meditaciones cartesianas (11)

abril 4, 2016 Comentarios desactivados en meditaciones cartesianas (11)

Que las Meditaciones metafísicas poseen un carácter circular se observa claramente donde caemos en la cuenta de que el argumento del sueño —el argumento sobre el que pivota el giro copernicano que inaugura en gran medida la modernidad— presupone lo que conluye. Pues dicho argumento depende de que el sueño se comprenda, precisamente, como una alucinación en vez de como revelación —como señal de otro mundo—, que es como se comprendía el sueño en la Antigüedad. Así, contra las apariencias que impone el uso retórico del argumento, no es que tras el argumento del sueño pueda sospechar que quizá no haya ningún mundo exterior y que, por tanto, sea solo una mente que segrega mundos o, mejor dicho, representaciones del mundo, sino que, en el momento en que me situo en el centro de la experiencia del mundo, mis representaciones pueden ser objeto de sospecha. Quizá tenga razón Feyerabend al sostener que la razón es menos neutra de lo que le gustaría admitir. O, por decirlo con otras palabras, si creo que hay razones que permitan sospechar de la existencia misma del mundo es porque, de entrada, afirmo que puede que no haya mundo, contra la evidencia del sentido común. La sospecha escéptica depende, pues, de una tesis dura sobre la existencia del mundo. Es decir, si cabe la sospecha es porque el sujeto ya no se encuentra a sí mismo como aquel que depende de un alteridad. Y esta situación no es algo que, ciertamente, se deduzca del ejercicio mismo de la razón.

about Mill

abril 2, 2016 Comentarios desactivados en about Mill

John Stuart Mill defiende lo que, para muchos hoy en día, ha llegado a ser un lugar común: que los hombres solo pueden ser felices donde tienen libertad para elegir ser felices… según crean. El punto de partida es que la cuestión de la felicidad es una cuestión que permanece esencialmente abierta. No hay aquí una última palabra. Así, hay quienes creen que la felicidad pasa por entregarse en cuerpo y alma a una gran causa y quienes creen, pongamos por caso, que solo podrán ser felices si consiguen triunfar como brokers. Por consiguiente, la cuestión política sobre cómo pueden convivir sensibilidades muy distintas no se resuelve en relación con una determinada concepción del Bien o, como suele decirse, de la vida buena. El argumento de Mill, a simple vista, parece irrefutable: si los hombres tuvieran que elegir entre permanecer fijados de por vida a aquella concepción de la vida buena en la que creen o poder cambiar de parecer en el futuro, se decantarían casi sin pensarlo por la segunda opción. Por eso, según Mill, la felicidad pasa, como decíamos, no tanto por un determinado camino, sino por la posibilidad de elegir el camino. Nadie puede ser en verdad feliz donde se le impone una cierta idea de cómo vivir…aunque ésta fuera, es un suponer, la correcta. Sin embargo, cabe añadir un par de notas a pie de página al respecto. En primer lugar, no está claro que los hombres nos decantáramos por la segunda opción, si nos viéramos obligados a elegir. Ciertamente, no hay quien quiera renunciar a su libertad. Pero esto de la libertad podemos entenderlo de dos maneras distintas. En un primer sentido, que es el de Mill, la libertad se entiende grosso modo como la posibilidad de realizar nuestras preferencias o deseos. Esta libertad sería, por decirlo así, la libertad del consumidor. Sin embargo, también podemos entender la libertad como hacer lo que uno quiere. Aparentemente se trata de lo mismo, pues inicialmente creemos que queremos lo que deseamos intensamente. Pero, en el fondo, no se trata lo mismo. Pues cuando uno quiere algo en verdad, se ata al mástil, por decirlo así. Esto es, renuncia, al menos durante un plazo, a cambiar de parecer. Precisamente, porque sabe que los deseos van y vienen, quien quiere, pongamos por caso, dedicarse al violoncello, fácilmente se comprometerá a estudiar unas cuantas horas diarias, desestimando las otras opciones… que, puede darlo por hecho, le parecerán más tentadoras, sobre todo cuando constate que el violencello se le resiste. O, por decirlo con otras palabras, la libertad también puede entenderse como la decisión de permanecer fiel a una opción. Hablamos aquí, por decirlo a la kantiana, de la autonomía, de un imponerse a sí mismo una Ley, al fin y al cabo, hablamos de la fuerza de voluntad. De hecho, se trata de la libertad más genuina, pues, en tanto que nadie elige su propio deseo —en tanto que el deseo es como un implante—, nadie es en verdad libre en relación con su deseo, aunque, sin duda, creamos que somos libres cuando podemos llevarlo a cabo. En segundo lugar, podríamos también introducir otra nota a pie de página con respecto a la noción misma de felicidad. Para el utilitarismo moral, la felicidad se entiende como un poder realizar el propio deseo, con la única restricción de que dicha realización no impida la de los demás. Así, desde esta óptica no parece que quepa una crítica del deseo. Si alguien cree que será feliz como jugador de la play, no parece que podamos decirle nada al respecto. Ahora bien, desde una óptica clásica —desde una óptica como la de Platón, pongamos por caso—, no cualquier deseo conduce a la felicidad. Esto es, nos equivocamos donde creemos que cualquier deseo puede hacernos felices. En realidad, el destino de lo útil, por emplear los términos de Mill —el destino de todo aquello que nos satisface— es ser desestimado. Tarde o temprano, nuestros juguetes acaban en el container. Solo el deseo del alma, por decirlo a la platónica, solo aquello que reclama nuestra voluntad puede colmar una vida humana. Mill, con todo, era consciente de esta dificultad. De ahí que dijera que, en el fondo, los hombres, si recibían una adecuada formación, acabarían por darse cuenta de que en verdad preferían ser unos Sócrates insatisfechos que unos cerdos satisfechos. Sin embargo, uno puede sospechar que es difícil recibir una adecuada formación sin imponer una determinada concepción del bien, de lo que debe desearse en verdad. Sin duda, alguien podría decir sinceramente que es feliz dedicando su vida a jugar a la play. Es decir, no parece que podamos decirle fácilmente que su vida es un error. Sin embargo, sí que podríamos decirle que su horizonte vital es el propio de un niño. Pues un niño no se equivoca cuando cree que no puede haber más felicidad que la que le proporciona una bolsa de chuches, pongamos por caso. Pero, evidentemente, un niño es un niño. 

