cosa es el motivo por el que decimos o hacemos lo que decimos o hacemos y otra, muy distinta, las razones que justifican —o deberían justificar— lo que decimos o hacemos, bien como verdad, bien como deber. Un motivo solo tiene que ver con nosotros, esto es, con nuestra necesidad de decir o hacer lo que decimos o hacemos, mientras que una buena razón da validez a lo que decimos o hacemos al anclar lo que decimos o hacemos fuera de nosotros mismos, sobre aquello que, en principio, se sostiene o debería sostenerse por sí mismo. Por eso resulta difícil de comprender que muchos creyentes desprecien la exigencia de dar razón de su esperanza (1Pe 3, 15). Como si la fe no fuera con el anuncio. Como si les bastara con decir que para ellos la fe es una buena solución. Como si tan solo les importara una fe olisbo, una fe al servicio de su propia felicidad.
1917
febrero 5, 2012 § Deja un comentario
El cristianismo nace como una auténtica revolución popular. O, por decirlo a la manera de Nietzsche, como una inversión del orden natural de las cosas. En la Antigüedad era impensable que los brutos —los campesinos, los esclavos, las rameras…— fueran capaces de la más mínima elevación. Y si era impensable no es porque los antiguos aristócratas fueran todos ellos unos clasistas—que lo eran—, sino porque la evidencia parece estar de su lado. De hecho, tanto ayer como hoy, un bruto se encuentra más cerca de la vida animal que aquéllos que, pongamos por caso, llegan a emocionarse con los poemas de Rilke o con el pensamiento de Platón. Una cosa es seguir tu impulso, sea del color que sea, y otra muy distinta ser capaz de cuestionarlo en nombre de una etérea integridad. Una cosa es vivir plegado a lo que tienes ante tus narices, y otra vivir las cosas desde el fondo mismo de la nada que sostiene todo cuanto es. Una cosa es ver un cuerpo como si solo consistiera en unos cuantos orificios y otro ver la nobleza del alma entre los resquicios de un cuerpo en ruinas. Para los antiguos, solo una adecuada formación —una buena paideia— podía garantizar que los hombres lograran trascender su condición animal. Que hubieran unos iluminados que dijeran, no solo que los brutos podían también elevarse como los filósofos, sino que solo ellos eran capaces de lo divino era algo tan inadmisible como que hoy en día alguien dijera lo mismo de los simios o los perros, animales con los que podemos, sin duda, empatizar, pero animales al fin y al cabo. Y que el Imperio, para más inri, acabara siendo cristiano —que una buena parte de la clase intelectual terminase convencida de que había una paideia cristiana— es algo que, probablemente, tengamos que agradecérselo a las herejías que hicieron digerible el kerygma evangélico, en particular al gnosticismo, aunque sea al precio de deformar su carácter transgresor hasta transformarlo en una variante, más o menos esotérica, de las religiones orientales. Para que luego digan que la Iglesia es tonta.
critical mass
febrero 5, 2012 § Deja un comentario
La masa tiene vida propia. De hecho, una vida muy elemental. Sus impulsos se encuentran tan arraigados en los sustratos mas básicos de la existencia en que se hace impensable algo así como una educación de las masas. La masa no suele atender a razones. Es por eso que cuanto mayor sea el sentido de la propia individualidad, menor será el sentido de pertenencia a la masa. ¿Se trata de fermentarla? Quizá. Pero, no deberíamos olvidar que un individuo siempre nace del rechazo de lo general, de su congénita dificultad para reconocerse en lo que se dice, se hace, se piensa. Y quizá sea por eso que la individualidad vaya de la mano de una cierta sinvergüenza.
apotegma
febrero 3, 2012 § Deja un comentario
Solo hace falta leer la Biblia con un poco de atención para darnos cuenta de que, en el momento crucial, quien se encuentra sometido a Dios, no se encuentra bajo el amparo de Dios. Que los creyentes defiendan por lo común otra cosa —de hecho, justo la contraria— es algo que debería, cuanto menos, llenarnos de perplejidad.
