elegidos
noviembre 29, 2025 § Deja un comentario
La noción de elección divina ha jugado un papel, me atrevería a decir que constituyente, en la formación del sujeto occidental, el cual tiene dos vectores: el que apunta al sacerdote y el que apunta al übermensch nietzscheano. El punto de partida, como es sabido, fue la autocomprensión de Israel como pueblo elegido. Aquí Israel dio una vuelta de tuerca con respecto a la monolatría inicial: no es solo que Israel tuviera un dios de su parte, sino que, como pueblo, había también sido elegido para dar testimonio a la humanidad del Dios verdadero, lo que no coincide exactamente con un dar cuenta de la verdad de Dios —de hecho, este será el paso que dará Atenas. Esta vuelta de tuerca afecta, es evidente, a la experiencia misma de la divinidad. Al menos porque Dios deja de percibirse como simplemente lo gigantesco. Abraham, el primer creyente, responde a una llamada —y, a partir de ese momento, creer será responder a la invocación de Dios. Y todo responder carga con una responsabilidad.
El profetismo supuso igualmente un paso al frente en esta dirección. Y es que el profeta no es alguien capaz de conectar con la otra dimensión, sino el llamado. El chaman no tiene vocación de chaman. Pero fue en los tiempos de Ezequiel en donde la elección recayó oficialmente en el individuo. La salvación comienza a comprenderse como un asunto judicial: los fieles serán absueltos, mientrras que los impíos, condenados. Paralelamente, desde el horizonte apocalíptico en el que se inscribe el cristianismo, la llamada va adherida a la proclamación: id y anunciad fue el mandato sin el cual la resurrección, de haberla habido, no habría sido más que un fenómeno paranormal.
¿Por qué entonces esto de los dos vectores? ¿Quizá porque la raíz es la misma? Tan solo hizo falta que la palabra Dios perdiera su relevancia social como para que el hombre ocupase el lugar de Dios. El sujeto moderno ya no se comprende a sí mismo como jugando un papel en la historia de la salvación, un relato de trazo cósmico, sino como el que debe transformar el mundo por su cuenta y riesgo, un deber que no responde a ninguna llamada de lo alto, sino únicamente al impulso. Conatus essendi. Como si la llamada procediera de lo más profundo de la psique. Como si la invocación solo pudiera entenderse únicamente como inquietud.
Sin embargo, aquí la sospecha podría ejercerse contra sus maestros. Pues quién se cree el héroe de la transformación ¿acaso no es el títere de una anónima voluntad de poder cuyo principio es el de si es posible, debe realizarse, sean cuales sean las consecuencias? ¿Acaso no es este el principio mismo de la voracidad capitalista?
no epic
noviembre 28, 2025 § Deja un comentario
Qué ya no podamos comprendernos desde la épica —que el individuo moderno solo pueda alcanzar una comprensión de su lugar en el mundo desde las imágenes del éxito social— supone que cualquier intento de espiritualizar la existencia, esto es, de responder a la pregunta acerca de quiénes somos desde la óptica del formar parte, esté condenado a mirar hacia Oriente… lo que supone, ciertamente, un dejar atrás la tradición juedocristiana que dio pie a Occidente. Y es que no es lo mismo comprenderse como quien forma parte de un combate cósmico entre las fuerzas del Bien y las del Mal que como aquellos que se hallan inmersos en aguas que nos cubren por entero. Sencillamente, el subjectum no es el mismo. Y me atrevería a decir que el cristianismo difícilmente sobrevivirá, al menos como tal, donde ceda al tsunami oriental, quedando reducido a una piedad de los buenos sentimientos con la excusa del crucificado.
Otro asunto es si aún es posible evitar esta reducción.
símbolo y concepto
noviembre 27, 2025 § Deja un comentario
Con el tiempo, el símbolo se vuelve concepto. De Isaías a Benjamin. Así, la esperanza en la irrupción de un mesías terminó siendo la idea mesiánica. Dios, la idea de Dios. El mundo de las ideas es un baúl de objetos perdidos. Y fue esta convicción la que impidió que Israel desarrollara una metafísica. Pues, desde la experiencia de la pérdida, la pregunta no es qué es lo subyacente, sino si acaso habrá un regreso. De ahí que la inquietud judía no apunte tanto al des-cubrimiento como a la imposible aparición de los muertos.
la falsedad
noviembre 26, 2025 § 1 comentario
Dijo Adorno: todo lo empírico es falso. Pero ya lo dijo, también, Platón —y qué no dijo. Y si esto es así —que lo es—, entonces ¿cómo es que aún vivimos como si lo habitual fuese la norma —como es seguimos siendo los reos de las apariencias? Qué difícil incorporar, caer en la cuenta, temblar de vértigo… Será que hay verdad, pero no para nosotros. Para nosotros, el atisbo.
Horkheimer a propósito de Tillich
noviembre 25, 2025 § Deja un comentario
Creo que no existe una filosofía con la que pudiera estar de acuerdo sin que contenga en sí también un momento teológico, pues de lo que en definitiva se trata es de reconocer en qué medida el mundo en que vivimos debe ser interpretado como relativo.
Max Horkheimer
la religión y lo sagrado
noviembre 24, 2025 § 1 comentario
Es posible que retorne la religión. De hecho, ya está regresando. Lo que no volverá será lo sagrado. Para ello, haría falta que aún conservásemos unas dosis de temor y temblor.
Heidegger y la muerte
noviembre 23, 2025 § Deja un comentario
Para Heidegger, si no lo he entendido mal, encarar la muerte es encarar el nada más, un hasta aquí. Y ante la muerte sobran los como si —sobra decir, por ejemplo, “como si el ángel viniera a buscarme”. La muerte sería lo más real, en tanto que inalterable.
Sin embargo, en el hasta aquí ¿no hay también unas dosis de para mí — de como si? Como si fuera un hasta aquí. Pues, podría darse el caso, que la muerte fuese una frontera. Ahora bien, comprender a Heidegger significa caer en la cuenta de que, incluso en el más allá, existir continuaría siendo un enfrentarse a la posibilidad de la nada. La muerte es, al fin y al cabo, una metáfora de este enfrentarse. Al menos, porque la nada permanece agazapada en la negación de sí que le es inherente, en definitiva, en todo cuanto pasa. De hecho, si en el más allá no nos enfrentásemos a esta paradójica posibilidad, entonces eso ya no tendría que ver con nosotros, sino con la cosa en la que nos habríamos convertido.
cristo-lógicas (3)
noviembre 22, 2025 § Deja un comentario
Quien busca la fuente de la vida, precisamente, en una fuente ¿no es, por eso mismo, un idiotés? Literalmente, alguien que ve —y piensa— con el ombligo. Como el que va hurgando entre los desperdicios con la intención de encontrar algo con lo que saciar su hambre. Muy distinto es el del ánimo del que anhela un con quien. Comenzando por el de Dios. Pues ¿acaso no se nos dijo que Dios, en verdad, renunció a su forma divina con la voluntad de encontrarse con el otro de sí mismo, en definitiva, con alguien? ¿Es no fue este su acto más creador? El asunto trasciende la inclinación a la compañía. ¿La razón? El con quién significa con quien quiero ser. Y esto equivale a preguntarse qué quiere de mí aquél con quiero ser. Pues aún no serás nadie mientras no respondas a su demanda.
cristo-lógicas (2)
noviembre 21, 2025 § Deja un comentario
Si Dios es algo, entonces es irrelevante como Dios. ¿La salvación? Acertar con la fuente de la vida. Como quien acierta con el enchufe. Sabiduría, en cualquier caso. Pero seguiremos estando solos. En el fondo, el espíritu religioso es el del niño abandonado que busca a su madre —que busca la relación, el vínculo, la religación. El algo no se interesa por nadie. La matriz —el océano— aún está lejos de ser mamá. Más: el debe —el error— no puede imputársenos por entero. Pues el conflicto es demasiado característico como para reposar sin mala conciencia. ¿Quién podría admitir una paz eterna sin tener la sensación de hallarse en un mundo virtual? Además, Dios, como alguien, ¿no permanecería extrañado de sí mismo o, como decíamos, más allá de su divinidad? Ciertamente. Y en ese caso, ¿no querría ser, precisamente, otro? Pero el otro de Dios ¿no es, acaso, el sin Dios?
cristo-lógicas (1)
noviembre 20, 2025 § Deja un comentario
Si Dios fuese alguien —si fuese una especie de ente espectral tamaño big size—, entonces en sí mismo estaría más allá de sí mismo, esto es, de su divinidad. Es lo que tiene la estructura de la subjetividad: un continuo diferir de los rasgos con los que uno se identifica. Ahora bien, lo que esto significa es que en sí mismo no es nadie. O, también, que ese más allá de su divinidad es, precisamente, el cuerpo de un abandonado de Dios —de un sin Dios.
