amor al saber

noviembre 16, 2012 § Deja un comentario

Acaso podamos comprender la filosofía como el intento de alcanzar la sabiduría de la vejez, la capacidad para diferenciar lo que importa de lo que no… mientras aún se puede. No es casual que el filósofo tenga a menudo la sensación de estar al margen de los tiempos. Como si no fuera con él aquello de que hay un tiempo para cada cosa y una cosa para cada tiempo. De ahí que filosofía pueda comprenderse como la voluntad de poder de quien no tiene otros recursos que los de la mente.

medlineplus

noviembre 15, 2012 § Deja un comentario

Ayer en el WoW, Gan, entre cerveza y cerveza, me hace caer en la cuenta de la diferencia entre la moral común y la cristiana por medio de una comparación con la práctica médica en la antigua Grecia. Hipócrates nunca te hubiera dicho qué es aquello que, lo quieras o no, debes hacer. Su prescripciones son siempre relativas a una condición, esto es, prudenciales. Si quieres vivir saludablemente, no debes excederte en la comida. Si quieres tener buen ánimo, toma agua con cierta frecuencia. Etc. La medicina cristiana, en cambio, te dice categóricamente que el exceso es pecado. Que en sí mismo no es bueno que te excedas, al margen de si te sienta bien o no. Pues en un mundo, en donde hay quienes mueren de hambre, el exceso revela nítidamente nuestra consubstancial falta de piedad. Ciertamente, son más fáciles de tragar las prescripciones sapienciales, esas buenas costumbres, que la exigencia indiscutible de Dios. Sin embargo, solo bajo esta última —solo bajo la necesidad de responder a la demanda insatisfacible del otro— cabe ir más allá de uno mismo.

una burger, poco hecha, con Gan

noviembre 15, 2012 § Deja un comentario

Hablando de la diferencia infinita entre darlo todo o casi todo (Manolo Fortuny, dixit), Gan me dice que eso implicaría que no hay mucha distancia entre darlo casi todo y no dar nada. Ciertamente, del lado del hombre puede que la diferencia sea casi abismal, pero no del lado de Dios (y éste es el escándalo). El joven rico lo ha dado casi todo y, sin embargo, sigue de nuestro lado, esto es, del lado de la impiedad. No es causal que la inmensa mayoría de quienes seguimos lejos de poder responder a Dios solo podamos hablar verdaderamente de Dios en nombre de otros.

aporías cristianas

noviembre 14, 2012 § Deja un comentario

La verdad cristiana no es una superstición. Pero es una verdad que solo puede vivirse como superstición.

presencias

noviembre 14, 2012 § Deja un comentario

Hablar de la presencia de Dios es hablar de su manifestación, de su aparecer. Pero ¿cómo se hace presente Dios? Si hemos de atender al testimonio bíblico, no en el fenómeno extraordinario, no en el hecho que requiere la hipótesis de un dios por encima, sino en el silencio que sucede a todo cuanto sucede (1Re 19). Es en este sentido que decimos que Dios se encuentra fuera de campo. Dios no es un suceso, sino la falta que transfigura el mundo en otro mundo que el que se da según la medida de nuestro interés o necesidad. Únicamente en relación con esa falta —con esa radical trascendencia— pueden los pobres aparecer como testimonios de Dios, como su huella, esto es, como el aparecer mismo de Dios. Pues, Dios en sí mismo no aparece en su aparecer (y por eso el aparecer de Dios es de Dios). De ahí que esas concepciones de Dios tan en boga que, con la intención de huir del viejo teísmo, hacen de Dios el nombre de una buena vibración, en vez de un Dios que se hace presente en su retirarse del mundo —un Dios que, por eso mismo, transfiere el aura de lo sagrado a la vida de los hombres— prefieran una divinidad impersonal a la manera del dios-Sol. Pues es el Sol que más calienta el que nos obliga a cerrar los ojos.

o sole mio

noviembre 14, 2012 § Deja un comentario

Muchos creyentes siguen concibiendo a Dios como si se tratara del Sol. Y, así, dan por hecho que de lo que se trata es de exponerse a su influencia. Cuanto más doraditos, mejor. Su patrón de santidad es un rostro iluminado. Sin embargo, si lo que decide nuestra relación con Dios es nuestra respuesta a la demanda infinita del pobre, entonces Dios no puede concebirse como un Sol. Los evangelios insisten hasta la saciedad que los capaces de Dios no son los iluminados, sino los quemados. Que solo ellos pueden en verdad responder a un Dios que solo aparece como la voz que nace de los estómagos vacíos o las gargantas secas.

re:

noviembre 14, 2012 § Deja un comentario

¿Cómo entender hoy en día esto de la Resurrección? Pues difícilmente… El lenguaje de la resurrección es inseparable del hecho de encontrarse a la espera de un Dios que juzgará a vivos y a muertos. Y, ciertamente, muchos creyentes de hoy en día no saben qué hacer con un Dios tan pasado de rosca. La resurrección de los muertos es la señal de que nos hallamos en los tiempos finales de Dios. El juicio es inminente donde se abren las tumbas. Los muertos tienen que resucitar para que puedan ser juzgados. Y es por eso —porque ya no nos encontramos (de)pendientes de un Dios que juzga, porque creemos que el sentimiento de culpa es de por sí tóxico, porque podemos soportar nuestra impiedad— que decimos con insultante facilidad que esto de la Resurrección lo que en verdad significa es que Cristo sigue vivo en nuestros corazones o que hay vida después de la muerte. Pero esto no tiene que ver con la verdad, sino más bien con nuestra incapacidad para la verdad.

