Yeshayahu Leibowitz
abril 20, 2020 § Deja un comentario
Yeshayahu Leibowitz, científico pero también teólogo, fue algo así como el Karl Barth de la fe judía. La editorial Taurus tradujo en su momento La crisis como la esencia de la experiencia religiosa —el título es, de por sí, programático—, una serie de artículos que giran en torno a la pregunta sobre qué supone estar ante Dios. Su tesis es simple, aunque profunda: la separación entre Dios y el hombre es radical; en el mundo no hay indicios de Dios. El Holocausto carece de significación religiosa. Tampoco el paso del mar Rojo. El dedo de Dios no actúa en la historia. La fe supone la crisis entre Dios y el hombre. Quien ha topado con Dios ha sido, por eso mismo, desplazado del mundo. No hay signos de Dios al margen de la situación en la que el hombre se encuentra. Traducción: Dios no es el dios que habita en una dimensión oculta y del que percibimos alguna que otra señal. No sabemos de Dios como el conde Montecristo llegó a saber que tenía un compañero de prisión por los golpes que este le dirigía a través del muro que los separaba. De hecho, con respecto a Dios, no sabemos nada, salvo que es. De Dios no tenemos, literalmente, ni idea. Aun cuando Leibowitz no llegue a afirmarlo explícitamente —y acaso tampoco a pensarlo—, podríamos decir que hay Dios porque el hombre se encuentra a Dios en falta (y en falta ante Dios); porque, en definitiva, no hay nada en verdad otro en cuanto está a nuestro alcance. No hay otra realidad que la que perdimos de vista al nacer. Y lo que no es real —lo que no es en su desaparición— es fantástico. La fe no reposa sobre el argumento. Según Leibowitz, la fe exige una posición de valor. El hombre tan solo debe ocuparse de dar culto a Dios —y esto implica cumplir los preceptos de la Ley, incluyendo, por supuesto, el deber de dar de comer al hambriento. En relación con la fe, la psicología no juega ningún papel. El creyente, sea cual sea su situación —en la sinagoga o en Auschwitz—, se mantiene firme ante Dios. Quien dejó de creer a la vista del horror nunca creyó en Dios, sino en la ayuda de Dios. Job sería, desde la óptica de Leibowitz, el caso ejemplar.
Con todo, uno podría preguntarse, si al hablar de Dios, no estará Leibowitz hablando únicamente de la existencia del hombre, esto es, de lo que conlleva, en definitiva, el hecho de estar en el mundo como un arrancado de raíz. Ciertamente, esto es muy judío —y hasta cierto punto, muy verdadero. Pero el creyente no solo se encuentra expuesto al misterio de Dios —un misterio que no admite un Dios concebible a la manera de un ente—, sino que también permanece a la espera de Dios. Y resulta difícil mantenerse en ella sin la mediación del mesías —aun cuando este termine, contra toda expectativa, clavado en una cruz. Pues, un Dios que, a pesar de su extrema trascendencia, en modo alguno pueda incorporarse, no es más, aunque quizá tampoco menos, que la ignotum X de nuestra impotencia.
Mt 25
abril 19, 2020 § Deja un comentario
Mt 25 no deja de ser un texto extraño. Si leemos con atención, veremos que los justos se sorprenden a la hora de ser elevados a la derecha del Padre: cuándo te vimos hambriento, desnudo, etc. Y la respuesta ya sabemos cuál es. Donde tenemos a Dios demasiado presente, el pobre difícilmente nos alcanzará con su llanto. En cualquier caso, podrá conmovernos, pero no desencajarnos. Dios tiene que desaparecer para que el crucificado —y aquellos con los que se identifica— ocupe su lugar. Al fin y al cabo, no cabe responder al clamor de Dios donde Dios se da por descontado a la manera de un deus ex machina. La respuesta del hombre a Dios inevitablemente se da sin Dios mediante. De no ser así, los justos no se sorprenderían. Como si la certeza religiosa nos alejara de la fe. Aun cuando parta de la creencia en la que ha sido educado, un cristiano no puede evitar recorrer el camino de la cruz. Y esto significa que, en el momento de la verdad, incluso lo que acabamos de decir salta por los aires. El sentido no pertenece a quien lo encarna. Aun cuando, por eso mismo, solo él da sentido. Literalmente.
extraterrestres
abril 18, 2020 § Deja un comentario
¿Existen los extraterrestres? Claro. Somos nosotros. La tierra se nos resiste (y el hombre es su cáncer). El mundo no es nuestro hogar. Aunque tampoco cualquier otro mundo. No parece que haya una tierra que pudiéramos habitar sin destruirla. Como arrancados, no pertenecemos a ningún mundo.
de la aparición
abril 17, 2020 § Deja un comentario
No hay aparición —ningún ángel que interrumpa la continuidad de los días. Y si la hubiera, sería circunstancial. Basta con que el ángel —el fantasma— permaneciera a nuestro lado, visible hasta incluso palpable, por no hablar de su olor, para que llegara a formar parte del mobiliario. Un ángel tiene que desaparecer para conservar su aura. La aparición aún tiene demasiado que ver con nuestra naturaleza impresionable—con lo que nos parece que es— como para que podamos hablar de la verdad. Ciertamente, quien posee una sensibilidad para la trascendencia, creerá que el ángel es un indicio. Pero el indicio funciona solo si presuponemos que lo verdadero —la auténtica belleza o bondad, pongamos por caso, en definitiva, la genuina solidez— se ubica en otro mundo. Que lo real reside en lo oculto. Quizá sea inevitable que un ángel nos parezca divino. Sin embargo, que nos lo parezca no significa que lo sea. Podría tratarse, perfectamente, de un extraterrestre. Y un extraterrestre no es más que un extraterrestre. Aunque se nos presente como un ser superior. En el fondo, se trata de la propensión infantil al descubrimiento. La búsqueda del tesoro —la inclinación a cruzar la puerta que no deberíamos cruzar— es la metafísica de la infancia. Puede que lo encontremos —puede que crucemos la puerta. Pero tarde o temprano se impondrá la decepción. De ahí el desconcierto que provoca la revelación bíblica: lo que nos parece que es divino en realidad no lo es. Dios no aparece como dios. En verdad, Dios es el Dios que retrocedió a un pasado inmemorial en el origen de los tiempos —y por eso, el mundo es mundo. De Dios, únicamente el eco de su voz —de un clamor insoslayable. Por ahí van los tiros de la distinción profética entre el Dios verdadero y el falso dios. Dios siempre más allá de nuestra expectativa acerca de Dios. La eternidad de Dios sería la imposibilidad del Otro como tal. Estar ante Dios equivale a estar ante un Dios eternamente por-venir. O mejor dicho, estar ante Dios significa estar ante el que ocupa su lugar. De hecho, en esto consiste la disrupción cristiana. ¿Buscas a Dios? Ahí lo tienes, colgando de un madero. Sencillamente, es imposible —deberíamos decirnos. La revelación, antes que conducir a la fe, incita nuestro rechazo. Ahora bien, tan solo es necesario que no sepamos qué hacer con la resurrección para que la proclamación del crucificado como Dios equivalga a decir, como viera Nietzsche, que no hay Dios. O cuanto menos, el dios que concebimos desde nuestra necesidad de dios.