lo más

marzo 31, 2016 Comentarios desactivados en lo más

Engendrar es una de las cimas de la existencia, algo de por sí asombroso. Pues lo asombroso es que pueda haber vida sobre el fondo mismo de la nada. En este sentido, no hay vida que no nos sea, en definitiva, dada. Sin embargo, nos resulta difícil, por no decir imposible, permanecer en el espacio de esta revelación. El pacto con el mundo nos obliga a hacer del milagro algo con lo que tratar, algo, de algún modo disponible. La cotidianidad es, sobre todo, trabajo. O, por decirlo con otras palabras, las exigencias de la adaptación nos fuerzan a reducir lo sagrado a lo profano. De ahí la importancia de los símbolos —de ahí la importancia de marcar el tiempo diario con los signos de la trascendencia, de lo que tuvo que ser dejado atrás para que fuera posible el trato. Hay más profundidad de la que parece en la insistencia judía en el memorial. Pues posiblemente la relación con lo sagrado solo pueda darse como ese seguir vinculados de algún modo con lo que fue en verdad. Para una sensibilidad bíblica, la trascendencia es, en último término, lo que tuvo que desaparecer para que fuera posible nuestro arraigo, siempre precario, en el mundo. De ahí que para dirigirse a Dios no tengamos que mirar el cielo, sino a esa vida que nos ha sido dada desde la contracción de Dios. Cualquier dirigirse a Dios que pase de largo supone un tomar el nombre de Dios en vano, al fin y al cabo, idolatría, un poner a Dios —mejor dicho, nuestra idea de Dios— en lugar de lo que es de Dios.

castillos en el aire (y 2)

marzo 30, 2016 Comentarios desactivados en castillos en el aire (y 2)

JM Castillo, en uno de sus artículos, se pregunta hasta qué punto la fe en la resurrección —el acontecimiento central de la experiencia cristiana—  determina hoy en día la vida creyente. La pregunta tiene mucho de retórica, pues es obvio que no. Así según JM Castillo «hay otras cosas que interesan más al común de los mortales bautizados […]: la pasión del Señor, la devoción a la Virgen y a los santos, determinadas prácticas religiosas, etc.» Sin embargo, JM Castillo no se interroga sobre las causas de nuestra actual desafección, sino que, por contra, se pregunta «de qué manera el resucitado debe estar presente en la vida y el comportamiento de los creyentes». Es por esto que su análisis desprende el tono exhortativo —y, por extensión recriminatorio— de la mayoría de los sermones dominicales. Y aquí no habría nada que objetar, si no fuera porque, con ello, JM Castillo rehúsa coger el toro por los cuernos. JM Castillo tiene razón —cómo no— cuando nos recuerda que los discípulos de Jesús fueron perseguidos por su fe en la resurrección… mientras que hoy en día no se persigue a nadie por ella. Este es, ciertamente, el dato. Ahora bien, lo discutible es el diagnóstico que JM Castillo ofrece para explicarlo. Es verdad que la predicación apostólica estaba cargada de denuncia profética. Que proclamar la resurrección era proclamar que Dios estaba del lado del crucificado… y no del lado los poderes político-religiosos que lo habían condenado, algo de por sí inaceptable, precisamente, para quienes creían estar del lado de Dios. De ahí que JM Castillo deduzca, no sin razón, que «predicar la resurrección consiste, ante todo, en portarse de tal manera, vivir de tal manera y hablar de tal manera que uno le da la razón a Jesús y se la quita a todos cuantos se comportan como se comportaron los que asesinaron a Jesús». Sin embargo, aquí diría que JM Castillo comete una falacia, por otro lado, muy común: la de tomar las consecuencias de la fe en la resurrección por el significado mismo del acontecimiento de la resurrección. JM Castillo está en lo cierto cuando defiende que la fe en la resurrección no es, estrictamente hablando, una fe en la supervivencia del alma o en una vida post mortem, como muchos creen fácilmente hoy en día. Que la fe en la resurrección supone, de algún modo, creer en la posibilidad una vida, aquí y ahora, para quienes viven como muertos —como aquellos que no cuentan para el mundo. Que la muerte no tiene la última palabra… a pesar de que sigue habiendo, sin duda, muerte. Ahora bien, creer en la resurrección no es, estrictamente hablando, lo mismo que creer que la muerte no tendrá la última palabra. Si los primeros cristianos creyeron que la muerte no tenía la última palabra es porque hubo resurrección —porque la resurreccion fue un acontecimiento y no solo una interpretación, en clave mítica, del acontecimiento de la cruz. Y ahí reside, precisamente, nuestra actual dificultad: que nuestro compromiso con los valores de Jesús, por decirlo con las palabras de JM Castillo, no puede ya sostenerse en el acontecimiento de la resurrección. De hecho, más que escandalizarnos, dicho acontecimiento nos resulta, literalmente, increible… como lo fue también para muchos de por aquel entonces. Nuestra dificultad tiene que ver, precisamente, con el lenguaje religioso. O, por decirlo con otras palabras, que nosotros creamos que el lenguaje de la resurrección es un modo de interpretar el significado de la cruz es de, por sí, un síntoma de nuestra dificultad para aceptar el acontecimiento de la resurrección como tal. De ahí que fácilmente creamos que creemos en la resurrección porque creemos en la utopia… cuando, de hecho, en el origen fue al revés. Así lo que se hace presente en quienes poseen un cor inquietum —en quienes tienen puesta la mirada en el futuro, en quienes entran en conflicto con la realidad en su lucha por un mundo más justo y fraternal— no es la resurrección, propiamente dicha, sino su creencia, en el mejor de los casos, en que la muerte no debe pronunciar la última palabra. De hecho, si la fe en la resurrección escandalizó a los judíos que condenaron a Jesús, no fue solo porque de ella se desprendiera que Dios, en verdad, estaba del lado de los excluidos, sino sobre todo porque, para esos mismos judíos, Jesús fue un usurpador. Es como si hoy en día, los seguidores de un telepredicador, después de que este fuera asesinado a causa de su fe, comenzaran a proclamar que Dios lo había resucitado de entre los muertos. La mayoría de nosotros, sencillamente, creeríamos que eso no puede ser verdad. Y no porque esto de la resurrección suene a fantástico, sino porque no podríamos aceptar que Dios estuviera del lado de un farsante.

asuntos contables

marzo 30, 2016 Comentarios desactivados en asuntos contables

Quizá la cuestión que confiere una definitiva seriedad a nuestra existencia —quizá la única cuestión— es quién nos obliga a pasar cuentas. Esto es, ante quien deberemos justificarnos. Ciertamente, esta no es una pregunta que nos hagamos habitualmente. Más bien, los tiempos modernos se entienden como los tiempos en los que el hombre cree que solo tiene que rendir cuentas ante sí mismo. Podemos, sin duda, ser religiosamente un poco más sofisticados y creer que, en definitiva, tendremos que rendir cuentas ante Dios. Pero cristianamente hablando no cabe algo así como una relación directa con Dios. Quien así lo supone, fácilmente termina haciendo de Dios una madre que todo lo disculpa, una especie de excusa para seguir siendo unos niños. Es verdad que, cristianamente, el perdón va por delante. Pero el perdón es una última oportunidad para responder a la demanda que procede de Dios, aquella que nace de los estómagos vacíos. Pues, cristianamente, uno se encuentra ante Dios donde se encuentra ante el pobre con el que Dios se identifica. Es el pobre —y no el dios de la interioridad burguesa— aquel al que le debemos una respuesta, aquel que decide el sí o el no de Dios a nuestra entera existencia. Que no nos tomemos esto en serio es ya, de por sí, el síntoma de que vivimos de espaldas a Dios, aunque hayamos llenado nuestra boca con su nombre.

