delirium platonis

noviembre 4, 2019 § Deja un comentario

¿De qué hablamos cuando hablamos de lo real?

Por definición, lo real es aquello que, siendo otro, se hace presente a una sensibilidad. De no hacerse presente, en cualquier caso estaríamos ante lo posible, pero no ante lo efectivamente real. Sin duda, lo real no exige nuestra sensibilidad. Puede que haya algo que sea y que nosotros no podamos percibir. Pero sí que exige que haya un sujeto que sea capaz de constatar su hacerse presente (de ahí que Berkeley dijera que el mundo reclama la existencia de Dios, al menos en tanto que sujeto omnisciente, pues según Berkeley, como es sabido, esse est percipi—ser es ser percibido). En cualquier caso, lo que damos por sentado cuando vemos algo en concreto es que hay exterioridad. Ahora bien, que la demos por sentada no significa que en verdad haya exterioridad. Perfectamente, al ver lo que vemos, podríamos estar sufriendo una brutal alucinación (y aquí presuponemos que lo alucinado está solo en nuestra mente; en cambio, un antiguo chamán daría por supuesto, más bien, que ha traspasado las fronteras que nos separan de lo sobrenatural. Pero este es otro asunto). Es verdad que, llegados a este punto, podríamos preguntarnos cómo cabe asegurar que el mundo que percibimos no es un mundo virtual —y esta será, de hecho, la pregunta de Descartes. Aquí, obviamente, no es posible apelar al ver y el tocar. Pues las sensaciones que tenemos mientras alucinamos pueden ser incluso más intensas. Pero, en cualquier caso, lo que no podemos negar es que, por defecto, la noción de realidad presupone un afuera. Podríamos decir que estamos ante algo obvio.

Sin embargo, lo que no resulta tan obvio es que eso que está ahí, al hacerse presente —y porque solo puede hacerse presente en relación con lo que es capaz de captar una sensibilidad, un sujeto—, pierda por el camino su carácter absoluto o enteramente otro (aunque quizá deberíamos decir que, a causa de su retroceso, se convierte en absoluto). Sencillamente, el cáracter enteramente otro de lo visible es, de hecho, lo que se sustrae a la visión, aunque lo demos por descontado o, mejor dicho, por eso mismo. De ahí que podamos cuando menos suponer, tal y como hará Descartes en el XVII, que nuestras visiones del mundo solo tengan que ver con lo que sucede en nuestra mente. Como si estuvieramos en un sueño eterno. Sea como sea, el que el carácter absolutamente otro de lo real desaparezca como tal en su aparecer como algo que podemos ver y tocar —esto es, asimilar— va con el hacerse presente, el aparecer de lo real. Hay mundo porque no hay, por decirlo así, alteridad —porque no tenemos más remedio que darla por supuesta (y lo que se da por supuesto es, precisamente, lo que no está presente, lo que ha sido dejado atrás). O mejor dicho, hay mundo porque la realidad de lo en verdad otro solo se da, como tal, en el modo de una ausencia. De lo absolutamente otro, en sí mismo, solo podemos tener una idea —y porque en realidad es idea (y de esto último hablamos más adelante). De ahí que lo otro o absoluto sea lo inasimilable de cuanto cabe asimilar —lo que eternamente se encuentra más allá de la presencia. En absoluto cabe ver lo absolutamente otro. Por eso decimos que lo real en sí mismo —esto es, con independencia de su mostrarse— es el resto invisible de lo visible, esa extrañeza radical que permanece más allá de cuanto nos resulta familiar (y de ahí también que podamos asombrarnos de que algo simplemente sea: la rosa es sin porqué, que decía el Silesius). Según Platón, hay más realidad en lo invisible que en lo visible. Lo real en su carácter de algo en verdad otro se revela en su aparecer como lo que desaparece —o da un paso atrás— en su aparecer.

Ahora bien, por eso mismo, no estamos hablando de una cosa que retroceda en su mostrarse —no estamos hablando de una cosa invisible. Lo absoluto no es cosa en absoluto. Pero entonces ¿qué es? Estrictamente, deberíamos decir que no es —porque, en tanto que algo enteramente otro, no se da o aparece, salvo como lo que perdimos de vista en su darse a una sensibilidad; porque, en definitiva, como algo en verdad otro carece de concreción. Y es que de manera espontánea —y lógica— decimos que tan solo es lo que puede ser visto como algo en concreto. Aquello que no se ofrece a una sensibilidad, sencillamente, no es o, si se prefiere, no acaba de darse. Sin embargo —y esto conviene subrayarlo—, tampoco podemos decir que no sea, pues lo real es, precisamente, algo en verdad otro, algo absolutamente exterior o, literalmente, extraño. Así, una vez nos preguntamos de qué estamos hablando cuando hablamos de lo que es, tarde o temprano, caemos en la cuenta de la escisión entre el carácter otro de lo que es y su aspecto. Hay un hiato —y esto es lo que quiso darnos a entender Platón al distinguir el mundo inteligible del sensible— entre la alteridad propia de lo real y su mostrarse como algo singular. La realidad como tal trasciende el horizonte del ver y el tocar —el horizonte de lo concreto—, y por eso mismo su trascendencia no puede entenderse como la de un ente sobrenatural. Pues no hay ente que no esté determinado, esto es, delimitado por su particular modo de ser. De ahí el carácter ambivalente de la palabra apariencia. Por un lado, en lo concreto se revela —aparece— lo real. Así, vemos la belleza, pongamos por caso, en los cuerpos bellos. Pero, por otro, en tanto que la belleza que encarnan no les es inherente —en tanto que, en cualquier caso, solo son bellos hasta cierto punto o desde cierto punto de vista— su belleza es ilusoria, no propiamente real. Ambas acepciones de la palabra apariencia van de la mano.

Por consiguiente, aquello real, en su carácter otro, es en la misma medida en que no es —en tanto que, en sí mismo, no se da. En este sentido, la estructura de lo real posee una naturaleza dialéctica. Y está es la razón del tiempo ——y aquí entramos en el núcleo duro de nuestro asunto. Pues podríamos decir que las cosas que podemos ver y tocar se encuentran sometidas al tiempo porque, de hecho, la consistencia de lo real —su alteridad— dio un paso atrás donde se hizo presente bajo un aspecto determinado, esto es, como apariencia. Hay tiempo porque hay lo absoluto —porque hay lo real. Pero el haber de lo real solo puede pensarse como lo que retrocede, en su carácter otro o absoluto, a la hora de hacerse presente a una sensibilidad. Por eso todo se da hasta cierto punto o momento. Por eso nada termina de ser —y lo que no termina de ser estrictamente hablando no es, tal y como nos hizo ver Parménides. Las cosas, en tanto que son o aparecen, no acaban de ser lo que parecen. O por decirlo a la manera de Platón, en tanto que participan de lo que es en verdad, las cosas poseen una realidad aparente. Las cosas se presentan como algo otro. Y si decimos que A se da como B es porque A no es exactamente B —porque A difiere de B. En términos platónicos, las cosas aparecen como algo-otro-ahí porque participan —y solo participan— de lo en verdad otro. Como decíamos, lo real, en su hacerse presente, pierde por el camino su alteridad. De ahí que las cosas no terminen de ser algo realmente otro, sino siempre algo otro en apariencia: como algo-otro-ahí. Y de ahí también que dicha alteridad siempre tengamos que suponerla o darla por descontado. Sencillamente, el carácter absolutamente otro de lo real no se hace presente en su hacerse presente.

