Protegido: ejemplo de redacción

febrero 24, 2019 Comentarios desactivados en Protegido: ejemplo de redacción

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Protegido: apuntes sobre el bien y el mal

enero 30, 2019 Comentarios desactivados en Protegido: apuntes sobre el bien y el mal

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de un plumazo

enero 28, 2019 Comentarios desactivados en de un plumazo

Por poco que reflexionemos sobre la experiencia nos daremos cuenta de que si vemos lo que vemos es porque hay en lo que vemos algo que no vemos, a saber, el eso que soporta los rasgos, las características que captamos sensiblemente. En el caso del otro-yo es casi evidente: el carácter otro de quien tenemos enfrente es lo que siempre damos por descontado, el resto invisible de lo visible. El yo siempre se encuentra más allá de sí mismo, de su aspecto. La diferencia entre el sujeto premoderno y el moderno pasa por cómo se entiende este más allá. Para Platón y compañía, lo real consiste, precisamente, en su exceso o paso atrás con respecto a lo visible. Tan solo por medio del pensamiento podemos llegar a reconocer la naturaleza trascendente de lo real. En cambio para Hume, el más allá de lo real es lo en cualquier caso supuesto, al fin y al cabo, un constructo mental. Pues no hay saber, si lo hubiera, que no proceda de los sense data. La mente construye la idea de sustancia integrando impresiones de diferente orden (aunque ello implique ir más allá de la impresión). En este sentido, podríamos decir que las cosas serían como las cebollas. Ciertamente, las capas de una cebolla nos provocan la ilusión de un núcleo duro que, estando por debajo, las sostiene o soporta. Pero si quitamos las capas, no vamos a ver nada. Tan solo el vacío. Así, puesto que no hay una impresión directa del eso —de la sustancia, del carácter otro de lo real— no podemos garantizar que hayan realmente cosas fuera de nuestra mente. En cualquier caso, creemos que las hay. De ahí que, modernamente, digamos que hay mundo solo en relación con un yo, esto es, con las condiciones de posibilidad de la receptividad. El sujeto más que formar parte del mundo, lo soporta. No es casual que la posición fundamental del sujeto moderno sea la de la sospecha, en modo alguno la del asombro. De ahí que en la Modernidad, el yo se comprenda a sí mismo como la sustancia, literalmente, del mundo. Pues el mundo es lo que se corresponde a una representación garantizada del mundo (y aquí lo de menos es qué criterio proporciona dicha garantía). Modernamente, lo primero no es un encontrase expuestos al exceso de lo real, sino a la idea de dicho exceso, idea que como tal podría ser una ilusión. Como dijo Berkeley, esse est percipi. Esto es, nada hay que no se nos muestre. De ahí que el sujeto moderno no sepa cómo situarse ante la genuina alteridad, ante el carácter enteramente otro de lo real. Hará falta un Hegel, para volver a la idea que si hay algo que se nos muestra es porque ese algo en sí mismo no se nos muestra. Aunque, precisamente porque ya no podía hablar de otro mundo a la manera de Platón, tuviera que pensar la dialéctica del ser y el no ser como Historia.

el cuerpo y la cárcel

noviembre 13, 2018 Comentarios desactivados en el cuerpo y la cárcel

Como es sabido, Platón sostuvo que el cuerpo es algo así como el zulo del alma. En este sentido, no seríamos una mezcla de espíritu y materia, sino que más bien nos encontraríamos atados a la materia. Esto, hoy en día, puede sonar a ideología. Pues espontáneamente somos de la opinión de que prima lo corporal. En este sentido, decimos como quien no quiere la cosa que el gen determina en gran medida nuestra conducta o modo de ser. Sin embargo, si somos algo más que cuerpo —si Platón, al margen de su concepción del alma como un espectro interior, da en el clavo— es porque somos un problema para nosotros mismos. Nadie termina de reconocerse en el cuerpo con el que, por otro lado, se identifica. Hay en nosotros una aspiración, nunca colmada, hacia lo verdadero o sólido. El cuerpo solo sabe de cuanto puede ingerir (y, por eso mismo, excretar). Y nada hay de verdadero, por decirlo así, en lo que puede ser, literalmente, desestimado. Como si solo hubiera verdad en lo que exige ser amado, esto es, perseguido hasta el final, un final que, sin embargo, nunca llega (y quizá mejor que sea así). Pues existimos en relación con el resto invisible de lo visible. Pero los cuerpos solo atienden a lo visible. Así, el hombre, instintivamente y sobre todo si es joven y fuerte, se cansa de aquella mujer que termina poseyendo. Quizá haya vislumbrado, con un poco de suerte, el alma que, más allá de ese cuerpo hasta cierto punto degustable, le reclama una adhesión, un ir a por ella. Pero, el gen es como un dios: tarde o temprano, exige su tributo. De ahí que Platón dijera, casi sin pestañear, que el cuerpo no deja de ser una prisión para quien ha visto más allá de un palmo de sus narices.  O que no hubiera otra libertad que la de quien se libera del impulso elemental, la de quien se encuentra por encima de sí mismo en nombre de lo que realmente importa.