ofrenda musical

noviembre 13, 2012 § Deja un comentario

Te pueden gustar muchas, pero amar, lo que se dice amar, tan solo puedes amar a una, como quien dice. Esto es como aquél músico que, en el inicio de su carrera, tanto puede aprender a tocar el violín como el piano o la guitarra. Ha nacido músico y, como tal, de entrada le gustan todas. Ahora bien, la cuestión es dónde se encontrará de aquí a unos años, esto es, en qué será, en qué realizará, encarnará su posibilidad. Pues si aún coquetea con todas, si salta del violín al piano, del piano a la guitarra, de la guitarra al violín… no llegará a nada. Ha de decantarse por un instrumento, aprender a tocarlo, hacerlo suyo o, mejor dicho, servirlo, para llegar a ser el músico que es. Es decir, para ser alguien que vive para la música y no de la música. Pues un músico es aquel que ya no se imagina a sí mismo sin el piano —o el violín o la guitarra—. Como el amante que ya no puede concebir su vida sin la mujer que ama.

 

saltan chispas

noviembre 13, 2012 § Deja un comentario

Los gnósticos de siempre suelen decir que todos estamos hechos de sustancia divina o, por decirlo de otro modo, que en nuestro interior hay algo así como una chispa de divinidad. Así, cuanto menos, es como interpretan la convicción creyente de que estamos hechos a imagen de Dios. Pero lo cierto es que al decir que somos imagen de Dios lo que estamos diciendo propiamente es que nos falta la sustancia de Dios. Un reflejo no es lo que refleja. A una imagen le falta, precisamente, ser lo que parece. Somos quienes encuentran a Dios en falta, quienes, por eso mismo, no solo pueden invocarlo, sino también interpelarlo desde el dolor. Aunque lo que acaso deberíamos entender es que, en tanto que imagen de Dios, somos aquellos en los que Dios busca reconocerse. Como si el judaísmo bíblico de buen comienzo hubiera comprendido a Dios desde la posibilidad de la Encarnación. De ahí que, si podemos reconocer a Jesús como Señor, no es porque estuviera lleno en grado sumo de chispa divina —no es porque fuera el chispazo de Dios—, sino porque, en cualquier caso, estuvo lleno de la caída —el vaciamiento, la kénosis— de Dios.

transconfessional: comentarios a la teología de Javier Melloni (9)

noviembre 12, 2012 § Deja un comentario

Desde Paul Tillich, muchos de quienes se dedican a reflexionar esto de la fe, prefieren recurrir a la metáfora de la profundidad, en vez de aquella tradicional de las alturas. La razón parece evidente: en un mundo en donde la distinción entre los cielos y la tierra ha dejado de ser operativa, no tiene sentido seguir ubicando a Dios ahí arriba. Dios ya no se encontraría en lo más alto, sino en lo más profundo del cosmos y, por extensión, de nosotros mismos. Con ello se pretende evitar el antropomorfismo propio de una fe demasiado vinculada a las imágenes de la infancia. Sin embargo, la metáfora de la profundidad no está exenta de equívocos. De hecho, la mayoría de quienes la emplean, difícilmente pueden evitar la tentación gnóstica o, lo que es casi peor, la del panteísmo. Desde esta óptica, Dios sería la sustancia del mundo, su fundamento, la última cosa, algo así como el éter en el que habitamos. Sin embargo, la Biblia se escribe para evitar esta lectura de Dios. Un creyente es aquel que se encuentra sometido a la altura de Dios, a su inaccesible trascendencia. Dios es el altísimo y, por eso mismo, Señor. Porque Dios se encuentra más allá de los cielos —fuera de la Creación—, la voz de los sin Dios se le revela como la voz imperativa de Dios. ¿Dónde está tu hermano? Que el hombre sea imagen de Dios no significa, pues, que esté hecho con la misma sustancia de Dios, sino que, en tanto que imagen, se encuentra falto, precisamente, de sustancia divina. El hombre es el que se encuentra donde encuentra a Dios en falta. Su destino no es el de participar de una supuesta sustancia de Dios, sino el de responder a su llamada. Cuando prescindimos de su altura, tarde o temprano acabamos prescindiendo de Dios.

por si aún dudábamos del pie que calzan

noviembre 11, 2012 § Deja un comentario

Y es sólo una mente quieta la que puede comprender lo que es Dios. Una mente quieta jamás le pide nada a Dios. Es sólo la mente empobrecida la que implora, pide. […] Si le pides a Dios, jamás encontrarás a Dios.

