apassionats
abril 26, 2011 Comentarios desactivados en apassionats
Vamos a dejar a un lado la retórica adolescente y centrarnos en lo que, al fin y al cabo, tenemos encima de la mesa. Quien no se cague en los pantalones ante los testimonios de Espinal o Romero es, sencillamente, un idiota moral. O un verdadero hijo puta. No hay pasión, pues, sin pasión. El tema no somos, ciertamente, nosotros —qué he de hacer para ser así o asá—, sino los abandonados de Dios. No otra cosa viene a decirnos la revelación creyente: que Dios no está por ti —por tus asuntos—, sino por ellos. Para muestra, el botón de su caída en picado, desde el cielo hasta la Cruz. En definitiva, si el hombre puede alcanzar la altura de Dios no es porque el hombre sea capaz de purificarse, esto es, de escalar, ascéticamente, las más altas cimas, sino porque Dios decidió identificarse, ya de buen comienzo (Jn 1,1), con el más pequeño de los hombres.
el monoteísmo salvaje
abril 26, 2011 Comentarios desactivados en el monoteísmo salvaje
Debería estremecérsenos la piel con solo pensar en el hecho de que Dios haya podido identificarse con los sin Dios, descender hasta pisar el fango en donde se pudren los nadie de este mundo, renunciar a sí mismo. ¿Cómo podemos proclamarlo y aún seguir como si tal cosa? ¿Acaso no es del todo inadmisible para quienes todavía confiamos en nuestra posibilidad? ¿Hay mayor provocación que la de quien cree, bajo la sombra de la Cruz, que solo nos juzgan en verdad aquellos que no valen nada a ojos de los hombres —que el valor de nuestra existencia depende de su veredicto—? Tomar el nombre de Dios en vano quizá suponga transformar la feroz bondad del cristianismo en un asunto de pusilánimes. Como si la Encarnación no nos hubiera dejado con el culo al aire.
3 en 1
abril 26, 2011 Comentarios desactivados en 3 en 1
Esto del cristianismo es muchas cosas en una. Cuanto menos, tres. De entrada, una expectativa apocalíptica, pues nadie pone en duda hoy en duda que los primerísimos cristianos estaban convencidos de que el fin era inminente. En segundo lugar y casi pisándoles los talones a los apocalípticos, vienen los gnósticos, los cuales tras la decepción creyente ante el evidente retraso de la parusía, intentaron comprender como el destino de una cuantas almas en pena lo que, en principio, debería haber sido un acontecimiento cósmico. Con los gnósticos, sea cual sea su calaña, comienza, de hecho, la deriva oriental del cristianismo. Finalmente, aparecen los dógmáticos, los cuales en su intento de mantener las raíces judías de una fe cada vez más proclive a Atenas, acabaron proclamando —y menos mal— algo tan delirante como la Encarnación de Dios, la cual en verdad solo puede darse, aunque esto suela decirse con la boca pequeña, como la inmolación misma de Dios. Pero, lo que conviene destacar aquí, es que la Iglesia, con el propósito de mantener prietas las filas, acabará jugando con todas las barajas a la vez. Por un lado, admitirá dogmáticamente que en la Cruz no muere solo el envíado de Dios, sino Dios mismo, aunque para poder tragársela doblada tuvo que decir que no fue estrictamente Dios, sino aquella Palabra que era una con Dios, etcétera. Por otro lado, con suma facilidad admitirá entre sus fieles a quienes viven de hecho una espiritualidad que podría perfectamente pasarse sin la Cruz… como si el único espíritu de Dios no fuera, en verdad, el de un Crucificado. No hay que ser muy listo para ver que estamos ante un cajón de sastre. Aunque estrictamente no sean los mismos, quienes comenzaron creyendo en las palabras de un profeta mesiánico, acabarán por confesar algo tan increíble como el descenso de Dios en una Cruz. No obstante, fue este desastre —esta especie de follón constituyente— el que dotó al cristianismo de la flexibilidad propia de los movimientos que marcan una época. Si el cristianismo se hubiera mantenido fiel a la expectativa apocalíptica de sus inicios, difícilmente hubiera sido algo más que una secta judía. Ahora bien, el peaje que ha de pagar el cristianismo por su supervivencia histórica es que sus adeptos deban preguntarse una y otra vez qué significa todo esto. O lo que viene a ser lo mismo: un cristianismo que se sienta deudor de la Torá, no puede menos que lidiar con el uso problemático, por no decir inviable, que hicieron los dogmáticos de las categorías del pensamiento griego, en su intento de hacer comprensible la fe cristiana a un mundo que aún pensaba a la manera de Platón. Otra cosa es que la Iglesia, aquí más serpiente que paloma, acabe por tolerar los malentendidos que genera ese intento. Por ejemplo, cuando se trata de defender la resurrección de los muertos, los dogmáticos fácilmente recurrieron al tópico platónico de la inmortalidad del alma. Lo que pasa por alto quien acaba entendiendo que, en el fondo, se trata de lo mismo, es que si se recurre a ese lugar común es para hacerle decir al griego lo que en modo alguno puede admitir griegamente, a saber: que los hijos de puta y sus correosas madres, los caídos en desgracia, aquellos que no pueden esperar ninguna elevación… también tienen alma. Más aún: sobre todo, ellos. En cualquier caso, a pesar de los ambivalentes esfuerzos por platonizarla, lo cierto es que la resurrección de los muertos es algo que solo tiene sentido en el marco de la esperanza judía en el Juicio de Dios o, por decirlo de otro modo, en el horizonte de unos tiempos finales en los que tanto los vivos como los muertos se encontrarán cara a cara con Dios. Así, cuando Pablo dice aquello que si Cristo no ha resucitado, vana en nuestra fe no está diciendo que la resurrección de Cristo sea la prueba definitiva de la inmortalidad del alma, como si esa resurrección demostrara de una vez por todas algo que anteriormente tan solo se había supuesto. Lo que Pablo está diciendo, entre otras cosas, es que o bien es cierto que solo quien encara al Crucificado encara en verdad al Dios de los últimos días, o bien la fe en un Crucificado es, sencillamente, ridícula. Sin embargo, resulta innegable que muchos cristianos de hoy en día no se hacen demasiadas preguntas. De hecho, muchos de ellos muestran sin rubor un santo desprecio por la especulación teológica… como si la fe en un Dios crucificado fuese algo que nace espontáneamente en el corazón de los hombres. Pero no diría que su falta de inquietud se deba a que poseen una fe ciega, sino porque, en el fondo, tanto les da un dios que otro. Lo dicho: vana será la fe, si...