Más aún: Dios es más que divino —Dios se realiza como hombre de Dios— porque el abandonado de Dios se abandonó a Dios. Y por eso, Dios es.
Levinas y la muerte
noviembre 19, 2025 § 1 comentario
Dice Levinas: La muerte me amenaza desde el más allá. Este desconocido que asusta, el silencio de los infinitos espacios que aterrorizan, viene del otro, y esta alteridad, precisamente como absoluta, me golpea en un diseño malvado o en un juicio de justicia. (…) Este enfoque de la muerte indica que estamos en relación con algo que es absolutamente diferente, algo que lleva la alteridad no como una determinación provisional que podemos asimilar a través del disfrute, sino como algo cuya propia existencia está hecha de alteridad. Por lo tanto, mi soledad no se confirma con la muerte, sino que se rompe con ella.
Aquí, me atrevería a decir, sobra el algo. Pues sugiere entidad. Y lo Otro, por defecto, es lo que quedó absuelto de la existencia. De ahí su carácter, precisamente, absoluto. Ciertamente, tras morir, podemos encontrarnos con algo . Pero, en ese caso, lo Otro habría dado, de nuevo, un paso atrás. La alteridad, en cuanto tal, no habita ningún mundo. Ni siquiera el sobrenatural. Pues lo sobrenatural sigue siendo todavía demasiado natural, aun cuando inicialmente nos sorprenda, como para que podamos hablar de una genuina trascendencia. Si lo Otro es diferente no es porque tenga rasgos extraños, sino porque carece de rasgos… al diferir eternamente de lo particular. Es lo siempre pendiente en nuestro trato con el mundo. Aunque hay mundo… porque lo Otro retrocedió a un pasado inmemorial. Como dijera Hegel en su momento, nada más real que lo abstracto. Y aquí hay que tener en cuenta que lo abstracto, en este caso, no es el resultado de nuestra abstracción.
Sin embargo, Levinas también escribe lo siguiente: En el ser para la muerte del miedo no me enfrento a la nada, sino a lo que está en mi contra, como si el asesinato, en lugar de ser una de las ocasiones de morir, fueran inseparables de la esencia de la muerte, como si el acercamiento de la muerte siguiera siendo una de las modalidades de la relación con el Otro. La violencia de la muerte amenaza como una tiranía, como si procediera de una voluntad extranjera. El orden de necesidad que se lleva a cabo en la muerte no es como una ley implacable del determinismo que rige una totalidad, sino más bien como la alienación de mi voluntad por el Otro . (…)En la muerte somos capturados sin la posibilidad de tomar represalias contra nuestro atacante. Estamos expuestos a la violencia absoluta, al asesinato en la noche.
Más aún: no es solo que existan aventuras imposibles para el sujeto, que sus poderes sean de alguna manera finitos; la muerte no anuncia una realidad contra la que no se pueda hacer nada, contra la cual nuestro poder es insuficiente: las realidades que exceden nuestra fuerza ya surgen en el mundo de la luz. Lo importante de la aproximación de la muerte es que en cierto momento ya no podemos ser capaces. Es exactamente así como el sujeto pierde su dominio como sujeto .
Son textos extraordinarios. Mi única pregunta es si esto es así o si deviene así al decirlo. Y uno está tentado de decantarse por lo segundo. En realidad, no hay modo de determinar si es o no así, tal y como lo expresa Levinas. Pues la determinación ya implica un como o, mejor dicho, un como si: como si estuviéremos expuestos a una violencia absoluta, al asesinato en la noche. Levinas, de hecho, tampoco se ahorra el como si: como si procediera de una voluntad extranjera. Y probablemente fuese muy consciente de que no hay manera de ahorrárselo… si se trata de incorporar —literalmente, de hacer cuerpo de— nuestro hallarnos comprometidos con nuestra muerte. Es como si Levinas nos dijera: así vivo mi hallarme expuesto a la muerte. Ciertamente, entramos aquí en el terreno de lo imaginario… y, por eso mismo, de lo variable: como si hubiera un ángel de la muerte. A pesar de que el empleo del verbo ser insinúe que hemos golpeado el tuétano de lo real.
En este sentido, Heidegger fue más aséptico —más griego. Que vivamos arrojados a la muerte como si el ángel viniera a por mí no deja de ser un modo de hablar. Dar en el tuétano de lo real —de lo inmodificable— supone abandonar los modos de hablar, los que constituyen precisamente un mundo, el para mí, la perspectiva. Ante lo real no hay enfoque que valga. Y esto porque decir lo real es decir nada, esto es, enmudecer. Hallarse expuestos a la muerte es hallarse expuestos, precisamente, al enmudecimiento que pro-voca la nulidad —el nada más. Y aquí solo caben dos reacciones, llamésmolas actitudes: o serenidad, o desesperación.
No obstante, uno podría preguntarse si en Heidegger, el sujeto no estará aún demasiado centrado en sí mismo como para dar fe de lo real en cuanto absoluto. Es decir, si el descentramiento de sí que supone el encarar lo real no exigirá, paradójicamente, los como si .
Levinas crítico de Heidegger en una sola frase
noviembre 18, 2025 § Deja un comentario
Dasein en Heidegger nunca tiene hambre.
E. Levinas
tipología básica
noviembre 17, 2025 § Deja un comentario
En lo relativo a las relaciones humanas, hay dos tipos de mujeres como hay dos tipos de hombres. Quienes, de tan centrados en sí mismos, únicamente se interesan por cuanto puedan (re)tener, desde el éxito hasta una pareja; y aquellos que buscan a alguien —el encuentro, la intimidad, el desconcierto, la aparición. Si somos de los primeros, entonces no habrá más que satisfacción y resentimiento, no necesariamente a partes iguales. Si de los segundos, la vida se vuelve interesante, densa, incomprensible. Y probablemente, no nos podrá el dolor. También es verdad que las fronteras entre ambos tipos son borrosas. Pero también lo es que uno suele pesar más en cada uno de nosotros.
Ahora bien, de lo que se trata es de no equivocarse. Pues, de pertenecer al segundo tipo, que las cosas nos vayan bien, desgracia al margen, dependerá de que no la caguemos con la elección. Y es fácil cagarla. Al menos, porque los del primer tipo, al dedicarse en cuerpo y alma a sí mismos, suelen brillar más.
una breve
noviembre 16, 2025 § Deja un comentario
Quizá Nietzsche no cayó en la cuenta de que la voluntad de poder, en tanto que el hombre deviene su títere, es un perfecto sustituto de Dios. Como acaso tampoco comprendiera que Dios en verdad es la kenosis de Dios.
nihilismo metafísico
noviembre 15, 2025 § Deja un comentario
El nihilismo metafísico no es el de Nietzsche. A pesar de que su formulación aún es metafísica como supo ver Heidegger. El nihilismo de Nietzsche parte de la decepción: creímos que tenía que haber un sentido; pero cualquier sentido se nos presentó como un trampantojo. No hay más que entes en pugna. Se trata de un nihilismo moderno, como quien dice —y por eso mismo, fácil. Descartes puso la primera piedra. Pues donde el cogito deviene primer principio, Dios —el Dios demostrado — no puede más que comprenderse como la eternidad que limita la finitud temporal del cogito. Y de ahí a sustituir la voluntad de Dios por la voluntad de poder media un paso.
El nihilismo metafísico, en cambio, es más sutil —y, por eso mismo, acaso más desconcertante o, incluso, audaz. Pues, al constatar el carácter paradójico, por dialéctico, de lo absoluto de un puro haber —y, por eso mismo, sin forma—, tarde o temprano, alcanzará la revelación que nos deja expuestos a una desmesura sin apelación: nada permanece porque la nada no es.
