la tarara sí, la tarara no
mayo 9, 2011 Comentarios desactivados en la tarara sí, la tarara no
Es posible que, al fin y al cabo, la muerte nos iguale, pero lo cierto es que no todos la vivimos por igual. Así, mientras que para unos es una posibilidad, para otros, los miserables, es una realidad anticipada. Mientras que para nosotros, la muerte es aquello que deberíamos tener presente, si queremos tener, precisamente, un presente —o, como suele decirse, si queremos captar el carácter extraordinario de lo ordinario—, para el resto la muerte es lo que debería ser dejado atrás, si de lo que se trata es de gozar de un poco de vida. Mientras que para unos la muerte puede llegar a ser una transición, para otros será probablemente una liberación. Que los bienaventurados sean estos últimos es algo que solo podemos creer desde la esperanza de un Juicio Final, ese noveno día, en el que Dios, tras despertar de su letargo, ponga las cosas en su sitio. La cuestión es qué queda de ello cuando nuestra visión del mundo no parece admitir, salvo como ficción, un final apocalíptico de los tiempos.
fnac
mayo 8, 2011 Comentarios desactivados en fnac
La ironía del productor que pendula entre la creación de su obra y la modificación o descomposición de la misma se generaliza como ironía del consumidor cuando todo el mundo siente la libertad de interesarse brevemente por toda clase de personas, textos y objetos disponibles y luego desinteresarse. El consumidor es aquel cuyo trato con lo dado no viene determinado por la creencia en su valor permanente. El consumidor irónico es el coleccionista en el que el desehechar coincide con el conservar. Aquí la infidelidad actúa como propiedad.
Peter Sloterdijk
un asunto corporal
mayo 8, 2011 Comentarios desactivados en un asunto corporal
Es a través de la fantasía como el cuerpo y no solo nuestra mente puede entrar en contacto con eso tan extraño que es la realidad. Así, quien cree habitar un mundo repleto de presencias invisibles permanece abierto al mundo en mayor grado que quien da por sentado que no hay más cera que la que arde. Porque las cosas no son lo que parecen —sino, en la mayoría de los casos, índices de otra cosa— el mundo se muestra, precisamente, como tal mundo, es decir, como algo que no acaba de darse por entero según la estrecha medida de nuestra sensibilidad. Quizá por eso haya más verdad en la vieja superstición que en la controlada asepsia del laboratorio. Como si el carácter otro de lo real se expresara más certeramente en un mundo que deja abierta la puerta a los fantasmas que en otro en donde tan solo cabe contar. Aun así, no deja de ser cierto que los primeros en desencantar el mundo no fueron los científicos, sino esos judíos que comprendieron que más radical que la del fantasma era la alteridad de un Dios que no parecía estar por la labor. Y quizá el único modo que los cuerpos posean el relieve del fantasma donde ya no podemos recurrir a una desprestigiada imaginación, sea el de verlos como aquéllos que fueron arrojados al mundo desde la nada misma de Dios.
nietzscheanas 16
mayo 7, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 16
La historia de Occidente en tres pasos —o cómo nuestro mundo ha llegado a ser el que es—:
a) de entrada, como es obvio, vivimos de nuestro espejismo. La vida que nos traemos entre manos nada vale por sí misma, sino solo en relación con lo que, según parece, sí vale en verdad, a saber, la vida que viven los dioses —hoy diríamos la vida de nuestras estrellas mediáticas—. Así, por ejemplo, el trato que podamos tener con esa chica —o ese chico— vale la pena, si puede comprenderse como un calco más o menos afortunado del amor mítico, es decir, de las grandes pasiones que vimos en las películas de nuestra infancia. Un amor que no represente ni siquiera por aproximación el amor verdadero de las ‘películas’, difícilmente podrá ser vivido como tal. Nadie se ilusiona con un simple contrato o desempeñando la rutina de un oficio. Es así que el típico derecho a roce no suele ir muy lejos. A menos que el otro sea un simple rascador, una cosa entre otras, quienes juegan este juego, tarde o temprano, se van a preguntar qué significa lo suyo, pues nadie puede admitir fácilmente ser una cosa entre otras. De entrada, pues, la vida que vivimos en el más acá encuentra su medida en el nivel del más allá. La vida de buen comienzo vale solo con respecto a lo que, en cierto modo, se sitúa fuera de la mera vida.
NB: ¿qué añade a todo esto el cristianismo? Por decirlo rápidamente, un mito para los pobres. Tras la irrupción del cristianismo en la antigüedad greco-romana, los pobres poseeran su propia historia ejemplar y, por eso mismo, su vida, como la de los nobles, podrá tener un cierto valor. No es casual, pues, que hoy en día un madurete repartidor de pizzas pueda creer con facilidad que su vida no ha fracasado: situado en las postrimerías del cristianismo, aún dispone de unas cuantas variantes del mito cristiano, películas del tipo el-repartidor-enmascarado-que-salva-al-mundo-del-ataque-alienígena. Estas películas son impensables en una cultura para la que el paria es simplemente un infrahumano, alguien que en modo alguno podrá realizar las posibilidades de lo humano.
b) deviene la catástrofe, literalmente, la caída del cielo. Dios no puede tener lugar en un universo homogéneo y ciego, en donde la antigua división entre un inmaculado más allá y el imperfecto más acá llega a ser impertinente. Dios, por consiguiente, ha muerto. La vida del Dios ya no es una vida real. No hay más vida que la nuestra y, como acabamos de ver, nuestra vida, por sí misma, carece de valor. Un Dios muerto es un Dios que solo tiene que ver con los apuros del creyente. El nihilismo —la falta de valor de la mera vida, el eterno retorno de lo mismo— se revela, al fin y al cabo, como el destino mismo de Occidente, del mismo modo que, tarde o temprano, cae en la depresión quien creyó durante demasiado tiempo en los cuentos de hadas.
c) si todo vale por igual —y, por tanto, nada vale en verdad—; si no hay nada de valor que merezca un sagrado respeto y, por tanto, que se muestre como algo intocable, entonces el principio formal de la vida moral —el no todo lo que puede hacerse, debe hacerse— ya no puede justificarse. En su lugar encontrarmos el propio del dominio técnico del mundo: si es posible, debe hacerse. De este modo, si es posible modificar nuestro código genético para vivir mil años como si tuviéramos veinte, se hará; si es posible multiplicar hasta el infinito las capacidades del cerebro humano, se hará. Ahora bien, esto significa que un hombre abandonado a la lógica de una evolución es un hombre sin definición moral. El tabú, la prohibición cuya transgresión nos sepulta en la vergüenza, solo afectará, en el mejor de los casos, a grupos concretos de individuos, pero no a la especie. O como dijo el mismo Nietzcshe: donde muere Dios, muere también el hombre, pues es obvio que el hombre de los mil años ya no será uno de los nuestros. Seguirán, sin duda, habiendo hombres, pero el hombre será dejado atrás como lo fue en su momento el mono. Un hombre sin Dios es un hombre que se supera a sí mismo ad infinitum. Ahora bien, no todos podrán seguir la vía de esta superación. Donde muere Dios —el Dios que nos hermana en la tara—, se hace de nuevo evidente que no somos iguales: unos podrán llegar a ser algo más y otros no. El porvernir del hombre no es, por tanto, un hombre ideal, sino un ser que ya no podrá reconocerse en quien le engendró: un Frankenstein, un Terminator, un superhombre. Pero se trata de la misma historia de siempre —del eterno retorno de lo mismo—, pues ¿acaso el padre del hombre no fue un chimpancé?
tengas hijos…
mayo 7, 2011 Comentarios desactivados en tengas hijos…
[los hombres], una vez nacidos, quieren vivir y encontrar destinos de muerte, pero con mayor intensidad quieren reposar; y dejan tras de sí hijos, para que también ellos encuentren destinos de muerte.