Ahora bien, —y en esto consiste el giro dialéctico del último Platón— que las cosas no terminen de ser reales, el que se encuentren sometidas al tiempo, tiene que ver, precisamente, con lo que es. Pues el carácter absolutamente otro de lo real se da en tanto que, en sí mismo, no se ofrece a una sensibilidad. El no terminar de ser —el desaparecer— pertenece, por decirlo así, a lo que es absolutamente otro. Las cosas, precisamente porque encarnan lo que es en verdad, no pueden ser enteramente lo que parecen. Tarde o temprano, terminan desapareciendo.

Por eso lo real avant la lettre es idea —el deber ser que constituye la norma, el paradigma de lo sensible. Ser es, en definitiva, deber ser —y, por eso mismo, idea, pues la idea en Platón no es un simple contenido mental, sino norma o ideal. Tan solo es lo ideal —la norma de cuanto cabe ver y tocar. Como decíamos, lo que es absolutamente no es cosa —carece de entidad. De ahí que la alteridad de lo real solo pueda ser pensada. Y porque el Bien es lo que debe ser, decir Ser y decir Bien implica decir lo mismo. Lo que es en verdad, en tanto que en sí mismo no se muestra como algo en concreto, tiene pendiente, precisamente, ser —su aparecer en tanto que otro en verdad. Lo que es en verdad se afirma negándose a sí mismo, por decirlo así. Ahora bien, este deber ser es eterno. Esto es, no es posible que lo absolutamente otro aparezca o se concrete como tal. La alteridad de lo real es, estrictamente, un imposible, algo que el mundo no puede admitir como posibilidad, pues hay mundo debido, precisamente, a la imposibilidad de lo absolutamente otro. Nada de cuanto podemos ver y tocar permanece en su ser porque su realidad —el carácter otro de cuanto podemos ver y tocar— permanece inalterable fuera del tiempo. Pero permanece inalterable —y esto es esencial— en su no aparecer. Como decíamos en el párrafo anterior, porque el ser como tal —su carácter enteramente otro, su alteridad— es en tanto que en sí mismo no es —en tanto que como tal no aparece—, las cosas que muestran lo que es no terminan de ser. Es por esto que todo se encuentra sometido a la exigencia de ser por entero lo que parece, en última instancia, algo-otro-ahí —de ser por entero algo en verdad otro. Así, podemos dar por sentado que las cosas son algo otro porque su alteridad está siempre por ver —porque no se dan, precisamente, como algo otro en verdad, sino solo como apariencia de algo otro (y de ahí que, como decíamos, siempre quepa suponer que habitamos un mundo virtual). En platónico, porque participan de lo que es en verdad. El tiempo es, precisamente, el resultado de esta fuga de lo real, como absoluto, en su aparecer. Y aquí, sin duda, Platón está más cerca de Heráclito que de Parménides.

PS 1: la sospecha de Descartes —la posibilidad de que lo que vemos solo esté en nuestra mente— puede entenderse como la radicalización deformada del hallazgo de Platón. Puede que la sospecha de Descartes solo podamos tomárnosla en serio donde olvidamos, precisamente, la naturaleza dialéctica de lo real, a saber, que algo es o aparece donde su alteridad —su absoluta exterioridad— desaparece del campo de visión y, por eso mismo, solo pueda ser pensada.

PS 2: en un párrafo anterior decíamos, aunque de pasada, que solo a causa de su retroceso lo real deviene absoluto. Ahora bien, ¿acaso esto no nos obliga a reconocer que lo primero no es lo que es, sino el acto por el que lo que es se separa de su hacerse presente, constituyéndose, precisamente, como lo que es en verdad? Si esto fuera así —que lo es— entonces lo primero no sería lo real en tanto que otro, sino el tiempo —el eterno diferir de lo real—. Ahora bien, el tiempo, aun cuando primero, propiamente no es, pues tan solo solo es el resultado de este continuo diferir. Y aquí nos detenemos. Al fin y al cabo, será verdad que nos iremos de este mundo sin saber de qué hablamos cuando hablamos, sobre todo, de lo último.

y con él llegó el escándalo

noviembre 3, 2019 § Deja un comentario

Zaqueo, el personaje del evangelio, fue jefe de los publicanos. Los publicanos eran los encargados de recaudar los impuestos en las provincias romanas, algo así como unos hijos de puta. Hay que partir de aquí para, cuando menos, intuir qué pudo suponer que Jesús quisiera cenar con él. Es como si, hoy en día, quedase con un traficante de blancas. Inaceptable para quien cree que el hombre de Dios debe alejarse de los sucios. Pero quien quiere sacar a alguien del barro tiene que ensuciárse las manos. Hasta oler mal.

mariología elemental

noviembre 2, 2019 § Deja un comentario

No es lo mismo engendrar en un lavabo de discoteca, llenos hasta las cejas de mierda, que querer tener un hijo con la mujer que amas. Como tampoco es lo mismo cuidar del hijo que fue fruto de una violación como si fuera el don de Dios. Él no tiene la culpa —no tiene por qué cargar con el peso de la desgracia. Por el amor de esa madre, el hijo nacerá sin pecado original. Se trata de una genuina concepción virginal —de un imposible (o por decirlo a la clásica, de un milagro). Será cierto el axioma de la fe: cuanto más increíble, de darse, más verdadero. De ahí que la verdad de la fe solo pueda arraigar en el corazón de los hombres a través de las inverosímiles imágenes del mito. Llegará un momento en que la crítica ilustrada al simbolismo cristiano nos parecerá una estupidez. Aunque fuese una estupidez, ciertamente, liberadora. Pues dicho simbolismo, a la vez que hace posible la in-corporación de la verdad, la falsifica. Sobre todo, donde olvidamos las historias humanas —demasiado humanas— que hay detrás. Y cuando esto sucede fácilmente hacemos del milagro un acontecimiento paranormal.

de la higiene como justicia

noviembre 1, 2019 § 1 comentario

La vieja escisión entre alma y cuerpo tiene un equivalente social. Así están los limpios, aquellos que viven bien y por eso mismo pueden permitirse el lujo, tanto material como espiritual. Y también, los sucios, los que con trabajos de mierda, si los tienen, o con los trapicheos de la droga, viven al día. Son los que se dejan llevar por el instinto. Como si fueran bestias. No es causal que terminen matándose a machetazos. Hablamos de las maras, las favelas, los barrios de las periferia. Los griegos no lo dudarían: estamos ante hombres y mujeres inferiores. No han sido formados, elevados, divinizados. Lo dicho: como si estuvieran más cerca del chimpancé que del ángel. Y aquí no se trata de la opinión de los griegos. Se trata de nuestra visión más espontánea, aunque, por aquello de lo correcto, no nos atrevamos a expresarla. Las maras —los traficantes de heroína, los violentos— son, literalmente, una plaga. Y las plagas, tarde o temprano, piden un exterminador. De ahí el escándalo del cristianismo. Que el degradado sea nuestro hermano —que su miseria se deba no a la mala suerte, sino a nuestra indiferencia— no es algo que fácilmente estemos dispuestos a admitir. Y mucho menos, que Dios esté de su parte. La igualdad, antes que en el decreto, arraiga en la convicción de que, ante Dios —ante su demanda o clamor—, no podemos asegurar quién dará el primer paso. De hecho, cabe sospechar que serán ellos, y no nosotros, los capaces. Ya lo dijo el que terminó colgando de una cruz: la putas pasarán primero. Y las putas, por lo común, no son de misa diaria.