pascua de resurrección
abril 25, 2011 Comentarios desactivados en pascua de resurrección
Pocas veces caemos en la cuenta de que la resurrección de la carne es algo que ningún espiritu puro puede admitir sin negarse a sí mismo. En una época en la que muchos daban por sentado la inmortalidad del alma, proclamar la resurrección de la carne debió ser, cuanto menos, una provocación, por no decir un absurdo. ¿Cómo podía seguir viva, precisamente, una carne que, por defecto, se encuentra siempre bajo amenaza de muerte? Es obvio —o debería serlo— que la fe en la resurrección no consiste en negar que haya muerte. Esto es, en todo caso, griego, pero no judío. Las almas inmortales no necesitan de hecho resucitar. La insistencia de los primeros cristianos en que el resucitado fue el Crucificado —y, por tanto, el que descendió efectivamente a los infiernos— ya nos da a entender que no se trata de la inmortalidad que defendían los gnósticos, los cuales, influidos ciertamente por la cultura griega, no podían admitir que un hijo de Dios pudiese morir en una cruz. Pero si la carne resucita es que la huella de la muerte sigue ahí presente en quien vive más allá de la muerte. Como aquella mujer que, haciéndose cargo de un orfanato en Jerusalén, pocos años después de que sus hijos hubieran sido gaseados en Auschwitz, conservaba en el hilo de una pulsera los dientes de cada unos de ellos. Ella sí que vive más allá. Ella sí que ha sido elevada a la altura de un Dios que se identificó hasta el descenso con los huérfanos de Israel y no los fantasmas etílicos de quienes gozaron en vida de las ventajas del tai chi. La aparición a Tomás (Jn 20, 24-29) está ahí para que comprendamos de una vez por todas de qué va este asunto. La muerte va con el resucitado. De hecho, si vence a la muerte es porque la abraza hasta lo más íntimo. Estrictamente, la fe en la resurrección de los muertos no es una fe que pueda comprenderse separadamente de aquella expectativa apocalíptica que mantuvo en pie a los primeros cristianos. Y es que los muertos tienen que resucitar para que el Juicio de Dios afecte por igual a vivos y a muertos. Para el judaísmo es esencial que el pasado —con sus cientos de miles de víctimas inocentes— no sea un asunto cerrado. Quien se toma en serio esto de la vida —y un judío tiene demasiado presente el olor de la aniquilación como para que no respire lo más vivo de la vida—, no puede menos que creer que la Justicia seguirá siendo algo aún pendiente, frente a las tentaciones nihilistas de sepultar en el gran silencio del pasado el último aliento —el único y verdadero espíritu— de quienes murieron como si no hubieran vivido. Para quien ya no puede confiar en el hombre —y un judío es aquel que tiene sobradas razones para no hacerlo—, en modo alguno puede creer en la realización histórica de la Justicia. Con otras palabras: solo Dios puede cumplir con la exigencia de Justicia que va junto con una vida que se vive, precisamente, como algo debido a Dios. Declarar que Jesús ha resucitado de entre los muertos es lo mismo, pues, que decir que el Juicio de Dios ha comenzado en esa Cruz, algo de hecho increíble para la gran mayoría de los judíos de la época, sobre todo si tenemos en cuenta que Jesús fue condenado, entre otras cosas, por atreverse a perdonar en nombre de Dios. Sin duda, se trata de algo muy diferente a la típica historia de zombies buenos que algunos siguen contando por ahí. ¿A qué testigo de la resurrección no le entraría una tristeza infinita, pues, si oyera cantar el som testimonis de la resurrecció a quienes lo cantan como si dijeran yuppi yuppi Jesús ha resucitado? En verdad, no se lo creen ni ellos. No debería extrañarnos, por tanto, que un cristianismo demasiado alejado de sus raíces judías, acabe mostrándose como una sarta de pajas mentales, al fin y al cabo, como un asunto solo apto para quienes necesitan tragar con ruedas de molino.
one more thing
abril 25, 2011 Comentarios desactivados en one more thing
Ante la tentación tan actual de convertir el cristianismo en una variante del budismo zen, conviene recordar, una vez más, que el cristiano es aquel marcado hasta sangrar por el sufrimiento indecible de los otros. El clamor de los desgraciados es para el creyente como el hierro candente con el que el amo señala a su res. Ahora bien, los marcados suelen ir cojos por ahí. Son los Gollum de la fe. Y quizá sea por esto que una comunidad cristiana que se haga presente a los demás como la comunidad de los perfectos sea como mínimo para vomitar. Hay que leer sin descanso a Lucas. Podríamos comenzar con Lc 18, 9-14.
