”el amor de Jesús”

mayo 23, 2025 § Deja un comentario

A veces, leo testimonios. Quiero decir los escritos de aquellos que narran su experiencia de Dios. Mejor dicho, del amor de Dios. Pues los tiros suelen ir en esta dirección. Los más parroquiales suelen provocarme un cierto sonrojo. Pues suelen insistir en el factor sentimental… con el aplauso entusiasta de los rectores. El problema de esta insistencia es que está muy cerca del onanismo espiritual. Narcisismo con la excusa de Dios. Sin embargo, no habría nada que objetar… si estas experiencias no se presentasen como el no va más. Pero hay más —y este más no es algo que podamos preferir.

De hecho, quienes han topado cara a cara con Dios permanecen sumidos en el estupor. Poco que decir y mucho por hacer. Basta con leer los evangelios o las vidas de algunos santos, para caer en la cuenta de que quienes dieron un paso al frente lo dieron tras haber dejado de sentir a Dios. Y porque hay quienes lo siguen dando, podemos creer en Dios. De ahí el sonrojo al que me refería antes. Pues ¿cómo podemos hablar de nuestra experiencia de Dios sin apuntar a quienes nos dieron la fe? Y no sin caer antes de rodillas.

absolute

mayo 20, 2025 § Deja un comentario

El absoluto es silencio y oscuridad impenetrables. El no es nada de un puro haber. De ahí que no quepa ninguna visión de lo absoluto —ninguna perspectiva. Desde la nada de fondo, Nietzsche creyó que el resto no era más que voluntad de poder, ruido y furia. Que las perspectivas eran perspectivas de la nada, meros instrumentos del dominio.

Israel, en cambio, hizo otra lectura. Pues que Yavhé no sea un dios, entre otros, sino el nombre de Yavhé, un nombre a la espera de un referente —o dicho de otro modo, que Dios, en cuanto tal, carezca de concepto— significa que la vida es don, gracia, bendición. Pero también que debemos preservarla de la impiedad del mundo. Y luego, ya veremos. No es exactamente lo mismo. Aunque Nietzsche e Israel estuviesen muy cerca, uno del otro.

De hecho, Nietzsche comprendió perfectamente de qué iba el asunto. O Dioniso, o Cristo. Tertium non datur. O mejor, de haber un tertium, este tendrá que ver con nuestra estupidez, es decir, con un no habernos enterado aún de qué va la película.

un Nietzsche casi cristiano

mayo 19, 2025 § Deja un comentario

Probablemente, Nietzsche comprendió mejor que muchos cristianos el alcance del cristianismo. Pues la cruz significa, precisamente, la muerte de Dios. De ahí el nosotros lo hemos matado que sucede al Dios ha muerto de la Gaya Ciencia. Un cristiano señala —o debería señalar— a un crucificado cuando se le pregunta dónde está Dios. Y el crucificado, conviene tenerlo muy presente, murió como un apestado de Dios. En realidad, no hubo ningún deus ex machina en el Gólgota.

Ciertamente, el cristiano no se queda al pie de la cruz. Pues hubo resurrección. Y Nietzsche, obviamente, fue muy consciente de ello. Pero, por eso mismo, no pudo evitar comprender el cristianismo como una brutal ironía. Pues, siendo la resurrección un imposible, es como si el cristianismo nos estuviera diciendo que no hay esperanza para los malditos de Dios —los pobres, las víctimas de la historia, lo que no cuentan para nada ni para nadie.

Ahora bien, lo que Nietzsche no supo ver, preso de un positivismo de fondo, es que no hay otra realidad que la imposible. Pero este es un tema… del cual ya hemos hablado unas cuantas veces.

entender no es comprender

mayo 18, 2025 § Deja un comentario

Donde partimos, a la hora de dar en el clavo de lo verdadero, de la pregunta por la certeza —donde lo primero es asegurar la correspondencia entre nuestras representaciones mentales de los hechos y los hechos— , lo verdadero inevitablemente será objeto. Y, por eso mismo, lo que se encontrará fuera del mundo —lo inobjetable— ya no será Dios, sino el sujeto del conocimiento, el ego cogito. Esto significa que el sujeto del conocimiento, al devenir absoluto, queda separado del individuo que existe —y existir significa estar en el mundo como arrancado.

Sin embargo, solo quien existe se enfrenta a la nada de un puro haber, a su irreductible alteridad. Para el ego cogito el en sí de la alteridad tot court tan solo puede presentarse como la ignotum X del conocimiento, en modo alguno como autoridad. Quiero decir que el ego cogito es incapaz de vincular la experiencia del don —de la gracia— a la del deber que se desprende de ella. Ahora bien, es incapaz porque, al ocupar el lugar de lo absoluto, no puede comprenderse como aquel que se encuentra en manos de. Y aquí no tengo en mente a ningún ente superior. Pues de haberlo, nuestra dependencia sería meramente circunstancial.

curso de lingüística general

mayo 13, 2025 § Deja un comentario

Hay dos manera de situarse ante la dimensión desconocida. O también, de encontrarse abiertos a lo que nos supera. La primera es la más común: hay signos. Como el humo que vemos apunta a la combustión que no vemos. De ahí nace el sentimiento de formar parte. La segunda, en cambio, comprende simbólicamente la existencia. Y la comprende a flor de piel. Pues el símbolo, propiamente, remite a la parte que falta de una unidad original, una parte que perdimos de vista in illo tempore y cuya naturaleza, de haberla, ignoramos. Es lo de la rosa sin porqué del Silesius.

La música de fondo de la primera es armónica —y de ahí que su horizonte sea, precisamente, el de sintonizar con la buena onda. La de la segunda, disonante. Hay algo en lo dado que no podremos reparar por nuestra cuenta y riesgo. Aunque tampoco parece que pueda hacerlo un deus ex machina. Al menos, porque el carácter irreparable de la totalidad arraiga en un más allá de cuanto es, incluida la dimensión desconocida. Aquí lo que está en juego no es la posibilidad de armonizar —pues existimos como los arrancados—, sino un tener que responder a la situación.

La primera, termina con un dejarse llevar de corte ascético. Y eso, sin duda, puede resultar saludable. La segunda, con un primero obedeceremos y luego ya veremos. Y aquí la obediencia, la cual no excluye un hallarse en gracia, pasa por Mt 25… lo que ya nos da a entender, de por sí, que no estamos ante una variante de la antigua gnosis. Pues los salvados ignoraban que dieran de comer al hambriento en nombre de Dios. Puede que la carga de profundidad de ambas espiritualidades no sea la misma. Ni quizá complementarias. Aunque tampoco inevitablemente excluyentes.

antropomorfismo

mayo 10, 2025 § Deja un comentario

Tras las espiritualidades sin Dios —las que podríamos denominar oceánicas— hay, sin duda, un intento de evitar el antropomórfismo del teísmo tradicional. Y esto, tras la crítica ilustrada a la religión, podemos entenderlo. Sin embargo, lo que dichas espiritualidades colocan en lugar del espectro paternal es un poder anónimo… del que no cabe esperar ninguna redención, sino, a lo sumo, una mejor salud. Como si, en el fondo, se tratase de depurarse siguiendo una dieta detox.

Nada que objetar… si no fuera porque no hay dieta —ni gnosis— que responda a la pregunta sobre el destino de los gaseados de la historia. Y es que sin resurrección de los muertos no hay redención. O lo que es lo mismo, sin una voluntad de fondo que busque la justicia, por así decirlo. Al océano le da igual disolver muñequitos de sal que hundir las pateras.

No obstante, la resurrección es tan increíble como imposible. la esperanza creyente no es, propiamente, una expectativa de la que podamos hacernos una idea. En cualquier caso, al rechazar la resurrección de los muertos por imposible, olvidamos que, en realidad, la fe en Dios siempre apuntó a lo inviable en nombre de. Comenzando por el Dios que se revela en el Gólgota.

