Nietzsche 4: resentimiento y conciencia cristiana
abril 25, 2015 § Deja un comentario
Como es sabido, Nietzsche en la genealogía de la moral intenta ir más allá de lo que fueron los psicólogos ingleses (los Hume de turno). La genealogía es una investigación sobre el origen de la moral cristiana y, según Nietzsche, la raíz del sentido del bien y el mal no reside en impulsos y factores amorales, como puedan ser las emociones que nacen de la empatía o el aplauso social, sino en motivos directamente inmorales. Veamos cómo llega Nietzsche a tal idea.
Para Nietzsche, la distinción básica es la que se da entre el fuerte y el débil. Se trata de una distinción muy pegada a la vida más desnuda, a la vida que se despliega como voluntad de poder, pues la vida no sujeta a ningún valor trascendente —no sujeta al juicio divino— es una vida que no entiende de absolutos. La existencia noble se encuentra más allá del Bien y el Mal —así, con mayúsculas—, aunque no más allá de lo bueno y lo malo. Desde su óptica, una óptica propiamente biológica, lo bueno es lo que le hace más fuerte y lo malo, lo que le debilita. Por eso Nietzsche se pregunta cómo fue posible una moral que invirtiera este sentido originario de lo bueno y lo malo, cómo fue posible, en definitiva, la moral cristiana. Pues dicha moral ensalza la debilidad —la enfermedad, la tara—, mientras denigra el orgullo, la alegría, la impiedad de la vida noble. Felices los pobres, pues de ellos es el Reino de los cielos. ¿Cómo fue posible un Dios que se pusiera del lado del pobre? ¿Cómo fue posible declarar que los tullidos, los enfermos, los miserables eran, de hecho, los preferidos de Dios? ¿Cómo fue posible colocar la compasión en el centro de la sensibilidad moral? La vida como tal no admite la debilidad. El enfermo, el tarado, el deforme es aquel que debe ser apartado de la vida en nombre, precisamente, de la vida misma. ¿Cómo fue posible, por tanto, una moral contraria a la vida?
La respuesta de Nietzsche es conocida: por debajo de los buenos sentimientos de la moral cristiana —por debajo de la exhortación cristiana a la compasión, por debajo del igualitarismo cristiano— anida el rencor, la envidia, el resentimiento, en definitiva, el odio hacia todo cuanto es superior. El débil no puede soportar la superioridad de la existencia noble. Por eso necesita denigrarla. Por eso necesita decirse a sí mismo que la superioridad del noble es una máscara, que, en el fondo, él es como cualquiera: un pobre hombre. La moral cristiana es, según Nietzsche, una moral de esclavos, una moral de rebaño. El mecanismo psicológico es parecido al que se activa cuando, en una fiesta, entra la mujer más bella del mundo. Todas las mujeres se ponen a murmurar. Todas se ponen a buscarle algún defecto: que si es pote, que si no tiene dos dedos de frente, que si es un tío… En cualquier caso, ella no puede ser en modo alguno lo que parece. Es por esto que Nietzsche sostiene que por debajo de la verdad —en este caso de la verdad cristiana— hay siempre un interés, una voluntad de dominación. La verdad de la verdad moral no reside en lo que dice, sino en lo que oculta. Y lo que oculta no es amoral, como dirían los psicólogos ingleses, sino propiamente inmoral: el odio, la envidia, el rencor. Así, de lo que se trata con respecto a la verdad no es propiamente de la verdad, sino de quién gana con la verdad. Así, ante una verdad, la pregunta es a qué propósito —a qué interés— sirve. La verdad es un instrumento de la voluntad de poder. En definitiva, quién necesita que la verdad se imponga, precisamente, como verdad y, por tanto, como aquello que no se discute, aquello que se da por sentado. Más aún: el presupuesto incuestionable de la metafísica —la distinción entre el ser y la apariencia— no obedece a la voluntad de verdad, sino a la de necesidad del débil de reducir la superioridad del fuerte. Como acabamos de decir, el débil necesita creer que el fuerte no es lo que parece.
De ahí, que la conciencia moral sea siempre una falsa conciencia. La conciencia moral no puede admitir como propios los motivos que la constituyen. La conciencia cristiana no puede aceptar que la envidia, el odio a lo superior, sea lo que la hace posible. De hecho, constituye una expresión de esa misma voluntad de poder a la que, explícitamente, se enfrenta: del egoísmo, la impiedad, el orgullo que considera esencialmente malignos. El ideal socrático de un conocimiento de sí es, por tanto, un ideal imposible, pues, la conciencia —la cual es, de por sí, conciencia moral— no puede reconocerse en los impulsos que la originan. La sospecha sobre las mejores intenciones de los hombres apunta, pues, directamente a los fundamentos de la conciencia. El hombre no puede vivir en la verdad. Necesita ocultarla, mentirse a sí mismo. La verdad que el hombre defiende —la verdad explícita, la verdad publicitada— es siempre un encubrimiento de la verdad. Por eso, como decíamos, la conciencia es necesariamente una falsa conciencia. Más aún, una conciencia culpable. Pues, la conciencia moral es también la expresión de una negación de sí. Efectivamente, donde uno es capaz de decir yo, hay algo de uno mismo que debe ser rechazado como impuro, despreciable, maligno. La conciencia no puede admitir la integridad del cuerpo, al fin y al cabo, la desnudez. Nietzsche ve en la constitución misma de la conciencia moral el odio hacia la mera vida, la vida que no entiende la distinción entre lo puro y lo impuro, el Bien y el Mal. En este sentido, la conciencia moral siempre se encuentra fuera de juego como quien dice. Siempre tiene miedo de ser descubierta. Vive en la impostación, la ocultación de sí, el odio hacia la vida más desnuda. Y así, por debajo de la típica acción de gracias cristiana, siempre encontraremos la acusación del sacerdote —la figura arquetípica del resentimiento cristiano—, en definitiva, el sentirse mal con uno mismo: gracias por la salud, los alimentos que no merecemos… y que a otros les faltan. El sentimiento de culpa es, de hecho, la especialidad sacerdotal por excelencia, su arma preferida contra la indiferencia propia de la existencia noble. Pues el noble, de por sí, no entiende la pregunta por el hermano. El noble no entiende de prójimos. La responsabilidad hacia el que sufre le resulta naturalmente extraña. De ahí que la conversión del noble en un culpable sea propiamente el triunfo del resentimiento sacerdotal.
point of departure
abril 24, 2015 § Deja un comentario
Dice JA Estrada que el único modo de llegar a la divinidad de Dios es desde la humanidad de Jesús. Que a Dios, y menos hoy en día, no es posible abordarlo directamente. Dios es, de hecho, el problema. Ahora bien, precisamente, por esto —porque Dios ya no se da por descontado— la humanidad no puede ser un punto de partida, sino en cualquier caso de llegada. Si Dios es el problema —que lo es—, entonces quien parte de la humanidad, se queda con la humanidad. Es muy difícil, por no decir imposible, poder ver algo de Dios donde Dios ha dejado de ser nuestro mejor prejuicio.
diagnosis
abril 24, 2015 § Deja un comentario
Algunos dicen que, hoy en día, solo podríamos defender la existencia de Dios, si lográsemos verificarla, si hubiera algún hecho en relación con el cual pudiéramos comprobarla. Pues, en tanto que impregnados de mentalidad científica, solo existe aquello que admite una contrastación empírica. Ahora bien, uno puede sospechar que no se trata de eso. Cualquier intento por demostrar la existencia de Dios acaba necesariamente en saco roto. Y no porque la realidad de Dios no sea verificable, sino porque nuestra situación es la de aquellos que, aunque existiera, difícilmente podríamos admitir a Dios como Dios. Un Dios comprobable —un Dios verificable— sería una inteligencia superior o algo por estilo. Pero solo eso. Pues para admitir un Dios como tal, uno tiene que poder verlo como Dios. Y es que, una vez nos hemos hecho mayores —una vez el mundo se ha independizado de Dios—, papá ya no puede seguir siendo el papá de nuestra infancia, sino un hombre como los demás, al que le debemos la vida, sin duda, pero con sus debilidades, sus miserias. Un vez papá se hizo hombre ya no cabe volver atrás.
