cuestión de técnica

noviembre 27, 2011 Comentarios desactivados en cuestión de técnica

No debería sorprendernos que nuestra época la realidad solo pueda pensarse como materia prima y no como aquello siempre pendiente del mundo, pues donde todo es modificable —y éste y no otro es el supuesto fundamental de la era de la técnica— la cuestión de lo real como la cuestión de lo indeleble de la existencia, del inalcanzable ahí, al fin y al cabo, de lo santo es sencillamente implanteable. Con todo, como decía Nieztzsche a propósito de Dios, quien pierde aquí no es la realidad, sino el individuo, pues un individuo que se deja por el camino la huella de un más allá sin rostro es un individuo que, tarde o temprano, cederá su individualidad a las exigencias uniformizadoras de una determinada posibilidad del Hombre.

el amigo de Nietzsche

noviembre 27, 2011 Comentarios desactivados en el amigo de Nietzsche

Ciertamente, sabemos demasiado, demasiado especialmente de cosas de las que no podemos saber, de las cosas últimas, de la muerte.

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[La vida contemplativa y el ideal ascético constituyen] una metamorfosis de la fe cristiana primitiva en el regreso de Cristo […] en la medida en que se basa en la permanente esperanza de este regreso; por lo tanto, continúa considerando que el mundo está maduro para la decadencia e impulsa a los fieles a alejarse de él, para estar así preparados para la inminente aparición de Cristo. La esperanza del regreso de Cristo, que se volvió insostenible en su forma originaria, […] se transformó en el pensamiento de la muerte, que ya después de Ireneo debe acompañar permanentemente al cristiano; en el memento mori con que el saludo cartujo resume la sabidruía fundamental del cristianismo más profundamente que, por ejemplo, la fórmula moderna según la cual no debe «interponerse ningún obstáculo entre los cristianos y su fuente primitiva», fórmula un tanto superficial si se olvida que el mundo —según la visión del cristianismo— es parte de ese obstáculo.

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Originariamente el cristianismo habló de un nuevo tiempo sólo bajo una condición que no se cumplió, la condición de que se extinguiera el mundo existente y dejara lugar a uno nuevo. [….Pero] es el mundo lo que se ha afirmado, no la esperanza cristiana del final.

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El cristianismo es algo demasiado elevado como para que, en un mundo tan alienado del cristianismo, se le permita al individuo identificarse fácilmente con él sin más.

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Entre los hombres serios, el cristianismo nunca se ha fundado en nada que no fuera el carácter impío del mundo.

 

Franz Overbeck

Antichrist (y 3)

noviembre 26, 2011 Comentarios desactivados en Antichrist (y 3)

 

Gregoire Ahongbonon

noviembre 26, 2011 § Deja un comentario

El otro día un catequista me decía aquello tan típico de que la luz habita en nuestro interior y que solo era cuestión de liberarla como quien se quita la mierda de encima, despojándonos de todo ese egoísmo que la encubre. Cuando le dije que eso era precisamente lo que defendía el gnosticismo, una de las primeras herejías, de hecho, la perenne tentación del cristianismo, la respuesta fue que le daba igual, que no hay que ser tan intolerantes como los primeros cristianos. No es de extrañar que con estos catequistas el cristianismo de corte progresista se vaya hundiendo cada vez más en la miseria del buen rollismo. Estos catequistas no entienden que quienes responden a la voluntad de Dios, esto es, aquéllos que se convierten en rehenes de los abandonados de Dios, no suelen emplear la metáfora de la luz. Es decir, no se piensan a sí mismos como gusiluces de la bondad. Más bien, ocurre al contrario: creen que nadie está más lejos de Dios que ellos. O como decía de sí mismo Gregoire Ahongbonon, el patriarca de los hospitales que atienden a los enfermos mentales en África, esos parias de los parias: esto que hago no sale de mí. A la luz de estas palabras, la bisoñez de estos catequistas del buen rollo parece infinita por no decir blasfema. Y es que el firme rechazo de los primeros creyentes a las metáforas del gnosticismo no responde a la intolerancia, sino a la necesidad de preservar la indecibilidad de las escenas originarias, al fin y al cabo, de las vidas que responden al mandato imposible de un Dios que se encuentra, ciertamente, más allá de la disyuntiva entre la luz y la oscuridad.

regar un árbol seco

noviembre 26, 2011 § Deja un comentario

¿Cómo entender el gesto cristiano? Según cuenta Primo Levi en si esto es un hombre, algunas de las internas, aun cuando se dieran perfecta cuenta de cuál iba a ser su final, seguían lavando a sus crías como si nada hubiera cambiado. ¿Se trata de una ilusión, de las típicas cosas que uno suele hacer cuando prefiere negar la evidencia? Posiblemente. Sin embargo, cabe también que se trate de otra cosa: del deber de cuidar de esa vida por encima de todo. Sin duda, el gesto de esas madres se muestra a ojos del mundo como regar un árbo seco, como algo ciertamente inútil, por no decir absurdo, pero acaso no haya otra libertad para el hombre que la que procede del mandato imposible de un Dios invisible. Pues es solo gracias a esos gestos que el mal queda incomprensiblemente en suspenso o, como se dice en cristiano, sub iudice, en vez de revelarse de una vez por todas como esa última palabra que parece ser.

Antichrist (2)

noviembre 26, 2011 § Deja un comentario

¿Podemos tomarnos en serio el mal –podemos encarar su exceso– sin personificarlo? ¿Podemos enfrentarnos a nosotros mismos sin identificar el no que nos habita con nuestros propios excrementos? Difícilmente. Sin embargo, al personificarlo tendremos la ilusión de que podemos eliminar el mal como quien tira de la cadena o se quita de encima la roña. Pero uno no puede situarse honestamente ante las cámaras de gas, ante el espíritu que las anima, como si se tratase de una enfermedad. El mal no tiene remedio. Uno puede, sin duda, tirar de la cadena, pero el cuerpo seguirá obstinadamente produciendo sus excrementos. Va con la vida, con la naturaleza misma de las cosas. Así pues, la única manera de tomarse en serio el mal –el único modo de evitar hacer del mal un concepto, una abstracción–, evitando al mismo tiempo la tentación de identificarlo simbólicamente con la bruja, es creyendo que Satán existe en cada uno de nosotros. Que vivir es, sencillamente, vivir de espaldas a Dios, negarlo. Estamos ciertamente en las antípodas de Rousseau, cuyo pensamiento irrumpe en la Modernidad como una especie de gnosticismo apto para todos los públicos. Pero creer que en lo más profundo habita algo así como una chispa divina, que en el fondo todo hombre es bueno, probablemente sea pecar de ingénuos, por no decir de mala fe. El mal no es un error, una desviación, sino el espíritu que mueve el mundo. Lo letal es naturalmente el índice de un nuevo nacimiento. Por eso solo quien comprende el carácter definitivo del mal –solo quien ha visto que el mal solo puede ser cercenado con un mayor mal– podrá ver en el abrazo que algunas víctimas ofrecieron a sus verdugos no ya una solución moral al problema del mal –pues no hay hombre que sea capaz de comprender este abrazo como una de sus posibilidades–, sino el abrazo mismo de un Dios que ya no puede seguir siendo solo divino, allá en las alturas, donde el mal se impone como la última palabra del mundo.

reality bites

noviembre 26, 2011 § Deja un comentario

¿Qué significa vivir entre sombras? Las cosas por lo real de las cosas. Como si no hubiera más realidad que la que podemos agarrar o ingerir… cuando lo cierto es que lo real es lo que se encuentra siempre más allá de nuestro tacto: lo real es lo que se resiste a ser modificado, interiorizado, retenido. La realidad es, por definición, lo indigerible del mundo. De hecho, ocurre con lo real lo que ocurre con aquel desván en el que se nos prohibió entrar: que en la casa no habrá otro espacio más cargado de entidad que ése. Es por esto que los hombres se dividen entre quienes son conscientes del carácter diferido de lo real y los que creen que no hay más realidad que la que uno se trae entre manos. Entre quienes viven este mundo como si fuera un escenario y quienes se toman las apariencias en serio. Y, ciertamente, no hay más cosas que las que nos traemos entre manos. Pero esto es posible solo porque la realidad de esas mismas cosas es algo aún pendiente. Una vez más, la prohibición –el No– en la base del ultra-Sí.