Moisés ante Yavhé

mayo 8, 2025 § 1 comentario

Solo en la intimidad somos lo que somos, es decir, nadie. Aún. Como Yavhé ante Moisés. De aquí que la mayoría busque desesperadamente la distracción, ir de un sitio a otro como gallina sin cabeza. A nadie le gusta no ser, en el fondo, el que es: nadie. Sin embargo, esto tiene que ver con lo que preferimos, no con lo que queremos. Y es que, probablemente, lo que quisiéramos es desaparecer, habiendo, eso sí, dejado alguna huella. No en vano somos una réplica, acaso defectuosa, de Dios.

sin juez

mayo 7, 2025 § Deja un comentario

Nihilismo significa no habrá juicio. Da igual haber sido un genocida que Francisco de Asís. Nadie —ni nada— nos juzgará. Esto es, no esperes un nuevo comienzo. Tan solo el eterno retorno de lo mismo.

Por tanto, no nos enfrentamos al nihilismo poniendo encima de la mesa un ideal —o no, sin caer en el ridículo—, sino con otra actitud frente a la nada. De hecho, la disyuntiva ya la planteó Nietzsche en su momento: o Cristo o Dioniso. Y es que ambos, a una enorme distancia del común de los mortales, se acercaron al abismo. Y el abismo les devolvió la mirada.

La respuesta, sin embargo, no fue la misma. Dioniso se puso a bailar. Y esto, de algún modo, supone hacer las paces con los poderes demoníacos que nos superan. El crucificado, en cambio, en su respuesta a Dios —a su silencio— se enfrentó al lado oscuro de Dios. Y se enfrentó con Mt 25, por así decirlo. En el primer caso, no hubo resistencia, sino una salida por la tangente. En cambio, sí hubo resistencia en el segundo. Aunque aquí esta sea el envés de la sumisión. En tanto que expresa una rebeldía de fondo, la obediencia cristiana es, de hecho, paradójica . Al fin y al cabo, el enfrentarse a Dios se lleva a cabo en nombre de Dios. Esto es, en su lugar. De ahí que quien nos juzga —quien nos sitúa en la posición de quien debe responder a la acusación— no es Dios, sino su lugarteniente. En cristiano, Dios hecho hombre.

trois brèves pièces pour piano (3)

mayo 1, 2025 § Deja un comentario

Dice el puritano, por ejemplo: hemos de en valorar el presente o evitar siquiera tener tentaciones. De acuerdo. Pues sería lo ideal. Pero la pregunta es si podemos hacerlo. Y la respuesta es que no. El puritanismo olvida que existimos como los que cayeron. De ahí su rigidez, su impostura, su máscara. En realidad, esta posibilidad depende de un hallarse en gracia. Y la gracia, al menos la que nos vuelve a poner en pie, siempre se nos dio al pie de una cruz. Nadie vive hasta que no está de vuelta. O por decirlo en cristiano, hasta que no regresa de los gólgotas con vida.

trois brèves pièces pour piano (2)

abril 30, 2025 § Deja un comentario

Dice el positivismo: el amor de una madre no es más que instinto encubierto de palabras que sobran. Pero ¿es así? No me atrevería a decirlo. Y es que, de por sí, ya es algo más. Tan solo porque la vida del hijo, incluso el instinto, es una excepción —un milagro— desde el fondo de la nada que abraza cuanto hay.

Ahora bien, este aparecer ¿no sería, por eso mismo, apariencia, un como si fuese un milagro, esto es, algo que solo tendría que ver con nosotros, los impresionables? Sin duda, lo sería… si fuese una perspectiva, un manera de ver lo que está más allá de cualquier perspectiva (y por eso mismo, permanece invisible). Así, en los cuerpos bellos, pongamos por caso, se muestra —se hace presente, aparece— una belleza que, en su carácter absoluto, no aparece. Pues los cuerpos bellos son siempre hasta cierto punto o relativamente bellos, nunca por entero. Lo dicho: en perspectiva. Pero el que haya algo en vez de nada no admite una descripción, ni, consecuentemente, una perspectiva. En vez de perspectiva, asombro. Al fin y al cabo, y a diferencia de los hechos, el acontecimiento del haber de lo que hay no representa nada. O mejor, representa la nada, esto es, ocupa su lugar. O como decía el Silesius con respecto a una rosa, a saber, que es sin porqué. Para una madre, la vida del hijo no ejemplifica ningún hijo ideal —o en platónico, la idea del hijo. Es don. Y ante el don, únicamente cabe dar gracias. De nada.

En cualquier caso, de la perspectiva dependería el caer en la cuenta o no.

trois brèves pièces pour piano (1)

abril 29, 2025 § Deja un comentario

Si Dios se apareciera, entonces no sería Dios, sino, a lo sumo, un ente superior. Más aún: si se apareciese y permaneciese ahí, frente a nosotros, o si se prefiere, a nuestro lado, entonces, con la costumbre, dejaría de parecernos incluso un dios. Dios solo puede valer como desaparecido. Esto es, como espíritu. Y por eso mismo, como el que ha de regresar. Eternamente.

De hecho, esto es lo que proclama el cristianismo: que Dios solo puede aparecer como hombre de Dios que, experimentando el abandono de Dios, se abandona a Dios.

formulación

abril 28, 2025 § Deja un comentario

Aun cuando en la práctica funcione como tal, el cristianismo no es una religión al uso. Al menos, porque la encarnación de Dios —que el crucificado sea el cuerpo de Dios— supone la quiebra de lo que espontáneamente se experimenta como divino. No hay Padre sin Hijo —y viceversa. Esto es, Dios no tiene otra entidad, otro quien, que el de aquel que murió colgando de un madero. ¿Aún no lo hemos pillado? ¿Quizá porque cuesta incorporar la revelación sin los recursos de la imaginación? ¿O quizá porque nos resulta más satisfactorio incorporarla fantaseando con un padre espectral que estando al pie de la cruz o, en su lugar, teniendo muy presentes las historias que hay detrás de las fórmulas de la fe?

dependencia del padre

abril 27, 2025 § Deja un comentario

Schleiermacher dejó escrito que la fe arraiga en un sentimiento de dependencia, se sobreentiende que con respecto a Dios. Pero ¿de qué Dios?

La dependencia es propia de los niños. O de los perros más fieles, como dijera Hegel. Y, ciertamente, quien ha tenido un padre que le cogiera de la mano cuando comenzó a dar sus primeros pasos lo tiene más fácil a la hora de sentir que hay una padre espectral que se preocupa por él, algo así como una variante del ángel de la guarda.

Sin embargo, los tiros de la paternidad de Dios, conforme a los textos bíblicos, no parece que vayan por ahí. Pues esta apunta a la Creación. Y la Creación concluyó en el séptimo día, aquel en el que Dios se retiró a un más allá inaccesible. Es verdad que en los fragmentos debidos a J, Dios se presenta como un personaje que está muy encima de sus elegidos. Como si fuese un marcaje al hombre. Pero, una vez Israel, tras la dura experiencia del exilio, abandona la monolatría para decantarse por el monoteísmo más estricto, la presencia de Dios es, incuestionablemente, la de un Dios por venir.

Por consiguiente, la dependencia a la que se refería Schleiermacher en verdad no se daría con respecto a un ente superior que imaginamos como un padre espectral, sino en relación con lo que se desprende de la radical trascendencia de Dios. Según Israel, el don de la vida y el deber de preservarla a cualquier precio frente a nuestra indiferencia o impiedad, esto es, la Ley. El cristianismo añadirá a lo anterior, el seguimiento y la esperanza de que al final nada caerá en saco roto.