Gott ist tot
abril 22, 2015 § Deja un comentario
Dios ha muerto, dijo Nietzsche y estaba en lo cierto. Lo que no dijo es que Dios murió por compasión hacia los hombres.
Nietzsche 3: el superhombre y la civilización técnica
abril 20, 2015 § Deja un comentario
La época de la muerte de Dios, decíamos, es la época en la que el hombre será superado, en tanto que la muerte de Dios supone en cierto modo la muerte del hombre. Pues los hombres no podemos vivir sin darle un sentido a la vida y Dios es, por definición, la fuente de todo posible sentido. Aquí no vale decir que los hombres, de hecho, podemos apañarnos sin Dios o, mejor dicho, sin el Dios del cristianismo. Pues, lo que único que deben preguntarse quienes prescinden del Dios de la tradición es qué Dios —qué ideal— han puesto en su lugar. Humanamente no podemos admitir una vida que no deba, de algún modo, realizar un ideal, sea, pongamos por caso, el de la transformación moral del mundo o el del amor verdadero de las películas románticas. Un Dios siempre juzga nuestra existencia desde el más allá de la mera vida. Así, fácilmente decimos que nuestra vida vale la pena, si realiza, aunque sea aproximadamente, lo que creemos que vale en verdad. Y lo que vale en verdad siempre se encuentra, de algún modo, por encima de nuestras cabezas. La época de la muerte de Dios es la época en la que Dios ya no tiene cabida como realidad incuestionable y, por eso mismo, Dios solo puede darse como ilusión, como espejismo. Y por eso nuestras ilusiones son la otra cara del nihilismo. Quien vive de sus espejismos —quien vive con ilusión— no refuta el nihilismo, sino que lo confirma. De ahí que la época de la muerte de Dios sea también la época de la transvaloración de los valores, la época en la que ya no cabe ningún valor. Nada en realidad detrás de nuestras grandes palabras.
La figura del superhombre, como es sabido, es la figura de la superación de lo humano. El superhombre no se resigna a una vida sin sentido, sino que, por decirlo así, la abraza. El superhombre quiere la nada. Es así que Nietzsche dice que el nihilismo del superhombre es positivo y no la manifestación de una vida resignada a la falta de valor. Su vida es la expresión de la vida más desnuda, la vida que se realiza como voluntad de poder. La voluntad de poder no quiere otra cosa que vencer. Un límite, para la voluntad de poder, está ahí para ser superado. Una vida no sujeta a un ideal que deba ser realizado —una vida sin metas— es una vida que avanza devorándose a sí misma, una vida que se despliega bajo el principio de que lo que puede hacerse, debe hacerse. Este principio es, de hecho, la inversa de aquel que sostiene una civilización moral, aquel que sostiene, precisamente, que no todo lo que puede hacerse, debe hacerse. El superhombre se toma la vida como un juego. Su existencia es, podríamos decir, dionisíaca. El superhombre es capaz de danzar frente a las cámaras de gas. Así, podemos imaginarlo diciéndoles a los que serán gaseados, que no importa morir ahora que de aquí diez, veiente años. Desde la óptica de un tiempo infinito, todos morimos al mismo tiempo.
En este sentido, podemos decir que la muerte de Dios supone la desaparación de aquellos límites que, en tanto que sagrados, circunscriben la vida humana. De hecho, la humanidad del hombre se define en relación con dichos límites. El hombre no puede traspasarlos sin poner en juego su humanidad. Es por eso que fácilmente comprendemos dichos límites como trascendentes, mejor dicho, como aquellos impuestos por la voluntad de Dios. Así, la muerte, pongamos por caso, sería no solo un límite físico, sino también, y quizá deberíamos decir sobre todo, moral. Pues el hombre es el animal que se enfrenta a su propia muerte, el animal que sabe que va a morir. En tanto que impuesta por Dios, la muerte constituye un límite infranqueable, un non plus ultra que el hombre en modo alguno debe traspasar… aunque pudiera. Por eso, donde Dios ya no tiene cabida —donde ya no hay temor de Dios—, el hombre difícilmente podrá resistir la tentación de cruzar el umbral que lo define, delimita. En el momento en que se dé la posibilidad de hacerlo —y hoy en día esta posibilidad está técnicamente a nuestro alcance—, lo hará. La época de la muerte de Dios es, en definitiva, la época en la que el principio de la vida moral —no todo lo que puede hacerse, debe hacerse— es sustituido por el principio que rige una vida sin metas: lo que puede hacerse, debe hacerse. Pues, como decíamos, un límite es, desde la óptica de la voluntad de poder, aquello que debe ser superado. Es así que la verdad científica se revela como la otra cara del nihilismo. La verdad científica, en tanto que presupone que no hay nada esencialmente sagrado o intocable, comprende cuanto existe como susceptible de ser modificado. Desde el punto de vista de la verdad científica, todo —incluso el cuerpo del hombre— deviene un simple objeto, algo susceptible de ser manipulado técnicamente. Por consiguiente, si es posible por ejemplo, retrasar indefinidamente el envejecimiento celular —si es posible diferir el momento de la muerte—, entonces tarde o temprano se retrasará. Más allá de la figura retórica del superhombre, Nietzsche tiene razón. Y es que si es posible diseñar un hombre no sujeto al límite de la muerte, se diseñará. Ahora bien, un hombre «inmortal», ciertamente, ya no será uno de los nuestros. El hombre sin Dios —el hombre no sujeto al temor de Dios— difícilmente podrá seguir siendo simplemente un hombre. En este sentido, no es casual que el mito de Drácula —o el de Fausto— sea el mito por excelencia de nuestra época. Pues el precio que Drácula o Fausto tuvieron que pagar para ser inmortales es, precisamente, el de la pérdida del alma. De ahí que Nietzsche afirme que la muerte de Dios va con la del hombre.
esto de la relación con Dios
abril 18, 2015 § Deja un comentario
Dios no es algo que se encuentre ahí a la espera del descubrimiento del hombre. Los teólogos suelen decir, con razón, que la realidad misma de Dios posee un carácter relacional. Ahora bien, no me parece que debamos entender este carácter como si se tratara de relacionarse con algo-ahí. No nos relacionamos con Dios como quien se relaciona, pongamos por caso, con su perro. La relación con Dios no se añade a la realidad de Dios, sino que de algún modo la constituye o, mejor dicho, la determina. En sí mismo, Dios no es nada. O, por decirlo en teológico, Dios es, en sí mismo, el misterio, la incógnita de Dios. Por eso, podemos atrevernos a decir que Dios no se hace presente —no se determina— sin la respuesta del hombre. Es la respuesta a la demanda infinita de Dios, aquella que nace del clamor de los sin Dios, la que realiza la posibilidad de Dios. De ahí que el cristianismo diga que Dios se revela, precisamente, en Jesús de Nazareth. Pues fue su fidelidad a la llamada de Dios —su obediencia, su fe— la que hizo posible a Dios, en definitiva, que Dios pudiera tener lugar entre los hombres. Y todo ello, precisamente, sin Dios mediante, esto es, bajo la ocultación, la desaparación de Dios.
el cuento del amor romántico
abril 17, 2015 § Deja un comentario
El amor romántico —el encuentro de las almas— es un mito o, mejor dicho, una excepción. Los amantes siempre se encuentran fuera del mundo. De hecho, una relación —cualquier relación— acaba siendo con el tiempo una relación de dominio, a menos que se trate de una relación meramente contractual entre iguales. Pero una relación contractual no es, propiamente, un vínculo. Nadie ama a su cliente (o al menos no lo ama por ser su cliente). Así, uno es el fuerte y otro el débil; uno, el amo y otro, el esclavo; uno, el cautivador y otro, la víctima. De ahí que el destino del amor romántico —o quizá deberíamos decir el mejor destino— sea la separación, la emancipación de la víctima. Ahora bien, es ese destino —esa separación— la que hará posible, precisamente, el amor. Pues, es aquí que al amo se le abre la posibilidad de la redención. Y es que solo en el momento en que la parte débil se ha liberado de su influjo, el amo puede reconocer cuánto le debe a su víctima, a su sacrificio. Le debe de por vida su manutención. Probablemente el amo solo pueda reconciliarse con su víctima —amarla— poniéndose en sus manos. La separación es, por tanto, el precio que el amante tiene que pagar para poder realizar la promesa de los orígenes. La vida es, sencillamente, así.