Athenas & Jerusalem

noviembre 25, 2011 § Deja un comentario

Según Platón quien renuncia al más allá, renuncia a sí mismo. Pues lo más auténtico que hay en nosotros es, precisamente, esa aspiración a lo que se muestra de una vez por todas, a lo que se da por entero, a una existencia sin resquicio, aspiración que, como sabemos, no puede ser colmada por nada de lo que nos traemos entre manos. De ahí que quien vive conforme a esa aspiración viva apuntando a un más allá de lo dado. Sin embargo y como sabemos también, este más allá es un más allá que, como tal, no admite concreción. Se trata, por supuesto, de un más allá sin dioses. La exigencia de algo definitivo, la exigencia misma de lo verdadero carece de imagen, es decir, no se revela a la manera de una imagen paradigmática, sino que, como tal, se mantiene en el filo de lo abstracto como la pura exigencia de ser incondicionadamente a la que se encuentra sometido todo cuanto es. Porque todo cuanto es no acaba de ser lo que parece, todo cuanto es se encuentra sometido a la exigencia de ser lo que parece. Se trata, en definitiva, de una exigencia imposible que, sin embargo, no podemos eludir, pues en el fondo no somos otra cosa que un estar sometidos a esa exigencia. Así, el poeta aspira a unas últimas palabras, el músico a esa melodía que coincida con el silencio, el amante a encontrarse con lo intangible de aquel a quien cree amar… Esto es: si alguien es poeta o músico o amante… es porque deben alcanzar lo que no pueden alcanzar. Y lo que no es esta búsqueda es comercio, trato, transacción. Simple intercambio. Quien no se enfrenta a lo que de algún modo le supera no vive, pues, en verdad.
 

Pues bien, ¿qué dice un judío de todo eso? Mejor dicho, ¿qué hace? Por decirlo brevemente, posponer el más allá. Como es sabido, para el creyente, el más alla de Dios no se da según el modo del presente. O bien Dios se revela como aquél que tuvo que quedarse atrás para que fuera posible el mundo o bien como algo por-venir, siendo ambas visiones de Dios las dos caras de una misma moneda. A diferencia de Platón, un judío está convencido, pues, que del más allá no tenemos ni siquiera una idea. El más allá en cualquier caso se da como esa nada que rodea al mundo por entero. Pero por eso mismo todo queda marcado con el aura del vacío de Dios. El creyente permanece a la espera de Dios y, por eso mismo, permanece sometido, no ya a la exigencia de alcanzar lo incondicionado, al fin y al cabo, una cierta plenitud, sino al mandato que se deriva, precisamente, del silencio mismo de Dios, el que nos obliga a dar de comer al hambriento y de beber al sediento.

43 grados por volumen

noviembre 24, 2011 § Deja un comentario

En los asuntos humanos es frecuente emplear la misma palabra para decir cosas distintas. Pasa con la palabra ‘amor’, la palabra ‘libertad’, la palabra ‘justicia’… En general, pasa con todas nuestras grandes palabras. Y, por supuesto, también con la palabra ‘espíritu’. Es por eso que fácilmente creemos que las diferentes religiones, desde el hinduismo hasta la de los guaranies, por el simple hecho de emplear la misma palabra están, en el fondo, hablando de lo mismo. Pero aunque sobre el papel decir espíritu equivalga a decir impulso o fuerza, es obvio –o debería serlo– que una cosa es el anhelo o la inquietud que te empuja hacia lo que se encuentra en cierto modo más allá de lo visible –lo que en griego se entendía como amor a la verdad– y otra la fuerza de la resurrección, aquélla que abraza lo más bajo de los hombres. Como si el espíritu de Dios, el único que podemos comprender como debido a la inalcanzable realidad de Dios, solo pudiera darse como el amparo que se dan los enemigos irreconciliables donde ya no queda nada de Dios. O por decirlo de otro modo, porque Dios no es espíritu –porque Dios no es una fuerza– podemos reconocer el espíritu que resucita a los muertos como el espíritu mismo de Dios.

la muerte del hijo

noviembre 23, 2011 § Deja un comentario

Que se te muera un hijo es quizá lo más terrible. Con la muerte del hijo ocurre lo que en absoluto debe ocurrir. No se trata solo de una reacción emocional. No se trata solo de una tristeza instintiva. Se trata de lo que sucede cuando eres capaz de ver que la vida de tu hijo es una vida arrancada de la muerte. Y lo que sucede es que no puedes aceptar lo que, por otra parte, tarde o temprano ocurrirá. Si la vida es una excepción a la muerte, la vida no debe morir. Sin embargo, la muerte –la muerte del hijo– es lo que ocurre con el tiempo. Acaso lo único que ocurre en verdad, esto es, definitivamente. Eso es lo terrible: que aunque no lo veas, pasará. ¿En qué situación te deja, pues, saber que esa vida que se te dió se encuentra siempre dentro de un plazo? Probablemente, uno no pueda hacer otra cosa que arrodillarse como hizo el bueno de Job, ponerse, en definitiva, en manos de un Dios indecible, un Dios que no aparece por ningún lado salvo como el vértice de una existencia que no podemos abrazar por entero. Para quien haya superado la infancia resulta evidente que la existencia reposa sobre una incomprensibilidad de fondo, pues aunque vivir signifique estar del lado de la vida, lo cierto es que sin muerte no se nos hubiera dado ninguna vida. Por eso toda existencia que sea mínimamente consciente de lo que supone vivir no puede menos que concluir de rodillas. Y quizá sea por esto que cristianamente la visión del Cruz como la cruz del Hijo de Dios sea un modo de decir que Dios solo se da en verdad cuando se arrodilla impotente ante el hombre. Reconocer al crucificado como Hijo de Dios es reconocer, pues, que Dios en realidad se pone en manos del hombre como aquél que debe decidir el sí o no de Dios. Ahora bien, si Dios sigue siendo Dios a pesar de su humillación es porque el hombre es juzgado allí donde juzga a Dios. Como en el caso del juicio de Salomón, es el dolor ante la muerte del hijo lo que revela la paternidad del padre y si el cristianismo es brutal es porque reconoce de una vez por todas que Dios solo puede valer como Padre donde une su destino al del hombre.