Es posible que, teniendo en cuenta lo anterior, hoy en día lo tengamos más fácil para sintonizar con esta fe. Pues la figura del padre hace tiempo que saltó echa pedazos. Muchos hijos, hoy en día, experimentan la ausencia de un padre genuino, de aquel que, dándote la mano también es capaz, sin embargo, de negarte la filiación. Ciertamente, este echar en falta podría dar pie a imaginar, por compensación, un padre espectral al igual que los niños solitarios se imaginan un amigo invisible. Y algo de esto hay en el actual revival religioso, ambigüedades al margen. Pero hoy en día el efecto de la ausencia de Dios es, por lo común, el narcisismo. Y un narcisista solo sufre la falta de espejos. No fue este efecto el que experimentó Israel. Precisamente, porque padeció dicha ausencia. Y hasta el tuétano.

el espíritu como tercera persona

abril 24, 2025 § Deja un comentario

El espíritu de Dios es lo que queda de Dios donde ya no queda nada de Dios. Un ánimo —una fuerza, un poder. Pero ¿por qué ese poder se nos impone? ¿Acaso no podría entenderse como la respuesta de la interioridad al acontecimiento de la cruz, tras el tercer día? Quizá… si no fuera porque esa fuerza procede del exterior, al fin y al cabo, de la escena del Gólgota.

Jakob y el ángel

abril 22, 2025 § Deja un comentario

¿Por qué Jakob en Penuel se enfrentó al ángel de Dios? Es, cuando menos, extraño. ¿Acaso Dios le desafió? El combate ¿solo tuvo que ver con Jakob —con su orgullo? En el cuadro de Rembrandt, una verdadera clave hermenéutica, no puede distinguirse la lucha del abrazo. ¿Deberíamos concluir que quien abraza a Dios —o es abrazado por Él— no puede menos que enfrentarse a Dios? ¿O más bien que los que se enfrentran a Dios terminarán siendo abrazados por Él?

Puede que Jakob supiese mejor que nosotros qué significa estar ante Dios. Como también Job. ¿Acaso el clamor de Job no fue una pro-vocación? ¿Es que la experiencia de Dios no comienza con un vivir a flor de piel su impiedad —su indiferencia, su extremo más allá? ¿Podría ser diferente tratándose, precisamente, de Dios? Hablar del amor de Dios antes de hora ¿no conduce a un dios a medida de nuestra necesidad de amparo?

Si el relato lo hubiera escrito un cristiano, el abrazo de Dios hubiese sido el del crucificado. Pues, según el cristianismo, la respuesta de Dios a la provocación del hombre —su Palabra— fue un abandonado de Dios que murió perdonando a sus verdugos. Como es sabido, fue Bonhoeffer quien dijo que ante Dios estamos sin Dios. Esto es, enfrentados a su misterio. Y de ahí Mt, 25. O en judío, la Ley que nos obliga a la fraternidad. Pues solo caemos cuenta de que somos hijos de un mismo Padre donde permanecemos expuestos al silencio de Dios.

dime de qué te alabas…

abril 21, 2025 § Deja un comentario

Quien necesita decirse a sí mismo lo bueno que es, necesita decírselo porque en el fondo sabe que no lo es. Algo parecido podríamos decir de quien está orgulloso de su fe. De hecho, los evangelios son claros al respecto. Por ejemplo, Lc 18, 9-14. Cuanto más cerca, más lejos. Siempre.

dos perspectivas y una sola esperanza

abril 20, 2025 § Deja un comentario

El asombro, como punto de partida. La rosa es sin porqué. No obstante, diría que ante lo dado —el motivo de nuestra admiración… y perplejidad— caben dos posiciones. O bien creemos que todo nos ha sido ofrecido por el Dios que habita en la alturas al modo de un ente superior; o bien, que el don es un testamento, en el sentido casi forense de la expresión. En el primer caso, hay mapa mental —y un mapa mental no resiste la crisis del Gólgota. En el segundo, hay interrogación de fondo, y en definitiva, fe. Pues la fe es permanecer a la espera de Dios: ¿volverá? Y la espera va con el clamor: maranathá.

Ahora bien, ¿qué Dios espera el creyente? Por lo común, algo así como un deus ex machina. Sin embargo, el cristianismo ofrece una respuesta, cuando menos, desconcertante: el que esperábamos muere como un apestado de Dios. Ciertamente, la historia no termina con la cruz. Pero el último capítulo admite una doble lectura. La primera es la literal: el crucificado regresa con vida de la muerte —y esta vida es la vida de Dios. La segunda, en cambio, es irónica. Como si se nos dijera, al tratarse de un imposible, que no hay solución.

En cualquier caso, y a la hora de pensar la resurrección, fácilmente olvidamos que no se trata de una expectativa —quizá lo fuese para los testigos de la resurreción, pero ya no puede serlo hoy en día—, como de tampoco un ya me gustaría, sino de una esperanza “a la judía”: es lo que debe acontecer en nombre de. Y aquí no hay saber de por medio. Ni siquiera supuesto.

gurú

abril 19, 2025 § 2 comentarios

Los sometidos a una vida de trabajo y consumo necesitan oír de vez en cuando que la vida es algo más que trabajo y consumo. Que al final —o en el fondo— todo es luz, belleza, paz. Océano. La espiritualidad como consuelo. Una vez más. Antes, los consolados fueron los incontables —los que no cuentan para nadie—. También necesitaron que un representante les dijera que sí contaban para Dios. Más aún: que eran sus preferidos. Al final, los mismos perros con distintos collares.

Según cuentan, en Auschwitz también los prioneros más despiadados se sintieron consolados cuando, en el barracón, aparecía alguien realmente bueno, capaz de dar el pan que le sobraba al hambriento. O incluso, aunque no le sobrase. Como si los despiadados tuvieran que decirse a sí mismos que el infierno no era la última palabra. Sin embargo, esta necesidad no les condujo a la conversión. Más bien, les permitió seguir siendo unas bestias con los más débiles. Sin caridad, la esperanza siempre fue una excusa.

¿Cómo se nos pudo olvidar tan pronto que la esperanza va con el seguimiento?

nihilismo y esperanza

abril 16, 2025 § Deja un comentario

Es ingenuo suponer que la humanidad no se extinguirá jamás. ¿Homero, Bach, el de Nazaret…. hundidos en la nada? ¿Dios mismo? También… si es cierto que Dios es el Dios que no quiso serlo al margen de la carne.

Ahora bien, ¿acaso la esperanza cristiana no apunta igualmente a un final de los tiempos? Sí, pero con un nuevo comienzo… que no será un más de lo mismo. ¿Difícil de creer? Por supuesto. De ahí que la esperanza creyente no pueda reducirse a una expectativa. Más bien, se trata de un debe tener lugar en nombre del acontecimiento de la bondad en el centro de lo infernal. Y quizá no sea secundario que las imágenes de dicha esperanza sean delirantes. Quienes aún crean que la fe en Dios no apunta a lo imposible probablemente cuenten con un dios a medida de su me gustaría.

nietzscheanas 65

abril 4, 2025 § Deja un comentario

Según Nietzsche, no hay algo así como la verdad. Todo sería perspectiva… si la palabra fuese adecuada. Pues una perspectiva es, en cualquier caso, relativa a algo que se sitúa más allá de cuanto podamos decir al respecto desde un punto de vista. Y, por eso mismo, suponemos que ese algo es un en sí al que podríamos acceder a través de un lenguaje cuya validez trascendiese, precisamente, la perspectiva. Para el racionalista este lenguaje sería, de hecho, el de la matemática. Ahora bien, según Nietzsche, al igual que para los empiristas, la matemática no dejaría de ser un artificio, una simplificación excesiva del en sí… si lo hubiese. De hecho, la idea de un en sí por debajo de las apariencias es, en última instancia, un truco del lenguaje —una ilusión lingüística.