made in Japan

marzo 28, 2016 Comentarios desactivados en made in Japan

Los novelistas japoneses de comienzos del siglo veinte creyeron que su obra no valía la pena si no conseguían que unos cuantos se suicidaran por el amor, imposible, de la heroína imaginada. Harold Bloom, por su parte, sostiene que la creación literaria gira en torno al personaje. En este sentido, afirma que muchos de los personajes de Shakespeare, Falstaff, por ejemplo, están más vivos que unos cuantos de nosotros. Para Bloom el Yavhé del denominado J por los exegetas bíblicos sería un personaje de este tipo. Hay algo de inquietante en el hecho de que la genuina alteridad solo pueda ser recreada por los autores de ficción —que su verdad, su presencia, solo pueda ser representada en un espacio que no admite el trato. Quizá sea este el síntoma de que existimos porque, precisamente, el Otro ha sido eliminado en nuestro pacto con lo que nos rodea. 

pascua

marzo 26, 2016 Comentarios desactivados en pascua

Que la barbarie no admite una justificación puede observarse en lo ridículo que sería proclamar, a propósito de Auschwitz, por ejemplo, que no hay mal que por bien no venga, incluso en el caso de que Auschwitz, efectivamente, hubiese impedido otro nuevo genocidio. En ese caso, las víctimas de Auschwitz poseerían el aura de la víctima propiciatoria, el sello del cordero pascual cuyo sacrificio procura la redención de los hombres. Pero no por ello quedaría resuelta la cuestión mesiánica, a saber, la cuestión sobre qué vida pueden esperar quienes murieron injustamente antes de tiempo. De ahí que el sacrificio, por si solo, carezca de valor soteriológico. 

crear valor

marzo 25, 2016 Comentarios desactivados en crear valor

Nietzsche, como sabemos, se preguntó si el hombre era capaz de crear valores —o, si por el contrario, estaba condenado a reconocerlos. La pregunta, en el fondo, es la pregunta por la posibilidad de que el hombre pueda crear, conscientemente, una divinidad que reemplace al Dios cristiano. Sin embargo, la pregunta quizá sea otra: si el hombre podrá admitir como valor, el valor que sea capaz de crear (si es que ello fuera posible). Pues, el hombre, mientras siga siendo hombre, nunca podrá reconocerse en su creación. El creador, por definición, se extraña de lo creado. Quien crea en modo alguno puede encontrarse sujeto a su obra. Toda creación es, al fin y al cabo, un hijo bastardo. En el desprecio del creador late una falta de piedad por lo deforme —un cierto orgullo aristocrático ante la decepción que supone engendrar. Por eso el único modo de reconciliarse con esa obra extraña —el único modo de dotarla de valor— sería cayendo injustamente en sus manos, esto es, degradándose hasta la condición del esclavo. El creador al ponerse al servicio de un hijo que no lo merece, muere para sí mismo, dotando al hijo de un aura impropia. Pero ¿acaso no fue esto lo que hizo, precisamente, el Dios cristiano?

intolerance

marzo 24, 2016 Comentarios desactivados en intolerance

Un santo es un intolerante, alguien que, sencillamente, no puede tolerar que haya quien sufre de hambre o ande por el mundo como quien no cuenta. Se trata, ciertamente, de una pasión excesiva, algo difícil de soportar para las espaldas humanas. Incluso habrá quienes hablen de enfermedad. No es casual que los santos, antes de ponerse en manos del desarraigado, hayan tocado fondo, pues nadie es capaz por sí mismo de cumplir con la voz imperativa de Dios —esa voz que se confunde con el llanto del oprimido— mientras aún tenga un lugar en este mundo. 

el plus

marzo 23, 2016 Comentarios desactivados en el plus

Cuando no tenemos qué comer, la felicidad es un plato de arroz. Pero cuando estamos saciados no podemos evitar preguntarnos qué hay más allá de la felicidad. Es entonces que intuimos que el todo no lo es todo. Aunque fuera del todo no pueda haber, por definición, nada. De ahí que en el fondo permanezcamos en un estado de suspensión. 

castillos en el aire

marzo 22, 2016 Comentarios desactivados en castillos en el aire

JM Castillo sostiene que el cristianismo de Pablo, con su interpretación de la cruz, supuso una significativa alteración de la lectura que se encuentra en los evangelios, la cual sería, a su entender, más natural o comprensible. Así, habrían, según JM Castillo, dos teologías difícilmente compatibles en el Nuevo Testamento, la de Pablo y la de los evangelistas. Según Pablo —así como la del autor de la carta a los hebreos—, Jesús fue crucificado siguiendo el plan de Dios: Jesús se hizo maldición por nosotros, soportando sobre sí la ira de Dios para la redención del hombre. Dios, según JM Castillo, exigía el sacrificio —la expiación— del hombre que fue Jesús de Nazareth, pues «sin derramamiento de sangre, no hay perdón» (Heb 9, 22). En cambio, para los evangelistas, la muerte de Jesús, el profeta que encarnó el modo de ser de Dios, fue una muerte político-religiosa debida única y exclusivamente a la incapacidad de los hombres para aceptar la sanación que venía de Dios. JM Castillo califica la teología de Pablo, centrada en la noción de pecado, de desajustada y desquiciada, mientras que la teología evangélica, más sensible a la realidad del sufrimiento, estaría más de acorde con lo que el hombre, hoy en día, puede esperar de Dios. Para JM Castillo, cuando los evangelistas hablan de salvaciôn se refieren a «remediar los sufrimientos», mientras que para Pablo de lo que se trata es de reconciliarse con Dios —de restaurar, en definitiva, la originaria relación con el creador, de redimir al hombre del pecado. Sin embargo, no me parece que, una lectura atenta de los textos de Nuevo Testamento, nos permita afirmar lo que sostiene, con cierta unilateralidad, JM Castillo. Sin duda, hoy en día, ya no seríamos capaces de declarar espontáneamente lo que Pablo defiende. Para nosotros, la idea de un sacrificio expiatorio resulta, cuanto menos, extravagante. Para nosotros es más natural, la lectura que hace JM Castillo. En este sentido, para el hombre y la mujer contemporáneos, la cruz no puede ser mucho más que un mal final, una injusticia… entre tantas. Ahora bien, si esto es así es, en gran medida, gracias al triunfo histórico del cristianismo, el cual suprime el sitz im leben que lo hace inteligible. Y el cristianismo no es solo moral, aunque sea con la excusa de Dios, sino también revelación. Y lo que revela la cruz no es solo el destino del hombre justo en un mundo sin piedad, sino la realidad de un Dios que se identifica con el crucificado. Pues, una de las preguntas a las que se debieron enfrentar los discípulos de Jesús fue, precisamente, como el hombre de Dios pudo morir como un maldito de Dios —como un abandonado de Dios. Así, o bien Jesús fue un fraude y Dios no estaba de su lado —o lo que es peor, o Dios era aquel que abandonaba al hombre a su suerte—, o bien, algo le ocurrió a Dios en la cruz Jesús de Nazareth. Tanto los evangelios como Pablo, aunque con distintos matices, se decantan por la segunda opción y de ahí su insistencia en que el crucificado era el Hijo de Dios. La cruz no fue para ellos simplemente un mal final. Para los autores del Nuevo Testamento, la cruz —aunque quizá deberíamos decir el acontecimiento cruz-resurrección— tenía un valor soteriológico en la medida en que estaba implicado Dios mismo. Esto es evidente, sobre todo, en el evangelio de Juan, en donde la noción de exaltación, a pesar de sus ambivalencias, pretende transmitir, precisamente, el carácter salvífico de la muerte en cruz. Para Juan, el calvario es inseparable de la elevación, la revelación de la acción de Dios que salva al hombre del poder de la muerte (y no solo el episodio anterior a la resurrección, como probablemente creyeron Pablo y los otros evangelistas). Así, la distinción que efectúa JM Castillo entre pecado y sufrimiento quizá sea más propia de nuestro tiempo que de los tiempos apostólicos. Pues, tanto para Pablo como para los evangelistas, el sufrimiento de los hombres era la expresión de su hallarse en manos del maligno. La muerte era, para ellos, el salario del pecado. Esto es, todo lo que hacía hombre, en tanto que existía de espaldas a Dios, se hallaba sujeto al poder de la muerte. De ahí que solo por la intervención de Dios —solo por la gracia— el hombre podía liberarse del pecado y, por extensión, del sufrimiento. Ahora bien, la intervención de Dios no fue la que el hombre religioso se esperaba —una intervención ex machina. La noción se sacrificio expiatorio se entiende mal, si damos por sentado que Dios exigía un sacrificio a la manera de Moloch o del dios azteca. Pues el sacrifico que termina con todos los sacrificios es, cristianamente hablando, el sacrificio mismo de Dios. Lo que resulta inaudito para una sensibilidad típicamente religiosa es que el sacrificio que reconcilía a Dios con el hombre, no sea del hombre, sino de Dios. La insistencia tan evangélica en mostrar la intimidad de Jesús con Dios no pretende otra cosa que implicar a Dios en la cruz. Es desde este trasfondo que cabe entender la gran declaración cristiana de Dios como amor. Pues, de lo contrario, haremos del amor un dios y no es esto lo que pretendieron transmitir los primeros cristianos. Sin embargo, una cuestión no menor, y a la que JM Castillo se enfrenta al decir lo que dice, es si aún podemos seguir creyendo en lo que ellos creyeron —si aún podemos concebir a Dios en el contexto de una historia de salvación. Pero, en cualquier caso, lo que no podemos hacer es hacerles decir a los autores del Nuevo Testamento lo que no quisieron decir.