una vida con sentido

noviembre 22, 2011 § Deja un comentario

Es de cajón que el sentido de una vida se halla en estrecha relación con la posibilidad de que ésta pueda comprenderse formando parte de un todo más amplio, se trate del orden del universo o del ideal del mundo. Esto es, una vida con sentido es, por principio, una vida integrada en lo que de algún modo la supera. Si el sentido depende de un orden, entonces una vida con sentido es una vida cuyo particular modo de ser, cuyas costumbres se encuentran alineadas con las exigencias paradigmáticas de dicho orden. Si, en cambio, depende de un ideal emancipatorio, entonces una vida con sentido es aquélla que actúa tácticamente según las demandas que se desprenden de ese ideal. En cualquier caso, se trate de las costumbres o de la acción, una vida con sentido es una vida que hace lo que debe, siendo lo debido algo de lo podemos hacernos una idea o imagen. Así, podriamos decir que la experiencia del sentido se muestra como una experiencia formalmente religiosa. Y es que una vida posee un sentido si puede concebirse vinculada –religada– a lo vale en verdad, sea la vida arquetípica del dios o un porvenir sin tara. Es por eso que la catástrofe que supuso la Modernidad –literalmente, la caída de los cielos– no conduce de por sí al nihilismo, sino al hecho de que la experiencia del sentido dependa exclusivamente de que el hombre pueda seguir creyendo en el carácter liberador de los ideales que pretenden transformar el mundo. Ahora bien, quien entiende lo anterior y sepa de qué va esto del monoteísmo judeocristiano, entenderá que éste no termine de casar ni con la Antigüedad ni con la Modernidad. Efectivamente, para un creyente el orden del mundo no se revela como una última palabra. La experiencia del mundo como Creación es la experiencia de la insuficiencia del todo. El relato del Genésis no pretende ofrecer propiamente una explicación, sino desdivinizar las potencias del mundo y, por extensión, el mundo en su totalidad. Dios no es una fuerza que opere dentro del mundo, sino que se revela más bien como el silencio que cubre por entero el juego de las fuerzas, manteniéndolo, por eso mismo, en suspenso. La experiencia del mundo como un mundo que pende por entero del hilo de Dios es la experiencia de la totalidad como no-todo. O lo que viene a ser lo mismo de la radical contigencia del cosmos. El hombre que experimenta el mundo de este modo es un hombre que no puede, pues, acabar de integrarse en él. Algo esencial sigue estando pendiente donde el hombre vive de acuerdo con las exigencias de un orden cósmico. Para un judío, pues, la vida conforme al arquetipo no tiene nada de definitiva. Y no puede tenerla porque el mal –las fosas comunes, las cámaras de gas, la tortura de un niño…– no se concibe judíamente como ignorancia o impericia, sino como uno de los dos posibles efectos de la radical trascendencia de Dios. Así, porque Dios se encuentra siempre más allá de lo dado, hay luz y hay oscuridad. O, por decirlo con otras palabras, porque hay Dios, el hombre se encuentra bajo el poder de la maldición del mismo modo que se encuentra bajo el amparo de la bendición. Ahora bien, por eso mismo, un creyente tampoco puede tomarse del todo en serio las pautas militantes que se desprenden de la imagen de un mundo ideal. Sin duda, no es lo mismo fundar un orfanato en Calcuta que traficar con huérfanos. Sin duda, el mundo es mejor donde ganan quienes hacen lo primero. Pero un creyente está convencido de que ganen los buenos no significa que triunfe la bondad, pues tarde o temprano los buenos acabarán por pervertir lo que lograron. Un creyente, pues, está más cerca del nihilismo que la mayoría de los que dicen no creer en ningún dios… aun cuando confíen, no obstante, en el destino que le revela su carta astral o en las posibilidades emancipatorias de la utopía política o moral. Y es que en realidad la vida creyente responde a la falta de sentido de un mundo que, a causa de ese mismo sinsentido, solo puede admitir de Dios el mandato imposible que nace del estómago de los abandonados de Dios.

Dios no es mamá

noviembre 22, 2011 § Deja un comentario

Cuando se encuentra sepultado por la vergüenza, decepcionado de sí mismo, un judío no busca el consuelo de una madre, sino la voz de un padre que le diga que debe hacer para recuperar la dignidad. Es por eso que un judío que esta convencido de haberle fallado a Dios no puede hacer otra cosa que ponerse en manos de Dios, esto es, del pobre que lo representa y preguntarle que debe hacer por él. Otra cosa es lloriqueo infantil. Por eso cierta visión del cristianismo se equivoca cuando, creyendo que Dios es antes que nada una madre, ofrece un consuelo infinito a quienes viven cubiertos de sus propios excrementos. La mujer que vió morir a sus hijos en las cámaras de gas en su lugar, ahora en vez de haber fundado un orfanato en Jerusalén seguiría en el regazo de aquél que, ofreciéndole una fácil compasión, estaba más pendiente de saciar su sensibilidad que de salvarla a ella de la miseria moral en el nombre mismo de Dios.

… pero tampoco papá

noviembre 22, 2011 § Deja un comentario

Cuando el rigor de la Ley se hace insoportable –cuando con el paso de los días caemos en la cuenta que nunca estaremos a la altura de la inviable demanda de Dios– necesitamos creer en la posibilidad de un consuelo infinito. Dios se revela, entonces, como madre. De ahí a que en verdad sea una madre media, sin embargo, una gran distancia. Dios en realidad no es ni papá ni mamá, sino que se da como papá o mamá… según la necesidad del hombre. Es decir, del lado del hombre Dios es visto de un modo u otro, pero del lado de Dios no podemos decir que Dios sea una cosa u otra. Para la Biblia judía, Dios se encuentra siempre más allá de cualquiera de sus epifanías, pues lo que podamos decir con respecto al modo de ser de Dios depende siempre de la situación del hombre. Así, porque Dios se muestra de un modo u otro siempre en relación con esa situación, Dios, para la existencia judía, nunca acaba de darse por entero. De hecho para un judío, Dios es principalmente Señor, lo cual significa que tanto la luz como la oscuridad, la dicha y la desgracia, frente a las tentaciones maniqueas, son debidas a una y la misma trascendencia. Como si luz y oscuridad, bendición y maldición, fueran los dos lados de una misma moneda… que, en sí misma, todavía está por ver. O, por decirlo con otras palabras, el mundo en su totalidad, incluidas las diferentes visiones de Dios, penden del hilo de la voluntad de Dios. Ninguna de las manifestaciones de Dios resulta pues decisiva para el hombre. Ninguna de las diferentes epifanías resuelve de una vez por todas qué pueda ser Dios. Del lado de Dios nada está decidido aún. Es por esto que, del lado del hombre, la relación con Dios nunca podrá desprenderse de las oscilaciones propias de la Historia, pues cuando en un momento dado necesitamos creer en la bondad infinita de Dios, tarde o temprano encontraremos a faltar la firmeza paternal de un Dios que juzga al hombre. Y, por eso mismo, un judío jamás podrá aceptar lo que un cristiano confiesa abiertamente, a saber, que Dios se da por entero en un Crucificado. Pero es posible que solo la Cruz pueda revelarnos que no hay juicio más definitivo que el de un Dios que, humillado hasta la muerte, perdona lo que ningún hombre puede honestamente perdonar.