presentación del libro del Oriol Quintana: filosofía para una vida peor
abril 17, 2015 § Deja un comentario
De entrada una confesión: he disfrutado, y mucho, con la lectura de este libro. No se trata de un elogio gratuito. A los que llevamos unas cuantas lecturas sobre la espalda, no da mucha pereza ponernos a leer «novedades». Como si todo ya hubiera sido escrito. Sin embargo, el libro de Oriol tiene un innegable interés. Por el tema y por cómo esta contado. El tema interesa de por sí. Se trata del viejo tema acerca de cómo hemos de vivir, de encarar la vida que nos ha tocado en suerte. Y está contado —escrito— tal y como es Oriol: con un cierto desenfado. Y con unas buenas dosis de ironía también. Es, en definitiva, un libro inteligente.
El libro nace con voluntad polémica. El libro pretende ser, por tanto, provocador (y su carácter provocador ya está presente en el mismo título): filosofía para una vida peor. Se trata de un título desconcertante. ¿Acaso la filosofía no apunta al saber vivir y, por consiguiente, a la felicidad? ¿Acaso la filosofía no promete una vida mejor, más elevada? ¿No escribió Platón aquello de que una vida reflexionada posee más valor? En cualquier caso, su intención es claramente desmitificadora, tal y como tiene que ser conforme a la tradición del pensamiento occidental. Toda palabra significativa, de hecho, siempre se dirige contra alguien. Y ese alguien, en este caso, es el escritor de libros de autoayuda, aquel que tiene una solución, una receta al problema de la existencia. El presupuesto de quien escribe un libro de autoayuda es, como sabemos, el no hay límites. Pienso en el clásico libro de Josef Ajram… Un límite, para el hombre de éxito se encuentra ahí para ser superado. Pero lo cierto, y lo subrayo, es que límites, haberlos haylos. Y muchas veces se imponen con dolor, mucho dolor. Vivir sin aceptar que al final nos iremos con las manos vacías es, en definitiva, no vivir o, mejor dicho, vivir como un idiota (y un idiota, literalmente, significa ser incapaz de salir de uno mismo). El viaje que nos propone Oriol es una viaje hacia una mayor lucidez. Al menos no nos trata de idiotas, cosa que agradecemos.
A mí me parece que todo esto está en la línea de, por ejemplo, un Epicuro (aunque no tengo claro si Oriol estaría de acuerdo conmigo). ¿Qué decía Epicuro? Pues que los dioses no quieren saber nada de nosotros y que al final todo termina con la muerte. Se trata, en definitiva, de tomarse en serio la vida, de encara la vida sin ilusiones, en el doble sentido de la expresión (una ilusión es también un espejismo). ¿Y en qué consiste tomarse en serio la vida? Pues en encarar, por decirlo rápidamente, nuestra situación de animales inermes, indefensos, en definitiva, la muerte. De hecho, todos sabemos que nos vamos a morir. Pero vivimos como si fuéramos eternos. Hasta que el médico nos dice que nos quedan pocos meses de vida. Podríamos decir que es entonces que la vida comienza en verdad. Ahora bien, solo quien acepta que vivimos dentro de un plazo posee un sentido del presente. Para quien sabe que quizá mañana está muerto, un día más es un milagro. Carpe diem. Así pues, diría que el libro del Oriol no es tanto un alegato contra la superficialidad de la mentalidad happy —que también— como un alegato contra la vanidad de la mayoría de nuestras pretensiones. En este sentido se trata de un libro espiritual. Como el Eclesiastés, salvando las distancias.
En este sentido, podríamos decir que el recorrido que nos propone Oriol constituye una especie de fenomenología del espíritu, una travesía hacia una vida que es consciente de sus limitaciones y que, por eso mismo, sabe tomarse en serio. El saber vivir no consiste, por tanto, en suprimir las limitaciones de la existencia, en alcanzar algo así como las mieles de una vida prometeica, sino en aceptar no solo las rugosidades de la cotidianidad, sino también su dureza. En encararlas con valor. Está en juego no solo nuestra madurez, sino también la posibilidad de una cierta dicha. Solo por estímulo que supone su lectura —el estímulo que nos incita a leer los autores que comenta—, el libro ya vale la pena.
Con todo, me atrevería a añadir una nota al pie. Y es que tomarse en serio la vida no pasa solo por encarar la muerte, la limitación, nuestro carácter inerme, sino también, y cristianamente quizá deberíamos decir sobre todo, la muerte injusta de tantos hombres y mujeres, el sacrificio de las víctimas de la Historia. No responder a su clamor es morir en el interior de nuestra posición de confort, como suele decirse ahora. Nadie dijo que la felicidad del hombre satisfecho fuera el último horizonte de la existencia. Pero un libro, ni siquiera un buen libro como el que comentamos, no puede tocar todos los palos. Valgan estas pocas palabras como introducción. Mejor dicho, como una introducción entusiasta, si es que Oriol me permite un cierto entusiasmo.
Nietzsche 2: perspectiva y verdad
abril 13, 2015 § Deja un comentario
La crítica de Nietzsche a la religión, a pesar de las apariencias, no sigue el patrón de una crítica ilustrada. Nietzsche no proclama la muerte de Dios como si dijera que ahora nos hemos dado cuenta de que Dios nunca existió o que Dios no era más que una proyección del hombre. Nietzsche no dice que los antiguos se equivocaban cuando creían ver la presencia de un Dios en lo que, de hecho, no era más que la erupción de un volcán o un pedrusco caído del cielo. Dios no fue una entelequia del espíritu humano. Dios fue en verdad. Esto es, hubo Dios. Y por eso Nietzsche puede proclamar, más allá de la retórica, la muerte de Dios, pues solo un Dios vivo puede morir. Ahora bien ¿cómo podemos decir que Dios existió en verdad? ¿Cómo puede un Dios morir? De lo que se trata, en último término, es de la verdad, mejor dicho, de lo que entendemos por verdad. ¿De qué hablamos, pues, cuando hablamos de la verdad?
Según Nietzsche, no hay algo así como un mundo objetivo, una serie de hechos indiscutibles en relación con los cuales, nuestras ideas, nuestras representaciones del mundo, puedan ser verdaderas. De hecho, no hay un único mundo, sino múltiples mundos. Cada época —cada cultura— es un mundo. Un mundo es un sistema de representaciones, las cuales dependen en último término de lo que en ese mundo se da por descontado, esto es, de sus prejuicios. Cada mundo es una perspectiva del mundo. Ahora bien, no hay algo así —a diferencia de lo que decía Platón— un mundo en sí, un mundo objetivo con respecto al cual los diferentes mundos o culturas se revelan como perspectivas. Cada mundo tiene, pues, sus verdades. Veámoslo con un ejemplo.