Matrix
abril 16, 2020 § Deja un comentario
Matrix es, tal cual, una película religiosa. Todos, en nuestras cápsulas. Como mónadas. Nadie puede trascender el horizonte de lo que le parece que es. Cada uno en su mundo. De ahí que el mundo en común no deje de ser un malentendido —y un malentendido que el filósofo revela al hacerse una simple pregunta —pero, al fin y al cabo, de qué estamos hablando. La objetividad no deja de ser un apariencia más conveniente —más empleable. Sin embargo, en Matrix hay la verdad. Y la verdad, como siempre, se ubica por encima de nuestras cabezas —más allá de las cápsulas. Como si se tratase de la verdad de Dios. En Matrix, sin embargo, no da la impresión de que Dios nos ame. Matrix se alimenta de las mentes humanas —de los sueños de los hombres. En cualquier caso, cuida de nosotros como pueda hacerlo un criador de cerdos. Para que la película fuera una parábola bíblica Neo debería haber topado, en vez de con Matrix, con el aún nadie —con su silencio. No hay pastilla azul que nos abra los ojos al mundo verdadero. La verdad no se resuelve en los términos de otro mundo. Jean Paul quizá tuviera razón: Cristo resucita para decirnos que no hay nadie tras el muro. Tampoco es que pudiera decirnos otra cosa si él es en verdad el único Dios (aun cuando lo ignorase). Rahner sostuvo algo parecido —Dios, en los cielos, seguiría siendo un misterio. También, Nietzsche. Pues si el crucificado es Dios, entonces no hay Dios. Aunque, sin duda, no es lo mismo hablar del misterio que de la nada.
aprender a leer
abril 15, 2020 § Deja un comentario
Salvo que lea tonterías, nadie entiende nada de lo que lee hasta que no se imagina a su autor diciéndoselo o contándoselo. De lo contrario, lo leído fácilmente nos resbala. No es lo mismo leer, pongamos por caso, que tan solo lo invisible es real que escucharlo de boca de Platón, como quien dice. Ante un diálogo platónico es inevitable que terminemos diciéndonos de acuerdo, lo he entendido: esto es lo que piensa Platón. Y por supuesto, esto está muy cerca de no haber entendido nada. No es lo mismo leer los fragmentos del libro de Job en donde se nos narra la perdida de los hijos y el desprecio de la esposa que escucharlo de un Job que tuviéramos en frente. En el primer caso, es posible que nos quedemos igual: vale, se le murieron los hijos; ahora tiro porque me toca. Raramente, en el segundo. Una palabra fue, antes que grafo, voz —antes cuerpo que un contenido mental. No es casual que la filosofía, en tanto que reflexión sobre la experiencia, naciera con la escritura. Pues la escritura —como la pregunta acerca de qué estamos hablando— nos distancia de lo dicho. En el texto —y la raíz de texto es, precisamente, textura— las palabras terminan remitiendo unas a otras. Un texto se basta a sí mismo.
Cuanto acabamos de decir no implica, sin embargo, que la palabra de la experiencia sea incapaz de incorporar la más mínima reflexión. Al contrario. La reflexión que va con la experiencia —la distancia que provoca— no es la que pone en suspenso el significado de las palabras, como si fuéramos un dios al que nada humano le afectase, sino la que, debido al sufrimiento que tarde o temprano acompaña al simple hecho de seguir con vida, nos deja, precisamente, sin palabras. La voz incorpora, por decirlo así, el hiato que nos separa de lo natural o común, de cuanto nos parece que es, un hiato que todavía sangra —que aún no ha sido pensado. No hay voz que no proceda de un desengaño. Por eso, quien sabe leer, tras haber prestado oídos a quien tiene algo que decirnos, no sale disparado a por un bloc de notas. Se queda en silencio (y quizá porque las palabras que leyó son las que anteceden al silencio).
Quien sabe leer, lee escuchando —yendo hacia atrás, retrocediendo hacia el llanto o el hueco que sostienen las palabras pronunciadas como si fueran piedras. Al fin y al cabo, la lógica del argumento —o del relato— enmascaran la voz. Y sin voz no hay significado, sino solo diccionario. Un texto exige el comentario, la paráfrasis, la glosa. En modo alguno, la voz. De ahí que acaso la única palabra viva sea la del poeta. En el poema, no hay modo de arrancar la palabra de la boca. Y es que acaso la boca que merece ser leída es aquella que emite las últimas palabras, aquellas que deberíamos pronunciar antes de guardar (el) silencio. Frente a un escritor que valga la pena escuchar —y aquí hablamos probablemente de un escritor en fase terminal— uno siempre debería preguntarse qué has visto tú que no hayamos visto los que aún creemos que hay algo por descubrir (y acaso conquistar).
dos modos de pronunciar sí
abril 14, 2020 § Deja un comentario
Podemos decir, como si hubiéramos puesto los dedos en un enchufe, que la bondad lo es todo. Pero también podemos decirlo habiendo vuelto de Auschwitz. No es lo mismo —no decimos lo mismo. En el primer caso, lo dicho tiene que ver solo con lo que nos parece que es, aun cuando este parecer esté cargado de sentimientos. Como si el sentimiento fuera la medida de la experiencia. En el segundo, propiamente no hablamos de lo que es, sino de lo que será. Pues resulta evidente que lo evidente es lo contrario. En el mundo, prevalece el No. Aquí la esperanza arraiga en la visión de lo imposible —de lo que, no pudiéndose darse, se dio. Y no porque el que cargó sobre sus espaldas el peso de la bondad donde no podía haber bondad fuera alguien que no se diese cuenta de dónde se encontraba. Sus verdugos le hicieron ver cómo sus hijos morían ahorcados. De hecho, ya se nos informó sobre este asunto: el resucitado conserva en su cuerpo las marcas de la cruz. La fe nunca fue naïve.
algo más que ingenuidad
abril 13, 2020 § 1 comentario
Pablo fue proclamando como un poseso que Jesús había resucitado. Y si fue capaz de hacerlo, viniendo de donde venia, es porque se le apareció. Pero ¿nosotros? ¿Podemos cantar como quien no quiere la cosa que somos testigos de la resurrección? ¿Acaso no nos resultan familiares las llusiones ópticas? ¿No sigue siendo ingenuo depositar nuestra confianza en lo que nos parece que es? ¿Es que no hemos aprendido nada? Como si no se nos hubiera dicho —y no por los téologos, sino precisamente por el testigo— que ante Dios nos quedamos sin habla. Y esto porque Dios desaparece para que ocupe su lugar un crucificado en su nombre. Ciertamente, para un cristiano, la cruz no es la última palabra. Pero ¿cómo hablar de la resurrección donde no hemos visto a ningún resucitado —a nadie que haya regresado con vida del infierno (y no por un acto de resiliencia, sino por el poder de la bondad)?¿Acaso aquí la fe no tendrá que ver solo con los motivos personales, con nuestra necesidad de buen rollo? Es como si ahora nos pusiéramos a cantar con entusiasmo que hubo quienes sobrevivieron a Auschwitz sin tener ni idea de lo que fue Auschwitz —sin haber visto ni siquiera unos minutos de Shoa. ¿No pareceríamos unos sectarios, por no decir unos estúpidos? O lo que quizá sea peor, como aquellos que, una vez más, toman el nombre de Dios en vano, aunque sea con buena intención. ¿Es posible que el creyente, tarde o temprano, termine apartándose de la parroquia? Y no porque quiera, sino porque no puede permanecer en ella sin perder la fe. Con todo, —y esto probablemente también lo sepa— sin el humus de la parroquia, y en gran medida el humus está compuesto de heces, difícilmente se encontraría donde se encuentra. De ahí que la tensa relación entre fe y política —entre profecía y templo— solo pueda resolverse como paciencia.
la isla del tesoro
abril 13, 2020 § Deja un comentario
A nadie le interesa la verdad. En cualquier caso, preferimos creer que nuestra fábula es verdadera. Y este es, sin duda, otro asunto. A la filosofía —como a la teología— no le queda otro rincón que el de los cofrades. La verdad —que la haya, aunque no para nosotros— nunca fue exotérica, a pesar de la pasión común por lo oculto. Ciertamente, para dar rienda suelta a esta pasión debemos suponer, como lo supone cualquier niño, que algo —y algo fascinante— permanece encerrado bajo siete llaves. Que tras la prohibición de no pasar —o mejor aún, de no tocar— se amaga algo que merece el riesgo de la transgresión. Y aquí la filosofía ha hecho méritos de sobra como para seducirnos. Pero el problema de la filosofía, como también el de una teología audaz, es haber descubierto que tras el velo de las apariencias no hay más que el altar vacío de Dios. Ahora bien, este hallazgo no es que sea, precisamente, fabuloso. Por suerte para Dios.
tener presente al resucitado
abril 12, 2020 § Deja un comentario
Puede que la única pregunta que uno deba hacerse —hay, sin embargo, muchas variantes— es qué tiene presente en el presente. O también, qué ve en lo que ve. Frente a los cuerpos, ¿material comestible? ¿El zulo de un alma desencajada? No es exactamente lo mismo. Hoy, en el mundo cristiano, se celebra la resurrección. Y muchos en las misas virtuales de ahora —¿hay alguna que, actualmente, no lo sea?— serán exhortados a alegrarse: ¡Jesús ha resucitado! Como si la alegría fuera un deber (y un deber encuentra su sentido, precisamente, en su incumplimiento). ¿De verdad? Una vez más, la mala conciencia, el escrúpulo que se desprende del púlpito —o de la cátedra—: es que, de hecho, no termino de alegrarme (nos decimos con la boca pequeña). Y sobre el secreto, todos a agitar las velas con entusiasmo. ¿Podemos tener presente al resucitado como quien no puede evitar el alborozo por la lluvia tras la sequía? Quizá aquí el cristiano haría bien en tener en cuenta que no hay acceso directo al resucitado —como tampoco lo hay al que anduvo por Galilea haciendo milagros y anunciando la proximidad, tan ansiada por unos como temida por otros, del Reino de Dios. Y donde no cabe un acceso directo se necesita una mediación —un resucitado más tangible o, por decirlo a la clásica, un santo. ¿Quieres tener presente a quien volvió con vida del Sheol? Recuerda a Caddy —a Grégoire. Tarde o temprano, un cristiano debería poder decir, he visto la bondad entre los muertos. Si no, ¿qué salvación para los satisfechos?
