nietzscheanas 54

febrero 18, 2020 § Deja un comentario

La cuestión fundamental de la política —y quizá de la existencia— fue planteada por Nietzsche, a saber, si el noble —quien detenta un genuino poder—, es o no uno de los nuestros. Ciertamente, lo que damos por sentado es que el poder corrompe el corazón del hombre —que quien puede decidir sobre la vida o la muerte difícilmente llegará a tener piedad de aquel que se encuentra en sus manos. Como si el modo de ser del noble fuera muy distinto al del hombre y la mujer normales. Como si entre el noble y el esclavo hubiera una diferencia, no de grado, sino de naturaleza. Al fin y al cabo, podemos ver al noble como un psicópata —como alguien incapaz de empatizar con el inferior. No es casual que, tradicionalmente, el psicópata se presentara como la encarnación de Satán. Esta es, de hecho, la moraleja del mito de Giges tal y como nos lo cuenta Platón: quien poseyera el anillo que garantiza la invisibilidad —y la invisibilidad es la metáfora de un poder absoluto— inevitablemente abandonaría la posición en la que se encuentra el hombre: entre la bestia y el dios. Podríamos decir que deviene una bestia y un dios. Nadie le juzga. Ninguna mirada a la que deba responder.

Sin duda, cabe negar la mayor. Podemos sostener, por ejemplo, que la superioridad del noble es aparente. Que todos somos, por debajo de nuestras máscaras, el mismo indigente. Esta es, como sabemos, la tesis cristiana. Ahora bien, según Nietzsche, los tiros no van por ahí. El cristiano necesita decirse a sí mismo que el noble no es lo que parece. Necesita creer en la igualdad. Y necesita creerlo porque no puede soportar que el noble sea en efecto superior. Tiene que devaluarlo. La verdad cristiana obedece únicamente al resentimiento del esclavo. Es cierto que el noble no goza de la inmortalidad de un dios, al menos mientras las técnicas de la manipulación genética no lo permitan. Es cierto que puede sufrir. Pero su sufrimiento no lo iguala al resto de los hombres. Él se toma la vida como un juego. Por eso mismo, puede morir como el Ricardo III de Shakespeare: soltando una gran carcajada. Así murieron los dioses de la Antigüedad.

Por eso, la cuestión es si Nietzsche tiene o no razón. Y probablemente la tenga donde no hay prójimo que valga. Más aún: tendríamos que darle la razón si la compasión no fuese más que una reacción emocional. De ahí que la cuestión de fondo sea la de si en realidad nos encontramos o no sub iudice ante el que está de sobra. Y lo estamos en tanto que existimos como los que nos encontramos expuestos a una alteridad en falta y, por eso mismo, sujetos al deber de preservar la vida que nos ha sido dada, precisamente, con la des-aparición del absolutamente otro. Y donde hay deber —y un deber ante aquellos que, con su sufrimiento, dan testimonio de la altura de Dios— estamos sub iudice. Evidentemente, podemos despreciar el don y permanecer en la voluntad de ser como Dios. Podemos, sin duda, decantarnos por Prometeo. De hecho, esta es la posibilidad del hombre —la posibilidad que negar a Dios. Pero el precio que paga el hombre por permanecer fiel a sí mismo —a su voluntad de poder— es el de una humanidad sin prójimo. O como dijera el mismo Nietzsche, el de una definitiva soledad.

No hay alternativa: o nos entregamos al principio impersonal del *si es posible debe hacerse* —el que define, precisamente, nuestro querer ser como Dios—; o respondemos al clamor de un Dios que no es nadie sin nuestra respuesta. Esto es, o no hay Dios; o lo hay, aun cuando el haber de Dios no pueda comprenderse a la religiosa. Ahora bien, no hay Dios porque decidimos matarlo, no porque Dios sea la quimera que obedece a nuestra necesidad de Dios. Como dijera Nietzsche, Dios ha muerto porque nos bebimos el mar. Traducción: hubo Dios, pero ya no puede haberlo. Nuestra época es la de un tiempo en donde la voluntad de dominio ha ocupado el lugar de Dios. La alteridad se ha revelado como una ilusión de la mente. Quizá aún es posible creer que creemos. Pero no creer. Sin embargo, el hombre muere junto a Dios. Pues el hombre no puede dejar de adorar —de situarse ante la mejor imagen de sí mismo. No en vano Nietzsche dijo que el ateísmo es lo más difícil. Y aquí Nietzsche demostró ser más lúcido que muchos de sus admiradores. De hecho, con su diagnóstico sobre la muerte de Dios no hizo mucho más que tomarse al pie de la letra el relato de la Pasión. Un Dios crucificado es, sencillamente, un Dios que ya no puede valer como Dios. No hay que ser un Pablo para caer en la cuenta de que sin resurrección la fe es una estupidez (1Co 15, 14).

Kant, one more time

febrero 17, 2020 § Deja un comentario

Cuanto explica quién soy —o más en concreto, cómo he llegado a creer que debo, pongamos por caso, compadecerme del que sufre— no me justifica ante mí mismo. Pues yo soy quien debe justificarse a sí mismo ante sí mismo. O lo que es lo mismo, el yo se encuentra *sub iudice* ante su propia conciencia. Cuando menos porque no termina de aceptarse en su particular modo de ser. Un yo, por definición, se encuentra *sujeto a*. La cuestión es a qué. Y aquí caben dos posibilidades: o bien, a lo que le exigen *desde fuera* el *padre* o la *gente*; o bien a lo que se exige a sí mismo como el *yo* que es. Y el *yo*, en tanto que difiere de la circunstancia que ha configurado su carácter o modo de ser, se encuentra sujeto al imperativo de *ser por entero*, al imperativo de la integridad y, en último término, de la libertad: *no debes depender de lo que se encuentra fuera de ti*, ni siquiera de las circunstancias que han llegado a configurarte *en concreto*. El yo, en tanto que si sitúa a una cierta distancia de sí mismo, es más que las condiciones que lo hacen posible: de hecho, puede enfrentarse a ellas —puede *objetivarlas*. El yo es, en este sentido, un origen absoluto.

Ahora bien, el mandato de la integridad es categórico: no depende de ninguna condición *exterior* al imperativo mismo. Nadie es íntegro donde actúa, aun cuando se ajuste a lo debido, movido por un interés particular. Nadie juzgaría como moralmente íntegro a quien, pongamos por caso, fuese fiel al amigo porque su intención es aprovecharse de su amistad. Aquí la integridad consistiría en ser fiel al amigo por serle fiel, esto es, por respeto al amigo. Pues no respetamos al otro donde lo tratamos como un medio para conseguir lo que deseamos. El otro se revela como un fin en sí mismo. El imperativo que nos constituye como sujetos morales, más allá de las inclinaciones, sean *buenas* o reprobables, que impulsan nuestras acciones, es el que exige hacer lo debido por hacer lo debido. Esto es, lo que define la moralidad de cuanto hacemos o dejamos de hacer no es el deber, sino la voluntad —la intención— con la que cumplimos con nuestro deber. O lo que viene a ser lo mismo, moralmente no hay otro deber que el de realizar el deber por el deber. En esto consiste, actuar con *buena voluntad*. Y es que lo bueno, moralmente hablando, no es lo conveniente o satisfactorio, sino la buena voluntad. Así, se trata de der fiel por ser fiel; de decir la verdad por decir la verdad, etc. Pues, al fin y al cabo, solo llegamos a ser libres donde actuamos sujetos al imperativo categórico o absoluto que nos constituye, precisamente, como sujetos.