Heráclito
may be
mayo 6, 2011 Comentarios desactivados en may be
Si podemos preguntarnos por las bases del deber moral —si podemos preguntarnos por qué debemos hacer lo que debemos— es porque el deber, al perder su raíz sobrenatural, ha dejado de ser algo, en definitiva, natural. Así pues, un antiguo no comprendería nuestra pregunta del mismo modo que nosotros tampoco entenderíamos a quien nos cuestionara el hecho de sentirnos inclinados a cuidar de nuestros hijos. «Es lo que hay», diríamos. Ahora bien, el monoteísmo bíblico jamás entendió el deber como aquello impuesto por el orden (sobre)natural de las cosas. Un deber moral es, antes que una inclinación bendecida por los dioses, una respuesta a quien sufre, precisamente, la falta de Dios. Aquí alguien podría igualmente preguntarse por qué debemos responder a quien nos reclama una respuesta bajo el peso de un Dios transcendente hasta la ausencia. Pero donde hay llamada —y la llamada, ciertamente, abunda—, no puede no haber respuesta. Hagamos lo que hagamos, somos quienes respondemos. Otra cosa es, sin duda, que la respuesta sea la debida. Y es aquí donde resulta decisivo el alcance de nuestra visión. Ver al Otro es ya saber que hemos de responderle debidamente. Ver al Otro supone, pues, obedecerle. En tanto que la alteridad del hombre —ese no ser, ese dolor— es la huella del carácter imposible de lo absoluto; en tanto que no hay nada más otro —más inalcanzable— que la indigencia del otro hombre, quien se sitúa ante el otro, ante su misma alteridad, no puede menos que preguntarle qué quieres que haga por ti. No podemos pasar de largo, pues, sin caer en el infierno de la soledad narcisista. Donde no hay Otro que valga, el infierno son, ciertamente, los otros. El juego de manos de la Modernidad consiste en obligarnos a ver como una inclinación que nace del sujeto, lo que en verdad solo puede darse como respuesta. No casualmente el gran problema de la epistemología moderna fue el de tener que demostrar algo que saltaba a la vista en un mundo plagado de dioses, a saber, la exterioridad misma de lo real.
prejuicios
mayo 6, 2011 Comentarios desactivados en prejuicios
Por lo común, quienes se preguntan por la agonía del cristianismo, dan por descontado que antes, a diferencia de hoy en día, los creyentes sí que creían de verdad. Como si la distancia reflexiva propia de nuestros tiempos nos impidiera dirigirnos directamente a Dios y solo nos dejara emplear el recurso de la cita: «como diría el creyente, confío en ti Señor«… O, por poner otro ejemplo: como si antes los amantes hubieran sido capaces de decir directamente te amo y ahora solo pudieran recurrir al irónico «como diría el poeta, te amo«. Sin embargo, es posible que hoy en día estemos en una situación más parecida a la originaria de lo que suponemos, pues nunca la fe se impuso con la inmediatez que algunos le suponen. En el AT, pongamos por caso, tan solo Moisés pudo ver a Dios cara a cara —tan solo él pudo encararle— y, aun y así, únicamente alcanzó a verle la espalda (Ex 33). Por eso, faltan a la verdad quienes dan por sentado que Dios se encuentra ahí, por encima de nuestras cabezas, esperando a que le hagamos una llamada. Una de las constantes bíblicas es, precisamente, que no es el hombre quien llama a Dios —pues, el hombre siempre reclama una divinidad a su medida—, sino Dios quien llama al hombre… aunque sea de un modo inaceptable para el hombre. O lo que es lo mismo, Dios no se ofrece al hombre como aquel que satisface su deseo de Dios. Un Dios que se identifica con los huérfanos de la tierra no puede satisfacer —es obvio— ningún deseo. Más bien es ese Dios quien tiene necesidad del hombre. Más aún: si Dios se da como promesa de sí mismo —si Dios se da como el por-venir de Dios—, entonces Dios no se pone de manifiesto en el modo del presente, ni siquiera como el sujeto agente que explicaría ciertos acontecimientos extraordinarios. En realidad, éste es el supuesto básico del paganismo: que pueden rastrearse los indicios de una divinidad presente. Sin duda, hay indicios de Dios. Pero son los que ningún hombre podría admitir como propios de un dios: el clamor de los desgraciados, el pellejo de un Crucificado. Encontrarse bajo la altura de Dios significa, pues, que nada hay superior —nada hay más alto— que el rostro desencajado de las víctimas. Poco que ver, diría, con las conexiones astrales a las que aspiran quienes todavía desean una experiencia de Dios.
romanticismo
mayo 5, 2011 Comentarios desactivados en romanticismo
El problema de una cultura heredera del romanticismo como la nuestra es que ha dejado que fácilmente creyéramos que cualquiera podría poseer lo que siempre se nos da como algo excepcional —como milagro—. Por ejemplo, el amor. Así, no debería extrañarnos que, cuando las cosas se ponen en sus sitio, los cualquiera salten y a grito pelado, como si descubrieran el Mediterráneo, digan aquello de que el Amor, así con mayúsculas, no existe. Tarde o temprano, el resentimiento de los cualquiera se hace patente como los granos de pus en la cara. Sin embargo, no es que el amor no exista, sino que ellos necesitan creer que no existe, que es una patraña —que, al fin y al cabo, que solo hay emociones variables—, pues de existir en verdad no podrían soportar que no fuera para ellos. Nietzsche, una vez más.
