pregunta trampa

mayo 11, 2020 § Deja un comentario

¿Cómo lo sabes? No lo sé; es lo que soy. Un ciempiés no puede responder a la pregunta acerca de cómo puede coordinar sus cien pies… sin que deje de moverse. La pregunta es, de por sí, paralizante. Hay creencias para comprobar y creencias para encarnar. El problema es que bajo las exigencias del logos terminamos confundiéndolas. Ahora bien, sin la sospecha acabamos siendo, precisamente, unos ciempiés. Y no es esto lo que queremos. Pero con ella nos quedamos sin luz —sin transparencia, sin aparición. La segunda ingenuidad, tan solo puede ser irónica. O sufriente.

equilibrio y lenguaje

mayo 10, 2020 § Deja un comentario

Los griegos decían que el equilibrio entre opuestos es lo que hay, por decirlo así. Que todo es cuestión de medida. Que no hay nada sin mezcla. Que el error consiste en el exceso. Así, es cierto, pongamos por caso, que no hay amor que no vaya acompañado de unas cuantas dosis de celos. Pero al igual que, donde los celos pesan más, el amor se transforma en posesión. Podemos admitir que no es lo mismo amar que desear. Pero sería inhumano un amor que no partiera del deseo —que no lo incluyera en absoluto. Y así hasta que nos cansemos. Por eso, en los asuntos predicativos, el lenguaje es una trampa —o si se prefiere, una simulación. Al menos porque el es del A es B no admite por defecto medias tintas. Es como si el decir fuera un veredicto. ¿Hay amor —belleza, bien…— o no lo hay? Vamos a verlo. Esto es, vamos a decirlo. El lenguaje no acierta con la medida exacta. No puede hacerlo, en tanto que las fronteras entre un hecho y su contrario son borrosas… en la mayoría de los casos. Por eso mismo, la sinceridad tiene que ser irónica. ¿Me amas? Vamos a decir que sí… Pero donde abusamos de la sinceridad el juego se interrumpe. Debemos jugar con las palabras. No hay que tomárselas demasiado en serio. Esto es, debemos seguir con la ilusión, hacer como si el trampantojo fuese real. La ironía solo puede ejercerse impunemente entre amigos… siempre y cuando no apunte a la amistad.

El equilibrio —el en cierta medida o hasta cierto punto— no admite ser cuantificado. De ahí que, por lo común, nos baste con lo que nos parece que es —con lo suficiente. ¿Cuántas dosis de celos podríamos tolerar? No lo sabemos, aunque sepamos que no demasiadas. ¿Cuándo podríamos decir que un vino ha alcanzado su madurez? Aquí es inevitable el más o menos, dentro de ciertos márgenes. ¿Cuántos granos de arena deberíamos quitar para que un montón de arena deje de serlo? Y, sin embargo, no hay equilibrio que sea estable. De ahí que, cuando se tambalea más de la cuenta, nos preguntamos de qué se trata al fin y al cabo. ¿Qué es lo que nos traemos entre manos? ¿Amor o costumbre? ¿Heroísmo u oficio? ¿Bondad o interés? Esto es, tarde o temprano nos veremos empujados a juzgar —a decir de qué se trata en cada caso. Es lo que necesitamos decirnos, aunque no sepamos a ciencia cierta cuál es la respuesta. No podemos soportar demasiada realidad —andar sobre la cuerda floja durante mucho tiempo.

Ahora bien, un juicio siempre se lleva a cabo en nombre de lo que debe ser —en nombre de lo paradigmático o ideal. Por eso, cuanto nos traemos entre manos tiene las de perder. El lenguaje —la predicación— es un juez implacable. Las palabras vienen del cielo. Por eso mismo, siguen estando al servicio de un dios. Y ante la irrupción del un dios, nada se salva. Pues todo se nos da a medias, nunca hasta el final o por entero. No es casual que, como dijera Hegel, donde irrumpe la reflexión no vuelva a crecer la hierba. Como tampoco lo es que la filosofía termine coqueteando con el nihilismo… si es que no lo abraza. Y es que lo que no es por entero —lo que no acaba de ser lo que debiera—, lógicamente no es.

Con todo, podríamos preguntarnos si acaso al someternos a la exigencia del logos no habremos echado por la borda la posibilidad de ver con los ojos de la gratitud cuanto nos ha sido dado. El logos es un arma de doble filo. Es cierto que solo a través de la pregunta por lo que hay más allá de lo que nos parece que hay cabe distanciarse del poder de lo impersonal —de lo que se dice o se hace, al fin y al cabo, de la inercia. Pero también es cierto que en el logos hay una pretensión que no está a nuestro alcance. Para quien no tiene qué comer, un croissant al que le falte un cuerno es un milagro. No, para el niño malcriado. Más bien, lo probable es que lo desprecie: no es lo que debiera. Y aquí, sencillamente, se equivoca. Al menos, porque el retroceso —la ocultación, la des-aparición—de lo real pertenece a la naturaleza de lo real, a su darse o hacerse presente. Porque el no terminar de ser va con lo que debe ser.

