futuro imperfecto

octubre 14, 2019 § Deja un comentario

No hay padres perfectos. Ni esposos —ni esposas— perfectos. Ni hijos que estemos a la altura de la vida que nos han dado. Siempre vamos por ahí con el pie cambiado. Con la decepción hay que contar. De ahí la importancia de ir armados para cuando las cosas no coincidan con lo que soñamos. Estas armas fueron, tradicionalmente, virtudes como la paciencia, la serenidad, la confianza… También la lucidez. Pues hay que poder discernir los momentos. Hay un momento para permanecer y otro, si viene al caso, para cortar. Y no siempre sabemos verlo. En cualquier caso, sin virtud —sin carácter— somos como veletas al viento. Y lo que resulta más decisivo, donde carecemos de virtud, algo nos perdemos de la vida, quizá lo que importa. Las virtudes, ciertamente, no están de moda. Hoy en día el paso lo marca el consumidor. Así, de lo que se trata es de renovar el producto, una vez ha sufrido el desgaste del tiempo. No es casual que hoy en día la infancia se haya prolongado indefinidamente. Y donde seguimos siendo unos niños no hay nada que hacer, salvo reir o llorar.

todo Nietzsche (o casi) en un par de frases

octubre 13, 2019 § Deja un comentario

¿La verdad? La vida está del lado del más fuerte. No hay más. El débil, tarde o temprano, acaba en el container. No somos culpables de su sufrimiento. La desestimación va con la derrota.

(Hay que partir de esta evidencia—y no del dios que damos por sentado—para, cuando menos, caer en la cuenta del carácter contrafáctico de un Dios que se identifica con el que no cuenta para nadie.)

salud

octubre 12, 2019 § Deja un comentario

El principio de la vida sana: exhibirte —querer gustar— y que nadie te haga caso. Hay que haber hecho mucho el ridiculo para comenzar a tomar en serio lo que importa.

de la fidelidad

octubre 11, 2019 § Deja un comentario

¿Fidelidad? Tan solo como respuesta al don. Pero también como un darnos tiempo para poder perdonarnos.

Testimonio de un SS condenado a muerte en Nuremberg

octubre 10, 2019 § 2 comentarios

Soy como vosotros. Solo que he mordido el polvo de la derrota. Para mí, los judíos fuisteis esas malas hierbas que tuvimos que arrancar para que Alemania pudiera florecer de nuevo. Como ahora nosotros lo somos para vosotros. Parece que hemos olvidado que muchos alemanes inocentes murieron de hambre por vuestra ambición connatural y sin medida. Weimar no fue un espejismo. Fuistes la plaga que arrasó con la cosechas. Es verdad que no todos los judíos fueron responsables. Pero, como ocurre en el caso de las plagas, en los momentos de crisis no es posible diferenciar entre la rata infectada y la sana. Auschwitz pasará a ser el símbolo del horror. Pero Hiroshima no anda lejos. Y con todo, vuestros hijos verán la barbarie atómica como un mal menor, como esa decisión que fue necesario tomar para que la guerra terminase. Acepto ser el heraldo de Satán. Pero si me vencisteis fue porque empleasteis mis armas. En la guerra, los mayores desastres siempre se ejecutaron en nombre del bien. Hoy me colgaréis. Pero mañana os colgarán quienes os acusen de ser la raíz de su desgracia.  

una café con Xavier Veloy es más que un café

octubre 9, 2019 § Deja un comentario

El trampantojo —del francés trompe-l’œil— ilustra el contraste entre religión y cristianismo. Pues supongamos que contemplamos el ábside ficticio que pintó Donato Bramante en Santa María presso San Satiro. Es inevitable tener la impresión de que nos hallamos ante un ábside real. Sin embargo, tan solo hace falta que avancemos para cochar contra el muro y rompernos la nariz (sobre todo, si avanzamos con entusiasmo). El trampantojo solo engaña de frente. De ahí la ventaja del que, de entrada, no entra en los asuntos de Dios. Sin embargo, un cristiano nunca encara directamente a Dios. En realidad, encara a quien teniendo, precisamente, la nariz rota en nombre de su fe, en vez de abjurar, abraza el espectro de Dios.

de trinitate

octubre 8, 2019 § Deja un comentario

El Hijo, en cuanto palabra, procede del silencio del Padre. El Padre sin el Hijo, aún no es Dios. Pero el Hijo sin el Padre no es más que un hombre colgado de una cruz. Dios es el que tiene lugar en la cima del Gólgota. Y tiene lugar como aquel hombre que abraza la debilidad del Padre, aquella que se expresa en el silencio que clama por el hombre. Sin embargo, muchos cristianos siguen teniendo en la cabeza la idea de un Padre que es el que es con independencia de su identificación con el Hijo. Ignoran lo que es el núcleo duro de la dogmática trinitaria, a saber, que el Padre, como tal, sigue estando siempre más allá del Hijo. Pero como el que aún no es nadie sin el Hijo. Pues, cristianamente, el crucificado es el quién —el modo de ser— de Dios (y, por eso mismo, el Padre es el yo del Hijo).

el poder de la mente

octubre 7, 2019 § Deja un comentario

La moderna confianza, a menudo ciega, en el poder de la mente puede leerse como un sustitutivo de la vieja religión: la fe mueve montañas. Esto es, la mente todo lo puede. Se trata de una expresión de la que acaso sea la fantasía infantil principal, a saber, el deseo de ser Harry Potter. De ahí que la cruz sea la dosis de realismo que necesitamos. En la cruz, fracasa la ilusión de quien cree que se halla en el lado luminoso de la fuerza.

más Tillich

octubre 6, 2019 § Deja un comentario

El misticismo es la madre del racionalismo: la «luz interior» se convierte, mediante un cierto desplazamiento, en la razón autónoma.

de la palabra Dios

octubre 6, 2019 § Deja un comentario

Uno de los problemas del hombre moderno es que cuando escucha la palabra Dios no puede evitar escuchar la palabra fantasía —como si le hablaran de Osiris o de centauros—. En el mejor de los casos, hablar de Dios sería un modo de referirse al poder que conecta cuanto es, algo así como el arkhé al que apunta la razón. Evidentemente, el viejo Dios de la tradición bíblica hoy en día no tiene las de ganar, al menos en Occidente. Quizá nunca las tuvo. Ahora bien, podríamos preguntarnos si nuestra actual incapacidad para escuchar la palabra (de) Dios no supone, antes que una liberación, un empobrecimiento. Pues acaso solo en relación con un Dios que, incluso en los cielos, estaría por ver podemos comprendernos —y abrazarnos— como hermanos. Cuando menos, porque solo ante este Dios caemos en la cuenta de que únicamente nos tenemos los unos a los otros. El enemigo común une a los pueblos. Aunque en este caso, no sería el enemigo, sino una universal orfandad. No es casual que los tiempos de la revelación sean aquellos en los se hunde el mundo —y con él el cielo que preserva, espuriamente, nuestro deseo de alcanzar a Dios (y de paso ocupar su lugar).      

in corpore

octubre 5, 2019 Comentarios desactivados en in corpore

La filosofía puede pensar lo absoluto —lo enteramente otro o extraño—. Pero no puede, literalmente, incorporarlo a la existencia. Para el filósofo, la alteridad de lo real permanece en el plano de lo abstracto. De ahí que su inquietud termine en una variante del escepticismo socrático: hay más, pero no para nosotros. Ni siquiera cabe decir que se trate de algo en concreto —de algo que pudiéramos ver si cruzásemos la puerta. En realidad, no puede darse como tal. Pues se da, precisamente, como lo que no se da en su mostrarse. Sin embargo, el creyente no quiere renunciar a integrar, al menos hasta cierto punto, lo absoluto o último. Quiere estar ante Dios, aunque sea sin Dios. En este sentido, el creyente no puede evitar ir en busca del icono, del rostro cargado con el poder de la bondad —al fin y al cabo, en busca del ángel. Tan solo el ángel nos salva del infierno de una existencia sin prójimo. Nada nuevo puede haber —nada que interrumpa el eterno retorno de lo mismo—, salvo la aparición. Sin embargo, el creyente en un primer momento ignora que el ángel se revela, no como el que nos deslumbra, sino como aquel que pide que lo descolguemos de su cruz. Un ángel más que seducirnos, nos repele.