Elena Francis
mayo 4, 2011 Comentarios desactivados en Elena Francis
En el «consultorio» del Cosmopolitan del pasado mes de febrero, una chica se pregunta si es posible estar enamorada de dos hombres a la vez. De hecho, ella lo está, según parece, pues se acuesta, aunque alternativamente, con su novio y el mejor amigo de su novio. La respuesta de la psicóloga de la revista es previsible: se trata de algo natural; que si se siente culpable es porque nuestra cultura tan represiva —tan católica— no puede admitir lo que debería admitir como algo normal, pues nadie, insiste la psicóloga, puede pretender el monopolio de nuestro corazón. Hasta aquí la transcripción aproximada de la respuesta. ¿Tiene razón? En lo que respecta a la descripción del hecho, no hay duda: los sentimientos más epidérmicos —y no tan epidérmicos— son, ciertamente, fluctuantes. Lo natural es que a ellas les guste el hombre que les da seguridad —el posible padre de sus hijos— y el canalla. Como también es natural que al hombre se sienta atraído, con intensidad variable, por la madre y por la fácil. El deseo —y no hay que ser un Freud para saberlo— oscila entre figuras antitéticas. Lo deseable sería un canalla que te dé seguridad —o una mujer de putamadre—, pero ya sabemos que este ideal no es de este mundo: un canalla no puede, por definición, darte la tranquilidad que buscas. Pues bien, hasta aquí lo natural. La cuestión es si lo natural constituye una última instancia de lo humano. Supongamos, por un momento, que en realidad no hubiera ningún problema con que esa chica pudiera salir con dos —o más— chicos a la vez. Que no hubiera nada que objetar a que uno de esos mismos chicos le dijera a su chica que ese finde no podrán quedar porque él y una amiguita de ella han decidido alquilar un apartamento en Cadaqués… Que todo fuera buen rollo. Como cuando vamos al WoW —el mejor bar de BCN, sin duda— y un día tomamos una Moritz y otro una Coca-Cola. Supongamos, pues, que en ese mundo hubiera un hombre que le dijera a una mujer: contigo hasta la muerte. ¿Cómo le veríamos? ¿Cómo alguien que no sabe lo que dice? ¿Cómo un iluminado? Probablemente, si solo se basara en el me gustas mucho. Pero no me atrevería a decir que fuera un chalado, si detrás de su confesión estuviera ese sentido de la deuda que hoy tanto encontramos a faltar. Nadie puede declarársele en verdad a alguien diciendo aquello de en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad… si no le debe, en cierto sentido, la vida. Es muy difícil que ese amor, de darse en ese mundo, no se revelara como la medida de cualquier otro amor. Como si el amor verdadero —una respuesta más que una pasión— no fuera posible para el consumidor, sino solo para quienes viven, como quien dice, en precario. Se confirma, una vez más, que la indigencia moral de nuestra época tiene que ver con el hecho de que aquellos que tienen autoridad —aquellos que pronuncian esas palabras que caen por su peso— no son quienes están de regreso, esos ancianos, sino esas psicólogas de cursillos a distancia cuyo mayor mérito es el de no depilarse el bigote para que al menos puedan creer que, si no gustan a los hombres que saben de qué va el juego, es porque ellas aún tienen dignidad.
imposible
mayo 4, 2011 Comentarios desactivados en imposible
Dios es lo imposible del hombre. Imposible, no significa, sin embargo, hecho imposible, lo cual sería un contrasentido, sino aquello que el hombre jamás podrá admitir sin renunciar a su posibilidad. Y el cristianismo acaso no diga otra cosa: que si el hombre puede (sobre)vivir en medio de la muerte es porque Dios mismo ha abrazado la imposibilidad de Dios.
artefactos
mayo 3, 2011 Comentarios desactivados en artefactos
Un ídolo no es una imagen de Dios, sino una imagen demasiado creíble de Dios. Precisamente, porque podemos creer fácilmente en ella —porque se muestra como la medida de nuestra propia existencia— esa imagen no acaba de ser del todo verdadera. En modo alguno posee los rasgos inaceptables de la alteridad: le falta extrañeza, esa mezcla de fascinación y horror propia de lo real. En tanto que representa una existencia idealizada, el ídolo se encuentra, ciertamente, más allá de nuestra situación. Ahora bien, este más allá siempre se dará según el modo de nuestra posibilidad. A diferencia de lo que ocurre con el enteramente Otro, la lejanía del ídolo puede cuantificarse, al menos por aproximación. Con respecto al caso ejemplar, un cuerpo bello es siempre más o menos bello. Quizá por eso mismo haya más verdad en esas superticiones que se mantienen atadas a las increíbles imágenes de la fantasía religiosa más desbordante que aquellas devociones que, con la excusa de la credibilidad, hacen de Dios algo demasiado cercano como para que valga como Dios. Mientras las primeras nos mantienen clavados en carne y hueso al más allá, las segundas nos condenan a la vida centípreta de quien ya se encuentra a gusto con su dios. Es posible que la crítica ilustrada de la superstición sea el reverso de nuestra moderna incapacidad para lo real.
nietzscheanas 15
mayo 3, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 15
La cuestión de la felicidad del tirano fue antes platónica que nietzscheana. De hecho, se trata de la vieja cuestión acerca de quién está vivo en verdad. Y sabemos también cuál fue la respuesta de Platón: un tirano no puede ser feliz en modo alguno; un tirano siempre está solo. Precisamente porque nada le impide realizar su deseo, el tirano no puede ir más allá de sí mismo. Un tirano es incapaz de llevar, así, una vida elevada. Otra fue, sin embargo, la respuesta de Nietzsche. Para este anticristo, la vida del impotente, la vida del esclavo, al tratarse de una vida que no coincide consigo misma —al ser, propiamente, una vida avergonzada de sí misma—, no puede estar en verdad viva. Si el impotente —el sacerdote— cree lo contrario—si cree que la salud, la inocencia, la belleza del noble es, en el fondo, una impostación— es porque, al fin y al cabo, no puede soportar no ser como quienes denuncia. O inocencia o resentimiento. La cuestión sigue, ciertamente, en pie. Y debe seguir en pie… si el cristianismo ha de ser algo más que una religión para niños.
mala mar
mayo 3, 2011 Comentarios desactivados en mala mar
Parece que el cristianismo progresista no pueda hacer otra cosa que ir dando bandazos a rebufo de la actualidad. Así fácilmente podemos constatar que, si tocan tiempos hippies, Jesús se presenta a la conciencia creyente como el primer hippy; que si los tiempos son maternales, Jesús se revela como el amigo que siempre te escucha; que, si revolucionarios, como el zelota que algunos dicen que fue; que, si espiritualistas, como un alma bella e incomprendida... Como si el creyente progresista, en su intento de frenar el fundamentalismo conservador, diera por sentado que no es el Crucificado quien juzga al Mundo, sino el Mundo el que juzga al Crucificado. Todo un síntoma de que modernamente no sabemos cómo tragar con una verdad que no parece que se decida por completo en el espacio de nuestra interioridad.
mitológicas
mayo 3, 2011 Comentarios desactivados en mitológicas
¿Qué hace un mito? Básicamente, dividir lo que en realidad no admite la división. Así, por ejemplo, una madre no puede amar a su hijo sin, al mismo tiempo, querer castrarlo. Una madre te ahoga cuando te abraza. Y quizá sea por esto mismo que necesitamos un mito: para hacer habitable el mundo. Y así tendremos buenas madres y malas madres, dependiendo de cuál sea el lado que más pese. O madres que ahora te aman y ahora te ahogan. Como si no pudiéramos admitir la mutua implicación de los contrarios. Ahora bien, de aquí se deduce que un mundo habitable tiene muy poco de verdadero. Por definición, un autor de mitos huirá como de la peste de los abismos de la dialéctica. Demasiado intelectual, dirá. Pero lo cierto es que no hay más realidad que la impenetrable. Como el Dios de Job.
knees
mayo 3, 2011 Comentarios desactivados en knees
¿Cómo comprender a quien sigue dirigiéndose a Dios sabiendo, a base de golpes, que no puede esperar su intervención? ¿Es posible que no seamos, en última instancia, otra cosa que este abandono? ¿Que no se trate de una posibilidad de quienes aún confíamos en nuestras posibilidades? ¿Qué cualquier logro personal no sea más que la máscara que encubre nuestra pobreza de espíritu? Aquí no me parece que valga aquello de hacer de esta pobreza un ideal de vida, pues judíamente no hay más humildad que la que nace de la humillación. Los pobres de espíritu —aquellos que por no tener, no tienen ni espíritu que les mantenga en pie— deberían provocarnos más vértigo que admiración. No parece, pues, que las bendiciones del sermón de la montaña tengan que ver con nuestra felicidad.