transmitir la fe hoy

octubre 31, 2019 § Deja un comentario

Que el cristianismo toca a retirada no es nada nuevo. Quizá no tanto sus variantes sectarias, pero sí, literalmente, su catolicismo. De ahí que muchos se pregunten cómo transmitir la fe en un mundo que no da a Dios por descontado. Sin embargo, una cosa es cómo hacer inteligible un credo que se escribió hace dos mil años a los hombres y mujeres de hoy en día y otra es en qué crees tú como cristiano —quién es Jesús de Nazaret para ti: ¿un buen hombre, un ejemplo?; ¿aún eres capaz de confesar al crucificado como el Señor? Y quizá deberíamos comenzar por estas últimas preguntas. Ciertamente, la primera, la que afecta a las verdades de la fe, es una pregunta recurrente: con cada cambio cultural el cristianismo tiene que enfrentarse a la cuestión de su inteligibilidad, a la necesidad de un traducción que no tire al niño con el agua sucia. De hecho, el cristianismo, tal y como lo conocemos, es el resultado de una adaptación de la mentalidad judía a la del mundo greco-latino. Ya comenzamos traduciendo. Pero en cualquier caso, si se trata de transmitir, lo cierto es que nadie transmite nada sin pasión. ¿En qué crees? Mejor dicho, ¿en quién? ¿A qué invocación responde tu vida entera? Ambas cuestiones —la de las verdades y las del corazón— están, sin duda, relacionadas. Y más actualmente. Pues como modernos, no sabemos muy bien qué hacer con Dios. De entrada, no nos encontramos expuestos a su trascendencia —a su retroceso— y, por eso mismo, somos quienes confiamos demasiado en nuestra posibilidad. No parece que dependamos de una última palabra. Sin embargo, antes que hacer apologética quizá deberíamos chupar más soledad, cuando menos para conectar con el fondo de la existencia —un fondo en donde hay más vacío que luz. En cualquier caso, el punto de partida, hoy en día como antes, es aquel que soporta sobre sus espaldas el peso de un Dios en falta, el testigo de la fe. Así, la pregunta inicial no es en qué crees, sino quién provocó en ti la inquietud por Dios —qué ha visto él que tú aún no has visto, aunque más que ver, el testigo haya sido visto o, mejor dicho, invocado por un Dios que colgó de una cruz. El hombre de fe permanece a la espera de Dios. Pero se trata de un permanecer que, en cierto sentido, está de vuelta. Las catequetesis cristianas deberían comenzar con las vidas de los santos, por decirlo a la clásica. Aun cuando no sea oro todo lo que reluce. Y es que sigue siendo cierto, hoy en día como antes, que Dios no es —no quiere ser— sin el fiat incondicional del hombre, fiat que el hombre solo puede pronunciar bajo un cielo impenetrable. Acaso convenga recordar aquello que dijera Bonhoeffer en su momento, a saber, que estamos ante Dios, sin Dios. Puede que al cristianismo de hoy en día le convenga recuperar un poco de oscuridad (aunque si caer en la de las sacristías de antaño). Basta con tener presente el horror que sufren tantos de nuestros hermanos. No vamos a ir muy lejos donde nos limitemos a promover el buen rollo. Pues para buen rollo hay mejores ofertas.

contra Platón (o no)

octubre 29, 2019 § 1 comentario

Antonio Damasio, en El error de Descartes, llegó a constatar que aquellos que habían sufrido un daño en la corteza cerebral ventromedial eran incapaces de reaccionar emocionalmente. Como si fueran unos psicópatas. Ahora bien, lo curioso del caso es que, a pesar de que su aptitud para razonar permanecía intacta, no podían tomar una decisión acertada cuando se enfrentaban a alternativas relativamente complejas. La conclusión que extrae Damasio es que las emociones más elementales, aquellas que fueron seleccionadas a los largo de la evolución, son como patrones —atajos— que facilitan la elección correcta. De hecho, el impasse deliberativo lo experimentamos, por lo común, cuando debemos seleccionar una opción entre varias sin que exista una implicación emocional (por ejemplo, al tener que escoger una lavadora dentro de un extenso campo de posibilidades). No es cierto, por tanto, que el cuerpo sea un obstáculo, como sostuviera Platón, a la hora de decidir qué es lo que nos conviene, moralmente hablando. Ciertamente, Platón tenía sus razones para decir lo que dijo. Pues el cuerpo responde a imágenes que, como tales, suelen falsear la realidad. Así, nos seduce la belleza de un cuerpo. Pero nos casamos con la persona (y esto es harina de otro costal). Un cuerpo bello puede estar hueco. Y si no lo estuviera, su belleza sería lo de menos. De acuerdo. Pero Damasio considera que sin emociones no sabríamos qué hacer —que es más fácil equivocarse donde solo tenemos en cuenta los fríos dictados de la razón. Que incluso donde nos decantamos por la belleza interior seguimos una intuición. No obstante, podríamos decir, en defensa de Platón, que Damasio solo tiene en cuenta la conducta. Y, sin duda, en lo que a esta respecta, las emociones juegan un papel decisivo. La selección natural no procede en vano. Ahora bien, en cuanto a la relación con uno mismo, las emociones no siempre dan en el clavo. Uno puede creer —dejarse llevar— en falso. O por decirlo de otro modo, nuestra vida puede ser un error. Y ahí la pregunta por la verdad —por aquello de lo que estamos hablando cuando hablamos de, pongamos por caso, el amor, la libertad o la esperanza— no es en modo alguno secundaria. Al contrario. A pesar de que, al fin y al cabo, no sepamos cómo responderla. Y una vida que ame la verdad —que vaya en su busca— no se encuentra en el mismo plano que aquella que se limita a reaccionar, aun cuando sea felizmente.

fantasmas

octubre 28, 2019 § Deja un comentario

El terror que provoca el fantasma es significativo. Pues representa el otro como tal —el extraño, el que procede del más alla, el clama por volver a ser—. Hay, por tanto, fantasmas. Acaso, lo único real.

templus fugit

octubre 27, 2019 § Deja un comentario

La destrucción del Templo de Israel en el 587 ac fue una experiencia, ciertamente, traumática. Es como si hoy en día desapareciese nuestro mundo —el Louvre, el Vaticano, la democracia, el rock… — debido, pongamos por caso, al triunfo militar de los talibanes. Como si las iglesias acabasen convertidas en mezquitas y los últimos occidentales hubiéramos sido deportados a Afganistán, obligando a nuestras mujeres —a nuestras esposas e hijas— a jugar en la segunda división. Difícilmente, podríamos evitar la impresión de que la vieja Europa —y con ella el cristianismo— fue una ilusión. Ahora bien, de hecho, esto ya ha sucedido. Y no porque Occidente haya sido derrotado, sino porque el capitalismo, a pesar de su impasse actual, hace tiempo que disolvió todo lo sólido en el aire, como dijera Marx. De hecho, puede que nuestra situación sea más comparable a la caída del Imperio romano que a la de Israel a manos de la tropas de Nabudonosor II. Pues, a pesar de la claudicación geopolítica, probablemente seguiríamos con lo de siempre, esto es, trabajando y consumiendo. Aunque las modas sean otras. Antes que mezquitas, la iglesias pasaran a ser centros comerciales o de ocio. Quizá solo sea cuestión de tiempo que añoremos la época en la que aún podíamos decir que los templos se habían convertido en los sepulcros de Dios.

estrategias militares

octubre 26, 2019 § Deja un comentario

En gran medida, puede que seamos un mecanismo de defensa. De entrada, intentamos protegernos de la acusación que procede del exterior, pero tarde o temprano acabamos defendiéndonos de nosotros mismos —de nuestros fantasmas íntimos. Los rasgos de la personalidad, al menos en sus trazos más gruesos, son una coraza. En el fondo, más que una chispa divina, habita la herida, el temor a ser abandonados. Con el tiempo, nos convertimos, ciertamente, en más sutiles. Aparece el matiz —el no termino de ser todo lo que soy. Sin embargo, solo tras la desnudez comienza lo que importa. Y lo que importa no es gustar.