Platón dame reggaeton

noviembre 6, 2018 Comentarios desactivados en Platón dame reggaeton

Es obvio —o debería serlo— que si podemos discutir sobre lo justo (o lo bello o lo bueno…) no es tanto porque cada uno posea diferentes concepciones de lo justo, (o lo bello o lo bueno), cosa que resulta obvia, sino porque partimos de una misma definición de lo justo (o de lo bello, o lo bueno), a saber, que lo justo es darle a cada uno lo que se merece. Si no partiéramos de ahí, no cabría la discusión. El problema es que la medida de lo justo está por ver. De hecho, esta medida se determina siempre en relación con un punto de vista o sensibilidad. Qué se merezca cada uno solo se concreta desde lo que nos parece justo. Platón aquí estaría de acuerdo con los sofistas. La diferencia entre Platón y los sofistas pasa porque para los primeros la idea de lo justo es tan solo un contenido mental —una mera definición formal—, mientras que, para el segundo, si tenemos en mente la idea de justicia es porque la mente reconoce la realidad —el carácter otro o exterior— de la idea de lo justo. Si podemos ver un paisaje desde diferentes ópticas es porque hay ciertamente paisaje, aun cuando el paisaje en sí mismo, esto es, al margen de su hacerse presente a una sensibilidad, permanezca fuera del campo de visión. Sin duda, la justicia —o la belleza o el bien— se muestra o aparece en las decisiones justas. Pero siempre en relación con un punto de vista y, por eso mismo, hasta cierto punto o medida. De ahí que la justicia —o la belleza o el bien— desaparezca como tal en su hacerse presente a una sensibilidad. Pues decir que una decisión es justa solo en cierta medida implica poder decir que, en cierto sentido, no lo es. De ahí que el sofista pueda en cualquier caso mostrarnos una decisión justa como lo contrario. Precisamente por esto, para Platón únicamente la idea es real, lo que significa que lo real, en su carácter absoluto o enteramente otro, tan solo puede ser pensado (o visto con los ojos de la razón). Ciertamente, lo real es lo que podemos ver y tocar. Pero si podemos ver y tocar algo es porque ese algo, en su carácter absoluto, no podemos verlo ni tocarlo. Únicamente reconocerlo como eso que, en su mostrarse, se sustrae a la percepción.

Sin embargo, en Platón, las idea de lo justo (o lo bello, o lo bueno)… no se encuentra fuera de la mente como si fuera una especie de ente espectral, aunque una lectura de manual así nos lo dé a entender. Más bien, el carácter otro o trascendente de la idea de lo justo (o lo bello, o lo bueno) tenemos que entenderlo del siguiente modo: lo real es justo (o bello, o bueno). Lo real, ciertamente, trasciende el orden de lo sensible. Pues nada aparece, como decíamos, sin que, como tal, dé un paso atrás. Nada nunca del todo. Ahora bien, decir que nada acaba de ser lo que parece —que no hay decisiones justas o cuerpos bellos que sean por entero justos o bellos— equivale a decir que nada termina de ser lo que debiera. De ahí que Platón defienda que lo real se ofrece como lo que debe ser —como la norma o paradigma de lo sensible—. Ser y deber-ser —Ser y Bien— son lo mismo. Sin embargo, la justicia (o la belleza o el bien) no cabe entenderla como un rasgo característico de lo real. Cuando decimos que lo real es justo, el verbo “ser” no funciona como cópula, sino como el índice de una identidad: decir ser equivale a decir lo justo (o lo bello o lo bueno). O por emplear otras palabras, referirse a lo que es en verdad es lo mismo que referirse a lo que tiene que ser. Las decisiones justas se muestran como tales porque se encuentran sometidas a la exigencias de ser enteramente justas, aun cuando no puedan serlo… en tanto que concretamente justas.