humor judío
mayo 3, 2011 Comentarios desactivados en humor judío
—Discúlpeme, señor. Soy Rebecca Smith, reportera de CNN. ¿Cuál es su nombre?
—Morris Fishbein, respondió el hombre.
—¿Cuánto tiempo ha venido usted, señor, al Muro de las Lamentaciones?
—Alrededor de 60 años.
—¡60 años! ¡Es asombroso! ¿Y por quién o por qué reza?
—Rezo por la paz entre cristianos, judíos y musulmanes. Rezo porque terminen todas las guerras y los odios entre la gente. Rezo para que los niños crezcan amando a sus semejantes.
—¿Y cómo se siente usted después de estos 60 años?
—Como si le hubiera estado hablando a una pared…
nietzscheanas 14
mayo 1, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 14
O Platón tiene razón y, entonces, aquello que divide a los hombres es la reflexión. O la tiene Nietzsche y, en ese caso, la diferencia pasa por quien puede y quien no. Nuestros prejuicios cristianos nos impiden ver lo obvio: que no somos naturalmente iguales. En Platón, la falla es cultural. O, por decirlo rápidamente, la única aristocracia es la del espíritu. Así, los hombres se dividen en simples y elevados. Los primeros creen saber, mientras que los segundos, al ignorar quienes son, no paran de buscarse. Por eso mismo, los primeros permanecen donde están —como las bestias—, mientras que los segundos, al no coincidir con ellos mismos, existen excéntricamente, más allá de sí mismos. Para Nietzsche, en cambio, la distinción es, en el fondo, biológica, brutal. Si el espíritu es una fuerza, no hay más espíritu que el de la Tierra. Cualquier apelación al espíritu de un divinidad evanescente —es decir, de una divinidad cuyo rostro no sea el de una alimaña— es en verdad un intento de colar como dignos de un dios los latidos de una vida endeble. Existen, pues, los fuertes y los débiles como existen los hombres y los monos: solo los segundos necesitan una moral, una sacerdote que les de gato por liebre.
(Con todo, es posible que la verdad sea un asunto aún demasiado judío. Puede que la más dura compasión no sea un (re)sentimiento, sino aquel intento de responder a la exigencia imposible, por sobrehumana, de amar al prójimo. Puede que seamos iguales solo porque, ante el Dios del séptimo día, somos y seguiremos siendo los mismos culpables de siempre.)
genealogia III, 22
mayo 1, 2011 Comentarios desactivados en genealogia III, 22
Un Pedro «inmortal», ¡quién lo soportaría! Poseen [los cristianos] una ambición que hace reir: esas gentes nos dan mascados sus asuntos más personales, sus necedades, tristezas y preocupaciones de ociosos, como si el en-sí-de-las-cosas estuviera obligado a preocuparse de ello, esas gentes no se cansan de mezclar a Dios incluso en los más pequeños pesares en que ellos están metidos. ¡Y ese permanente tutearse con Dios de pésimo gusto! ¡Esa judía, y no solo judía, familiaridad de hocico y de pata con Dios!… Hay en el este de Asia pequeños y despreciados «pueblos paganos» de los que estos primeros cristianos podrían haber aprendido algo esencial, un poco de tacto al respecto; según atestiguan misioneros cristianos, aquellos pueblos no se permiten siquiera pronunciar el nombre de su Dios.
F. Nietzsche
London calling
mayo 1, 2011 Comentarios desactivados en London calling
Dios —mejor dicho, su llamada— exige lo sobrehumano del hombre, en modo alguno su perfección.
anthropology
mayo 1, 2011 Comentarios desactivados en anthropology
Posiblemente, hombres y mujeres seamos aquellos que acaban viviendo del cuento al que inicialmente sirvieron; aquellos que acaban ejerciendo como oficio lo que originariamente les exigía quemar las naves; aquellos que acaban vendiendo al mejor postor lo que les fue dado como herencia. Sigue siendo cierto, pues, que una cosa es vivir de la música y otra, para la música; vivir de los hijos o para los hijos; de Dios o para Dios.
morosidad
mayo 1, 2011 Comentarios desactivados en morosidad
Muchas veces pienso que el lenguaje habla por sí mismo. Que para pensar basta con escuchar lo que decimos. Como si no pudiéramos pretender otra cosa que caer en la cuenta de lo que ya sabemos. Así, por ejemplo, un culpable era, originariamente, aquel que no conseguía saldar su deuda, lo que se dice, un moroso, un insolvente. Un culpable sería, pues, alguien con una obligación pendiente. Y de ahí procede esa incisiva verdad católica del pecado original: que existimos como culpables, como aquellos que no quieren saber nada de la deuda que contrajeron al nacer. En este sentido, hay mal, no porque no sepamos hacer las cosas bien, sino porque somos así: hombres y mujeres que creen poseer un mundo que en el fondo recibieron como el testamento de un Dios que decidió descansar para que pudiéramos seguir con vida. Que modernamente un culpable no sea más que un trangresor, alguien que ha hecho algo mal pero que no es, en esencia, malo; que prefiramos, pues, olvidar la falta de donde venimos, para así poder creer que en el fondo somos unos buenos salvajes, no hace más que confirmar lo dicho: que vivimos de espaldas a nuestro acreedor. Por tanto, no debería extrañarnos que sin deuda que saldar, no seamos más que simples cuerpos sometidos a fuerzas. La inanidad y el aburrimiento campan a sus anchas en un mundo en donde la única emoción es la del juego.