En el nihilismo de Nietzsche, aún hay demasiado saber —y un saber positivo, por no decir, positivista— como para enfrentarnos seriamente al rechazo de Dios. Y ello en nombre del Dios del séptimo día. El baile de Dioniso, de hecho, es una maniobra de despiste. Pues sigue despistado quien cree que, simplemente bailando, sea sobre un campo de amapolas o sobre una pira de gaseados, uno ya se encuentra abrazando la nada. O por encima. Y no porque ignore algo así como un sentido último, sino porque todavía no cayó en la cuenta de que negar la nada —enfrentarse a ella con las armas de la Ley que nos obliga a preservar la vida de la impiedad— es, precisamente, una exigencia inherente a la nada de un puro haber.
la pregunta es la respuesta
noviembre 14, 2025 § Deja un comentario
La filosofía moderna nace del truco del trilero, aquel que consiste en sustituir la pregunta sobre lo real, en su carácter otro o absoluto, por la de la certeza. En el caso de la filosofía clásica, el punto de partida —lo que que no se discute, el axioma— es el haber. Sencillamente, hay el haber. En el de la moderna, la representación, el contenido mental. Aparentemente estamos ante un paso inocente. Pero no lo es.
Y es que la pregunta lleva bajo el brazo la respuesta —y una que altera significativamente la comprensión de sí. La trampa consiste en presentar como conclusión del ejercicio metódico de la duda lo que, al fin y al cabo, se presupone, la centralidad del cogito. Es lo que tiene que la primera pregunta sea la que se interroga sobre la certeza de nuestras representaciones del mundo.
En cambio, donde el punto de partida es el haber del mundo, el sujeto se comprende a sí mismo como el que se encuentra expuesto a la desmesura de un puro haber. No es exactamente lo mismo. De ahí que, en la antigua Grecia, el asombro, antes que la sospecha, fuese la actitud de quien aspira a la verdad.
Ludwig y Piero
noviembre 13, 2025 § Deja un comentario
A veces, el edificio se derrumba por un simple comentario… lo que suele avergonzar al arquitecto. Durante un tiempo, Ludwig Wittgentein estuvo convencido de que el lenguaje, una vez expurgado sus ambigüedades, reflejaba la estructura lógica de la realidad… como puede hacerlo una maqueta. Esta es, de hecho, la tesis del Tractatus. El economista Piero Schaffra, en una conversación que mantuvieron en Cambridge, se limitó a plantearle la siguiente pregunta: “pero ¿cuál sería la forma lógica de eso?” Wittgenstein, tras el comentario, tiró la toalla. Y si la tiró fue porque aceptó los límites del idealismo implícito de su propuesta. De haber leído a Kant, probablemente su respuesta habría sido que no es posible responder a esta pregunta.
Ciertamente, caben dos posibles respuestas. La primera es, precisamente, de corte kantiano: la forma lógica de la realidad es la que impone el lenguaje; por consiguiente, no hay forma de acceder al en sí al margen de las condiciones de posibilidad del conocimiento. La segunda, en cambio, nos empuja hacia Grecia. En concreto, hacia Platón. Es verdad que, donde el ego cogito deviene principio y fundamento del saber, Kant es el final. Sin embargo, otro gallo nos canta donde partimos del haber: hay el haber. Y aun cuando sea indiscutible que el haber en cuanto tal no se presenta al pensamiento bajo las formas de cuanto posee entidad —ni puede hacerlo—, también lo es que en cierto sentido hay el haber. La cuestión es en qué sentido. Ahora bien, una vez nos hacemos la pregunta, tarde o temprano, llegaremos a la conclusión de que el haber en cuanto tal —lo absoluto o absuelto del mundo— es, pero no existe; que la realización de lo absoluto exige su negación de sí. Hablamos, como es obvio, del sesgo dialéctico de la razón y, por eso mismo, de lo real.
Es posible que Hegel comprendiese mejor a Platón que muchos de sus comentaristas. Donde intentamos comprender el en sí desde el lado del sujeto, este en sí deviene el límite del conocimiento, la ignotum X de la experiencia. Pero donde intentamos comprender el en sí desde su lado, la conclusión será que si hay algo en vez de nada es porque (la) nada permanece… en la negación de sí que le es inherente, lo que, de hecho, nos deja en un estado de suspensión. O, por decirlo de otro modo, expuestos a la irresolución del mundo.
Fascinante.
madalenas
noviembre 12, 2025 § Deja un comentario
Los recuerdos hacen la vida más bella, pero solo el olvido la hace soportable.
Richard David Precht
excusas
noviembre 11, 2025 § Deja un comentario
¿El nihilismo? La excusa para que el nihilista se ponga a bailar. O para seguir comprando. Otro asunto es el nihilismo bíblico. Aquí, el nihilista tiene las manos encallecidas de cavar pozos para los sedientos. Y ello en nombre de Dios. Esto es, en su lugar. Ciertamente, ante Dios, nos hallamos sin Dios. Pero, por eso mismo, enfrentados a Dios… esperando, contra toda evidencia, que, al final, la gracia no vaya de la mano del horror.
ahí arriba (y 2)
noviembre 10, 2025 § Deja un comentario
Si es verdad —y lo es— que los capaces de Dios son los que claman a Dios por Dios donde no parece que haya Dios, ¿cómo podemos creernos capaces de Dios donde damos por descontado al dios que nos atiende desde su más allá? ¿Acaso no sufriremos del mal de las primeras filas (Lc 18, 9-14)? ¿Es que Dios no respondió al clamor de los sin Dios con un crucificado en su nombre?
Pluto nunca tuvo las espaldas anchas (addenda)
noviembre 9, 2025 § Deja un comentario
Vamos a proponer algunas notas al pie, por aquello de seguir pensando.
1— Hay lo real en sí —lo absoluto. Porque hay el haber de las cosas, hay el haber en cuanto tal —el puro haber. Este es independiente de su realización o modo. Ahora bien, esto significa que el puro haber carece de forma. ¿Cómo entender que el puro haber sea… sin tener ningún aspecto? Y es que nada es que no posea una forma o aspecto—que no sea en concreto. ¿Cómo podemos decir, entonces, que el puro haber es no siendo nada? ¿Acaso podríamos sostener que es… aun cuando no exista?
La respuesta pasa por tener en cuenta que el hecho de que nada sea al margen de su forma o aspecto implica que no hay nada real que no se realice en lo concreto o particular. Por consiguiente, la cuestión de fondo sería ¿cómo se realiza lo absoluto de un puro haber? Decíamos: el puro haber, en sí mismo, es no siendo nada. Se trata de pensar esta fórmula hasta el final.
El puro haber no es nada en concreto. Pero, en cierto sentido, es. ¿De qué estamos hablando entonces? La respuesta es que la realidad del puro haber, en cierto sentido, es la de lo posible. Sin embargo, debemos aclarar en qué sentido hay lo posible. Pues no se trata de lo que aún no existe, pero que, en tanto que concebible, podría existir… como podemos decirlo, por ejemplo, de la representación mental de un unicornio. El carácter posible de lo absoluto no es pensable como contenido mental. Pues el haber es lo absolutamente primero. O por decirlo con otras palabras, que podamos concebir lo que aún no existe —el unicornio de antes, por ejemplo— presupone el haber. Ahora bien, tampoco es que primero haya el haber y, posteriormente, el haber de las cosas. El puro haber, en sí mismo, no es nada. De ahí que la relación entre el haber en cuanto tal y el haber de las cosas solo pueda comprenderse como las dos caras de lo mismo. No hay realidad que no se realice. Por tanto, el haber de las cosas es la realización del haber… es decir, la realización del no es nada del haber.
La nada no es. De acuerdo. Sin embargo, el puro haber es no siendo nada. De otro modo, es… que no (sea nada). La realidad del puro haber —lo absoluto— debe comprenderse, por consiguiente, como la negación de sí de la nada. Esta negación —el acto originario, algo así como un big bang metafísico— abre el campo de lo posible, es decir, del mundo. En definitiva, se trata de comprender que la realización de lo real absoluto —del puro haber— pasa por su negación de sí, por el retroceso o paso atrás de, precisamente, lo real absoluto. El haber del puro haber es el de una negación de sí en la dirección de lo otro de sí mismo: la perspectiva, lo particular o relativo. En definitiva, en la dirección del tiempo. El tiempo es el otro lado de la negación de sí inherente a lo absoluto. Pues tiempo significa nada permanece. Y, ciertamente, la nada permanece en su realización como mundo —en lo que, precisamente, la niega.