tabú

noviembre 21, 2011 § Deja un comentario

La Ley, para un judío, es lo que el hombre debe hacer para preservar el aliento de Dios. Pues sin Ley es difícil que pueda seguir estando presente lo que debe seguir estando presente, al fin y al cabo, la aparición de lo Otro. La Ley es la huella de esta aparición. Es cierto que muchos prefieren olvidar. Es cierto que muchos de los que sobrevivieron a los campos, por ejemplo, aún se resisten a hablar del asunto. Sin embargo, es igualmente cierto que algunos siguen conservando su número en el brazo. A pesar del dolor, creen que deben hacerlo para tener presente aquello a lo que les obliga precisamente ese dolor. En este mismo sentido, también podríamos decir que no todo en el cuerpo del otro debe estar disponible para saciar nuestro deseo, si de lo que se trata es de preservar la huella de su alteridad. El tabú tiene que incidir en ese cuerpo, pues de lo contrario y teniendo en cuenta que necesitamos comer, difícilmente reconoceremos el carácter otro de su presencia. Sin Ley todo se encuentra sometido a la implacable erosión del tiempo o a la voracidad de un deseo que no puede soportar ninguna alteridad. Por eso resulta cuanto menos sorprendente que Pablo diga aquello de que la Ley no salva, a pesar de ser de Dios. Ahora bien, si puede decirlo es porque, a diferencia de muchos cristianos de hoy en día, sabe perfectamente que donde hay Ley, el hombre no puede poseer un corazón puro. O bien porque la prohibición engendra de por sí un impulso transgresor; o bien, porque tarde o temprano nos serviremos de la Ley para creer que la elevación es debida a nuestro mérito. La antropología de Pablo es, ciertamente, incompatible con la de nuestros tiempos: para Pablo, el hombre, por sí mismo no puede salir de sí mismo, pues el hombre no puede soportar durante demasiado tiempo la altura de Dios. Tarde o temprano, recurrirá a la Ley de Dios para curvarse de nuevo sobre su propio ombligo. O creerá que merece lo que en su día recibió como indigente. De ahí que un cristiano no pueda admitir lo que modernamente damos por sentado, a saber, que el hombre es bueno por naturaleza y que de lo que se trata es de proceder metódicamente para desembarazarse de todo aquello que encubre nuestra bondad natural. Esto es, como sabemos, gnosticismo. Y, por eso mismo, no cabe ser cristiano donde podemos concebir una salvación ligada a una Ley que pretende garantizar la cercanía de Dios, cuando lo cierto es que, si alguien se encuentra cerca de Dios es porque Dios decidió acercarse al hombre por medio de su propio sacrificio. Pues solo sometido a la deuda que supone el sacrificio mismo de Dios, puede el hombre responder a Dios.

Antichrist (1)

noviembre 20, 2011 § Deja un comentario

No tengo muy claro qué pretendió decirnos Lars von Trier con su Antichrist, pero al menos una cosa parece destacar por encima del resto, a saber, la conviccion de que el Mal no puede ser doblegado por la razón. Que el Mal no es una enfermedad o, en el preciso verso de Albert Balasch, que el mal és absolut. Es por eso –porque el Mal no puede ser redimido– que el Mal exige el sacrificio del cuerpo que lo encarna. El Mal no es simplemente ignorancia o ausencia de bien. El Mal no es desequilibrio, sino acaso aquello más real –más inalterable– de una vida no sometida a los dictados del mito, el cual, bajo la capa de la racionalidad, se ocupa de separar la luz de la oscuridad, cuando lo cierto es que lo uno no puede darse sin lo otro. Satán existe, pues, y coincide con una naturaleza en la que el goce solo logra realizarse como crueldad. Con todo, el sacrificio de la bruja, esa mujer cuya feminidad se halla escindida de la maternidad, no acaba con el Mal. Y es que, como en los exorcismos fracasados, Satán termina habitando el cuerpo de quien mata a Satán. Pues solo con el espíritu de Satán puede el hombre ahogar a la bruja. En este sentido, es posible que los hombres que quemaron a miles de endemoniadas a lo largo de la Edad Media se tomaran más en serio la efectividad del Mal que nuestros psiquiatras, los cuales aún creen, quizá con un exceso de ingenuidad, que el Mal es un asunto del que debería ocuparse la técnica. En esta soterrada convicción reside la verdadera provocación de von Trier y no en las escenas pornogore del último tramo de la película, las cuales no van mucho más allá de impacto que provocan.

 

Antichrist

asíntotas

noviembre 20, 2011 § Deja un comentario

Cualquier intento de construirse a uno mismo debería tener en cuenta que cuanto más cerca se encuentra uno de alcanzar lo que pretende menos posibilidades tendrá de reconocerse en eso que alcanza.

la cura

noviembre 19, 2011 § Deja un comentario

La entereza, la posibilidad de alcanzar la libertad de espíritu, depende de que nuestra vida no pretenda otra cosa que encarar aquello que nos supera por entero y que, por tanto, jamás podremos retener. En este sentido, no deberia extrañarnos que el buen fotógrafo esté obsesionado con ese momento en que la mirada no coincide con el cuerpo. O el músico, con esas notas que preservan el silencio. O el poeta, con las palabras que revelen la nada que cubre el mundo por entero, cielos incluídos… No obstante, estas obsesiones, a pesar del aire de familia, se diferencian de la típicamente religiosa, pues aquí no se trata de coincidir con la divinidad, sino con su eco, su resto, su huella. Y quizá sea por esto que las vidas de estos exploradores nos resulten más creíbles –más honestas– que la de aquéllos que alardean, aunque sea con falsa humildad, de sus conexiones con la divinidad.

furor iconoclasta

noviembre 19, 2011 § Deja un comentario

¿Qué podemos hacer con nosotros mismos –qué dominio de sí cabe alcanzar– donde nos hemos quedado sin imágenes de aquello radicalmente otro? Y es que acaso uno pueda enfrentarse mejor a uno mismo, a lo que debe ser negado de sí mismo, si puede atribuirlo a un espíritu maligno en vez de tener que entenderlo como ese íntimo impulso que bien pudiera coincidir con lo que uno es en verdad.

las tres negaciones

noviembre 19, 2011 § Deja un comentario

El no aparece tarde o temprano. Aquí la única cuestión es qué haremos entonces. Y lo cierto es que hay quienes se dejan sepultar por ese no y quienes comienzan de nuevo como si no hubiera otro comienzo que ése.

al final nuestros orines llenaron la fuente de Duchamp

noviembre 19, 2011 § Deja un comentario

Donde Dios se revela como un indigente –donde la indigencia del hombre ocupa el lugar del poder de la divinidad– no podemos seguir hablando de Dios tal y como los hombres hablamos espontáneamente de lo divino o de las cosas últimas. Ocurre aquí lo que ocurrió en el terreno del arte una vez Duchamp se atrevió a colocar su fuente en la sala de exposiciones, el templo burgués de la belleza: que la belleza de ese urinario ya no podía comprenderse como una nueva representación de una Belleza que en sí misma seguiría encontrándose más allá de sus posibles representaciones. Nos equivocamos, pues, cuando situamos el monoteísmo bíblico como un capítulo más de la historia de las religiones del mismo modo que nos equivocamos cuando colocamos a Duchamp como un capítulo más de la historia del arte: en ambos casos hay una ruptura, una falla, un salto cuántico con respecto a lo anterior. El arte de Duchamp es en esencia antiplatónico y, por extensión, el único arte que puede ser calificado de cristiano. El urinario de Duchamp no representa la Belleza sino que la encarna por entero. Es decir, quien admite la belleza del urinario de Duchamp ya no puede aceptar una belleza más allá de ese urinario, pues reconoce que no hay más belleza que la que encarna eso que, según la tradición, en modo alguno puede ser bello. El urinario de Duchamp se da como bello porque es lo único que nos queda de la Belleza cuando ya no nos queda nada de la Belleza más allá. O como decía Hegel, el espíritu es un hueso, pues, la calavera se carga con el aura de lo sagrado, esto es, deja de ser solo un recuerdo, cuando dejamos de creer que aquél que murió sobrevive en el más allá a la manera de los fantasmas. Así, solo pueden ver al Crucificado como el Señor aquellos que, por sufrir el abandono de Dios, ya no pueden creer en un Dios más allá del Crucificado. No es que la Cruz, la pétrea irrupción del Mal, demuestre que no hay Dios. Más bien lo que demuestra, aunque solo para quien sabe verlo, es que de Dios solo tenemos un Crucificado. Ciertamente, la quiebra del más allá carga con el aura de lo divino a quien se encuentra en el límite del mundo. Tan solo quien ha visto que no hay nada más allá –o, por decirlo a la mística, solo quien ha visto la nada de Dios en el más allá– puede cargar sobre sus espaldas el peso de Dios. Y, así, porque Dios se sitúa fuera de campo –porque Dios renuncia a su divinidad– Dios puede identificarse con los parias de este mundo, cuyas vidas, embrutecidas por la pobreza, son cualquier cosa menos ejemplares.