ejercicio Nietzsche (2)
abril 30, 2011 Comentarios desactivados en ejercicio Nietzsche (2)
Redacción tipo:
nietzscheanas 13
abril 30, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 13
¿Qué significa declarar que Dios ha muerto? Pues que el antiguo ideal, aquel que habitaba indiscutiblemente por encima de nuestras cabezas, solo puede mostrarse como la ilusión del hombre. Esto es, que ya no es posible creer honestamente en la realidad de un divinidad que dote de sentido a nuestra existencia. Que toda fe acaba por revelarse como mala fe. Ciertamente, en un mundo donde la antigua división entre lo natural y lo sobrenatural ha pasado a ser impertinente, no hay dios que pueda valer como Dios. Para la sensibilidad antigua, el mundo del más acá es un mundo en todo se da más o menos, esto es, nunca plenamente. Así, nuestra libertad es siempre una libertad en cierta medida, nuestros amores, en cualquier caso, más o menos verdaderos, nuestro identidad algo tambaleante. Y si eso es posible —si es posible que, con todo, haya una cierta libertad, un cierto amor, una cierta identidad— es porque se da por descontado que el más allá se encuentra poblado por divinidades que son verdaderamente libres, cuyo amor es verdadero, cuya identidad es fuerte. Para la sensibilidad del hombre antiguo, si la vida que nos traemos entre manos vale algo es porque puede comprenderse como una imitación más o menos conseguida de lo que vale en verdad, a saber, la vida de los dioses. Cuando un chico y una chica llevan, pongamos por caso, quedando un día sí y otro también para tomar unas cocacolas es muy posible que en un momento dado se pregunten qué significa en verdad lo suyo. Si significa algo será porque representa algo que vale en verdad la pena, a saber, una pasión como la de los dioses, una pasión de verdad, hoy diríamos, una pasión de película. Dios ha muerto significa, pues, que ya no podemos creer que ese amor exista en efecto, en un inaccesible más allá, como el patrón incuestionable de nuestras amoríos, como el ideal que les confiere un cierto valor. Sin embargo, puesto que los hombres no podemos encontrar la medida de nosotros mismos en nosotros mismos, ya que de entrada no somos más que un amasijo de instintos; y puesto que los hombres no podemos soportar la falta de valor de la existencia o, lo que viene a ser lo mismo, una vida en donde todo valga por igual y, por tanto, en donde nada valga en verdad, en vez de dioses tenemos «estrellas mediáticas», ídolos. Así, hoy en día creemos, con la misma ingenuidad religiosa de antaño, que nuestra pasión valdrá algo si se asemeja a la que mantienen, por ejemplo, Iker y Sara o William y Kate. La diferencia con los tiempos antiguos —y por eso Nietzsche tiene razón cuando dice que no podemos ya creer honestamente en ninguna divinidad— es que las «estrellas mediáticas» tarde o temprano mostrarán su fallo humano, su debilidad, su mal olor. Los tabloides —esa prensa nihilista— están ahí para recordarnos lo ridículo de nuestra creencia en cualquier divinidad. Y aquí no vale decir aquello de «para mí, Dios existe», pues un Dios cuya existencia se decide por entero en el espacio de la subjetividad es, en todo caso, una hipótesis de trabajo —un supuesto más o menos útil—, pero en modo alguno un Dios que pueda hacerse valer como Dios. De hecho, que Dios solo pueda valer en privado no refuta el diagnóstico de Nietzsche. Más bien lo confirma. Un Dios que, expulsado de un cielo indiferente, se refugia por entero en el corazón del hombre, no es un Dios cuyo mandato pueda someter por entero al hombre, es decir, un Dios cuya voluntad decida de una vez por todas lo humano del hombre. That’s all.
PS: con todo, lo que no supo ver Nietzsche es que el Dios bíblico se revela, de hecho, como la inviabilidad de lo sobrenatural. Que el derrumbre del cielo comienza con Yavhé, ese Dios imposible. En este sentido, si el hombre se encuentra sometido a la voluntad de Dios no es porque le muestre cómo debe ser para aproximarse, cuanto menos, a la plentiud, sino porque debe responder al mandato de Dios que se encarna en el clamor de los abandonados de Dios. Y para poder responder, el hombre no tiene que ser así o asá, sino encontrarse en la situación en la que, precisamente, no puede ya ser de ningún modo, la situación propia de la pobreza de espíritu. Por tanto, Dios no se nos da como un modo de ser que debamos imitar. El Dios bíblico se nos revela —hay que recordarlo, una vez más— como aquel que no admite predicados, ni siquiera el de la bondad. La bondad de Dios no debe comprenderse, estrictamente hablando, como predicado de Dios, sino como don de Dios. La bondad de Dios es un modo de dar fe de un encontrarse ante Dios viviendo una vida inmerecida, esto es, en la situación de quien goza de una medida de Gracia. Dios —el Dios bíblico— es Señor y, por tanto, aquel que somete por entero al hombre. Quien puede responder a Dios, quien se encuentra sometido a su voluntad, no es nadie que pueda ya confiar en su posibilidades, aquellas indicadas, precisamente, por los ídolos que habitan en el cielo. Quien puede responder a Dios no puede ya identificarse con un determinado modo de ser: es un cualquiera, alguien sin valor, un nadie, un sin-dios. Por tanto donde muere Dios muere ciertamente el hombre, el cual, por defecto siempre tiene necesidad de ídolos. Ahora bien, para el creyente lo que viene después del hombre no es tanto un hombre sin medida, esto es, un superhombre, sino un hombre que no es más, pero tampoco menos, que el espíritu mismo de Dios. Pero este ya es, por descontado, otro tema.
opus dei
abril 30, 2011 Comentarios desactivados en opus dei