2001
abril 12, 2020 § Deja un comentario
El mundo —lo habitual— se nos revelaría como extraño, por no decir ficticio, donde cruzáramos el umbral que nos separa de una dimensión desconocida y superior (pues, de no serlo, lo que nos parecería ilusorio sería, precisamente, el mundo inferior). Como le ocurriría a la hormiga si, de repente, adquiriese la conciencia de que forma parte de nuestro mundo. Sin embargo, es posible que con ello la hormiga tan solo hubiera conseguido sustituir una apariencia por otra. El efecto de que se le había revelado lo real sería transitorio. Al fin y al cabo, no salimos de lo que nos parece que es. Lo real —la radical alteridad del en sí— es, por eso mismo, el eterno porvenir del mundo. Es posible que la vida del espíritu —la profundidad que nos aleja de los chimpancés— comience con un desplazamiento del mundo. A partir de ahí, de lo que se trata es de regresar. Aun cuando no podamos hacerlo como si nada hubiéramos visto. De hecho, solo es posible como quien ha visto la nada. Es lo que tienen en común Sócrates y el profeta. Sin embargo, la diferencia entre ambos pasa, cuando menos, porque el segundo no puede obviar, en su estar de vuelta, el sufrimiento de tantos. Como si la redención, más que una posibilidad, fuese una Ley.
contemplar y adorar
abril 11, 2020 § 2 comentarios
La contemplación es a la filosofía lo que la adoración, a la religión. Aquí no hay tanto dos psicologías enfrentadas como dos modos, y me atrevería a decir que inconmensurables, de estar ante lo que nos supera. En filósofo no se siente inclinado. Más bien, permanece en pie —o si se prefiere en la posición del loto. El misterio —lo que provoca su asombro— es que el mundo sea; el que haya algo en vez de nada. En cambio para quien posee una sensibilidad religiosa, mejor dicho, bíblica, el misterio apunta a una ausencia fundamental. El todo es el no-todo. El mundo pende de una alteridad que, como tal, en modo alguno puede ofrecerse, salvo como una alteridad en falta. Por eso mismo, aquí no deberíamos hablar propiamente de lo sagrado, de la aparición monstruosa que provoca al mismo tiempo nuestra fascinación y temblor de piernas. Sencillamente, no hay aparición. De hecho, lo que pone de rodillas al creyente no es el misterio de Dios, sino lo que ocupa su lugar: la madre que lleva a su hijo en brazos, tras morir de hambre, al fin y al cabo, un sufrimiento que no admite una explicación. Así, lo que para el filósofo es vacío, para el creyente es un mañana que ni siquiera logra concebir. Según el primero, nunca tuvimos padre. En cambio, desde la posición del segundo, nacimos como abandonados en un portal. El creyente permanece a la espera de un Dios que —y esta es su convicción más íntima— solo podrá revelarse como hombre que permanece fiel a la voz de un padre que no es nadie sin la respuesta del hijo. Incluso en los cielos, Dios seguiría, en sí mismo, estando por ver. Entre el filósofo y el creyente anda nuestra existencia. En cualquier caso, lo que no es de recibo, aunque habitual, es la idiotez. Pues para el idiota, en el sentido etimológico de la palabra, nada hay que esté por encima o más allá de su particular interés. Y no porque en realidad haya algo más —que no lo hay—, sino porque, de haberlo, estaría de más.
hegelianas (1)
abril 10, 2020 § Deja un comentario
Si la religión en el hombre se basa sólo en el sentimiento, entonces rectamente no tiene más determinación que la de ser el sentimiento de su dependencia, y de este modo el perro sería el mejor cristiano, pues lleva en sí este sentimiento del modo más acusado y vive principalmente en este sentimiento.
GWF Hegel
judaísmo y misticismo
abril 10, 2020 § 1 comentario
El judaísmo hizo de la nada un Dios. Este fue su hallazgo —su aportación a la historia de las religiones. Y aquí, a pesar del aire de familia, estamos lejos del misticismo. Pues nada significa que no hay Dios que nos saque las castañas del fuego (y cuando las castañas son los macabeos, la afirmación deja de ser una ocurrencia). Sin embargo, antes de disolver a Dios, el judaísmo tuvo que transformarlo en promesa de Dios. Antes que nada, Dios fue un Dios por ver. El cristianismo, como judaísmo radical, acabó dando la puntilla. ¿La promesa de Dios? Ahí la tienes: colgando de una cruz. El ateísmo contemporáneo —nuestro espontáneo pasar de Dios— es un hijo bastardo de la cruz. Sin embargo, para fructificar, el cristianismo antes tuvo que convencerse de su verdad, de lo que estaba diciendo al proclamar que no hay otro Dios que el crucificado (y en este punto, Nietzsche, al anunciar la muerte de Dios, demuestra ser mejor teólogo que muchos de los profesionales de Dios). Pues el cristianismo comienza dando marcha atrás, al hacer de la cruz una paradoja: el poder de Dios reside en su impotencia; Dios vence a la muerte, muriendo por nosotros, etc. De ahí que la paradoja cristiana pueda entenderse como una solución ad hoc de la disonancia cognitiva a la que se enfrentaron los discípulos. Como cuando intentamos convencernos de que la imitación que nos han colado en vez del diamante es, en realidad, la verdadera joya.
Ahora bien, esto sería tal y como lo decimos, si no fuera cierto que nacemos como huérfanos de Dios. La falta no es una proyección. En cualquier caso, cuanto ocupa su lugar en el presente. Es de idiotas, literalmente, suponer que lo real es lo que se ajusta a los moldes de la representación. Y es que nada es más real que lo esencialmente insólito o extraño, lo que en modo alguno es, o también, lo que es en su retroceso (y por eso mismo se resiste a la manipulación). Y quien dice insólito, dice imposible o inconcebible. Hay Dios. Pero no para nosotros. Para nosotros un crucificado en nombre de Dios. Sin embargo, la osadía cristiana consiste en declarar que esto no solo tiene que ver con nosotros, sino también con Dios. Sobre todo, con Dios.
el cristianismo y la Bauhaus
abril 9, 2020 § Deja un comentario
La mujer es la vestal —la diosa. Ella nos somete con el poder de lo extraño y, a la vez, fascinante. Una mujer, en cambio, es algo más: es un no terminar de coincidir con la mujer —con el paradigma. Aquí, nunca mejor dicho, menos es más. La deformidad que constituye el sello de lo individual —al fin y al cabo, de la personalidad— es, en gran medida, una resistencia a la divinidad. La mujer, en tanto que persona, lleva encima la máscara de lo que debiera ser. Así, nos atrae su aspecto, pero de entrada no queremos saber nada de la indigencia que oculta. A la indigente solo podemos abrazarla. Pero no sin que nos invada su mal olor. Esto es, no sin desprendernos de nuestro antifaz. Obviamente, podríamos decir algo parecido del hombre con respecto a la mujer. Quizá tuviera razón Nietzsche al decirnos que un Dios que se ponga de parte del pobre es un pobre Dios. Más aún: un Dios que se identifique con él es un Dios que en modo alguno puede ser divino. En este sentido, el Dios cristiano sería un Dios ad hoc, a la medida de aquellos que no soportan haberse quedado sin herencia. Aun así, lo que no vio Nietzsche es que el excluido es el envés de la exclusión de Dios. La muerte de Dios fue antes cristiana que nietzscheana. No hay la mujer, sino en cualquier caso mujeres de carne y hueso —como tampoco hay el hombre. No hay otro Dios que el que cuelga de una cruz. Y esto equivale a decir que no hay dios que valga como Dios. Antes que la Bauhaus, el cristianismo supo ver que, como decíamos antes, menos es más.