¿Qué tiene que ver lo anterior con la tesis de que el Bien, según Platón, sea lo más? Veamos. La nada no es… ni puede ser. Consecuentemente, la nada del puro haber —el que sea no siendo nada— equivale a debe ser algo, en definitiva, al Bien. Pues el Bien es lo que debe ser o acontecer. Así, porque el puro haber carece de forma o modo de ser, Platón dirá aquello de que el Bien — en nuestros términos, el puro haber— se encontrará, como quien dice, más allá de la esencia. Y teniendo en cuenta que referirse al Bien equivale a referirse al ser en cuanto tal, ser y deber ser —lo real en sí y la exigencia de realización— son dos caras de lo mismo.
Sin embargo, que el Bien o absoluto carezca de esencia —que sea poder de ser— ¿significa que todo es posible? No, estrictamente. Que el Bien esté más allá de la esencia —del modo de ser— no implica que carezca de definición. En realidad, el Bien es idea. Y sI hay definición es porque hay exclusión. Pero la definición del Bien o lo absoluto no es como cualquier otra. Esto es, no delimita una porción del mundo frente a otra —por ejemplo, los animales frente a los vegetales. ¿Qué excluye, por tanto? La respuesta es simple: la contradicción, la nada. De hecho, esta exclusión es el envés de la doble negación.
No obstante, esta exclusión preserva lo que excluye. Tampoco podría ser de otro modo si el mundo es la realización de la nada de un puro haber —de la realización que consiste en su negación de sí. Así, el puro haber —su nada—permanece como lo que fue dejado atrás en el aparecer del mundo. Y esto es, como decíamos, el tiempo.
2— Que lo que debe ser —el Bien— sea que lo que debe ser nunca sea por entero ¿acaso no implica que nuestra aspiración a lo inmaculado sea un error de perspectiva, una ilusión optica? ¿No deberíamos, por el contrario, aceptar que nunca habrá luz sin oscuridad? Un mundo en donde todo fuese bien-estar ¿no sería irreal?
De hecho, intentamos que haya más luz que oscuridad —más justicia que injusticia. ¿Cómo entender esta intención? ¿Acaso solo tiene que ver con nosotros —con nuestras preferencias? Ciertamente, para que en el mundo haya bien, juisticia, belleza… tiene que haber mal, injusticia, fealdad. La cuestión es en qué grado. Ahora bien, el grado no se decide en relación con el Bien, que está, como ya dijimos, más allá de la esencia, sino en relación con una de sus focos, el bien modélico o ejemplar, el cual se encuentra culturalmente determinado. Podríamos decir que el bien modélico es perspectiva del Bien. Y, al menos de entrada, estamos atados a la perspectiva.
Algo parecido podríamos decir en relación con la Belleza, la cual, según Platón, es otro modo de referise al Bien. Como dijimos, lo bello absoluto es lo que, reclamando poderosamente nuestra atención, nos paraliza. Pero, como también dijimos, aquí cabe tanto la diosa como el monstruo. Y por eso mismo, una diosa nunca termina de serlo… al igual que el monstruo. Si intentamos aproximarnos a la diosa y huir de lo monstruoso es porque, al fin y al cabo, el cuerpo va en la dirección de lo saludable, por así decirlo, no en la de la verdad.
parodia
noviembre 8, 2025 § Deja un comentario
Las cosas que buscamos no se encuentran donde están. Y están ahí, a mano.
Hegel y la teología
noviembre 7, 2025 § Deja un comentario
Suele decirse —y en cierto modo es así— que el pensamiento de Hegel es teología cristiana en clave racional. Sin embargo, también podríamos decir que la teología cristiana es el ejercico de la razón en clave mítica —o metafísica como ontoteología. No en vano Platón —mejor dicho, el último Platón— ya lo dijo todo.
Sin embargo, lo que no vio Platón fue que el envés de Dios como posibilidad de Dios —como su poder de ser— era su encarnación.
ahí arriba
noviembre 5, 2025 § Deja un comentario
Hablas con Dios y crees que Dios te escucha. ¿Dios?
Es verdad que el de Nazaret fue diciendo aquello de que pedid y se os dará. Pero a él se le dio el cáliz que no pidió, aun cuando aceptó.
Más aún: cómo te quedas creyendo que Dios te escucha, sabiendo que hay tantos que muerden el polvo clamando a Dios por Dios.
epistemología y crítica a la metafísica
noviembre 4, 2025 § Deja un comentario
La crítica de la metafísica —a saber, de la reflexión que apunta a lo que, en tanto que fundamento de cuanto es, se encuentra, por así decirlo, más allá del ente y, por eso mismo, coquetando con la nada— solo fue posible donde la cuestión primera pasó a ser, no ya cómo es que hay algo en vez de nada, sino cómo es posible el conocimiento. Esto es, donde la certeza de ego cogito desplazó la primacía, tanto ontológica como epistemológica, del haber. De ahí que el empirismo, siguiendo el rastro del nominalismo medieval, pudiera defender la tesis de que la sustancia —el lo que de lo que se manifiesta o hace presente— no es más que un constructo de la mente, el resultado de determinadas operaciones mentales.
Eppur si muove. Quiero decir que incluso Descartes tuvo que admitir que no es posible afirmar la primacía epistemológica del ego cogito si no es admitiendo la primacía ontológica de una pura exterioridad. Y es que el envés de la limitación temporal de la certeza de sí —el mientras del mientras pienso— es lo que hay más allá de, precisamente, dicha limitación. Aunque este lo que sea el de un simple afuera.
Pluto nunca tuvo las espaldas anchas (y 3)
noviembre 3, 2025 § Deja un comentario
Al emplear la palabra idea Platón no pretendió darnos a entender que lo que ejemplificaban los cuerpos bellos o las decisiones justas sea simplemente una noción o concepto mental. Hay cuerpos bellos porque hay belleza y no tan solo una definición de diccionario o un patrón mental, culturalmente establecido. En esto, Platón se opuso a los sofistas.
Nadie niega que si cabe discutir sobre lo bello, lo justo, el bien… es porque las diferentes sensibilidades u opiniones acerca de lo justo, bello, bueno… comparten una misma definición de la belleza, de lo justo o de lo bueno. De hecho, se discute sobre lo justo, bello, bueno… Para los sofistas, no obstante, la definición, y debido a su carácter formal o vacío de contenido, no remite a nada real. Se trata simplemente de definiciones que van con el ejercicio de la razón. Y, por eso mismo, poseen un alcance general. Demasiado general. Así, sería irracional decir, como señalaba en la entrada anterior, que lo justo fuese darle a cada uno lo que no se merece. No hay modo de sostener que esto último sea una concepción particular de lo justo. Sin embargo, de la definición formal de lo justo —darle a cada uno lo que se merece— no se desprende qué se merece cada uno. Y de ahí que discutamos a menudo sobre lo justo.
Por consiguiente, la definición de lo justo , y debido, precisamente, a su carácter meramente formal, no supone, según los sofistas, que haya algo así como la justicia. Tan solo las leyes o decisiones que consideramos, convencionalmente, justas… conforme a una determinada sensibilidad. No hay hechos —decisiones o leyes objetivamente justas— a los que podamos referirnos a la hora de zanjar de una vez por todas nuestras disputas en torno a lo justo… como sí cabe apelar a los hechos cuando discutimos sobre si el líquido que hay en el vaso es agua o ginebra. De ahí que nuestras disputas sobre los asuntos político-morales sean interminables.
Platón, en cambio, sostuvo que, aun cuando, efectivamente, no haya decisiones o leyes indiscutibles justas, hay justicia… por encima de las decisiones más o menos justas. O belleza por encima de los cuerpos bellos. Las ideas no son simplemente definiciones formales… que nos permiten discutir sobre lo justo, lo bello, lo bueno. Sin embargo, lo que no dirá es que haya la justicia, la belleza, el bien… flotando por encima de nuestras cabezas como entes espectrales, aunque, a veces, una lectura despreocupada de sus primeros diálogos, la que encontramos en muchos manuales, nos dé a entender que es esto lo que dijo Platón. Más bien, lo que defendió, y frente a la sofística, es que referirse a lo real en sí mismo equivale a referirse a lo justo, lo bello… en definitiva, al Bien —a lo que debe ser. De ahí que la idea —el en sí— posea un carácter normativo o, en los términos de Platón, paradigmático.