No hay fe sin historia. O lo que viene a ser lo mismo, la fe —la fe en el Dios imposible, el Dios judío de la Historia— es el camino de la fe. Un creyente, pues, no se limita a defender una hipótesis acerca de Dios, no dice simplemente que cree —supone— que Dios existe. Cuando se ve obligado a dar testimonio de Dios, un creyente siempre acaba por contarte una historia. De hecho, la confesión creyente no se entiende, si no es sobre el trasfondo de los diferentes momentos de la relación del hombre con Dios, los cuales, al fin y al cabo, acabarán comprendiéndose como los momentos de Dios mismo. Veámoslo. De entrada, quien cree, ciertamente, confía en Dios como quien confía en un espíritu benefactor. Ésta es, sin duda, la fe de las primera etapas de la vida. Para el niño que llevamos dentro, Dios es algo así como el espectro de un padre bueno. Más tarde, vendrán las dudas. El niño difícilmente comprenderá cómo ese Dios ha podido traicionar su confianza, cómo pudo haberse ausentado cuando más lo necesitaba. Tarde o temprano, un creyente deberá dudar —deberá interrogar a Dios—, si tiene ojos para ver cómo está el patio. Hoy en día, la mayoría de los creyentes dejan de creer en este preciso instante: la fe se revela —por supuesto— como una ilusión infantil. El cielo, para el sujeto moderno, ha cerrado por defunción. Sin embargo, la realidad del Mal, por sí misma, no prueba que Dios no exista. El Mal parece que nos obligue a descontar a Dios tan solo donde Dios ya ha dejado de darse por descontado. En esos tiempos en los que Dios era un dato natural, el creyente, ante la evidencia sangrante del sufrimiento, se dirigía a Dios esperando una repuesta. Es la situación de Job. En el mejor de los casos, el creyente se ponía en manos de Dios. Las últimas palabras del hombre fiel serán, así, las del Crucificado: en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. O por decirlo de manera más coloquial: no comprendo nada, pero sigo confiando en ti. Cómo es posible esta confianza respirando el olor de las fosas comunes de la Historia es otra cuestión. Pero lo cierto es que hay creyentes que siguieron dirigiéndose a Dios cuando ya no podían esperar sensatamente ninguna intervención por su parte, ni siquiera al modo de una compensación post mortem, pues es sabido que la creencia en la inmortalidad del alma es una creencia griega, no judía. Dios es, para el judío, un Dios de vivos, no de muertos. En cualquier caso, un creyente es aquél que permanece a la espera de Dios. El hombre de fe acaba invocando la presencia de Dios en un mundo en donde Dios no parece estar presente. Dios se da como por-venir donde Dios brilla por su ausencia. Mejor dicho: si es cierto que Dios se da como la esperanza de Dios en el corazón del creyente, Dios no se da —no se hace presente— como el fantasma protector de la infancia. De ahí que la fe de Israel termine expresándose naturalmente como una esperanza mesiánica. Hasta aquí el Antiguo Testamento. Y de no haber uno de Nuevo, este sería la etapa final del camino de la fe. No tendríamos nada más —aunque tampoco nada menos— qué decir. ¿Qué añade, pues, la Cruz —si es que algo añade— con respecto a Dios que judíamente no sepamos ya? ¿Que nueva relación con Dios hace posible la historia de la Pasión? Por decirlo brevemente, la identidad entre Dios y el Crucificado. Un escándalo, sin duda, para aquellos judíos que creían firmemente en la radical trascendencia de Dios. Un judío puede aceptar que la voz de Dios sea la voz del pobre, pero no que Dios se dé por entero en el abandonado de Dios. Esa identidad entre Dios y su abandonado es algo que los primeros cristianos comenzaron a mascar en el momento en que, con Pablo a la cabeza, se dirigieron al Crucificado como Señor, un título que, en principio, solo podía aplicarse a Dios. Así, según esta nueva fe, solo se encuentra en verdad sometido a Dios —a su Mandato— quien se encuentra sometido a la voz que nace del perdón del Crucificado. Ahora bien, si los primeros cristianos pudieron esperar el regreso de Cristo como el cumplimiento de la promesa de Dios —y, por tanto, si pudieron invocarle del mismo modo que se invocaba justo antes a Dios— es porque estaban convencidos de dos cosas: de la inminencia del final de los tiempos —esto es, del día del Juicio— y de que hay algo así como una dimensión oculta en donde habitan los espíritus de los muertos. La cuestión es cómo es posible mantener la misma invocación donde estos dos supuestos ya no pueden ser, precisamente, dados por supuesto sin caer en la superstición. La primera respuesta fue la de dar cabida a la deformación espiritualista —estrictamente hablando, gnóstica— de la fe. En este sentido, Dios habitaría en el corazón de algunos hombres —aquellos que no son, de hecho, de este mundo— y Jesús, con su sacrificio, simplemente habría demostrado de una vez por todas cuál es el camino de vuelta. Pero es un hecho que las comunidades más sensibles a la historia del sufrimiento se resistieron, incluso ferozmente, a esta salida en falso. Y es que donde Dios se identifica con el abandonado de Dios hasta el punto de que la entrega del Crucificado es vista como el sacrificio de Dios, el espíritu de Dios no puede ser aquello con lo que contamos de antemano —aquello que ya de buen comienzo late en lo más profundo de las entrañas—, como si de un hecho se tratase, sino aquello que se nos da, precisamente, como el último aliento del Crucificado, esto es, como el espíritu mismo de la misericordia de Dios. Así pues, para un cristiano el camino creyente termina por comprenderse como la historia misma de Dios. Otro asunto es que muchos cristianos sigan relacionándose con Dios como si todo esto no hubiera tenido lugar. Pero lo cierto es que Dios ya tuvo lugar.
los vivos no están muertos
abril 30, 2011 Comentarios desactivados en los vivos no están muertos
Es posible que hayamos oido decir que, para la fe judía, Dios es un Dios de vivos y no de muertos. Que la creencia en la inmortalidad del alma es propiamente griega y no judía. Sin embargo, ¿acaso los judíos no esperaban también la resurrección de los muertos? De hecho, no los judíos, sino algunos judíos, entre otros, los fariseos. La creencia en la resurrección de los muertos, como es sabido, se impone tardíamente como una exigencia del guión de la apocalíptica —como aquello que ha de ocurrir para que los muertos puedan ser juzgados por Dios en los días finales— y, por eso mismo, no forma parte del núcleo duro de la experiencia originaria de Dios, la cual no se sostiene tanto sobre la exigencia de un Juicio Final como sobre la esperanza de una liberación mundana. Solo cuando esa esperanza —cuya forma más evolucionada es la esperanza mesiánica— va dejando de ser creíble, surge con fuerza la expectativa apocalítipica, la cual, grosso modo, viene a decirnos que la intervención de Dios solo puede comprenderse como una intervención que pondrá punto y final a la Historia y, por tanto, como aquella en la que Dios hará balance juzgando a vivos y a muertos. En realidad, entre ambas esperanzas, la mesiánica y la apocalíptica, encontramos una tercera vía, la del mesianismo apocalíptico, el cual defiende, precisamente, que el Mesías aparecerá como señal de los últimos días. Pues bien, en esta tercera vía se cocerá el cristianismo. La pregunta es si la fe cristiana puede seguir siendo creible al margen de las esperanzas que la engendraron. Esto es, si puede sobrevivir sin caer en la deformación gnóstica.