J. Krishnamurti

cuestión de nombres

noviembre 10, 2012 § Deja un comentario

Cuando en bíblico decimos que de Dios, en sí mismo, tan solo poseemos un nombre, lo que damos a entender es que «Dios» no puede comprenderse como el nombre de otra cosa, por ejemplo, de un poder, aunque se trate del poder de la bondad o el amor. «Dios» es un nombre sin referente o, lo que viene a ser lo mismo, un nombre cuya referencia está por ver. Dios carece de entidad. De ahí, que la promesa de Dios sea, precisamente, de Dios. Ahora bien, esto es lo contrario a lo que escuchamos por ahí, cuando se dice fácilmente que lo de menos, con respecto a Dios, es el nombre. Que lo decisivo es qué pueda ser Dios. Pero esto tan solo podemos decirlo cuando damos por hecho paganamente que Dios es un poder, una sustancia, una energía. Esto es, cuando Dios exige un conocimiento y no nuestra fe.

maestro Yoda

noviembre 10, 2012 § Deja un comentario

Star wars es la película de nuestros tiempos, pues solo en nuestros tiempos el fantasma —el monstruo, el bicho abisal— puede mostrarse como uno de los nuestros. El mundo de star wars es un mundo sin más allá, un mundo en donde las presencias invisibles y, por tanto terroríficas, habitan en las colonias. Ya lo hemos dicho muchas veces: porque podemos acostumbrarnos a su presencia, los dioses —los entes de la otra dimensión— no pueden valer como Dios. Tan solo sorpresivamente pueden colar como divinos. No es casual que la única divinidad de star wars sea la de una fuerza invencible, abstraída, eso sí, de su carácter personal. Star wars es paganismo por otros medios, la religión natural de un mundo sin dioses. Star wars es transconfesionalismo. Quienes habitamos las infinitas galaxias, ya no esperamos el amparo de Dios —su misericordia o absolución—, sino que la fuerza nos acompañe, precisamente lo que en modo alguno pueden sensatamente esperar los esclavos de siempre.

about Pinker and Co.

noviembre 10, 2012 § Deja un comentario

La actualidad filosófica dice que solo cabe responder a la pregunta por la naturaleza del hombre en los mismos términos en que podemos responder a la pregunta por la naturaleza de la hormiga. Una naturaleza es un determinado modo de ser, la forma en la que una clase de entes se muestra o aparece. En este sentido, el modo de ser del hombre debe comprenderse en los términos de una conducta observable, si de lo que se trata es de responder científicamente a la pregunta por aquello que pueda ser el hombre. Un hombre es, por defecto, lo que se conduce como tal. Y, así, desde el punto de vista científico, las imágenes que el hombre pueda tener de sí mismo son irrelevantes a la hora de definir su naturaleza. Podemos decir que somos, pongamos por caso, ángeles caídos o almas encarnadas en cuerpos. Pero nada de lo que podamos decir al respecto es científicamente relevante. Aquí lo único que va a misa es que el hombre es el animal que tiene que hacerse una imagen de sí mismo, sea cual sea. Desde la óptica científica, no hay, pues, diferencia entre un hombre y un clon, entre cualquiera de nosotros y un robot que, teniendo nuestro aspecto, se comportara exactamente tal y como lo hacemos. Sin embargo, lo cierto es que, a diferencia de las máquinas o las bestias, ningún hombre acaba de coincidir con su modo de ser. Una vaca es lo que es: come cuando tiene hambre, bebe cuando tiene sed. Pero el hombre nunca se encuentra donde está. El hombre en cualquier caso se halla a una cierta distancia de sí mismo. Y es por esto que el hombre puede decir yo, identificarse hasta cierto punto con una determinada imagen de sí. El hombre es persona, esto es, un separado de su particular modo de ser, un relación consigo mismo, un bucle. Su modo de ser es algo así como una máscara, una máscara de la que, sin embargo, no puede desprenderse sin dejar de ser. Pues, como acabamos de decir, el hombre es su relación con esa máscara, su determinado modo de ser, su naturaleza. El hombre no acaba de reconocerse en su mostrarse así o asá. El hombre no acaba, por tanto, de ser. El hombre siempre tiene pendiente aquello que pueda ser. Su ser es precisamente su eterna posibilidad. Sin duda, la distancia interior que hace posible decir yo no es observable. Un robot también puede ser diseñado para decir yo, aunque en verdad no llegue a diferenciarse de sí mismo. Pero de ahí no se concluye necesariamente que el yo sea irrelevante a la hora de comprender que podamos ser, sino que no cabe responder científicamente a la pregunta por la naturaleza humana. De hecho, dice mucho más de nosotros el mito de Narciso, pongamos por caso, que cualquier descripción de los usos y costumbres de la especie humana.