crisis vocacional

octubre 25, 2019 § Deja un comentario

¿Por qué casi nadie quiere hacerse sacerdote? ¿Es que Dios ha dejado de llamarnos? ¿Por qué las escuelas de la Compañía de Jesús no dan jesuitas? ¿Nadie hay que esté dispuesto a quemar las naves? Ciertamente, la palabra Dios ya no funciona como antes. Pero quizá la crisis no solo responda a esto último. Puede que también falte ejemplaridad. Pues no es lo mismo ver a un pastor que se preocupa por tu fe (por no hablar de tu bienestar), que estar ante aquel que se ocupa, antes que de ti, de los que andan por el mundo como espectros. En el fondo, no hay vocación que no implique un «yo quiero seguirte» (y seguirte en lo que haces por los que sufren un mundo tan injusto). Un hombre de Dios ha de atreverse a decir: «ven conmigo a dar de comer al hambriento». La vocación nace de un ser invocado, y no de nuestros gustos o preferencias. De hecho, nadie en su sano juicio puede preferir ser llamado a saciar el hambre de los que no cuentan. ¿Y Dios? «Bueno… Dios está por ver.» Ya se sabe: ante Dios, sin Dios. Todo en nombre de Dios, esto es, en su lugar.

esquizofrenia creyente

octubre 24, 2019 § 1 comentario

Quizá el problema que arrastra la conciencia creyente hoy en día es que acaso con el corazón invoque a Dios —incluso que crea hablar con Él—, pero su mente no le sigue. Es lo que tiene la crisis del relato cristiano —de la comprensión de la historia como historia de la redención. La solución habitual de las parroquias ha sido acentuar los latidos del corazón —bien siguiendo a Pascal, aunque quizá sobre la base de un malentendido (el corazón posee razones que la razón no entiende), o bien siguiendo la estela de Schleiermacher, cuya teología del sentimiento de dependencia sostuvo durante años el pietismo protestante, actualmente también católico. Sin embargo, más que de una solución, estamos ante un parche. En el barco sigue entrando agua —mucha agua. Y ya sabemos, desde Tales, que todo es agua, por decirlo así. De ahí la necesidad de recuperar la experiencia veterotestamentaria de Dios, según la cual el todo no es aún todo. Puede que el problema del cristianismo, al menos en Occidente, tenga que ver con que no ha sabido salir de la primacía de la totalidad frente al carácter irreductible de la alteridad. No es casual que el cristiano de a pie crea encontrar una salida a la angostura espiritual de nuestros tiempos con la divinidad oceánica, salida que, sin embargo, nos obliga a identificar a Dios con el todo. Pero el Génesis se escribió, en parte, para evitar la deriva hacia el panteísmo. Pues el mundo es debido a Dios, pero no es Dios. En realidad, el Dios bíblico, frente a lo que supone la sensibilidad religiosa, no sea aún nadie sin la fidelidad del hombre. O por decirlo de otro modo, con respecto a Dios lo primero no es Dios, sino la Ley, el dar de comer al hambriento o de vestir al desnudo. Y luego ya comprenderemos. Al fin y al cabo, existimos ante Dios, pero sin Dios.

campesinos

octubre 23, 2019 § Deja un comentario

Que el cristianismo, al menos en sus inicios, fuera la fe de los campesinos no deja de tener su mérito, sobre todo si tenemos en cuenta que el paganismo era, precisamente, la religión de los hombres del campo. Supongo que esto tiene que ver con la promesa del Reino. Las bienaventuranzas debieron sonar, a oídos de los desheredados, como las arengas de Lenin antes de la toma del palacio de invierno. A Jesús no lo crucificaron solo por ser un bonachón. Y es que los que no cuentan para nadie, más que una cosmovisión donde los espíritus campan a sus anchas, necesitan una esperanza. Otro asunto es que, al no realizarse lo prometido, terminen haciendo de su fe una religión del más allá. Sin embargo, una justicia que consista únicamente en compensar en los cielos las lágrimas derramadas en este mundo, no tiene que ver con nosotros, hombres y mujeres de carne y hueso. Así, o los muertos resucitan, para que puedan vivir la vida que les fue dada en nombre de Dios y que no llegaron a vivir a causa de nuestra impiedad; o no hay esperanza que valga para los hundidos. Y esto está muy cerca de decir que no la hay.

desnudez

octubre 23, 2019 § Deja un comentario

Cuanto más ha perdido el ciudadano metropolitano la intimidad con los otros, cuanto más incapaz se ha vuelto de mirar a sus semejantes a los ojos, tanto más consoladora es la intimidad virtual con el dispositivo, que ha aprendido a escrutar su retina tan en profundidad.

Giorgio Agamben

la fe de los antiguos

octubre 22, 2019 § Deja un comentario

Los primeros cristianos creyeron en lo que creyeron casi al pie de la letra: vivimos en medio de un combate entre las fuerzas del bien y las del mal, y Dios, con la resurrección, ha iniciado el tiempo de descuento. Parece que vamos a ganar. Sin embargo, ese relato decía algo más y lo decía, precisamente, sobre Dios. La novedad cristiana consiste en este más. Pues decir que Jesús es el quién de Dios, su modo de ser, y no tan solo un hombre de Dios en modo alguno es equiparable a la idea de que la esencia de Dios se encuentra determinada al margen de la respuesta del hombre a la invocación —el clamor— de Dios. La situación del creyente moderno quizá se defina por haberse quedado con la revelación, aunque sin el relato que le dio, inicialmente, soporte.

cristología básica

octubre 21, 2019 § Deja un comentario

El creyente, de vivir su fe, no puede evitar comprenderse a sí mismo como aquel que forma parte de un drama cósmico. Sencillamente, tiene una misión que cumplir. Como si fuera un personaje de Star Wars. Su vida posee un sentido —un hacia donde. Incluso puede que esté convencido de tener ciertos poderes de Dios (aunque solo porque Dios se los ha dado). Todo encaja en su manera de ver las cosas. Tal fue el caso de Jesús de Nazareth. Si nos quedáramos aquí —en lo que los exegetas denominan el Jesús histórico— no tendríamos más que un hombre que creyó en lo que creyó como otros puedan creer que, al final, los extreterrestres nos salvarán de nosotros mismos. Desde la óptica religiosa, Jesús no sería más que un hombre de Dios, aquel que representó, entre otros, el modo de ser de Dios. Sin embargo, hubo cruz. Y la cruz no es tan solo un mal final para el hombre de Dios, como si tan solo nos diera a entender que el inocente, el que va con la bondad por delante, no tiene cabida en este mundo. Ahora bien, la cruz comienza en Getsemaní. En ese huerto fracasa la pretensión religiosa del hombre. Dios no responde a la invocación del enviado. Como si no hubiera nadie más allá. Como si la fe hubiera sido un delirio. Ganan las fuerzas del Imperio. El cristianismo, no obstante, comienza con esta aparente derrota. Y no porque Dios se mostrara como un deus ex machina con la resurrección del crucificado, sino porque Dios se reveló como el que aún no es nadie sin el fiat del hombre, fiat que solo puede pronunciar en aquellas situaciones en las que no parece que haya Dios. En este sentido, la resurrección, como la caída, afecta por igual al hombre y a Dios. En Getsemaní, Dios no pudo hacer más que guardar silencio, precisamente, porque quedó herido de muerte con el desprecio de Adán. O mejor dicho, porque al verse privado de la imagen en la que se reconoció originariamente, Dios quedó reducido a su clamar por el hombre, clamor que encuentra su eco en el clamor de los que sufren la ausencia de Dios. Porque Jesús se mantuvo fiel a la llamada de Dios —a su clamor—, Dios pudo reconocerse de nuevo en el hombre. Y por eso mismo, el creyente confiesa que Jesús no es simplemente el símbolo de Dios —como sostiene Roger Haight, entre otros—, sino el quién de Dios, su modo de ser. Dios es lo que acontece entre el Padre y el Hijo —y el Padre, como el yo del Hijo, siempre está más allá. O de otro modo, no hay otro Dios que el encarnado. No cabe otra presencia de Dios que la de aquel en quien llega a ser el que es. Y esto es difícil de tragar para quien supone que la esencia de Dios está determinada de antemano como la de las focas, aunque, ciertamente, en un plano espectral.