La libertad, desde esta óptica, consiste en la autonomía, literalmente, en darse a uno mismo la ley. Ahora bien, uno no puede darse a sí mismo *cualquier* ley, sino solo aquella que lo determina como sujeto libre del poder de lo ajeno o *exterior*. Y esta ley es la que manda, de hecho, ser libre, esto es, *querer*. Al fin y al cabo, se trata de *desengancharse* por desengancharse. Sin embargo, esto solo es posible a través de un compromiso en el que el otro, como decíamos antes, se hace presente como un fin en sí mismo.

Otro asunto es hasta qué punto podemos decir de nosotros mismos que actuamos con buena voluntad. Pues en cuanto hacemos o dejamos de hacer no hay intención pura. En cualquier caso, lo que sí sabemos es lo que debemos —o deberíamos— hacer: cumplir con el deber por el deber mismo. Y lo sabemos porque *somos* este estar *sujetos al* tener que actuar con buena voluntad, esto es, con integridad.

creer desde el fin de los tiempos

febrero 16, 2020 § Deja un comentario

Un creyente vive su fe desde la óptica del final. Como si de su respuesta a la invocación de Dios dependiera que hubiese Dios. 

de la experiencia

febrero 15, 2020 § Deja un comentario

Quien acumula experiencia acumula pérdidas.

en contradirección

febrero 14, 2020 § Deja un comentario

Si la vida humana es sagrada, incluso un dios tendría que respetarla. Pero esto es como si un hombre tuviera que reconocer el carácter sagrado de un ácaro del polvo. Inviable. De ahí la gran intuición del cristianismo: si la vida humana es sagrada —si el no matarás va a misa, nunca mejor dicho— es porque Dios renunció a ser solo un espectro. De ahí que la aspiración gnóstica —la que consiste en ignorar los límites de la corporalidad, una aspiración tan actual— vaya en la dirección contraria a la de Dios. El gnóstico pretende elevarse por encima de la materia. Pero Dios quiso caer —y caer hasta morir.

de las últimas palabras

febrero 13, 2020 § 1 comentario

No tengo claro que la verdad —esa última palabra— pueda ser transmitida. Quienes regresan han visto lo que muchos aún no hemos visto (y quizá nunca lleguemos a ver). Pero lo que tienen qué decir son cosas del estilo todo pasa o no sabemos nada. Son palabras justas, en el sentido casi métrico de la expresión. Y porque lo son, soportan el peso de lo indiscutible, al menos mientras estemos en la frontera de lo visible. Cualquier paráfrasis —cualquier glosa— está de más. Sin embargo, los que las escuchamos desde la barrera no podemos evitar la sensación de que eso ya lo sabíamos. Ahora bien, aunque creamos saberlo, aún no hemos caído en la cuenta —aún no nos entra el temblor de piernas.

De ahí que el poeta quiera provocar ese temblor antes de tiempo —cuando aún estamos a tiempo. Y por eso va en busca de lo insólito que amaga la obviedad. Algunos lo consiguen. Su logro, unos pocos pecios. En cualquier caso, para qué poetas en tiempos de miseria.  

la parroquia

febrero 12, 2020 § Deja un comentario

A veces pienso que, con la excusa de adaptarse a los tiempos, el cristianismo no busca otra cosa que mantener lo que queda de la parroquia. De ahí que, en muchas ocasiones, los pastores se vean tentados de decir lo que sus ovejas quieren oír. Al fin y al cabo, se trata de tenerlas contentas. Aunque esto suponga seguir comulgando, nunca mejor dicho, con ruedas de molino. O lo que acaso sea peor, ir de rebajas.

Decía John S. Bell que quien entiende la mecánica cuántica, no la entiende. Pues aquí podríamos decir casi lo mismo: el que acepta el credo cristiano como quien no quiere la cosa —quien no se escandaliza ante la proclamación de Dios como crucificado— no comprende de qué va el asunto cristiano. Y el cristianismo va de la redención, no de la satisfacción que podemos alcanzar contribuyendo a un mundo mejor (aunque la redención nos obligue, sin duda, a seguir dándole al mazo). Pues el compromiso moral y político con los que sufren la injusticia de este mundo, tarde o temprano, topa con el muro de Getsemaní. El cristianismo, sencillamente, nos habla de lo que acontece después. Y lo que acontece después está lejos de ser creíble.

de la genealogía

febrero 11, 2020 § 1 comentario

Lo que el hombre no tolera no es el sufrimiento, sino la falta de explicación del sufrimiento.

F. Nietzsche

maneras de decir

febrero 10, 2020 § Deja un comentario

Según Hannah Arendt, los Eichmann fueron posibles porque no supieron pensar. Traducción: porque no llegaron a caer en la cuenta de que la vida es un milagro —y por eso mismo intocable—. Sencillamente, Eichmann no fue capaz de asombrarse. Antiguamente, hubieran dicho que la vida es sagrada porque es un don de Dios —o siendo más monoteístas, porque nos ha sido dada por la des-aparición de Dios—. En este sentido, la existencia sería un testamento, casi en el sentido forense de la expresión. ¿Estamos hablando de lo mismo, pero en otros términos? Eso parece. Sin embargo, es posible que, al depender de marcos de referencia distintos, no estemos estrictamente hablando de lo mismo.

extraño rezo

febrero 9, 2020 § Deja un comentario

¿Qué hace el creyente cuando reza? ¿Quién reza en el que reza? ¿Aún el niño? La oración no es exactamente superstición. El que lleva un escapulario encima para alejar a los malos espíritus que se imagina pululando a su alrededor no es el mismo sujeto que el que se dirige a Dios en la soledad de la habitación o la celda monástica. El Dios de la oración más espontánea, algo así como una variante del ángel de la guarda, no llega a la conciencia como pueda llegar la representación de los espíritus de la imaginación supersticiosa. Estos todavía son demasiado tangibles como para entrar hasta el fondo. En cambio, el Dios de la plegaria arraiga en el corazón. Se trata de un asunto íntimo. Quizá demasiado. En el primer caso, estamos ante una suposición. En el segundo, ante un punto de partida.

Ahora bien, el corazón, para quien ha aprendido a sospechar de sí mismo, es zona pantanosa. De ahí que hoy en día muchos crean que la contemplación debería sustituir a la invocación. Sin embargo, dejando a un lado las ambigüedades del corazón, el principio de la invocación creyente no es el que necesita concebir a un padre espectral de su parte, sino el de haber sido invocado por un Dios que llora con los que lloran. En este sentido, la oración tiene mucho de respuesta. Heme aquí —qué quieres que haga—. Aunque para llegar a este punto sea necesario volver a la posición del niño —y esto no es posible sin pasar por Getsemaní—. No es casual que Kierkegaard dijera que de lo que se trata es de alcanzar una segunda ingenuidad, precisamente, la del huérfano que confía, contra toda evidencia, en que papá volverá al hogar. Y lo que confiesa el cristianismo es que papá regresa con la fe de ese huérfano. Papá siempre vuelve a casa por Navidad.

C. R.

febrero 8, 2020 § Deja un comentario

¿Qué victorias / busca el que ama?