Así, lo justo es, en sí mismo, exigencia de lo justo. Al igual que, en sí mismo, lo bello es exigencia de lo bello. El haber de lo justo equivale, por tanto, a debe haber lo justo. El haber de lo bello, a debe haber lo bello. Es por eso que tradicionalmente la idea se ha entendido también como ideal. Sin embargo, conviene subrayarlo, se trata de un ideal.. sin aspecto, de una pura exigencia. Y es que el aspecto implica concreción. Los ideales de justicia o belleza culturalmente determinados ya suponen una delimitación particular de la exigencia absoluta de lo justo o lo bello. Por encima de los patrones culturales de justicia o belleza, sigue habiendo las ideas de justicia o belleza, esto es, el en sí de lo justo o bello. Como vimos en la entrada anterior, lo único que excluye las ideas de lo justo o lo bello… es la contradicción, lo imposible, al fin y al cabo, la nada. Y en cada caso, respectivamente, lo imposible, por ininteligible, es que debamos darle a cada uno lo que no se merece o que haya lo que, no exigiendo nuestra atención, nos paralice.
En términos generales, podríamos decir que el en sí —lo real al margen de su realización— sería exigencia… de realización. De ahí que, según Platón, el debe ser —el Bien— y el en sí de cuanto es en tanto que es —el Ser— sean dos caras de lo mismo. En el esquema de Platón, la idea de Bien, como sabemos, es la idea suprema, aquella de la que participa cuanto existe. O por decirlo con otras palabras, la realidad en su carácter otro o absoluto —el ser en cuanto tal— es exigencia de ser algo en particular. Podríamos decir que lo absoluto es únicamente exigencia de hacerse presente. O, puesto que todo se hace presente en relación con un punto de vista —esto es, relativamente—, la exigencia inherente a lo absoluto es la de una negación de sí. Hay lo absoluto. Pero lo absoluto es negación de sí. Y por eso mismo, hay lo que hay, a saber, mundo. Veamos esto último con más calma.
Exigencia es, por defecto, posibilidad. Ahora bien, posibilidad, en griego, significa poder de ser, poder de realización, en definitiva, deber ser. Así, lo real, al margen de su realización, es un tener que realizarse. De ahí que nada es que no se haga presente. Y, por eso mismo, no se trata de una posibilidad que sea temporalmente anterior a su realización. Pues de serlo, entonces sería algo, aunque fuese etéreo o espectral. Y no lo es. No obstante, comprender de qué estamos hablando en última instancia supone reflexionar sobre qué significa decir que la nada no es. Y a partir de ahora la zona se vuelve pantanosa. Más aún.
El punto de partida es que hay cosas —hay lo que podemos ver y tocar. Así, lo que tienen en común las cosas que hay es, precisamente, el haber. Interrogarse por lo real al margen de su realización equivale, por tanto, a interrogarse por el haber en cuanto tal —por el puro haber. Sin embargo, el puro haber —el en sí de lo que hay en tanto que es— no es nada en concreto. De enfrentarnos a un puro haber, si eso fuera posible, nos enfrenteríamos a la nada —a una oscuridad y silencio absolutos. Ahora bien, la nada no es nada. ¿Cómo integrar que el ser —el en sí absoluto— sea poder de ser con que la nada de un puro haber no sea, precisamente, nada?
La respuesta es lógica —y no puede dejar de serlo… teniendo en cuenta que razón y ser son lo mismo. Veamos. Porque hay el haber de las cosas hay el haber en cuanto tal. Pero el haber en cuanto tal —el puro haber, el en sí de cuanto es en tanto que es— no es nada. Como decía en la entrada anterior, oscuridad y silencio absolutos. Podríamos decir que el puro haber es no siendo nada. Ahora bien, que la nada de un puro haber no sea nada entraña una doble negación. (La) nada no es, el puro haber no (es nada). Y una doble negeción equivale a una afirmación. Que el puro haber sea no siendo nada significa, por tanto, que tiene que haber algo. El poder de ser es inherente, como decía, a que la nada no pueda ser. La clave de este embrollo pasa por comprender que el poder ser es interno a que el puro haber sea no siendo nada. En este sentido, podríamos decir que la negación de sí es inherente al puro haber —a su nada. El puro haber —el en sí de lo que es en tanto que simplemente es o está ahí— es exigencia de realizarse como haber de las cosas, de lo particular. Hay mundo —hay el haber de las cosas— porque la nada de un puro haber es negación de sí —y, consecuentemente, poder de ser. O por jugar significativamente con las palabras: el puro haber en absoluto es. Es decir, en modo alguno es. Y por eso mismo, es absuelto del mundo. La trascendencia de lo absolutamente otro es el envés de su negación de sí.
No obstante, y por seguir desliando la madeja, que el fundamento del mundo sea la negación de sí de la nada de un puro haber —de lo que es absolutamente— implica que (la) nada termine de ser. Que la nada de un puro haber se realice como negación de sí significa que el haber de lo que hay no acabe siendo un puro y eterno haber. Nada permanece. Es decir, la nada permanece en su negación de sí. Y esto es el tiempo: la realización de la nada como algo que pasa.
Al final, el resultado de la reflexión extrema es tan elemental que cuesta comprenderlo. ¿Por qué hay algo en vez de nada? Porque la nada no es.
Pluto nunca tuvo las espaldas anchas (2)
noviembre 2, 2025 § Deja un comentario
Las cosas siempre se nos presentan bajo una forma o aspecto. Esta forma o aspecto es un modo de ser, literalmente, una determinada realización —un cierto hacerse presente— de lo que es.
Así, el modo o la forma de ser difiere de aquello que constituye, precisamente, su modo. Hay un hiato —una discontinuidad— entre lo que se hace presente y el modo —el aspecto, la forma— en que se nos muestra o aparece. De ahí que el lo que de lo que se hace presente —el en sí— carezca de forma. Y sin forma, no hay entidad.
En cierto sentido, podríamos decir que el ser —lo real con independencia de su realización, esto es, en tanto que lo otro— trasciende el modo de ser, su realización como algo determinado o cosa. Por eso mismo, la “realidad” del en sí se revela al pensamiento como abstracta, esto es, como abstraída —separada— de lo concreto. El término tradicional que apunta al carácter abstracto de lo real al margen de su realización es absoluto. Pues absoluto significa, originariamente,absuelto. Así, lo real, al margen de su realización, sería lo absuelto del mundo… y, en definitiva, de la existencia. Y es que tan solo existe lo concreto o particular. Podríamos decir que lo absoluto es no siendo nada. Ahora bien, ¿cómo es posible que sea lo que carece de forma y, por eso mismo, no existe? ¿Cómo entender que lo absoluto sea no siendo nada… si es que cabe entenderlo?
Según Platón lo real, al margen de su realización en lo concreto o particular, es idea. Sin embargo, regaríamos fuera de tiesto si entendiéramos que, en Platón, idea significa contenido mental. Pues, si la idea fuese en primer lugar un contenido mental, la pregunta sería qué realidad se corresponde con la idea de ser. Y esta no es la pregunta de Platón, sino la de la filosofía moderna. El término idea apunta, por consiguiente, al carácter abstracto o absoluto de lo real en sí. El punto de partida no es el contenido mental —las representaciones de la conciencia—, sino el haber: hay el haber de lo que hay. De lo que se trata es, precisamente, de pensar en qué consiste —si es que posee alguna consistencia— lo real independientemente de su modo de ser, al fin y al cabo, la consistencia de lo absoluto —de la idea. Esto es, qué sería el haber en cuanto tal, al margen del haber de las cosas.
Dando por sentado que lo real es lo que se hace presente de un modo u otro, podríamos empezar preguntándonos qué se hace presente, por ejemplo, en un cuerpo bello, en tanto que bello. La respuesta, sin embargo, es elemental: lo que se hace presente en un cuerpo bello, en tanto que bello, es la belleza. Así, lo real de los cuerpos bellos, en tanto que bellos —el lo que de lo que se hace presente en todo cuanto se nos presenta como bello—, sería, precisamente, la belleza. Ahora bien, la belleza que los cuerpos bellos muestran no les es inherente o propia. Si lo fuera, entonces los cuerpos bellos serían siempre bellos —o bellos desde cualquier punto de vista, esto es, absoluta o incondicionalmente bellos, en vez de relativamente bellos. Pero no es el caso. No hay cuerpo bello que lo sea siempre o desde cualquier punto de vista. En general, nada nunca por entero. Al fin y al cabo, todo se encuentra sometido al tiempo: todo pasa, todo va dejando de ser… como la sal que se disuelve en el océano. Y cuanto no es por entero, estrictamente, no es.