Ciertamente, podríamos decir que, con la cruz y la resurrección, Dios llegó a ser el que es en el centro de la historia. Y que por eso mismo podemos, de nuevo, tomarnos en serio el papel que se nos asigna dentro del combate, de dimensiones cósmicas, contra el lado oscuro de la fuerza. Que tras la resurrección fue posible que pudiéramos volver a encontrar un sentido a nuestra existencia. Sin embargo, al margen de su creencia inicial, a cada cristiano le espera su particular Getsemaní. Como si la fe consistiera en volver a recorrer, aunque sea a otra escala, el camino hacia el Gólgota.

y Johnny cogió su fusil

octubre 20, 2019 § Deja un comentario

¿Fue la enfermera, un Dios —el único— para Johnny? Sin extremidades, siendo apenas un muñón, la voz de ella —su caricia— ¿acaso no fue el pan de cada día? ¿Y no es verdad que solo en la situación de Johnny —aquella en la que dependemos absolutamente del otro— somos capaces de Dios? Sin embargo, ni siquiera ese pan salvó Johnny del hambre. Como si la única alternativa del desesperado fuera o valerse por él mismo (y por tanto rechazar toda dependencia), o morir. (Ahora bien, ¿es posible que el cristianismo inviertiera los papeles? ¿Acaso Dios no se identificó de una vez por todas con los Johnny de la historia al ponerse en manos de los hombres? Como si, al fin y al cabo, más que depender de Dios, fuera Dios quien dependiera del hombre.)

verdad y polis

octubre 19, 2019 § Deja un comentario

Como entendiera Platón en su momento, la cuestión de la verdad, antes que metafísica, es una cuestión política. Pues importa quién dice la verdad en el choque de las opiniones. Platón, sin embargo, no terminó siendo un optimista que digamos. Hay verdad, pero quizá nosotros no podamos concretarla, si no es desde un punto de vista (lo cual significa que por el camino la verdad pierde su carácter absoluto). El agora política no resuelve el problema de la verdad. No puede resolverlo. De ahí que acabase siendo un asunto metafísico, y por eso mismo personal. Pues pocos son los que, al margen de su instrumentalización, se preocupan por la verdad, por lo que en realidad tiene lugar más allá de lo que nos parece real o indiscutible. Filosofía y polis nunca hicieron buenas migas. Sócrates fue condenado, precisamente, por poner sobre la mesa el presupuesto del sofista, a saber, que con respecto a los asuntos humanos no cabe trascender el horizonte de las apariencias. Y es que el truco del sofista —el cual, dicho sea de paso, hizo posible que resolviéramos nuestros conflictos hablando— funciona siempre y cuando quienes discuten den por sentado que hay una solución argumentada al impasse político (cosa que el sofista sabe imposible). Para comprender el alcance de la condena de Sócrates hay que darles la razón a los atenienses. Pues una vez se revela que el lenguaje es incapaz de alcanzar la verdad, solo nos queda el recurso de la fuerza. De hecho, la condena a Sócrates fue un modo, ciertamente duro, de darle la razón. Sencillamente, la sospecha socrática, una vez divulgada, hizo inviable la democracia. La alternativa, sin embargo, tampoco es que nos haga saltar de alegría. Como Platón llegó a experimentar a flor de piel, un tirano no es un buen compañero para el filósofo. Ni para nadie.

elixir

octubre 18, 2019 § Deja un comentario

Los hombres sienten inclinación por el entusiasmo o por emborracharse con determinadas palabras. Siempre que repitan esas palabras, la realidad les importa poco.

Benjamin Constant

that’s the question (y 2)

octubre 18, 2019 § 1 comentario

La cuestión de Dios no afecta tan solo a quien todavía posee una cierta sensibilidad religiosa, aunque quizá sería mejor decir incierta, sino a cualquiera que preserve, en medio de tanta distracción, una inquietud por las preguntas últimas y, en definitiva, por aquellas que no vamos a resolver, quizá porque nos vienen grandes. De otro modo, la cuestión de Dios es también, y puede que sobre todo, la cuestión de la filosofía. No es casual que Heidegger la entiendese como la cuestión, aun cuando él la formulase en los términos de una pregunta por lo que es más allá del ente. Evidentemente, no se trata de localizar una cosa última, inaccesible a la experiencia común, sino de caer en la cuenta de que hay lo que hay porque lo absoluto —el carácter otro de cuanto aparece— se sustrae a la determinación. Hasta aquí llega la razón. Más aún: en la cuestión de Dios, no solo está en juego de qué hablamos cuando hablamos de Dios, sino cómo nos comprendemos a nosotros mismos. Pues o bien nos encontramos como los que existen como arrancados, o bien como los que tienen que apañarse para obtener los recursos necesarios para su adaptación. No es exactamente lo mismo. El mito bíblico de la caída no es conmensurable con el de Prometeo. En cualquier caso, que la pregunta por Dios no esté de moda, más que indicar un supuesto progreso moral, sugiere que cada vez estamos más cerca de convertirnos en instrumentos de un poder impersonal.

that’s the question

octubre 17, 2019 § Deja un comentario

Precisamente, ser o no ser. Pues todo apunta a la extinción. No andaban errados los antiguos siendo conscientes, en mayor medida que nosotros, de que estamos en manos de un poder implacable. Si hoy hubiera un dios, este sería la materia, casi en el sentido aristotélico de la expresión: la materia permanece inmutable por debajo de la descomposición de las apariencias. Tan solo ella es —y sus formas, meros hologramas—. La cuestión del ser no es para un dios. Como no lo es para la rosa del Silesius, que es sin porqué. Lo es para nosotros. Pues somos quienes andan entre los dos lados de cuanto tenemos a mano. Nada hay que termine de ser lo que parece (y lo que no termina de ser o bien no es, o bien está pendiente de ser). Así, necesitamos decirnos, pongamos por caso, que nuestra entrega es por amor o que nuestra decisión es libre. Como si ya fueran lo que aún no es. Pero todo en esta vida está por decidir.

distancias

octubre 16, 2019 § Deja un comentario

La distancia en la que se sitúa el espectador —la que nos empuja al nihilismo: no somos más que bolas de billar— no es la misma que aquella a la que ha sido desplazado el creyente. No ven lo mismo. Y no ven lo mismo porque al menos el creyente se deja escandalizar por lo que ve. ¿Y qué es lo que ve? Pues adolescentes colgados de Instagram haciendo morritos —no queriendo otra cosa que gustar— y padres que no saben qué dar de comer a sus hijos; hombres y mujeres que se sienten frustados porque pesan unos cuantos kilos de más junto a cientos de miles de niños con el vientre hinchado por el hambre. Al fin y al cabo, la pregunta sigue siendo la que escuchamos por primera vez: Caín, Caín ¿dónde está Abel? Y nuestra respuesta, hoy en día como antes, es la que dimos: ¿acaso soy el guardián de mi hermano? No hay alternativa: o vamos por el mundo como Caín —buscando una ciudad cuyos muros ahoguen el clamor de tantos—; o existimos como aquellos a los que concierne la miseria de un desconocido. Y aquí no se trata propiamente de los sentimientos, sino de encontrarse sujetos a la demanda, en el doble sentido de la palabra, que emerge de las gargantas de la sed. Un creyente es alguien que no tiene otro Señor que el pobre. Pues su llanto es el de un Dios que no es nadie sin el hombre. Naturalmente, preferimos no saber nada de Dios.