Supongamos que ponemos un billete de cien euros sobre la mesa. Es obvio que eso es, para nosotros, un billete de cien euros. No vemos un papel al que le damos una especial importancia, sino dinero contante y sonante. Sin duda, sabemos que ese billete esta hecho con papel. Pero no es un simple papel. O, por decirlo de otro modo, nosotros no podemos ver ese billete como un simple papel. Supongamos ahora que un aborígen del Mato Grosso, uno que aún no hubiera entrado en contacto con el «hombre blanco», estuviera junto a nosotros. ¿Qué vería? Evidentemente, no podría ver un billete de cien euros, sino simplemente un trozo de papel. A medida que se fuera familiarizando con nuestra cultura, llegaría a saber que se trata de un trozo de papel al que nosotros le damos una gran importancia. Pero seguiría sin poder ver dinero encima de la mesa. Más aún, probablemente vería nuestra relación con ese trozo de papel como una relación supersticiosa. En efecto, nosotros creemos que ese trozo de papel posee determinados poderes, pues, entre otras cosas, es capaz de doblegar la voluntad de los hombres. Vería que nosotros dedicamos buena parte de nuestra vida a acumular papeles. Que depende de cuántos papeles tengamos, somos más o menos felices. Que enloquecemos cuando dejamos de tenerlos o, como suele decirse, nos quedamos sin blanca. Vería, en definitiva, que nosotros adoramos el dinero. Ese aborígen podría decir, perfectamente, que nosotros vivimos en el error: que tomamos lo que no es más que un trozo de papel como si poseyera propiedades mágicas o espirituales. Ahora bien, lo cierto es que nosotros no estamos equivocados (aunque el aborígen tampoco, al ver ese billete de cien euros como un simple trozo de papel). Eso que hay encima de la mesa es, en verdad, dinero. Pues bien, lo que acabamos de decir con respecto al billete de cien euros podemos trasladarlo a la antigua creencia en dioses. De hecho, los antiguos no creían en Dios, sino que lo daban por descontado como nosotros damos por sentada la existencia de dinero. Así, quien hoy en día dijera que cree en la existencia del dinero, regaría, como suele decirse, fuera del tiesto. Los antiguos, por tanto, no creían equivocadamente que todo estaba llenos de dioses, por decirlo a la manera de Tales de Mileto. Veían la presencia del dios de turno del mismo modo que nosotros vemos un billete de cien euros encima de la mesa y no un simple trozo de papel. Que nosotros digamos que los antiguos eran unos supersticiosos —que nosotros no podamos ver su visión de otro modo que como una superstición— es un síntoma, no de que estemos más cerca de la verdad que ellos, sino de que nuestro mundo no es el suyo.
Por eso, según Nietzsche, la cuestión de la verdad no es simplemente la cuestión de qué hechos pueden hacer verdaderas nuestras visiones o afirmaciones sobre lo que es el caso, sino la cuestión de para qué mundo es tal o cual afirmación verdadera. Ciertamente, desde la óptica de un determinado mundo, sigue siendo pertinente la distinción entre lo verdadero y lo falso. En la Antigüedad, uno podía estar equivocado a atribuir a un dios lo que no era más que casualidad. Ahora bien, cualquier distinción entre lo verdadero y lo falso se apoya sobre una serie de verdades indiscutibles, aquellas que constituyen los prejuicios, los presupuestos que, en tanto que se dan por descontado, definen una perspectiva del mundo o, lo que viene a ser lo mismo, un mundo. Y en la Antigüedad lo que se daba por descontado —lo que no era objeto de discusión— era, precisamente, que había un más allá, una trascendencia. Todo era visto desde esta óptica. Por eso, cuando veían caer un meteorito no veían simplemente la caída de una piedra, sino un signo del cielo. No podían ver otra cosa. Y eso era en verdad un signo del cielo. Ahora bien, lo que se deduce de lo anterior es que no hay algo así como un progreso con respecto a la verdad. Hay tanta verdad hoy en día que antiguamente, por decirlo así. Ciertamente, cabe el error. Es posible que, dentro de una determinada cosmovisión —dentro de una determinado sistema de creencias—, nos equivoquemos. Podemos creer que el billete que hay encima de la mesa es dinero, cuando en realidad es un billete del Monopoly. Ahora bien, reparar el error no supone necesariamente cambiar la perspectiva desde la cual se observa el mundo. Así, los antiguos podían equivocarse con respecto a un determinado oráculo. Cabía la posibilidad de que el oráculo no hubiera acertado a la hora de interpretar los signos del más allá. Pero ese error no ponía en cuestión la verdad fundamental del mundo antiguo, a saber, que existían los dioses y que estos se comunicaban con los hombres. AsÍ, podemos progresar en nuestro conocimiento del mundo, sin duda, pero siempre dentro de un determinado sistema de creencias. De ningún modo podemos decir que nuestro sistema de creencias —nuestro mundo— esté más cerca de la verdad que el sistema de creencias del mundo antiguo.
En cualquier caso, la cuestión de la verdad es la cuestión de a quién sirve la verdad, qué interés representa. No hay, por tanto, verdad inocente. En efecto, un mundo —una cultura— no es solo un sistema de representaciones, sino un sistema de representaciones que constituye la expresión de una relaciones de dominio. Recordemos que para Nietzsche, la vida como tal no es más que pura voluntad de poder. Así, el mundo antiguo, el mundo que dividía el cosmos en dos ámbitos, el del más acá y el del más allá, era un mundo al servicio, por decirlo así, de la casta sacerdotal. En cambio, el mundo objetivo de nuestros días, el mundo en donde las cosas no son más que cosas a nuestra disposición, el mundo en el que ya no hay nada sagrado o intocable, es un mundo al servicio de la manipulación técnica de lo dado, el mundo de la tecnocracia. El mundo, en definitiva, de la superación de lo humano. Pero este será el tema de una próxima entrega.
amables
abril 13, 2015 § Deja un comentario
Las formas lo son todo —o casi todo. En concreto, las formas de la amabilidad. Pues la amabilidad nos hace dignos de ser amados (esto es, literalmente, lo que significa la palabra «amable»). Aunque uno podría decir, sin miedo a equivocarse que, de hecho, no es que seamos muy dignos. Pues cualquiera, al fin y al cabo, termina durmiendo con la boca abierta. Aquí, el limpio de corazón, podría decirnos que, en el fondo, somos dignos de ser amados, por aquello de que, en definitiva, no dejamos de ser unos niños. Pero, aparentemente, pesa más lo desgradable que hay en nosotros, la torpeza, el mal aliento, la falsedad. De ahí, lo dicho: las formas lo son todo —o casi. Pues, si el limpio de corazón está en lo cierto, solo las formas nos permiten linkar a lo intacto que hay en nosotros.
God is dead
abril 13, 2015 § Deja un comentario
Dios ha muerto. De acuerdo. La cuestión es qué tenemos en su lugar. Y, en principio, solo caben dos posibilidades, ambas igualmente espectrales: o bien tenemos el espíritu (de Dios), o bien una ilusión, un espejismo, una imagen de Dios.
ciencia y religión
abril 12, 2015 § Deja un comentario
La sensibilidad religiosa, hoy en día, o al menos la más progre, cree sin ningún rubor que es posible sustituir a Dios por algo más allá. Y, ciertamente, es posible que la cosa no termine con la muerte: que existan, en definitiva, otras dimensiones, otros niveles de conciencia que ni siquiera podemos atisbar. Ahora bien, eso ya no sería religión, sino en cualquier caso conocimiento, esto es, ciencia. Pues, quien se encuentra cabe Dios, no puede afirmar que Dios exista. Y es que, parafraseando a Bonhoeffer, un Dios que existe, no existe. Un creyente, de hecho, no se sitúa ante un dato, por muy espectral que sea, sino ante una ausencia fundamental, eterna.
no hay infierno
abril 11, 2015 § Deja un comentario
La negación del infierno es, por sí sola, un síntoma de la situación en la que se encuentra el cristianismo. Negar el infierno es negar que haya una condena eterna. Es así que quienes niegan que haya infierno, niegan que haya juicio o, mejor dicho, un Juicio final. Todo el mundo es, por tanto, bueno. Hitler y Romero comiendo en la misma mesa celestial. Ciertamente, Dios quiere que todos se salven, por decirlo a la manera de Pablo. Pero no parece que los hombres estemos por la labor. Es verdad que nos cuesta imaginarnos un mundo en llamas perpetuas. Pero que no podamos tomarnos en serio la imagen, esto es, que solo podamos ver una imagen y no aquello a lo que apunta, es un síntoma, como decíamos, del hecho de que ya no nos hallamos sujetos a la realidad de Dios. Ahora bien, si nada nos juzga —si la interrupción del pobre con el que Dios se identifica ya no nos pone en la situación de quien le debe una respuesta—, entonces difícilmente podremos evitar la deriva hacia el nihilismo. Pues nihilismo significa que, en definitiva, da lo mismo un Hitler que un Romero. Por eso el cristianismo del buen rollo está más cerca del nihilista que de aquel que dijo que, en los días finales, separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos.