Claudio Rodríguez

apocalipsis

febrero 7, 2020 § 1 comentario

Como es sabido, la palabra apocalipsis significa tanto revelación como tiempos finales. Aquí la ambivalencia no es casual. Pues nos da a entender que nada se nos revelará donde sigamos confiando en nuestra posibilidad —donde creamos que la fuerza nos acompaña—. Por lo común, damos por sentado que uno puede creer en la proclamación cristiana desde cualquier momento o situación. Pero no es así. Mientras los cielos no se derrumben, no es que simplemente seamos incapaces de confesar que el sí o el no de nuestro estar en el mundo se decide ante un crucificado, sino que no llegaremos ni siquiera a comprenderlo. De hecho, nos parecerá que no hay para tanto, por no decir un absurdo. Ciertamente, no todos los que creen han sobrevivido a la catástrofe. Pero un fe honesta, cuando menos, ha de ver el mundo desde la óptica de los que volvieron con vida de la muerte. De ahí que la fe del cristiano de a pie sea la fe de quienes regresaron, precisamente, con fe. De no ser así, no creerá, sino que, en cualquier caso, creerá que cree. Y no es exactamente lo mismo.

sobre el pan de cada día

febrero 6, 2020 § Deja un comentario

Óscar Romero la noche antes de morir a balazos, seguía sin sentir a Dios. Sin embargo, permaneció fiel. El 24 de marzo de 1980 fue asesinado dando el pan de cada día a quienes apenas podían esperarlo. Alguién podría decir que su fidelidad tuvo mucho de inercia. Y, sin duda, algo de esto hay. Pero sería solo inercia, si no hubiera nadie a quien responder —y ante quien responder—. La verdad —sobre todo, la verdad de Dios— no se decide en el corazón del creyente, sino en el de los deshumanizados por el hambre. El último latido del mártir es, ciertamente, el de un corazón de carne. Pero solo porque su viejo corazón, ya seco, fue restaurado a pedazos. Sencillamente, dejó de ser su corazón. Late porque late el de aquellos que claman por el pan de cada día. Este y no otro es el non plus ultra de la existencia. El resto queda en manos de un Dios que a duras penas podemos imaginar. Esto es, lo que haya más allá, si lo hubiera, no puede declinarse en los términos de un saber.

En este sentido, acaso el judaísmo sea más lúcido que la religión del corazón. De ahí que el cristianismo, sobre todo actualmente, riegue fuera de tiesto donde acentúa la importancia de lo sentimental. Como si la experiencia de Dios no tuviera nada que ver con Getsemaní.

una síntesis de la dogmática cristológica

febrero 5, 2020 § Deja un comentario

Dios llega a ser el que es en tanto que desaparece —y desaparece como el dios de la religión— en su hacerse presente en un crucificado. Esto es lo que significa la Encarnación —y en definitiva la revelación—: que Dios no tiene otro rostro que el de aquel que cuelga de una cruz. El crucificado es, sencillamente, el quien de Dios —aquel con quien Dios se identifica—. Pero porque no hay identificación que no presuponga una distancia interior —un poder decir yo soy ese otro—, Dios en sí —estrictamente, el Padre— difiere eternamente de aquel condenado en el que se reconoció (aunque, también por eso mismo, Dios no sea aún nadie con anterioridad a dicho reconocimiento). Dios no tiene otro quien—otro modo de ser— que el de aquel que murió entregándose a Dios como un abandonado de Dios. Pero al igual que el crucificado no tiene otro yo que el de la voz que clama por el hombre desde un pasado absoluto, anterior a los tiempos. En este sentido, Jesús es el rostro de Dios porque estuvo en cuerpo y alma sujeto a dicho clamor.

De hecho, nadie deviene un sujeto —un yo— sin estar sujeto al mandato que, procediendo de la exterioridad, decide el sí o el no de su estar en el mundo. Nadie llega a ser para sí mismo si no sabe quién es su padre. Eres lo que padre quiere que seas. La cuestión es quién es tu verdadero padre —quién quiere lo mejor de ti, al fin y al cabo, tu lúcida bondad—. Nos equivocamos cuando creemos que nuestro padre es la gente —o por decirlo en bíblico, el mundo—. Pues todo éxito es un malentendido. En cualquier caso, ningún padre llega a ejercer como tal si no es a través de la fe incondicional del hijo.

meditaciones cartesianas 17

febrero 4, 2020 § Deja un comentario

En Dios, por defecto, coinciden esencia y existencia: su modo de ser —su esencia— consiste, precisamente, en su existencia. Por decirlo en breve, Dios es el que es. No es el caso del resto de los entes: la esencia de una foca —la idea de lo que una foca es— no implica necesariamente que hayan focas. Las focas, bajo el presupuesto de la duda radical, podrían estar solo en mi mente. La esencia de las cosas que, suponemos, hay en el mundo, tan solo constituyen su posibilidad. El que existan no se desprende de su definición. Como sabemos, esto es lo que hay detrás de la primera demostración sobre la existencia de Dios que encontramos en las Meditaciones. Sin embargo, algo parecido podríamos decir del cogito: el es su consciencia de sí mismo, de su propia existencia… mientras siga pensando. La operación de Descartes coloca al cogito en la posición de Dios. Ahora bien, solo en lo que respecta a la posibilidad de un saber, no en lo relativo al ser. El yo es primero en el orden del conocimiento, pero no en el orden de lo real. Y esto es así debido, precisamente, a la finitud del cogito. Pues la conciencia de la propia limitación, en este caso temporal, exige un afuera —un eterno y previo haber—. No hay conciencia del límite que no implique lo que queda más allá de ese límite como su condición de posibilidad, aun cuando este más allá sea el del vacío —el de un simple hay—.

Ahora bien, la primacía epistemológica del cogito tiende a concretarse como primacía real u ontológica una vez el yo comprende que el afuera es el resultado de la negación de sí que constituye, precisamente, la subjetividad. Pues el yo nace para sí mismo cuando dice de sí mismo no soy el que empíricamente soy —o en clave más psicológica, no termino de ser en mi particular modo de ser—. Y esto en nombre de un deber ser incondicional, el que, de hecho, soy. De ahí que el originario no soy genere, a través del poder de lo negativo como diría Hegel, el puro haber. Es como si lo previo fuese constituido por lo posterior, o mejor dicho, como si la positividad (y anterioridad) de lo real-exterior fuese el producto del factum constituyente de la conciencia de sí. Este es el paso que darán, como sabemos, Schelling, Fichte y Hegel. Con el idealismo alemán el Yo ocupa definitivamente el lugar de Dios.

Por consiguiente, acaso el único modo de salir de la primacía del Yo, no solo epistemológica, sino también ontológica, sea a la manera de Hume, esto es, mostrando el carácter ficticio del Yo. Aquí la clave consiste en detectar el paso en falso que da Descartes a la hora de certificar el cogito como principio y fundamento del saber. Y es que, desde el rigor de una sospecha hiperbólica, Descartes no podría ni siquiera estar seguro de que exite como sustancia pensante. Pues si el Yo es lo que permanece inmutable por debajo del flujo de los pensamientos —si el Yo es la sustancia que soportándolos les confiere unidad, pues lo que los diferentes pensamientos tienen en común es, precisamente, que son míos—, entonces el Yo tiene que poder fiarse de su memoria: debe poder decirse a sí mismo que sigue siendo el mismo que hace un momento. Y esto, para quien se encuentra sometido al dictamen de la duda radical, es mucho fiar. Podría darse el caso de que lo que recuerdo de mí no fuera mucho más que un espejismo, una suposición. Estrictamente, el cogito solo puede asegurar su existencia durante el instante en que afirma que existe. Pero —y he aquí el problema— el instante no dura. Y si no hay duración, no cabe un Yo que permanezca inmutable como el soporte de unos pensamientos que fluyen en el tiempo. La certeza de sí como certeza apodíctica tiene los pies de barro. Como dijera Hume, la idea de un Yo no deja de ser un constructo, el resultado de aquella operación mental que, a través de la memoria, construye por asociación o integración la ficción de la sustancia.