si la fe fuera un asunto interno

mayo 9, 2020 § 2 comentarios

Si la fe solo fuera solo cuestión de sentirse bajo el amparo de Dios —o de un percibir intensamente la vida como milagro— ¿acaso no bastaría con una droga de la fe? Si se tratara de vivir a flor de piel la presencia invisible de Dios, ¿no sería suficiente con alterar artificialmente nuestra receptividad para sentir junto al esquizoide que existimos rodeados de fantasmas? El que la fe haya pasado como quien no quiere la cosa a ser un experiencia interior y poco más —algo que se decide únicamente en el territorio infranqueable de la intimidad— nos impide caer en la cuenta de que la convicción del esquizoide es el reflejo especular de la del creyente. Que entendamos las visiones del esquizoide como expresión de una enajenación mental mientras que aceptamos la creencia de muchos en la presencia intangible de algo más como legítima, siempre y cuando se presente como una opción personal, ya es de por sí el índice de una cierta mala fe. La indeterminación actual de la experiencia creyente juega a su favor. Pero al precio de enmascarar a Dios. El esquizoide, en este sentido, estaría más cerca de la experiencia tópicamente religiosa que el creyente de hoy en día. Pues, teniendo en cuenta que no le suelen temblar las piernas cuando experimenta a Dios en su interior —y no necesariamente porque Dios sea terrible—, podríamos decir que en nuestros tiempos el creyente, antes que creer, cree que cree.

Pero no siempre fue así. Originariamente, la fe respondió a la dura realidad. Es verdad que el punto de partida de la fe de Israel —la única creencia que en la época contó como fe— fue la efectividad la intervención divina. En concreto, la liberación de Egipto: tenemos a un Dios de nuestra parte. En este sentido, y puesto que antiguamente los dioses se daban por descontado, la fe, antes que una experiencia íntima, fue un asunto corporal —y por eso mismo, Dios, un ente casi palpable. Luego, la cosas de Dios fueron evolucionando, por decirlo así. La desgracia absoluta —la destrucción del Templo a manos de las tropas de Nabucodonosor— desplazó la trascendencia de Dios de los cielos a un pasado inmemorial. De ahí que dicha trascendencia se hiciera radical. Dios es un Dios que el creyente avant la lettre encuentra esencialmente en falta —un Dios por ver o por-venir. Su realidad es la de una alteridad que perdimos de vista al nacer. Hay, sin duda, luz, milagro, excepción —el hecho de seguir con vida desde el fondo de un cosmos, cuando menos, indiferente. Pero también, horror y oscuridad. Bendición y maldición van de la mano. Por eso, la fe se juega en el territorio de la carne, aun cuando encuentre, ciertamente, un eco —una resonancia— en el corazón del hombre. El creyente, al ser invocado por el clamor de Dios, no puede a su vez dejar de interpelar a Dios —a un Dios que desde el fango de la existencia ni siquiera puede imaginar— con una pregunta fundamental: qué vida pueden esperar quienes murieron antes de tiempo a causa de nuestra impiedad. Y aquí no hay saber que valga. Ni siquiera hipotético. En cualquier caso, una fiel confianza en un futuro más allá de la historia. Y ello en nombre, precisamente, de la vida que nos ha sido dada por el repliegue de Dios, y de los pocos gestos de bondad que han habido en medio del infierno. Ciertamente, increíble. Pero lo increíble de la fe no es el síntoma de nuestra ilusión o fantasía, sino de que acaso tan solo lo imposible —lo que el mundo no puede admitir como concebible— sea lo único real.

qué difícil es ser un Dios (y 2)

mayo 7, 2020 § Deja un comentario

En el fondo, anhelamos que un dios —o una diosa— aparezca en nuestras vidas. Mejor dicho, que un dios nos elija. Tan solo un ser extraordinario, se trate de un hombre o una mujer, es capaz de liberarnos de la repetición. Pero un dios no puede amarnos como dios, salvo paternalmente. No somos su igual. Y no es eso, precisamente, lo que queremos —un amor condescendiente. Quizá podamos gustarle —y, por eso mismo, creer que nos ama. Pero lo superior no puede amar lo inferior. Como decían los griegos, el amor, únicamente entre iguales. Para poder amarnos, un dios antes tiene que renunciar a su divinidad —tiene que rebajarse, humillarse, empobrecerse. Dejar de ser un dios. Sin embargo, de hacerlo, no podríamos aceptar su amor —su sacrificio. Más bien, lo despreciaríamos. Por no hablar de colgarlo de nuevo en una cruz.