los tiempos de Dios

noviembre 8, 2012 § Deja un comentario

Para la tradición bíblica la división entre el cielo y la tierra —entre el otro mundo y el nuestro— no nos permite comprender nuestra relación con Dios. Ni siquiera sirve para comprender qué, mejor dicho, quién, pueda ser Dios. Para la tradición bíblica, el cielo es el lugar de las potencias del mundo, el ámbito de los dioses. Ahora bien, los cierto es que para la tradición bíblica, los dioses aún no son los suficientemente trascendentes como para que puedan valer como Dios. Un dios es un poder —un poder del que el hombre quisiera participar—. Un dios siempre promete la plenitud del hombre, la fuerza, la felicidad. Ahora bien, un dios es, para un creyente, un ídolo, un dios en falso, una posibilidad del hombre, posibilidad que, en tanto que del hombre, aleja al hombre de Dios. El poder-ser del hombre depende de que consiga el amparo de los dioses, de que logre, en definitiva, poner las potencias a su favor. Un dios es, ciertamente, un poder. Pero Dios, en verdad, no es un poder. El poder, en todo caso, es de Dios. Pero, por eso mismo, Dios se encuentra más allá de los poderes que sostienen o mueven el mundo. Más allá de los cielos. Más allá de la Creación. Ahora bien ¿qué puede encontrarse más allá de los cielos? Estrictamente, nada, pues no estamos hablando de un dios de dioses. No estamos hablando de Zeus. Dios en modo alguno es un ente. Dios no posee entidad. Dios es, en sí mismo, ese silencio que abraza el mundo por entero y, por eso mismo, lo mantiene pendiente de Dios, de una última palabra. Es en relación con ese silencio que todo es debido a Dios, todo es de Dios o en Dios. El todo —la dialéctica del bien y el mal, del asombro y el escándalo, del don y la injusticia— se revela como no-todo desde el silencio de Dios. Es el silencio de Dios el que impide que la Creación se cierre sobre sí misma, la clausura inmanente del mundo. De ahí que bíblicamente se diga que Dios se encuentra fuera de los tiempos. La Historia es el tiempo en el que no hay presente que pueda valer para Dios, en el que Dios no se hace presente. La Historia es el tiempo del hombre y de las potencias —los dioses— de los que el hombre depende. Dios solo se revela en sus tiempos, los tiempos finales, aquellos en los que el hombre ya no tiene vida por delante, aquellos en los que el hombre ya no puede seguir confiando en su posibilidad. Ahora bien, Dios se revela en esos tiempos como el cuerpo que exige la respuesta del hombre, su entera voluntad. No es causal —y esto marca la diferencia entre la experiencia bíblica de Dios y el del resto de las religiones— que, cristianamente, cuando se trata de hablar de Dios, no podamos hablar de Dios, sino solo de aquellos hombres y mujeres cuya existencia nos habla de Dios.

otro modo de pillar a Platón (y 2)

noviembre 5, 2012 § Deja un comentario

Se desean los cuerpos. Pero únicamente las almas pueden encontrarse. Pues no hay encuentro que no admita la separación, la distancia, aquello inalcanzable del otro. De ahí que el encuentro tan solo sea posible tras el fracaso de los cuerpos.

desear, abrazar: otro modo de pillar a Platón

noviembre 5, 2012 § Deja un comentario

Tan solo deseamos el aspecto del otro, su físico, su carácter, su modo de ser. Su máscara. Aquello que el otro es en última instancia, el hecho de que sea, en realidad, otro, su falta de coincidencia consigo mismo, su no acabar de ser lo que parece, esto es, su alteridad, su indigencia, su desajuste, ese esencial no terminar de hallarse donde está, el encontrarse en cierto sentido más allá de sí mismo…, todo eso no es algo que pueda ser deseado, sino solo dicho, reconocido, admitido, precisamente, como aquello que nunca alcanzaremos o llegaremos a poseer. Pues el carácter otro del otro, en tanto que invisible, no puede darse a nuestro deseo o sensibilidad. En verdad es lo que se resiste esencialmente a nuestro deseo. Deseamos el brillo del otro —su aparecer, sus formas— pero, al fin y al cabo, tan solo podemos abrazar su pobreza, su déficit o falta de ser, su nada.

aperturas

noviembre 4, 2012 § Deja un comentario

Hay muchos modos de salir del yo —de trascenderse. Pero solo hay un modo de responder a Dios.

los dos poderes

noviembre 4, 2012 § Deja un comentario

Para la religión, Dios es la posibilidad del hombre. Para el cristianismo, en cambio, el hombre es la posibilidad de Dios. Como si, al fin y al cabo, Dios tan solo pudiera ser no ya en el hombre, sino como hombre.

sobre el Credo (3)

noviembre 4, 2012 § Deja un comentario

¿De qué hablamos cuando hablamos de un Dios todopoderoso? Poder es poder hacer, poder vencer una resistencia, poder ir más allá de donde uno se encuentra. Quien tiene poder se enfrenta a su posibilidad. ¿Hemos de entender, así, el poder de Dios como el de quien puede intervenir a la manera de un deus ex machina? De hecho, muchos lo entienden así. Pero un Dios que se encuentra más allá de la Creación —fuera de la totalidad, cielos incluidos—, un Dios que, en sí, se revela como el silencio que cubre por entero todo cuanto es, no parece que pueda ser comprendido como una explicación de las cosas que pasan. Esto es, no puede ser reconocido como una de las fuerzas del mundo, aunque se trate de una fuerza mayor. El Dios de la Creación es todopoderoso en el sentido de que puede con el todo. Quien es alcanzado por el Dios verdadero —quien se encuentra sometido a Dios como Señor—, experimenta el todo como no-todo, esto es, como (de)pendiente de una última palabra. Dios, en tanto que todopoderoso, mantiene el mundo en vilo, entre la posibilidad de la aniquilación y la misericordia. En este sentido, la Historia es un tiempo de gracia. Todo cuanto podamos decir cristianamente de Dios lo decimos desde un encontrarse sub iudice, esto es, en manos de un Dios que decidirá el Sí o el No de nuestra entera existencia en el final de los tiempos, los tiempos de Dios. Creer en Dios es confiar, pues, en el poder de su absolución, un poder que ya se hizo efectivo en la Cruz como poder capaz de resucitar a los muertos, es decir, como ese poder que nos hace capaces de responder a Dios en el seno mismo de nuestra muerte o falta de piedad. El poder de Dios se manifiesta en su poder ir más allá de sí mismo, en su entrega o sacrificio, el cual hizo posible, precisamente, la victoria sobre la muerte, sobre la consubstancial impiedad de los hombres, sobre nuestra esencial resistencia a Dios. El poder de Dios es el poder de su humanamente inabarcable misericordia. Y es que tan solo ella nos obliga en verdad. Tan solo ella nos sitúa en la correcta posición ante Dios o, por decirlo en el lenguaje de Pablo, tan solo ella nos justifica. En definitiva, confiar en el poder de Dios es confiar en la imposible posibilidad de Dios —en su mundanamente inviable por-venir—, allí donde ya no cabe seguir confiando en la intervención de un dios que nos saque las castañas del fuego. Pues lo cierto es que para el hombre todo comienza en realidad más allá de la muerte.