streeper
abril 25, 2011 Comentarios desactivados en streeper
Podríamos definir nuestros tiempos modernos como aquellos en donde el hombre pierde la vertical. Donde cualquier posibilidad es siempre algo por descubrir —donde nada hay que sea ciertamente imposible—, todo sucede en la planicie. Es así que las cosas pasan y nada tiene ya lugar.
i-life
abril 25, 2011 Comentarios desactivados en i-life
En el mejor de los casos —aunque también en el peor—, una sola vida son unas cuantas vidas.
campo santo
abril 24, 2011 Comentarios desactivados en campo santo
Una tradición sigue viva mientras lo sigan estando sus muertos. Donde los muertos dejan de estar presentes, ya no puede haber tradición que valga. En vez de instituciones, tendremos fábricas. Así, por ejemplo, en el campus de Bard College, una institución entre la clase media alta de New York, está enterrada Hannah Arendt. Es difícil que la vida de esta mujer extraordinaria siguiera dejando su huella entre los alumnos actuales del Bard College, si hubiera sido enterrada vete tú a saber dónde y no donde se dejó la piel… que es lo que de hecho ocurre en nuestras universidades. ¿Debería extrañarnos, pues, que, debido a la fácil política del rey muerto, rey puesto, nuestros jóvenes más inquietos no tengan ningún testigo que recoger ni, por tanto, entregar? Pero, sin un testigo entre las manos, ¿cómo podrán salir del engranaje? Puede que sirvan eficazmente a una causa, pero ignorarán el porqué. Nunca será su causa. Una tradición significa, al fin y al cabo, que quienes quedan aún en pie, han de cargar con el peso del muerto… y, como sabemos, la muerte es, hoy en día, un asunto de mal gusto. Hay reyes que, sin embargo, no deben morir… si queremos seguir con vida.
PS: quizá sea por esto mismo que los catequistas modernis, más centrados en los temas que en sus santos muertos, hayan convertido la iniciación a la fe en algo parecido a un cursillo de autoayuda. Aunque, tampoco debería sorprendernos en exceso. De hecho, es lo que pasa cuando uno se dedica, sobre todo, al cultivo de los buenos sentimientos: que engendra seres muy sensibles, pero impotentes.
religare
abril 24, 2011 Comentarios desactivados en religare
La religión —del latín religare— es ese intento tan humano de recuperar la experiencia de la alteridad de la infancia. Ciertamente, cuanto mayor es el control de la situación —cuanto mayor es el poder del yo—, mayor es nuestra soledad. Todo se da, entonces, según la medida de nuestra sensibilidad. Y si nada hay qué temer, nada hay en verdad ahí. Para una subjetividad consolidada, cualquier hecho es, sencillamente, algo que se da por hecho y lo que se da por hecho en modo alguno llegará a provocarnos. ¿Quién no quisiera, así, ante el desamparo de la madurez volver a ser como un niño, recuperar la familiaridad con el fantasma? Si quienes poseen una sensibilidad religiosa se resisten a abandonar su infancia será porque, cuanto menos, intuyen que solo el niño es feliz. Sin embargo, no parece que esa felicidad sea posible sin regresar a la indigencia propia de la infancia. Como si la segunda ingenuidad solo pudiera alcanzarse con la ruina del yo. Y acaso sea ésta la gran lección del judaísmo: la única religión —la verdadera reconciliación— solo podrá venir de Dios mismo, pues nadie en su sano juicio estará dispuesto a pagar el precio del regreso a Dios.
JS
abril 22, 2011 Comentarios desactivados en JS
Escuchando el coro final de la «Matthäuspassion» comprendes que no hay música más feroz que la de Bach. Y, sin duda, los hombres se dividen entre quienes se estremecen al escucharlo y quienes no.
la prueba del nueve
abril 22, 2011 Comentarios desactivados en la prueba del nueve
Supongamos que nunca hubiera habido cristianismo. Si de repente alguien comenzara a proclamar con gran convicción que aquel rarito de las Ramblas, el que predicaba la cercanía del fin del mundo, que tanto se rodeaba de mendigos y putas como se juntaba con los ricos del lugar y que murió como un don nadie en una disputa callejera… había resucitado de entre los muertos, probablemente no le haríamos ni caso. Al igual que tampoco tenemos muy en cuenta a quienes defienden que Elvis sigue vivo. Pues eso.
la buena estrella
abril 21, 2011 Comentarios desactivados en la buena estrella
En el judaísmo, el hombre es siempre de algún modo un superviviente, un algo interior cuyo exterior fue atrapado por la corriente del mundo y arrastrado aguas afuera, en tanto que él, lo que quedo de él, permanece en la costa. Algo en su interior está esperando.
Franz Rosenzweig
hasta los ángeles caerán…
abril 20, 2011 Comentarios desactivados en hasta los ángeles caerán…
Impresionante anuncio este de la lluvia de ángeles. ¿Será, pues, verdad que son los dioses quienes envidian al hombre y no al revés? Un dios, por defecto, no puede estar más allá de sí mismo. Para un dios, no hay alteridad que valga. En principio, un dios es como una vaca o una piedra. Solo descendiendo —solo atado al clamor de los hombres— puede llegar a ser alguien. Como si el mundo fuera el cielo del cielo, la única oportunidad para que un dios pueda trascenderse y convertirse en persona. Dios logra ser alguien como Dios solo porque la divinidad llega a ser, al fin, la máscara de Dios. Por consiguiente, puede que el último motivo de la encarnación no sea la redención del hombre, sino la de Dios. Como si los hombres únicamente existieran para que Dios pudiera liberarse de su opacidad.