nominalismo

noviembre 18, 2011 § Deja un comentario

La cuestión del nombre de la divinidad era, para el hombre antiguo, una cuestión decisiva, casi una cuestión de vida o muerte, pues que el dios de turno pudiera responder a la necesidad de quienes le invocaban dependía de que el nombre que se emplease en el culto fuera de hecho el que tenía que ser. Por eso no deja de ser significativo que el nombre de YWHW sea prácticamente impronunciable y, por consiguiente, inservible para la invocación cultual. En verdad, YWHW suena como una exhalación, un aliento, un lamento. Como si solo el gemido que nace de la garganta de los que no son más que su sufrimiento fuese el único modo de invocar correctamente a Dios. Y teniendo en cuenta que para un antiguo el nombre revelaba la esencia de lo nombrado, una exhalación no puede referirse más que a un Dios que da la callada por respuesta. YWHW es, al fin y al cabo, un Dios extraño, en realidad un antidios, pues, contra los supuestos de la sensibilidad religiosa, es YWHW quien invoca al hombre –es YWHW quien espera una respuesta– y no al revés.

eufemismo

noviembre 17, 2011 § Deja un comentario

El eufemismo es la clave de la civilización, pues los hombres no pueden mantenerse juntos donde la verdad se expone desnudamente. La vida civilizada exige un mínimo de ocultación. No todo lo que debe ser dicho puede ser dicho. De ahí la importancia de decir sin decir. O también que en la civilización las cosas no acaben nunca de ser lo que parecen: siempre tienen que ser algo distinto de lo que son. Cuando falla el eufemismo –cuando falla la metáfora– caemos en lo obsceno, pues no hay otra obscenidad que la de una cosa que no es más que lo que es. Y como sabemos lo obsceno, por servirse siempre en crudo, es de difícil digestión. La paz del hogar, por ejemplo, dependerá de que podamos decir que nuestros padres no acaban de entenderse allí donde quizá ni siquera puedan ya soportarse. En este sentido, no es de extrañar que algunos vean en la civilización un estado de excepción. El equilibrio pende, por defecto, del hilo de la simulación.

fast food

noviembre 17, 2011 § Deja un comentario

La experiencia misma de lo real es inseparable de la del silencio o la nada. Pues solo en el seno de la nada –solo bajo el peso de un gran silencio– algo puede acontecer, precisamente, como alteridad. Lo real o permanece siempre fuera de mi alcance o no acaba de ser real. Todo aquello de lo que pueda apropiarme, todo cuanto pueda ingerir o asimilar, al fin y al cabo, cualquier cosa con la que pueda topar, no es nada en verdad otro, sino algo que se da en relación a mí y, por eso mismo, podríamos decir que forma parte de mí. Una hamburguesa sigue siendo algo-ahí siempre y cuando no me la coma. Por definición, lo real es lo inalcanzable de la existencia, un exceso, un más allá irreductible, lo que en modo alguno puede ser modificado. De ahí que la realidad no sea nada en particular, sino en cualquier caso la posibilidad siempre diferida de la Cosa. Idea. O, por decirlo de otro modo, aquello en verdad otro se encuentra sea como sea fuera de campo. Los guionistas de Hollywood lo saben perfectamente, pues si quieren provocar en el espectador la sensación del acontecimiento solo tienen que hacer el silencio dentro de la escena: cualquier espectador sabe que algo tiene que ocurrir a continuación. Mejor dicho: pase lo que pase, aun cuando no pase nada, eso que pase será lo que ocurra. Y es que una cosa es el Alien que sabes que está pero que que no aparece por ningún lado y otra el bicho que entra en escena para comerse a los protagonistas. En el primer caso, se trata de la Cosa, en el segundo de una cosa entre otras, algo al fin y al cabo asimilable, aun cuando cueste de tragar. La Cosa da miedo. Los bichos, en cambio, solo a los que se dejan impresionar fácilmente por los fantasmas.

mythos

noviembre 17, 2011 § Deja un comentario

Pues el cristianismo ha sido quien primeramente ha hecho, en la proclamación del Nuevo Testamento, una crítica radical del mito. Todo el mundo de los dioses paganos, no sólo el de este a aquel pueblo, es desenmascarado, teniendo presente el Dios del más allá de la religión judeocristiana, como un mundo de demonios, es decir, de falsos dioses y seres diabólicos, y ello porque son dioses mundanos, figuras del mismo mundo experimentado como potencia superior. A la luz del mensaje cristiano, el mundo se entiende justamente como el falso ser del hombre que necesita la salvación. […] Así, el cristianismo ha preparado el terreno a la moderna Ilustración y ha hecho posible su inaudita radicalidad, que ni siquiera hubo de detenerse ante el propio cristianismo por haber realizado la radical destrucción de lo mítico, es decir, de la visión del mundo dominada por los dioses mundanos.

Hans-Georg Gadamer

made in Japan

noviembre 16, 2011 Comentarios desactivados en made in Japan

De lo mejor en jazz, actualmente. Incluso el Salva lo sabe.

el problema es la solución

noviembre 16, 2011 § Deja un comentario

Dice Elisabet Sahtorius en la contra del otro día: la mitad de la evolución sucedió cuando sólo había bacterias en la tierra. Su fase juvenil ocasionó muchísimos problemas globales. Se comieron todos los azúcares y los ácidos libres que había en el planeta provocando una hambruna mundial, pero con esta crisis se volvieron creativas. Se inventaron la comida a partir del sol, del agua y de los minerales; es decir, inventaron la fotosíntesis. Y tuvieron tanto éxito que ocasionaron polución global, porque al hacer la fotosíntesis desprendían un gas residual, el oxígeno. El oxígeno es un gas letal para las moléculas, esa es la razón por la que todo el mundo toma antioxidantes. Al principio la tierra y el océano absorbieron el oxígeno. El resto se fue a la atmósfera, compuesta de un 21% de oxígeno. Con un 1 o 2% más de oxígeno en nuestra atmósfera todo se quemaría; y con un 1 o 2% menos no podríamos respirar. El oxígeno estaba matando a muchas bacterias, así que unas se fueron hacia dentro de la tierra para escapar y otras desarrollaron una especie de escudo solar y comenzaron a utilizar el oxígeno para aplastar la comida (moléculas) y poder absorberlas, aprendieron a respirar. Estas eran las que tenían más energía, las más desarrolladas tecnológicamente; inventaron el motor eléctrico.