en breve

octubre 4, 2019 § Deja un comentario

Quizá, como hombres y mujeres modernos, solo haya una cuestión con respecto a lo último, a saber, si hay o no hay, precisamente, lo último. O por decirlo en clave teológica, si nuestro apuntar a Dios tiene que ver únicamente con nosotros o, por el contrario, responde a la realidad de Dios. Evidentemente, desde nuestro lado la respuesta es la primera. Desde nuestro lado, no podemos ir más allá de lo que nos parece que es Dios. Y esto, hoy en día, tiene más de parecer que de aparecer. Aunque puede que siempre fuera así. Y no porque nos lo haya dicho el ilustrado. De hecho, el monoteísmo bíblico ya se atrevió a proclamar que Dios no se revela como un dios al uso. Dios no es en verdad un dios. Y es que la verdad de Dios —su realidad— no se ofrece como el dios que verifica nuestra representación de Dios. Es posible que no comencemos a ver por donde van los tiros de la fe hasta que no caigamos en la cuenta de que lo real avant la lettre tiene más que ver con un fue absoluto —y por extensión con un porvenir igualmente absoluto— que con el presente indicativo. Al menos, porque existimos como los que fuimos arrancados de la una genuina alteridad.

tras la virtud

octubre 3, 2019 § Deja un comentario

Para ella, ese hombre de quien está colgada es un dios, y por eso cree amarlo. Luego, tras el día a día, descubre que es un pobre hombre —que el ídolo tiene pies de barro, pies que huelen a pies. Finalmente, en el mejor de los casos, terminará abrazando su mal olor, cuidando, como quien dice, de ese resto de bondad que aún hay en él. Pues al fin y al cabo únicamente nos cautiva el bien. Quizá el cristianismo sea esto: un rescatar la bondad que pueda haber en el otro de la descomposición, aunque para ello tengamos que ponernos en sus manos. No es casual que la tradición cristiana insistiera tanto en las virtudes. Pues sin ellas —sin la paciencia, la perseverancia, la esperanza…— no hay carácter que resista la erosión del tiempo. Sin embargo, hoy en día pocos hablan de la virtud. Preferimos centrarnos en el sentimiento, por no decir en la excitación. Como si fuera el sello de la autenticidad. Pero este es nuestro error. Un error infantil.

no hay metáfora inocente

octubre 2, 2019 § Deja un comentario

A la hora de justificar la fe en Dios, se suele decir, sobre todo en canchas progres, que si buscamos a Dios es porque, de algún modo, estamos hechos de Dios. Análogamente, si tenemos sed de Dios es porque, en definitiva, Dios es el agua que sacía nuestra sed (y si la sacía es porque, en definitiva, somos agua). La idea, sin duda, posee una cierta eficacia retórica: hay Dios porque, de lo contrario, no sentiríamos en lo más profundo la necesidad de Dios —al igual que tiene que haber agua porque, de lo contrario, no experimentaríamos la sed. Ahora bien, al margen de que el argumento no resiste las objeciones de Freud, la cuestión es cómo entendemos dicha analogía. Pues fácilmente podríamos caer en una variante del gnosticismo. Como si en lo más hondo de cada uno de nosotros hubiera algo así como pedazo de sustancia divina. Sin embargo, el cristianismo no dice esto. Que estemos hechos a imagen de Dios no significa que compartamos, por supuesto, su naturaleza (si es que Dios cabe hablar en los términos de una naturaleza). De hecho, el relato de la creación del hombre se escribe para evitar, entre otras cosas, esta lectura. Y es que, desde una óptica bíblica, Dios es el Dios que tiene pendiente, precisamente, su modo de ser —su naturaleza, por decirlo así. De hecho, tras la caída —y porque Adán fue creado a su imagen y semejanza—, Dios sufre, como quien dice, una brutal crisis de identidad. Como si hubiera dejado de ser el que era una vez pierde vista aquel en quien se reconoció in illo tempore. Y es que la pregunta cristiana no es en qué dios podremos reconocernos —como si Dios fuera un padre a imitar—, sino en qué momento Dios podrá reconocerse de nuevo en el hombre, esto es, en qué momento obtendremos la bendición de Dios. Pues la bendición de Dios no debe entenderse como si fuera el reconocimiento de una padre que ya es, sino como el instante en el que el padre llega a ser el que es porque puede reconocerse de nuevo en el hijo —porque recupera su identidad. Y cristianamente, si este reconocimiento tuvo lugar —si Dios se hizo presente como hombre en el centro de la historia— fue porque el hijo abrazó como huérfano la impotencia del padre. Sencillamente, Dios no es —no es aún nadie— sin el fiat del hombre. Desde una óptica cristiana, el crucificado es el quien —el modo de ser— de Dios. Así, lo decisivo no es tanto que el hombre tenga sed de Dios —en cualquier caso, esta sed la satisface el ídolo—, sino que Dios clame desesperadamente por el hombre. Y esto, obviamente, no hace buenas migas con una divinidad oceánica. Cristianamente, no todo es agua.

addendum a Parménides

octubre 1, 2019 § Deja un comentario

La pregunta por lo que es más allá de lo que nos parece que es tan solo puede resolverse, si es que cabe resolverla, a través de la reflexión sobre lo que decimos cuando pretendemos decir lo real. No puede ser de otro modo. Pues no hay experiencia de cuanto nos rodea que no pase por el lenguaje, esto es, por el poder decir algo de algo. Aun cuando sientan, las bestias no poseen experiencia alguna de lo real, precisamente, porque no pueden referir lo que sienten a algo exterior (y, en consecuencia, no hay para ellas interioridad). En cualquier caso, reaccionan a estímulos de manera más o menos compleja, pero ignoran a qué se deben. De ahí que no es solo que no podamos pensar sin lenguaje, sino que el pensar, al fin y al cabo, supone reflexionar sobre los presupuestos implícitos de nuestro referirnos al mundo. Pues reflexionar es, literalmente, volver sobre lo dicho —aunque también sobre lo padecido o llevado a cabo—, en definitiva, hacer tema no tanto de lo que es dicho como del decir mismo —de lo implica con respecto a lo real. En este sentido, cuando Parménides afirma que decir lo que es equivale a decir lo que permanece sin cambio no dice más que lo que damos por sentado cuando decimos, pongamos por caso, que Juan es simpático después de haberlo tratado durante un cierto tiempo. Aquí lo que damos por sentado es, precisamente, que la simpatía le es inherente, que va con él sea cual sea la situación. Ahora bien, aun cuando lo demos por sentado, estrictamente, la simpatía no le es inherente: Juanito puede dejar de ser simpático. De hecho, espontáneamente decimos que lo es porque su simpatía dura lo suficiente como para darlo por sentado: como si la simpatía fuera con él. Pero en realidad no va con él: tan solo nos lo parece. Por eso cuando, en el día a día, distinguimos entre lo que nos parece que es y lo que realmente es, no hacemos más que sustituir una apariencia por otra —la que dura menos, por decirlo así, por la que dura más. Y si podemos hacerlo es porque nuestra mente tan solo admite como real lo que no cambia. Por eso Parménides distingue, con respecto a la posibilidad de acceder a lo real, entre la vía de la opinión —la vía de la sensibilidad o de las apariencias— y la vía de la razón, aquella que nos permite trascender, precisamente, lo que nos parece que es. Por la primera, no salimos de lo que nos parece que es. En cualquier caso, nos limitamos, como decíamos, a reemplazar una apariencia por otra más fiable. Ahora bien, por la vía de la razón tan solo llegaremos a explicitar los principios —los presupuestos lógicos— de nuestro intentar decir lo real. De ahí que las conclusiones sean sumamanete abstractas o formales: decir lo real es lo mismo que decir lo uno, lo inmutable, lo ilimitado, etc. No es casual que, mientras fue siguiendo la estela de Parménides, Platón llegase a diferenciar lo real de su apariencia sensible en los términos de una diferencia entre dos mundos. Pues que decir lo real sea lo mismo que decir lo uno, lo inmutable, lo ilimitado… no casa con un mundo en donde observamos, de hecho, lo contrario. Como si al fin y al cabo, lo real no fuese más, aunque tampoco menos, que una idea —lo cual equivale a decir que lo real, en sí mismo, tan solo puede ser pensado—, una idea que, sin embargo, posee en Platón la exterioridad de lo ente. Pero este ya es otro asunto.