el síndrome de Estocolmo
abril 11, 2015 § Deja un comentario
Si el creyente es aquel que cree que su vida depende por entero de Dios, entonces la relación del creyente con Dios podría comprenderse en los términos de un síndrome de Estocolmo, según el cual, la víctima acaba amando a su secuestrador. Por eso, que Dios pueda amar al hombre es algo que cualquiera que tenga una mínima idea de lo que significa originariamente la palabra «Dios» no puede dar por descontado. De ahí que Dios tenga que sacrificarse para demostrar el amor que siente hacia su criatura. Un Dios que permanezca en las alturas —un Dios que no haya caÍdo en picado sobre una cruz— sigue siendo, en cierto modo, un Dios culpable, un Dios cautivador.
extra mundi
abril 10, 2015 § Deja un comentario
Vivir como si lo cotidiano fuera lo más extraño —pues, en el fondo, lo es. Vivir, al fin, como si no fuéramos del mundo —pues, en el fondo, no sabemos de qué va tot plegat. Y es que, si regresásemos con vida de los últimos días ¿acaso no se revelaría nuestro mundo como un mundo espectral?
the end
abril 9, 2015 § Deja un comentario
La esperanza de que todo acabará bien —esa esperanza tan cristiana— parece, cuanto menos, una ingenuidad. Más bien uno se siente inclinado, visto lo visto, a creer que el cosmos no apunta a una especie de bondad última. La vida, de hecho, avanza fagocitándose a sí misma. Por tanto, nadie sensatamente puede dar por hecho que la cosa terminará felizmente. Ahora bien, si cristianamente podemos creerlo sin avergonzarnos, no es porque necesitemos suponer que la película tendrá un final feliz, sino porque hubo quienes sí lo creyeron contra toda evidencia. No hay ningún misterio en que nosotros, los satisfechos, esperemos un happy end. El misterio reside en aquellos que siguieron creyendo que todo acabará bien a las puertas de las cámaras de gas, más allá incluso de su destino personal. Si podemos creerlo es porque ellos lo creyeron antes. Y si lo creyeron es porque probablemente poseyeron una sensibilidad especial para la vida como don. Si la vida nos ha sido dada, la cosa no puede terminar como aparentemente termina: en la fosa común. Se trata por tanto de un deber ser, no de algo que solo incumba a una psicología particular. Se trata de eso increíble que, sin embargo, tiene que ocurrir en nombre de una vida que se nos entregado desde la nada de Dios. Tampoco podemos ir mucho más allá. En cualquier caso, sigue siendo cierto que solo los humillados y ofendidos —los pobres— nos autorizan a decir lo que cristianamente decimos.
Nietzsche 1: nihilismo y muerte de Dios
abril 8, 2015 § Deja un comentario
¿Cómo leer la declaración nietzscheana sobre la muerte de Dios? No como si simplemente se nos dijera que Dios no existe y nunca existió. Nietzsche no es un ilustrado como puedan serlo Hume o Voltaire. Nietzsche no dice, por tanto, que hoy nos hemos dado cuenta de que los antiguos dioses no son más que una personificación de fuerzas naturales. Nietzsche no dice que los reyes son los padres —y que siempre lo han sido. Proclamar la muerte de Dios solo es posible con respecto a un Dios vivo. Por tanto, hubo Dios y hoy ese Dios está muerto. Es decir, se trata, en última instancia, de un diagnóstico epocal: nuestra época es la época de la muerte de Dios. Y esto es lo mismo que decir, entre otras cosas, que hoy en día ya no nos es posible creer en Dios. Así pues, no refutamos a Nietzsche donde señalamos a quienes aún hoy en día dicen creer. Pues, ni siquiera los denominados creyentes pueden creer. En cualquier caso, creen que creen. Modernamente, la fe solo puede ser mala fe. Estamos, pues, ante una imposibilidad que afecta a todos los que vivimos aquí y ahora. Y es que nosotros, los modernos, somos quienes en modo alguno nos encontramos en la posición de la criatura. Un creyente es, por definición, aquel que da por descontado que su existencia depende por entero del poder de Dios y nadie, por el simple hecho de ser moderno, puede creer que su vida depende por entero de dicho poder. Lo dicho: nuestra situación no es la de la criatura. Y esto significa que Dios ya no puede valer como Dios. La cuestión no es, por tanto, si Dios existe o no, sino si, de existir, podríamos aún admitirlo como Dios. Pues, supongamos que, efectivamente, existiera una mente superior. Supongamos que, efectivamente, el mundo hubiera sido diseñado por esa mente. Y supongamos también que llegáramos a descubrirla. En ese caso, nos situaríamos ante esa mente como si fuera Matrix, pero poco más. Es decir, nuestra relación con ella no podría ya ser la que los antiguos hombres tuvieron con Dios. Para nosotros, una mente superior no es más —aunque tampoco menos— que una mente superior. Para nosotros, Dios no vale como Dios. No puede valer. Ocurre aquí como con papá. Papá, durante nuestra infancia, es como Dios. Estamos en sus manos. Todo cuanto hace y dice va a misa, como quien dice. Ahora bien, lo cierto es que, con el tiempo, nuestro padre fácilmente se nos mostrará como un hombre cualquiera, con sus virtudes y defectos, su debilidad, sus sombras. La relación que podemos tener con nuestro padre, una vez hemos madurado, ya no puede ser la misma que cuando éramos unas criaturas. Papá se ha hecho hombre. Pero eso no quita que, en su momento, papá fuera como Dios. Pues en verdad lo era. Por eso decíamos que la cuestión no es si Dios existe o no, sino si aún podemos reconocerlo, de existir, como Dios. Papá puede seguir en pie. Pero lo cierto es que el papá de la infancia muere, una vez hemos alcanzado una edad. Así no cabe creer hoy en día como no cabe, siendo adultos, creer que papá siga siendo divino.
Por otra parte, proclamar la muerte de Dios es lo mismo que declarar que no hay valor que valga. La época de la muerte de Dios es la época del nihilismo. Pues nihilismo significa precisamente esto: que nada vale en verdad. Desde la óptica del nihilismo, una masacre equivale al abrazo de los amantes. Desde la óptica de un tiempo sin final —sin meta que realizar— todo vale por igual (y, por consiguiente, nada vale). Desde la óptica de un cosmos indiferente, un genocidio no es más que un episodio entre otros. Puede que no nos lo acabemos de creer —que no podamos tomarnos un genocidio como si fuera un día de lluvia. Puede que Auschwitz siga siendo aquello que en modo alguno cabe tolerar. Pero eso solo tendrá que ver con nosotros, no con la naturaleza de las cosas. Según Nietzsche no hay hechos morales —no hay ni bien ni mal—, sino en cualquier caso una lectura moral de los hechos. Si Dios ha muerto, no hay nada sobre lo que pueda reposar un valor. Pues Dios —el más allá— es la fuente de todo posible sentido. La vida no debe realizar ningún valor, ningún designio divino. De hecho, la experiencia del sentido depende de que podamos distinguir entre dos planos o dimensiones. Así, por un lado tendríamos el plano —el mundo— de lo que vale en verdad. Este plano se situaría, por defecto, por encima de nuestras cabezas. Es el plano del mundo ideal, el plano del más allá. Por otro, tendríamos el plano de las cosas que solo valen en tanto que participan de lo que vale en verdad. Es decir, el plano o dimensión de las cosas que no valen por sí mismas, sino solo si pueden de algún modo representar lo que vale en verdad. Aquí conviene subrayar que esto no depende de que seamos explícitamente religiosos. Cualquier experiencia de sentido reposa sobre esta distinción entre dos planos o mundos. Así, por ejemplo, si los amantes creen que su relación tiene sentido o significa algo es porque creen que su relación representa la relación arquetípica, aquella que han visto ejemplificada, pongamos por caso, en las películas románticas. La relación va bien si, de algún modo, encarna lo que debe ser un amor verdadero. Si falla la representación —si la relación fuera, pongamos por caso, meramente contractual—, falla el sentido. Es por esto que decimos que la experiencia del sentido depende de que podamos creer que hay algo así como un mundo —o un plano o una dimensión— en el que se realiza lo que vale en verdad. De ahí que la muerte de Dios —el derrumbe del cielo sobre nuestras cabezas, literalmente, una catástrofe— suponga la imposibilidad de un sentido.