la imposible compasión
febrero 3, 2012 § Deja un comentario
Joan-Carles Mèlich cierra su libro dedicado a la ética de la compasión comentando la última escena del relato de Joyce, los muertos, para ilustrar la tesis de Levinás sobre la imposibilidad de la compasión. La idea, en el fondo, es simple. El otro es en verdad otro solo porque su indigencia —su falta de entidad, su lamento— no se encuentra a nuestro alcance. Nunca abrazamos por entero a quien abrazamos. De ahí que Levinás diga que no hay otra epifanía que la que pone de manifiesto la distancia infinita del Rostro. La Altura de Dios deja una huella en el Rostro. Una mirada no revela su verdad, su carácter de Rostro, hasta que no refleja la Altura de Dios, el desamparo al que nos arroja un Dios en standby. Y esto es lo que no comprendemos cuando somos demasiado jóvenes: que la realidad está hecha con los materiales de la ausencia; que lo real es, precisamente, lo siempre pendiente de las cosas que podemos ver y tocar; que no hay otra libertad que la de quien se siente obligado a lo que en modo alguno podrá realizar; que unos a otros nos debemos una compasión imposible. Será verdad que, al fin y al cabo, Dios solo puede ser adorado. Que el último gesto es el de quien permanece en silencio ante el rostro del pobre… después de haberle dado, eso sí, el pan que necesita. Hay que ser estúpido para creer que lo más real es lo que nos traemos entre manos, aquello que podemos retener o apresar, sea con el cuerpo, sea con el pensamiento o la imaginación. Aunque un judío diría mejor que hay que ser culpable para confundir a Dios con la divinidad.
algo huele a podrido en Dinamarca
febrero 2, 2012 § Deja un comentario
Dijo Kierkegaard que permanece con Dios quien se encuentra siempre en falta ante Él. Es posible que Kierkegaard esté en lo cierto. Pero si lo está, entonces están muy lejos de la verdad quienes han hecho de la proximidad de Dios un asunto demasiado sentimental como para que se trate de Dios.
un día en el campo
febrero 2, 2012 § Deja un comentario
No es que no podamos entender lo que ocurrió en Auschwitz. Es que no debemos entenderlo. Aquí el pensamiento, como el cuerpo de quienes no cedieron, debe respirar el aliento de la resistencia. Y es que la realidad del läger es invisible para el espectador que busca una buena explicación tanto del horror como de la santidad.
theodor
febrero 2, 2012 § Deja un comentario
Sabemos que Adorno se preguntó si era posible escribir poesía después de Auschwitz. Otros se preguntaron si era posible seguir creyendo en Dios. La respuesta típica es que no. Ahora bien, aun cuando ésta sea la respuesta habitual es posible que la verdad esté del otro lado. Es posible que después de Auschwitz todo eso sea posible de nuevo. Y no porque la urgencia de olvidar, la necesidad de pasar página, nos permita volver a escribir poesía o creer en Dios deshonestamente, como si Auschwitz nunca hubiese ocurrido, sino porque eso —escribir poesía, creer en Dios… — nunca fue posible en verdad antes de Auschwitz. Un genocidio es un acontecimiento epocal, un acontecimiento que divide el tiempo en un antes y un después, de modo que todo lo que ha sido hasta entonces puede, sin duda, volver, pero ya no será como antes. Un acontecimiento epocal es un nuevo comienzo. El mundo ya es otro mundo. Aun cuando las cosas sobre el papel siendo las mismas, en realidad ya no son las mismas: todas ellas, desde el hecho de escribir poesía o creer en Dios hasta incluso reír, quedan marcadas por esa imposibilidad que, sin embargo, tuvo lugar. Son en verdad —son afirmación— porque son milagro, porque ocurren donde nada puede seguir siendo, porque son una obsesiva resistencia a un mundo que no admite otra civilización que la que surge de la barbarie. Puede que el cristianismo esté en lo cierto y que no haya más elevación que la de quien ve cómo el suelo cede bajo sus pies. Puede que cualquier otra elevación tenga solo que ver con las posibilidades del hombre y no con las de Dios. Pero sea como sea, después de Auschwitz, la poesía solo cabe como esa palabra que coincide con el silencio, nuestra trivialidad como huida, la fe no ya como creencia, sino como sujeción a un Dios invisible, la sonrisa como piedad… Cualquier otra cosa simplemente no es aun cuando de hecho pase por nuestras manos. Al fin y al cabo, la verdad de lo que decimos o hacemos se revela solo como resurrección. Y es que un resucitado, a diferencia de un alma inmortal, siempre lleva la muerte a sus espaldas.
especula
febrero 1, 2012 § Deja un comentario
Dijo Heidegger a propósito de la poesía de Hölderlin que nuestra época «es el tiempo de los dioses idos y del Dios por venir. Y es éste un tiempo de indigencia porque se halla en una doble carencia y con un doble no: en el nomás de los dioses idos y el aún no del Dios por venir.» A modo de tentativa, uno puede sospechar que el antisemitismo de Heidegger esconde una voluntad de mantener en secreto las fuentes de su pensamiento, de borrarlas del mapa de una vez por todas. Pues ¿acaso la historia no es para el judío el tiempo del eclipse de Dios, el entretiempo que nace del descanso de Dios y que se mantiene pendiente, con mayor o menor impaciencia, de la posibilidad de su despertar?