desde la lejanía

octubre 1, 2019 § Deja un comentario

Imaginemos que observamos desde una cierta distancia al que anda satisfecho de sí mismo porque cree que Dios está con él —porque supone haber tenido una experiencia de Dios. ¿Acaso podríamos evitar la impresión de que está haciendo el ridículo —de que su Dios probablemente no sea mucho más que una variante espectral del primo de zumosol? En cambio, aquel que anda arrodillado porque se encuentra ante Dios pero sin Dios, por decirlo a la Bonhoeffer, no me atrevería a decir que haga el ridículo. Quizá el suelo sea, hoy en día como antes, el lugar al que va a parar una genuina experiencia de Dios. Como ocurre con lo que importa, cuanto más cerca, más lejos.

las imágenes de la fe

septiembre 30, 2019 § Deja un comentario

Me has robado el corazón, le dice el chico a la chica. ¿Es de hecho así? No, ciertamente. Sin embargo, es verdad —o el chico cree que lo es. Algo parecido podríamos decir del imaginario cristiano. Al menos, porque la verdad a la que apunta el símbolo de la fe no es, estrictamente, la del hecho, sino la de un acontecimiento. La verdad del acontecimiento no puede entenderse, por tanto, como adecuación entre una representación del mundo y el mundo. Se trata de lo que en verdad tiene (el) lugar y no simplemente nos sucede o pasa. Con respecto a los hechos, permanecemos a una cierta distancia, aun cuando nos afecten sensiblemente. En cambio, el acontecimiento no se sitúa frente a nosotros —como si nosotros fuéramos su centro—, sino que más bien nos arroja fuera de los límites de la mismidad. En un acontecimiento, el centro es el otro. Tan solo el otro —mejor dicho, el otro avant la lettre— puede acontecer. Ahora bien, el otro siempre irrumpe como aquel aún no es nadie sin la respuesta del hombre a su invocación. Pues el absolutamente otro es ese resto invisible que nos invoca desde el más allá de sí mismo para llegar a ser en nosotros. El otro únicamente puede encarnarse en el fiat de aquel a quien invoca. Del mismo modo que el amor solo puede tener lugar en la declaración. Antes tan solo contamos con impulsos. De ahí que nos equívoquemos donde entendemos las fórmulas del credo cristiano como si fueran enunciados análogos a la nieve es blanca o el fuego quema. Como se equivocarían quienes creyeran que al decir me has robado el corazón, el amante simplemente afirma, aunque de manera sumamente figurativa, que ha sufrido un chute hormonal. Ciertamente, con el paso del tiempo, incluso la verdad acaba siendo otra cosa (Hegel dixit). Así, pongamos por caso, el precio inicialmente traduce el valor de los bienes en venta. Pero ya sabemos que, tarde o temprano, el precio termina sustituyendo al valor. Con todo, no hay que haber leído a Machado para decir que solo un necio confunde valor y precio.

la psicología del cristiano

septiembre 29, 2019 § Deja un comentario

Te pasas media vida —si no toda— pretendiendo gustarle a papá. Y no parece que termines de gustarle. La cuestión, sin embargo, es a qué padre te diriges —a quién le muestras tus dibujitos o tu aspecto. Elige bien a tu padre, dice la vieja sentencia. Y no tanto porque sea un modelo a imitar, sino porque uno es el que es en relación con el mandato del padre —con lo que su padre quiere de él. Nuestras opciones de vida no dejan de ser respuestas a su demanda, seamos o no conscientes de ello. Sencillamente, si tu padre es la gente —si dependes de la mirada de cualquiera—, serás un cualquiera. Sin embargo, lo decisivo quizá no sea tanto elegir a tu padre, sino que tu padre te elija a ti. Aun cuando, contra nuestra expectativa de alcanzar su poder, te elija para soportar el peso de su indigencia, de su no estar a la altura de lo que te pareció cuando eras un niño (y uno puede serguir siéndolo con cincuenta años). Un padre en realidad nunca coincidió con su imagen —con su mito. De hecho, no es nadie sin el abrazo del hijo, un abrazo que, al fin y al cabo, acoge el cuerpo de un anciano. Y es que el hombre no sabe quién es mientras que no sepa quién es su verdadero padre. Nuestro padre no se revela como tal hasta que no abandona los cielos —hasta que no muerde el polvo de la derrota. No es casual que Freud fuera judío. Pues acaso se trate de matar al padre, si es que queremos dejar atrás la infancia. Pero desde la voluntad de ocupar su lugar tan solo habremos asesinado a un fantasma. De ahí que no caigamos en la cuenta de quién fue nuestro verdadero padre hasta que no recibimos su perdón desde la cruz de la que pende como si fuera un resto de hombre. Hasta ese instante, un padre no deja de ser un ídolo con pies de barro, un error.

entre lo uno y lo otro

septiembre 28, 2019 § Deja un comentario

Quien te ama o cree amarte te invoca desde el más allá de sí mismo —desde su no ser aún nadie. Pero también quiere poseerte (desde el más acá). ¿Quién ama en el que ama? ¿Se trata del amor o de su contrario? Decantarse por lo uno o por lo otro supone pecar de deshonestidad intelectual. No es casual que, desde una óptica judía, lo que es en verdad no se decline en los tiempos de un presente indicativo. Lo que en griego es lo subyacente —lo que permanece oculto en su contrario, en nuestro caso, el amor o el instinto de posesión—, en judío es un porvenir absoluto. La pregunta por lo que es en verdad al margen de las apariencias siempre se responde del mismo modo: ya se verá (o mejor dicho, ya nos lo dirá Dios). Bíblicamente, todo está por decidir —todo se encuentra sub iudice, pendiente de resolución. En los tiempos históricos, nada termina de ser. Y por eso mismo no es. Ciertamente, el creyente, que no el homo religiosus, se halla muy cerca del nihilista. La diferencia entre la óptica bíblica y el nihilismo pasa por que el nihilismo se detiene en el no: nada es, nada posee el valor de lo eterno. El creyente, en cambio, permanece a la espera de una última palabra, que no está en nuestras manos pronunciar. Aunque tampoco solo en las de Dios. Cuando menos, porque Dios no es —no quiere ser— sin el hombre.

focus

septiembre 27, 2019 § Deja un comentario

Ayer me entretuve echándole un vistazo a unos cuantos vídeos de los youtubers del mindfulness. La idea de fondo no está mal: se trata de evitar la dispersión del día a día, de tomar conciencia de que estamos vivos, pues, por lo común, deambulamos por el mundo como muertos. La rutina diaria tiene mucho de maquinal. Se trata, en definitiva, de tener presente el puro presente. Que las preocupaciones no nos dominen —que el malestar no nos pueda. Deberíamos estar por encima de la basura, sobre todo psíquica, que nos cubre casi por entero. Que al menos nos deje dormir. El horizonte del mindfulness es, así, la pureza o, si se prefiere, la calma interior. El aire de familia con la espiritualidad resulta evidente. Pues la espiritualidad pretende centrarnos en lo que importa, en el acontecimiento fundamental de la existencia: el hecho de que la vida es una excepción —un milagro—, aun cuando lleguemos a explicarla. Hay que enfocar bien. Podríamos decir que el papel que ocupa la meditación en el mindfulness lo ocupa en el cristianismo la oración —aunque hay en el cristianismo, sin duda, un lugar para la contemplación. En cualquier caso, lo que se pretende es permanecer en lo fundamental, no desconectarse. Sin embargo, dejando a un lado que no es posible un estado de conexión permanente, al menos, porque el mundo nos obliga a tratar con la impureza —la ambivalencia— de cuanto nos rodea, lo cierto es que el cristianismo añade un factor diferencial. Y es que lo primero no es tu malestar, sino el sufrimiento del semejante. Lo primero no es sentir la propia respiración, sino que el que vive como el que no cuenta para nadie pueda respirar, por decirlo así. Se trata, antes que nada, de responder a un clamor. Uno no puede evitar la impresión de que el mindfulness se centra en exceso en uno mismo. Pero la espiritualidad cristiana es una espiritualidad de desquiciados —de quienes han sido arrancados del quicio del hogar. El centro no eres tú. La paz es, ciertamente, el fin. Pero, en cuanto tal, no deja de ser un producto lateral, aquello que alcanzas —y siempre provisionalmente— donde no buscas tu paz. Más que una espiritualidad, el mindufulness sería su simulacro. Como lo es la novedad con respecto a lo genuinamente nuevo. Y de sucedáneos vivimos, es un decir, quienes principalmente nos dedicamos a trabajar y consumir. Es verdad que muchos se encuentran hundidos en el pozo de la tristeza. Y que unas dosis de mindfulness pueden ayudarles a, cuando menos, quererse un poco más. Pero difícilmente llegarás a quererte si no hay quien te quiera. Y aquí no basta, salvo autoengaño, decirte a ti mismo que Jesús te ama. La sugestión tiene un corto alcance, sobre todo si conservamos un mínimo de lucidez. Incluso para la espiritualidad, en el sentido cristiano de la expresíón, hace falta un mínimo de subjectum. Aun cuando lo mejor sería salir del contexto en el que te encuentras atrapado. Como es el caso de los que quieren desengacharse de la heroína. Y para salir del pozo puede que sea suficiente con ponerse en manos de quienes ni siquiera tienen pozos de agua para saciar su sed. En vez de respirar profundamente, quizá sea preferible cavar.