sobre el mito

octubre 15, 2019 § Deja un comentario

Utilizando el rotulador grueso, podríamos definir al mito como un blanqueador de la realidad. Pues en las cosas con las que tratamos no hay nada que sea químicamente puro. Todo se nos ofrece atravesado de ambigüedad. Incluso en la entrega más incondicional hay residuos tóxicos. Sin embargo, la ambigüedad es paralizante. De ahí que necesitamos decantarnos por uno de los lados para, como mínimo, saber a qué atenernos. Aunque, en un rapto de lucidez, caigamos en la cuenta de que cualquier afirmación —cualquier juicio— es provisional. Por mucho que afinemos el juicio, nunca llegaremos saber de qué se trata en verdad. No está en nuestras manos trascender el horizonte de lo que nos parece que es. De ahí que no quepa asegurar hasta el final que estemos, por ejemplo, ante un acto de generosidad y no ante un nuevo intento de justificarnos ante papá (aun cuando este sea imaginario). Así, en el caso del cristianismo más comprometido con las causas perdidas, fácilmente terminamos haciendo del pobre un pobret (un pobrecito). En este sentido, el pobre es mitificado por aquellos que ven en él la oportunidad de una redención. Es verdad que de este modo nos sentimos más predispuestos a, cuando menos, colaborar. Pero lo cierto es que al pobre se le debe lo que se le debe, aun cuando sea un cabrón. Y esto no es tan fácil de tragar. Pues un cabrón es aquel que busca tu daño. Aunque sea para sobrevivir.

futuro imperfecto

octubre 14, 2019 § Deja un comentario

No hay padres perfectos. Ni esposos —ni esposas— perfectos. Ni hijos que estemos a la altura de la vida que nos han dado. Siempre vamos por ahí con el pie cambiado. Con la decepción hay que contar. De ahí la importancia de ir armados para cuando las cosas no coincidan con lo que soñamos. Estas armas fueron, tradicionalmente, virtudes como la paciencia, la serenidad, la confianza… También la lucidez. Pues hay que poder discernir los momentos. Hay un momento para permanecer y otro, si viene al caso, para cortar. Y no siempre sabemos verlo. En cualquier caso, sin virtud —sin carácter— somos como veletas al viento. Y lo que resulta más decisivo, donde carecemos de virtud, algo nos perdemos de la vida, quizá lo que importa. Las virtudes, ciertamente, no están de moda. Hoy en día el paso lo marca el consumidor. Así, de lo que se trata es de renovar el producto, una vez ha sufrido el desgaste del tiempo. No es casual que hoy en día la infancia se haya prolongado indefinidamente. Y donde seguimos siendo unos niños no hay nada que hacer, salvo reir o llorar.

todo Nietzsche (o casi) en un par de frases

octubre 13, 2019 § Deja un comentario

¿La verdad? La vida está del lado del más fuerte. No hay más. El débil, tarde o temprano, acaba en el container. No somos culpables de su sufrimiento. La desestimación va con la derrota.

(Hay que partir de esta evidencia—y no del dios que damos por sentado—para, cuando menos, caer en la cuenta del carácter contrafáctico de un Dios que se identifica con el que no cuenta para nadie.)

salud

octubre 12, 2019 § Deja un comentario

El principio de la vida sana: exhibirte —querer gustar— y que nadie te haga caso. Hay que haber hecho mucho el ridiculo para comenzar a tomar en serio lo que importa.

de la fidelidad

octubre 11, 2019 § Deja un comentario

¿Fidelidad? Tan solo como respuesta al don. Pero también como un darnos tiempo para poder perdonarnos.

Testimonio de un SS condenado a muerte en Nuremberg

octubre 10, 2019 § 2 comentarios

Soy como vosotros. Solo que he mordido el polvo de la derrota. Para mí, los judíos fuisteis esas malas hierbas que tuvimos que arrancar para que Alemania pudiera florecer de nuevo. Como ahora nosotros lo somos para vosotros. Parece que hemos olvidado que muchos alemanes inocentes murieron de hambre por vuestra ambición connatural y sin medida. Weimar no fue un espejismo. Fuistes la plaga que arrasó con la cosechas. Es verdad que no todos los judíos fueron responsables. Pero, como ocurre en el caso de las plagas, en los momentos de crisis no es posible diferenciar entre la rata infectada y la sana. Auschwitz pasará a ser el símbolo del horror. Pero Hiroshima no anda lejos. Y con todo, vuestros hijos verán la barbarie atómica como un mal menor, como esa decisión que fue necesario tomar para que la guerra terminase. Acepto ser el heraldo de Satán. Pero si me vencisteis fue porque empleasteis mis armas. En la guerra, los mayores desastres siempre se ejecutaron en nombre del bien. Hoy me colgaréis. Pero mañana os colgarán quienes os acusen de ser la raíz de su desgracia.  

una café con Xavier Veloy es más que un café

octubre 9, 2019 § Deja un comentario

El trampantojo —del francés trompe-l’œil— ilustra el contraste entre religión y cristianismo. Pues supongamos que contemplamos el ábside ficticio que pintó Donato Bramante en Santa María presso San Satiro. Es inevitable tener la impresión de que nos hallamos ante un ábside real. Sin embargo, tan solo hace falta que avancemos para cochar contra el muro y rompernos la nariz (sobre todo, si avanzamos con entusiasmo). El trampantojo solo engaña de frente. De ahí la ventaja del que, de entrada, no entra en los asuntos de Dios. Sin embargo, un cristiano nunca encara directamente a Dios. En realidad, encara a quien teniendo, precisamente, la nariz rota en nombre de su fe, en vez de abjurar, abraza el espectro de Dios.

de trinitate

octubre 8, 2019 § Deja un comentario

El Hijo, en cuanto palabra, procede del silencio del Padre. El Padre sin el Hijo, aún no es Dios. Pero el Hijo sin el Padre no es más que un hombre colgado de una cruz. Dios es el que tiene lugar en la cima del Gólgota. Y tiene lugar como aquel hombre que abraza la debilidad del Padre, aquella que se expresa en el silencio que clama por el hombre. Sin embargo, muchos cristianos siguen teniendo en la cabeza la idea de un Padre que es el que es con independencia de su identificación con el Hijo. Ignoran lo que es el núcleo duro de la dogmática trinitaria, a saber, que el Padre, como tal, sigue estando siempre más allá del Hijo. Pero como el que aún no es nadie sin el Hijo. Pues, cristianamente, el crucificado es el quién —el modo de ser— de Dios (y, por eso mismo, el Padre es el yo del Hijo).

el poder de la mente

octubre 7, 2019 § Deja un comentario

La moderna confianza, a menudo ciega, en el poder de la mente puede leerse como un sustitutivo de la vieja religión: la fe mueve montañas. Esto es, la mente todo lo puede. Se trata de una expresión de la que acaso sea la fantasía infantil principal, a saber, el deseo de ser Harry Potter. De ahí que la cruz sea la dosis de realismo que necesitamos. En la cruz, fracasa la ilusión de quien cree que se halla en el lado luminoso de la fuerza.

más Tillich

octubre 6, 2019 § Deja un comentario

El misticismo es la madre del racionalismo: la «luz interior» se convierte, mediante un cierto desplazamiento, en la razón autónoma.