Por consiguiente, hay cosas porque en su hacerse presente a una sensibilidad lo que debe ser se sustrae a la presencia o deja de ser. Pues lo real es eso otro que se hace presente de un modo determinado, perdiendo por el camino, precisamente, su carácter absoluto. Ahora bien, la alteridad de lo real solo tiene lugar en su hacerse presente, esto es, al desaparecer en el momento de mostrarse. Porque lo real queda reducido a apariencia, lo real es desplazado fuera de lo sensible. No es, propiamente, anterior al hecho de aparecer, sino que deviene otro o real en su aparecer. Lo real no es independiente de su mostrarse, aun cuando en su mostrarse se separe o distancie de su concreción sensible. Como en el caso del yo, lo real difiere continuamente de su aspecto (y por eso mismo es más que su aspecto, aunque como tal no sea nada en concreto. No puede serlo). Y esto es el tiempo. Estamos en el tiempo porque lo real solo llega a la presencia como eso que fue o es dejado atrás en su aparecer. Ciertamente, lo que acabamos de decir tan solo lo encontramos en el Platón de los últimos diálogos… que no es el que figura en las descripciones escolares de Platón. En cualquier caso, nada en el mundo es tal y como tiene que ser. Y esto por el simple hecho de que es.

Protegido: transhumanismo

octubre 29, 2018 Comentarios desactivados en Protegido: transhumanismo

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Heraclitus

octubre 6, 2018 Comentarios desactivados en Heraclitus

Como es sabido, según Parménides la nada no es. Ciertamente, podemos construir la expresión “no-ser”, pues disponemos de la palabra “no” y de la palabra “ser”. Y porque podemos construirla, fácilmente llegamos a creer que significa algo. Pero que creamos que tiene un sentido no implica que lo tenga. Una palabra o expresión resulta significativa en tanto que apunta a un posible referente. Por ejemplo, entendemos el término “unicornio”, no porque haya unicornios, que no los hay, sino porque en principio podría haberlos. Un significado es un posibilidad. Pero la nada no es una posibilidad. Sencillamente, desde la óptica de la razón, la nada es inconcebible. No podemos hacernos una idea de la nada. De hecho, creemos que entendemos la palabra “nada” porque imaginamos que su referente es el vacío. Pero el vacío es en la medida que cabe referirse al vacío. En cambio, la palabra “nada” refiere… a nada. Pues si fuera posible la nada, entonces la nada debería poder mostrársenos de algún modo y, en ese caso, sería algo. Que no podamos evitar imaginar la nada como vacío no supone que la nada sea en cierto sentido. Para Parménides la expresión “no-ser” sería un constructo lingüístico sin significado real. Como si nos encontrásemos con un montón de letras agrupadas al azar. Por ejemplo, WHLJYTYV. Es verdad que cuando nos referimos a lo que no es foca, pongamos por caso, de hecho nos referimos a todo cuanto no es foca. Y de ahí que espontáneamente creamos que la expresión “no-ser” apunta a lo que no es. Pero cuando empleamos la expresión “no-ser” en un sentido absoluto, esto es, como antónimo de la palabra “ser”, resulta absurdo desde un punto de vista lógico que nos preguntemos por su referente. Parménides tiene algo de razón cuando sostiene que la nada no puede ser en modo alguno. Quizá, demasiada razón. Al menos, porque no es posible que la nada aparezca o se muestre. En este sentido, la nada es, sencillamente, imposible y, por eso mismo, inconcebible.

Sin embargo, cuando decimos que la nada es imposible de algún modo, aunque sea problemático desde un punto de vista lógico, admitimos la posibilidad de lo imposible. La palabra “nada” no equivale a WHLJYTYV. De hecho comprendemos la pregunta del asombro, a saber, ¿por qué algo en vez de nada? De ningún modo, aquella que se interrogara por la posibilidad de WHLJTYV. Ciertamente, Parménides diría que creemos comprenderla. Pero ocurre aquí como en el caso de las meigas gallegas, que, a pesar de que no existen, haberlas, haylas. No parece que simplemente estemos ante una ilusión lingüística.