Reza Aslan

septiembre 26, 2019 Comentarios desactivados en Reza Aslan

Reza Aslan, profesor en la Universidad de California, ha dedicado buena parte de su carrera al estudio de las religiones. Acaba de publicar un libro —Dios, una historia humana— cuya tesis principal es que Dios no es más que una idea. Vale. Esto ya nos lo dijo Feuerbach. En cualquier caso, es innegable que de considerarnos criaturas de Dios hemos pasado a entendernos como creadores del concepto de Dios. Sin embargo, originariamente la divinidad no fue una idea —no fue el objeto de una creencia entre otras. Que lo sea para nosotros —o que lo sea en primer lugar— no significa que estemos más cerca de comprender en qué consiste nuestra exposición a la desmesura de Dios. Originariamente, la convicción de que había Dios —o dioses— fue un dato elemental. El homo religiosus de la Antigüedad vivía en medio de poderes invisible que no cabía dominar, pero con los que había que negociar, por decirlo así. Hay que ponerse en su piel para caer en la cuenta de que solo había que estar en la boca de un volcán para ver el infierno. La cuestión es por qué nuestra relación con Dios ha dejado de ser inmediata. Ciertamente, la crítica moderna a la superstición impide que podamos tomarnos en serio las imágenes de lo sagrado. De hecho, ya no somos capaces, al menos espontáneamente, de reconocer nada de por sí intocable. Todo se encuentra a nuestra disposición como eso susceptible de ser modificado. Como si hubiéramos ocupado el lugar de la divinidad. Sin embargo, la experiencia bíblica de la divinidad nunca fue inmediata como lo fue la del paganismo. En realidad, el creyente sufre a un Dios en falta —y en esto consiste su exceso. Así, no experimenta la presencia de Dios, sino en cualquier caso de lo debido a Dios —a su des-aparición o paso atrás, en última instancia, la vida y la ley, esto es, el deber de preservar la vida que nos ha sido dada de nuestra inclinación a la impiedad. De ahí que la tesis de Aslan, y tantos otros, peque de ingenuidad, por no decir ignorancia. Pues, cuando menos, no parece que tenga en cuenta la mutación que supone con respecto a la idea general de lo divino el hecho de estar referidos a un Dios que no aparece como dios, y que en sí mismo no es aún nadie sin la respuesta incondicional del hombre a su clamor. El hecho de hoy en día demos por sentado que Dios no es más que una idea no solo afecta a nuestra relación con Dios, sino que dificulta que podamos dar cuenta de nuestro estar en el mundo. Y es que existimos como arrancados del enteramente otro. El mundo es lo que es porque no hay propiamente alteridad —porque esta ha quedado reducida a imagen más o menos asimilable. Dios es en tanto que fue —y por eso mismo, está por-venir. Desde una óptica bíblica, Dios es la promesa de Dios —o por decirlo a la manera de Jüngel, Dios se da en adviento. Consecuentemente, el hombre moderno desconoce que no sabrá quién es hasta que no sepa quién es su padre o, mejor dicho, hasta que no sepa qué quiere su padre de él. En definitiva, la cuestión bíblica es quién decide el sí o el no de nuestro estar en el mundo. Y, sin duda, nadie de entrada cree que se encuentra sujeto a una demanda que no podrá satisfacer solo desde su lado. Para ello —y esto es muy bíblico— uno tiene que encontrarse expuesto a las víctimas de, al menos, su indiferencia. ¿Dónde estabas cuando tuve hambre?

fantasmillas

septiembre 25, 2019 Comentarios desactivados en fantasmillas

Hay más realidad —más presencia— en los espectros que en aquellos con los que tratamos a diario. El espectro provoca en nosotros la fascinación y el temor que inspira una genuina alteridad. Tan solo el espectro aparece. Tan solo él es intratable. En cambio, si podemos relacionarnos con quienes tenemos a mano es porque previamente los hemos reducido a lo asimilable. En el día a día, ya sabemos con quien negociamos. La crítica ilustrada a la superstición, ciertamente, nos liberó del temor. Pero también, de paso, de la fascinación. No es casual que el sujeto moderno sea incapaz de comprenderse como aquel que se encuentra expuesto al carácter trascendente de lo absolutamente otro. De ahí que únicamente nos encontremos con el semejante donde ceden las máscaras. Aunque quizá siempre fue así.

contra el vocerío

septiembre 24, 2019 Comentarios desactivados en contra el vocerío

La mujer no es como un hombre solo que con cuerpo de mujer. La Modernidad, dejando a un lado la reacción romántica, lleva un par de siglos intentando convencernos de que somos meros individuos con diferentes papeles que representar. Un individuo no deja de ser un átomo. Sin embargo, aquí el mito quizá acierta más que la reducción racionalista. La mujer para el hombre encarna un paradigma —y viceversa—, aunque, evidentemente, no sea solo un paradigma. El poder que la mujer ejerce sobre el hombre posee, como cualquier poder, una doble faz. Por un lado nos fascina. Pero, por eso mismo, puede destruirnos. No es casual que la figura de las sirenas —mitad mujer, mitad ave rapaz— haya representado tradicionalmente la ambivalencia de la sedución. De ahí el consejo de nuestras abuelas: elige bien a tu mujer. Que haya en ella, sobre todo, bondad e inteligencia (y puede que hoy en día añadieran el adjetivo emocional). Que su parte buena, por decirlo así, pese más que su lado oscuro. Pues su bondad y su inteligencia despertará la bondad —y puede que la inteligencia— que hay en cada uno de nosotros. Podríamos decir que somos como intrumentos de cuerda. Depende de quien nos pulse sonaremos de un modo u otro. Cuesta creer que seamos simples individuos que solo puedan aspirar a un buen contrato. Una relación contractual —un acuerdo— da de sí lo que da de sí. El acuerdo puede, sin duda, satisfacernos. Pero no más. Ahora bien, la Modernidad tampoco va tan desencaminada al acentuar la individualidad. Pues lo cierto es que somos quienes no terminan de coincidir con el paradigma que encarnan. En este sentido, la Modernidad hereda el anuncio cristiano, aunque despojado de escatología: ya no habrá hombre y mujer (Gal 3, 28). Y es que, más allá del encaje de las máscaras, lo cierto es que, hombres y mujeres, solo podemos encontrarnos como los indigentes que, en definitiva, somos. El amor, más allá del mito, comienza con el abrazo de los náufragos. O lo que viene a ser lo mismo, con el perdón.

el origen de las especies cristianas

septiembre 23, 2019 Comentarios desactivados en el origen de las especies cristianas