Así, para Nietzsche no hay verdad —ni puede haberla— porque no cabe la posibilidad de hechos puros, hechos con respecto a los cuales, al estar al margen de la perspectiva, fuera posible establecer la verdad de nuestros enunciados acerca del mundo. No hay hechos que sean con independencia de los presupuestos que constituyen una cosmovisión —es decir, una perspectiva— y, por ende, un mundo. Los presupuestos que rigen, pongamos por caso, una cosmovisión religiosa —hay otro mundo por encima del que habitamos— no son los mismos que los que dibujan el perfil de nuestra actual visión científica del mundo. Por consiguiente, los hechos de la primera cosmovisión no serán los mismos que los de la segunda (y de ahí que Nietzsche dijera que hubo Dios… y que ahora en modo alguno podía haberlo). El chamán admitirá que tiene visiones del más allá porque ha ingerido peyote. Pero añadirá que no solo porque lo haya ingerido: si puede ver lo que ve es porque no cuestiona que haya otro mundo.

El ver es siempre un ver como. No hay visión que no posea una carga teórica —que no incorpore un cierto saber. Así, quien ve un martillo ve un clavo. Si no lo viese al ver un martillo, no vería un martillo, sino otra cosa —por ejemplo, un arma defectuosa o rara. El martillo sería la metáfora del clavo. La esencia del lenguaje es, por eso mismo, metafórica: cualquier cosa remite al resto. Todo es lo que no es —aunque Nietzsche, al carecer de instinto dialéctico, no llegó, ciertamente, tan lejos.

Sin embargo, qué ve aquel al que se le aparece algo incomparable —algo que, aun cuando pueda decir que es, no sabe qué es o en qué consiste. Ese algo absolutamente extraño se mostraría como un puro algo-ahí… y, por eso mismo, sería la metáfora de Dios, su símbolo o índice. Pues Dios es el nombre de lo absolutamente extraño u otro —de una pura alteridad. De asimilar a Dios —de verlo como, por ejemplo, un padre… a la hora de una idea de lo que pueda ser Dios—, Dios dejaría de ser Dios para devenir un dios a medida —a la medida, precisamente, de las condiciones de nuestra receptividad. Al fin y al cabo, lo extraño siempre se hace presente como algo relativo a unos esquemas sensoriales o mentales —y de ahí lo inevitable de la analogía: esto es como…. O dicho de otro modo, al añadir un cierto saber a la aparición de lo absolutamente extraño, Dios pasaría a formar parte del mundo. Y esto sería así aun cuando, debido a que ese saber continuaría siendo incompleto, al mismo tiempo dijéramos que pertenece a un mundo superior. En realidad, siendo más precisos, formaría parte del todo. Sin embargo, lo cierto es que lo absolutamente extraño u otro tiene que permanecer, por definición, como ab-suelto del todo, esto es, sin juicio —sin lenguaje. Nuestra necesidad de comprender a Dios expresaría, por tanto, nuestra congénita incapacidad para soportar a Dios y, en definitiva, para enfrentarnos a una alteridad sin rostro.

Es cierto que llegados a este punto, alguien podría objetar que los humanos seríamos absolutamente extraños para los ácaros del polvo, si fueran conscientes, y no por ello seríamos dioses. Sin duda, esta —que fuéramos dioses— sería su impresión. Pero se equivocarían. Pues no somos dioses. Como tampoco un dios es Dios.

Ahora bien, quien plantease dicha objeción no tendría en cuenta que esto es así tan solo con respecto a cualquier objeto insólito, no con respecto a la nada. Al menos, porque la nada es, de hecho, lo que en modo alguno cabe asimilar. Y por eso mismo, es lo único que puede comprenderse como lo absolutamente extraño. En modo alguno, la nada se hace presente como tal. Ninguna metáfora ontológica vale para la nada… salvo el todo, lo que no implica que la nada sea asimilable. Pues el todo tampoco lo es. Ciertamente, podríamos creer que la nada remite a, por ejemplo, el vacío. Pero esta remisión sería meramente literaria o epistemológica, en modo alguno ontológica. El martillo remite al clavo —y esta remisión es entre cosas (y por eso mismo, hablamos de una remisión ontológica: no se trata simplemente de hacerse una idea de la naturaleza de un martillo… como cuando comparamos la nada con el vacío). Ontológicamente, la nada solo puede remitir al todo. Pues hay el todo porque la nada no es. Es decir, porque la nada es en su negación de sí, hay el todo. Y aquí topamos, de nuevo, con Dios —con el acto creador que es Dios en sí. Pues Dios crea el mundo retirándose —o por decirlo en cristiano, vaciándose de sí mismo. Sin embargo, esto no deberíamos entenderlo como si primero hubiera Dios y, posteriormente, se vaciase de sí mismo. Nada hay antes del acto creador. Dios, en sí, es el acto de negación de sí en pos de lo otro de sí —en filosófico, el no es nada de un puro haber. En esto consiste el amor de Dios. Y nadie dijo que el amor no fuese excesivo, sin medida,terrible. Por el amor de Dios, hay Dios como el eterno por-venir de Dios. Y, consecuentemente, por este mismo amor hay el todo.

Evidentemente, lo anterior no es Nietzsche. Pero conecta con Nietzsche. O mejor, es lo que acaso hubiera dicho Nietzsche de poseer, como decía, un instinto dialéctico más afilado. Con todo, lo que sí intuyó Nietzsche es la profunda conexión entre nihilismo y el monoteísmo cristiano. Y esto es lo que cuesta, religiosamente, de tragar.

nietzscheanas 64

abril 3, 2025 § Deja un comentario

En Nietzsche podemos rastrear dos críticas al cristianismo. Una es explícita —y es la que figura en los manuales. La otra es subyacente y tira de ironía. Bastante. La primera se dirige directamente a la cristiandad —y podríamos decir que tiene que ver con la transformación del cristianismo en un platonismo para el pueblo, una vez se impone como la religión oficial de Occidente. La segunda es, según mi parecer, la más interesante. Pues se sirve del cristianismo para dinamitar la cristiandad. Pero aquí hay que leer entre líneas. En este sentido, es posible que Nietzsche entendiera el cristianismo mejor que muchos cristianos.

Conforme a la primera, el cristianismo, en tanto que platonismo popular, proporciona una sentido a la existencia —un hacia dondedesde las alturas, por decirlo de algún modo. Así, la vida posee un significado únicamente en la medida que encarna el ideal, lo que debe ser, en definitiva, lo que realmente vale… aun cuando sea hasta cierto punto. La vida, por consiguiente, no posee valor en sí misma. Ahora bien, lo que esto implica es que, desde la perspectiva cristiano-platónica, la vida, en cuanto tal, queda devaluada. Hasta aquí nada que no sepa quien haya leído a Nietzsche con un mínimo de interés.

En cambio, según la segunda, el ateísmo moderno es un hijo bastardo de la proclamación cristiana. Nietzsche, como decía, no lo afirma explícitamente (y por eso, hay que leer entre líneas). Pero es imposible, debido a su sólida formación teológica, que Nietzsche ignorase que los primeros en proclamar la muerte de Dios fueron, precisamente, los cristianos. Me cuesta imaginar que Nietzsche no tuviera en mente, al escribir y nosotros lo hemos matado tras proclamar la muerte de Dios, las resonancias cristianas de este nosotros. Y es que, conforme a la confesión creyente, quien colgó de una cruz no fue simplemente el enviado de Dios, sino el quién de Dios, aquel con el que Padre se identifica, —el Hijo—… y sin el cual Dios aún no es nadie.