Ahora bien, donde muere Dios, muere también el hombre. Pues el hombre, como tal, no es capaz de soportar una vida sin sentido. Por eso el hombre no puede admitir una vida sin Dios. Donde un Dios deja de servir como Dios —donde deja de ser culturalmente útil—, otro Dios ocupa su lugar. Ahora bien, que Dios haya muerto significa que en realidad ya no cabe Dios alguno. Por eso, según Nietzsche, la época de la muerte de Dios es también la época de la superación de lo humano. La noción misma de superhombre —noción central en el pensamiento de Nietzsche— no debe entenderse, por tanto, como si hablásemos de la máxima expresión de lo humano. Al contrario, el superhombre es la figura de la superación de lo humano. La diferencia entre el hombre y el superhombre es análoga a la que media entre, pongamos por caso, el hombre y el mono.
Sin embargo, Nietzsche no solo proclama que Dios ha muerto, sino también que nosotros, los hombres, lo hemos matado. La declaración, aunque no lo parezca, posee una honda raíz cristiana. Podríamos decir que Nietzsche no hace otra cosa que sacarle punta a una de las grandes proclamaciones del cristianismo, a saber: que Dios ha muerto en la crucifixión de Jesús de Nazareth. Literalmente, los hombres al clavar a Jesús en una cruz, clavaron a Dios en un madero. De hecho, el primero en hablar en estos términos fue Tertuliano, uno de los padres de la Iglesia. Para el cristianismo no hay otro Dios que el Dios crucificado. Pues bien, lo que hace Nietzsche es tomarse en serio esta proclamación. O, por decirlo con otras palabras, coge el cristianismo para dirigirlo contra la misma fe cristiana. Pues, efectivamente, donde Dios se hace hombre no puede seguir siendo un Dios al uso —no puede valer como Dios. Como decíamos antes, papá se ha hecho hombre. O, por decirlo en cristiano, la Cruz revela a un Dios que se pone, como quien dice, en manos de los hombres. Ciertamente, el cristianismo va más allá. Pues sostiene que Dios se pone en manos de los hombres, para que los hombres puedan vivir en el espíritu de Dios. Así, desde el punto de vista cristiano, los hombres no dependen tanto de Dios como Dios, de los hombres. Que pueda haber Dios —que Dios pueda tener lugar, hacerse presente como espíritu de Dios— dependerá, por consiguiente, de que los hombres puedan cumplir con el mandato de Dios, en definitiva, vivir como hermanos. Pero Nietzsche se queda solo con lo primero, con la idea de que el Dios cristiano muere como un crucificado en nombre de Dios. Y es que lo segundo —que los hombres puedan vivir en el espíritu de Dios gracias al sacrificio de Dios— sería, desde la óptica de Nietzsche una salida en falso, un intento desesperado de seguir con Dios, ahí donde ya no es posible seguir con Dios. En cualquier caso, Dios no sobrevive —esto es, no vive por encima— de la Cruz. De ahí que Nietzsche entienda que la semilla del nihilismo actual se encuentre, de hecho, en la cruz cristiana. O, por decirlo de otro modo, que la decadencia de Occidente —su desprecio por la vida más desnuda, esa vida que se encuentra del lado de Dioniso, el dios danzarín, el dios de la ebriedad— arraiga en el dogma de la Encarnación, el que confiesa, precisamente, que Dios se ha hecho hombre. Pues si el sentido depende de que haya efectivamente un Dios por encima de nuestras cabezas, esto es, si las cosas que nos traemos entre manos no valen nada por sí mismas, sino solo si participan de lo que vale en realidad —si, de algún modo, lo representan—, entonces donde crucificamos a Dios nada puede ya valer. La crucifixión es, literalmente, una catástrofe. Es cierto que el cristianismo desplaza el más allá al final de la historia. Es cierto que el cristianismo comprende el cielo no como el mundo de arriba, sino como meta de la historia. Pero Nietzsche cree que este desplazamiento es, estrictamente hablando, increíble. Que la idea de un progreso hacia el reino de Dios es, sencillamente, una ilusión de quienes ya no pueden seguir creyendo en Dios. Un Dios cuya presencia es desplazada a un futuro absoluto —un Dios que es tan solo promesa de sí mismo— es un Dios sin entidad, un Dios que no puede valer como Dios, salvo ilusoriamente. La vida es lo que siempre ha sido: pura voluntad de poder, la lucha del fuerte contra el débil. No hay, por tanto, nada qué realizar.
caer en la cuenta
marzo 21, 2015 § Deja un comentario
Las cosas son lo que son. Pero siempre se nos muestran desde una óptica u otra. Así, podemos decir que las cosas siempre aparecen de un modo determinado. Como si fueran en verdad lo que parecen. Sin embargo, la posibilidad de verlas de otro modo permanece esencialmente abierta. De ahí que digamos también que las cosas, desde la óptica de nuestro interés o receptividad, son aparentes, ilusorias. Esto es, que no acaban de ser lo que parecen. Así, una mujer se nos da como cuerpo más o menos deseable. O como amiga. O como madre. O, también, como un poco de todo. En cualquier caso, esa mujer se nos da como algo más que una simple mujer. Ahora bien, propiamente podríamos sospechar que ese algo más es, en cualquier caso, algo de más. ¿Qué és esa mujer en sí misma, esto es, más allá de lo que pueda significar para nosotros en un momento dado? Más aún ¿tiene la pregunta sentido? Pues de ser algo en sí misma ¿existe alguna óptica desde la cual poder captarlo? ¿Existe esa óptica que no suponga, precisamente, una determinada óptica o interés? ¿Acaso no deberíamos decir que la existencia misma de una óptica impide el acceso sensible a la realidad como tal? ¿Acaso el en sí y, por tanto, la realidad tot court, su carácter de algo en verdad otro, no nos está vedado por principio? ¿No deberíamos admitir que lo que pueda ser esa mujer en sí misma es, de hecho, lo que trasciende esencialmente sus particulares modos de ser? ¿Acaso no estamos hablando de la distancia, el hiato, de lo intratable e invisible —de lo esencialmente inaccesible— que hay en ella? ¿Y eso que hay en realidad no es, de hecho, lo que se da a la fuga, lo que permanece siempre pendiente, lo que en cualquier caso da un paso atrás, literalmente, una abstracción? ¿Acaso no es solo en tanto que siempre fue? Puede que la filosofía no pretenda otra cosa que dar testimonio del carácter otro, esto es, trascendente de la realidad propiamente dicha. Ahora bien, si lo real es también un en última instancia, algo definitivo, ¿no deberíamos admitir que la alteridad propia de lo real de hecho se materizaliza desde la óptica de la muerte? ¿No será el horizonte de la muerte, una óptica privilegiada, el punto de vista desde el cual, las cosas se nos dan definitivamente como lo que son en verdad? La posibilidad misma de la nada ¿no nos instala de por sí en la perspectiva del asombro —del reconocimiento de lo que acontece—, liberándonos, precisamente, de la estrechez del propio interés? Esa mujer, ¿no es, desde esta óptica, vida que nos ha sido dada? ¿No ya como si fuera un don, sino en verdad un don? Ahora bien, lo cierto es que mientras seguimos anclados en el mundo —mientras sigamos sometidos a las exigencias de la adaptación—, y esto es algo que tampoco podemos evitar, permanecemos alejados de lo que es en verdad. En el mundo todo es penúltimo y vivimos también de lo penúltimo (aunque sea penúltimamente). De ahí, que el hecho mismo de existir suponga habitar en la escisión entre lo aparente —lo que nos parece— y lo que en verdad acontece. Existir, literalmente, significa vivir de espaldas a lo real, separados, enajenados del acontecimiento. Esto es, sin consistencia. No podemos permanecer en la verdad de lo que nos ha sido dado. Podemos caer en la cuenta, pero poco más. Ahora bien, precisamente por eso, ese poco más es vital. De ahí la importancia de marcar nuestra existencia con los signos —las huellas— de lo verdadero. De ahí la importancia del tatoo, el rito, la liturgia. Pues sin liturgia somos pasto del impersonal juego de las fuerzas, simples bolas de billar.