Ciertamente, la solución de Hume al problema del estatuto ontológico de la conciencia —su respuesta a la pregunta qué es un yo— no se se halla exenta de dificultades. Pues, cuando menos, aun cuando el Yo fuera el resultado de una operación que la mente lleva a cabo por su cuenta y riesgo, como quien dice, siempre podemos preguntarnos si acaso, una vez producido, el Yo no es más que un constructo mental. Puede que, a pesar de su carácter derivado, sea algo más. El empirismo no puede admitir, si permanece fiel a sus presupuestos, este algo más. O cuando menos, que podamos saber si efectivamente es algo más. En este sentido, no es casual que el empirismo acabe abrazando el escepticismo: no hay razones que nos permitan superar el horizonte de la creencia, de lo que nos parece que es. Así, decimos que hay cosas. Pero, estrictamente, deberíamos decir que suponemos que las hay.

Con todo, y volviendo a la cuestión de la naturaleza del Yo, algo de razón tenía Descartes cuando dijo que la certeza de sí se impone con claridad y distinción, esto es, con independencia de las condiciones empíricas que acaso la hicieron posible. O por decirlo de otro modo, el Yo, una vez constituido —si es que fuera el resultado de una proceso constituyente—, puede poner bajo sospecha sus condiciones de posibilidad —puede *enfrentarse* a ellas, verlas desde fuera—. El Yo es una seta —una seta para sí mismo—. En este sentido, es algo más que las condiciones empíricas que lo hicieron posible. De ahí que el Yo siempre difiera del aspecto o modo de ser con el que, no obstante, se identifica —en el caso del cogito, de sus pensamientos. O por eso mismo. Porque se identifica tiene que, precisamente, diferenciarse. Así, este algo más se da en la forma de un continuo diferir y, consecuentemente, como temporalidad. La entidad del Yo no es la del ente, sino la del acto por la que un Yo llega a ser consciente de su distancia interior. El Yo siempre retrocede con respecto a sí mismo. Por eso, cabe decir que, en cuanto tal, se encuentra fuera del mundo. Y por eso también se da a sí mismo, como decíamos antes, en el modo de lo negativo: no soy el que soy. O también: no termino de ser en lo que concretamente soy. En consecuencia, y al margen de las exigencias de la duda radical, es posible afirmar que después de nacer para sí mismo, el yo de carne y hueso no puede evitar la pregunta acerca de la verdad —de lo que en verdad tiene lugar al margen de lo que nos parece que es—.

Esta negatividad —esta diferenciación interna— o se revela en relación con el flujo de las representaciones de la conciencia, esto es, en el interior de la duda metódica; o principalmente con respecto al cuerpo. Ahora bien, lo primero no es posible sin caer en la aporía, como hemos visto a propósito de la crítica de Hume. Por tanto, la cuestión del Yo —en qué consiste ser para uno mismo— no puede plantearse si no es con respecto a la corporalidad. No es anecdótico que la fenomenología, desde Husserl hasta Claudio Romano, parta del cuerpo. Como si para continuar con Descartes, antes hubiera sido necesario pasar por Hume. Como tampoco lo es que para la fenomenología actual, sobre todo en el campo francés, la cuestión del Yo sea indisociable de la cuestión de Dios o, si se prefiere, del enteramente otro. Pues la pregunta última a la que debe enfrentarse la conciencia de uno mismo es si efectivamente hay alteridad. O mejor dicho, en qué sentido podemos decir que la hay. Pues es obvio, o debería serlo, que lo que hay no puede darse en el modo del ente, sino en cualquier caso como lo que inevitablemente se pierde de vista en su aparecer como ente. Cuando menos, porque este aparecer solo puede darse en relación con las condiciones a priori de la receptividad —en relación con los esquemas, en el fondo racionales, de un sujeto—. Cuanto no encaja no aparece y, por eso mismo, no se da como cosa. Pero, por eso mismo, la cosa cae bajo el horizonte de lo que nos parece que es. O en términos de Kant, no es más que fenómeno. La cosa en sí, en su carácter de algo absolutamente otro, es lo propiamente real. Pero se trata de una realidad que no puede determinarse como cosa, ni por supuesto como mundo. Estamos ante la pura exterioridad. Por eso mismo, hay más allá. Aunque no se más, aunque tampoco menos, que un simple hay. Como si la negatividad —el vacío— del puro haber fuese el contrapunto de la negatividad del Yo. De hecho, el paso que dará Hegel será el de pensar esa exterioridad como retroceso de un Yo absoluto. Pero este es otro asunto.

Pol Pot y el fantasma

febrero 3, 2020 § 1 comentario

Una superviviente de los campos de Pol Pot, cuyo nombre no recuerdo, contó en una entrevista que, desesperada por el hambre, llegó a arrancar de la boca de su hija el trozo de manzana que esta había encontrado por azar. Su hija murió poco después. Jamás pudo desprenderse del sentimiento de culpa. Aquí la explicación resulta insuficiente. Ciertamente, podríamos decir que no era ella —que actuó como lo hubiera hecho una bestia—. Pero esto es, precisamente, lo que una madre no puede decirse a sí misma. Aun cuando, de hecho, sea verdad. Su culpa es, sencillamente, irreparable.

Imaginemos que se le apareciese el espectro de su hija. ¿Acaso se atrevería a decirle que se comportó como un animal porque no tuvo más remedio? Difícilmente. Aquello que explica su conducta en modo alguno la justifica ante su hija. Pues no debió hacer lo que hizo aun cuando, bajo el peso de la circunstancia, se viera inevitablemente empujada a hacerlo. O el deber ante el otro es incondicional o no es un deber en absoluto. Ante el espectro de su hija, la madre no puede hacer más que implorar su perdón. E implorar el perdón no es lo mismo que ofrecer una disculpa. Como si únicamente ese perdón pudiera redimirla de su inhumanidad. Solo ante su hija —de hecho, ante su espectro— esa madre puede hallarse justificada, esto es, encontrarse en el justo lugar. Es por el fantasma de nuestras víctimas —por su acusación— que nos convertimos en sujetos morales, en aquellos que le deben una respuesta a quienes murieron antes tiempo por nosotros. Es frente al fantasma que dejamos de ser simples bolas de billar. Pues acaso el fantasma —el enteramente otro o inalcanzable— sea lo más real de nuestra existencia. Únicamente la imputación del fantasma nos libera de nuestra mismidad, al fin y al cabo, de nuestra condición de mónadas.

en suspensión

febrero 2, 2020 § 1 comentario

No basta con decir. Es necesario, también, seguir diciendo. Pues, sobre todo con las grandes palabras, nunca acabamos de saber de qué estamos hablando. Dicen demasiado. Así, cada uno entiende lo que quiere. Por ejemplo, Lipovetsky sostiene lo siguiente en El País: si creemos que los ordenadores y las tabletas van a arreglar todos los problemas, estamos en un grave error. El profesor es imprescindible. De acuerdo. Nadie se atrevería a negarlo. A lo sumo, añadiría algún matiz. Así, tanto quienes son conscientes de la importancia de la clase magistral como quienes creen que deberíamos dejarla atrás defenderán la importancia del profesor. Pero es obvio que no están hablando de lo mismo. De ahí que, tarde o temprano, alguien se pregunte de qué estamos hablando. Pero no se le dará mucha cancha. La reflexión siempre fue un asunto privado —o de unos pocos—. El espacio público solo admite trazos gruesos. En él gana quien tiene más poder de seducción. No sea que al final nos demos cuenta de que no hay nada que decir.

bajar la mirada

febrero 1, 2020 § Deja un comentario

A los prisioneros de Auschwitz les estaba vedado mirar a los ojos de los SS. Tenían que bajar la mirada, mantener la distancia. De este modo, los SS se convirtieron en dioses para la mayoría de los condenados. Nadie sale con vida tras ver el rostro de un Dios. Pues un Dios es aquel capaz de destruirte. Y mirar a los ojos es, en gran medida, desafiar. Siempre hay quien deja de mirar primero. No es posible mantener la mirada del otro sin terminar abrazándolo (o matándolo). Por lo común, la cosa acaba en tregua, esto es, llegando a un cierto trato. Bajo sus condiciones, preservamos la distancia de seguridad. Preferimos la certeza de las mónadas que dar el salto.