de la palabra Dios

octubre 6, 2019 § Deja un comentario

Uno de los problemas del hombre moderno es que cuando escucha la palabra Dios no puede evitar escuchar la palabra fantasía —como si le hablaran de Osiris o de centauros—. En el mejor de los casos, hablar de Dios sería un modo de referirse al poder que conecta cuanto es, algo así como el arkhé al que apunta la razón. Evidentemente, el viejo Dios de la tradición bíblica hoy en día no tiene las de ganar, al menos en Occidente. Quizá nunca las tuvo. Ahora bien, podríamos preguntarnos si nuestra actual incapacidad para escuchar la palabra (de) Dios no supone, antes que una liberación, un empobrecimiento. Pues acaso solo en relación con un Dios que, incluso en los cielos, estaría por ver podemos comprendernos —y abrazarnos— como hermanos. Cuando menos, porque solo ante este Dios caemos en la cuenta de que únicamente nos tenemos los unos a los otros. El enemigo común une a los pueblos. Aunque en este caso, no sería el enemigo, sino una universal orfandad. No es casual que los tiempos de la revelación sean aquellos en los se hunde el mundo —y con él el cielo que preserva, espuriamente, nuestro deseo de alcanzar a Dios (y de paso ocupar su lugar).      

in corpore

octubre 5, 2019 Comentarios desactivados en in corpore

La filosofía puede pensar lo absoluto —lo enteramente otro o extraño—. Pero no puede, literalmente, incorporarlo a la existencia. Para el filósofo, la alteridad de lo real permanece en el plano de lo abstracto. De ahí que su inquietud termine en una variante del escepticismo socrático: hay más, pero no para nosotros. Ni siquiera cabe decir que se trate de algo en concreto —de algo que pudiéramos ver si cruzásemos la puerta. En realidad, no puede darse como tal. Pues se da, precisamente, como lo que no se da en su mostrarse. Sin embargo, el creyente no quiere renunciar a integrar, al menos hasta cierto punto, lo absoluto o último. Quiere estar ante Dios, aunque sea sin Dios. En este sentido, el creyente no puede evitar ir en busca del icono, del rostro cargado con el poder de la bondad —al fin y al cabo, en busca del ángel. Tan solo el ángel nos salva del infierno de una existencia sin prójimo. Nada nuevo puede haber —nada que interrumpa el eterno retorno de lo mismo—, salvo la aparición. Sin embargo, el creyente en un primer momento ignora que el ángel se revela, no como el que nos deslumbra, sino como aquel que pide que lo descolguemos de su cruz. Un ángel más que seducirnos, nos repele.

en breve

octubre 4, 2019 § Deja un comentario

Quizá, como hombres y mujeres modernos, solo haya una cuestión con respecto a lo último, a saber, si hay o no hay, precisamente, lo último. O por decirlo en clave teológica, si nuestro apuntar a Dios tiene que ver únicamente con nosotros o, por el contrario, responde a la realidad de Dios. Evidentemente, desde nuestro lado la respuesta es la primera. Desde nuestro lado, no podemos ir más allá de lo que nos parece que es Dios. Y esto, hoy en día, tiene más de parecer que de aparecer. Aunque puede que siempre fuera así. Y no porque nos lo haya dicho el ilustrado. De hecho, el monoteísmo bíblico ya se atrevió a proclamar que Dios no se revela como un dios al uso. Dios no es en verdad un dios. Y es que la verdad de Dios —su realidad— no se ofrece como el dios que verifica nuestra representación de Dios. Es posible que no comencemos a ver por donde van los tiros de la fe hasta que no caigamos en la cuenta de que lo real avant la lettre tiene más que ver con un fue absoluto —y por extensión con un porvenir igualmente absoluto— que con el presente indicativo. Al menos, porque existimos como los que fuimos arrancados de la una genuina alteridad.

tras la virtud

octubre 3, 2019 § Deja un comentario

Para ella, ese hombre de quien está colgada es un dios, y por eso cree amarlo. Luego, tras el día a día, descubre que es un pobre hombre —que el ídolo tiene pies de barro, pies que huelen a pies. Finalmente, en el mejor de los casos, terminará abrazando su mal olor, cuidando, como quien dice, de ese resto de bondad que aún hay en él. Pues al fin y al cabo únicamente nos cautiva el bien. Quizá el cristianismo sea esto: un rescatar la bondad que pueda haber en el otro de la descomposición, aunque para ello tengamos que ponernos en sus manos. No es casual que la tradición cristiana insistiera tanto en las virtudes. Pues sin ellas —sin la paciencia, la perseverancia, la esperanza…— no hay carácter que resista la erosión del tiempo. Sin embargo, hoy en día pocos hablan de la virtud. Preferimos centrarnos en el sentimiento, por no decir en la excitación. Como si fuera el sello de la autenticidad. Pero este es nuestro error. Un error infantil.

no hay metáfora inocente

octubre 2, 2019 § Deja un comentario

A la hora de justificar la fe en Dios, se suele decir, sobre todo en canchas progres, que si buscamos a Dios es porque, de algún modo, estamos hechos de Dios. Análogamente, si tenemos sed de Dios es porque, en definitiva, Dios es el agua que sacía nuestra sed (y si la sacía es porque, en definitiva, somos agua). La idea, sin duda, posee una cierta eficacia retórica: hay Dios porque, de lo contrario, no sentiríamos en lo más profundo la necesidad de Dios —al igual que tiene que haber agua porque, de lo contrario, no experimentaríamos la sed. Ahora bien, al margen de que el argumento no resiste las objeciones de Freud, la cuestión es cómo entendemos dicha analogía. Pues fácilmente podríamos caer en una variante del gnosticismo. Como si en lo más hondo de cada uno de nosotros hubiera algo así como pedazo de sustancia divina. Sin embargo, el cristianismo no dice esto. Que estemos hechos a imagen de Dios no significa que compartamos, por supuesto, su naturaleza (si es que Dios cabe hablar en los términos de una naturaleza). De hecho, el relato de la creación del hombre se escribe para evitar, entre otras cosas, esta lectura. Y es que, desde una óptica bíblica, Dios es el Dios que tiene pendiente, precisamente, su modo de ser —su naturaleza, por decirlo así. De hecho, tras la caída —y porque Adán fue creado a su imagen y semejanza—, Dios sufre, como quien dice, una brutal crisis de identidad. Como si hubiera dejado de ser el que era una vez pierde vista aquel en quien se reconoció in illo tempore. Y es que la pregunta cristiana no es en qué dios podremos reconocernos —como si Dios fuera un padre a imitar—, sino en qué momento Dios podrá reconocerse de nuevo en el hombre, esto es, en qué momento obtendremos la bendición de Dios. Pues la bendición de Dios no debe entenderse como si fuera el reconocimiento de una padre que ya es, sino como el instante en el que el padre llega a ser el que es porque puede reconocerse de nuevo en el hijo —porque recupera su identidad. Y cristianamente, si este reconocimiento tuvo lugar —si Dios se hizo presente como hombre en el centro de la historia— fue porque el hijo abrazó como huérfano la impotencia del padre. Sencillamente, Dios no es —no es aún nadie— sin el fiat del hombre. Desde una óptica cristiana, el crucificado es el quien —el modo de ser— de Dios. Así, lo decisivo no es tanto que el hombre tenga sed de Dios —en cualquier caso, esta sed la satisface el ídolo—, sino que Dios clame desesperadamente por el hombre. Y esto, obviamente, no hace buenas migas con una divinidad oceánica. Cristianamente, no todo es agua.

