muerte de Dios, muerte del mesías

abril 29, 2021 § 8 comentarios

La muerte de Dios supone, como sabemos, la disolución del gran-relato-configurador. Pues encajamos siempre dentro de una película. Sin película —sin guión— no hay encaje. No hay piedra angular, el edificio no se sostiene. Esto significa, entre otras cosas, que no hay otra esperanza que la que pueda proporcionar el mundo. Ningún horizonte que no sea la del éxito —aunque aquí no estaría de más tener en cuenta la ambivalencia del término latino exitus. Ahora bien, nadie ignora que pocos consiguen un papel protagonista, chupar pantalla. El resto, de extras —de sobrantes. Así, puede que llegue el Mesías y nadie logre reconocerlo. De hecho, ya sucedió. Pues un Mesías, por defecto, nace en los vertederos de la historia. Y el mundo no parece dispuesto a darle ninguna oportunidad a quien huele a excremento. Pero lo actual —la aportación moderna— es que ni siquiera aquel destinado a soportar el peso de la redención sería capaz de asumir su papel. Pues no quedan guionistas para un personaje a medida de esta tarea. A menos que acepte que su misión solo puede encargarla un Dios que aún no es nadie sin su Mesías —un Dios que renuncie a su altura. Sin embargo, es posible que para aceptarlo haga falta tener las espaldas muy anchas.

§ 8 respuestas a muerte de Dios, muerte del mesías

  • Alexis Bueno Guinamard dice:

    Bonic…. un altre gir que comença i s’anirà clafirificant, entenc: això del guió!

  • Quentin dice:

    El hombre moderno no quiere un relato. Ha madurado y no precisa de la ayuda del intérprete para enfrentarse al misterio. Otrora fueron necesarios guiones que sedujeran la carne y amansaran el espíritu. Historias que pudieran ser transmitidas oralmente ante la hoguera y con los años fueran recogidas en libros bellamente escritos. Sabias palabras inspiraron a multitud de mentes para construir un artefacto, la teología, increíblemente sofisticado, alambicado y desesperadamente inverosímil.

    Como siempre ha ocurrido en la historia, a base de repetir fórmulas aprendidas y ajustarse milimétricamente a liturgias elegantes, las mentes se adormecen y acaban por fijarse en lo artificioso, irrelevante y barroco y olvidar la sustancia, el verdadero hallazgo del cristianismo.

    El hombre moderno no tiene interés ni tiempo para escuchar relatos que responden a otros tiempos y pide acceder directamente a la verdad, que es muy sencilla, la que fue enunciada en una sola frase.

    Y Dios espera que el hombre se dirija a él de forma directa, sin confusiones ni enredos, tal como Jesús enseñó, en la intimidad, con palabras sencillas y la mirada llena de amor.

    Dios no ha muerto. Ha muerto el teólogo, que carece de sentido para el hombre moderno.

  • Iñaki dice:

    Buenos días,
    No creo que esté dando una opinión personal si digo que, nos guste o no, ser cristiano es creer que Jesús es el Hijo de Dios; es creer en la vida eterna; participar de la Eucaristía en la iglesia y otras cosas. Es la petición de que se nos aumente la fe para poder amar a Dios y al prójimo. Es decir, el cristianismo no pone al mismo nivel a Jesús con Buda, Gandhi, Sócrates, etc…
    Desde mi humilde opinión, llegar a pensar eso es no comprender nada. Es hacer un Jesús a nuestra medida. Pero tiempo al tiempo.
    Un cordial saludo

  • Quentin dice:

    Apreciado Iñaki, no es fácil afirmar lo que supone ser cristiano.

    Hoy en día hay decenas de iglesias y confesiones que siguen a Jesús, se proclaman cristianas y discrepan en temas para ellos sustanciales, como el mismo asunto de la Eucaristía que mencionas en tu texto.

    Durante 20 siglos la humanidad ha discrepado, luchado y matado para defender distintas interpretaciones de lo que debía implicar ser cristiano. Amenazas, torturas y guerras han surgido sobre temas tan peregrinos sobre si hay que obedecer al papa de Roma. Se ha vertido mucha sangre, Jesús debe haber llorado mucho al constatar nuestra inconsciencia y soberbia.

    Así que creo razonable considerar que no está nada claro lo que es ser cristiano. Por eso propongo olvidar todos los artificios mentales elaborados por sesudos e inconscientes teólogos (que juegan con fuego) para volver a escuchar con humildad las palabras de Jesús. Tal como sintetizó, tan solo deberíamos amar a Dios y al prójimo. Discutir sobre lo demás es en verdad muy peligroso, como se ha demostrado una y otra vez. E inútil. Pues, ¿qué más da si la virgen nació libre del pecado original?