¿cabe aún?

marzo 18, 2016 Comentarios desactivados en ¿cabe aún?

A veces, uno tiene la impresión que los esfuerzos por actualizar el kerygma cristiano tienen mucho de intentar seguir creyendo en lo que ya no nos es posible creer como quien no quiere la cosa. Pues, al fin y al cabo, el anuncio evangélico es muy simple: que hemos sido liberados del poder del pecado —de las garras de la muerte— por el poder de Dios, el cual se revela en la cruz de Cristo. Ciertamente, esto tiene mucho de increíble —aunque la palabra quizá sea escándalo—, pero no es en modo alguno ininteligible para quienes daban por descontado que hay Dios y que el mundo se hallaba bajo el poder del maligno. La situación de los primeros creyentes es, por tanto, la de quienes, por un lado, se encontraban sujetos a Dios y, por otro, sujetos a la carne, es decir, sometidos por entero a la incapacidad de cumplir por sí mismos con la voluntad de Dios. La Cruz —de hecho, la cruz-exaltación— posee, por consiguiente, un valor soteriológico —un papel redentor— para aquellos que buscan una vida nueva y no solo una vida mejor. De aquí se desprende que no hay evangelio para quienes confiamos en nuestras fuerzas —para quienes no nos hallamos hundidos sin remedio en nuestra propia miseria. Dios no garantiza las posibilidades del hombre. Mejor dicho: la última oportunidad del hombre no es, cristianamente hablando, del hombre, sino de Dios. Pero, evidentemente, el problema de un mundo que cree poder prescindir de Dios es, de hecho, el lenguaje sobre Dios. Por eso erramos el tiro cuando hacemos de Dios el garante de nuestra aspiración a la felicidad, pues la aspiración a la felicidad es lo propio de quienes aún podemos confiar en nuestra posibilidad. Y un Dios que se muestre como el horizonte de nuestra posibilidad no es, de hecho, Dios en verdad, sino algo que llamamos Dios.

el otro

marzo 16, 2016 Comentarios desactivados en el otro

El otro —mejor dicho el gran otro—siempre quiere algo de ti. O bien, devorarte, o bien obligarte. En el primer caso, le ofrecemos algo de valor a cambio: un cabrito, las primicias, un vástago. El sacrificio, se supone, sacia el hambre del dios. En el segundo caso, buscamos una salida, por lo común, convirtiendo al Dios de la demanda infinita en el abuelito de Heidi. En ambos casos, el gran otro se revela como el poder que nos puede. Y de ahí que busquemos sobrevivir a ese poder. La religión es, grosso modo, esto: una táctica de supervivencia. Más extraño resulta, sin embargo, que el gran otro se revele como impotencia, como aquel que se pone en nuestras manos —como esa criatura que reclama nuestra piedad. Lo desconcertante, pues, para una sensibilidad que busca el amparo de Dios es que el Sí o el No de nuestra existencia se decida ante un Dios que tiene lugar como ese niño nacido en un establo. 

the conjuring

marzo 15, 2016 Comentarios desactivados en the conjuring

La situación del hombre moderno, aquella que le convierte en espectador de sí mismo —aquella que le cierra a la irrupción de una genuina alteridad— queda en suspenso en las típicas películas de terror. En ellas el otro —o quizá mejor, lo otro— se presenta como lo que es, a saber, una amenaza, al fin y al cabo, como la cosa que quiebra los muros del hogar. Sin duda, la presencia espectral provoca tanto nuestra fascinación como el horror. Pero, en cualquier caso, el otro —lo verdaderamente otro— espanta. En medio del pánico, no hay sujeto que pueda volver sobre sí mismo, reflexionar sobre las condiciones, a la postre subjetivas, de la experiencia. La presencia del otro se impone aquí como el dato innegable de la existencia. Ciertamente, una vez nos hemos alejado del otro —una vez ha desaparecido su presencia espectral— podemos preguntarnos si acaso no habremos sufrido una alucinación. Pero no mientras dure el espanto. Hay una cierta discontinuidad entre el sujeto del miedo y el sujeto que ha conseguido exorcitarlo. El segundo puede, sin duda, creer que su miedo obedece a su ilusión. Pero también cabe sospechar lo contrario: que la ilusión se encuentra del lado de quienes hemos logrado hacer de este mundo un hogar. De hecho, la ciudad —y, por extensión, el mundo moderno— solo es posible donde hemos conseguido expulsar a los demonios fuera de los límites de lo habitable. En verdad, el otro es siempre algo de otro mundo. Ocurre aquí lo que ocurre con las meigas gallegas: que no existen, pero haberlas, haylas. De ahí que en el mundo moderno, el mundo que tiene el mundo bajo el control de la razón técnica, la experiencia religiosa, aquella en la que el sujeto se encuentra bajo el dominio de una genuina alteridad, sobreviva en las formas del relato mítico o de las historias de terror. Cualquier actualización —cualquier traducción— de la vieja experiencia religiosa a las condiciones más o menos confortables del mundo moderno, no consiguirá  más que un dios doméstico, un ídolo, un caniche, en modo alguno hacer de nuevo presente lo que en realidad fue. 