El hombre, sin embargo, no es un Dios. Tan solo puede simularlo. Y lo simula con la prohibición. Ocurre aquí lo que con la fuente de Duchamp. Lo sagrado —la fuente del poder— es, por defecto, intocable. Pero donde ya no hay nada sagrado, todo puede ser sacralizado si media la interdicción de tocar. En un museo, incluso un urinario queda impregnado con el aura del más allá. De ahí que sea tan desconcertante que Jacob saliera con vida después de enfrentarse al ángel de YWHW. Como también que la mirada de Dios sea, según el cristianismo, la de aquel que implora que lo descuelguen de su cruz. Es evidente que no estamos hablando del mismo Dios.

límite y posibilidad del lenguaje

enero 31, 2020 § Deja un comentario

Decimos, por ejemplo, todo pasa. Pero una cosa es saberlo y otra caer en la cuenta. En el primer caso, tomamos nota. En el segundo, no podemos evitar estremecernos. Sin embargo, las palabras son las mismas: todo pasa. De ahí la necesidad del poeta. Pues solo él intenta forzar el lenguaje para revelar el carácter extraordinario de lo que se ha convertido, inevitablemente, en costumbre. Y lo extraordinario roza el silencio. La palabra justa es, por eso mismo, última. Cuando menos, porque tras ella ya no hay nada que decir. El logro del poeta es nuestro enmudecimiento.

Paul Valéry

enero 30, 2020 § Deja un comentario

Un aforismo de Paul Valéry dice así: pienso, luego no soy. ¿Una boutade? No me atrevería a decirlo. De hecho, se trata de un inteligente contrapunto al conocido cogito, ergo sum de Descartes. Es verdad que el Yo adquiere plena conciencia de sí en la distancia que media entre él y su aspecto o incluso carácter. O por decirlo a la platónica: una vida que prescinda de la interrogación sobre uno mismo es una vida cercana a la del chimpancé. Sin embargo, y de esto también fue consciente Platón, el precio que el hombre paga por estar por encima de su circunstancia y, en definitiva, por su libertad es el del desarraigo. Todo le parece, precisamente, apariencia, feria, escenario. Todo, salvo lo que es. Sin embargo, lo que es, en tanto que absolutamente Otro, queda fuera de nuestro alcance. De ahí que Hegel dijera que donde irrumpe la reflexión no vuelva a crecer la hierba. Sencillamente, las imagenes dejan de seducirnos. La ilusión deviene una ilusión. El escenario se derrumba. La distancia entre el sujeto de la reflexión y el de quien vive a flor de piel —el de quien aún puede creer en su protagonismo— es, por consiguiente, insalvable, a menos que sepamos ejercer la ironía. Pero no es fácil.

Cuanto acabamos de decir encuentra su paralelismo en la situación de quien ve una película de terror. En modo alguno puede evitar estremecerse ante la aparición del fantasma. Por no hablar de aquel al que se le aparece de verdad. Sin embargo, por poco que sepa de técnica cinematográfica, antes verá el truco que al fantasma. No está metido en la escena. No puede estarlo —no puede vivirla o tomársela en serio—. Y por tirar de la cuerda, podríamos decir que la primera situación sería análoga a la del homo religiosus. Tan solo él puede dar fe de la aparición. La segunda, en cambio, es la del teórico de la religión. Para este no hay aparición —no hay epifanía—, sino en cualquier caso hombres y mujeres que creen haber visto a un ser de otro mundo o dimensión.

La cuestión es si podemos decidir entre ambos puntos de vista. Pues que se trate de puntos de vista no significa que valgan por igual. Y aquí en Occidente, la teoría y su distancia llevan las de ganar. Al menos, en el plano de la legitimidad discursiva.

una conversación de café

enero 29, 2020 § 1 comentario

Dos chicas —una de ellas influencer— hablan en un café de una amiga común. Esta es del opus. Se trata de regalarle un consolador a una cumpleañera. Vale. La del opus no quiere participar. Evidentemente, sus amigas la acribillan con su crítica: que si es una estrecha, que si le han comido el coco, etc. Una de ellas presenta un argumento «decisivo»: no le digo que se lo compre ella, ni que lo compre ella—; le digo que piense en para quién es el dildo —que la tenga en cuenta, tía… De acuerdo. Sin embargo, podríamos preguntarnos hasta qué punto este argumento es tan bueno como parece. Pues la cumpleañera podría ser una enganchada a la heroína y no por eso creeríamos que estaría bien regalarle unas cuantas dosis. Más bien, daríamos por sentado que no le estaríamos haciendo, precisamente, un favor. La chica del opus podría estar equivocada. Pero, en cualquier caso, está en su derecho a tomarse en serio su error. Sin duda, sus amigas dirán que no es lo mismo. Pues hay una diferencia, cuando menos de grado, entre un consolador y un chute de heroína. Pero en el fondo podríamos estar hablando de lo mismo o de algo muy parecido. Que estemos del lado de la opinión mayoritaria —el placer no es un problema— no significa que estemos más cerca de lo indiscutible. Ciertamente, el placer no es el problema. Pero sí que lo es estar centrados en el placer (y lo del dildo sería, en el peor de los casos, el síntoma). En realidad, quien piensa la vida que nos ha tocado en suerte, tarde o temprano, termina yendo a contracorriente. Aunque el hecho de ir a contracorriente no implica necesariamente que uno haya estado reflexionando sobre cuanto (nos) sucede. Puede tratarse simplemente de la postura de quien va de singular.

desde fuera, desde dentro

enero 28, 2020 § Deja un comentario

Desde dentro, vives la epifanía. Desde fuera, tan solo ves hombres y mujeres que creen haber visto una epifanía. Sin embargo, con la objetividad no hemos hecho mucho más que sustituir una apariencia por otra. Esto es, no mucho más que cambiar un punto de vista, se supone que cargado de superstición, por otro instrumentalmente más eficaz. ¿Quién, sin embargo, se encuentra más cerca de la verdad? Podríamos decir, junto a los viejos sofistas, que no cabe trascender la perspectiva —que el hombre es la medida de cuanto es—… y quedarnos tan anchos.

Sin embargo, la pregunta sigue estando ahí: qué es lo que en verdad tiene lugar… más allá de lo que nos parece que es. Evidentemente, la cuestión ya presupone un en sí, una trascendencia, aunque no necesariamente religiosa. Sin embargo, por eso mismo, quizá esté más cerca de la verdad quien cae en la cuenta de que lo real, en tanto que absolutamente otro, es invisible, inconcebible, irreductiblemente extraño que quien lo niega. Ahora bien, dicho en sí, no es algo invisible, sino un simple haber —un puro silencio—. Hay realidad, pero no para nosotros. Para nosotros tan solo es lo que se ofrece como mundo —lo que encaja dentro de los esquemas de lo posible—. El mundo apunta, sin duda, a la exterioridad. Pero el mundo es una construcción. La exterioridad sencillamente no coincide con el mundo. Aun cuando tengamos que decir que no hay exterioridad sin mundo —como no hay yo sin el cuerpo con el que se identifica y del que, sin embargo, difiere—. En cualquier caso, para comprender esto último hay que estar dentro, sufrir la desaparición de lo que es en verdad otro (y, por eso mismo, inasimilable). Ciertamente, también cabe llegar a esta conclusión a través de la lógica dialéctica. Pero quien permanece solo en el marco de dicha lógica difícilmente podrá incorporar lo que piensa. Y de ahí a la escisión entre vida y pensamiento media un paso.