addendum a Parménides

octubre 1, 2019 § Deja un comentario

La pregunta por lo que es más allá de lo que nos parece que es tan solo puede resolverse, si es que cabe resolverla, a través de la reflexión sobre lo que decimos cuando pretendemos decir lo real. No puede ser de otro modo. Pues no hay experiencia de cuanto nos rodea que no pase por el lenguaje, esto es, por el poder decir algo de algo. Aun cuando sientan, las bestias no poseen experiencia alguna de lo real, precisamente, porque no pueden referir lo que sienten a algo exterior (y, en consecuencia, no hay para ellas interioridad). En cualquier caso, reaccionan a estímulos de manera más o menos compleja, pero ignoran a qué se deben. De ahí que no es solo que no podamos pensar sin lenguaje, sino que el pensar, al fin y al cabo, supone reflexionar sobre los presupuestos implícitos de nuestro referirnos al mundo. Pues reflexionar es, literalmente, volver sobre lo dicho —aunque también sobre lo padecido o llevado a cabo—, en definitiva, hacer tema no tanto de lo que es dicho como del decir mismo —de lo implica con respecto a lo real. En este sentido, cuando Parménides afirma que decir lo que es equivale a decir lo que permanece sin cambio no dice más que lo que damos por sentado cuando decimos, pongamos por caso, que Juan es simpático después de haberlo tratado durante un cierto tiempo. Aquí lo que damos por sentado es, precisamente, que la simpatía le es inherente, que va con él sea cual sea la situación. Ahora bien, aun cuando lo demos por sentado, estrictamente, la simpatía no le es inherente: Juanito puede dejar de ser simpático. De hecho, espontáneamente decimos que lo es porque su simpatía dura lo suficiente como para darlo por sentado: como si la simpatía fuera con él. Pero en realidad no va con él: tan solo nos lo parece. Por eso cuando, en el día a día, distinguimos entre lo que nos parece que es y lo que realmente es, no hacemos más que sustituir una apariencia por otra —la que dura menos, por decirlo así, por la que dura más. Y si podemos hacerlo es porque nuestra mente tan solo admite como real lo que no cambia. Por eso Parménides distingue, con respecto a la posibilidad de acceder a lo real, entre la vía de la opinión —la vía de la sensibilidad o de las apariencias— y la vía de la razón, aquella que nos permite trascender, precisamente, lo que nos parece que es. Por la primera, no salimos de lo que nos parece que es. En cualquier caso, nos limitamos, como decíamos, a reemplazar una apariencia por otra más fiable. Ahora bien, por la vía de la razón tan solo llegaremos a explicitar los principios —los presupuestos lógicos— de nuestro intentar decir lo real. De ahí que las conclusiones sean sumamanete abstractas o formales: decir lo real es lo mismo que decir lo uno, lo inmutable, lo ilimitado, etc. No es casual que, mientras fue siguiendo la estela de Parménides, Platón llegase a diferenciar lo real de su apariencia sensible en los términos de una diferencia entre dos mundos. Pues que decir lo real sea lo mismo que decir lo uno, lo inmutable, lo ilimitado… no casa con un mundo en donde observamos, de hecho, lo contrario. Como si al fin y al cabo, lo real no fuese más, aunque tampoco menos, que una idea —lo cual equivale a decir que lo real, en sí mismo, tan solo puede ser pensado—, una idea que, sin embargo, posee en Platón la exterioridad de lo ente. Pero este ya es otro asunto.

desde la lejanía

octubre 1, 2019 § Deja un comentario

Imaginemos que observamos desde una cierta distancia al que anda satisfecho de sí mismo porque cree que Dios está con él —porque supone haber tenido una experiencia de Dios. ¿Acaso podríamos evitar la impresión de que está haciendo el ridículo —de que su Dios probablemente no sea mucho más que una variante espectral del primo de zumosol? En cambio, aquel que anda arrodillado porque se encuentra ante Dios pero sin Dios, por decirlo a la Bonhoeffer, no me atrevería a decir que haga el ridículo. Quizá el suelo sea, hoy en día como antes, el lugar al que va a parar una genuina experiencia de Dios. Como ocurre con lo que importa, cuanto más cerca, más lejos.

las imágenes de la fe

septiembre 30, 2019 § Deja un comentario

Me has robado el corazón, le dice el chico a la chica. ¿Es de hecho así? No, ciertamente. Sin embargo, es verdad —o el chico cree que lo es. Algo parecido podríamos decir del imaginario cristiano. Al menos, porque la verdad a la que apunta el símbolo de la fe no es, estrictamente, la del hecho, sino la de un acontecimiento. La verdad del acontecimiento no puede entenderse, por tanto, como adecuación entre una representación del mundo y el mundo. Se trata de lo que en verdad tiene (el) lugar y no simplemente nos sucede o pasa. Con respecto a los hechos, permanecemos a una cierta distancia, aun cuando nos afecten sensiblemente. En cambio, el acontecimiento no se sitúa frente a nosotros —como si nosotros fuéramos su centro—, sino que más bien nos arroja fuera de los límites de la mismidad. En un acontecimiento, el centro es el otro. Tan solo el otro —mejor dicho, el otro avant la lettre— puede acontecer. Ahora bien, el otro siempre irrumpe como aquel aún no es nadie sin la respuesta del hombre a su invocación. Pues el absolutamente otro es ese resto invisible que nos invoca desde el más allá de sí mismo para llegar a ser en nosotros. El otro únicamente puede encarnarse en el fiat de aquel a quien invoca. Del mismo modo que el amor solo puede tener lugar en la declaración. Antes tan solo contamos con impulsos. De ahí que nos equívoquemos donde entendemos las fórmulas del credo cristiano como si fueran enunciados análogos a la nieve es blanca o el fuego quema. Como se equivocarían quienes creyeran que al decir me has robado el corazón, el amante simplemente afirma, aunque de manera sumamente figurativa, que ha sufrido un chute hormonal. Ciertamente, con el paso del tiempo, incluso la verdad acaba siendo otra cosa (Hegel dixit). Así, pongamos por caso, el precio inicialmente traduce el valor de los bienes en venta. Pero ya sabemos que, tarde o temprano, el precio termina sustituyendo al valor. Con todo, no hay que haber leído a Machado para decir que solo un necio confunde valor y precio.

la psicología del cristiano

septiembre 29, 2019 § Deja un comentario

Te pasas media vida —si no toda— pretendiendo gustarle a papá. Y no parece que termines de gustarle. La cuestión, sin embargo, es a qué padre te diriges —a quién le muestras tus dibujitos o tu aspecto. Elige bien a tu padre, dice la vieja sentencia. Y no tanto porque sea un modelo a imitar, sino porque uno es el que es en relación con el mandato del padre —con lo que su padre quiere de él. Nuestras opciones de vida no dejan de ser respuestas a su demanda, seamos o no conscientes de ello. Sencillamente, si tu padre es la gente —si dependes de la mirada de cualquiera—, serás un cualquiera. Sin embargo, lo decisivo quizá no sea tanto elegir a tu padre, sino que tu padre te elija a ti. Aun cuando, contra nuestra expectativa de alcanzar su poder, te elija para soportar el peso de su indigencia, de su no estar a la altura de lo que te pareció cuando eras un niño (y uno puede serguir siéndolo con cincuenta años). Un padre en realidad nunca coincidió con su imagen —con su mito. De hecho, no es nadie sin el abrazo del hijo, un abrazo que, al fin y al cabo, acoge el cuerpo de un anciano. Y es que el hombre no sabe quién es mientras que no sepa quién es su verdadero padre. Nuestro padre no se revela como tal hasta que no abandona los cielos —hasta que no muerde el polvo de la derrota. No es casual que Freud fuera judío. Pues acaso se trate de matar al padre, si es que queremos dejar atrás la infancia. Pero desde la voluntad de ocupar su lugar tan solo habremos asesinado a un fantasma. De ahí que no caigamos en la cuenta de quién fue nuestro verdadero padre hasta que no recibimos su perdón desde la cruz de la que pende como si fuera un resto de hombre. Hasta ese instante, un padre no deja de ser un ídolo con pies de barro, un error.