sóter

marzo 13, 2016 Comentarios desactivados en sóter

El cristianismo posconciliar, al desembarazarse de la noción de pecado, sobre todo, en la práctica pastoral, ha perdido el fondo desde el cual el kerygma cristiano deviene inteligible. Así, un cristianismo para el cual el pecado no es una condición —la situación que define nuestro ser-en-el-mundo—, sino, en cualquier caso, un salirse de la norma impuesta por Dios —un acto de desobediencia—, ya no sabe que hacer con el acontecimiento de la gracia. Pues, aquí de lo que se trata es, en último término, de hacer las cosas bien (o, si se prefiere, de purificar nuestro corazón). En este sentido, muchos cristianos progres acaban confundiendo la gracia con la experiencia de la vida como don. Pero, originariamente, no se trata de lo mismo. Pues, la gracia es, antes que nada, una medida de gracia, la cual exige, de algún modo, la intervención de Dios, aunque dicha intervención no se dé a la manera de los deus ex machina de las tragedias griegas, sino a través del escándalo de la Cruz. Gracia es redención, y la redención no es algo que el hombre pueda esperar donde confía solo en sus propias fuerzas, en su capacidad para hacer el bien. Sin redención, difícilmente Cristo puede ser reconocido como Señor. En el mejor de los casos, será visto como ejemplo, pero no como aquel por el que nos alcanza la salvación de Dios. Un cristianismo que no parta de la condición caída del hombre es un cristianismo que solo puede sobrevivir como moral —como precepto (y esto, a la larga, convierte el cristianismo en algo prescindible). Y es que para proclamar que es mejor amar que odiar, compadecerse del débil que pisotearlo —para defender el ideal de un mundo en donde impera la justicia— no hace falta apelar a ningún Dios. Evidentemente, la crisis actual del cristianismo es la crisis de la soteriología, de la idea misma de una Historia de Salvación.

criaturas

marzo 12, 2016 Comentarios desactivados en criaturas

Podríamos decir, grosso modo, que la sensibilidad religiosa es aquella que se encuentra a sí misma en la situación de quien depende de un poder que le supera por entero. Esto es, el sujeto de la sensibilidad religiosa se ve como criatura. Pero si la modernidad se autocomprende como la época que puede prescindir de Dios, y, por consiguiente, como la época en la que el hombre alcanza la mayoría de edad, entonces lo que difícilmente puede darse es esa conciencia de dependencia o, al menos, esa conciencia como dato natural. Si hoy en día alguien se sigue comprendiendo a sí mismo como criatura es por su cuenta y riesgo (y aquí algunos hablarían de psicología infantil). De ahí que modernamente el antiguo sobrecogimiento ante la irrupción del exceso sobrenatural —ante la irrupción de lo sagrado— haya sido sustituido por el sentimiento de lo sublime, el cual, en líneas generales, consiste en permanecer de pie ante ese exceso. Como decían los románticos —y Weber, en esto, seguía siendo uno de ellos— el mundo es un mundo despoblado de divinidad, un mundo dejado de la mano de Dios. Así, del todo está lleno de dioses de la Antigüedad, hemos pasado al todo sin encanto —todo sin Dios. En cualquier caso, aún cabe, por supuesto, el asombro ante el hecho de que haya algo en vez de nada. Pero este asombro ya no conduce a la criatura, sino, por decirlo así, a la conciencia de la propia finitud. Y evidentemente no estamos hablando de lo mismo, aun cuando algunos escritores espiritualistas intenten colarnos a la criatura por la puerta de la finitud. Lo que, sin embargo, no acaba de verse es que el desencanto del mundo —aunque eso sí supo verlo Max Weber— es, en parte, un daño colateral del Dios bíblico. Pues, lo que bíblicamente nos sitúa ante Dios —aquello que nos doblega, que nos arroja contra un suelo de piedra—, no es solo el asombro ante la desmesura de la creación, sino, sobre todo, la dura realidad del mal. Y ese que tanto una como otra responden a un mismo Dios en falta.

armas de destrucción masiva

marzo 11, 2016 Comentarios desactivados en armas de destrucción masiva

Dios salva destruyendo lo que en el hombre hay de terriblemente humano, mejor dicho, segando la hierba que crece bajo nuestros pies. Ahí donde Dios interrumpe nuestra existencia, ya no podemos confiar en nuestra posibilidad. De hecho, cualquier posibilidad deja de ser nuestra posibilidad —a la vez que el mundo, deja de ser nuestro mundo. Y, así, quedamos en manos de aquel en quien solo podemos confiar, aun cuando (o quizá por eso mismo) no podamos darlo por descontado.

siciliana

marzo 10, 2016 Comentarios desactivados en siciliana

La actitud de apertura a lo que, de algún modo, nos supera —la actitud religiosa— no salva, aun cuando pueda hacernos mejores o más dichosos. Y no salva porque, tarde o temprano, topa con la desgracia, con la evidencia de un mundo sin piedad. El Mal exige otra solución que la que aporta una actitud. El Mal reclama, por decirlo así, la intervención de Dios. Pero Dios, cristianamente hablando, no interviene a la manera de un deus ex machina, sino obligando a los hombres a redimir al esclavo, a alimentar al huérfano, a cobijar al sin papeles. Una obligación, sin embargo, excesiva para aquellos que aún confiamos en las posibilidades de nuestro mundo. 

silentes (y 2)

marzo 10, 2016 Comentarios desactivados en silentes (y 2)

Hay dos tipos de silencio: el que provoca nuestro asombro ante el exceso de la creación —el hecho mismo de que haya algo en vez de nada— y el que nace de nuestro estupor ante las chimeneas humeantes de los lager. El primero conduce a Oriente. El segundo, a Jerusalén. No son incompatibles. Al contrario. Pero si nos quedamos solo con el primero no llegamos a Dios. Tampoco si solo contamos con el segundo. Con el primero seguimos siendo unos niños. Con solo el segundo nos convertimos en nihilistas. El creyente, sin embargo, se sitúa entre ambos: entre la admiración y el enmudecimiento, entre la ingenuidad y el nihilismo más feroz. Podríamos decir que el creyente permanece en la perplejidad mientras aguarda un último dictamen, un eterno por-venir. Quizá deberíamos admitir que, con respecto a Dios, no hay saber que cancele nuestra esencial apertura a lo imposible, esto es, a ese deber-ser que en modo alguno puede darse como una posibilidad del mundo.