Para el cristianismo, Dios tiene cuerpo. Al margen de su cuerpo, el haber de Dios anda rozando el del un nadie. Pues la encarnación no debe entenderse como si Dios adoptase un aspecto humano. De hecho, esta lectura del hacerse cuerpo de Dios fue condenada —y ferozmente— por la Iglesia, desde casi el principio. La presencia de Dios, al margen de la corporalidad, es la de un eterno ausente o en falta. Es decir, Dios no tiene otra entidad que la del cuerpo de quien acabó muriendo como un perro bajo el implacable silencio de Dios, aunque también abandonándose a Dios… lo que para Nietzsche sería, ciertamente, absurdo. Por consiguiente, según la confesión creyente, el único aspecto de Dios —su forma, esencia o modo de ser— es el de un crucificado en nombre de Dios… esto es, en su lugar. Desconcertante —muy desconcertante— para los que poseen una típica sensibilidad religiosa. Pues esta da por descontado que Dios existe en una especie de dimensión desconocida a la manera de un ente superior —o, si se prefiere, supremo—, tutelando, de manera a menudo incomprensible, la vida de sus criaturas. Y digo desconcertante, por no decir escandaloso o, sencillamente, inaceptable… para quien necesita decirse a sí mismo que goza del amparo de un poder sobrehumano.

En este sentido, podríamos sostener que, en tanto que aún no es nadie sin la adhesión incondicional del hombre de Dios, el Dios cristiano nos libera de la dependencia de lo divino, en definitiva, de lo gigantesco. Y nos libera porque la cruz revela la impotencia de Dios, al fin y al cabo, el envés del poder de la nada. Pues el poder que puede con el todo —el todopoderoso— es el de una nada que permanece agazapada en su negación de sí —y en esto consiste el amor de Dios— más allá del todo (y por eso mismo, de los tiempos). En realidad, el horizonte del amor siempre fue la inmolación.

Evidentemente, para el cristianismo el asunto no termina con la cruz. Pues hubo resurrección. Esta proporcionaría, por tanto, un hacia donde a la existencia. Sin embargo, probablemente Nietzsche nos diría que hay que aprender a leer. Pues que la resurrección de los muertos —ese imposible— se venda como la solución es como decir que no hay solución. En este sentido, el cristianismo, bien leído, sería un brutal ejercicio de ironía.

Así, en nombre de este Dios, estamos solos. Y por eso caben dos opciones. O bien, asumimos que somos hermanos debido a una común orfandad (y actuamos en consecuencia… esperando lo imposible). O bien, y esta sería la propuesta de Nietzsche, nos ponemos a bailar. Y da igual si lo hacemos rodeados de amapolas o encima de la pira de los gaseados. Todo vale. Y por eso mismo, nada vale. O al revés. Sin embargo, en el caso de emular a Dioniso, el dios bailongode la Antigüedad, lo que dejaríamos atrás sería, precisamente, lo que hasta el momento había constituido nuestra humanidad. No secundariamente, Nietzsche entendió el dilema de la existencia como un tener que apostar por Cristo o por Dioniso.

Con todo, la cuestión es quién será capaz de bailar de este modo. Pues este baile no es, ciertamente, para el hombre.

paradojas creyentes, una vez más

abril 2, 2025 § Deja un comentario

El verdadero Dios es el que no existe. Lo dice la Biblia. De hecho, en esto consiste su trascendencia, por encima incluso de la de los dioses. Lo repitió Bonhoeffer: un Dios que existe, no existe. Y para más inri, los muertos resucitarán.

Al final, será cierto que el cristianismo es una creencia en la que no podemos creer. O mejor, una creencia que no es posible tomarla en serio sin acabar desquiciados. ¿Hermanos? ¿De verdad? ¿Y que hacemos tan tranquilos, tirados sobre el sofá?

Quizá de estas lluvias procedan los lodos de las adaptaciones: en el fondo —se nos dice—, es cuestión de descubrir la experiencia que hay por debajo del lenguaje que se empleó en los orígenes, de encontrar nuevos modos de decir lo mismo. ¿Y, con ello, no queda modificada la experiencia?

coloquios

marzo 31, 2025 § Deja un comentario

Cristianamente, no cabe esperar que Dios responda a la invocación del hombre por medio de una voz que podamos escuchar en los recovecos del alma. De hecho, ya respondió de una vez por todas, con mucha sangre de por medio. Y hasta el punto de que aún nos cuesta aceptar que Dios responde al clamor del hombre clamando por el hombre. Y, además, colgando de un palo.

la creencia desde fuera

marzo 30, 2025 § Deja un comentario

Desde la óptica del espectador imparcial, la creencia en el poder de Dios no es más que una creencia, un mapa mental. Su posible valor de verdad queda cancelado en el momento que, culturalmente, damos por descontado que tan solo remite a las necesidades del sujeto. Este lugar común procede, como sabemos, del pensamiento de Hume y, en general, de los postulados del empirismo. De ahí los esfuerzos de tantos creyentes, intelectualmente solventes, por demostrar que, aun cuando la creencia satisfaga la necesidad psicológica de contar con la ayuda de papá, esto no niega que haya Dios. Esto es, que la existencia de Dios sea compatible con la ciencia. Cuanto puede explicar la aparición de la creencia en la conciencia no justifica lo que pueda tener de verdadero. Pues es obvio que Einstein hubiera podido visualizar su famosa fórmula durante un sueño… y no por ello la haría menos apta.

Ahora bien, la lógica de la justificación no puede prescindir de la pregunta acerca de qué hablamos cuando hablamos de lo real, en definitiva, acerca de en qué consiste lo verdadero, cuanto acontece en lo que simplemente pasa. Y los presupuestos de la actividad científica sobre este asunto no nos permiten captar el alcance de la respuesta que, desde sus orígenes, ha ofrecido la metafísica, a saber, el carácter paradójico de lo real —el que el haber solo pueda hacerse presente como tiempo y, por tanto, desde la negación de sí. Pues la ciencia opera sobre la base de una reducción de dicho alcance. La cosmovisión científica no ve más que relaciones entre objetos. Nunca se interrogara sobre en qué consiste que algo sea, sin más. De hecho, el científico desprecia esta cuestión. Pues, de tomársela en serio, tarde o temprano, toparía con la realidad de la nada —con la afirmación, sumamente desconcertante, de que la nada es no siendo (y que por eso mismo, hay lo que hay). Y con esta constatación no hay nada que hacer, salvo acaso postrarse y obrar en consecuencia.

De ahí que el Dios que resulta compatible con la ciencia no sea aún Dios —ni pueda serlo. A lo sumo, un ente superior —un gigante, en definitiva, más de lo mismo. Ahora bien, por eso mismo, la revelación de la irreductible alteridad de Dios —en definitiva, de su negación de sí— solo puede reconocerla quien forme parte de la escena —quien sufre, precisamente, ese estar en falta. En modo alguno, quien se sitúa en las gradas con la excusa de alcanzar la objetividad. Ciertamente, cabe replicar que las apariencias siempre fueron sospechosas. Que para lograr ir más allá hay que situarse a una cierta distancia —la distancia, precisamente, teórica. Pero lo cierto es que el haber de Dios, en tanto que no admite otra forma que el de un abandonado de Dios que se abandona a Dios, no es una perspectiva que deba corregirse, sino, más bien, la crisis de cualquier perspectiva.

esperanza y desesperación

marzo 25, 2025 § Deja un comentario

La esperanza creyente, a diferencia de la mera expectativa, es un asunto de desesperados. Pues tan solo el desesperado clama al cielo esperando una intervención que lo saque de los infiernos de la historia. Y quien apunta al cielo apunta , en definitiva, a lo imposible—y por eso mismo, increíble. Un desesperado es aquel que ya no puede esperar nada de ningún mundo, ni siquiera del sobrenatural. Ningún dios puede salvar a los supervivientes de los campos de la muerte. Tan solo un Dios que regrese con vida tras descender, como víctima del hombre, a la oscuridad impenetrable del sheol. Lo dicho: un imposible. De ahí que clamor y esperanza vayan de la mano. Donde no hay clamor, la esperanza se transforma, como decía, en mera expectativa. Esto es, en mapa mental. Y, como es sabido, no hay mapa mental que soporte el Gólgota.