Por eso mismo, Platón dirá que los cuerpos bellos participan de la belleza que representan o realizan. De ahí que los cuerpos bellos sean aparentemente bellos. Y lo son en un doble sentido. Así, son aparentemente bellos porque en los cuerpos bellos aparece, ciertamente, la belleza. Pero también son aparentemente bellos, porque en realidad no lo son. Pues la belleza tan solo se muestra en ellos hasta cierto punto o medida, esto es, nunca por entero o absolutamente. Y, como decíamos, lo que no termina de ser, estrictamente, no es. Nadie diría, por ejemplo, de alguien que no acaba de ser simpático que, efectivamente, lo sea. Es verdad que cualquier simpático nunca termina de serlo. Sin embargo, decimos que lo es cuando su simpatía es más frecuente que su contrario. Al fin y al cabo, un simpático, en cualquier caso, se muestracomo si fuera simpático. Dejarse llevar por las apariencias supone confundir lo que es con el como si fuera. Estas poseen, por tanto, un carácter ambivalente —un sí, pero no. Y de ahí el término participación. A la hora de aclarar lo que significa participar, Platón recurrirá a un símil: las cosas son como copias imperfectas de la realidad que representan o realizan.
Aun así, la pregunta fundamental sigue en pie: ¿cuál es la consistencia de la belleza, al margen de su realización en los cuerpos bellos? ¿Qué sería la belleza en sí misma? ¿Cuál sería su esencia, un término que hizo fortuna en el pensamiento occidental como equivalente a idea? En definitiva, ¿qué cabe decir al respecto? La respuesta típica es que la idea es su definición, la cual, según la interpretación habitual de Platón, estaría en su mundo, como si se tratase de un ente espectral. En el caso de la belleza, lo que podríamos decir es que, en cuanto tal, es lo que, reclamando poderosamente nuestra atención, nos paraliza.
Sin embargo, la definición de belleza no es, contra lo que inicialmente pudiéramos suponer, una definición . Es decir, no proporciona una delimitación. Pues tanto remite a los cuerpos canónicos—actualmente, los cuerpos Danone—… como a su contrario, al cuerpo monstruoso. La definición de la belleza —su realización— son, precisamente, los cuerpos bellos. Ahora bien, todo cuerpo es bello… conforme a la lo que la belleza es. Que, de hecho, distingamos entre cuerpos más bellos que otros —entre los modélicos y los que no— tiene que ver, como sostuvieron los sofistas, con lo que nos parece en un momento dado. Esto es, con la convención social, y no con la realidad —la idea— de lo bello.
Algo parecido podríamos decir de la idea de justicia: su definición, a saber, darle a cada uno lo que se merece, no define —no determina, no decide— qué se merece cada uno. La determinación de lo justo, su concrecion, dependerá de lo que nos parezca justo. Esto es, no dependerá de la razón, sino de la sensibilidad. Y si esto es así, entonces tanto podemos condenar a alguien como absolverlo… por lo mismo.
Ahora bien, lo cierto es que no cualquier decisión puede valer como justa. Pues si un juez, a la hora de pronunciar un veredicto, dijera de quien es juzgado que se merece una condena y que, por eso, lo absuelve, nadie entendería nada. Sencillamente, lo anterior no es posible… por irracional. Algo parecido podríamos decir también acerca de la definición de belleza: lo que reclama poderosamente nuestra atención y, en consecuencia, nos paraliza excluye, precisamente, que haya lo que, paralizándonos, no reclame poderosamente nuestra atención. Esto es, que haya la nada. Pues en la nada, nada hay que podamos atender.
La conclusión es, sin duda, paradójica, por decir sumamente desconcertante. Por un lado, la definición de la idea no define o delimita. Así, por ejemplo, la definición de belleza, como veíamos, admite tanto el cuerpo Danone como su contrario, el monstruoso. Pero, por otro, no todo es posible en relación con la definición. Hay, por tanto, cierta delimitación. Como si el carácter abierto de la definición de lo que es negase, precisamente, lo imposible, la contradicción, en definitiva, la nada. En cierto sentido, podríamos decir que la definición —la idea, el en sí— es la negación de la nada. Y esto es lo posible, un deber ser —en platónico, el Bien. La cuestión es cómo entender la realidad de lo posible —la realidad del Bien.
Y a partir de aquí ya entramos de lleno en la zona. Aunque, con lo anterior, ya hayamos puesto un pie.
Pluto nunca tuvo las espaldas anchas (1)
noviembre 1, 2025 § Deja un comentario
Que nos preguntemos qué es, en sí mismo, lo que se presenta en perspectiva —que la pregunta sea posible—, presupone, al menos implícitamente, que hay algo así como un hiato entre el en sí mismo y su hacerse presente como algo determinado o concreto (y por eso mismo, siempre en perspectiva o relativamente). Dicho de otro modo, la pregunta presupone que, por un lado, habría el en sí y, por otro, su aparecer bajo una forma o aspecto. Platón, como sabemos, recurrió a la imagen de los dos mundos —el de las ideas y el de las cosas, el inteligible y el sensible— para ilustrar esta cesura.
El problema se plantea una vez caemos en la cuenta de que el en sí mismo, propiamente hablando, no es. Y esto porque solo es lo que se hace, de algún modo, presente —y el en sí difiere, precisamente, de su hacerse presente, de su particular modo de ser. De ahí que el en sí sea absoluto, literalmente, absuelto —separado— del presente y, por extensión, del mundo que nos ha tocado en suerte.
En consecuencia, podríamos sentirnos inclinados a creer que la pregunta por la realidad del en sí —por su qué es— carece de sentido. Sin embargo, hay el aparecer —hay la perspectiva—… y, por eso mismo, cabe interrogarse por aquello en relación con lo cual el modo de ser —la perspectiva— es, de hecho, un modo, al fin y al cabo, su concreción. De este impasse se desprende que el haber de este aquello —del en sí— no debe entenderse en los mismos términos que el haber de las cosas. Pues el en sí no es algo determinado. Ni puede serlo. El asunto es cómo comprender el haber del en sí, al fin y al cabo, el haber de lo que es no siendo nada en concreto.
novum
octubre 31, 2025 § Deja un comentario
La relación entre fe y religión sería análoga a la que mantiene lo nuevo con la novedad. Pues la novedad es el sucedáneo de lo nuevo como la religión lo es de la fe. Y es que la fe apunta a lo imposible —a lo que el mundo no puede admitir como posibilidad. Esto es, a un novum absoluto —y, por eso mismo, a lo otro par excellence. Sin embargo, no podemos permanecemos demasiado tiempo frente a la alteridad radical. Esto es, frente a la irreductible extrañeza del nadie aún. Hablamos, obviamente, del haber de Dios. De ahí la necesidad, en definitiva corporal, de sustituir a Dios por un dios a medida, lo cual supone reducir la alteridad a lo simplemente superior —o mejor dicho, a lo inconmensurablemente superior… por aquello de mantener un resto de alteridad. Ahora bien, dios aún está lejos de Dios. Pues la superioridad de dios, por muy inconmensurable que sea, aún es relativa. O por eso mismo: porque lo incomensurable sigue siendo, y por defecto, según medida.
todo y nada
octubre 30, 2025 § Deja un comentario
Si nada vale —si nada importa sub specie aeternitatis—, entonces todo vale —todo es aparición.
No obstante, tanto aparece el amanecer como la fosa abisal. La cuestión es si aparecen por igual. Y esto está por decidir. Pues mientras haya mundo, la sentencia de Is 45, 7 es, por así decirlo, apodíctica.
el poder que puede con el todo
octubre 29, 2025 § Deja un comentario
Decimos: el poder que puede con el todo —el poder omnipotente— no puede formar parte del todo. Sin embargo, este poder ¿acaso no podría entenderse como inherente al todo —como una especie de ley de la entropía? ¿Acaso la dialéctica no nos da a entender que hay fuego porque el fuego consume —niega—, precisamente, aquello que lo hace posible? Quizá. Sin embargo, la negatividad ineherente al todo no acabaría con el todo , sino en cualquier caso, con su orden. Pues permanecería la materia, aunque informe.