(Aunque sigue siendo cierto que solo un Dios que se salva de sí mismo, puede elevar al hombre por encima de sí mismo.)
mefistofélicas
abril 20, 2011 Comentarios desactivados en mefistofélicas
Si no cometes errores, no obtendrás la comprensión.
Goethe, Faust
cláusulas de rescisión
abril 19, 2011 Comentarios desactivados en cláusulas de rescisión
Que el primitivo atribuya un alma a todo cuanto existe no demuestra tanto un supersticioso modo de ser como su asombro —mejor dicho, su estupor— ante el hecho de que las cosas se encuentra efectivamente ahí. Y casi podríamos trazar una historia del espíritu humano sobre esta base. Como si, por recuperar un viejo tema del romanticismo alemán, el avance de la humanidad fuera correlativo a la huida de los dioses. Así, primero todo poseerá alma. Los hombres, por supuesto, pero también las plantas y las rocas. Luego aparecerá lo inerte. No todo poseerá alma. Habrán cosas vivas y cosas muertas. En un tercer momento, el alma de las cosas se separará de las cosas. Nacerán, pues, los dioses. Más tarde, estos desaparecerán también del mapa, con el Dios del séptimo día. Pero un solo Dios que habita más allá del cielo y de la tierra —un Dios que decide practicar la política de la no intervención— es, cuanto menos, un Dios discutible. Finalmente, el hombre caerá en la cuenta de que ni siquiera puede contar con ese Dios para explicar el mundo. Gratia Dei, Dios pasó a ser material desechable, la ganga de una humanidad por venir. El mundo se ha convertido ya en un desierto y todo es piedra. Nada nos deja los ojos como platos. Nada sagrado —nada intocable— permanece, pues. Todo es susceptible de ser modificado. Incluso el gen del Hombre, la herencia misma de Dios. Hoy es posible, cuanto menos, concebir y no solo imaginar una vida sin muerte. Como si Dios, de buen comienzo, hubiera decidido dejar sitio para que el Hombre pudiera ser como Dios. Y tampoco es casual que ese mismo Dios que decidió quedarse atrás, nos recuerde una y otra vez que el abandonado de Dios es nuestro prójimo, pues uno, por defecto, debe insistir en lo que ha dejado de ser un hecho. Como si Dios nos hiciera responsables de lo que el mismo provoca. Como si el hombre solo pudiera dejar de ser un animal bajo el peso de esta responsabilidad indebida. Los cabalistas ya supieron ver mucho antes que nosotros que esto de YWHW es, ciertamente, algo muy extraño.
nietzscheanas 10
abril 19, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 10
¿Amar al enemigo? Pero ¿se puede estar vivo sin un enemigo al que combatir, sin nada que negar? ¿Acaso puede alguien amar la vida sin amar la salud, la belleza, la fuerza y, por tanto, sin enterrar el excremento que la amenaza? ¿Acaso no debe alguien encarnar lo excrementicio para que podamos, precisamente, reconocernos en el amor a la vida? No es casual que el amor al enemigo sea siempre un amor de quienes ya están muertos, de aquellos que ya no tienen tiempo por delante. Deberemos, pues, admitir que el amor al enemigo solo puede darse como amor terminal, como un amor propio de los últimos tiempos.
simplicidad
abril 19, 2011 Comentarios desactivados en simplicidad
Son simples quienes no entienden el alcance de las preguntas más simples. Por ejemplo, por qué las cosas caen cuando las soltamos. O cómo fue posible la moral. O quién vive en verdad. Etcétera. Y si los simples no entienden ese alcance es porque poseen las respuestas antes de tiempo. Ellos son los que creen saber. Occidente reposa, al fin y al cabo, sobre la convicción de que el horizonte de la verdad solo surge en medio de la crisis de lo que se da por descontado. Incluso con respecto a Dios.