Esto es la vida, ciertamente. Y la vida más desnuda, por si aún no lo sabíamos, no puede diferenciar entre el bien y el mal. La situación terminal acaba siendo el germen de nuevas posibilidades. Tenía razón Nietzsche: la vida avanza fagocitándose a sí misma. O, como se decía en cristiano, Dios escribe derecho con renglones torcidos. Por eso me imagino a los que poseen soluciones de taxista diciéndoles a las bacterias que no pueden seguir comiendo azúcar como si nada; que de lo que se trata es de racionalizar su consumo. Pero es obvio que no estaríamos aquí escribiendo esto si le hubieran hecho caso a su taxista. Con todo, de aquí no se deduce que dé igual lo que hagamos, pues lo cierto es que somos quienes se encuentran sometidos al principio del no matarás como si fuera el mandato mismo de Dios. El tabú va, ciertamente, con nosotros. De hecho, lo que se deduce es que no somos de este mundo, como quien dice. O también que la obediencia al mandato de Dios no deber comprenderse como aquello que uno tiene que hacer para solucionar de una vez por todas el problema de la existencia. Aunque esto ya tuvo que verlo el bueno de Job hace ya unos cuantos miles de años.

marcajes

noviembre 15, 2011 § Deja un comentario

A menudo nos llenamos la boca contando nuestras experiencias de fin de semana o de cómo nos ha cambiado la vida ese cursillo de Tai-Chi, cuando lo único que marca nuestra vida es la muerte. Ahora bien, la muerte suele aparecer de dos modos diferentes: o bien, como mi propia muerte; o bien, como la muerte injusta del inocente. En el primer caso, nos preguntamos qué podemos esperar más allá de la muerte, si es que podemos esperar algo. En el segundo, nos preguntamos, si el Mal tendrá la última palabra. En el primer caso, la vida exige que no haya muerte. En el segundo, que haya finalmente justicia. En el primer caso, con facilidad nos imaginamos un más allá y, por eso mismo, la muerte se convierte en un tránsito. Pero lo que perdemos por el camino es lo mas vivo de la vida. En el segundo caso, sin embargo, no podemos concebir otra justicia que la imposible justicia de Dios. Pero solo así permanecemos bajo la demanda de un reparación infinita. Sea como sea, no estamos ante meras suposiciones, pues lo cierto es que no se vive del mismo modo en cada caso.

ciencia y espíritu

noviembre 14, 2011 § Deja un comentario

Dice Elisabet Sahtouris en la contra de hoy: no veo diferencia entre la ciencia y la espiritualidad. La idea, sin duda, suena bien. De hecho, posee profundas resonancias platónicas. Un científico, tal y como le ocurriera en su día a Platón, no puede contentarse con las apariencias: le resulta demasiado obvio que la realidad siempre se encuentra más allá. Y para muchos basta con poder trascender la inmediatez de lo dado para que la vida alcance una cierta elevación. Tal y como decíamos, se trata de platonismo. Otra cosa, sin embargo, es la otra espiritualidad, la que nace de un más allá opaco, inerte, humeante, el único que te aplasta contra la tierra y te obliga a mirar a tu alrededor, al fin y al cabo, la única trascendencia que marca los cuerpos sin espíritu con el aura de Dios. Ciertamente, se trata de un cielo menos atractivo que el anterior, pero quizá más verdadero, sobre todo para quienes no tiene la posibilidad de ir demasiado lejos en esto de la elevación. Un cristiano no debería olvidar que el espíritu que corresponde a un Dios que se encarnó en un crucificado no es el que nos eleva hacia lo alto, sino el que nos arrastra hacia las simas de la existencia, allí donde se cuecen los últimos días. No es de extrañar, pues, que nadie en su sano juicio prefiera seguir los pasos del nazareno. Y quien crea lo contrario es muy posible que confunda la pobreza monástica con la de los barracones de los lager.

tipologías

noviembre 14, 2011 § Deja un comentario

Hay quienes dicen que si pueden ver las cosas que ven es porque la luz las ilumina. Y hay quienes saben que si pueden ver las cosas que ven es porque esas cosas se resisten a la luz que las ilumina. Los primeros suelen tenerlo todo muy claro. Los segundos, no. Los primeros suelen tener muchas cosas que enseñarnos. Los segundos, más cosas que callar. Los primeros son difíciles de soportar. Los segundos suelen ser buenos compañeros de taberna.

de Tarso

noviembre 13, 2011 § Deja un comentario

Quienes, dentro mismo del cristianismo, desprecian la teología como especulación contraria a la experiencia creyente deberían cuanto menos saber que no habría habido cristianismo si los cristianos, del mismo modo que los discípulos de Juan el Bautista, se hubieran limitado a coger el testigo de la causa de Jesús. Esto es, porque el cristianismo nace ya como teología, el cristianismo no puede sobrevivir honestamente al menosprecio de la teología. De hecho, los documentos más antiguos del cristianismo que se conservan, las cartas de Pablo, se enfrentan a una cuestión eminentemente teológica, a saber, aquélla que se pregunta qué deberíamos decir de Dios a la vista de la injusta muerte del hombre de Dios. Pues es obvio –o debería serlo– que no hay revelación de Dios donde la cruz es contemplada desde lo que ya sabemos acerca de Dios. No habría habido cristianismo, si la moraleja hubiera sido que los hombres, una vez más, no aceptaron al profeta, al enviado. Si la especulación teológica va con el cristianismo es porque la confesión cristiana se da de buen comienzo como visión de un acontecimiento imposible –el de Dios como Crucificado– y no como fe en un ideal ni como receta para la felicidad. En realidad, el cristianismo declara lo que nadie que defienda una fe más espontánea podrá aceptar, a saber, que solo el sacrificio de Dios puede hacer al hombre capaz de Dios. Y nada que trate de un Dios imposible puede darse sin la ayuda del vuelo dialéctico en que consiste la mejor teología, ya que solo un discurso que muestre la mutua imbricación de los contrarios puede preservar la indecibilidad de la escena originaria.

ironía

noviembre 12, 2011 § Deja un comentario

Quizá sea verdad que el amor solo pueda comenzar tras el fracaso de los amantes. Es posible que el amor solo pueda darse como reconciliación. Pero lo cierto es que no cabe ninguna reconciliación donde quienes deben perdonarse su naufragio saben que eso, precisamente, es lo que deben hacer para que la historia tenga un buen final. Los amantes que durante la tormenta creyeren que tienen que pasar ese mal momento para que puedan luego perdonarse, difícilmente llegarían a soportarse. El sentido de la escena no pertenece, pues, a sus protagonistas. El propósito de la reflexión, el poder volver sobre los propios pasos mientras se avanza, es sin duda paralizante. Por eso no es causal que quienes sufren el veneno de una vida reflexionada tan solo puedan regresar a la escena irónicamente, esto es, con la sinceridad propia del buen actor. Y es que los mejores actores son aquellos que llegan a meterse en las incertidumbres del personaje, a pesar de haberse leído el guión. No es causal que algunos incluso les teman.

the ultimate Platón (o Platón para insomnes)