variaciones sobre el gran Bukowski

noviembre 4, 2012 § Deja un comentario

Tan solo puede morir quien se encuentra con vida. No obstante, decir que existimos de espaldas a Dios es lo mismo que decir que en este mundo ya no queda nadie que pueda morir. Todo comienza cuando llegamos a ser conscientes de que nuestra vida inercial es una vida de muertos. Somos aquellos para quienes morir es tan solo una confirmación. Únicamente los muertos son inmortales.

exit

noviembre 4, 2012 § Deja un comentario

Es posible que cristianamente no digamos otra cosa que la siguiente: una vez Dios sale de sí mismo, Dios ya no puede volver a ser un dios. O lo que viene a ser lo mismo: de Dios no tendremos más, aunque tampoco menos, que aquél que cargó sobre sus espaldas la renuncia de Dios a su divinidad.

antignosis

noviembre 3, 2012 § Deja un comentario

Quien ha experimentado a Dios puede decir que Dios es lo no experimentado en toda experiencia de Dios. O lo que viene a ser lo mismo, que Dios sigue estando pendiente en nuestro estar cabe Dios. Dios siempre se encuentra más allá de todo cuanto es de Dios. Y, por eso mismo, es de Dios.

heaven

noviembre 3, 2012 Comentarios desactivados en heaven

We reprimand the Happiness

That too competes whit Heaven

Emily Dickinson

terminología bíblica (y 2)

noviembre 2, 2012 § Deja un comentario

Puede que no comprendamos esto de la Encarnación hasta que no caigamos en la cuenta de que el reconocimiento del Crucificado como Dios no afirma propiamente algo sobre Jesús de Nazareth, sino sobre Dios mismo. Esto es, no tanto Jesús es Dios como Dios es Jesús. Y es que si el cristianismo es un escándalo —que lo es—, no es porque diga que Jesús fue divino, pues esto no deja de ser una creencia entre otras, sino porque afirma sin pestañear que Dios no sobre-vive a la Cruz, es decir, que en la Historia no puede haber otro Señor que el Crucificado, lo cual supone, ciertamente, una impugnación de todo cuanto podamos entender como religión.

uno de los nuestros

noviembre 2, 2012 § Deja un comentario

Ciertas cristologías que corren por ahí parece que, con respecto a la divinidad de Jesús, no digan otra cosa que la siguiente: Jesús de Nazareth era tan bueno, tan bueno, tan bueno… como solo podía serlo Dios mismo. Desde este punto de vista, el modo de ser de Jesús nos habría revelado el modo de ser de Dios. Jesús sería algo así como el superman de la bondad. Pero ¿cómo comprender esta tesis? ¿Acaso Dios no sigue entendiéndose aquí como el límite asintótico de la existencia humana, como su extrema posibilidad? Sea como sea, lo cierto es que, si Jesús encarna a Dios como quien encarna un determinado patrón de belleza, entonces honestamente deberíamos admitir que, teniendo en cuenta que no poseemos un contador geiser de la bondad, aquí caben muchos hijos de Dios. Si lo que defienden estas cristologías es tal y como nos lo cuentan, entonces lo más consecuente sería decir con Roger Haight que Jesús es un símbolo de Dios… entre otros. Pero ¿qué hacemos entonces con aquello del Hijo Unigénito de Dios?

mamá

noviembre 2, 2012 § Deja un comentario

¿Se trata de desprendernos de lo malo para quedarnos con lo bueno? ¿Es posible cortar tan fino? El abrazo de nuestra madre puede llegar a ahogarnos. Pero esta posibilidad va con el pack. Si arrojas el agua sucia, tiras también por el desagüe al niño del amor. La posibilidad de anular al hijo va con el querer, al igual que la oscuridad pertenece a la luz (o la luz a la oscuridad). Se trata, pues, del equilibrio, de mantener la cuerda tensa. O acaso, de la tercera ley de Newton. Pues el amor de madre toma impulso contra su voluntad de castración.