breve tratado de eclesiología
abril 18, 2011 Comentarios desactivados en breve tratado de eclesiología
Se da por descontado que quienes pertenecen a una comunidad cristiana auténtica poseen algo así como una experiencia de Dios. Que eso es lo que hace que su comunidad sea, precisamente, auténtica, verdadera, creíble… frente a una Iglesia demasiado formal e hipócrita. Sin embargo, puede que, a pesar de sus traiciones, haya más verdad en la vieja y cansada Iglesia que en las comunidades pretendidamente auténticas. Una experiencia de Dios es, sin duda, algo extraordinario —aunque también algo tremendamente ambivalente— y lo extraordinario, por defecto, no puede ser algo común. No es causal que quienes pertenecen a estas comunidades auténticas, sean progres o conservadoras, al querer forzar una experiencia que en modo alguno puede forzarse, acaben siendo, en el mejor de los casos, unos raritos y, en el peor, unos fariseos. También suele pasar, sobre todo en las comunidades más blandas, que se tome una cosa por otra, esto es, la experiencia de Dios por el gustito interior. En estas comunidades, no encontramos tanto raritos como onanistas espirituales, los cuales no pueden evitar hacer de Dios un consolador tamaño XXL, cosa, cuanto menos, sorprendente teniendo en cuenta que el Dios cristiano es un Dios que se revela como un Dios crucificado. En cualquier caso, la Iglesia, desde tiempos de Agustín, supo ver que su supervivencia, frente a la deriva aristocrática del gnosticismo, dependía de que no se exigiera a sus adeptos una ‘experiencia genuina’ de Dios, sino nada más, pero tampoco nada menos, que una férrea adhesión al testimonio de los mártires o, lo que viene a ser lo mismo, una ciega confianza en quienes habían experimentado desgraciadamente al Dios de los últimos días. Que todos los creyentes tengan una experiencia genuina de Dios solo es posible en los tiempos exasperados —y exasperantes— de los últimos días, aquellos en los que se creyeron hallar los primeros cristianos. Pero una vez se fue diluyendo la expectativa apocalíptica —una vez los cristianos dejarón de creer en la inminencia del Juicio Final—, la experiencia de Dios, que como tal es siempre la experiencia de los días finales, pasó a ser un asunto de unos relativamente pocos mártires. Decir que la Iglesia es siempre la Iglesia de los mártires significa, pues, que la fe es como el testigo que pasa de unas manos a otras, esto es, de las de los mártires a las de los simples creyentes. Y esto es, precisamente, lo que se olvida donde se da gnósticamente por descontado que cada creyente puede acceder por sí mismo a Dios, siempre y cuando se desprenda de la costra mundana que impide que conecte con la chispa divina que habita en lo más profundo de sí mismo. Pero un cristiano, solo recibe la fe de manos de otro, en última instancia, como bien supo ver Pablo, de un Crucificado que se identifica, en nombre de Dios, con los crucificados de la tierra. En este sentido, las comunidades eclesiales solo pueden ser —y deben ser— algo parecido a las peñas de un club de fútbol. En un club, los hinchas tiene muy claro que los que se la juegan en el campo son otros. Un hincha, sin embargo, sabe que puede también morir defendiendo la camiseta de sus jugadores… si las cosas se ponen feas en la grada. Un club que exigiera de sus socios la práctica del fútbol, sería un club que no podría pretender ninguna catolicidad. Es por eso que una Iglesia que no tenga clara esta diferencia entre quienes se la juegan y quienes participan del juego desde la grada, con sus gritos y sus banderas, está condenada a caer en cualquiera de las variantes del antiguo gnosticismo.
la diferencia
abril 18, 2011 Comentarios desactivados en la diferencia
Muchos escribieron sobre la guerra, pero solo Homero o Tucídides escribieron la guerra. Del mismo modo, muchos han escrito sobre Dios, pero solo unos pocos, Karl Barth entre ellos, han escrito Dios.
franz
abril 17, 2011 Comentarios desactivados en franz
Nada hay más judío, en el sentido profundo de este término, que una última desconfianza en el poder de la palabra y una última confianza en el poder del silencio.
F. Rosenzweig
los jueves tienen estas cosas…
abril 15, 2011 Comentarios desactivados en los jueves tienen estas cosas…
Dios no satisface nuestra necesidad de Dios. Dios, de hecho, se opone a ella.
Guillermo Galdón, alias Gan
nietzscheanas 9
abril 13, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 9
¿Cómo fue posible un Dios que renunciara a su divinidad? ¿Quién puede confiar en un Dios castrado? La impotencia de Dios ¿no es acaso una contradicción en los términos? ¿Cómo pudo fracasar Dios? Si un Dios es, por defecto, la fuerza, aunque se trate de la fuerza de la bondad, ¿cómo es que al descender a los infiernos de este mundo no fue capaz de transformarnos? ¿Puede creer honestamente quien cree en un Dios crucificado? ¿Acaso un Dios que muere en la Cruz puede seguir siendo verdadero? Un Dios que exige nuestra compasión, un Dios que nos exige amar al débil, al enfermo, al tarado, ¿no es acaso un Dios contrario a la vida? ¿Cuesta tanto darse cuenta de la monstruosidad del cristianismo? ¿Es tan difícil comprender que nadie en su sano juicio puede admitir un Dios de esta calaña?
rabí
abril 13, 2011 Comentarios desactivados en rabí
Dios habla, pero no responde.
proverbio rabínico
realismo sucio
abril 13, 2011 Comentarios desactivados en realismo sucio
Decir no consiste simplemente en nombrar. Con los nombres, de hecho, no vamos muy lejos. Al decir algo de algo, contra lo que suponen las teorías más ingenuas del lenguaje, no nos limitamos a poner una etiqueta sobre la cosa, sino que, propiamente, provocamos una escisión en el seno impenetrable de la cosa: la cosa es, así, algo más de lo que muestra ser. O por emplear otras palabras: al decir algo de algo, el primer algo no acaba de coincidir con el segundo. Si la cosa es algo otro ahí es porque eso otro no acaba de coincidir con sus características. Así, solo fácilmente podemos creer que una mesa es una mesa. Como diría cualquier científico, una mesa no es en realidad una mesa, sino algo distinto, por ejemplo, un manojo de partículas danzando en un inmenso vacío. A su vez, las particulas elementales no son en realidad tan elementales como parecen. Y, así, indefinidamente. Como si la realidad —eso último— fuera aquello siempre pendiente de las cosas con las que tratamos. La cuestión —la cuestión de la filosofía— es si es posible seguir manteniendo un buen trato con las cosas —y, por extensión, con los hombres— teniendo en cuenta su verdad o si, por el contrario, estamos condenados a vivir según la estrecha medida de nuestra sensibilidad. Si cabe, en definitiva, vivir encarando la ausencia de realidad o si, por el contrario, estamos condenados a seguir bajo el amparo de la superstición.