Llegados a este punto, alguien podría objetar que, cristianamente, la esperanza no es tanto clamor como confianza. Pues hubo resurrección. De acuerdo. Pero quien objetase lo anterior, probablemente no tuviese en cuenta que la esperanza en la resurrección de los muertos tiene un envés, el maranathá… con el que concluye el Apocalipsis. Y no casualmente. Es decir, otro clamor. Y es que la resurrección de los muertos es tan imposible como Dios mismo… lo que no significa que no haya Dios. Al contrario. Sin embargo, para, cuando menos, intuir por dónde van los tiros de esto último, estaría bien tener en cuenta que el haber de Dios como tal no es el de los entes, sean o no espectrales, sino, precisamente, el de lo imposible. Pero este es otro asunto.

el secreto de Fátima

marzo 18, 2025 § Deja un comentario

Dos niñas y un niño, en 1917, creyeron que se les apareció la Virgen en Fátima. Y que durante unos cuantos días les reveló los que sucedería en el futuro. Fue una revelación de tintes apocalípticos.

Aquí caben dos posiciones creyentes: creer con los pastorcillos… o sin ellos. Pero ¿es posible creer no creyendo en lo que vieron? Depende de lo que entendamos por creer. De hecho, al crucificado ni siquiera se le aparecieron unos ángeles. Acaso, los heraldos de Satán.

vesper

marzo 14, 2025 § Deja un comentario

Vesper es una película distópica, muy bien filmada. El ambiente, acaso el protagonista principal, es irrespirable, aunque hay algún que otro apunte de belleza, eso sí terminal. No hay atisbo de Dios. ¿Esto demuestra algo? Quizá que no hay Dios porque ya no quedan creyentes. Y no porque Dios sea una proyección, sino por aquello que podemos leer en el Talmud: si crees en mí, Yo soy; si no crees, no soy. O por la escandalosa declaración cristiana. Pues encarnación significa que sin su quien —un crucificado—, Dios no es aún nadie.

in-corpore

marzo 13, 2025 § Deja un comentario

La teología no puede incorporarse como fe. Esto significa que el sentido de la fe no pertenece al creyente. Si Jesús muere como un abandonado de Dios que se abandona a Dios entonces no puede decirse a sí mismo que sin él Dios no es aún nadie. Ante Dios, sin Dios. Y quizá enfrentados a Dios… en nombre de Dios.

perspectivas

marzo 3, 2025 § Deja un comentario

Sub specie aeternitatis, un genocidio se muestra en el mismo plano que la sonrisa del hijo. Pero ¿es así? Para las víctimas de las masacres de la historia fue obvio que nunca estuvieron a la par. La experiencia del valor —la vida vale más que la muerte— en modo alguno admite la indiferencia del espectador imparcial. Sin embargo, la pregunta es desde qué situación —desde que posición— se decide lo verdadero. ¿Dónde hallar lo inalterable? ¿En el impulso de la madre o en la impasibilidad del dios? ¿Qué revela la perspectiva?

Por defecto, lo real. Sin embargo, lo real en sí mismo no es nada en concreto, sino absoluta posibilidad. Esto es, contradicción. Pues lo real en cuanto tal —es decir, un puro haber— es no siendo nada. Al margen de su hacerse presente como el haber de las cosas, el haber no es nada más que oscuridad y silencio impenetrables —y por eso mismo, insoportables, el motivo de la angustia más profunda. De ahí que el puro haber solo se haga presente como . lo que fue dejado atrás —como lo que tuvo que desaparecer— con el haber del mundo. Hay el haber del mundo. Y no hay otro haber. Pero si hay mundo es porque lo que hay —la constante gravitatoria de cuanto aparece— es que no hay el haber en cuanto tal. Este no permanece agazapado en el que lo supera —en la afirmación del mundo. Al menos, en tanto que este es el efecto de una doble negación: el no haber del puro haber es, precisamente, no siendo nada. Hay el todo porque el todo no lo es todo.

El mundo se encuentra sometido, por tanto, al poder de la nada —al poder de la contradicción. Pues poder es posibilidad. El mundo es, ciertamente, la concreción del haber —su manifestación—… pero al precio de caer en la contingencia, el tiempo, la perspectiva. Y es que todo es posible desde la contradicción. Como no ignora el lógico, de la contradicción se deriva cualquier cosa. Esto es, el todo. Pero, por eso mismo, la afirmación está infectada de negación. Y viceversa. En el amor de una madre también se halla presente la negación de ese amor, la pulsión de retener al hijo, de devolverlo a la matriz. La cuestión es en qué medida. Y con respecto a la medida no terminamos de acertar. Es decir, de saber.

Para el nihilismo no cabe salir de la perspectiva, salvo en dirección a la nada. Las operaciones de exterminio y el abrazo de una madre son las dos caras de una misma moneda. Esto es lo que hay. Pues lo que hay es que no hay nada —no hay más. En la existencia, nada hay por decidir —nada que esperar que no sea la eterna repetición.

Sin embargo, la respuesta creyente está lejos de ser una ingenuidad infantil. Pues, a diferencia del nihilista —ese primo hermano—, el creyente es consciente, aunque sea a través de la imaginación, de que en el seno de la nada de Dios habita, precisamente, la negación de sí. Esto es, el Sí. De ahí que, teniendo en cuenta la indecisión —la ambivalencia— de cuanto nos traemos entre manos, todo esté por decidir. Así, frente al sub specie aeternitatis, el sub iudice. Quien separa este sub iudice de la esperanza, tal y como se suele hacer en las canchas del cristianismo woke, ignora lo que está en juego con respecto a Dios.

Aunque, por ignorarlo, no pasa nada. Literalmente. Es decir, la nada no pasa.

¿hay alguien ahí?

febrero 27, 2025 § 1 comentario

Dios, ¿alguien o algo? Si lo segundo, entonces no es Dios, sino el arjé, la sustancia que sostiene cuanto es. Y para este viaje no hace falta la fe —ninguna confianza. Basta con un saber a qué atenerse. Aunque se trate de un saber para iniciados.

Ahora bien, si es alguien, entonces Dios no coincide consigo mismo. Dios, como cualquiera con conciencia de sí, estaría más allá de sus características. Así, de creer que Dios es bueno o todopoderoso, deberíamos admitir que, en sí mismo, difiere de su bondad o absoluto poder. Y difiere como el que no termina de ser lo que es. En definitiva, si Dios es alguien, entonces, como tal, niega lo que es. Y por eso puede haber identificación. Todo yo trasciende su rostro. Pero sin rostro el yo no es aún nadie. Al margen de sus rasgos, el yo es voluntad de presencia. Esto es, un fantasma que clama por incorporarse de nuevo al presente. Literalmente.

Sin embargo, esto es lo que dice el cristianismo. Ese lo que es Dios, cristianamente, no pueda separarse del cuerpo de un crucificado en su nombre. Esta es, al fin y al cabo, la clave de lectura de la confesión creyente, a saber, la que proclama que Dios es Jesús —y esta proclamación, si lo pensamos bien, no apunta tanto al que anduvo por Galilea como enviado de Dios como a Dios mismo. En tanto que sujeto, Dios quiere llegar alcanzar el presente —pues, en sí mismo, es este querer. Y no hay otro presente que el de los cuerpos. La audacia cristiana consiste en anunciar que Dios tiene cuerpo, el de aquel que fue crucificado en su nombre. Por decirlo en breve: Dios es su cuerpo —y sin ese cuerpo aún no es nadie. O Dios tiene cuerpo, o el haber de Dios anda rozando el de la nada. Dios no tiene otra presencia —otro presente— que el del cuerpo en el que se reconoce. Así, la bondad de Dios es la de quien perdonó a sus verdugos mientras agonizaba como un perro colgando de un madero. Su poder, el de su debilidad.