la isla

noviembre 1, 2012 § Deja un comentario

Tu mundo son tus cosas, tus temas: los chicos —o, en su defecto, las tías—, tus partidos de fútbol, tus coca-colas con las amigas, tus estudios, una mesa de billar, tu modo de vestir, tus libros o series, tu música, tu cuenta en facebook, tu necesidad de ser alguien… Tu mundo es la illa. ¿Y aún te preguntas qué lugar puede ocupar Dios en tu vida? Dios no puede ocupar un lugar en los estantes de tu habitación. Dios es interrupción. Aparece Dios y todo salta por los aires. Así, mejor que no te preguntes demasiado por Dios. No sea que te responda.

terminología bíblica

noviembre 1, 2012 § Deja un comentario

Estrictamente hablando, en bíblico no hay propiamente otro mundo, sino otros tiempos. Pues la diferencia entre Dios y los hombres no se concibe como una diferencia entre mundos, sino entre tiempos. Hay, pues, los tiempos del hombre —los tiempos en los que el hombre aún puede confiar en su posibilidad— y los tiempos de Dios, esos tiempos terminales en los que ya no queda otra vida que la que Dios pueda darnos. Es en el final de los tiempos que Dios se revela como esa voz —esa llamada— que resucita a los muertos, aquella que se nos entrega, precisamente, como la vida que los muertos debemos preservar en el extremo del mundo.

posturas

noviembre 1, 2012 § Deja un comentario

No hay algo así com un kamasutra religioso. Honestamente, no podemos decir que la posición del loto y la de quien se arrodilla sean diferentes modos de dirigirse a Dios. Un cuerpo sintonizado con el todo no da testimonio de Dios, o cuanto menos, del Dios que se encuentra más allá del todo, sino de nuestra necesidad de disolvernos en el todo. Un cuerpo en armonía con el silencio del cosmos es un cuerpo que ha hecho del mundo un hogar. En cambio, un cuerpo arrodillado es un cuerpo que ha sido expulsado del mundo. Un cuerpo arrodillado es, de por sí, presencia de Dios, del Dios que nos obliga a admitir que el todo no es todo, un cuerpo que se halla, precisamente, en un mundo pendiente de una última palabra, un mundo abierto a una trascendencia que en modo alguno cabe concebir como la dimensión oculta del mundo.

surfing

noviembre 1, 2012 § Deja un comentario

La espiritualidad transconfesional no sabe qué hacer con la alteridad de Dios. Para quienes defienden una concepción oceánica de Dios, no hay otra alteridad que la de nuestro cuerpo con respecto a Dios. Alteridad sería, pues, separación. Y la separación es pecado, una situación que debe repararse haciendo lo debido. Por eso suelen decir que el único modo de reconciliarse con Dios pasa por desprenderse de todo cuanto encubre nuestra verdadera naturaleza —de todo aquello que nos permite decir yo— para disolverse en el mar de Dios. Nuestro deseo de Dios responde, pues, al hecho de que, en el fondo, somos agua. Deseamos el agua que nos falta debido a que un yo que crece a sus expensas. El yo es la raíz de nuestra desdicha. Y, ciertamente, esta es una manera de ver las cosas, una manera acorde con nuestra necesidad de regresar al útero materno. Dios como sustancia. Dios como matriz. Cabe, sin embargo, que la verdad de Dios se encuentre en tierra firme o, mejor dicho, en esos desiertos donde el mar no es más que un espejismo. Que Dios en verdad no sea sustancia, sino insustancial. Pues es posible que únicamente un Dios sin entidad nos obligue a responder a la llamada de quienes sufren como si tan solo ellos pudiesen ocupar el lugar vacante de Dios.

a la espera de Dios

noviembre 1, 2012 § Deja un comentario

Desde el punto de vista del Antiguo Testamento, un creyente es aquel que guarda los preceptos de Dios mientras permanece a la espera de Dios. ¿Que añade el cristianismo? Pues que Dios ya ha regresado… como Crucificado. En definitiva, que no cabe otra relación con Dios que la que podamos mantener con los crucificados con los que Dios se identifica. And the rest is silence.