Agustín

mayo 6, 2020 § Deja un comentario

Con Las Confesiones de Agustín el cristianismo pasa a ser algo muy distinto de lo que fue originariamente. Podríamos decir que, a través de Agustín, Cristo deviene la excusa de una relación privada con Dios. Y de aquí a entender la Encarnación como ejemplificación media un paso. Es conocido el lema de Agustín interior intimo meo —más íntimo que mi propia intimidad. Que luego le añadiese superior summo meo no quita que, de facto, Agustín le encontrase un hueco a Dios en las profundidades abisales del alma. La cuestión es de qué superioridad hablamos. Es cierto que el superior summo meo apunta a un sujeto que no encuentra su raíz en sí mismo. Y esta es, sin duda, la conditio sine qua non de la experiencia religiosa. Pero no me atreveria a decir que sea igual decir que la raíz de la que fuimos arrancados —o si se prefiere, separados— sea un ente superior que un Dios esencialmente extraño o enteramente otro —un Dios que no es aún nadie sin la fe del hombre. El primero exige un saber —aunque se trate de un saber que transforma el alma. El segundo, una respuesta. De hecho, cristianamente la superioridad de Dios es paradójica: aquel en cuyas manos estamos no es el dios que nos fascina con su poder, aun cuando se trate del poder del amor, sino un Dios-lumpen  —un Dios que despreciamos como un resto de hombre. Y no parece que Agustín dijera esto último. Aunque le moviese la caridad.

En cualquier caso, hasta el momento, a nadie se le había ocurrido hacer de Dios un dato de la interioridad. Al menos con la contundencia con la que lo hizo Agustín. Y no porque con anterioridad los hombres y mujeres de fe creyeran que Dios permanecía en las afueras del corazón humano. De hecho, como dijeron los profetas, solo Dios es capaz de alcanzarlo hasta transformarlo en un corazón de carne. Pero bíblicamente, Dios llega a la interioridad del hombre desde el exterior, en realidad, desde una exterioridad inalcanzable. El corazón de uno tiene que dejar de latir para seguir latiendo a través del corazón de los que no cuentan. Desde una óptica bíblica, en lo más profundo no hallamos la luz, sino el vacío en el que resuena el clamor de los excluidos como el clamor mismo de Dios. O mejor dicho, la luz que pudiéramos hallar —la que nos mueve a la gratitud— no termina de iluminar la oquedad donde resuena dicho clamor. Y esto no es, ciertamente, lo que leemos en Agustín, aun cuando él sea muy consciente de que nacemos y vivimos como alejados de Dios. Dios, en la obra de Agustín y otros Padres de la Iglesia, antes que voz, es verdad o, si se prefiere, summa re. Literalmente, in interiore homine habitat veritats. Y donde Dios es comprendido como summa re el hombre tarde o temprano termina liberándose de Dios, mejor dicho, de su juicio o interpelación. Ciertamente, para Agustín, Dios no es un algo, sino un alguien. Pero un alguien que llama al hombre desde el fondo de su alma, para encontrarse de nuevo con él, no aquel cuyo modo de ser depende de la respuesta del hombre a su invocación —no el Dios que se pone en manos del hombre para llegar a ser el que fue, el Dios que, como Padre, siempre permanecerá más allá del Hijo con el que se identifica.

No es casual que, al comprender la interioridad como el lugar del encuentro con Dios, Agustín plante la semilla del sujeto moderno. En este sentido, el cogito cartesiano es heredero del si enim fallor, sum de Agustín. La diferencia entre Descartes y Agustín pasa por que el primero, en su propósito de alcanzar una primera certeza, no da a Dios por descontado. Y esta diferencia en modo alguno es anecdótica. Pero, sea como sea, lo cierto es que para ambos lo que decide la relación con Dios no es ya el culto, sino la introspección. Así, con la obra de Agustín, la confesión cristiana deja atrás su dimensión pública o corporal. Pues en un principio el carácter confesional de la fe se resuelve ante aquel que, habiendo sido abandonado incluso por Dios, nos interroga acerca de su identidad: y tú quién dices que soy. Leyendo Las confesiones uno no puede evitar la impresión de que, con ellas, el crucificado ha sido puenteado. Como si para llegar a Dios, bastase con bucear. Y no me atrevería a decir que los evangelios vayan por ahí. Aunque añadamos, empleando un lápiz más fino, que tendríamos que sumergirnos hasta donde ya no pudiéramos respirar.

diálogo entre amantes

mayo 5, 2020 § Deja un comentario

Un hombre y una mujer, tras intimar a las pocas semanas de conocerse.

Ella— te quiero… (susurrándoselo al oído)

Él— es posible…

Ella— no. Es así como lo siento.

Él— quizá sea pronto… Todavía no has visto mi lado oscuro… (guiño)

Ella— sí que lo he visto: roncas. Pareces tan frágil… (acariciando su rostro)

Él— este aún no es mi lado oscuro. Lo será cuando mis ronquidos te den asco… (otro guiño)

de Dios y los árboles

mayo 4, 2020 § Deja un comentario

Un árbol está-ahí. Un piedra está-ahí. Pero el estar no está. Más bien, por todas partes y en ninguna. Pero este no es un asunto espiritual, sino acaso lingüístico. Lo espiritual comienza con la ausencia de un quién —con su eterno por-venir. No hay esperanza sin memoria: recuerda que naciste como arrancado.