nietzscheanas 8
abril 12, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 8
¿Y si fuera cierto que el fuerte —el noble, el bello— estuviera, en verdad, satisfecho de sí mismo? ¿Y si la vida que puede —la vida que se encuentra bajo el sol del mediodía— fuera de hecho una vida cualitativamente distinta que la de quienes se encuentran a una cierta distancia de sí mismos, en la sombra, avergonzados de su modo de ser? ¿Y si la distancia que separa ambas existencias fuese la misma que la que distingue al hombre del mono? ¿Y si quienes saben que no hay nada —ni nadie— que se les resista fuesen los únicos que viven en verdad una vida inmaculada? ¿Y si estuvieran en lo cierto quienes dan naturalmente por sentado que el vencido no tiene más derecho a la existencia que un animal tarado? ¿Y si Megan Fox no fuera un pobre chica, como quisiera hacernos creer el sacerdote, sino aquella que mira con feliz desprecio la vida de oficio de tantas mujeres de carne y hueso? ¿Y si no hubiese mayor libertad que la de quienes viven invisiblemente, como si cualquier posible estigma no fuera con ellos?


Karl, el maestro
abril 12, 2011 Comentarios desactivados en Karl, el maestro
Karl Rahner nunca ha interpretado el cristianismo como la buena conciencia de la floreciente burguesía, ni como una especie de hogar religioso para burgueses, del que toda esperanza amenazada de muerte y todo anhelo vulnerable y pertinaz han sido exorcizados… Como la dimensión transversal de su teología, siempre conservó este anhelo, que nunca me dió la impresión de ser sentimental ni desmesurado, sino más bien una especie de silente suspiro de la creatura, una especie de clamor sin palabras en demanda de luz ante el rostro tenebroso de Dios.
JB Metz
serendipity
abril 10, 2011 Comentarios desactivados en serendipity
Por lo común, damos por sentado que los nombres constituyen la base del lenguaje. Que decir es, al fin y al cabo, nombrar. Como si la cosa estuviera de buen comienzo ahí, dispuesta a ser etiquetada. Sin embargo, puede que el lenguaje no sea tanto un conjunto de etiquetas como el esquema que, al abrir un hueco en el plano de la percepción, hace posible, precisamente, que hayan cosas ahí. Lenguaje es poder decir algo de algo… que, en último término, no aparece por ningún lado. Por ejemplo, este lápiz que tengo a mano no es en realidad un lápiz. Mejor dicho: si un lapiz puede ser un lápiz (y solo un lápiz) es porque ningún lápiz en concreto acaba de coincidir con su forma. En tanto que se encuentra ahí, es algo que, en sí mismo, se encuentra fuera de su aspecto, de su de-finición, de su lapiceidad. Así, el carácter de algo-otro-ahí es por defecto inaprehensible. Siempre podré preguntarme por la alteridad de lo que veo, por ese algo que, en última instancia, soporta la serie de características que capta mi sensibilidad. Si hay cosas en realidad es porque el algo en el que consiste la cosa, en sí mismo, no se pone de manifiesto. Porque su realidad es, al fin y al cabo, invisible. Ahora bien, esta invisibilidad de la cosa no es la de una imaginaria cosa invisible, sino la propia de una exigencia insoslayable, de un imborrable deber ser. El lenguaje, la posibilidad de decir algo de algo, no es más, aunque tampoco menos, que la matriz de esta exigencia. Sencillamente: si hay realmente algo ahí es porque debe haberlo. Con todo, nadie dijo que fuera fácil comprender el alcance de esta evidencia.
ama y haz lo que quieras
abril 10, 2011 Comentarios desactivados en ama y haz lo que quieras
Una cosa es cierta. Y es que cuanto mayor es la intimidad, mayor es la falta de sincronía. Quienes se encuentran, nunca acaban de coincidir. O mejor dicho: no hay encuentro que no revele lo insalvable del hiato. Como si solo pudiéramos ser carne y uña, una vez la uña se clava en la carne.
tiempos felices
abril 10, 2011 Comentarios desactivados en tiempos felices
Lo que ganamos en intimidad, lo perdimos por el lado de la trascendencia. Así, tenemos un alter ego en vez de a Dios.
massa damnata
abril 10, 2011 Comentarios desactivados en massa damnata
Hoy en día no está muy en boga esto del pecado original. La posición oficiosa siguiendo siendo la de Rousseasu: el hombre es en el fondo un buen tío, solo que el entorno le pervierte. Sin embargo, la intimidad está hecha a base de materiales de derribo. Un buen salvaje carece de aquella oscuridad que confiere relieve a la existencia. ¿Quién puede concebirse a sí mismo sin un motivo del que avergonzarse, sin un secreto que preservar? Ahora bien, si la vergüenza nos puede es porque fácilmente llegamos a creer que hay quienes pueden ir por ahí sin nada que esconder. Por eso el único modo de liberarnos de esta impostación es dar por sentado que a ojos de un Dios omnisciente —una especie de gran hermano orwelliano—, no hay quien se salve de la quema. Bastaría con que de repente todo se hiciera transparente —nuestros pensamientos, deseos, búsquedas, saltos…— para que surgiera, al fin, un mundo nuevo. La diferencia entre puros e impuros —la que constituye precisamente el entramado social, la que nos somete al poder de los ídolos— deja de ser relevante donde la pureza se revela como algo propio de quienes carecen de las más elemental profundidad: los niños, las bestias, el dios. Será, pues, cierto que solo una condena universal puede hermanarnos antes de la muerte.