    Si comprendiéramos esta sencilla idea con humildad la cristiandad dejaría de tirar piedras sobre su propio tejado…

  • Iñaki dice:

    Estoy de acuerdo contigo Quentin. Los fundamentalismos, radicalismos, son muy peligrosos y dañinos. Sin duda.
    Pero el uso destructivo de las cuestiones de fe no implica que éstas estén de más, del mismo modo que el uso de la ciencia para la industria armamentística no supone creerla innecesaria. El asunto sin duda es complejo, cierto, pero veo que la fe en Jesús no puede ser algo individual, sino que debe participar de la fe de la iglesia.
    Un saludo

  • Quentin dice:

    Efectivamente Iñaki, la posibilidad del uso destructivo de la fe no inhabilita la reflexión sobre ella misma.

    Sí debe en cambio impedirse la edificación de una fe por un grupo colectivo. No se puede ir más allá del compartir la vivencia individual, construyendo un ente autónomo al margen de la persona. Porque la convicción se conjuga en singular y la fe en plural. He aquí el problema.

    Y es que cuando la fe deviene Iglesia amanece un peligro, que está fuera de control de la persona y del colectivo. Esta sencilla constatación es la que explica que haya habido centenares de enfrentamientos, conflictos y guerras a lo largo de la historia del cristianismo (o del islam) y en cambio absolutamente ninguno en la historia del budismo.

    Porque las religiones que extraen la vivencia del individuo y la convierten en un ente independiente, en una realidad por sí misma, pierden el control del monstruo que han creado y sus fieles se quedan de hecho sometidos al engendro desbocado.

    Un claro ejemplo en la iglesia católica es el callejón sin salida en el que se han metido los teólogos en material de moral sexual, donde los intrincados vericuetos de sus postulados los han conducido a puntos tan absurdos como considerar la homosexualidad un pecado o impedir que una persona divorciada comulgue.

    No se trata de impedir la reflexión y el debate sobre la vivencia cristiana. Lo que hay que evitar es la aparición de un órgano colegiado que pretenda dictar a los fieles lo que es y lo que no es. Recordemos una vez más que Jesús afirmó que la verdad había sido revelada a los sencillos.

    Ni siquiera Pedro era capaz de entender a Cristo cuando salía de la enseñanza básica del amor…

  • Iñaki dice:

    Hola Quentin,
    bueno, si comparamos el formar parte de una comunidad, de una iglesia en donde la fe se comparte y se enriquece, con una horda de descerebrados que se dejan guiar por un asesino… te doy la razón.
    Por otra parte, sin ser ni mucho menos experto en religiones, creo que en el budismo no es oro todo lo que reluce, y si no, que se lo digan a los musulmanes… Además me extraña mucho lo que dices, pues el budismo no es una religión individualista (¿hay alguna que lo sea?) pues tienen sus templos, sus monasterios, sus escrituras y su líder, el Dalai Lama.

  • Quentin dice:

    Apreciado Iñaki:

    El budismo no es de hecho una religión, ya que no expone un relato, no proclama unas escrituras sagradas y no se apoya en una estructura jerárquica de un clero que defina una doctrina de la fe. El budismo constituye una enseñanza para mejorar la vida, pero no conduce a una explicación de lo metafísico. Por ello del budismo no se han derivado conflictos bélicos, ya que no está soportado por ninguna institución.

    La aparición de las iglesias de las religiones ha sido el caldo de cultivo que ha conducido a los mayores crímenes de la humanidad a lo largo de la historia. Ello ha ocurrido de forma reiterada y en todas las iglesias. La lista de matanzas es terrible. No se trata de un tema menor sino de un problema de origen, asociado al hecho de que las ideologías (en este caso religiosas) se adueñan de las personas y las conducen a cometer actos terroríficos en nombre de sus creencias. Y ello sigue ocurriendo ahora, basta con contemplar estos días el nuevo brote del interminable conflicto palestino-israelí para ver que el fanatismo es mucho más que un peligro, es la concreción de lo peor del hombre.

    Bastaría con presenciar in situ cualquiera de los eventos a los que me refiero, como los de la noche de San Bartolomé en Francia, o de los cristales rotos en Alemania, para aceptar íntimamente esta realidad y aplaudir cualquier medida que evite su repetición.

    Este incontestable hecho debe empujarnos a todos hacia la única herramienta de que dispone el ser humano para librarse del virus de las ideologías: la lucidez.

    La lucidez consiste en la capacidad de abrir las orejas, repetir para sí lo que dice el disidente y, he aquí la clave del asunto, aceptar con mucha humildad, que existe la pequeña posibilidad de que tenga una pequeña parte de razón. Bastaría con esto.

    Parece fácil. No lo es. Es dificilísimo. Porque el vigilante de la propagación de las ideologías es muy potente. Está en uno mismo. Es el ego.

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