Dios y los dioses

noviembre 1, 2012 § Deja un comentario

La superstición no es la infancia de la fe, sino del paganismo, pues el dato inicial del paganismo es un mundo repleto de dioses. El supersticioso percibe el mundo como mundo animado. Todo está lleno de presencias invisibles para quien sufre de superstición, presencias que o bien se encuentran al acecho del hombre, o bien le amparan. Mientras los espectros campen a sus anchas, los hombres no tienen más remedio que recurrir al mago, invocando la protección de los dioses buenos y repeliendo el asalto de los demonios. La cosa cambia cuando los hombres consiguen recluir esas presencias en los bosques que rodean la polis. Siguen habiendo dioses, pero a buen resguardo. El bosque como templo. El templo como bosque. La polis se convierte en un espacio libre de dioses, un espacio en donde los hombres únicamente deben tener cuidado de los demás hombres. Tan solo hace falta que comience la tala de bosques —tan solo hace falta que el mundo se convierta en una megalópolis— para que los dioses desaparezcan del mapa. El temblor que provocaba una presencia invisible deja paso a la confianza que dan las técnicas de la organización. La alteridad del dios se convierte o bien en el tema del poeta —en un motivo para la nostalgia—, o bien en el centro de la especulación filosófica. Como si al fin y al cabo, la relación con el carácter otro de lo real, lejos de ser ya epidérmica, solo pudiera recuperarse por la vía de la abstracción. Hasta aquí la historia del paganismo. Cabe con todo, otra historia con respecto a lo real. Es la vía de los esclavos de Egipto, la de aquellos que, en un mundo de dioses protectores, no parece que tengan un dios que les ampare. ¿Dónde está tu dios? tienen que escuchar una y otra vez el pueblo elegido de boca de sus enemigos. Ahora bien, fueron estos esclavos quienes hicieron de la falta de Dios, un Dios. O mejor dicho, de la ausencia de Dios, el sello de una trascendencia aún más radical que la de los cielos. La presencia de Dios no es, pues, como la de los dioses, la cual se entiende en cualquier caso como la de aquellos poderes que atraviesan, para bien o para mal, la existencia de los hombres. La presencia de Dios es la de su ausencia. El mundo entero queda marcado por un Dios en falta como para unos padres queda transfigurado el hogar después de la muerte del hijo. Dios —el Dios del cual solo tenemos un nombre impronunciable, un nombre con el que solo cabe nombrar en falso— únicamente puede revelarse como verdadero por impugnación del carácter divino de las presencias invisibles que atraviesan el mundo. Pues no hay otra presencia de Dios que el rostro de quienes soportan su trascendencia. Como en el caso de los dinosaurios, de Dios tan solo tenemos huellas. Con todo, y a diferencia de lo que ocurre con los dinosaurios, un creyente no puede dejar de esperar, contra toda evidencia, el regreso de Dios. La audacia es, sin duda, infinita.

sobre el Credo (2)

octubre 30, 2012 § Deja un comentario

La fórmula original dice creo en Dios Padre, esto es, sin coma entre «Dios» y «Padre». La intención es clara: la experiencia de Dios no es independiente de su paternidad. No es que primero el creyente experimente a Dios y luego se dé cuenta de que es como un padre, del mismo modo que podría darse cuenta de que es un marciano verde. Quien experimenta a Dios se encuentra por eso mismo (de)pendiente de su amparo, al tiempo que sometido a su exigencia. De hecho, bíblicamente, promesa y mandato son dos caras de la misma moneda. Así, por ejemplo, vivirás más allá de la muerte es tanto un promesa como un deber: seguirás viviendo donde ya no tengas vida por delante porque debes vivir donde ya no tengas vida por delante. Dios promete la imposible vida de Dios a sus fieles, a quienes le obedecen hasta el final (de los tiempos). Esta y no otra es la lección de Abraham. Solo puede confiar en Dios —confiar en su increíble promesa— quien se encuentra enteramente sometido a su mandato. Esto por un lado.

Por otro, la revelación de la paternidad de Dios es correlativa a la experiencia de una común filiación. Es aquello tan bíblico de que no hay experiencia de Dios que no suponga, al mismo tiempo, la experiencia del otro como hermano. Ahora bien, esto es, precisamente, lo que no podemos dar por descontado. El otro no es, de entrada, tu hermano. El otro es, más que hermano, un objeto de deseo o una amenaza, un amigo o un enemigo. La relación con el otro es, antes que nada, política. De ahí que la experiencia de Dios se dé como revelación de nuestra inicial o, mejor dicho, esencial impiedad: ¿dónde está tu hermano? No cabe experiencia de Dios que no suponga, por tanto, un cuestionamiento de sí. Confiar en Dios Padre es confiar, al fin y al cabo, en su absolución —en que el deber de amar al prójimo será finalmente una realidad… por la (medida de) gracia de Dios—. Confiar en Dios es, así, encontrarse por entero sojuzgado o, mejor dicho, subyugado por el amarás al prójimo como a ti mismo.

Bellvitge (y 2)

octubre 30, 2012 § Deja un comentario

Supongamos que nos encontramos en un congreso de las Juventudes Socialistas y que después de leer aquel fragmento del Manifiesto Comunista en donde Marx dice que la Historia es la historia de la lucha de clases, los jóvenes socialistas se pusieran a cantar, en vez de la internacional, una actualización y en cuya letra encontráramos la siguiente perla: no hay clases, no hay pueblos oprimidos, todos, al fin, somos iguales… ¿Acaso podríamos tomarlos en serio? ¿No creeríamos, más bien, que son socialistas de boquilla? Ahora bien, ¿por qué nos cuesta tanto admitirlo cuando se trata de cristianos que, depués del Credo, se ponen a cantar con entusiasmo mesiánico que Dios no nos juzga? ¿Acaso Mt 25 no va a misa? ¿Acaso no es cierto que, cristianamente, estamos en falso cuando pasamos de largo? ¿Acaso no fuimos ya condenados por nuestra impiedad?