silentes

marzo 10, 2016 Comentarios desactivados en silentes

El silencio no es el fracaso del logos. Es su consumación. 

paradoxa

marzo 8, 2016 Comentarios desactivados en paradoxa

El pensamiento revelador es necesariamente paradójico, pues «para-doxa» significa, estrictamente, contra la opinión —contra el lugar común. Es por eso que el sabio ve lo que necio es incapaz de ver (y, por eso mismo, desprecia): la hiriente extrañeza de lo obvio.  

la revolución copernicana del cristianismo

marzo 6, 2016 § Deja un comentario

El cristianismo supone una inversión radical de la relación del hombre con Dios. Pues la pregunta no es qué hace Dios por nosotros —pues, esta pregunta no se sostiene sobre ninguna revelación—, sino qué puede —o, mejor dicho, debe— hacer el hombre por Dios, por aquellos con los que Dios en verdad se identifica: los excluidos, los que no cuentan, los que existen como muertos.

arena y cal

marzo 5, 2016 § Deja un comentario

La vida es un don desde la nada —la contracción— de Dios. Pero también, desde esa misma nada, la vida puede ser una maldición. Entre una cosa y otra anda nuestra existencia. Por eso, o bien, esto es lo que hay —y, por tanto, estamos en manos del destino—, o bien, estamos en manos de Dios, esto es, en manos de una última voluntad, y permanecemos, por consiguiente, a la espera de una resolución. Lo primero es un dato. Lo segundo, sin embargo, no es una mera suposición. Pues Dios no responde a nuestra necesidad de un final feliz. Incluso con respecto a la verdad de Dios nos hallamos en manos de Dios.

los peces en el río (y 2)

marzo 5, 2016 § Deja un comentario

Con todo, no deja de ser cierto que la esperanza más epidérmica de aquellos que viven como perros es que haya, de hecho, otro mundo o, mejor dicho, un mundo en donde sea posible, sencillamente, vivir. Pues, la vida es, precisamente, lo que aún tienen pendiente quienes viven como aquellos que no cuentan. Así, la esperanza creyente para ellos podría formularse del siguiente modo: si hay Dios, esto no puede acabar así. Cualquier reflexión que quepa hacer sobre esta esperanza elemental es material sobrante para esos hombres y mujeres. Sigue siendo cierto, pues, que el kerygma bíblico es literalmente increíble para quienes por suerte tenemos un lugar en este mundo.

los peces en el río

marzo 2, 2016 § Deja un comentario

Debería ser evidente que la genuina trascendencia es algo que no puede pensarse en los términos de otro mundo. Y es que, aun cuando descubriéramos la existencia de otro mundo, lo único que habríamos conseguido es desplazar las fronteras del mundo. Pues supongamos que nosotros fuéramos peces que se preguntasen si hay vida más allá del mar. Algunos creerían que sí, sobre la base de ciertos indicios, mientras que otros creerían que no: que no hay más que leña que la que arde, en este caso, más agua que la que moja. Da igual. Lo que esos peces puedan creer al respecto no los convierte en creyentes. La discusión, en cualquier caso, es irrelevante. Pues, hay vida más alla del mar, y no por ello estamos obligados a hablar de Dios. Si los peces adorasen a los mamíferos que pueblan la tierra, sencillamente se equivocarían, aunque su impresión fuera, sin duda, que se hallan ante seres superiores, al menos en cierto sentido. En cualquier caso, la tierra, para los peces del mar, es algo así como una figura —una imagen— de la trascendencia, pero, precisamente por ello, no se trata de una verdadera trascendencia. Es por eso que un Dios que existe, no existe, por emplear el dictum de Bonhoeffer. Un Dios que existiera al modo de los entes —o según el modo de la energía o una potencia superior— aun se encuentra del lado de acá como para ser reconocido como Señor. La trascendencia de Dios solo puede pensarse como lo otro del mundo, de cualquier mundo. Y, por eso, la realidad de Dios es lo eternamente pendiente de la existencia. Ahora bien, porque Dios siempre se encuentra más allá, no hay otra presencia de Dios que la de aquellos que soportan sobre su espalda la voluntad —el mandato— que se desprende de esa falta. De ahí que bíblicamente Ley y trascendencia —la demanda que nos convierte en rehenes del rostro y experiencia de Dios— sean dos caras de una misma moneda.

Arrio

marzo 1, 2016 § Deja un comentario

El arrianismo fue, como es sabido, una herejía y, como ocurre con cualquier herejía, su propósito no fue otro que el de hacer digerible el kerygma cristiano. Así, para Arrio, Jesús de Nazareth fue más que hombre, pero menos que Dios. Esto es, Cristo como semidiós. La idea de fondo era preservar por un lado la trascendencia de Dios —el monoteísmo bíblico— y, por otro, el carácter excepcional de una figura como la de Jesús de Nazareth. Y, sin duda, la propuesta de Arrio era perfectamente integrable en el marco de una mentalidad como la griega. Jesús de Nazareth sería algo así como un Hércules cristiano. De ahí que sea tan interesante —tan reveladora— la feroz oposición de la iglesia romana al arrianismo. Pues la iglesia insensatamente no estaba dispuesta a admitir que Jesús fuese menos que Dios, pero tampoco más que hombre. Ahora bien que Jesús fuera Dios en verdad —que fuera la verdad de Dios— sin dejar de ser hombre, no puede afirmarse sin alterar significativamente el apriori religioso sobre Dios. Pues no decimos aquí que Jesús estuviera lleno de Dios como si el hombre fuera simplemente un receptáculo de la divinidad —como si Jesús hubiera sufrido una posesión demoníaca, pero en bueno. Ser hombre significa ser otro con respecto a Dios, y, por eso mismo, la capacidad del hombre con respecto a Dios no debe entenderse como la capacidad de recibir, sino como la capacidad de responder. El hombre, en cuanto tal, es aquel capaz de responder a Dios y, por eso mismo, aquel que puede negarse a responder. Y lo que decimos cristianamente es que Jesús fue un hombre en este sentido. Jesús pudo haberse negado a Dios (y ahí está el episodio de las tentaciones en el desierto para atestiguarlo). De aquí se desprende que Dios, en relación con el hombre, no es el poder, ni siquiera el poder de la bondad, sino aquel que nos llama con voz ineludible —la voz de aquellos con los que Dios se identifica: los huérfanos, las viudas, el extranjero. Dios sería, en cualquier caso, el poder de la Ley, del Mandato y no el poder a la manera de una superenergía. Es verdad que el hombre recibe el espíritu de Dios. Pero el espíritu de Dios es lo que queda de Dios donde ya no queda nada de Dios, como quien dice. Y el espíritu de Dios es el que nos hace, precisamente, capaces de responder a la demanda infinita de Dios. Es evidente —o debería serlo— que todo esto se pierde en la concepción de Arrio, pues en ella no podemos evitar hacer de Dios una especie de ente o megapoder. Pero cristianamente no decimos esto, sino que no hay en el presente otro Dios que el que colgó de una cruz. Y algo le ocurre a Dios donde cuelga como un maldito de Dios. La concepción de Arrio es aún demasiado sustancialista, al igual que la de tantos otros hoy en día, como para ver que Dios no es independiente de la historia de Dios.

