en sus manos

mayo 2, 2021 § Deja un comentario

Israel tardó en creer que la muerte no es un final —o al menos que no lo era para los justos. En sus primeros tiempos, el pueblo judío estuvo convencido de que el hallarse en manos de Dios va con que la vida se nos dé dentro un plazo. Que nuestro destino no es la inmortalidad. La bendición de Dios se reflejaba solo en una vida larga y fecunda. Es lo que se tiene el que existamos ante Dios —y por Dios.

Sin embargo, supongamos que nuestro padre hubiese decidido que no llegaríamos a la madurez; que moriríamos con el cambio. ¿Acaso no intentaríamos rebelarnos? ¿No sería esto lo normal? ¿Es que no aspiraríamos a ir más allá? ¿Acaso la culpa no fue necesaria y, en definitiva, querida por Dios? Un niño no tiene padre: tiene un ídolo. Tan solo, aquel que, habiéndo negado su figura, regresa para abrazar su impotencia. Pues no hay amor que no se exprese como debilidad. Hay más paternidad en el hijo pródigo que en el que permaneció obediente junto al padre.

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