vida examinada e ironía

octubre 16, 2026 § Deja un comentario

Es curioso o, al menos debería llamarnos la atención que Platón afirme, hacia el final de su Apología de Sócrates, que una vida examinada, una vida que se interroga a sí misma, tiene más valor que una vida sin examinar. Esto es: por un lado, juega en una liga superior, distinta a la de la bestia, y, por otro, es más libre, menos dependiente de lo que digan los demás. En este caso, la libertad equivaldría a la fortaleza de carácter. Pues quien vive libremente vive cara a lo que importa, en modo alguno centrado en su ombligo, sometido a la necesidad de recibir aplausos.

Ahora bien, digo que es, cuando menos, curioso porque el examen, la reflexión —ese volver sobre lo que uno siente u opina— supone situarse, y en nombre de lo verdadero, a una cierta distancia de lo que uno vive espontáneamente. Al fin y al cabo, lo que está en juego es la lucidez frente a la ilusión. Es como si el niño que vive el partido intensamente, chutando cualquier balón que le llega sin mirar atrás, se preguntase qué está haciendo chutando ese balón. Inmediatamente quedaría fuera de juego. O como si la chica a la que se le acaba de declarar su chico, a la hora de responderle, le dijera: “ahora me siento inclinada a decirte que también te quiero… pero la verdad es que no sé qué significa decirte que te quiero. Sé que me gustas mucho, que me siento bien estando contigo. Pero ¿es suficiente?” No es difícil entender que el juego entre ambos se interrumpiría… quedando la relación en suspenso. Al menos, de momento. Es cierto que lo común no es el estado de suspensión. Pero solo porque nos dejamos conducir por la convención —el tópico, el lugar común— sin cuestionar su andamiaje. Ahora bien, la pregunta es si este hallarse en suspenso es preferible.

Para Platón, y la tradición que él inaugura, no hay duda. Sin embargo, el examen de uno mismo, ¿acaso no nos condena al cinismo? Ciertamente, se trata de un posibilidad. Y es que el cínico se decanta, precisamente, por interrumpir el juego. Le va. Por eso mismo, el cínico no regresa a la cancha. Permanece en la grada como si fuera un espectador dispuesto a epatar la representación. Pues, para el cínico, el mundo es de cartón piedra. Sin embargo, cabe otra posibilidad, la del buen actor, la de aquel que asume como propio el papel… sabiendo que, de entrada, es inevitable formar parte de la escena. Así, la chica, de saber en qué consiste el juego —y de querer jugar—, probablemente le hubiese dicho que ella también le quería. Y se lo hubiese dicho porque sabe que el sentido de las palabras nos precede y que, por eso mismo, debemos pronunciarlas antes de tiempo para que, con el tiempo, ese sentido pueda realizarse. En concreto, sabe que debe decir te quiero aun cuando no sea, en ese momento verdad, para que, con el paso de los años, pueda, y con un poco de suerte, realizarse como verdad.

En el fondo, este saber es, inevitablemente, irónico. Pues ironía es distancia —una distancia que implosiona el sentido elemental de lo que se afirma—. Por tanto, no estamos únicamente ante un giro del lenguaje, sino ante el sesgo propio de la existencia del sabio. El sabio es, inevitablemente, irónico. Así, ante el que sabe, siempre tendremos la sensación de que nos está diciendo algo más de lo que nos está diciendo. Y no porque mienta. Pues no miente. De ahí que me refiriese a la sinceridad del buen actor. Como si jugase en otra liga. Y por eso nos resulta interesante. Otro asunto es si estaremos a la altura del interés que nos despierta.

Como otro asunto es, también, el de la relación entre política e ironía. Pero este asunto da para otro post.

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