un huevo de pascua no es un huevo Kinder
abril 28, 2011 Comentarios desactivados en un huevo de pascua no es un huevo Kinder
La Resurrección nunca fue un hecho. El Crucificado, de hecho, siguió en la fosa común. Tampoco vale aquí aquello de que su cuerpo muere pero no su espíritu, pues los relatos evangélicos insisten, aunque a su manera, en que la Resurrección no es un asunto meramente espiritual. Por tanto, no se trata de que la muerte no afecte al espíritu ni, por supuesto, de una historia de zombies bonachones. ¿De qué se trata, pues? En el fondo, de Dios. Algo se nos dice de Dios por medio del relato de la Resurrección. Veamos primero de qué va el asunto. El acontecimiento descrito es, por descontado, que el Crucificado fue elevado a la derecha del Padre. O también: que Dios le resucitó de entre los muertos. Cualquier judío de la época sabe que se le está hablando del Juicio Final, pues la resurrección era lo que tenía que darse para que, precisamente, incluso los muertos pudieran ser juzgados por Dios. Al decir que Jesús fue elevado lo que se dice, sencillamente, es que Jesús es el primero de los salvados. O bien, que ya han comenzado los días finales. No obstante, si solo se tratara de esto, entonces la Resurrección no revelaría nada nuevo de Dios. Los judíos ya daban por sentado que Dios juzgará a vivos y a muertos en el final de los tiempos, aun cuando no estaban tan dispuestos a aceptar que el Juicio de Dios se hubiera iniciado el día de la Crucifixión. Pero, insisto, si solo se nos hubiera querido decir que el Juicio Final ya había empezado, tampoco se nos habría dicho nada nuevo acerca de Dios. Para comprender por qué la Resurrección constituye, sobre todo, la revelación definitiva de Dios, hemos de suponer algo que modernamente nos cuesta suponer, a saber: que la verdad de la Resurrección no puede verificarse contrastando aisladamente el enunciado «Jesús ha resucitado de entre los muertos» o bien, «el que fue Crucificado ha sido elevado a la derecha del Padre» como quien certifica, por ejemplo, que la nieve es blanca. Como decíamos de buen comienzo, la Resurrección nunca fue un hecho. La Resurrección es en verdad la respuesta a la pregunta sobre el significado de la Cruz. La cuestión crucial, aquella que tuvieron que plantearse necesariamente sus discípulos, es qué representa —literalmente, qué hace presente de nuevo— la crucifixión del enviado de Dios. Por tanto, para entender la Resurrección hay que tener presente el relato de la Pasión y, por extensión, la vida y milagros de ese profeta escatológico que, según cuentan, fue Jesús de Nazareth. Y los pasos de esta historia podrían resumirse del siguiente modo: en primer lugar, tenemos a un hombre que parecía contar con el espíritu —la fuerza— de Dios. Ese hombre parece que incluso fue capaz, de resucitar a los muertos. Traducción: parece que fue capaz de levantar a los mussëlman de Galilea, aquellos hombres y mujeres poseídos ya por el espíritu de la muerte, sin alma, sin vida por delante. En segundo lugar, ese mismo hombre, sin embargo, no fue capaz de derrotar el mal en su raíz, esto es, no fue capaz de transformar el corazón de sus verdugos. La conclusión es inmediata: no parece, pues, que Dios estuviera con él, al menos, en los momentos decisivos. Si lo hubiera estado, entonces nadie hubiese podido resistirse al poder de esa bondad. De hecho, nadie puso en duda que Jesús murió como un abandonado de Dios. Capítulo final: soprendentemente, ese abandonado de Dios —ese muerto— acaba perdonando a sus verdugos. El último aliento —el espíritu— del Crucificado es, por tanto, una palabra que intercede ante Dios por la salvación de aquellos que no merecen ninguna compasión. Conviene aquí ver que ese perdón, precisamente porque se trata del perdón de un muerto, se nos da, como quien dice, desde el más allá de la muerte. Así pues, no estamos hablando de un gesto moral… pero tampoco de una posesión divina. La cuestión sobre quién, en esa Cruz, perdona lo imperdonable permanece, por consiguiente, abierta. Si el sujeto de ese perdón hubiera sido solo un hombre —si se tratara, en principio, solo de un gesto moral—, entonces propiamente estaríamos ante un gesto de dudosa moralidad. En el perdón humano de lo imperdonable no hay nada que admirar, pues nadie puede reconocer ese perdón como justo. Más aún: como nos recordaba Jean Amery a propósito de su experiencia con las SS, el verdugo solo puede recuperar la dignidad de lo humano donde acepta la condena de sus víctimas. Por otra parte, si el crucificado hubiese sido capaz de perdonar lo imperdonable porque el espíritu de un dios sin rencor había tomado posesión de él antes de expirar —como en el exorcista pero en bueno—, entonces ese perdón nada tendría que ver con nosotros. Se trataría, sencillamente, de un fenómeno paranormal. Como decíamos: la cuestión del sujeto de ese perdón permanece esencialmente abierta. Ni solo un hombre, ni solo un Dios. Estrictamente, un Dios y hombre verdaderos. Y, en realidad, solo hay un modo de admitir este absurdo: si ese perdón puede comprenderse como el perdón mismo de Dios —y, por tanto, como el Juicio que comienza extrañamente con nuestra absolución— es solo porque Dios desciende hasta la altura de la Cruz. O por decirlo a la inversa: el Día del Juicio —el día en que unos serán los elevados y otros los hundidos— comienza en esa Cruz solo porque Dios, renunciando a su altura, se identifica por entero con el que sufre el abandono de Dios. Esto es, solo porque Dios se deja caer hasta morir en Cruz. ¿Qué se nos revela, por tanto, de Dios aquí? Pues que la entrega del Hijo no es propiamente heroica, sino la otra cara de la inmolación del Padre. Quizá el relato de la Resurrección no pretenda transmitirnos, aunque sea cifradamente, nada más que esto: que si el Crucificado es situado a la altura de Dios como Crucificado —esto es, no como si fuese un espíritu puro— es porque Dios desciende hasta la altura de la Cruz. Al fin y al cabo, lo que cristianamente confesamos es que el Espíritu de Dios —lo único que nos queda de Dios— no es otro que el espíritu de perdón de un Crucificado, en verdad, su último aliento. Que esta poca cosa —que un hálito de vida— sea lo definitivo de nuestra existencia es algo que, ciertamente, aún estamos lejos de comprender.
nietzscheanas 12
abril 28, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 12
Como es sabido para Nietzsche la cuestión de la verdad no es la cuestión de un criterio para la verdad. O, por decirlo de otro modo, ante una supuesta verdad la pregunta no es «y ¿cómo sabremos que es verdadera?», sino «¿por qué necesitamos creer en esa verdad?» Así, por ejemplo, cuando el sacerdote afirma que todos somos en verdad iguales ante Dios, no tiene sentido preguntarse por aquel hecho que podría confirmar esa verdad —pues no hay hechos que pudieran confirmarla… o refutarla—, sino solo por cuál pueda ser su interés para que las cosas sean así. Nietzsche se pregunta, pues, por la verdad de la verdad, por aquello que hace que el hombre sea un animal preocupado por la verdad. Al fin y al cabo, si los hechos son irrelevantes con respecto a la la verdad es porque en verdad no hay hechos últimos que pudieran decidir de qué estamos hablando en cada caso. Cuando decimos, por ejemplo, que es verdad que la nieve es blanca es porque damos por sentado que hay ahí nieve blanca. Sin embargo, la pregunta es ¿para quién hay nieve ahí? Fácilmente, podríamos responder: para cualquiera que tenga ojos. Sin embargo, un físico cuántico no verá nieve donde cualquiera ve nieve… sino unas pocas partículas elementales dandanzo en un inmenso vacío. Y si esto —a saber, que nada último se decide en el territorio de los hechos— ya es verdad con respecto a nuestras verdades objetivas, cómo no va a serlo igualmente con respecto a las morales. No hay verdad, pues, sin perspectiva. O lo que es lo mismo: una verdad no responde a los hechos, sino a nuestro interés para que esa verdad sea verdadera. Tras una verdad no hay un hecho decisivo, sino solo una decisión, muchas veces inconsciente, con respecto a qué vamos a considerar como decisivo. No es causal que algunos hayan entendido que Nietzsche extrae con ello las últimas conscuencias del giro cartesiano, el que nos obligó, precisamente, a reconocer que nuestras afirmaciones sobre el mundo, antes que con el mundo, tienen que ver con un yo que inevitablemente tiene que pensarse a sí mismo cuando piensa el mundo.