campanadas de medianoche

febrero 29, 2016 § Deja un comentario

La anécdota fue contada por Elie Wiesel en su libro la noche. Ante la visión de un niño ahorcado por las SS, unos prisioneros de Auschwitz se preguntan dónde está Dios. Y la respuesta es que se encuentra ahí, colgando de un palo. Más allá del efecto retórico, la respuesta posee un largo alcance teológico. Pues bíblicamente la pregunta no es qué hace Dios por el hombre —esta sería de hecho la pregunta típicamente religiosa—, sino que hace el hombre por Dios. Y es que, bíblicamente hablando, no hay otra presencia de Dios que la del justo sufriente, la de aquel que soporta sobre sus espaldas el peso de un Dios en falta. «Lo que hicísteis a estos pequeños, a mí me lo hicísteis». Dios muere cada vez que muere un hombre a manos del verdugo. Y, por eso mismo, estar sujeto a Dios es estar sujeto el mandato que se desprende de esa muerte.

orange juice

febrero 28, 2016 § Deja un comentario

Que al final terminaremos abrazados por Dios —amparados por su misericordia— es algo que las sensibilidades religiosas más blandas tienden fácilmente a creer, pues, sin duda, resulta más consolador creer en ello que en la posibilidad de una condenación eterna. Pero el único modo de encajar este final feliz con el drama de la Historia es que este mundo fuese una especie de campo de pruebas para purgar el alma o algo por el estilo, pero no el lugar en donde se decide nuestra aceptación o rechazo de Dios. Puede que la doctrina del karma sea verdadera. Puede que los hechos acabaran por confirmarla. Pero de serlo no habría diferencia entre ser criaturas de Dios y ser el experimento de una mente alienígena cuya intención fuera la de producir almas puras con las que alimentarse. Es obvio —o al menos debería serlo— que el cristianismo va por otro lado, entre otras cosas porque no hay hechos que puedan confirmar la verdad de Dios. Ciertamente, desde la óptica cristiana, lo primero es el perdón. Pero lo último es la redención de los justos, la resurrección de los muertos. Esto es, hay Juicio, crisis, discriminación. Podríamos decir que cristianamente somos juzgados por el perdón de nuestras víctimas y no tanto por el mandato del Padre. Y ser juzgados aquí significa que el hombre puede rechazar ese perdón. Que hay un punto en el que se decide el sí o el no de nuestra entera existencia. Que una vez se franquea ese punto, no hay vuelta atrás. Que el hombre, al fin y al cabo, puede elegir la condenación. Que existir es existir ante lo irreparable. Que Auschwitz, al fin y al cabo, no fue una broma de mal gusto. Ciertamente, mientras haya vida, el hijo pródigo siempre tendrá un plato en la mesa del padre. Pero, en el momento de la muerte, la suerta ya estará echada. Que haya Juicio significa, pues, que el hombre puede morir de espaldas a Dios, que está en sus manos perderse o salvarse, vivir o ser heraldo de la muerte. Que no es cierto que, ante Dios, todo dé igual. Que haya Juicio significa, por tanto, que esto, en definitiva, va en serio.

cristianismo y mito

febrero 27, 2016 § Deja un comentario

¿Es posible un cristianismo sin mito? Sí. Pues, el cristianismo es, de hecho, el antimito. Otra cosa, sin embargo, es que el cristianismo sobreviva históricamente bajo la capa del mito. ¿Qué es el mito? Caemos en el mito cuando olvidamos el carácter dialéctico de la realidad de Dios. Esto es, cuando hacemos de Dios un ente, aunque sea espectral. Pero Dios no es un ente —Dios, estrictamente hablando, no existe, aun cuando sea real. Por un lado, Dios es lo enteramente otro. Lo enteramente otro es, por defecto, lo que queda fuera de una determinada receptividad: lo esencialmente inalcanzable, un intangible, un no acabar de ser, un déficit, un eterno más allá. En este sentido, Dios en sí mismo, es lo siempre pendiente de la existencia. Dios, en tanto que real, se encuentra siempre más allá de cualquier mundo, incluso del sobrenatural (de haberlo). Dios no es de otro mundo, sino lo otro del mundo. Dios, en sí mismo, no es, sino que fue (y, porque tiene pendiente volver a ser, Dios es el que será). Por otro lado, Dios, en tanto que real, es lo que se hace presente, se manifiesta. Ahora bien, por lo que acabamos de decir, Dios no puede aparecer como Dios. En cualquier caso, aparece como apariencia de Dios —como imagen de Dios. Y, bíblicamente, Dios aparece con la voz —el grito— de los que sufren la trascendencia, la ausencia de Dios. Los pobres, en tanto que existen ante un Dios en falta, son la imagen, la huella de Dios. Dios, en sí mismo, se oculta, donde aparece (de ahí lo que decíamos sobre el carácter dialéctico de la realidad de Dios). Por eso, la cruz es revelación —que no ilustración— de Dios. Por eso el crucificado no constituye una ejemplificación de Dios, sino presencia misma de Dios: de Dios, cristianamente hablando, no tenemos otra cosa que a un hombre que cuelga de un madero en nombre de Dios —y que perdona en su nombre. Que el cristianismo sobreviva haciendo del que ocupa el lugar de Dios, una vida ejemplar —un símbolo de Dios… entre otros— es algo que convierte, ciertamente, al cristianismo en una religión más. Pero el cristianismo, en su esencia, no es una religión entre otras. Es, de hecho, la antireligión, un escándalo, una mutación de lo que religiosamente se entiende por Dios.

fundamentación de las costumbres

febrero 26, 2016 § Deja un comentario

Ciertamente, no tiene sentido discutir sobre las bondades del helado de vainilla frente a las del helado de mango, pongamos por caso. Pero no parece que podamos decir lo mismo con respecto a nuestras diferencias en asuntos morales. No parece que, moralmente hablando, dé lo mismo ser generoso que no serlo, compadecerse del débil que aprovecharse de él. Así, damos por sentado que tienen que haber razones que justifiquen una opción frente a su contraria, es decir, que tienen que haber razones que justifiquen —y no solo causas o motivos que expliquen— nuestro sentido del deber. Entendemos que estas razones, de existir, deberían obligarnos a actuar moralmente, con independencia de si nos sentimos o no emocionalmente inclinados a hacerlo. La razón obliga —la razón es coactiva— y del mismo modo que nos fuerza a reconocer la necesidad de una determinada solución a un problema de lógica o matemáticas, debería también obligarnos en el caso de un dilema moral. Ahora bien, supongamos por un instante que existieran estas razones. ¿Tendría sentido responder con una demostración a aquel que nos preguntara por qué cuidamos de él o somos generosos con él? ¿Acaso no es esto, precisamente, lo que no deberíamos hacer? La pretensión de que una justificación de nuestro sentido del deber moral constituya, en última instancia, un buen motivo para cumplir con ese deber es, de por sí, aberrante. ¿Cómo es, entonces, que aún en filosofía moral algunos siguen exigiendo razones que pudieran convencer hasta a un psicópata?