noviembre 12, 2011 § Deja un comentario

Para nosotros, hombres y mujeres corrientes, lo real son las cosas que nos traemos entre manos, lo que podemos ver y tocar. Y si tenemos una cierta idea de las cosas que nos traemos entre manos es porque nos hacemos una idea de esas mismas cosas. Por eso basta con que tengamos un nombre para cada cosa para que podamos tratar eficazmente con ellas. Sin embargo, lo que viene a decirnos Platón es que, cualquiera que se interrogue sobre lo que se trae entre manos, cualquiera que se pregunte por aquello de lo que en última instancia se trata, llegará a la conclusión de que si sabemos algo de lo que nos traemos entre manos, mejor dicho, si creemos saber de lo que estamos hablando cuando hablamos de algo, es solo porque damos por supuesto que lo sabemos. Es decir, sabemos lo que es la justicia o la belleza o el amor… siempre y cuando no nos lo preguntemos demasiado. Una vez nos lo preguntamos fácilmente caeremos en la cuenta de que en verdad ignoramos eso que creíamos saber. Con otras palabras, por poco que uno piense sobre eso que da por descontado llegará a la conclusión que no posee un saber acerca de eso que da por descontado. Como en el caso del ciempiés, el cual solo sabe mover sus cien pies siempre y cuando no intente ser consciente, mientras los mueve, de cómo llega a moverlos. La sombra de Sócrates es, ciertamente, alargada: el único saber que podemos alcanzar es el que admite que nunca sabemos en verdad de lo que estamos hablando en último término. O también que nunca poseeremos eso que de algún modo sabemos. Es posible que el pensamiento de Platón no pretenda otra cosa que dar con el porqué de esta, cuanto menos paradójica, ignorancia. Y ŀo que ve Platón es que si solo es posible saber que no sabemos nada es porque la realidad misma de las cosas, aquello de lo que se trata en última instancia, permanece siempre más allá de su determinación o aparecer. Es por esto que Platón comprende la distinción entre lo real y el modo en que lo real se hace presente como si se tratara de una distinción entre dos mundos o ámbitos. El dato inicial es que nada nunca se da por entero tal y como se muestra. Los cuerpos bellos, por ejemplo, nunca acaban de ser enteramente bellos, sino siempre bellos desde tal o cual punto de vista, momento o circunstancia. Estrictamente, los cuerpos de los que decimos que son bellos no son en realidad bellos –bellos por entero–, sino solo bellos en apariencia. Un cuerpo bello se muestra siempre como (si fuera) bello… y lo que se muestra como bello no es en verdad bello. De aquí a decir que no hay en realidad belleza, esto es, una belleza objetiva que valga universalmente como tal, sino en cualquier caso diferentes concepciones de la belleza, hay tan solo un paso, el paso que dieron, de hecho, los sofistas. Sin embargo, el quiebro de Platón consiste en ver que si hay diferentes visiones de la belleza es porque hay en realidad belleza. Y es que si podemos decir que las diferentes concepciones de la belleza son, precisamente, de la belleza es porque de lo que se trata en cada caso es de la belleza. Si la belleza no fuera aquello a lo que remiten en última instancia las diferentes concepciones de la belleza –si hubieran tantas bellezas como puntos de vista–, entonces no sería ni siquiera posible comprender las diferentes visiones de la belleza como diferentes visiones o manifestaciones de la belleza. Con otras palabras, no sería posible ni siquiera discutir sobre la belleza, si las diferentes concepciones de la belleza no trataran, en el fondo, de lo mismo. De hecho, es lo que damos fácilmente por descontado, por ejemplo, con las diferentes visiones de un paisaje. Y es que a nadie se le ocurre decir que no haya paisaje porque no exista algo así como un dibujo del paisaje. Cualquiera admitirá que el hecho de que el paisaje siempre se nos dé desde un punto de vista u otro no implica que no haya paisaje. Más bien lo que implica es que la realidad del paisaje siempre se manifiesta relativamente a un punto de vista y, por eso mismo, el paisaje como tal no puede ser objeto de nuestra sensibilidad, no puede ser visto. El paisaje como tal –el paisaje en sí, lo que sería el paisaje con independencia de sus diferentes modos de darse– es algo que solo puede determinarse conceptualmente. O, por decirlo en platónico, la realidad es, al fin y al cabo, una idea. Frente al sofista, Platón sostiene, pues, que hay realidad, pero no al modo de una cosa. La cosa es, en cualquier caso, la manifestación de una realidad que, en sí misma, siempre permanece más allá de su manifestación.

Ahora bien, porque de la realidad tan solo tenemos una idea –porque la realidad es, al fin y al cabo, la idea misma de lo real– el acceso a la realidad tan solo puede ser mental. La visión de la realidad, la captación sensible de las cosas que la representan, exige que la realidad en sí misma no pueda ser vista, sino solo propiamente dicha. Si cabe ver la belleza en los cuerpos bellos es porque la belleza es, en sí misma, invisible. De hecho, un matemático no dice otra cosa cuando sostiene que el paisaje en sí es lo expresado por la función topológica del paisaje. Consecuentemente, esa realidad que se encuentra, como quien dice, por encima de las diferentes visiones de lo real, no es una cosa absoluta. Por eso, porque no hay nombre para lo real, porque lo real no es la cosa, el ente que se corresponde a la palabra «ser», siempre cabe preguntarse por la realidad de lo que nos traemos ente manos. O por decirlo de otro modo, porque lo que tiene lugar no acaba de tener lugar, siempre cabe buscar lo que en verdad tiene lugar. De hecho, deberíamos decir, como acabamos de apuntar, que lo real no es una cosa en absoluto, sino la idea misma de lo real. Hay por consiguiente belleza o justicia o amor, etc., porque la belleza, la justicia, el amor… es lo siempre pendiente, respectivamente, de los cuerpos bellos, las decisiones que aceptamos como justas, el amor que viven quienes se aman en verdad (y es que, dicho sea de paso, los amantes siempre se deben uno al otro el amor que mutuamente se entregan). Y esto es así porque, como decíamos antes, lo real no se da absolutamente, sino siempre en relación con un punto de vista o sensibilidad y, por consiguiente, parcialmente, nunca por entero. Que la belleza de los cuerpos bellos sea siempre relativa a un punto de vista no implica, por tanto, que no haya belleza. Al contrario. Si lo real es lo que se pone de manifiesto, lo que se hace presente de un modo u otro –y nada se hace presente si no es con respecto a una determinada sensibilidad–, entonces la belleza real solo puede darse relativamente, esto es, hasta cierto punto, nunca por entero. Que existan diferentes puntos de vista acerca de lo bello; que un cuerpo bello pueda ser visto como no tan bello; o bien que las decisiones justas puedan ser cuestionadas en nombre mismo de la justicia, etc, no hace sino confirmar que hay belleza o justicia, precisamente, como aquello que se encarna o hace presente, aunque siempre problemáticamente, en los cuerpos bellos o las decisiones aparentemente justas. Por eso mismo, la realidad de lo bello, lo justo, etc, posee al mismo tiempo un carácter paradigmático, arquetipico, normativo, pues si podemos decir que un cuerpo bello no acaba de ser bello o una decisión justa, precisamente como justa, no acaba de ser enteramente justa es porque la belleza o la justicia se manifiestan en los cuerpos bellos o las decisiones justas como esa idea, modelo o exigencia de belleza o justicia a la que los cuerpos bellos o las decisiones justas se encuentran, en principio, sometidos. Si podemos ver esos cuerpos o esas decisiones como bellos o justas es porque se dan bajo la exigencia de ser enteramente bellos o justas. Un cuerpo es bello o una decisión es justa porque aspiran a ser, respectivamente, bellos o justas por entero. En el fondo es como si Platón nos dijera que si las cosas del mundo pueden comprenderse como la manifestación de lo real –si lo real aparece en el mundo– es solo porque lo real en sí mismo no aparece, porque lo real, aquello enteramente otro, es dejado atrás, negado, como quien dice, en el hecho mismo de su manifestación. O por decirlo con otras palabras, porque lo absoluto en sí mismo no se da, porque de la realidad como tal solo tenemos una idea –porque, en definitiva, lo Otro solo puede darse dejando de ser enteramente Otro–, las cosas que nos traemos entre manos se nos ofrecen como la falsificación, la negación misma de lo absoluto, la realidad propiamente dicha. Pero solo porque la realidad es lo siempre pendiente de las cosas que la ponen de manifiesto, porque la realidad es lo que no acaba de darse en su darse, las cosas se encuentran sometidas a la exigencia misma de ser la idea que encarnan. El Ser, lo real en sí mismo, sería, pues, la exigencia misma de Ser. Las cosas son porque, al fin y al cabo, deben ser lo que parecen. La ambigüedad propia de la apariencia resulta, en este sentido, reveladora: el aparecer de lo real solo puede darse como realidad solo en apariencia, esto es, en falso. Hay mundo, pues, porque las cosas, en tanto que sometidas a la idea que representan (re-presentan), pretenden realizar una realidad que, como tal, es irrealizable.