primera persona
marzo 19, 2015 § Deja un comentario
¿Cómo afirmar el carácter personal de Dios sin caer en las procelosas aguas del teísmo? Aquí los teólogos suelen echar mano de la analogía: Dios como persona. Pues, al menos bíblicamente, Dios se da bajo el aspecto de la voz que interpela al hombre: ¿dónde está tu hermano? Sin embargo, del como al como si hay un paso, el que damos precisamente cuando Dios deja de ser evidente. Y el como si, técnicamente, sugiere que en verdad no. De ahí que uno podría preguntarse que es Dios en sí mismo. Y los teólogos aquí suelen decir que, con respecto a Dios, sabemos que es pero no qué es. Ahora bien, ¿no sería más adecuado decir que Dios, estrictamente hablando, fue, y que, por eso mismo, puede darse como el quien que nos exige una respuesta?
syfi
marzo 19, 2015 § Deja un comentario
Y de aquí a un millón de años, de haber humanidad, ¿quién podrá aún seguir diciendo que «Jesús vendrá con gloria para juzgar a vivos y a muertos»? ¿Acaso no llegaría demasiado tarde? ¿Acaso no tarda ya?
resurrección y teodicea
marzo 17, 2015 § Deja un comentario
Desde un punto de vista judío, la cuestión de la resurrección se inscribe en el contexto de una cuestión referente a la teodicea. […] Para la fe israelita, la pregunta de quién es Dios se decide en si él tiene o no, el poder y la voluntad de dar cumplida realidad a la palabra que ha empeñado.
Ulrich Wilckens
supervivientes
marzo 16, 2015 § Deja un comentario
Para comprender esto del «amor al enemigo» hay que situarse en la óptica de los últimos días. Supongamos así que estamos en un campo de batalla y que, de repente, el mundo sufriera un cataclismo y que solo sobrevivieran quienes se enfrentan a muerte en esa batalla. En esa situación, el enemigo se muestra como lo que, en el fondo, es: un «desgraciado», un cualquiera. El «enemigo» queda despojado de su carga simbólica, del Mal que representa para nosotros. En esa situación, el «enemigo» es simplemente alguien que debe vivir, cueste lo que cueste. Es así que aquellas madres de El Salvador pudieron dar su sangre para salvar a quienes momentos antes habían asesinado a sus hijas. Pues, el cristianismo acaso consista en ver las cosas desde el punto de vista de los últimos días. Todo desde esa óptica es sin duda transformado. Todo pasa a ser otra cosa. Algo de «otro mundo», como quien dice.
resto
marzo 15, 2015 § Deja un comentario
Quienes siguen dando por hecho, incluso en el campo cristiano (y quizá deberíamos decir, sobre todo en él) que Dios es una especie de poder o presencia tutelar, olvidan que bíblicamente Dios es, en último término, un resto. Como si, al fin y al cabo, Dios fuera lo que queda de Dios cuando ya no queda nada de Dios. Y eso siempre tiene que ver con los hombres que soportan el peso de esa «desaparición».
Eckhart again
marzo 14, 2015 § Deja un comentario
Suele decirse que el Dios de los filósofos —ese absoluto impersonal— es un Dios al que, a diferencia del Dios de la fe, no se le puede rezar. De acuerdo. Sin embargo, ¿acaso no deberíamos decir lo mismo del Dios de los místicos, un Dios que fácilmente se identifica con la nada o, en su defecto, con las vaguedades del océano? Pues ¿qué nada —qué océano— podría ser al mismo tiempo un quién?
happy
marzo 11, 2015 § Deja un comentario
Supongamos que viviéramos en un mundo feliz en donde todo encajase. No hay necesidades por satisfacer. Los hombres se comportan como hermanos. Todo es buen rollo. Y supongamos también que este mundo estuviera tutelado por un padre espectral, orgulloso de cómo viven sus criaturas. ¿Estaríamos, en definitiva, en el Reino de Dios? Quizá. Pero ¿acaso podríamos soportar tanto paternalismo? ¿Acaso podríamos evitar la sensación de irrealidad? ¿Acaso nuestra mayoría de edad no consiste, precisamente, en dejar de ser unas criaturas, en independizarnos de nuestros padres para, al fin y al cabo, ocupar su lugar? ¿Acaso la vida adulta no pasa por la desmitificación de papá —por descubrirlo como un hombre más—?
tour operator
marzo 4, 2015 § Deja un comentario
Pensar: un viaje de lo visible a lo invisible. No a la cosa invisible, sino a lo que carece de entidad y, sin embargo, es. De ahí que lo real se dé como eso que perdimos (y precisamente porque lo perdimos estamos aquí, siendo lo que somos: bestias que encuentran a faltar el ser).
in cosmos
marzo 3, 2015 § Deja un comentario
Es posible que haya algo así como un destino. Es posible que los astros —o cualquier otra cosa— rigan nuestra vida. Es posible que existamos en medio de aguas que nos cubren, por decirlo a la Merton. Pero eso aún no es Dios.
las dos posiciones
febrero 28, 2015 § Deja un comentario
O bien nos sentimos formando parte de un orden que nos supera. O bien, nuestro sentimiento básico es el de los expulsados, el de aquellos que no encuentran un lugar en este mundo. Si estamos en lo primero, entonces somos religiosos. Si en lo segundo, bíblicos. Cabe una tercera posibilidad, pero es irrelevante.
la guerra justa
febrero 28, 2015 § Deja un comentario
Uno puede perfectamente preguntarse si es posible justificar una guerra. Con todo, hay que admitir que quien tiene el enemigo a las puertas probablemente no se lo pregunte. El enemigo no es aquel con quien no estás de acuerdo: es aquel que quiere matarte y no solo a ti, sino también a tus hijos. Con el enemigo no cabe, pues, discutir. Y esto por definición. Pues, si cabe discutir —si el enemigo és aún un interlocutor, si está dispuesto a escuchar—, entonces la enemistad todavía no es absoluta. En este sentido, suele decirse que la guerra que podemos justificar es la guerra defensiva, la guerra que nace del clamor de los oprimidos. Nuestros hijos no pueden morir así. Tenemos el deber de preservar su vida, no solo de la enfermedad, sino también de la muerte injusta. Así, la guerra justa no sería solo una reacción, sino un deber que se nos impone incluso en nombre del mismo Dios que da la vida. Sin embargo, difícilmente la cosa termina aquí. Difícilmente podemos quedarnos tranquilos con la respuesta. Pues, como es sabido, no hay mejor defensa que un buen ataque. De hecho, cuando el enemigo se encuentra derribando nuestros muros, ya es, por lo común, demasiado tarde. De ahí que las razones que podamos ofrecer para justificar una guerra sean, cuanto menos, discutibles. Y es que siempre podremos preguntarnos, si el ataque defensivo no será, acaso, precipitado. Solo cuando tenemos al enemigo a las puertas las razones caen por su propio peso. Casi cualquier guerra pueda, por consiguiente, ser de algún modo justificada. Pero, por eso mismo, si cualquier guerra puede ser justificada, entonces ninguna guerra puede serlo. Sin duda, podemos tomar el nombre de Dios en vano. Sin duda, la guerra sirve a menudo a intereses espurios. Pero no es fácil a veces separar el trigo de la paja. Y es que el trigo y la paja suelen ir juntos. El problema de fondo es que el en el campo enemigo también hay hombres y mujeres inocentes. El enemigo también engendra hijos. No hay guerra, pues, que no sea al final injusta. Aunque sea necesaria.