Dios contra dios

enero 27, 2020 § Deja un comentario

Supongamos que llegáramos a saber que estamos en manos de unos seres de otra dimensión, cuya inteligencia y poder fuesen inconmensurables. Supongamos también que fuéramos su creación —y que llegáramos a constatar que, de hecho, juegan con nosotros—. ¿Deberíamos doblegarnos ante su evidente superioridad? Es posible que muchos lo intentasen. Pero no creo que todos pudiéramos. *Gracias a Dios*, algunos llevan en los genes la rebeldía contra dios. Quizá sea esta la mayor obra de Israel: habernos convertido, por suerte, en incapaces de dios. Pues, no hay otro Dios que el que no aparece como dios —el Dios que los mundos tienen pendiente, el Dios de la promesa de Dios—. Ahora bien, ¿diríamos lo mismo si los *dioses* fuesen buenos —si de algún modo nos cuidasen—? No me atrevería a decirlo. En realidad, esta es la creencia de la mayoría de los que creen. Sin embargo, puede que la idea de un espectro bonachón sea la puerta trasera por donde se cuela la incredulidad o, lo que viene a ser lo mismo, la idolatría. Ciertamente, Israel confía en la misericordia de Dios. Pero confiar, aunque sea sobre la base de los indicios, no es dar por descontado. Sobre todo, si tenemos en cuenta que no terminará de haber Dios donde sigamos haciéndonos los sordos.

uno-una

enero 26, 2020 § Deja un comentario

Tal es el único significado del monoteísmo profético. Dios es uno porque la justicia es una.

Paul Tillich

pecio

enero 25, 2020 § 2 comentarios

Puede que llegue un momento en que caigamos en la cuenta de que el precio que tuvimos que pagar por liberarnos de Dios no fue tanto el de un mundo sin porqué como el de una mayor estupidez. Pues todo está perdido una vez Dios ni siquiera es una cuestión.

el mandato del Padre

enero 24, 2020 § Deja un comentario

Fácilmente sabemos qué deseamos. Lo difícil es saber lo que uno quiere. Pues nadie sabe qué quiere hasta que no se encuentre con su Padre. Y un Padre no coincide necesariamente con nuestro progenitor. Un Padre es el que te dice que quiere de ti —y por eso mismo, te autoriza a ser alguien y no simplemente un triunfador—. Un Padre es el que confiere integridad a tu existencia. Él te quiere porque quiere algo de ti: que seas en verdad, que dejes de ser un esclavo de ti mismo, de tu circunstancia. Y te quiere, aunque no te lo parezca. Pues lo primero que te dirá es que tú no importas. Importa lo que debes alcanzar, lo que realmente debe ser alcanzado aun cuando no puedas. Y no podrás porque lo que en verdad importa está siempre más allá de tu alcance. Con respecto a lo que cabe querer, la sensación siempre va a ser la misma: cuanto más cerca, más lejos. De ahí que el querer —la voluntad, el amor, la genuina libertad— siempre se dé como repuesta una demanda, en el doble sentido de la expresión. Nadie sabrá qué quiere hasta que no sepa qué quiere de él su Padre —hasta que no haga suyo su mandato—. Esto, sencillamente, es así. Aun cuando, para que un Padre pueda ejercer como tal, antes haga falta creer en él —en su Palabra—.

sobre gustos

enero 23, 2020 § Deja un comentario

Si lo único que pretendes es gustar, no podrás más que gustar. Eso, en el mejor de los casos. Puede que los demás quieran disfrutarte, invitarte a su fiesta, estar a tu lado…, pero nadie se interesará por ti —pues no eres interesante—. Y no lo eres porque no te interesa nada que se encuentre más allá de ti mismo —de ti misma—. Porque no distingues entre lo que debe ser amado o perseguido eternamente y cuanto despierta en ti un deseo de posesión.

dos preguntas

enero 22, 2020 § Deja un comentario

Leibniz sostuvo que la pregunta última es por qué algo en vez de nada. La pregunta no es inocente. Pues apunta a una nada que se impone como el trasfondo inevitable de la existencia. Cuando menos, porque la respuesta a la pregunta no puede darse, obviamente, en los términos de un algo. De ahí que no sea casual que los filósofos, sobre todo si les va la paradoja, acaben diciendo que lo que es se ofrece en tanto que, en sí mismo, no es —en tanto que no se ofrece o llega a la presencia—. Sin embargo, podríamos hacernos otra pregunta: por qué el mundo y no lo esencialmente insólito. Probablemente, por ahí fueron los tiros de Kant: al fin y al cabo, hay —o mejor dicho, tiene que haber— lo inconcebible… aun cuando no podamos afirmar que forme parte del mundo. Pues el mundo es lo que encaja en los moldes de la razón. Quizá el único modo de enfrentarse al nihilismo al que conduce la reflexión radical sea en relación con lo absolutamente nuevo. Ahora bien, lo insólito o inconcebible, por definición, en modo alguno puede aparecer sin quedar reducido a lo que la razón admite como posible. Lo insólito es, sencillamente, imposible, y por eso mismo, tampoco puede darse como cosa, aunque lo imaginemos a la manera de un ente sobrecogedor. Y con todo, acaso lo insólito —la genuina alteridad— sea lo único propiamente real. La cuestión religiosa —cómo cabe tratar con Dios o también dónde aparece o se revela—, en tanto que se plantea desde nuestro lado, solo puede resolverse a través de una idea de Dios, esto es, idolátricamente. Existir ante el misterio supone, por consiguiente, un estar en suspenso por una irreductible ignorancia. Por defecto, lo insólito no puede aparecer. Ni siquiera puede ser concebido. En este sentido, Dios no aparece —no se muestra— salvo en aquel cuyo cuerpo da testimonio de su hallarse expuesto a la imposible posibilidad del enteramente otro. El creyente no sabe nada acerca de Dios. En cualquier caso, da fe de la fe del hombre de Dios. De este modo, permanece a la espera de un Dios que no puede concretarse como el objeto de una expectativa —a la espera de un inconcebible Sí cuyo rumor cree escuchar en el fondo de la existencia, pero que no puede admitir sensatamente como viable. Y es que incluso la verdad de Dios está en manos de Dios.

ateos

enero 20, 2020 § Deja un comentario

La verdadera religión incluye alguna dosis de ateísmo. No es casual que a Sócrates, como también a los judíos y a los primeros cristianos, se los persiguiese como ateos. Para los que se adherían a los poderes, no podían dejar de ser los que niegan que haya dios.