limes

febrero 22, 2016 § Deja un comentario

Dios no es la respuesta a las grandes preguntas —qué hacemos aquí, de qué va tot plegat—, sino la eterna ignotum x por la que dichas preguntas se quedarán sin respuesta. Dios no ofrece, pues, un sentido a nuestra existencia. Al contrario: Dios, en tanto que está esencialmente por ver, desplaza la cuestión del sentido a esa especie de límite asintótico que es el final de los tiempos. Así, porque hay Dios, no hay sentido. En cualquier caso, un esperar sin sentido. Al fin y al cabo, tiene que haber paz, si hay Dios. Pero seguiremos sin entender nada.

topografías

febrero 20, 2016 § Deja un comentario

Hay vidas que hablan de Dios. Hay otras, en cambio, que nos hablan de su creencia en Dios. Las primeras ocupan el lugar de Dios, quizá porque Dios da la callada por respuesta. Las segundas, por contra, mantienen a Dios en la cima, esperando nuestro ascenso, nuestra purificación. 

teoría de la encarnación

febrero 17, 2016 § Deja un comentario

Pero ¿acaso pudo Dios soportar el peso de un solo hombre? ¿No fue por ello que tuvo que caer?

en coma

febrero 16, 2016 § Deja un comentario

¿Qué es el clamor? Un dirigirse a Dios de quien ya no puede esperar nada de Dios, salvo lo increíble. ¿Qué es el cielo para el que clama? Un muro de piedra, una espesa e infinita oscuridad. ¿Qué esperanza puede tener el niño que, tras un error del anestesista, permanece emparedado en su cuerpo, sin poder mover un músculo, ni ver, ni oír, ni hablar? ¿Acaso la muerte aquí no sería una liberación? ¿Y sus padres? ¿Acaso pueden esperar otra cosa de Dios que la resurrección de los muertos? ¿Acaso ese niño no es una imagen de todas las víctimas de la Historia? Incluso con respecto a la verdad de Dios estamos en manos de Dios.

asíntotas

febrero 15, 2016 § Deja un comentario

El santo va tras las huellas Dios. Pero, lo cierto es que, con respecto a Dios, cuanto más cerca, más lejos. Esto es, en su búsqueda de Dios, el santo no puede menos que fracasar. De ahí, su vacío, su humillación. Por eso, no deja de ser extraño que solo a través de los santos pueda el impresentable hacerse presente.

duna

febrero 14, 2016 § Deja un comentario

El desierto crece, dejó escrito Nietzsche. Y es verdad. Pero convertirse en desierto, acaso sea lo más extraño —lo más santo, dirán algunos— que pueda hacer un hombre consigo mismo.

spe

febrero 13, 2016 § Deja un comentario

La esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certidumbre de que algo tiene sentido, independientemente de cómo de resuelva.
Vaclav Havel

hegeliana

febrero 12, 2016 § Deja un comentario

Decía Eugenio Trías que cada religión expresa, a su modo, la verdad de lo sagrado. Que las religiones son algo así como el artefacto, mezcla de culto y creencia, que pretende alcanzar, aunque sea a tientas, esa realidad que se encuentra más allá de los lindes que constituyen el mundo que habitamos. Hasta aquí nada que pueda soprender a nuestro sentido común. Sin embargo, es posible que, para clavarla, falten unas pocas dosis de abstracción hegeliana. Pues, a la vista del pluralismo religioso, lo que parece decisivo en la configuración de lo sagrado no es la realidad a la que apuntan los diferentes credos, sino la operación que escinde el campo de cuanto existe en, por un lado, el ámbito de lo sagrado y, por otro, el de las apariencias. Ocurre aquí lo que observamos en el territorio del arte. Así decimos que la verdad del arte no se halla en el «objeto bello», el cual se podría entender como una representación fragmentaria de una supuesta belleza absoluta, sino en el gesto, al fin y al cabo formal, que separa la obra de arte de los utensilios, de cuanto posee un valor instrumental. En este sentido, la verdad del arte residiría en el marco, tal y como supo ver Marcel Duchamp. La verdad del arte se encuentra en la muerte de la Belleza. Pero, precisamente, porque no hay Belleza que representar, todo queda cargado con el aura de la Belleza, desde una taza de water hasta el ruido del ascensor (como pretenden los defensores de la música concreta). Por eso mismo, y volviendo a la cuestión religiosa, el cristianismo difícilmente puede comprenderse como una religión entre otras, pues el cristanismo, en tanto que es la religión de la muerte de Dios, supone el desenmascaramiento —la revelación— de Dios como despojo del hombre. Para una sensibilidad cristiana, un Dios que pueda concebirse al margen del que murió colgando de un madero es, sencillamente, una ilusión. En este sentido, el horizonte de la praxis cristiana no sería la extinción de la conciencia, sino, al contrario: la hiperconciencia.

una de fideos

febrero 10, 2016 § Deja un comentario

Uno es el que es. Y no puede ser otra cosa. Es decir, uno acaba haciendo consigo mismo lo que puede, no lo que quisiera. Uno no puede dejar de ser quien es. Esto, cristianamente, se expresa como humildad: al fin y al cabo, uno debe acabar aceptando que ha sido llamado a una sola cosa, aquella en la que es bueno. Secularmente, hablaríamos de la finitud. De ahí que, si Dios no se encuentra sujeto a ninguna limitación, pueda dejar de ser quien es y pasar a ser otra cosa. Por ejemplo, un galileo, una chusma.

el lado oscuro de la virtud

febrero 9, 2016 § Deja un comentario

Toda virtud posee su lado oscuro, su deformación. El lado oscuro de la virtud no es, propiamente, su contrario, sino su sobrante. Así, el lado oscuro de la generosidad es el derroche. El de la voluntad, la obcecación. El de la esperanza, la ilusión. El de la valentía, la temeridad. El de la bondad, la estupidez. La virtud no deja de ser virtud solo por defecto, sino también por exceso, aunque quizá deberíamos decir sobre todo por exceso. Pues si la virtud se halla anclada en un modo de ser —si la virtud es el lado luminoso del carácter— resulta hasta cierto punto estéril decirle al iluso que sea un realista. Un iluso no puede ser un realista, sino en cualquier caso alguien con esperanza. Ciertamente, cuando le inyectamos dosis de realismo contribuimos a disminuir su ilusión. Pero resulta vano, en condiciones normales, pretender que acabe siendo quien no es: alguien ligado al dato, a lo que hay. Su tendencia natural es la de quien vive esperanzado y, por tanto, su telos —su horizonte vital— es la esperanza, no el realismo. Y a la inversa, todo defecto tiene su lado luminoso. Así, resulta estéril decirle al tacaño que sea generoso. No puede serlo por constitución. En cualquier caso, lo que debe acabar siendo es aquello que en el fondo es: alguien austero, ahorrador. No iban desencaminados los griegos al reconocer que no hay virtud —no hay buen carácter— sin unas buenas dosis de sabiduría.