un café en la Torre con Marina Frean: sobre el lenguaje de la fe

octubre 30, 2012 § Deja un comentario

Es cierto que el lenguaje de la fe nos queda ya muy lejos. Y, así, fácilmente nos preguntamos, por ejemplo, si es verdad que Jesús de Nazareth fue elevado a la derecha del Padre. Esto es, nos preguntamos si de hecho fue tal y como nos lo cuentan. Pero esto es como si de aquí a mil años alguien, leyendo los diarios de una adolescente de hoy en día, se preguntara si realmente aquél chico que tanto le gustaba le había robado el corazón. Cualquiera que sepa cómo funcionan las palabras sabe que hay ciertas cosas que solo pueden ser dichas si forzamos el lenguaje. La chica en cuestión no puede dar fe de lo que le ocurre diciendo simplemente que hay por ahí un chico que le gusta mucho, mucho, mucho. Aquí, como en los asuntos que en verdad importan, no sirve la suma. Pues las cosas que en verdad importan —las decisivas— son, en realidad, otra cosa. Por eso es más adecuado decir que ese chico le ha robado el corazón, pues lo que está en juego no es sólo la intensidad de un deseo o inclinación. Por tanto, ¿fue Jesús elevado a la derecha del Padre? De hecho, no, aunque en verdad fuese así.

mayéuticas: a propósito de Marc Torras

octubre 30, 2012 § Deja un comentario

En el clima de un aula y cuando dejas que Platón hable por sí mismo, tarde o temprano surge el hallazgo. Así, el otro día, a propósito de por qué Sócrates prefería sufrir la injusticia a cometerla, Marc Torras salta y dice: «porque el hecho de ejercer un dominio sobre otro te “roba” la posibilidad de distanciarte de ti mismo, y por consiguiente, dejas de ser libre, pues la libertad es la capacidad que tenemos para ejercer un dominio de nosotros mismos«. ¡Voilà! No podía decirse mejor. Y es que solo quien se acerca a la integridad —quien es de una pieza porque su entera existencia (de)pende de tener que alcanzar lo inalcanzable— es capaz de no dejarse llevar.

Melchor, Gaspar y Baltasar

octubre 30, 2012 § Deja un comentario

Para muchos, la madurez consiste en caer en la cuenta de que los reyes son los padres. Para muchos, la madurez es desilusión, desengaño, ateísmo. Cabe, sin embargo, otra madurez, aquélla que reconoce que la desilusión es la otra cara de la revelación, a saber, la que nos permite decir, precisamente, que los padres son los reyes (o que no hay más reyes que los padres). Quien entiende esta inversión está muy cerca de entender el giro copernicano de cristianismo con respecto a toda religión. Pues algo parecido dice el creyente cuando confiesa que no hay más Dios que el Crucificado.

progressio

octubre 30, 2012 § Deja un comentario

Hay algo de tramposo en la idea de progreso, en la convicción ilustrada de haber alcanzado históricamente una mayoría de edad. Y no porque cualquier tiempo pasado fue mejor. La madurez, ciertamente, lo es todo (como decía Shakespeare). Pero forma parte de la madurez el reconocer el precio que hemos tenido que pagar para llegar hasta ella. Y este precio acaso no sea otro que el de la pérdida del sentido de la alteridad, es decir, de lo real. Cuanto mayor es el control —cuanto más nos alejamos de nuestra infancia—, menor es el temor, sin duda, pero también es menor nuestra capacidad de asombro. Es sabido que para un niño, todo posee alma. En cambio, para un adulto, un mundo animado es siempre un mundo de dibujos animados. No debería extrañarnos, pues, que la religión —la necesidad de ligarse de nuevo a ese mundo que fue dejado atrás— esté hecha con los restos de la infancia.

Bellvitge

octubre 28, 2012 § Deja un comentario

El otro día en una eucaristía popular, después del Credo, se pusieron a cantar aquello de que Dios no nos juzga. La verdad es que esto de las misas progres no deja de desconcertarme, pues en el Credo encontramos, precisamente, aquello de que vendrá a juzgar a vivos y a muertos. Ciertamente, vivimos tiempos en que esto del juicio no mola, tiempos maternales. Pero nada serio sucede, si no creemos que tendremos que pasar cuentas. De hecho, la experiencia del don va con la de juicio. No otra cosa parece querer decirnos la parábola de los talentos: cuanto más recibes, más debes. Quien experimenta su propia vida como esa vida que le ha sido dada dentro de un plazo no puede dejar de preguntarse qué debe hacer con su vida. Quien cumple con la voluntad de Dios es aquel que no puede físicamente pasar de largo ante quien sufre de hambre y de sed. Y esto está muy cerca de sentirse juzgado por la mirada de los pobres, nuestros hermanos. Un creyente es alguien que se encuentra en deuda con aquellos con los que Dios se identifica. Ciertamente, nos juzga en mayor medida el perdón de una madre que las exigencias del padre. Ciertamente, un cristiano cree que la absolución va por delante. Pero esto no significa que no haya juicio, sino que el verdadero juicio, el que nuestra entera existencia (de)penda de un Sí o un No inapelables, comienza cuando somos perdonados por quienes tienen todo el derecho a condenarnos, las víctimas cuyo clamor obliga a Dios a salir de su ensimismamiento. Así, quien no admite su perdón se condena definitivamente, esto es, permanece en la muerte. En cambio, quien lo acepta y, por consiguiente, se pone en sus manos, alcanza la vida que no cesa. Sin juicio, pues, difícilmente iremos más allá de nuestro ombligo. Quienes creen —y lo que es peor, cantan— que Dios no nos juzga probablemente necesiten un dios-consolador. Y, así, en medio de sus necesidades, olvidan que la intransigencia del Dios bíblico es la otra cara de nuestra impiedad.