El poder se entendió originariamente como el poder sobre la vida y la muerte (y de algún modo, sigue siendo así). Así, Zeus —el puto amo— come pero no es comido. Y quizá este sea nuestro temor más atávico: el de ser devorados por la bestia. De ahí la extrañeza del Dios cristiano, el cual, antes que alimentarse de los hombres, se ofrece como su alimento. Y de ahí también la importancia del Espíritu. Pues sin su aceite, probablemente se nos hubiera atragantado. En este sentido, el Dios que se revela en la cruz no deja de ser una mutación de lo que significa espontáneamente la palabra Dios. Ciertamente, en la Antigüedad, los hombres creyeron que podían participar de la fuerza de la divinidad si comían la carne del bruto que, hasta cierto punto, la encarnaba. Pero la originalidad del cristianismo consiste en que su Dios no llega a ser el que es hasta que no es ingerido por el hombre. Sencillamente, no parece que este Dios sea homologable al resto.

paganismo y monoteísmo

septiembre 22, 2019 Comentarios desactivados en paganismo y monoteísmo

La sensibilidad pagana se configura alrededor de dos polos. Por un lado, la convicción de vivir en medio de poderes invisibles con los que, de algún modo, hay que negociar. Por otro, la de formar parte de un orden más amplio que el de nuestra circunstancia, y al que deberíamos reintegrarnos, pues fuimos separados de él in illo tempore. El primer polo fue superado por la crítica ilustrada a la superstición. El segundo, en cambio, pervive en las formas de las espiritualidades transconfesionales o, siendo más profanos, en las propuestas de una vida detox. El monoteísmo rompe, como es sabido, con esta sensibilidad. Al menos, en tanto que no se trata en primer lugar de reconciliarse con el substrato de cuanto es. Ciertamente, en ambas sensibilidades hay algo así como una conciencia de la escisión (y de ahí la necesidad de un religare). Sin embargo, para la fe bíblica, el sello de dicha escisión no es propiamente la desdicha, sino el pecado. Como arrancados, vivimos de espaldas al que nos acusa con su hambre. Antes que controlar mágicamente los poderes que amenazan nuestra existencia o de participar del fondo nutricio del cosmos, de lo que se trata es de responder a la demanda de quienes no cuentan para nadie. Y luego ya veremos. Pues del mañana seguimos sin tener ni idea. El que existamos como arrancados no tiene solución desde el lado del hombre. Incluso con respecto a la verdad de Dios estamos en manos de Dios. En cualquier caso, un pagano no se siente acusado por el sufrimiento indecente del semejante, acaso conmovido, pero en modo alguno culpable. De ahí que, por aquello de la presunción de inocencia, sigamos respondiendo como Caín: ¿acaso soy el guardián de mi hermano?

José y María

septiembre 21, 2019 Comentarios desactivados en José y María

Dejando al margen que, en los tiempos bíblicos, la relación entre un hombre maduro —quizá un anciano para la época— y una adolescente, casi una niña, entraba dentro de lo posible, lo cierto es que tampoco fuese lo más normal del mundo. Que José desposara a María debió resultar, como mínimo, singular (y más si María ya estaba embarazada). Probablemente, fue objeto de chismorreo: esto no puede ir bien. Como lo sería también hoy en día. Muy razonable, por supuesto. Pues lo natural es que no vaya bien. A José, sencillamente, le aguardaba el destino de Pigmalion. Ahora bien, supongamos que esa singularidad hubiera sido la expresión de un amor verdadero y no solo un error, algo así como la encarnación de lo eterno. De hecho, el amor verdadero no deja de ser, por defecto, una excepción: quienes se aman, como decía Riumbaud, se encuentran fuera del mundo. En ese caso, sin embargo, tampoco hubiéramos podido encajarlo. Pues no cabe encajar un milagro (y aquí no me refiero al símbolo de una concepción contra naturam). Quienes viven en la verdad, por decirlo así, tienen que nadar contracorriente. Y es que la verdad acaso tenga más que ver con lo imposible —con lo que el mundo no puede admitir como posibilidad— que con lo previsible. No hay que haber leído a Nietzsche para, cuando menos, sospechar que los chismorreos que José y María tuvieron que escuchar obedecieron, antes que a principios, a un resentimiento de fondo: no puede irles bien porque, de lo contrario, no seríamos capaces de soportarlo. Sea como sea, lo cierto es que no hay amantes que desde el interior de su relación puedan decirse a sí mismos que viven un amor verdadero. Aunque no lo duden. Con respecto a la verdad, todavía está por pronunciar la última palabra. Y no la pronunciaremos nosotros.

Feuerbach, one more time

septiembre 21, 2019 Comentarios desactivados en Feuerbach, one more time

Lo que está situado más alto en el espacio es también en la cualidad lo más alto del hombre, lo que le es más próximo, lo que no se puede separar ya de él —y es la cabeza. Si veo la cabeza de un hombre, es a él mismo al que veo; pero si no veo más que el tronco, no veo más que su tronco.

Ludwig Feuerbach

la edad media que viene

septiembre 20, 2019 Comentarios desactivados en la edad media que viene

El bienestar de las sociedades occidentales ha dependido hasta el momento del crecimiento económico, esto es, de que cada año se produzcan —y vendan— más cosas que durante el año anterior. Por definición, las clases dominantes quieren cada vez más pastel. Y si fue posible que obtuvieran más pastel, sin que otros vieran disminuida su parte, es porque hasta la década de los setenta hubo, año tras año, más pastel que repartir. Ahora bien, que la buena marcha de la economía dependa de que haya cada cada vez más pastel no obedece solo a la ambición o afán de lucro de los ricos, sino a que una economía que se basa en el crédito —o en técnico, en el dinero-deuda— necesita crecer, precisamente, para que el dinero prestado —y esto actualmente significa el dinero tot court— no se convierta, de repente, en papel mojado. Sencillamente, si pasa a ser papel mojado, la deuda emitida, sobre todo por los bancos, no puede seguir funcionando como medio de cambio. El dinero-deuda puede cumplir con las funciones del dinero siempre y cuando confiemos en que la deuda será saldada. De hecho, el crédito no deja de ser dinero que tomamos prestado del futuro. Es «dinero» a cuenta… de un dinero «real» que aún está por ver. Quienes defienden, por lo común desde una sensibilidad ecológica, la necesidad de un crecimiento sostenible o, incluso, nulo, harían bien en pensar qué tipo de dinero exige una economía sin crecimiento. Pues mientras el crecimiento dependa de la deuda, no es posible dejar de crecer insosteniblemente para que todo siga en pie, lo cual, por cierto, significa que andamos, como el funambulista, sobre una delgada cuerda. Ya lo dijo Marx: en el capitalismo todo lo sólido se desvanece en el aire. Pues bien, parece ser que nos esperan años, por no decir décadas, de estancamiento. Traducción: según dicen los que saben, no va a haber mucho más pastel que repartir. Las nuevas oportunidades de beneficio no necesitan tanto capital como antes. O por decirlo de otro modo, no movilizan los recursos de antaño. Y quien dice recursos, dice empleo. Muchos se van a quedar sin trabajo o con trabajos de subsistencia (si alcanza). El mercado no da mucho más de sí. De ahí que la clase dominante reoriente su actividad económica de la producción de bienes a la extracción de rentas, bien sea a través del aumento de la carga fiscal —en mayor o menor medida, el estado moderno se ha convertido, vía corrupción, en una especie de chiringo para amiguetes—; bien a través de la especulación financiera (aunque en los mercados de bienes las estrategias sean otras: pagar más por la renovación de lo mismo, con la excusa de innovaciones fictias). Y la especulación financiera, donde llegamos a entenderla adecuadamente, cosa que nada fácil, no es más que dinero que pasa de unas manos a otras… sin que haya bienes de por medio. Pues el mercado de las finanzas especulativas, dejando a un lado su papel financiador, se alimenta inevitablemente de burbujas —de la sobrevaloración de los activos. Las finanzas y las burbujas, hoy en día, van de la mano —y algunos parece que quieran que siga siendo así, con el riesgo que implica, sin duda devastador.