ironía y encarnación
abril 8, 2020 § Deja un comentario
Cuanto más somos conscientes de que, en el fondo, no tenemos ni idea, más tendemos a situarnos irónicamente con respecto al juego que jugamos por el simple hecho de existir. Un irónico nunca termina de encontrarse en donde está. Todo es vanidad y alimentarse de viento, que diría Qohélet. La sospecha irónica recae, antes que nada, sobre uno mismo, sobre las creencias que adoptamos a la hora de hacer de este mundo un hogar. Un irónico nunca dirá te amo, sino como dice el poeta, te amo. Es lo que tiene esto de la distancia interior que produce la vida examinada —una vida que se extraña de sí misma. El filósofo —y el filósofo es el irónico par excellence— encarna un estado de suspensión, un estar por encima de lo que pueda sucederle, sea o no satisfactorio. La aspiración a la verdad —a saber qué hay de verdadero, de sólido, en cuanto nos traemos entre manos— inevitablemente termina constatando que hay verdad, aunque no para nosotros. Otro asunto es que tengamos que enfrentarnos al horror. Ciertamente, un griego diría que nada humano sobrevive a la catástrofe. Y desde nuestro lado, acaso esto sea indiscutible. Sin embargo, hay quienes han regresado con vida del infierno, una vida que difícilmente cabe comprender como mera supervivencia: se trata de la vida que han dado a quienes, habiendo quedado reducidos a un resto, no podían esperar ninguna otra vida. Y la dieron siendo ellos mismos un resto. Aquí la cuestión es si Satán —el verdugo, el que te dio de comer a tus hijos sin que tú lo supieras— tendrá o no la última palabra. Y para poder creer que no, hemos de apuntar a quien creyó antes que nosotros, no porque lo supusiera, sino porque fue bondad donde solo podía haber crueldad. Aquí la ironía se revela, en cualquier caso, como penúltima palabra. Por no decir, como impiedad. La esperanza —la fe en el imposible triunfo del bien— no tiene otra raíz que la de aquellos que la encarnaron. Y no porque fueran genéticamente buenos, sino porque lo fueron en aquellas situaciones en las que en modo alguno podían serlo. Pues quizá sea cierto que lo humano solo obtiene su medida en relación con lo sobrehumano. Aunque lo sobrehumano conserve, al superarla, la corporalidad de lo humano. Dios en verdad nunca fue solo un Dios.
stricto sensu
abril 7, 2020 § Deja un comentario
Un creyente se encuentra, cuando menos, en el sentimiento de una presencia —bajo el halo de un misterio hospitalario. De acuerdo. Sin embargo, qué diferencia su sentimiento de aquel que experimentó el viejo homo religiosus, el cual vivía a flor de piel la presencia de espíritus palpables. ¿Quizá el hecho de que, en este último caso, dicha presencia inspiraba, antes que nada, su temor? Sin duda, el cristianismo produjo una modificación de la sensibilidad religiosa más espontánea. Pero la produjo alterando, y ya durante los comienzos, su mensaje original. Como suele decirse, la fe cristiana se transformó en una religión de la interioridad, una vez el fin de los tiempos dejó de parecer inminente. Y no es exactamente lo mismo estar convencido de que el día del Juicio está al caer —que a la historia ya no le queda mucho tiempo por delante— que suponer que no hay muerte —que el alma sobrevive al colapso de la materia.
En cualquier caso, al creyente siempre le quedó el recurso de seguir como si el fin del mundo fuera cuestión de días —o por decirlo a la manera de Pablo, como si no fueran con él, las alegrías y las penas cotidianas (pues nada importa de lo que habitualmente nos importa, donde el tiempo se acaba). Ahora bien, un como si no es un como. Hacen falta unas buenas dosis de autosugestión para transfigurar lo primero en lo segundo, aunque no sin enajenarse del sentido común. El cristiano, tras haberse desprendido, como si fuera un lastre, de la dimensión escatológica del kerigma original, pasa a creer por su cuenta y riesgo, a pesar de que su fe repose en el ejemplo de sus padres, de aquellos que la encarnaron antes que él. Y de ahí a que la fe pueda entenderse como un mero asunto psicológico media un paso. Aun cuando, esto último solo pueda defenderse desde la posición del espectador, no desde la de quien ha de tomar una postura ante la existencia (y aquí un padre es fundamental).
No es anecdótico que, actualmente, el sentimiento de un hallarse en medio de aguas que nos cubren, por decirlo a la Merton, haya sustituido al sentirse en manos de el Señor. Es, sin duda, lo más razonable. Pero quizá nos equivoquemos al suponer que una espiritualidad sin Dios —o sin un Dios al que podamos invocar como a un Tú— sería la única forma de actualizar el sentimiento de dependencia que sostiene la fe. Puede que reguemos fuera de tiesto al suponer que seguimos en lo mismo aun cuando de otro modo. El cristianismo cavó su tumba al abandonar —y acaso este fuera el precio que tuvo que pagar para sobrevivir dentro de la Modernidad— el sentimiento de un estar sub iudice. Al menos, porque bíblicamente nuestra esencial exposición a la alteridad —y la alteridad en sí misma siempre se hace presente como una alteridad en falta— es vivida no solo como gracia, sino también —y quizá sobre todo— como un encontrarse bajo la demanda, en el doble sentido de la expresión, que procede de aquel que aún no es nadie sin nuestra respuesta a su clamor.
O.W (1)
abril 7, 2020 § Deja un comentario
Dios hizo un mundo a parte para cada persona, y en ese mundo debemos intentar convivir todos juntos.
Oscar Wilde
placeres
abril 6, 2020 § Deja un comentario
Que hoy en día no podamos hablar fácilmente de la escisión entre cuerpo y alma —o, cuando menos, de lo que se pretendía expresar en estos términos— nos incapacita para un crítica del deseo. Como si cualquier deseo valiera por igual —como si diera lo mismo desear el éxito que intentar comprender de qué va todo esto. Así, para el sujeto moderno no parece que haya otro horizonte que la satisfacción. Pero no es lo mismo mirarle a los ojos a la mujer que abrazas —o mejor, ser mirado por ella— que lamer su cuerpo. No es casual que los amantes cierren los ojos en el momento del clímax. En el placer, el otro desaparece. No hay placer que no sea solitario. Con todo, no podemos permanecer demasiado tiempo ante la sinceridad de una mirada. Tarde o temprano, tendremos que sacar al perro a pasear, aunque sea con la correa (y es preferible que sea así). No es casual que los antiguos creyeran que como hombres y mujeres tan solo podemos aspirar al equilibrio. Y quien dice equilibrio, dice ambigüedad. Acaso el beso sea el signo de la tensión entre Escila y Caribdis en la que anda nuestra existencia. Pues en él se detiene el impulso a devorar. Como si con respecto a la verdad —ese eterno porvenir— tan solo pudiéramos estar en suspenso.