Paul Tillich, Theology of culture

natividad

enero 19, 2020 § Deja un comentario

Hay que imaginar a Dios como niño antes que como Padre. Pues Dios no es aún nadie sin la entrega incondicional del hombre. Dios tiene que crecer en lo más íntimo para llegar a ser el Padre que quiere ser —para que pueda sostenerte cuando seas incapaz hasta incluso de orar—.

de segundas

enero 18, 2020 § Deja un comentario

Es posible que el cristianismo no sobreviva como ingenuidad infantil. O quizá sí. Pero solo como secta. Con todo, la primera ingenuidad siempre fue algo de lo que podemos prescindir —por no hablar de algo de lo que deberíamos prescindir. Ocurre aquí como con el amor. Nadie que no vaya cargado de virtud sobrevive a la desaparición del espejismo. Y quien dice virtud, dice fuerza. Ahora bien, la fe no es el resultado de un esfuerzo intelectual. En cualquier caso, este es posterior. La fe vive de su ingenudad. Pero se trata de un ingenuidad pasada por el tamiz del sufrimiento, sobre todo el de los que sobran. Hablamos, pues, de una ingenuidad lúcida o, si se prefiere, de una segunda ingenuidad. Como también en el caso del amor. Tampoco es casual. Y es que no hay quien viva si no nace de nuevo.

la fe del hoy

enero 17, 2020 § Deja un comentario

Actualmente, la mayoría no tiene ni idea del Dios de la tradición bíblica. En el mejor de los casos, le suena. Pero poco más. Sin embargo, siguen habiendo hombres y mujeres de buena voluntad que, con todo, ignoran cómo liberarse del poder de lo impersonal. La autoayuda es un fake. Y las espiritualidades de la no-dualidad, porque se olvidan de los que sobran, fácilmente terminan en la mera compensación, por no decir en el onanismo. El cristianismo, ciertamente, no es una religión al uso. Un Dios que cuelga de una cruz en modo alguno es homologable al dios que no necesita encarnarse para llegar a ser el que es. Sin embargo, la Encarnación es ininteligible —o al menos, un malentendido— donde no partimos de la divinidad religiosa. Pues el Dios cristiano constituye la impugnación de lo que el hombre imagina como dios. ¿Deberíamos, por tanto, comenzar de nuevo con la religión del padre bueno? Quizá. Pero el problema es que, como dijera Rudolf Bultmann en su momento, donde damos por sentado que el mundo es técnicamente dominable, resulta difícil, por no decir inviable, comenzar por una cosmovisión que presupone que nos hallamos rodeados de presencias invisibles. Por eso mismo, puede que el cristianismo, si quiere aún anunciar la buena nueva, se vea obligado a ir directamente al grano. Esto es, a partir de aquellas situaciones en las que, hundidos en la desesperación, no parece que haya Dios. Ahora bien, en estas lo primero no es Dios, sino el evangelio de Dios. Es decir, hubo una vez un hombre que… 

en paz

enero 16, 2020 § Deja un comentario

Como el pistolero errante de los westerns, quien busca a Dios nunca termina de hallarse a sí mismo en donde está. Dios siempre da un paso atrás. Como si con respecto a Dios no dejáramos de ser los arrancados. Sin embargo, es posible que la paz sea el resultado de este fracaso. Los pajáros sobre las ramas, los niños columpiándose, los manos entrelazadas de los amantes… —y te dices a ti mismo, como Elohim tras la Creación, todo está bien así. No hay más. O porque no hay más, el puro presente es lo más. 

Y con todo, Dios sigue siendo invocado por los que no pueden aceptar su presente a causa de su hambre y su sed (y sobre todo la de sus hijos). Aun cuando, ni siquiera, puedan concebir que haya un Dios de su parte. No podemos permanecer bajo la bendición porque hay maldición. Pero también al revés: porque hay bendición, Satán no debe pronunciar la última palabra. De ahí que, bíblicamente, la bendición vaya con la promesa de Dios, en el doble sentido del genitivo.

En cualquier caso, en nombre de Dios, Dios no es el tema. El tema de Dios es el de lo debido a Dios —a su estar en falta—, a saber, el don y el deber de saciar el hambre de quien no tiene pan que llevarse a la boca.

agape

enero 15, 2020 § Deja un comentario

Amar es cuidar de aquel a quien amas. Y cuidarlo debido a su fragilidad. Pues al fin y al cabo no dejamos de ser unos indigentes. En este sentido, el amor trasciende el impulso del eros. Ahora bien, cuidar no es solo velar por el bienestar del otro, sino también un querer rescatar la bondad que pueda haber en él —o en ella. Sin embargo, esto solo es posible si nos ponemos en sus manos —si nos dejamos cuidar por el otro. Y quizá sea lo más difícil.

preferencias y razones

enero 14, 2020 § Deja un comentario

A veces nos preguntamos por qué razones no podríamos hacer lo que nos apetece, siempre y cuando, se sobreentiende, la realización de nuestro deseo no dañe a los demás. Evidentemente, no solemos encontrarlas, salvo si tienen que ver con los inconvenientes que pueda ocasionarnos el hacer lo que nos apetece. Estamos lejos de la pregunta de los antiguos griegos, la que se interrogaba por el modo de ser antes que por las razones que justifiquen lo que hacemos o dejamos de hacer. Pues ellos eran más conscientes que nosotros que no hay deseo inocente. Somos en gran medida lo que buscamos. Y no es igual buscar cuanto quepa poseer que lo que nunca terminaremos de alcanzar. Así, el infiel, aun cuando mantenga su secreto, no puede seguir siendo el que era antes de su infidelidad. No es lo mismo tratar al otro como un medio que como aquel al que le debemos una respuesta. De ahí que la pregunta no sea tanto por las razones como por el quién que hay detrás de las opciones que vamos tomando. Pero modernamente suponemos ingenuamente que el sujeto permanece inmutable por debajo de sus elecciones. Como decía Groucho Marx: yo tengo mis principios; pero si no le gustan, tengo otros. O a la manera de John Stuart Mill: prefiero ser un Sócrates insatisfecho a un cerdo satisfecho. Pero hoy en día, el común de los mortales ignora el porqué de esta preferencia. Como si tan solo fuera la de un consumidor.

la extravagancia

enero 13, 2020 § Deja un comentario

Una de las principales cuestiones de la filosofía —si no la principal— es hasta qué punto podemos ir más allá de lo que nos parece que es. Pues en un principio es posible que lo real no termine de coincidir con lo que nos parece real. Toda apariencia se da en relación con el marco de una sensibilidad, el cual funcionaría como una especie de lecho de Procusto: no se ve —no aparece— lo que no encaja dentro de sus límites. Por eso mismo, nada hay que no se muestre en relación con un punto de vista, y por eso mismo relativamente. De ahí que la pregunta sea qué son las cosas en sí mismas, esto es, al margen de cómo llegamos a verlas. La pregunta, ciertamente, presupone que el mundo es con independencia de que haya un observador. Pero también que nada es que, de algún modo, no aparezca o se muestre —que nada es que no se haga presente. La presencia es el síntoma de cuanto es. Ahora bien, en la tensión entre ambas afirmaciones reside el problema. Cuando menos, porque la presencia solo es posible donde lo que se hace presente, en tanto que algo realmente otro, elude la presencia. Por definición, nunca veremos lo otro en cuanto tal, sino lo otro siempre según nuestra medida. La alteridad de cuanto tenemos enfrente tan solo es pensable. Al fin y al cabo, la pregunta por una realidad absoluta puede entenderse como la pregunta por el carácter otro de lo real. Pues lo real es, por defecto, algo-otro-ahí que se ofrece a nuestra receptividad.