la bestia
febrero 27, 2015 § Deja un comentario
Es posible que, bajo condiciones extremas, la mayoría de los hombres se comporten como bestias sin piedad. Y, desde el punto de vista de un espectador imparcial, lo que acaba comportándose como una bestia es una bestia, aunque crea ser otra cosa. Pero desde la óptica del actor —desde la situación de quien es consciente de sí mismo— uno es aquel que no puede admitirse enteramente en lo que es. Dicho de otro modo, desde el punto de vista del actor no podemos ser sencillamente unas bestias, sino en cualquier caso unas bestias culpables. La culpa —esa falta de coincidencia con uno mismo, esa vergüenza de sí, ese espíritu— es, de hecho, lo que permanece invisible para quien solo es capaz de ver comportamientos.
violence
febrero 27, 2015 § Deja un comentario
Hay una violencia más sutil, pero no menos destructiva, que la violencia física. Es la violencia que silencia nuestras preguntas más punzantes, aquella que ofrece una respuesta definitiva, última, indiscutible. Es aquí cuando el doctrinario olvida que el hombre es ese interrogante que no puede resolver. Pues donde hay demasiadas respuestas, fácilmente caemos en la irrealidad.
pensar la nada
febrero 26, 2015 § Deja un comentario
Nihilismo significa: la nada en último término. O lo que es lo mismo: al final, la falta de respuesta. Asi, por debajo de cualquier posible sentido, incluso de aquel que arraiga en un deber ser de carácter cósmico, permanece agazapada la sospecha de que el sentido no sea algo definitivo. El así son las cosas de quien busca justificar un sentido a lomos de un orden natural no satisface la pregunta sobre por qué ese orden en vez de nada. El sentido puede satisfacer a aquel que aún permanece en el mundo, encajado en él, pero difícilmente a aquellos que, de algún modo, se hallan fuera de juego. Un sentido es un gusto. Pero el gusto no nada último para quien, de algún modo, se sitúa por encima incluso de su propio deseo. Aceptemos que ya hemos sido salvados, que nos encontramos en la otra orilla. Y ahora qué. La eternidad nunca fue una solución. Pues la eternidad es para las piedras. Quizá «Dios» sea la cifra de nuestro esencial extrañamiento del mundo. De cualquier mundo, incluso de aquel garantizado por la divinidad.
don’t be quiet
febrero 26, 2015 § Deja un comentario
La inquietud es el sello de lo individual. Es decir, la falta de quietud, el no encontrarse en donde uno está, el ex-sistir. No habrá paz para los culpables. Tampoco sabríamos qué hacer con ella. Pues hace ya tiempo que fuimos arrancados del hogar.
astros
febrero 26, 2015 § Deja un comentario
Hay sentido donde hay coincidencia, donde todo encaja, como quien dice. Acuario con Libra. Las partículas están entrelazadas. La madre amamanta a sus crías. Todo se encuentra en su lugar. Todo está en orden. Tal y como debe ser. Y, sin embargo, la pregunta acerca sobre el sentido de un mundo con sentido —la pregunta por el porqué de lo que debe ser conforme a la naturaleza de las cosas— no nos la podremos quitar de encima, ni siquiera cuando estemos en paz. Mejor dicho, sobre todo entonces.
traduttore, traditore
febrero 25, 2015 § Deja un comentario
Si Jesús de Nazareth hubiera sido un contemporáneo nuestro difícilmente formularíamos lo que esa vida pudiera representar para nosotros en los mismos términos que originariamente. Nada, pues, de Hijo de Dios, ni de Cordero, ni siquiera hablaríamos de Mesías. Probablemente, tampoco pondríamos a Dios por en medio. A lo sumo, diríamos que Jesús estaba lleno de la fuerza de la bondad o, en su defecto, del espíritu de Dios, teniendo en cuenta que se trata de un espíritu post mortem. Es obvio que no diríamos lo mismo. Los esfuerzos pastorales por actualizar el kerygma original al lenguaje de la modernidad estan, por tanto, condenados al malentendido, por decirlo suavemente. A menos que originariamente ya se quisiera decir algo parecido —que de Dios solo queda el espíritu de un Crucificado—. Es decir, a menos que el mismo lenguaje originario fuera ya de por sí impropio.
piedras en vez de pan
febrero 25, 2015 § Deja un comentario
Por mucho que se les repita que el mensaje de la fe es el pan de la vida eterna, si este pan se vuelve viejo, despierta en quienes lo buscan la impresión de que se les está entregando piedras en lugar de pan. Entonces el mensaje ya no les llega ni puede tocarlos. Pues se les predica en un lenguaje que no tiene energía vital ni existencial, por haberse queda-do rezagado en la «ingenuidad primera», es decir, en una visión del mundo que corresponde a una época anterior a la crítica racional y a los derechos humanos.
Roger Lenaers sj
presente imperfecto
febrero 24, 2015 § Deja un comentario
El sentimiento básico del homo religiosus es el de encontrarse bajo una presencia invisible que ampara nuestra existencia. No estamos solos. Ahora bien, la desgracia es, precisamente, esa situación en la que ese sentimiento salta por los aires. El desgraciado, con el Jesús de Getsemaní a la cabeza, si bien no necesariamente tiene por qué cuestionar la existencia de Dios, sí que queda en la posición de aquel que no entiende nada. Más aún: un Dios bíblico —el Dios de los desgraciados, el Dios de las víctimas— ¿acaso no es inevitablemente el Dios que desaparece del mapa, un Dios que está por ver? Y si esto es así ¿no estaremos obligados a reconocer cristianamente que de Dios solo tenemos al hombre que confía en Dios a pesar de todo?
de bestias y ángeles
febrero 21, 2015 § Deja un comentario
Uno puede preguntarse si aquellas situaciones extremas en las que los hombres, por lo común, se comportan como alimañas, revelan lo que el hombre en definitiva es o, más bien, suponen una degradación de lo humano. Si fuera lo primero, entonces el hombre sería un lobo con piel de cordero, esto es, un lobo que cree ser otra cosa. Y un lobo con piel de cordero es, ciertamente, un lobo. Ahora bien, si fuera lo segundo, entonces el acento se sitúa en lo que el hombre cree que es. En este sentido, el hombre sería lo que cree que debe ser, esto es, en relación con un cierto ideal. O, por decirlo con otras palabras, el hombre sería ese animal que no acepta ser un simple animal. La no aceptación de lo que uno es de buen comienzo—el rechazo de lo dado originariamente— constituiría, pues, lo humano del hombre. El hombre sería ese animal que no acepta su desnudez, la integridad de su cuerpo. El hombre es un animal que se avergüenza de sí mismo, la bestia que se esconde o, al menos, oculta parte de sí mismo. Y esto es lo que es: un no acabar de ser, un no poder reconocerse en lo que inicialmente se es. Lo originario sería, por tanto, lo impersonal que hay en nosotros. Pero, por eso mismo, el hombre se encuentra arrojado a la posibilidad de ir más allá de sí mismo, de las fronteras que determinan inicialmente su comportamiento o modo de ser. En tanto que se avergüenza de sí mismo es otro para sí mismo. O, por decirlo de otro modo, en tanto que existe fuera de sí —en tanto que animal consciente— el hombre se enfrenta a sí mismo como aquello que ha de ser transformado. Ciertamente, el hombre reconoce su humanidad en relación con ciertos límites infranqueables —los llamados tabúes—. Pero, por lo que acabamos de decir, el hombre es, precisamente, la posibilidad de trascenderlos. Que es como decir que el hombre es la posibilidad de lo inhumano.
cuestión de tempo
febrero 21, 2015 § Deja un comentario
Dios no existe. Dios fue. Y esto resulta más determinante para la conciencia creyente que un dios que existe según el modo de los entes.