el Papa
abril 5, 2020 § Deja un comentario
Las palabras que Francisco dirigió el otro día a los que sufrían las peores consecuencias de la crisis —los ancianos, los que no tienen hogar, los que se quedaron sin trabajo…— son, ciertamente, consoladoras: hoy más que nunca, se nos urge a la creatividad del amor, a un gesto de caridad, a admitir que solos estamos condenados… La pregunta es para quién. Quizá deberíamos preguntárselo a los ancianos, a los homeless, a los que, cuando se les acaben los ahorros, si los tienen, no podrán alimentar a sus hijos. Sin embargo, es posible que estos ni siquiera sepan que el Papa les dedicó unas palabras de aliento. En cualquier caso, quien ve cómo a sus hijos se les hincha el vientre porque no tienen el pan de cada día ¿podrá tomarse en serio que Dios está con él? ¿Se trata de una broma? Es difícil no verlo así, sobre todo si quien se lo dice tiene el vientre hinchado por haber comido de más. La sospecha es que acaso resulten consoladoras para quienes, de hecho, las hemos podido escuchar: los que tenemos mala conciencia por estar en la zona de seguridad. Al menos, podremos decirnos a nosotros mismos que hay una solución que no pasa por renunciar a nuestro bienestar —que es suficiente con unas cuantas dosis de ternura. Es como si, ante un drama, se nos anticipara que habrá un final feliz en el que cada uno seguirá en su casa y Dios en la de todos. El problema es técnico —y por eso el discurso de Francisco provoca la indiferencia, ya que no la perplejidad, de los técnicos: de acuerdo; pero ¿hay que lanzar los eurobonos, o saldremos del paso con una nueva titulación de la deuda pública?; ¿quién en definitiva soportará el coste de la depresión que, según indicios, se avecina? La máquina se averió. Y aquí el amor no basta. A menos que la máquina esté definitivamente estropeada. El parche, de haberlo, tan solo nos permitirá avanzar unos pocos metros. El mensaje de Francisco —el mensaje cristiano— solo es, cuando menos, inteligible desde la perspectiva de un hasta aquí hemos llegado. Y esto es difícil de creer mientras los hombres sigamos confiando en nuestra posibilidad —mientras creamos que aún cabe chutar el balón hacia adelante. Con todo, si la convicción de que al final prevalecerá la bondad no es una ficción consoladora —aquello de que nada te turbe, nada te espante […] quien a Dios tiene nada le falta; solo Dios basta— es porque hubo quienes estuvieron convencidos de ello en los gulags de la historia —hombres y mujeres que, no siendo más que un resto, llegaron a provocar la bondad de sus verdugos. O al menos, su contrición. La palabra de la fe solo nos alcanza como palabra encarnada. Proclamarla desde la grada solo es legítimo si apunta a quienes la pronunciaron donde no podían pronunciarla por su cuenta y riesgo. De lo contrario, no es más que una palabra que se alimenta de viento.
Libet
abril 4, 2020 § 2 comentarios
Los experimentos de Benjamin Libet demostraron que nuestro cerebro toma una decisión unos milisegundos antes de que seamos conscientes de tomarla. Como si fuéramos los títeres de procesos bioquímicos —como si el yo fuera una simple reacción. Evidentemente, no parece que podamos hablar de libertad. Sin embargo, que concluyamos esto último depende de lo que entendamos por libertad. Pues fácilmente damos por descontado que uno es libre donde no se encuentra determinado por nada. Como si solo pudiéramos elegir en un estado de suspensión. Pero en ese caso, la elección sería arbitraria, esto es, sin ningún motivo que la impulsara. Difícilmente podríamos decir que la decisión es nuestra —que queremos lo elegido— si nos limitásemos a tirar una moneda al aire. Aquí más que de elección, tendríamos que hablar de selección. No obstante, los antiguos filósofos no hubieran dicho lo mismo. Y no porque creyeran que nada pudiera determinar su elección. Al contrario. La idea de un destino ocupaba, como quien dice, el lugar de nuestras sinapsis cerebrales, por no hablar del influjo de los dioses. Su libertad, más bien, consistía en un estar por encima de cuanto pudiera sucederles. Pues la libertad acaso resida en la diferencia que media entre el yo y su modo de ser, modo que, sin duda, podemos entender como resultado. Y es que el yo, una vez constituido, se separa, por decirlo así, de las condiciones que lo han hecho posible, incluso de cuanto le sucede o pueda sucederle. Es lo que tiene la reflexión sobre uno mismo.
de lo real y el poder
abril 3, 2020 § Deja un comentario
Nadie sabe qué es lo real hasta que no se enfrenta a su impotencia—a lo que le puede en verdad. Hablar de lo real supone hablar de lo que se resiste esencialmente a la modificación —a lo inalterable. Y si la vida es lucha, lo que se resiste a la modificación no se resiste pasivamente: es lo que nos somete por entero. Así, lo real no es lo que se ajusta a nuestra creencia, sino lo que, precisamente, la desborda (y, por eso mismo, se sufre antes de que podamos concebirlo). ¿Que hay más allá —más allá de uno mismo? Sencillamente, el Poder. Llámale dios —o si lo prefieres, lo sagrado. Pues dios —lo sagrado— es, literalmente, lo intocable, aquello que, porque es capaz de devorarnos, se mantiene a una distancia infranqueable —y que no deberíamos franquear. Dios es la figura del Poder. Y el Poder decide si seguimos con vida o no. No es casual que la muerte, mejor dicho el que no decidamos nuestra muerte, sea el signo de nuestra limitación —de nuestro hallarnos en manos del Poder.
La ingenuidad del hombre moderno acaso consista en creer que se librará del Poder por medio de la técnica —en tomarse en serio el mito de Prometeo (y la versión política de la confianza en nuestra capacidad sería la división de poderes); en creer que el Poder está en sus manos. Pero el hombre no posee la técnica que maneja. De hecho, es al revés. Donde la técnica se presenta como salvación, el hombre termina sometido a la lógica de la voluntad de poder, aquella que se despliega bajo el principio de si es posible, debe hacerse. Esto es, termina siendo el títere de un principio impersonal: ningún tabú —ningún non plus ultra moral— logra derogar la ley que exige el dominio sobre cuanto es. Quizá la originalidad del cristianismo consista en haber concebido un Dios débil, un Dios que no es aún nadie sin la fe del hombre; un Dios que necesita de la entrega del hombre para salir de sí mismo —para llegar a ser un alguien—, un Dios que, en definitiva, va en busca de aquel en quien reconocerse de nuevo. Y este Dios, sin duda, resulta liberador. Podríamos decir que el Dios crucificado nos libró de dios —de nuestro hallarnos en manos del Poder que busca nuestra aniquilación. Sin embargo, nada hay que no muestre un doble rostro. Pues la cruz tambien nos abrió a la posibilidad de prescindir de Dios (y fue Celso antes que Nietzsche quien se dio cuenta de ello). Con el cristianismo —con la irrupción de un Dios que se identificó con un ajusticiado en su nombre—, la palabra Dios salta por los aires. La Encarnación fue, al fin y al cabo, la autoinmolación de Dios. Dios renunció a su poder por amor a los hombres. Y de ahí a que perdamos de vista qué significa originariamente la palabra Dios, media un paso, un paso que fácilmente damos donde la resurrección deviene una historia de zombis buenos. Dios muere no tanto en la cruz, sino una vez la fe en el resucitado se convierte en una superstición.
Con todo, es posible que el sacrificio de Dios, más que una humanidad redimida, haya producido un hombre infantil. Pues la fantasía de la infancia es, precisamente, la de la omnipotencia. No hay niño que no sueñe con ser Harry Potter. Aunque, Harry Potter esté convencido de que cuenta con el apoyo de una fuerza superior. Pero si realmente se trata de una fuerza superior, Harry Potter se equivoca donde imagina que siempre estará de su lado.
no es para ti
abril 2, 2020 § Deja un comentario
Creo que estar triste es tener el convencimiento de que las cosas son más de lo que parecen, que esconden siempre otra vida. Una vida que, sin embargo, nunca podremos alcanzar. Esto lo escribió Gustavo Martin Garzo hace ya algún tiempo. Deberíamos ponernos en la piel de los aplastados por un mundo que no cuenta con ellos para entender qué pueda ser el infierno: un mundo sin nadie. Hay infierno. Es el mundo que habitan los desgraciados —los que sobran. Y el infierno se halla rodeado de muros infranqueables. Si estás en el infierno, sabes que hay otra vida —y una vida sin hambre ni violencia—, pero que no es para ti. Vivir, como quien dice, en el infierno es llevar pegada a la piel la propia impotencia. Quizá no comprendamos el cristianismo hasta que no leamos el sermón de la montaña como la promesa de un Lenin judío: tomaremos el palacio del zar y vosotros seréis los primeros en entrar. Sin duda, una buena noticia —un evangelio— para los lumpen. No hay esperanza que no posea una dimensión política. Cualquier promesa que no sea terrenal es ilusoria. El cristianismo fue revolucionario antes que espiritual. O mejor dicho, fue revolucionario por espiritual. A Jesús no lo crucificaron por pasear por Galilea como heraldo del amor. En cualquier caso, su exhortación a la bondad —al perdón, a la fraternidad— tuvo consecuencias políticas. De lo que se trataba es de la irrupción del Reino de Dios. Esto es, de la desobediencia al César. O Dios o Roma. La paz no es un asunto de espectros. Los espectros no tienen hambre. No es causal que el cristianismo no hable de la inmortalidad del alma, sino de la resurrección de la carne, de una nueva creación (algo así como un reset cósmico). Y este es el problema. Cuando menos, porque hoy en día leemos los relatos de la resurrección como si se nos contara una historia de zombis buenos. Por no hablar de que una política que se limite a invertir los papeles, tarde o temprano acaba por generar un nuevo infierno. De ahí que la promesa de Dios esté asociada al fin del mundo, en el doble sentido de la palabra fin.