Estamos, como decíamos, ante una pura y simple transferencia de rentas. Más aún, esas rentas que se extraen en realidad se sustraen de la economía real o productiva. No vuelven como capital industrial. Y mejor que no vuelvan, pues de hacerlo la hiperinflación arrasaría con cualquier economía. En las finanzas actuales se mueve, según estimaciones, el doble —o incluso el triple— del PIB mundial. De ahí que, donde seguimos estancados, obtener más pastel solo es posible si otros tienen cada vez menos. La sociedad que nos espera, por poco que nos despistemos, es una en la que habrán pocos con mucho y muchos con poco. No es causal que para el neoliberalismo sea esencial el férreo control de la inflación (así como la privatización del pastel público). Al menos, porque las rentas obtenidas por la vía especulativa solo conservan su valor si no suben los precios.

De ahí que tampoco sea casual que las reformas pedagógicas que invaden Europa y cuyo origen se encuentra en EEUU, pretendan, aunque no sea este su propósito explícito o consciente, idiotizar a los estudiantes. Así, se nos repite machaconamente que los contenidos no importan. Lo que importa es aprender a aprender… sobre todo jugando. De acuerdo. Pero no es posible aprender a aprender sin contenidos que contrastar, ni sin la vieja cultura del esfuerzo. Es como si a los estudiantes de hoy en día se les propusiera aprender alemán en diez días —y a la vez, de manera divertida. Una estafa. Ciertamente, la escuela no puede seguir como hace cien años. Pero con la excusa de la renovación, no vale cualquier cosa. Pues corremos el riesgo de tirar al niño con el agua sucia. El mundo que viene —mejor dicho, aquel en el que ya estamos— es un mundo hostil a la gran cultura. Y donde, bajo la presión de las circunstancias, la escuela renuncie a la transmirtirla, será complicado forjar una inteligencia (y un carácter) que, cuando menos, sepa hacer buenas preguntas. Por eso, una escuela que se precie, más que adaptarse, tiene que resistirse a las demandas de la socieda. Al menos, hasta cierto punto. Nuestros hijos deberían poder escuchar aquellas palabras que un mundo reducido a mercado nunca pronunciará. Llama la atención que los gurús de Silicon Valley lleven a sus hijos a escuelas en las que no hay ipads (y en algunas, ni siquiera wifi). Por tanto, difícilmente dejarán de haber buenas escuelas. Pero serán las menos (y para los menos). Para la mayoría, café con leche en digital. Nos dirigimos a un mundo en el que habrán pocos que sepan pensar —por no decir, leer. Una sociedad se define en gran medida por quienes tienen el megáfono. Y quienes lo tienen, hoy en día, son los futbolistas o los actores (por no hablar de los participantes de un reality show). Mal vamos. Sin duda, seguirán habiendo centros de alta cultura, pero rodeados de escuelas que se dedicarán a divulgar la propaganda que conviene interiorizar. Como en la Edad Media: universidades para la nobleza; religión para el populacho. Pero, al menos, hubo un tiempo, no tan lejano, en que la propaganda fue tildada públicamente de superstición.

emic vs etic

septiembre 19, 2019 Comentarios desactivados en emic vs etic

El hombre no puede comprenderse a sí mismo, en su individualidad, como un caso particular de la definición general de hombre, aquella que producimos desde las gradas del espectador. El hombre es para sí mismo el que existe como arrancado, aunque de entrada, no sepa de qué o de quién. En este sentido, el hombre es su inquietud por el más allá de sí mismo y no un simple mecanismo de respuesta a los estímulos de su circunstancia. El hombre no es una foca. Las focas no existen, son. Es decir, coinciden con su modo de ser. En la foca no hay ninguna distancia interior —ningún desacuerdo íntimo, ningún desgarro. A diferencia de las focas, el hombre nunca termina de encontrarse en donde está. Como si el llegar a ser —esa tarea pendiente— no pudiera realizarse donde nos hallamos atados a la inmediatez. Y siempre lo estamos, en mayor o menor medida. Evidentemente, la pregunta es dónde hay más verdad —desde que óptica se determina la verdad. ¿Quién tiene razón? ¿El científico o el poeta? ¿Quien dice con exactitud o quien dice por así decirlo? Esta pregunta, sin embargo, nos obliga a plantear una pregunta aún más fundamental o previa: de qué hablamos cuando hablamos de lo real —de lo que es en verdad. O lo real es cuanto podemos traernos entre manos, la cosa más o menos manipulable según nuestro interés; o lo real es aquello que no acaba de mostrarse en su mostrarse, esa alteridad que perdimos de vista una vez fuemos arrojados al mundo, por decirlo así. Si lo primero, entonces el científico está en lo cierto. Pues, desde sus presupuestos, tan solo ve cosas entre otras, que se relacionan según la ley. Pero no puede estar en lo cierto. Cuando menos, porque lo cierto es que en la representación mental de las cosas que están ahí —y el científico solo trabaja con nuestras representaciones del mundo: según él, tan solo es verdad, al menos desde Descartes, lo que admite una cuantificación—, lo que es obviado es, precisamente, el carácter otro o elusivo de cuanto admite una representación. Nunca acabamos de ver —nunca acaba de hacerse presente a una sensibilidad— la alteridad de lo que tenemos enfrente. Esta solo puede ser reconocida o pensada. La razón instrumental —la que se ejerce como cálculo— no nos permite dar cuenta de lo real. En cualquier caso, de su reducción a lo que cabe asimilar. Para dar fe de lo real hace falta unas cuantas dosis de dialéctica. Pues la alteridad propia de lo real —su extrañeza— es, de hecho, lo que inevitablemente tuvimos que perder de vista para poder tratar con lo real. Y aquí quien se encuentra en medio de la escena se encuentra más cerca del nervio de lo real que aquel que se ubica en la posición de una divinidad omnisciente.

real

septiembre 18, 2019 § Deja un comentario

La inmediatez de una presencia —su dato— no da la medida de lo real, sino de cuanto nos parece real. Tan solo la pérdida —la desaparición— constituye la medida, si es que la hay, de lo real. Sin duda, lo real es, por defecto lo que se hace presente. Pero nada aparece sin que, como algo o alguien enteramente otro, dé un paso atrás. La alteridad de lo manifiesto se nos ofrece como el resto invisible de lo visible —como un eterno porvenir. Desde nuestro lado, no podemos ir más allá —esto es, no podemos trascender, salvo con el pensamiento, el horizonte de la apariencias. Esta es la ley de de nuestro estar en el mundo. Como la gravedad lo es del cosmos. De ahí que en lo más hondo sintamos algo así como una nostalgia de lo absoluto o incondicional. Donde nos ocultamos a nosotros mismos esta nostalgia quedamos reducidos a la condición del chimpancé. Aunque posteemos en Instragram. Pues los hombres se dividen entre los que están a favor de la búsqueda y los que no. Al menos, desde nuestro lado.

un café con Menacho siempre da de sí

septiembre 17, 2019 § Deja un comentario

Que las mujeres, aquí en Occidente, tengan su primer hijo hacia los treinta no es algo natural, como quien dice. Lo natural es tenerlos hacia los catorce, si no antes. Ahora bien, lo natural en el hombre es alejarse de lo natural, por decirlo a la Hegel. Más aún, el hombre es el único animal que ha hecho de su naturalidad un delito o, al menos, una falta de educación. El chimpancé se encuentra atado a su modo de ser. Es lo que es. No así, el hombre. El hombre no es, sino que existe. Y esto significa que tiene pendiente llegar a ser alguien para sí mismo. Pero no lo tiene fácil. De ahí su tendencia a tomar un atajo colocándose una máscara sobre el rostro. Su postureo es su éxito. Por suerte, nadie en lo más íntimo acaba de ser lo que parece. Nadie termina de hallarse a sí mismo en donde está. Quizá porque el hombre no puede decirse a sí mismo —y desde sí mismo— quién es o debiera ser. Tiene que decírselo aquel que se encuentra por encima , al fin y al cabo, un padre, en el sentido simbólico, no necesariamente biológico, de la palabra. Pues lo que podamos llegar a ser es, en cualquier caso, la respuesta a una invocación espectral. Sin embargo, la relación con el padre, si llegamos a encontrarnos con él, es complicada. Pues le exigimos una bendición que tampoco podemos aceptar si queremos valernos por nosotros mismos. No hay que haber leído a Freud para intuir, cuando menos, que tarde o temprano deberíamos matar a nuestro padre para ocupar su lugar. La existencia no deja de ser un impasse. Siempre a contrapié. Con todo, nada nos impide que nos tomemos un tiempo para salir del tiempo y limitarnos a observar el vuelo inocente de los pájaros. Porque no hay más —porque el más es un eterno porvenir— dicho vuelo, aunque no solo, se carga con el aura del milagro.