ghost
abril 8, 2011 Comentarios desactivados en ghost
Si la realidad es siempre una intrusión. Si lo real es el resto intragable de aquello que se nos da según la medida de nuestra sensibilidad. Si nadie, al fin y al cabo, puede entrar en contacto con la alteridad sin romperse… ¿no será entonces el fantasma algo más real que cualquier hombre o mujer de carne y hueso? Esas imágenes que despreciamos como la expresión de las supersticiones de la infancia ¿no revelan mejor que cualquier descripción, el carácter otro de lo otro? En el trato, la alteridad se supone. Más aún: debe darse por hecha. Pero, en tanto que sub-puesta, esa alteridad es continuamente dejada atrás, olvidada, des-estimada. De hecho, ningún trato sería posible, donde tuviéramos en cuenta la alteridad de aquello con lo que tratamos. La presencia de lo verdaderamente otro, en tanto que suscita nuestra fascinación, es, de hecho, paralizante. Todo trato implica la mayor o menor asimilación de lo tratado, y la alteridad propia de todo cuanto tenemos a mano es lo que en modo alguno podemos asimilar. Tratar es ingerir, digerir, al fin y al cabo, un asunto corporal y no hay realidad que no se nos atragante. Vivimos, pues, de espaldas a la rareza de lo real. Hablar de la imposibilidad del fantasma es, por consiguiente, hablar de la imposibilidad misma de lo real. Estrictamente, los fantasmas no son de este mundo. De hecho, el mundo deviene inhabitable donde irrumpe el fantasma. ¿Quién no queda encogido por el terror que provoca su aparición? La huida del fantasma sería, pues, lo que hace posible nuestro arraigo en el mundo. Pero, por eso mismo, su huella se revelará tarde o temprano como lo más real de nuestra existencia.
PS: sustituyamos «fantasma» por «Dios» y entenderemos, al menos por aproximación, aquello tan veterotestamentario del temor de Dios. Como si el hombre solo pudiera vivir en paz como a-teo, esto es, como quien permanece ajeno a la extrañeza de Dios.
GK
abril 7, 2011 Comentarios desactivados en GK
Un soldado rodeado de enemigos, si debe abrirse camino, necesita combinar un profundo deseo de vivir con una extraña indiferencia con respecto a la muerte. No solo debe aferrarse a la vida, porque en ese caso será un cobarde y no podrá escapar. No solo debe esperar fríamente la muerte, pues entonces será un suicida y tampoco podrá escapar. Debe defender su vida con un espíritu de furiosa indiferencia hacia ella; debe desear la vida como el agua, y, sin embargo, beber la muerte como el vino.
GK Chesterton
amplificant un comentari del Llort
abril 6, 2011 Comentarios desactivados en amplificant un comentari del Llort
Ahir tocava Sokolov. Al Palau. Com es sabut, Sokolov és Déu… i sol demostrar-ho en les «peces de més» dels seus concerts. Doncs bé, el Palau no estava ple. Tres quarts d’entrada o potser una mica més. Si no van haver-hi bufetades per sentir-lo, és obvi que no ens mereixem cap independència. Podem seguir fent castells, però seguiran sent castillos en el aire.

quién te ha visto y quién te ve
abril 5, 2011 Comentarios desactivados en quién te ha visto y quién te ve
La cuestión es de qué mirada depende tu vida, quién la juzga, quién te obliga a bajar los ojos, a ocultarte. Quién es, en definitiva, tu señor. Es posible que alguien diga aquí que él —o ella— no depende de nadie. Sin embargo, quien dice esto solo demuestra no saber de lo que habla. Como si no tuviera un motivo del qué avergonzarse. Como si la mierda no fuera con él —o con ella—. Así, quienes son juzgados por un ideal de belleza o un alto nivel de vida, se avergonzarán del grano en la cara o de haberse arruinado. Si la mujer cree que vale solo en la medida en que tenga un hombre a su lado, se avergonzará de haber sido abandonada. Si el hombre cree que vale lo que vale su caza, se avergonzará de traer a casa ratoncitos de campo en vez de osos. Como decíamos: lo que nos diferencia es quién puede avergonzarnos—quién nos dice la verdad, quién señala la desnudez del emperador—. Por eso, no se trata de prescindir cínicamente del juicio —pues quien prescinde del juicio es, en el mejor de los casos, un simple espectador de sus micciones—, sino de elegir, si es que se trata propiamente de una elección, a quien te juzgará finalmente, al señor de tus días. Y es que una cosa es sentirse avergonzado por el grano en la cara —o porque te has quedado sin chico o porque has dejado que el oso campe a sus anchas, etc— y otra muy distinta avergonzarte, por ejemplo, de poder comer a diario. En el primer caso, la vergüenza es comprensible. En el segundo, inadmisible. No obstante, no hay más libertad que la que nace de esta segunda vergüenza. Únicamente, un señor que te hace enrojecer ante tu propia satisfacción, puede arrojarte fuera del mundo, liberarte de su poder. Mientras tu señor sea del más acá, no saldrás de tu ombligo: vivirás (de)pendiente de tu ideal. Solo si tu señor no es otro que aquél que te pregunta desmesuradamente por cualquier desgraciado como si te preguntara por tu hermano, podrás encontrarte por encima de ti mismo, más allá de tu insignificante ubicación. Tus fracasos —tus granos en la cara— te darán igual. En verdad, nadie puede soportar su felicidad donde sabe que su hermano —o, si se prefiere, cualquiera de sus hijos— se está muriendo por ahí de inanición. Pero precisamente por eso mismo ¿acaso no necesitaremos cortar esos lazos para seguir viviendo en paz? ¿Acaso no deberemos darle la espalda a ese señor —el único Dios que nos hermana— para seguir viviendo humanamente? Solo un cristianismo naïve puede creer que el creyente es un tipo normal. No es casual que un cristianismo de este tipo termine por confundir la vocación con el oficio. No es casual, pues, que no engendre genuinos creyentes. Sea como sea, que no haya otra libertad que la del culpable —que no haya otra alma que la que nace erizadamente del mandato de un Dios inexistente— es algo que nadie en su sano juicio podrá comprender. Demasiado para el cuerpo, sin duda.