Quienes conciben el alguien de Dios al margen de su encarnación, acaso posean una fuerte sensibilidad religiosa. Pero esta difícilmente coincidirá con la declaración cristiana. O eso me atrevería a decir.

lo serio

febrero 20, 2025 § 1 comentario

Según Israel, nadie sobrevive que haya visto a Dios. Y Xirinacs añadió: tan solo el profeta resiste. Y aquí, estaríamos, aparentemente, ante una variante del tema del heroísmo, a saber, el de mantenerse en pie ante la irrupción de un poder inconmensurable. Aunque, en el caso del Dios de Israel, este poder no sea el de un incomparablemente más de lo mismo, sino el de un nadie aún, la posibilidad, en definitiva, de una completa aniquilación de cuanto es.

Quizá hoy en día estemos ya un tanto lejos de comprenderlo. Pues en un supermercado —nuestro contexto— nada hay que sea sin medida. Puede que sorprendente, pero en modo alguno inasumible. Ninguna novedad es capaz de provocarnos temor y temblor. Más bien, ilusión. Tampoco la experiencia de la gracia.

De ahí que el asunto de la fe solo esté al alcance de quienes se toman en serio la existencia. Y tomársela en serio supone que habrá un momento en que, debido a la desgracia de tantos, si no la propia, clavaremos nuestra mirada a unos cielos en los que no habrá ninguna estrella.

Y quizá, por eso mismo, la resistencia del profeta no sea equivalente al desafío del héroe de la Antigüedad. Al menos, porque desciende del Sinaí con las tablas de la Ley. Ante Dios —y enfrentados a Dios, a su silencio—, la fraternidad. Pues el único modo de sobrevivir a Dios es aceptando su voluntad.

peccata mundi

febrero 18, 2025 § Deja un comentario

El asunto del pecado no goza hoy de buena prensa. Ni teológica, ni pastoralmente parece que sepamos qué hacer. Nadie se siente pecador. Quizá imperfecto, pero no culpable… por el simple hecho de existir.

Sin embargo, es posible que, al haber dejado atrás la experiencia del pecado, hayamos adelgazado el kerigma cristiano, su carga de profundidad. Y no porque tengamos que retorcernos mórbidamente bajo la admonición del sacerdote que nos recuerda una y otra vez nuestra condición de pecadores —pues ese retorcerse tendría aún mucho de narcisista—, sino porque pecado significa vivir de espaldas a la voluntad de Dios. Y esto es lo que sucede cuando nuestra existencia gira en torno a nosotros mismos. Pues, bíblicamente hablando, pecado es sinónimo de injusticia. Y hay injusticia cuando pasamos de largo de quien tiene hambre y sed.

Basta con imaginar que fuéramos los padres de dos hijos, uno de los cuales vive en la opulencia, mientras que el otro, en la indigencia. Y que el primero apenas se inmutase por la situación del segundo. Me atrevería a decir que no hay vida cristiana mientras no hayamos aún incorporado lo insoportable de este escándalo. A lo sumo, la vida de los aficionados a las cosas del cristianismo.

Sin embargo, como se preguntó Pedro, tras la dimisión del joven rico, ¿quién podrá? Y no ignoramos cuál fue la respuesta.

el regreso del asunto Dios

febrero 15, 2025 § Deja un comentario

Últimamente, vuelve a situarse en primer plano el tema de Dios en relación con la ciencia. La tesis de las nuevas demostraciones es que la mejor explicación del orden que observamos en el universo es la existencia de una inteligencia creadora. En el fondo, se trata del viejo argumento del jardinero: si, de repente, topásemos con un jardín, mientras deambulamos por un bosque lleno de maleza… es inevitable pensar que ese jardín no puede ser casual. Podemos estar de acuerdo.

Sin embargo, lo que me llama la atención es que, en este debate, nadie se pregunte si habríamos demostrado la existencia de Dios de dar por bueno el argumento del jardinero. Pues lo cierto es que, en ese caso, tan solo habríamos probado la existencia de un ente superior… y Dios, en sí mismo, carece de entidad. La realidad de Dios, por poco que entendamos los textos bíblicos, no es la del ente. No puede serlo, tratándose, en verdad, de Dios. O por decirlo en clave filosófica, el fundamento de cuanto es no pertenece a la totalidad de cuanto es.

De hecho, el cristianismo, de mantenerse fiel a la revelación, no puede admitir que Dios sea alguien al margen de su encarnación. La dogmática cristológica no viene a decirnos otra cosa: Dios en sí mismo —a saber, el Padre— no es aún nadie sin el Hijo (y viceversa). Cristianamente, Dios no tiene otro quién que el de aquel que fue crucificado en su nombre. No hay otra presencia de Dios —otro presente— que el de su cuerpo —y, en su defecto, el de su espíritu, esa promesa. Un Dios que existe por su cuenta y riesgo a la manera de un ente supremo no hace buenas migas con la confesión creyente. Desde la óptica que concibe la realidad de Dios en los términos de la existencia de un ente supremo, la encarnación no puede entenderse más que como un haber adoptado el aspecto de un hombre. Ahora bien, esto es, precisamente, lo que fue ferozmente rechazado por la Iglesia de los primeros siglos. Y no por intolerancia.

Neptuno

febrero 12, 2025 § Deja un comentario

La espiritualidad apunta por definición a lo profundo de la existencia. Hay, por tanto, dos planos: el de la superficie y el abisal. En la superficie todo es inercia, mapa mental, reacción, sombras. Esclavitud. El trayecto hacia la profundidad —toda elevación— comienza con un desmentido, una objeción a la totalidad, en definitiva, con una caída del caballo.

La cuestión es qué hallamos en lo profundo. Muchos, hoy en día, creen que algo así como una energía nutricia o incluso un océano. Pero de ser así se trataría de un saber —de una gnosis—, aunque hipotético. En cambio, los tiros de la tradición cristiana apuntan en otra dirección. Pues lo más profundo no es la afirmación sorprendente, la iluminación, sino la interrogación, aquella que nos mantiene en suspenso y aguardando: qué vida pueden esperar quienes no pudieron seguir con vida debido a nuestra impiedad. En el primer caso, la respuesta pasa por un aprendizaje. En el segundo, por un clamar en el desierto. En el primero, la solución es la sustancia. En el segundo, lo imposible. No da la impresión de que se trate de lo mismo.

extremos

febrero 11, 2025 § Deja un comentario

Una situación extrema es una situación final, esto es, aquella en la que se decide el sí o el no de nuestra entera existencia. Es decir, sin ambigüedad. Pues, en principio, todo cuanto nos traemos cotidianamente entre manos es mezcla —y no terminamos de saber cuál es la debida proporción. Por ejemplo, no hay amor sin celos. Quien pretenda un amor en el que no haya rastro de posesión lo que no obtendrá será, precisamente, amor. Y por eso mismo —porque todo es mezcla— nunca terminamos de saber hasta qué punto el amor es en verdad amor. O mejor dicho, hasta qué punto pesa más el amor que su contrario. Estrictamente, eso está por ver. De ahí lo que decíamos sobre las situaciones extremas o finales.

Sin embargo, ¿acaso no sería preferible que la ambigüedad no se resolviese? Y no solo porque las situaciones finales sean, de hecho, insufribles, sino porque el amor, de resolverse como solo amor, dejaría de hacerse presente como tal. Nada es que no incorpore unas dosis de su contrario.

Ahora bien, esta objeción únicamente puede plantearse sobre el papel. Pues presupone que la resolución se limitaría a constatar la sustitución de un amor impuro por uno sin tara. Pero nadie dijo que el sí o el no se nos impusiera de este modo. Más bien lo que sucede es que el amor se sobrepone a aquello que lo niega. Es decir, que se sale con la suya —que gana o vence. Propiamente, estaríamos ante una superación de la ambigüedad… en el sentido hegeliano de la expresión, a saber, aquella que conserva en su seno lo superado. Por eso, tampoco cabe comprender el momento decisivo o final al margen de la historia que hay detrás.