Por lo común superamos nuestras primeras impresiones por una percepción más adecuada. Sin embargo, al hacerlo seguimos dentro de los límites de lo sensible. Pues no hacemos más que sustituir una apariencia por otra que consideramos más ajustada a los hechos. La filosofía nace de la convicción de que tan solo la dura disciplina de la razón nos permite traspasar los límites de lo aparente. Ahora bien, al dejarse guiar por la razón, el filósofo termina diciendo cosas extravagantes, muy alejadas del sentido común. ¿Se trata del delirio de quien se pasa de rosca a la hora de pensar? No me atrevería a decirlo. De hecho, cuanto más cerca estamos de lo real, más cerca nos hallamos de lo excéntrico o paradójico. Y no puede ser de otro modo. Pues hablar del carácter absolutamente otro de lo real supone hablar del carácter ajeno o esencialmente extraño de lo real en sí mismo. Incluso cabe la posibilidad —tal y como anticipó Descartes, aunque luego diera marcha atrás—de que la exterioridad —lo real en sí— fuera ininteligible, por no decir contradictoria. Bastan unas pocas nociones de mecánica cuántica para al menos intuir por dónde van estos tiros. Que el gato de Shrödinger esté en su caja vivo y muerto —que no vivo o muerto— es algo que nuestra lógica no puede admitir. Eppur si muove.  

sobre el todo

enero 12, 2020 § Deja un comentario

El todo es infinito. Pues de lo contrario el todo no sería el todo. Por otro lado, el hombre, en tanto que consciente de la exterioridad del mundo, se encuentra fuera del todo. Es cierto que, como cuerpo, el hombre pertenece al mundo. Pero no como conciencia —como el yo que eternamente difiere de sí mismo, del cuerpo con el que, por otro lado, se identifica. Sencillamente, el hombre es capaz de pensar el todo, aun cuando no pueda, ciertamente, tener una experiencia del todo como la de algo en concreto. No es casual que, tarde o temprano, termine comprendiéndose como arrancado de la totalidad. Como si el todo no pudiera ser el todo. Y no porque le falte alguna pieza, sino porque el hombre, en tanto que arrancado, está inevitablemente expuesto al fin del mundo —a la posibilidad de un silencio absoluto. O si se prefiere, a la posibilidad de la nada.

meditaciones cartesianas 16

enero 11, 2020 § Deja un comentario

Como es sabido, Descartes recupera la confianza en la razón tras haber demostrado la existencia de Dios. Con todo, su argumento no deja de ser retórico. Pues básicamente nos viene a decir que Dios, al ser perfecto, no puede engañarnos. Aquí Descartes tiene presente lo que, en el ejercicio de la duda metódica, dijo a propósito de la posibilidad de un Dios —o genio— que nos hubiera creado con la intención de que nos engañáramos donde creyésemos estar lógica, racionalmente en lo cierto. Pero la figura del Dios maligno era, en el fondo, una figura cuya única función era la de ayudar al ejercitante a interiorizar una objeción de fondo, a saber, que la validez lógica no tiene por qué ser criterio de verdad. Ciertamente, aun soñando el teorema de Pitágoras sigue siendo válido. O por decirlo con otras palabras, no se puede soñar o alucinar contra la norma —los principios, las leyes—de la razón. Dentro del sueño, puedo decir que dos y dos son cinco. Pero no puedo pensarlo. Sin embargo, aun cuando no pueda concebir un mundo con independencia de las restricciones de la razón, pues un mundo es un orden —un cosmos—, cabe la posibilidad, de que la exterioridad, el puro y simple afuera, no se ajuste a la norma de la razón (y este es el argumento que hay detrás de uso retórico de la figura de un Dios maligno). El afuera perfectamente podría ser ininteligible, impensable o, si se prefiere, contradictorio. El mundo, mejor dicho, la representación del afuera como mundo podría ser una ficción debida a nuestro hallarnos sujetos al dominio de lo racional. O lo que viene a ser lo mismo, el afuera bien pudiera permanecer más allá del mundo, por decirlo así, en su ininteligibilidad. Por eso la recuperación de la razón como fuente de certeza no puede basarse únicamente en decir que Dios, en tanto que perfecto, es necesariamente bueno (y consecuentemente no quiere engañarnos). El argumento tiene que ser otro. Y lo que Descartes sostiene, aunque implícitamente, es que si las deducciones de la razón son verdaderas y no solo válidas o correctas es porque el ejercicio consecuente de la razón ha sido capaz de alcanzar una verdad, a saber, la verdad de Dios. Esto es, la razón ha encontrado una segunda verdad al margen del cogito —y no hay verdad que no haga referencia a lo que es— sin presuponer que hay algo-ahí, esto es, solo a través del análisis lógico del significado de la idea de Dios. Sencillamente, entender la idea de Dios implica acepar su necesaria existencia. Ahora bien, porque esa verdad es la verdad de una realidad infinita y exterior a la conciencia —y no la del Dios de la religión—, la razón es capaz de alcanzar la verdad del todo. O lo que viene a ser lo mismo, no habrá otra verdad acerca del mundo que la que proporciona la matemática. Pero la matemática no hace otra cosa que medir o calcular. De ahí que el mundo que se corresponde a la verdad matemática sea un mundo material. Pues tan solo los cuerpos son medibles.

Es cierto que lo que acabamos de decir obligaría a Descartes a corregir su conclusión de que Dios es al margen del mundo, pues, como sabemos, según Descartes, Dios y mundo son sustancias distintas, es decir, separadas. Pero una cosa no quita la otra. De hecho, no es casual que Spinoza, dándose cuenta del gazapo lógico, se viera obligado a partir de Dios. Pues si Dios es infinito no puede haber nada fuera de Dios. No hay otro haber que el de Dios. Decir Dios es decir el todo. Y de ahí a sostener que la conciencia humana es la expresión de la conciencia de Dios —o lo que viene a ser lo mismo, del cosmos— media un paso.

de Dios que viene a la idea

enero 11, 2020 § Deja un comentario

La posibilidad de Dios no es la posibilidad de nuestra idea de Dios. Cualquier idea que podamos hacernos sobre Dios permanece dentro de los márgenes de las apariencias —de lo que nos parece que es Dios. La posibilidad de Dios es la posibilidad de lo insólito —la posibilidad de lo irreductiblemente extraño y, por eso mismo, increíble. Nadie puede creer en Dios como quien supone que hay vida en la superficie de Marte. En cualquier caso, ese Dios es un falso Dios —un Dios a medida de nuestra necesidad de Dios. Dios no es la hipótesis del hombre que busca amparo —y esto equivale a decir que Dios no puede darse por supuesto o descontado. La posibilidad de Dios es la posibilidad de lo im-posible —de lo absolutamente nuevo—, esto es, de lo que la historia no puede admitir como posibilidad. De ahí que la fe repose sobre lo inverosímil. Y ello en nombre de quienes soportaron —y soportan— el peso de un Dios que, en sí mismo, es su eterno retroceso o porvenir. La audacia cristiana consiste en proclamar que de Dios no veremos otro rostro que el del hombre de Dios. De ahí que el carácter insólito de Dios se revele como resurrección de los muertos. Pero este es otro asunto.

misterium

enero 10, 2020 § 2 comentarios

Dios es el misterio de Dios. O lo que viene a ser lo mismo, del absolutamente otro no tendremos ni idea. Pues lo otro, por definición, es lo esencialmente extraño. Tan solo contamos con las imágenes que nos hacemos del otro —con su apariencia—, las imágenes que admiten, precisamente, un trato, aun cuando sea emocional. Así, lo decisivo con respecto a Dios no es Dios, sino lo que se desprende del misterio de Dios, a saber, la vida como excepción y el deber de preservarla de nuestra impiedad o indiferencia. El cristianismo, sin embargo, añadirá un plus, el que confiesa que de Dios no tendremos otra imagen que la de un crucificado —y posteriormente levantado— en nombre de Dios.