adorar por adorar
abril 1, 2020 § Deja un comentario
Hoy en día, y en el ámbito religioso, las formas no tienen buena prensa. Como si no fueran auténticas. Como si el sello de lo verdadero fuera el sentimiento. Sin embargo, hay mucha ingenuidad en creer que la sensibilidad es el criterio. Y no solo porque los sentimientos posean una irreductible ambigüedad —no solo porque básicamente tengan que ver con nosotros y no tanto con aquello a lo que en principio apuntan. El sentimiento va y viene. Ciertamente, sin experiencia no hay fe. Pero la experiencia como tal no se centra en los arrebatos de lo emocional, sino que apunta, precisamente, a lo que elude caer bajo los esquemas de una subjetividad demasiado preocupada de sí misma. Si la experiencia es, por defecto, de lo real, entonces la experiencia de Dios, antes que la de algo, es la de una falta o pérdida —o si se prefiere, de un eterno porvenir. La experiencia de lo real carece de objeto. Pues lo real, en tanto que absolutamente otro o extraño, desaparece al revelarse. La alteridad propia de lo real se resiste esencialmente a la aparición. No hay otra solidez que la de lo que no termina de darse. Como si lo real fuera lo siempre pendiente —el pasado que sostiene cualquier presencia. Estrictamente, la experiencia de Dios es antes de Dios que nuestra. Y Dios experimenta al hombre como aquel al que invoca. De ahí que en los textos bíblicos no encontremos nada parecido a los éxtasis místicos. La conmoción que supone el encuentro con Dios no puede traducirse solo en los términos de una emoción. Más bien, el índice la experiencia de Dios sería el de una inicial resistencia a su voz. Fiarse de los sentimientos supone fiarse de lo que no merece nuestra confianza. En tanto que la fe es fidelidad a lo que nos fue revelado en el centro de la oscuridad, al final y, precisamente, porque los sentimientos nunca están a la altura de lo que se nos reveló, solo nos quedará darle de comer al hambriento por darle de comer, adorar por adorar, rezar el rosario, como quien dice, por rezarlo —por mantenerse fiel a una verdad que ya no somos capaces de soportar. Puede que, al fin y al cabo, el contenido de la fe, por no hablar del amor, sea su forma. Es lo que tiene una fe que no puede evitar la noche oscura del alma.
acoger al extranjero
marzo 30, 2020 § Deja un comentario
Tan solo lo esencialmente extraño es real. Lo extraño: lo divergente, lo que eternamente difiere de nosotros. Lo inalcanzable o sagrado. El extranjero, el ángel. Pues lo real es lo que no admite ser reducido al marco de nuestra receptividad —a lo que nos parece que es. El hallazgo del monoteísmo bíblico consiste en haber caído en la cuenta, y no sin unas cuantas dosis de sufrimiento, que lo que permanece como extraño —lo único real— no pertenece a ningún mundo, ni siquiera al supuestamente sobrenatural, sino a un pasado anterior a los tiempos. Dios en verdad es un Dios extraño porque su realidad no es la de un ente ininteligible, sino la de un des-aparecido cuya presencia únicamente atestigua su espíritu —ese resto, la voz que escuchamos en la oscuridad, aquella que nos interroga por el lugar de Abel. Y quien dice espíritu, dice mandato y paciencia: existimos como los que nos hallamos sujetos al tener que responder al clamor que nace de las gargantas de la sed, aunque lo ignoremos; pero también como los que siguen con vida por una medida de gracia. Mientras tanto, el creyente sigue a la espera de Dios —a la espera de que se realice su promesa. Pues Dios se da como promesa de Dios. Con todo, lo que no imagina el creyente es que Dios solo pueda cumplir con su promesa como hombre de Dios —como siervo sufriente. De ahí que en nombre de Dios, Dios no sea el tema. El tema es el extranjero —el excluido— que representa la extrañeza de Dios, al fin y al cabo, su exclusión. Bíblicamente, acoger al extranjero es equivalente a acoger a Dios. Pero acoger al extranjero no es acoger al dócil, al negro que, con el fin de llevarse a la boca el pan de cada día, nos trata como si fuéramos su amo, sino aquel que nos sacará de quicio con su deformidad, su barbarie, su demanda. No hay hogar —no hay mundo— que siga en pie donde irrumpe el extranjero. Buscamos lo insólito. Pero de hacerse presente, apenas podríamos soportarlo. Ya lo dijo Rilke: todo ángel es terrible.
desconocidos
marzo 29, 2020 § Deja un comentario
Hay más interés en comunicarse con el desconocido que con el familiar —en lanzar una botella al océano que en seguir hablando con quien tenemos enfrente. Como si en el fondo, anhelásemos la aparición. Pero lo habitual es constatar que la novedad no es más que un simulacro de lo nuevo. De ahí que la esperanza no pueda realizarse en el mundo. Ninguna aparición puede revelarse sin desaparecer a continuación. Pues, de permanecer, terminaría por transformarse en algo habitual (y por eso mismo, fácilmente acabaríamos diciéndonos que se trató de una falsa percepción: que en realidad, no era nada o, mejor dicho, nadie divergente).
la irrealidad de lo real
marzo 28, 2020 § Deja un comentario
Estamos tan acostumbrados a lo familiar, tan habituados a que todo funcione según lo previsto —a confundir la rutina con lo sólido—, que la aparición de un cisne negro —la lectura del libro homónimo de Nassim Nicholas Taleb resulta ahora casi obligada— provoca en nosotros la sensación de irrealidad. Como si lo natural —el que la naturaleza nos pueda— fuese un imposible. Como si no pudiera pasar lo que hemos visto tantas veces en las películas de zombis (y los hombres fácilmente nos convertimos en devoradores de hombres cuando el cielo se desmorona). Pero lo cierto es que no hay nada cierto —que todo puede perderse en un instante. La ficción no está del lado de la ficción, sino del mundo de paja que nos construimos a medida. Parafraseando a Taleb, lo que no sabemos pesa más que lo que sabemos. La muerte —la desgracia, el desastre— es el non plus ultra de la existencia, la prueba de que la naturaleza no nos tiene en cuenta. Como si fuera un dios. Encontraremos la solución. Probablemente, saldremos de esta. Ahora bien, puede que con ello tan solo hayamos alejado el balón. Sea hoy o mañana, tendremos la vacuna. Pero el virus, aunque sea bajo otro aspecto, volverá. El orgullo de Adán fue —y sigue siendo— ridículo. Y no porque haya un dios por encima de nuestras cabezas, sino, precisamente, porque no lo hay.
hasta aquí hemos llegado
marzo 27, 2020 § 1 comentario
Tarde o temprano, el hombre se sitúa ante Dios como Abrahán: aquí me encuentro —hasta aquí hemos llegado. Qué quieres que haga. Y esto último significa, al menos, lo siguiente: por un lado, que el encuentro con Dios tiene lugar en el límite de la existencia, donde se agota la fe en nuestra posibilidad; y, por otro, que dicho encuentro supone un hallarnos expuestos a una voluntad que no es nuestra (aun cuando podamos hacerla nuestra). Por no hablar de que el Dios con el que topamos en los límites de la existencia no es el espectro que imaginamos, sino una ausencia —un clamor— que apunta a un Dios por-venir en el que no cabe creer solo desde nuestro lado. Un Dios que, para más inri —nunca mejor dicho—, tendrá el rostro de un abandonado de Dios.