Lutero dixit

septiembre 16, 2019 § 1 comentario

La fe es insensibilitas, dijo Lutero. ¿Acaso Lutero quiso decirnos que la fe es tan solo un estar seguro de ciertas verdades… como podemos estar convencidos de la eficacia de la ley de la gravedad? No exactamente. Más bien, que la medida de la fe no la da nuestro sentimiento. Como tampoco la del amor. El sentir es, en tanto que ligado a lo que nos parece, es variable y, por eso mismo, no es de fiar. Aquí la relación con Dios —el Dios que reclama nuestra confianza— es análoga a la que podamos mantener con la pareja. El punto de partida suele ser, sin duda, el deseo o la atracción. Pero la fidelidad no se sostiene sobre la inclinación más epidérmica —esto sería pecar de infantilismo—, sino sobre un estar en deuda. Sencillamente, le debes la vida a quien amas o crees amar. Pues vivimos de la vida que el otro nos da —de la aparición. Al menos, porque donde no hay aparición, tan solo hay comercio. Ciertamente, la experiencia del don, en tanto que experiencia raíz, es ocasional. Casi un milagro (y podríamos prescindir del casi). En el día a día, cedemos a las exigencias del trato. Hay que trabajar, hacer la compra, negociar…  Y es innegable que sometidos al poder de la circunstancia, la experiencia originaria queda enmascarada, si es que no se nos muestra como esa ilusión en la que caímos ingenuamente. Pero una cosa no quita la otra. En cualquier caso, el amor es la promesa que va con el don. Amarás a tu esposo —a tu esposa. Nos equivocamos donde entendemos el cáracter imperativo de la fórmula como si se nos obligase a amar (¿cómo puede obligársenos a ello?). Su ambivalencia —y es que la fórmula tanto puede leerse en clave imperativa como de futuro— no es casual. Pues aquí la obligación es el compromiso que nace de un estar en deuda y, por eso mismo, el envés de la promesa. Terminarás amándola o amándole —y es que nadie puede decir de sí mismo que ama. Solo el amor es digno de fe, como dejó escrito Hans Urs von Balthasar. O parafraseando lo dicho, solo el amor reclama nuestra fe. Precisamente, debemos prometer para mantenernos fieles a lo que en verdad tuvo lugar: en nombre de la vida que me has dado, no te dejaré nunca. Aunque ya no sienta lo mismo. Y quizá para poder volver a sentir lo mismo o, mejor dicho, más hondamente. Con todo, pertenece a la espesura de nuestro estar en el mundo, el que nadie acabe de estar a la altura de sus mejores promesas —de cuanto le ha sido concedido gratuitamente. Pero este es otro asunto.  

de Babel

septiembre 15, 2019 § Deja un comentario

El diálogo interreligioso, sin duda, contribuye a la paz, al menos porque su punto de partida es el de un no vamos a pelearnos en nombre de Dios. Sin embargo, mientras su propósito sea el de hallar puntos de encuentro, lo cual implica de algún modo hacer de Dios un denominador común y, en último término, una abstracción, ¿no podríamos entender dicho diálogo como un nuevo intento de levantar una torre de Babel? Como si pudiéramos asaltar los cielos desde nuestro lado. Ciertamente, hay en el hombre un anhelo de Dios o, cuando menos, de lo último o definitivo. Pero el hombre no topa con Dios —ni con lo último— solo desde su interés por las cosas de Dios. Ni siquiera donde suponemos que Dios sale al encuentro de quien busca a Dios —donde damos por sentado que el hombre por sí mismo solo puede acercarse a Dios. Quizá esto sería así si Dios coincidiera con la imagen, aunque borrosa, que el hombre se hace de Dios. Pero el Dios que se encuentra con el hombre no es el Dios que este imagina. Dios irrumpe en la existencia cogiéndonos a contrapie o, si se prefiere, por la espalda. E irrumpe en la existencia, interrumpiéndola, sacándola del quicio de la costumbre. De ahí que no quepa hablar de la verdad de Dios, si no es como revelación, esto es, si no es desde el lado de Dios, un lado en el que, sin embargo, no hay nadie aún. Y si esto es así, no parece que sea lo mismo presuponer que Dios es una especie de arkhé que aquel que se pone en manos del hombre hasta colgar de una cruz para que el hombre pueda hacerse capaz de Dios —de responder a su clamor.—. Sobre todo, si tenemos en cuenta que Dios no llega a ser el que es al margen del fiat de aquel en quien se reconoció in illo tempore. No parece que sea lo mismo el Dios que permanece a la espera del ascenso del hombre, aunque dé un paso al frente, que el Dios que aún no es nadie sin la adhesión incondicional del hombre.

las dos banderas

septiembre 14, 2019 Comentarios desactivados en las dos banderas

La humanidad es esto:

 

Pero también esto:

Es lo que diría un espectador: hay de todo. Y puede que tenga que haberlo. Es lo natural. Sin embargo, dentro de la escena no podemos evitar la impresión de que nos hallamos en medio de poderes que pugnan por el corazón de los hombres. El mal no debe vencer. Lo natural del hombre no es lo natural en el hombre. Y esto es así, aunque no se lo parezca a quien contempla los asuntos humanos desde la distancia. Pues para este último, nada se le aparece en verdad, nada —o mejor dicho, nadie— que le exija una respuesta. Un espectador siempre está solo (y por eso mismo, no existe, aun cuando sin duda esté ahí como lo están las focas o las piedras). Y es que existir supone hallarse bajo una demanda infinita, aquella que procede del fuera de sí. Puede que haya más verdad en los mitos bíblicos que en las asépticas descripciones de la ciencia. Cuando menos, porque la verdad del mito bíblico da fe de lo que aconteció —de lo que tuvo lugar verticalmente— y no simplemente sucedió o pasó. Y nada acontece sin que nos obligue a elegir entre la bondad y el horror.

el hastío de los ángeles

septiembre 13, 2019 Comentarios desactivados en el hastío de los ángeles

Según Orígenes, hasta los ángeles se hastiaron de estar en presencia de Dios. Nada —ni nadie— nos asegura que el Dios que nos subyuga en un momento dado pueda provocar, más adelante, nuestro aburrimiento o desafección. Ahora bien, si Orígenes pudo decir lo que dijo, quizá fuese porque seguía teniendo en mente una divinidad de algún modo palpable. Otro gallo le hubiera cantado, si hubiera tenido en cuenta que, incluso en los cielos, Dios sigue siendo un misterio —un Dios por ver. En este sentido, no es casual que el cristianismo sostenga que Dios no tiene otro rostro que el de un crucificado —y resucitado— en su nombre.

deus sive matrix

septiembre 12, 2019 Comentarios desactivados en deus sive matrix

La Modernidad, como es sabido, supone un cambio de posición del hombre con respecto a la totalidad. El sentimiento de formar parte de un orden más amplio es sustituido por el de un hallarse en el centro de control (y aquí por sentimiento entendemos el sentimiento configurador de un modo de estar en el mundo). Sencillamente, el sujeto de la Antigüedad no es el mismo que el de la Modernidad. Sus diferencias no apuntan tanto a sus creencias como a la postura inicial que adoptan frente al mundo. Y una postura es un asunto corporal, antes que teórico. En gran medida, somos lo que hacemos, no solo en relación con lo que tenemos a mano, sino también, y quizá sobre todo, con nosotros mismos. Modernamente, el mundo es, más que un milagro, algo disponible para su consumo. De ahí que, para el sujeto de hoy en día, la cuestión de Dios —la cuestión del ente supremo— no sea la cuestión acerca de su existencia, sino la de si, en el caso de existir, aún podría admitirlo como Dios, esto es, como Padre. Es posible que haya un ente superior en poder e inteligencia —o incluso entes. Pero probablemente nos situaríamos ante él como Neo ante Matrix: como ese poder al que vencer. Nietzsche dio en el clavo cuando sostuvo que la muerte de Dios implica la transformación del hombre en el sujeto de la voluntad de poder. Así, el hombre pasa de estar sujeto a Dios —de depender de su bendición— a estar sujeto al principio impersonal de si es posible, debe hacerse. No tengo claro que sea una buena noticia para el hombre. Pues el hombre probablemente se equivoca donde cree que alcanza una genuina libertad donde dejan de haber límites. De hecho, en tanto que sujeto, el hombre no puede evitar estar sujeto a. La cuestión es a qué —o a quién. Y no se trata de una cuestión secundaria.