¿experiencia de Dios?

febrero 10, 2025 § 1 comentario

Según la proclamación cristiana, el crucificado es el modo de ser de Dios, no un caso particular de la esencia divina. Y no porque Dios se disfrazase de galileo, sino —y por decirlo en clave trinitaria— porque el Padre aún no es nadie sin el Hijo. No da la impresión, por tanto, que sea posible una experiencia en bruto de Dios que no sea la de un vacío terminal. Cristianamente, esta sería inseparable de haber topado con la de quien soporta sobre sus espaldas el peso de la nada de Dios. O por decirlo de otro modo, la experiencia cristiana de Dios pasa por el seguimiento de quien la tuvo por nosotros antes que nosotros. Y un seguimiento que ya sabemos en qué cima termina.

sobre la creencia y su verdad

febrero 4, 2025 § Deja un comentario

No hay camino de vuelta, una vez alcanzamos la boca de la caverna. Instalados en el mapa mental, preferimos no hacernos demasiadas preguntas. Así, dice el creyente, por ejemplo, que los hijos le han sido dados por Dios. Y aquí se imagina a Dios como un padre espectral. Esta imagen concentra, a su modo, una verdad. Pues es verdad que los hijos nos han sido dados desde el horizonte de la nada. O si se prefiere, del misterio que abraza cuanto es. Ahora bien, la concentra para que podamos vivir conforme a ella. Como los niños, que se sienten seguros en su mundo virtual. Y es que no es fácil seguir con vida habiendo visto a Dios cara a cara, esto es, tras haber incorporado la verdad más desnuda, aquella que se revela en los Gólgotas de la historia. De la creencia a la fe: este es el trayecto. El resto es inercia, casillas, el juego de la Oca. Aun cuando sea una inercia de misa diaria.

las contradicciones de la creencia

enero 29, 2025 § Deja un comentario

Esto de la creencia religiosa es, si se piensa bien, algo ciertamente extraño. Así, por ejemplo, se cree que Dios ofreció a los hombres la ley para que vivieran conforme a bien y no se dejaran tentar por el mal. Sin embargo, el creyente rechazaría la idea de que no hay diferencia entre este Dios y un extraterrestre que, siendo netamente superior, se hubiera entretenido creándonos a la manera de un experimento de laboratorio.

Ahora bien, al rechazarla, nos da a entender que aquello a lo que apunta su creencia no es a Dios en cuanto ente superior, sino a la figura de Dios, la cual no admite, precisamente, la entidad de lo particular. Por consiguiente, lo decisivo de la creencia sería el conceptola omnipotencia, la misericordia sin resquicio, la omnisciencia…—, el cual Dios, en este sentido, se ubicaría más allá del todo, en un pasado anterior a los tiempos. Y se ubicaría como nadie —o mejor dicho, como nadie aún.

El problema surge cuando la piedad imagina un Dios cercano y que, por eso mismo, se interesa por nuestra suerte… como el biólogo cuida de sus ratas. Es verdad que la piedad apunta a un alguien… de naturaleza espectral. Pues nadie que invoca a Dios podría aceptar que se le apareciese como pudiera presentarse el dios del trueno. En cualquier caso, como un fulgor… capaz de responder a su invocación. Pero esta posibilidad es compatible con la aparición de un extraterrestre, esto es, de un ente de otro orden. Pues cuanto es netamente superior no admite medida humana.

Consecuentemente, lo significativo de la creencia no dependería de la existencia de Dios. Al contrario: dependería de que Dios siga siendo, precisamente, idea. Esto es, dependería de que los atributos de Dios no fuesen de alguien, sino que valieran por sí mismos, como quien dice. Sin embargo, en este caso, resultaría inevitable, cuando menos, sospechar que la creencia no tiene otro propósito que el de permanecer en la sensación de dependencia que el niño experimenta en relación con su padre… una vez este muestra tener los pies de barro. Estaríamos ante una estricta transferencia… de manera semejante a cómo el amante transfiere, espontánea y simbólicamente, el vínculo con su madre a la mujer que abraza.

¿Es posible que todavía estemos un tanto lejos de asumir que el quién de Dios es el de aquel que colgó de una cruz como un maldito de Dios? ¿Es posible que la piedad medieval, tan cristocéntrica, fuese más cristiana, ambivalencias al margen, que la que cree haberse actualizado por dirigirse a los océanos o, en su defecto, al resplandor?

raíces

enero 28, 2025 § Deja un comentario

Diría que no cabe pensar la divinidad al margen del asunto del poder. Pues un dios es, en principio, una fuerza que nos puede y que no es posible dominar. De ahí que, de entrada, siendo frágiles como fuimos, todo estuviera poblado de dioses —o, aún más originariamente, de alma, incluso las piedras. Esta fue una visión espontánea, en modo alguno una creencia. Nadie se atrevió a ponerlo en duda. Al igual que nadie cuestiona sensatamente que las cosas estén ahí. Es lo que se da por sentado, una obviedad.

Ahora bien, lo cierto es que había poderes que nos beneficiaban y otros que se presentaban como maléficos. Y quizá por eso mismo, un dios, a pesar de su invisibilidad, estuvo inicialmente cerca, hasta el punto de rozar nuestra piel. Que hubiera una divinidad suprema y que esta se situara a una debida distancia probablemente fuera el correlato de la jerarquía política que se impuso con el surgimiento de la ciudad. Un rey no se mezcla. Tampoco digo que la trascendencia del dios fuera consecuencia de la transformación política. Una vez fuimos capaces de hacer fuego, los dioses comenzaron a retroceder. Pero que la nobleza poseyera los rasgos de un dios —mejores alimentos, más belleza— también resultó evidente. De manera natural, el noble devino sagrado, esto es, intocable: la pureza no hay que mancharla con manos campesinas.

De ahí que la operación cristiana —aquella que señala como único Dios a quién muere como un animal infecto— tuviera fuertes implicaciones políticas. El triunfo de la cristiandad, ciertamente, las desactivó: los mismos perros con distintos collares. Sin embargo, sigue siendo cierto que un Dios hecho carne en modo alguno puede experimentarse —y ya no solo concebirse— como un dios al uso. El efecto espiritual de la experiencia cristiana de Dios es, no obstante, doble. Por un lado, el ateísmo. Por otro, el permanecer a la espera de un imposible final de los tiempos. Aun cuando sea —o deba ser— con el mazo dando. No es lo mismo. Aun cuando ambos efectos puedan entenderse como las dos caras de una misma moneda.

memoria y espiritualidad

enero 26, 2025 § Deja un comentario

La profundidad comienza con un tener presente lo que, en el día a día, debe olvidarse… aun cuando este olvido esté encubierto por la obviedad. Memento mori, dijeron los clásicos. Y aquí la trascendencia, inevitable a causa de nuestra finitud, carece de rostro: una ignotum X escrita en rojo. Israel, en cambio, se decantó por la shemá.

¿Qué hay que recordar, sin embargo, según Jerusalén —o, en cristiano, desde el Gólgota? Pues que hubo redención —liberación— donde no podía haber ninguna redención. Conviene recordarlo, precisamente, porque el mundo pasó de largo. Y con bota firme. Las cámaras de gas siguen funcionando a pleno rendimiento. La profundidad de Israel —su esperanza— siempre fue contrafáctica.

¿Una ilusión? Ciertamente, si no fuera porque hubo lo que hubo. De ahí que, para el creyente, lo contrario a la ilusión no sea la desilusión —el realismo—, sino la posibilidad de lo imposible. Y esto es lo que, en definitiva, significa hallarse ante Dios. Aunque sea sin Dios mediante. O por eso mismo.

¿Dónde estoy?

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