los límites del relativismo
marzo 26, 2020 § Deja un comentario
Esta es la tesis del reduccionismo moderno: tú dices que no hay Dios porque no tuviste padre (pongamos por caso). De acuerdo. Aquí el porque lo es todo. Con respecto a lo que creemos o pensamos, no salimos de la perspectiva. Sin embargo, podríamos objetar que porque no tuve padre soy capaz de ver lo que veo. Evidentemente, el presupuesto de la objeción es que hay algo que ver, algo que solo puede ser visto desde una óptica determinada. No es cierto que desde cualquier situación quepa descubrir lo que, de algún modo, pide ser descubierto. El presupuesto epistemológico de la Modernidad es que el mundo es una construcción de la mente —que lo en sí no es objeto de percepción: no puede serlo. Por eso mismo, hay tantos mundos como construcciones. Esta fue también la tesis de la sofística: no podemos salir del lenguaje —del contenido mental, de lo que nos parece que es. Así, hoy en día, damos por sentado que un chamán, cuando ingiere peyote, alucina. Pero el chamán probablemente nos respondería que solo si ingiere peyote puede cruzar la puerta que nos separa del más allá —y para poder decir esto debemos presuponer que hay, precisamente, un más allá. Ciertamente, el chamán se equivoca al creer que hay otro mundo. Pues el moderno fácilmente podría decirle que su respuesta no quita que se trate de otra construcción. Pero es que lo que hay que ver no es algo, sino el hecho de que lo real —lo absolutamente insólito o por ver— se nos da en el modo de una falta. Por no hablar de DIos. Como si al fin y al cabo, lo real se nos diera como lo esencialmente imposible —como lo que, en su carácter otro, no puede aparecer, salvo como desaparición. Y, sin duda, para poder verlo hay que haber padecido una cierta orfandad. En este sentido, podríamos decir que la tesis del relativismo moderno se apoya en una variante de la falacia ad hominem: eso lo dices tú porque eres quien eres. Y una falacia, por incrustada que esté en una mentalidad, no deja de ser una falacia.
tiras de un hilo, se mueve la marioneta (o Chinaski es lo más)
marzo 25, 2020 § Deja un comentario
cada hombre debe entender
que todo puede esfumarse muy
deprisa:
el gato, la mujer, el trabajo,
la rueda delantera,
la cama, las paredes, la
habitación; todas nuestras necesidades,
incluido el amor,
descansan sobre fundamentos de arena;
y cualquier causa,
por poca relación que tenga:
la muerte de un chico en Hong Kong
o una ventisca en Omaha…
pueden desencadenar tu ruina.
toda tu porcelana se hace añicos contra el
suelo de la cocina, tu chica entra
y tú estás en medio de
todo, borracho, y pregunta:
dios mío, ¿qué pasa?
y tú respondes: no lo sé,
no lo sé…
desire
marzo 24, 2020 § Deja un comentario
Podemos imaginar la conmoción de Jesús de Nazaret ante aquella muchacha que, tras bañarlos de perfume, le besó los pies. Pues nadie, salvo literalmente el idiotes, es capaz de comprender el deseo que otros puedan sentir hacia él.
teología y piedad religiosa
marzo 23, 2020 § Deja un comentario
La cuestión cristológica fundamental es qué supone con respecto a Dios confesar que Jesús es Dios. Pues la Encarnación produce una mutación de lo que habitualmente se entiende por Dios. Donde partamos de nuestra idea religiosa de Dios —aquella que da por descontado que la naturaleza de Dios está determinada al margen del hombre—, Jesús no es más que un avatar de Dios. Y no es esto lo que dice el cristianismo. De ahí que el único modo de entender la dogmática cristológica —la identificación entre el Padre y el Hijo— pase por admitir que el Padre no es aún nadie sin la adhesión del Hijo. Sencillamente, Dios tiene lugar en el centro de la historia donde el Padre llega a reconocerse de nuevo en el Hijo (y a través de la entrega incondicional del Hijo). Antes de su encuentro, tanto el Padre como el Hijo no terminan de ser lo que fueron in illo tempore. Dios es en la relación entre Dios y el hombre, por decirlo con el rotulador grueso. De hecho, la merma de Dios —su debilidad o impotencia— fue el resultado de la caída. Pues esta no afectó solo al hombre, sino también a Dios. En este sentido, la historia es la historia de Dios. El Dios cristiano es un Dios in fieri… en tanto que Dios que no quiere ser sin el hombre (y esto último no se entiende si nos mantenemos bajo los presupuestos de la religión). Esto es lo que significa que Dios es amor: no que el amor sea divino, sino que Dios es su voluntad de ser en el hombre —de reconocerse en él. Nadie puede ver a Dios. Y no porque se trate de una cosa inaccesible, sino porque Dios no tiene otro que el de aquel hombre que murió como un apestado de Dios.
Otro asunto —y no secundario— es qué piedad se deduce de cuanto acabamos de decir. Al menos, porque la piedad suele dirigirse a un Dios que es Dios con independencia de la respuesta del hombre a su clamor. No es casual que la piedad común termine derivando hacia una especie de docetismo implícito. Pues donde Dios sigue siendo un Dios sin cuerpo —algo así como un espectro bonachón—, entonces Jesús fue un dios paseándose por la tierra con la máscara del hombre. Con todo, es cierto que el cristianismo solo pudo sobrevivir fomentado una piedad pagana o, si se prefiere, a la griega. Como si la Encarnación hubiera sido una anécdota. Por eso, quizá la única piedad que un cristiano pueda interiorizar sea la de los primeros cristianos, los cuales se dirigían a Dios como quien espera el regreso del que se fue. Maran-atha: el Señor viene.
Ahora bien, esto implica pasar de una espiritualidad espacial, como quien dice, una espiritualidad en la que Dios se ubica en otra dimensión, a una espiritualidad en clave temporal, en la que Dios está por venir —o desde la óptica cristiana, por regresar. Y esto cuesta de tragar hoy en día. Sobre todo, porque no podemos evitar entender la división cualitativa de los tiempos como superstición. Esto es, hoy cuesta admitir un final de los tiempos que dé paso a una nueva creación. Sin embargo, la cosa cambia, si el punto de partida no es nuestra necesidad de un amigo invisible, sino la fe de quienes no podían ni siquiera concebir a un Dios de su parte. Si la piedad tiene que ver con qué tenemos presente en el momento de estar ante Dios, un cristiano no puede tener presente directamente a Dios, sino solo a través de aquellos hombres y mujeres que, estando bajo un cielo de plomo, dotan de significado a las palabras de la fe. Pues que yo diga que al final triunfará la bondad carece de relevancia. En cambio, que lo diga quien no puede sensatamente decirlo —el superviviente de Auschwitz, las víctimas de la historia—no es insustancial. De entrada, nos quedamos sin palabras. No hay otra verdad que la del cuerpo.
Acaso el cristianismo hoy en día debería recuperar aquello tan de Pablo: que no creemos por nuestra cuenta y riesgo —eso en cualquier caso, tiene que ver con lo que necesitamos suponer—, sino únicamente por medio de la fe de quienes humanamente no podían sensatamente creer en nada más que en la victoria de Ha-Satan. Nos salva la fe. Cierto. Pero no la que podamos tener espontáneamente —aquí pecaríamos de ingenuidad, por no decir de narcisismo—, sino la que tuvo un crucificado en nombre de Dios. La fe del cristiano de a pie es la fe del Hijo. Porque el creyó antes, podemos creer. Y esto significa que no podríamos creer si él no hubiera creído por nosotros. Pues la fe encuentra su medida en donde ya no es posible esperar nada —o a nadie. Evidentemente, esta piedad difícilmente puede llegar a ser parroquial, salvo que la parroquia esté formada por desgraciados. Donde no fuera el caso, el párroco que quiera conservar su parroquia tendrá que ofrecer peixet. Puro marketing. O si se prefiere, pura política. En realidaad, el cristianismo, como antes sugeríamos, sobrevivió tolerando en su seno las herejías que formalmente condena. Y es que, como decía Eliot, el hombre no puede soportar durante demasiado tiempo la verdad.
desenmascarar a la banca
marzo 22, 2020 § Deja un comentario
Si el dinero es deuda —y hoy en día, lo es—, entonces la deuda tiene que saldarse para que, sencillamente, el dinero no se volatilice. O por decirlo en plata, para que la gente de un día para otro no se encuentren con las cuentas corrientes vacías. Esto es lo que aún no ha entendido la izquierda, cuyos esquemas mentales siguen anclados en el marxismo o, de haberse renovado, en las luchas culturales. La izquierda aún no comprende que un depósito bancario no es dinero en la caja fuerte, sino una inversión. Literalmente. Y en una inversión, el retorno puede ser cero (y esto es lo que ocurre, grosso modo, cuando una banco quiebra). Por tanto, la izquierda haría bien en entender que, en las crisis financieras, no se trató de salvar a los banqueros, sino de salvar nuestro dinero.