ipseidad

septiembre 11, 2019 Comentarios desactivados en ipseidad

Como es sabido, para Descartes la certeza de sí es la primera evidencia sobre la que reposa cualquier posible verdad acerca del mundo. Sin embargo, la posibilidad de que el yo esté solo —que no pueda asegurar la realidad de un afuera— está siempre presente. Puede que la realidad no sea más que virtual. El solipsismo es el riesgo de una reflexión que pretenda un saber del que no quepa dudar en absoluto. Paul Ricoeur, por su lado, sostiene que nadie se configura a sí mismo por su cuenta y riesgo. Es frente a la solicitación del otro que me convierto en alguien (y en este punto Ricoeur estaría muy cerca de Levinas). De acuerdo. Sin embargo, podríamos decir que Ricoeur abandona el territorio del pensamiento radical —el que pone en suspenso los presupuestos de nuestra relación con el mundo— para regresar al del sentido común, a la de una psicología que solo se pregunta por la génesis de la personalidad. Como si Descartes y Ricoeur estuvieran en planos distintos. Ahora bien, el otro ante el que me constituyo como sujeto no es aquel con el que trato a diario —aquel del que no poseo más que su aspecto y que me afecta solo en tanto que me exige una reacción—, sino aquel que echo en falta, precisamente, porque se encuentra más allá del sí mismo —de su aspecto o modo de ser. El rostro, por seguir la terminología de Levinas, es invisible —el resto intangible de lo tangible, acaso lo más real del otro. Pues lo real es, por defecto, lo que se resiste a cualquier asimilación o dominio, en definitiva, lo intratable. Descartes pudo llegar al cogito porque hizo abstracción de la existencia. La preocupación por la representación absolutamente cierta o indudable solo es posible como interrogación fundamental donde dejamos a un lado la referencia a la falta de una genuina alteridad que supone el hecho de existir. Pues existir es vivir como arrancados… de no sabemos quién. De ahí que, en lo más hondo, estemos expuestos a la llamada del otro, una llamada que procede de un pasado anterior a los tiempos o, por decirlo a la manera de Levinas, a un mandato insoslayable. En este sentido, ser sujeto significa estar sujeto a una invocación espectral, y en relación con la cual no responder es ya responder. Pues la caída afecta tanto al hombre como a aquel de quien fuimos arrancados. No otra cosa quiere decirnos el mito de la expulsión del Edén. Dios —el enteramente otro— des-aparece una vez fuimos arrojados al mundo. En su lugar, la obviedad —y lo obvio es lo siempre obviado— de que hay otro donde tan solo contamos con sus imágenes. Dios no aparece como dios, sino como la voz que clama por el hombre a través del llanto de los que sufren en carne viva un mundo sin Dios. El pistoletazo de salidad de la Modernidad —la primacía del ego cogito— no es, por tanto, un hallazgo, sino más bien un olvido. Y quizá por eso mismo, un empobrecimiento. Pues fácilmente nos empuja a creer que somos el centro de cuanto es.

de gallinas violadas

septiembre 10, 2019 Comentarios desactivados en de gallinas violadas

Hay por ahí un grupo de veganas que dan la impresión de haber fumado más de la cuenta. Entre otras cosas, sostienen que las gallinas son violadas (almas veganas) por los gallos (y que, por consiguiente, no deberíamos permitirlo). Todas las especies, según ellas, se encuentran en el mismo plano. No tenemos ningún derecho a alimentarnos de los animales. Muy franciscano, tot plegat. Hermano lobo, hermana gallina. ¿Unas locas? Eso parece. Sin embargo, ¿acaso los profetas no fueron vistos en su momento como unos pirados (de Dios)? Ciertamente. Con todo, que los profetas fueran unos pirados, no implica que cualquier pirado sea un profeta. De ahí que los paralelismos tengamos que cogerlos con pinzas. En cualquier caso, tan solo hace falta que nos lo terminemos creyendo —y en cosas más increíbles hemos creído—, para que de aquí a unos años estas chicas pasen a ser unas avanzadas a su tiempo. Al final, será cierto que la cuestión sobre las creencias que debemos admitir como verdaderas es, en el fondo, una cuestión política. O por decirlo de otro modo, que el último criterio de verdad, al menos en lo que respecta al valor, es el poder. No hay sentido común como puedan haber montañas o árboles. El sentido común —cuanto damos por sentado— no brota por generación espontánea, sino que se nos impone, aun cuando el poder, tan invisible como en definitiva impersonal, oculte aquellas operaciones por las que su verdad termina pareciéndonos, frente a toda alternativa, una obviedad aplastante. Pero basta con tener una mínima experiencia en los asuntos de la vida, para sospechar, cuando menos, de lo que se nos presenta como obvio.

Silencio

septiembre 9, 2019 § Deja un comentario

¿Francisco Javier en Japón? ¿Matteo Ricci en China? ¿Para qué? ¿Para imponer su religión? Hoy en día esto nos parece un despropósito. Que cada uno haga lo que pueda con su mochila. Sin embargo, el que fácilmente demos por descontado que no tenemos derecho a interferir en las creencias de otros pueblos o culturas —aunque no tengamos ningún problema en imponerles el mercado—, ¿acaso no es un síntoma de nuestra poca fe? Hay que ponerse en la piel de esos cristianos, por no decir de los primeros, para entender de qué iba el tema. A diferencia de nosotros, ellos sí que estuvieron convencidos de que Jesús era el heraldo de la redención (y no solo un maestro espiritual). Poca broma. En la confesión, sencillamente, estaba en juego la vida eterna. Nada menos. Su afán misionero, por no decir su fijación, obedecía a su amor a los hombres. Es como aquellos que dedican su vida, o parte de ella, a vacunar a quienes, en el tercer mundo, no tienen acceso a las vacunas. No puede ser que tantos mueran, por no disponer de la más mínima prevención, como si no contaran para nadie. Tenemos el remedio. Y, por consiguiente, no podemos dejarlos morir. La tolerancia moderna, sin duda, nos ha ahorrado unas cuantas guerras de religión. Al menos, en Occidente. Pero el precio que tuvimos que pagar por esta paz es el de un cristianismo sin vigor —el de una fe reducida a un mero supuesto personal. Es verdad que, junto a la cruz, fue también la espada. En los asuntos humanos, la ganga sigue adherida a la plata. Pero este es, de hecho, otro asunto.

prójimos

septiembre 8, 2019 § Deja un comentario

El niño que muere de hambre, la embarazada en la patera, las niñas que fueron secuestradas por Boko Haram (y lo siguen estando)… no son un tema de actualidad. Son mis prójimos. Todos los que sufren nuestra indiferencia o impiedad tienen un nombre. Su dolor me concierne como me concierne el de mis hijas. Pero vivo como si no. Pues no me afecta por igual. Hay algo —o mucho— de cierto en la intuición que separa cuerpo y alma. Al menos, porque el cuerpo nos ata a una visión de corto alcance. Sin embargo, no somos almas puras. Sencillamente, en ausencia de cuerpo, no somos nadie. De ahí que el horizonte de la existencia cristiana, o si se prefiere espiritual, no sea el de abandonar el cuerpo, sino el de su transfiguración, aun cuando esta no dependa enteramente de nosotros. Al cristianismo occidental —o lo que queda de él— quizá le convengan unas cuantas dosis de Oriente. Pero no es necesario apuntar al budismo o sus variantes. Basta con la ortodoxia —basta con el staret.