El poder que puede con el todo, por tanto, tiene que permanecer fuera del todo. Pero fuera del todo no hay nada. Hablamos, por tanto, del poder de la nada, literalmente, de su posibilidad. Esta sería absoluta. Pues absoluto significa absuelto, es decir, abstraído —y abstraído del mundo. Hay todo porque la nada es la definitiva posibilidad del mundo. Y porque esto es así, el mundo es gracia. A pesar del horror.
En realidad, el horror es el otro lado de la gracia. Is 45, 7.
filosofía política
octubre 28, 2025 § Deja un comentario
La filosofía política o es católica o no es política. Pues la cuestión de la política es qué debemos hacer donde lo que debemos hacer en nombre del bien común no es posible llevarlo colectivamente a cabo. Donde no tenemos esto en cuenta, la politica se muda en adanismo. Es como el arquitecto que debe erigir un edificio sobre arenas movedizas: que se equivocaría si comenzara a construir creyendo que la construcción, por si sola, transformaría las arenas en tierra firme.
Este tipo de política, típicamente revolucionaria, da por descontado que el cambio de las estructuras —diseñadas desde arriba— implica la modificación de la naturaleza humana. No hace falta decir que este tipo de política conduce al terror. Si la realidad no se adapta, entonces peor para la realidad. Hay una versión naïve: aquella que pone encima de la mesa una situación ideal… con el propósito de aproximarnos en la medida en que sea posible. Y aquí, ciertamente, nos ahorramos el temblor de piernas.
El problema de este tipo de planteamientos es que, al presuponer que la naturaleza humana es perfectible, no tiene en cuenta que, por las rendijas de las instituciones o leyes justas, tarde o temprano se colara la corrupción. Al final, dichas instituciones o leyes acabarán siendo la excusa de un poder que se ejerce invisiblemente desde la trastienda. Es como aquel que pretende adelgazarse haciendo dieta sin tener en cuenta que su exceso de peso es de origen endocrino… para el que no hay solución.
Por eso, lo de católica. Pues el catolicismo tiene muy presente que solo Dios puede remediarnos. Massa damnata. Hay que levantar el edificio con materiales defectuosos. La falta de realismo, como decía, lleva al desastre.
¿Qué diferenciaría, sin embargo, el realismo católico del realismo de Maquiavelo o Hobbes? A la hora de pensar la política, Maquiavelo, como sabemos, deja a un lado el bien o la justicia. Pues en política no hay más que lucha por el poder. Y el poder siempre se ejerce contra los más débiles. La referencia al bien o a la justicia estarían únicamente al servicio de la racionalización del ejercicio del poder. Desde la cruda realidad, el filósofo político no puede más que aconsejar sobre cómo conquistar el poder o preservarlo. Hobbes, por su parte, tampoco se hará muchas ilusiones. Pues la humanidad, teniendo en cuenta cómo es, no puede aspirar a mucho más que al orden. De ahí que, según Hobbes, debamos elegir entre la libertad o la paz social —y nos equivocaríamos si eligiéramos lo primero.
El realismo católico, sin embargo, cree que es posible que el ejercicio del poder, al fin y al cabo, de la violencia política se realice en nombre del bien y la justicia. Como si fuera necesario marcar líneas rojas —y hacerlas respetar— para que los drogadictos pudieran dejar atrás la droga que los degenera. ¿El problema? Que esta política exige un sacerdote al mando. Y el sacerdote, en política, no constituye una tercera vía. O está más cerca de Leviathán o del revolucionario. Es lo que tiene que el sacerdote también sea humano.
not religio
octubre 27, 2025 § Deja un comentario
Para comprender mejor por qué el cristianismo no es, estrictamente, una religión entre otras, basta con tener en cuenta que, tanto el docetismo como el arrianismo, acaso los dos corrientes cristianas que, durante los primeros siglos, a punto estuvieron de sobrepasar la interpretación que terminaría siendo la canónica —la que se cristalizó en la dogmática cristológica—, fueron, de hecho, una lectura religiosa del acontecimiento de la cruz. Y es que, tanto si Jesús es visto como Dios disfrazado de hombre, como si solo es admitido como hombre de Dios pero no como Dios —un hombre de Dios que, tras su muerte y por sus méritos, fue elevado a la altura de Dios… a la manera de los héroes de la antigua Grecia—, Dios permanece en la alturas como un Dios ya realizado, esto es, al margen de su encarnación. Ahora bien, no es esto lo que confiesa el cristianismo. El Dios verdadero y hombre verdadero del credo no hace buenas migas con la revelación. Y es que el Padre no es sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre. Y esto, evidentemente, no dejan las cosas de Dios como estaban.
Otro asunto es que el docetismo o el arrianismo hayan sobrevivido históricamente en la mente de muchos cristianos, bajo la forma de un cristianismo conservador o de izquierdas, respectivamente. De hecho, si hubo cristiandad es porque la Iglesia toleró de facto lo que de iure condenó.
sentir a Dios
octubre 26, 2025 § 1 comentario
La fe hay que vivirla. Dicen. Y en cierto modo es así. Sin embargo, en la promoción de la fe se insiste en el sentimiento. Así, solemos aplaudir a quienes manifiestan sentir a Dios. Y quien dice aplaudir dice poner como ejemplo. También tiene que ser así. Pues es una mala idea comenzar la casa por el tejado. No se les puede exigir a quienes comienzan a salir, pongamos por caso, que se amen de verdad. Pues el amor, de darse, siempre se dará a mitad de trayecto o, lo que es más común, en la tercera fase, cuando los amantes tienen algo que hacerse perdonar y no, meramente, disculpar. En los inicios, prevalece la ilusión del unboxing, la excitación corporal, el enamoramiento que pasa por amor —y es bueno utilizar esta palabra antes de tiempo… para que, precisamente, pueda haber amor, con el paso de los años.
¿El problema? Detenerse en el sentimiento. O creer que la experiencia consiste en el sentir que existimos bajo el amparo de Dios. Pero el sentimiento es frágil… salvo que sea terminal. De ahí que el sentir de los satisfechos poco tenga que ver con el de quien ha experimentado realmente a Dios. Al menos, porque la experiencia de Dios divide la existencia en un antes y un después. Nada volverá a ser como antes.
De hecho, la experiencia de Dios, la que nos obliga a dar el salto de la fe, tiene lugar, precisamente, cuando no hay sentimiento que la apoye. O mejor dicho, cuando el sentimiento es el de una profunda desolación o desamparo. Oscar Romero, antes de morir asesinado dando el pan de cada día a quienes no tienen pan, hacía meses que se sentía incapaz de sentir a Dios. Y es que Dios no pronunciará su Palabra, si antes el creyente no ha cargado sobre sus espaldas el peso de su silencio. Ninguna fe mientras no nos sangren las rodillas.
Al igual que los amantes que no superan la decepción que sucede al unboxing nunca sabrán qué significa amar, el creyente difícilmente podrá dar el paso de la fe donde siga creyendo que el sentimiento de hallarse bajo la presencia de Dios es el no va más de la experiencia de Dios.
Simple. Pero, a la vez, tan difícil. Pues tampoco es algo que podamos humanamente preferir: que pase de mí este cáliz.
felices
octubre 25, 2025 § Deja un comentario
Si le preguntas a la gente si es feliz, la mayoría no sabrá que decir. A menos, claro está, que nuestra vida sea una completa desgracia. Demasiadas cartas en la mesa como para una respuesta sin notas al pie. ¿En el trabajo? ¿Con la pareja? ¿Con uno mismo?
Sin embargo, la pregunta viene con un as bajo la manga. O tres. El primero tiene que ver con el hecho de que uno cae en la cuenta de lo feliz que ha sido solo cuando deja de serlo. Es como la salud: que apenas la valoramos mientras nos sentimos sanos. El segundo, con que tampoco podríamos soportar un mundo feliz. Demasiado azúcar —y el azúcar infla. El tercero, con que la felicidad se dibuja con trazo grueso. Al fin y al cabo, basta con hacer lo que uno quiere… lo cual no coincide con realizar cuanto uno desea o simplemente le apetece. ¿El problema? Que aun cuando no ignoramos qué deseamos o nos apetece, cuesta dar con lo que uno en verdad quiere.