las edades del mundo (y 2)
abril 3, 2011 Comentarios desactivados en las edades del mundo (y 2)
Es posible imaginar que la Encarnación no supuso para Dios mismo una humillación, sino, al contrario, el único modo de liberarse de la eternidad. Pues solo colgado de una cruz puede Dios mismo transferirle al hombre la carga de ser Dios.
y si…
abril 2, 2011 Comentarios desactivados en y si…
¿Y si la invocación —el encrespado lamento de Job— fuera algo más originario, más arraigado, más verdadero que la misma fe? ¿Acaso el único Dios, aquél que reclaman los desesperados, sean o no creyentes, no es el que, más allá de cualquier religión, nos pone de rodillas hasta hacérnoslas sangrar? ¿Acaso hay otro Espíritu que el que nace del cuerpo del que invoca a Dios sin esperar respuesta?
i t’ensenyaré la por en un grapat de pols
abril 1, 2011 Comentarios desactivados en i t’ensenyaré la por en un grapat de pols
Puede que el miedo fundamental no sea a que todo acabe en un momento u otro, sino, precisamente, a que el universo no tenga un final —a que no haya en verdad Juicio— y que, por consiguiente, tanto el perdón de Dios como los grandes exterminios de la Historia queden sepultados por igual bajo el peso de una infinita indiferencia.
más metzianas
marzo 31, 2011 Comentarios desactivados en más metzianas
Quien formule el discurso sobre el Dios de Abraham, Isaac y Jacob de forma que resulte inaudible la queja de Job, su lamento de «¿hasta cuando?», no está haciendo teología, sino mitología. Y quien escuche el mensaje de la resurrección de Cristo de modo que quede del todo apagado el grito del Hijo abandonado por Dios, no está oyendo el Evangelio sino un mito triunfador.
JB Metz
esos primitivos
marzo 29, 2011 Comentarios desactivados en esos primitivos
Antiguamente, la mayoría de los hombres y las mujeres daban por sentado que la frontera entre el mundo natural y el sobrenatural era transitable en los dos sentidos. Así, no era descabellado, sino más bien posible que los espíritus del más allá nos hicieran, de vez en cuando, una visita. Aunque no quedase claro qué sobrevivía al cuerpo —si una sombra de lo que fuimos, si el alma entera del sujeto, si su transformación en espíritu astral… —, lo cierto es que nadie cuestionaba, salvo algunos pocos que negaban cualquier tipo de supervivencia, que esto del espíritu tenía que ver, precisamente, con lo que queda tras la muerte. Lo curioso es que ese resto tanto podía estar espiritualmente vivo o muerto. Por tanto, esto del espíritu no necesariamente se identificaba con la vida tras la muerte. La cuestión es si el cristianismo, que bebe de este caldo, puede sobrevivir donde la división entre lo natural y lo sobrenatural —y, por consiguiente, el tráfico entre los dos mundos— deja de tener sentido, cosa que ocurre precisamente con la irrupción de la visión copernicana del universo. No es causal que la única espiritualidad compatible con esta cosmovisión sea la que identifica el espíritu de Dios con la fuerza de la vida. No debería extrañarnos, pues, que las presentaciones más actuales del cristianismo se conciban a sí mismas como una simple concreción de la espiritualidad en general. Como si el cristianismo solo pudiera sobrevivir modernamente echando mano del gnosticismo que condenó en su momento.
falacia
marzo 29, 2011 Comentarios desactivados en falacia
Los tiempos modernos se caracterizan por ofrecer una mejor explicación de lo que antiguamente se atribuía a la intervención de poderes divinos. Así decimos: no es que oiga a Dios, sino que la esquizofrenia le provoca alucinaciones. O bien: su creencia en Dios, no es más que la expresión de su necesidad de amparo. Sin embargo, de Kekulé, quien descubrió soñando la estructura de la molécula del benceno, no decimos que su visión fuese un delirio. El sueño explica su idea, pero no la justifica como verdadera. Cualquier científico —o casi— distingue entre el contexto del descubrimiento y el contexto de la justificación. Pero no parece que esta distinción valga para el caso de la creencia religiosa. Con respecto a la creencia religiosa no cabe actualmente ninguna justificación. Un antiguo quizá hubiera podido aceptar que la necesidad de amparo explicase nuestra idea de Dios, pero al mismo tiempo hubiera entendido que esa necesidad era la puerta de acceso a la realidad de Dios, la cual se daba por descontada. Si la explicación científica parece hoy en día funcionar como demostración de que Dios no existe no es porque de hecho lo demuestre —pues Dios podría existir aun cuando las visiones de Dios solo fueran posibles en el caso de sufrir, pongamos por caso, un brote esquizofrénico—, sino porque lo que damos por sentado es, precisamente, que Dios no existe. Solo desde este supuesto, la explicación se impone, a la vez, como prueba del carácter ilusorio de la creencia religiosa. Con todo, Dios en verdad nunca ofreció, ni siquiera en la Biblia, una buena explicación. O por parafrasear a Bonhoeffer, un Dios que existe nunca existió. Pero éste es otro tema.