Heráclito, como también es sabido, se situó en la orilla opuesta a la de Parménides. Según Heráclito ser y no-ser se revelan como las dos caras de lo mismo. Algo es o aparece en tanto que no es o aparece. Sin duda, esto suena a contradicción. Sin embargo, propiamente estaríamos ante una especie de paradoja. Para Heráclito lo real acontece como la mútua implicación de contrarios. Por decirlo en breve, hay luz porque hay oscuridad. Y viceversa. Si todo fuera luz, no habría ciertamente oscuridad, pero tampoco habría luz. Y quien dice luz y oscuridad, dice bien y mal. La realidad es dialéctica (y me atrevería a decir que no hay pensamiento profundo que no termine siendo dialéctico y, en última instancia, aporético). De hecho, si habitáramos un mundo en donde todo fuera perfecto, como quien dice, no podríamos evitar la sensación de irrealidad. Y no solo porque no estuviéramos acostumbrados, sino sencillamente porque no puede ser. En este sentido, no es casual que Heráclito recurriera a la imagen del fuego como metáfora de lo real. Pues el fuego es posible en tanto que consume la madera que lo hace posible —en tanto que es en la negación de sí—. Ahora bien, decir que cuanto es o aparece arraiga en la tensión entre el ser y la nada es lo mismo que decir que todo al fin y al cabo se encuentra sujeto al tiempo. Todo pasa, nada permanece. Las cosas son en tanto que van dejando de ser. O también, nada termina de ser lo que parece. Y esto es así porque las cosas son… no porque no sean. Nada es que no se encuentre sujeto al tiempo. Todo es porque no termina de ser. Y lo que no termina de ser, estrictamente, no es. Aquí podríamos tener en cuenta que los diferentes dibujos que podamos hacer de un paisaje son, a pesar de sus diferencias, del paisaje. Si podemos ver el paisaje desde diferentes puntos de vista es porque hay paisaje. Esto es obvio. Pero quizá no lo sea tanto el hecho de que si podemos ver el paisaje es porque no podemos ver el paisaje como tal o en sí mismo. No hay una visión del paisaje al margen del punto de vista y, por consiguiente, al margen de lo que nos parece que es. Lo real, por definición, es lo que, estando ahí, se muestra o se hace presente de un determinado modo o, lo que viene a ser lo mismo, a una determinada sensibilidad. Ahora bien, esto equivale a decir que lo real se muestra relativamente y, por consiguiente, no absolutamente. Lo real aparece en tanto que, como algo absolutamente otro, no aparece —en tanto que en sí mismo desaparece en su aparecer—. O por decirlo con otras palabras, lo real es o aparece en tanto que, en sí mismo, no es o no aparece. El carácter enteramente otro de cuanto es da un paso atrás, por decirlo así, en su hacerse presente a una sensibilidad. Lo real es porque ya no es —porque fue—. Y esto es en definitiva el tiempo. La pregunta por qué pueda ser lo real con independencia de su mostrarse no se responde en los términos de algo determinado o concreto. Pues lo real es en la medida en que, en sí mismo, no es. De ahí que podamos responder a la pregunta por qué hay algo en vez de nada diciendo que hay lo que hay porque lo que hay es que nada hay. Hay mundo porque en definitiva no hay nada, porque hay la nada. O también, porque la nada es en el modo de un pasado absoluto, anterior a los tiempos. El retroceso del carácter absolutamente otro de lo real en su aparecer es la raíz del tiempo. El mundo es, por decirlo así, la revelación de la nada. No es casual que la filosofía ande, desde sus orígenes, rozando el nihilismo.

Visto lo visto, parece confirmarse la idea de que Parménides y Heráclito se encuentran en posiciones opuestas. Sin embargo, no están tan lejos como podamos creer en un primer momento. Pues, Heráclito parte de la idea de que ser es permanecer. Tampoco podría ser de otro modo. Pues no cabe pensar sin estar sometidos a las exigencias de la razón. Ahora bien, y a diferencia de Parménides, para Heráclito lo que permanece es, precisamente, que nada permanece. La razón, cuando la estiramos, conduce inevitablemente a la paradoja. De ahí que Sócrates terminase reconociendo que lo único que podemos saber es que, al fin y al cabo, no sabemos nada. Las grandes palabras siempre nos quedaron demasiado grandes.

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