También es verdad que siempre hay un pie que cojea. La clave es que no te importe. Y ello en nombre de lo que importa.
ateísmo, agnosticismo y religión
octubre 24, 2025 § Deja un comentario
Suelo decir que el cristianismo está más cerca del ateísmo que de la religión. La razón es que la religión, en general, suele responder a las preguntas últimas antes de tiempo. Y, desde la óptica cristiana, incluso la verdad de Dios se halla en manos de Dios, por así decirlo.
Sin embargo, ¿por qué ateísmo y no agnosticismo? Acaso porque el agnosticismo deja la puerta a que haya algo más allá. Es decir, admite la posibilidad de que la religión dé en el clavo. Ahora bien, es posible que la religión dé en el clavo. Pero aún no será el clavo de Dios.
Y es que cuestión, diría, no es que haya algo más, sino si, al final, podremos vivir en paz, como hijos de un mismo padre. Que Caín no vuelva nunca más a alzar su mazo contra Abel. De haber algo más ahí arriba , no sería Dios, sino a lo sumo dios. Y esta es la cuestión porque, para la tradición bíblica, la realidad de Dios, su extrema trascendencia, no tiene nada que ver con más de lo mismo, pero a lo grande y ahí arriba, sino con la promesa —el por-venir— de Dios. El asunto se las trae. Al menos, porque la realización de Dios —su presentarse— va con el final del mundo. El haber de Dios nunca fue el de los entes. Ni siquiera donde añadimos superiores.
De ahí que, desde los comienzos, el horizonte de la esperanza creyente fuese una nueva humanidad, la recreación, un reset de dimensiones cósmicas, en definitiva, la resurrección de los muertos. Hablamos, sin duda, de lo increíble por imposible. Es en este sentido que me refiero a la la proximidad con el ateísmo. Y es que sostener que no podemos esperar nada más allá, salvo lo imposible, es casi como decir que no hay nada que esperar. Y sin el casi, de entender el cristianismo como la gran ironía de Occidente.
Quizá no sea causal que la revolución sea un asunto de raíz cristiana. Pues revolución significa hacer tábula rasa del pasado para comenzar de nuevo. Pero nada nuevo puede surgir de unas manos que aún conservan los restos de la sangre de Abel. Sencillamente, sin Dios, Nietzsche tiene razón. No esperes más que la reiteración, los mismos perros, con distintos collares.
¿El problema? Que no vamos a refutar a Nietzsche donde nos limitamos a decir aquello de siento que hay un Dios que me ama locamente. Quiero decir que el cristianismo tiene sus días contados donde se limita a cultivar el narcisismo espiritual. A menos que se conforme con la secta, renunciando a su catolicismo. Sin duda, es posible que sobreviva su ethos. Pero sobrevivirá, sin la excusa de Dios. Es decir, con culpable ingenuidad.
los malos
octubre 23, 2025 § Deja un comentario
Hay quienes parece que disfruten haciendo daño. Son los malos. Espontáneamente, podríamos decir que hay buena hierba y mala hierba, quienes nacen predispuestos a la bondad, y quienes se sienten inclinados hacia el mal. Sin embargo, muchos creen que la maldad es algo así como una crosta de la que podríamos desprendernos; que, en el fondo de cada uno, habita el amor al bien. La pregunta es si esto es así o, más bien, estamos ante una creencia en la que necesitamos creer, un trankimazin.
En cualquier caso, lo cierto es que, cristianamente, cabe una condena eterna —cabe el irredimible. Pues aún podemos rechazar la redención que se nos dio de antemano. Así, podría suceder que el soldado que sigue con vida gracias a sangre de su víctima —la sangre que ahora corre por sus venas—, coja de nuevo el fusil para terminar el trabajo. Es posible volver a crucificar a Dios, la posesión demoníaca. Freud nos habló de la pulsión de muerte. Probablemente, no regase fuera de tiesto. En este sentido, recuerdo aquel fragmento de Ernst Jünger en el que sintetiza su paso por las trincheras de la guerra del 14: la primera muerte no puedes soportarla; con la segunda, te acostumbres; la tercera la deseas.
Ahora bien, para que pudieran haber ángeles de Dios, uno tuvo que caer, el más lúcido, el que siempre niega. Y caer junto a Dios, tal y como podemos leer en el Libro de Job.
Todo lo profundo siempre fue muy extraño.
lecciones del Gólgota
octubre 22, 2025 § Deja un comentario
Frente a la hipótesis, la suposición, ¿qué es la fe? Simple: seguir confiando donde ya no somos capaces de seguir confiando. Fe es fidelidad al amo… donde el amo parece habernos abandonado. Y una fidelidad confiada en que finalmente no sea así. Ciertamente, hablamos de algo que anda rozando lo insensato.
Así el creyente confía en que, al final, el verdugo no se saldrá con la suya… a pesar de que las evidencias le dan a entender lo contrario. Y a pesar también de que ignore el cómo. El horizonte de la fe, por tanto, es la liberación, un mundo en el que la impiedad quede sepultada por la bondad. En definitiva, una nueva humanidad —el Reino. Y aquí sigue habiendo mucha insensatez.
Sin embargo, aún podemos hacernos un par de preguntas. Si la fe presupone un amo —un Señor—, en definitiva, una situación de dependencia, quien, por carácter o modernidad, no admite hallarse en manos de ¿podrá dar el paso de la fe? Esta ¿acaso no exige un sujeto infantil? Por otro lado, de realizarse la esperanza creyente, ¿hasta cuándo podríamos soportar un mundo sin sombra?
Con todo, estas preguntas no se las hace el desesperado, el que se encuentra en la situación de creer. Pues la fe, a diferencia del mapa mental, es un clamor que da un paso al frente. Ahora bien, por eso mismo, el sentido de la fe no pertenezca a quien da el paso. Salvo que regrese con vida de la muerte. Pero este ya es otro cantar.
tan lejos, tan cerca
octubre 21, 2025 § Deja un comentario
No tengo claro que ver desde lejos —desde la grada del dios— suponga ver más claro. Con más frialdad o desinterés, sin duda. Pero no, con mayor claridad. Pues la lucidez acontece en medio de un ambiente sumamente denso, donde apenas penetra la luz. Me explico.
Supongamos que alguien hubiera estao dos veces a punto de irse de este barrio. Y que, en cada una de ellas, no se hubiera ido de los nervios. Desde la distancia, alguien podría haber dicho este tío no teme morir. SIn embargo, también es posible que no se lo creyera del todo, a pesar de los indicios. Si le preguntásemos, siendo consciente de esto último, cómo vivió esos momentos terminales, acaso no sabría qué decirnos. Posiblemente, hubiese un poco de todo. Quizá podría creer, visto lo visto, que a la tercera —y en esta suele ir la vencida—, no le temblarán las piernas. Pero no lo sabrá —y de ello estará seguro. Es lo que tiene la lucidez.
En lo más íntimo, cualquier sinceridad deviene una docta ignorantia. O lo que es lo mismo, en los recovecos del alma topamos con esa densidad que ningún bisturí podrá diseccionar. Como si el silencio que abraza cuanto es solo pudiera realizarse en un mar de aguas turbulentas —y, por eso mismo, ensordecedoras. Al fin y al cabo, la realidad exige ser encarada —y no diseccionada. De diseccionarla, no obtendremos más realidad, sino esa abstracta simulación que nos permite dominarla. Y una realidad dominable —y, por eso mismo, modificable— no es aún real. Pues aún es algo.
simul
octubre 20, 2025 § Deja un comentario
Que en la vida hay quienes salen ganando y quienes pierden —quienes someten y quienes viven sometidos, quienes cuentan y quienes no— es algo que se ve a lo lejos cuando todo a nuestro alrededor está en orden. Un trabajo digno —o más que digno—, unos hijos que crecen saludables y sin preocupación… al fin y al cabo, una amable rutina, un hogar. Para quienes vivimos en la posición de confort, el cristianismo es un mapa mental que, con la excusa de Jesús de Nazaret, promueve los buenos sentimientos. Hay otros mapas. En los setenta, se hablaba de cristianismo burgués.
Sin embargo, la revelación —la que te deja en un estado de suspensión— solo alcanza a quienes viven a flor de piel el haber sido expulsados del mundo, el derrumbe de los cielos. Y por nuestra violencia, la cual también está hecha con los materiales de una desahogada indiferencia.
¿Estiércol? Sin duda. Pero aquí hay que tener presente que no hay flor que crezca donde la tierra no ha sido abonada. Como también es cierto que demasiado estiércol quema la planta. Simul.