Visto lo visto no debería extrañarnos, pues, que Platón creyera que hay dos modos de encarar la existencia, la de quienes se encuentran sometidos al carácter trascendente de lo real –o también al carácter imposible de lo enteramente otro– y la de quienes están convencidos que lo real es lo que pueden agarrar con sus manos. Los primeros suelen vivir en pos de una realidad que nunca alcanzarán. Los segundos no hacen otra cosa que comerciar con las cosas que les rodean. Pero solo los primeros posean esa entereza que caracteriza una vida íntegra. Como si no hubiera vida más real que la de quien se sabe de otro mundo.

quid

noviembre 10, 2011 § Deja un comentario

¿La Modernidad? El origen no es determinante, no impone una naturaleza, un modo de ser. Justo lo contrario de lo que decían los antiguos… y siguen diciendo los psicoanalistas. Para el moderno, en cambio, el hombre es su posibilidad. Como si lo decisivo de la existencia, lo que decide el sí o el no de nuestra vida, estuviera por venir. Esto, sin embargo, es moderno porque es, al fin y al cabo, cristiano. Ahora bien, lo que suele olvidar el moderno es que esta posibilidad no puede realizarse sin que el hombre deje de ser quien es. Para bien o para mal. De hecho, el monstruo de Frankenstein fue un hijo del hombre.

limosnas

noviembre 9, 2011 Comentarios desactivados en limosnas

Puede que sea cierto que si todos diéramos un poco de lo que ganamos a quienes apenas tienen qué llevarse a la boca dejaría de haber pobreza. Supongamos además que todos efectivamente lo hiciéramos. Pero que el cristianismo es otra cosa puede verse en el hecho de que, mientras tanto siga habiendo pobres, ningún creyente puede quedarse tranquilo tras cumplir con su parte. Como nadie se sentiría tranquilo si supiera que su hermano sigue viviendo debajo de un puente, a pesar de haber ingresado unos cien euros en la cuenta de Caritas. Probablemente aún no nos hayamos dado cuenta de lo que supone creer que (un) cualquiera es, en verdad, tu hermano. Probablemente aún no hayamos entendido que el cristianismo es, literalmente, algo increíble, por no decir inadmisible, para quienes conservan un mínimo de dignidad. Pero, por eso mismo, no es casual que solo se sientan hermanos aquellos que nunca sabrán quién fue su padre.

teoría de la relatividad general

noviembre 9, 2011 § Deja un comentario

Cualquiera que haya vivido lo suficiente se dará cuenta de que las cosas nunca se dan tal y como se nos muestran en un momento dado. O por decirlo de otro modo, que las cosas nunca son o blancas o negras. Así, por ejemplo, incluso en el amor más incondicional podemos encontrar los materiales del resentimiento. Y si podemos encontrarlos es porque el amor solo puede darse encubriendo el resentimiento que, por eso mismo, preserva. Ahora bien, si esto es cierto, entonces el resentimiento es la posibilidad siempre latente del amor. Heráclito sigue pisando fuerte, pues. La mayoría creemos fácilmente que si podemos ver las cosas que vemos es porque la luz las ilumina. Pero lo cierto es que si podemos ver cosas no es tanto porque la luz las ilumine, sino porque esas mismas cosas se resisten a la luz. Todo se encuentra, pues, atravesado de una radical ambigüedad. Es por esto que Protágoras dijo aquello de que el hombre es la medida de todas las cosas. Es el hombre el que decide, al decir de algo que es tal cosa o tal otra, con cuál de los dos lados se queda. Así, si vemos una botella a medias como una botella medio llena es porque decimos que lo está. Ahora bien, Platón, teniendo en cuenta esto mismo, supo llegar más lejos al defender aquello de que si, en cualquier caso, podemos discutir el carácter justo de una decisión aparentemente justa y, por tanto, verla como no del todo justa… es porque, en última instancia, esa decisión se encuentra sometida a la exigencia de ser absolutamente justa, esto es, justa sin discusión, exigencia que, por otro lado, al encontrarse siempre más allá de cualquier decisión más o menos justa, se revela como la única justicia real. Pero esto ya supone volar muy alto.

silogismus

noviembre 9, 2011 § Deja un comentario

Puede que uno no sea nadie hasta que no llegue a ser reconocido como alguien. Pero aquellos que alcanzan a ser alguien no se reconocen en lo que llegan a ser. Así, podríamos decir que quien se reconoce en lo que es no es propiamente nadie.

más ritos

noviembre 9, 2011 Comentarios desactivados en más ritos

… con todo, poder reir juntos. Quizá sea eso. ¿Pues que quedará cuando ya no quede nada? Es posible que ese abrazo, esa caricia, esos silencios que indican que nada de lo malo que nos hicimos importa en verdad. Mejor aún esas risas de quienes todo lo comprenden sin haber entendido gran cosa. Al fin, tan solo nos llevaremos esos días de sol.

ritos

noviembre 8, 2011 § Deja un comentario

Hay quienes van diciendo por ahí que lo importante no son los ritos sino las experiencias, olvidando que una experiencia que no deje una huella ritual difícilmente podrá mantenerse como tal experiencia. Pues lo cierto es que incluso el tiempo borra las marcas de Auschwitz. Los amantes que no celebran el día en que se encontraron, tarde o temprano verán como su entrega se disuelve como el azucar en el café. Aunque también puede ser que en realidad no haya nada extraordinario qué celebrar, sino tan sólo unas cuantas cosquillas en común.

técnicas de estudio

noviembre 8, 2011 § Deja un comentario

Un buen criterio para saber que se trata de la persona adecuada es que uno sea capaz de soportar su mal olor. El resto probablemente tenga que ver con las burbujas del champagne. El champagne está muy bien. Pero es difícil que no canse después de dos o tres de noches.

Marción

noviembre 7, 2011 § Deja un comentario

A veces parece que el cristianismo solo sepa hacer las paces con el Dios del AT interpretando aquellos pasajes en donde Yavhé se nos muestra como una divinidad arbitraria, por no decir cruel, como es patente en el libro de Job o en ese fragmento de Isaías en donde Dios se revela como aquél que tanto provoca la dicha como crea la desgracia. Así, es fácil que la exégesis cristiana, sobre todo la de carácter militante, acabe atribuyendo esas revelaciones a las típicas deformaciones de la época. Es cierto que uno no se imagina creando la desgracia a un Dios que se presenta como suma bondad o misericordia, tal y como se entiende por lo común al Dios de Jesús de Nazareth. Sin embargo, esto probablemente tenga que ver con nuestra dificultad para con Dios y, en particular, con esa tendencia tan cristiana de llevar la experiencia de Dios al terreno del gnosticismo. En este sentido, es difícil no caer en el mito, en una determinada imagen de Dios, donde olvidamos que Dios se encuentra más allá de la dicha y la desgracia, que tanto una como otra son debidas a una y la misma trascendencia, aunque, por eso mismo, la voluntad de Dios no pueda ser otra que la demanda de justicia que emerge de la garganta de los pobres. Si tenemos problemas con esos versículos de Isaías o con el Dios que se le revela a Job es porque, al fin y al cabo, no diferenciamos entre lo debido y lo causado. Por eso Marción, el hereje que, en los primeros balbuceos del cristianismo, decidió cortar por lo sano y prescindir del AT, fue más consecuente que muchos cristianos de hoy en día que prefieren mirar para otro lado cuando aparece el Dios judío en todo su delirante esplendor. Sin embargo, si la Iglesia no se decantó por Marción fue porque supo ver que dificílmente podremos confesar que el Crucificado es la encarnación misma de Dios, donde Dios es tan sólo un fantasma bonachón y no aquel que se manifestó a Elías como el silencio que todo lo cubre.