Ciertamente, a la banca ya le va bien (y en este sentido, podríamos decir que el Estado es rehén de la banca). Es como si los bancos jugaran en un casino que les permitiese quedarse con las ganancias y, por contra, transferir las pérdidas a la sociedad (vía rescate). Injusto, sin duda. Pero es lo que tiene que el dinero haya pasado a ser un apunte contable —que los medios de cambio se creen concediendo créditos. Esta —y no la plusvalía— es la verdadera raíz de la injusticia hoy en día. La creciente desigualdad nace de que no todos acceden a la vez al dinero fresco, el que emiten los bancos centrales al comprar, a través principalmente de la banca, los títulos de deuda pública con la que se financian actualmente los Estados. Y es que quien accede en primer lugar al dinero fresco puede comprar activos —desde fincas hasta productos financieros— cuando aún están baratos. Pues la inyección de dinero hará que de dichos activos suban de precio. Una jugada redonda… hasta que el castillo de naipes se desmorona.
De ahí que la solución pase por que la creación del dinero no esté en manos de la banca; que los depósitos de la gente estén en el Banco Central. Es lo que defienden algunos de los economistas más lúcidos en estos momentos (y que no son, precisamente, de izquierdas, como Joseph Huber o Michael Kumhof). La banca podría dedicarse transparentemente a lo que se dedican hoy en día los fondos de inversión y sus variantes. De momento, ofrecen productos de riesgo haciéndonos creer que simplemente los depositamos en una caja fuerte. Aun cuando no ignoremos que aprovechan nuestros depósitos para conceder créditos, seguimos ignorando cómo lo hacen y qué implica. La izquierda, por tanto, tiene el deber de desenmascarar a la banca. Y esto supone ir más allá de la subida de impuestos o de la demagogia que consiste en demonizar a los banqueros —o en gritar con el megáfono en mano que la deuda injusta no se paga. No hay deuda injusta, sino en cualquier caso, un uso injusto de la deuda. Por no decir que un banquero puede ser ambicioso o perverso —como también buena gente—, pero que la perversión reside en el sistema. Hoy en día, como siempre, el poder reside en quien tiene el poder de crear dinero. Y actualmente dicho poder reside en la banca.
conspiranoia
marzo 21, 2020 § Deja un comentario
Nos resistimos a creer que las cosas suceden porque sí. Que haya cisnes negros. Incluso tras las pandemias, tiene que haber alguien detrás (y alguien con oscuras intenciones). Que si la CIA, el foro de Davos —hasta hace poco la conspiración judía… Aquí topamos con una variante del prejuicio religioso, aquel por el que nos sentimos en manos de un titiritero espectral. Sin embargo, supongamos que efectivamente fuera así: que cuanto pasa obedeciese a un plan. ¿Por qué este plan tendría que ser el de un padre, aun cuando fuese perverso? Cuál sería nuestra sorpresa si lográramos constatar que no somos mucho más que los sims de un mundo creado por un friqui marciano al que se le ha ido el juego de las manos. Si hay un porqué, este no puede ser una intención. Al menos, que esta sea la de un Dios al que le falta, precisamente, llegar a ser un alguien (y que por eso mismo quiere —y no puede por sí solo— ser alguien). En ese caso, seríamos aquellos en cuyas manos está el destino de ese Dios. Quizá el error religioso consista en creer que Dios puede hacer cuanto le plazca. Esto es, en creer que la potencia de Dios es su fuerza y no, más bien, su posibilidad.
apocalipsis zombi
marzo 20, 2020 § 1 comentario
Una vez llegamos al final de los tiempos fácilmente nos damos cuenta de que nada significa nada. Lo que hasta el momento estaba cagado de sentido, pierde su valor. Sencillamente, se revela como ficción. Como si hubiéramos vivido en un escenario. Tan solo cabe una alternativa: o bien, aceptamos que tan solo nos tenemos los unos a los otros; o bien, Hobbes.
entremedio
marzo 19, 2020 § Deja un comentario
Entre un Dios muerto y uno que sigue en las alturas, aunque solo para aquellos que aún lo sienten, se encuentra el Dios a medias —el Dios aún por hacer, el Dios in fieri. Quizá no entendamos qué quiso decirnos el cristianismo mientras no aceptemos esto último. Y lo que quiso decirnos —y aún proclama— es que Dios no es aún nadie sin el fiat del hombre. Otro asunto es que, en la cabeza de muchos creyentes, Dios siga siendo una variante espectral del ángel de la guarda de nuestra infancia. Pero acaso no pueda ser de otro modo. Pues los hombres tendemos a hacernos una idea a medida de lo que excede toda medida.
setenta veces siete
marzo 18, 2020 § 1 comentario
¿Cuantas veces he de perdonar a quien me daña u ofende?, le pregunta Pedro a Jesús (Mt 18, 21-35). Tras decir aquello del setenta veces siete, Jesús le responde con una parábola apocalíptica. Trata de un siervo que, a pesar de que su amo le hubiera condonado la deuda que mantenía con él, es incapaz de perdonársela a otro de los siervos. Sorprende la crueldad final del amo que representa a Dios en la parábola: y entonces el amo, enojado, se lo entregó a los verdugos. Lo mismo hará el Padre con vosotros si no perdonáis de corazón a vuestros hermanos sus ofensas. Como si no cuadrara con un Dios misericordioso. ¿Se trata de perdonar por miedo al castigo? Quizá. Esta sería, ciertamente, la lectura religiosa —la lectura habitual o más espontánea: Dios arriba y los hombres abajo. Y de ahí a escandalizarse de quien cree en ese Dios media un paso —un paso que fácilmente damos hoy en día. Pero la cosa cambia, cuando leemos los evangelios desde la perspectiva del pobre —de aquel con quien Dios se identifica o incorpora. Pues es como si se nos dijera que quien pisotea al que no tiene pan que llevarse a la boca se aparta de Dios. Sencillamente, quien aplasta a los pobres, aplasta a Dios. Tampoco puede ser distinto, si el pobre es el Señor. Sin embargo, la clave de la parábola reside en que el perdón nos fue dado de antemano. Los evangelios deben leerse desde la clave hermenéutica de la cruz. Y lo que encontramos en la cruz es a un abandonado de Dios que perdona a sus carniceros. Así, no es que debamos perdonar por miedo al castigo paterno —aquí el Padre seguiría siendo una figura de la conciencia, un ídolo—, sino como respuesta a un perdón inmerecido. Nos equivocaríamos si creyéramos que no hay juicio —que no debemos responder ante nadie. Al fin y al cabo, nos obliga en mayor medida el perdón de una madre que la ira del padre. Pero, salvo que estemos hundidos en la podredumbre moral, lo común es dar por sentado que no hay para tanto —que no necesitamos un redentor. Y puede que este sea el último porqué de nuestra actual dificultad con el kerigma cristiano.
de pobres
marzo 17, 2020 § Deja un comentario
No es lo mismo hablar de los pobres desde el bienestar que siendo pobre. En el primer caso, el pobre es el tema —por no decir el mito, para quienes se dicen a sí mismos que deberían aliviar su miseria. En el segundo, el pobre —el compañero— probablemente sea un hijoputa. Pues la pobreza, por lo común, nos convierte en una ruina moral. Solo hay que estar en la puerta de las iglesias para ver cómo compiten por el territorio —por explotar nuestra vergüenza. No hay mundo, sino mundos. Y en cada mundo, impera un orden —una jerarquía. La bondad y la maldad están repartidas en cada mundo por igual. Con todo, nada de lo dicho quita que al que vive de nuestra compasión, esté o no moralmente podrido, le debamos algo más que una limosna.
pisar el vacío
marzo 15, 2020 § 1 comentario
La desproporción de un dios es la antesala de su desaparición, justamente lo que ningún hombre puede soportar. De ahí que prefiera al monstruo que poner su pie sobre la concavidad de una tierra sagrada. Pues, acaso de Dios, tan solo el cráter. Y los que habitan en él.
variaciones sobre un fragmento Hitita
marzo 14, 2020 § Deja un comentario
Incluso los dioses fracasaron en su intento de encontrar a Dios. Ahora, tan solo la hierba persiste. Aun cuando el hombre lo ignore.