omnipresencia
abril 28, 2011 Comentarios desactivados en omnipresencia
En las canchas cristianas, suele decirse aquello de que Dios está en todas partes. Sin embargo, estrictamente hablando lo que está por todas partes no es Dios mismo, sino el Espíritu de Dios —su aliento, su huella—. Ahora bien, para que el Espíritu de Dios esté por todas partes, Dios mismo no ha de estar en ninguna. Todo respira Dios porque le encontramos a faltar. La fuerza del Espíritu bebe, pues, de una nostalgia que permanece a la espera de un regreso que solo puede tener lugar como final del mundo. Si esto de Dios no tuviera su qué, la Trinidad sería, simplemente, un sinsentido. Pero con el dogma de la Trinidad, el cristianismo pretende exponer de modo sucinto algo fácil de comprender para quien ha sufrido a Dios, a saber: que Dios se da como la historia misma de Dios —que Dios es, por entero, su acontecimiento— porque de Dios, en sí mismo, no poseemos nada más que un nombre. Hay Trinidad porque algo le ocurre a Dios en la cima del Gólgota. Así pues, tan solo quien comprende el sentido del dogma trinitario comprende de qué va esto de Dios. Es un síntoma de que el barco se hunde cuando los mismos catequistas ya no saben a ciencia cierta qué decir cuando se les pregunta por esto de Dios uno y trino. Incluso hay quienes exhiben un impúdico desprecio por este aparente producto de la alta especulación teológica. Con las cosquillas interiores tienen más que suficiente. Será que para ellos Dios ha quedado reducido a los efluvios de una divinidad transferible.
fin de trayecto
abril 27, 2011 Comentarios desactivados en fin de trayecto
¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, que se halla, qué
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes…?
Gonzalo Rojas
el malentendido
abril 27, 2011 Comentarios desactivados en el malentendido
¿Cómo nos atrevemos a confesar a Dios, nosotros los satisfechos? ¿Acaso no entendimos aún que solo los sin Dios pueden dar testimonio de Dios? Si creemos, es por su intercesión: porque ellos han visto lo que nosotros preferimos no ver.
credo
abril 27, 2011 Comentarios desactivados en credo
¿Creo en Dios? Por supuesto. Nada es más real que la infinita mirada del abandonado de Dios.
miopía
abril 27, 2011 Comentarios desactivados en miopía
Esos ojos cuando te buscan… No existe nada más.
the beginning
abril 27, 2011 Comentarios desactivados en the beginning
Ayer, tomando un café, le pregunté a una vieja amiga: ¿eres feliz? Ella tuvo el valor de decirme que no. Está bien —le dije—. Todo empieza ahora.
un cuento gótico
abril 27, 2011 Comentarios desactivados en un cuento gótico
Como decía creo que Lacan, no nos relacionamos con el otro sino con lo que el otro representa, a saber, con su fantasma. Así, el Padre es el fantasma del hijo —y el Hijo el del padre—. La Mujer es el del hombre y el Hombre el de la mujer. Esto no significa que no podamos encontrarnos en verdad con el Otro de ese otro que tenemos ahí delante. Pero eso solo ocurre cuando muere su fantasma, cuando su imagen espectral se quiebra el mil pedazos. Cuando fracasa, precisamente, la representación. Ahora bien, lo que surge de esa ruina no es algo con lo que podamos tratar, sino precisamente el carácter inalcanzable —intratable— de la genuina alteridad. No es casual que el encuentro con Dios sea tan feroz. Nadie se encuentra con otro Dios que no sea el que murió en la Cruz. Dios, ciertamente, no parece que se ande con ostias.
veo veo
abril 27, 2011 Comentarios desactivados en veo veo
¿Cuál es la moraleja de la Cenicienta o cualquiera de sus múltiples variantes? Pues que el valor de una mujer dependerá del juicio de un príncipe. Es decir: que el sí o el no de su existencia —su peso en oro— se decide en el corazón de un hombre, en principio, extraordinario. Una mujer, por lo común, cuando se compra una blusa se pregunta si a él le gustará. No suele hacerlo un hombre. Aquí no vale decir aquello de «pues, yo me visto con lo que me da la gana…». Al menos de entrada, una mujer se gusta a sí misma siempre y cuando crea que puede gustarle a un hombre. La cuestión es si eso es todo lo que hay. Y la respuesta es que depende. Si la mujer es muy básica, entonces no hay más cera que ésta. Si es, por el contrario, inquieta, entonces no podrá evitar reflexionar, literalmente, volver sobre sí misma, cuestionar su propio interés, negarse… Y, solo por haber hecho problema de sí misma, ya se encontrará, en cierto sentido, más allá de sí misma, estrictamente, más allá de su cuerpo. Con todo, el hipotálamo —esas neuronas reptiles que habitan en las capas más profundas de nuestro cerebro— sigue ahí, marcando el paso, secretando imágenes inviables, fantasmas. Y quizá por eso mismo no sea posible una vida elevada sin dejar atrás esos fantasmas sobre las que reposa la ilusión de una vida feliz. No hay madurez que no pase por el sacrificio del niño. O, cuanto menos, por distanciarse irónicamente de sus esperanzas. Puede que, en el mejor de los casos, el niño regrese, aunque con otra ingenuidad, en los días finales. Puede, así, que sea cierto que la felicidad es tan solo un asunto de ancianos o terminales. Al fin y al cabo, la oportunidad de los débiles.
(¿Machismo? No creo. Más bien, un así son la cosas. Como si los hombres no tuviéramos que lidiar con nuestros espectros.)
qué extraño todo
abril 26, 2011 Comentarios desactivados en qué extraño todo
La muerte no es solo penosa; sucede y a mí se me hace incomprensible que suceda; quizá porque es también incomprensible ese otro accidente que consiste en vivir.
Antonio Gamoneda
nietzscheanas 11
abril 26, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 11
Donde el ideal se revela como ilusión —y esta es la convicción básica del nihilismo—, la vida deja de ilusionarnos. ¿Qué pasión podría vivir una mujer, si ya, de entrada, estuviera convencida hasta el hipotálamo que la cenicienta es una patraña? ¿A quién puede ilusionarle un vínculo meramente contractual, una relación que no re-presente, al menos por aproximación, lo que vale en verdad por encima de nuestras cabezas, a saber, la historia ejemplar, el mito, el ideal? No es casual que Nietzsche dijera aquello de que junto con Dios, muere también el hombre, pues nadie será humanamente capaz de abrazar la vida donde la vida deja medirse con un ideal que, por defecto, se ubica inmaculadamente más allá de lo tangible. Sin embargo, la cuestión es si acaso la verdad más verdadera no será aquella palabra que puede habitar, precisamente, un cielo sin imágenes. Si Nietzsche hubiera sido más judío, probablemente no habría jugado tan en corto. Quizá el problema del nihilismo sea no haber comprendido lo suficientemente bien que solo un Dios que se niega a sí mismo —un Dios cuyo único rostro es el de un hombre dejado de la mano de Dios, un Crucificado— puede dotar al hombre de valor suficiente como para soportar la caída de los cielos. Al fin y al cabo, la diferencia entre el coronel Kurtz —esa figura de lo sobrehumano— y un creyente es que el primero no llegó a oir la voz imperativa de Dios en el sacrificio mismo de Dios.
